Capítulo 16

—¡Ay, hermano! Pareces idiota.

Reí ante las palabras de Ron y de aquel golpe dado por Hermione en su estómago, haciendo que se doblara hacia adelante y su rostro se pusiera rojo, casi pegando la frente al frío metal de la mesa.

—Hermione —reclamó él, con voz ahogada.

—No le digas así.

—Pero si hasta tú lo has hecho —se defendió y quedé viendo a mi amiga, elevando una ceja. Ella se sonrojó y desvió la mirada, reacomodándose en su asiento.

—Bueno, sí, pero no en su cara, Ron, además, yo sólo dije que desde que regresó de París parecía estar en una nube. Es una suerte que no haya recibido un hechizo o un golpe en los entrenamientos por distraído —corrigió ella a su esposo.

Reí y seguí sonriendo a pesar de aquellas miradas resignadas, pero felices, que tenían mis amigos. Era verdad lo que decían, desde que había regresado de París, hace ya tres meses, había estado en una clase de fantasía, donde la única con poder de destruirlo sería Pansy, pero no lo había hecho, y eso era lo que me tenía eufórico.

No éramos nada y sabía que existía aun la posibilidad de que ella me mandara al demonio de un momento a otro, por eso iba con cuidado, recalcando cada día lo mucho que la quería, mandándole flores para que siempre me tuviera en su mente y procurando no hablar de más o de menos. Sólo quería que todo estuviera como hasta ahorita, con ella tranquila y dispuesta a seguir dándome oportunidades. Sabía que la mujer de mi vida no era precisamente una florecita delicada, no, para nada, era una fiera, una serpiente, como una tormenta en verano, podía arrasar con todo en cualquier momento, pero ahora se había mantenido como un día fresco y soleado, y eso me alegraba, me daba entender que iba por buen camino.

Aún seguía con mi rutina de ir al museo saliendo apenas del ministerio, a veces me daba tiempo de pasar a cambiarme de ropa, pero en otras ocasiones, cuando algo me detenía en la oficina, me aparecía uniformado, pues como ya le había dicho, no perdería la oportunidad de verla a la hora que salía. Aunque igual no cambiarme me convenía, pues parecía gustarle verme vestido así, aunque claramente jamás lo aceptaría mi bella serpiente.

—¿No te molesta el uniforme? —le pregunté una vez, cuando sus dedos no dejaban de tocar los botones.

Había descubierto que le gustaba tocar mi ropa, siempre tenía su mano apretando la tela de mi camisa, sus dedos jugando con los adornos de mi uniforme o sólo poniendo su mano sobre mi pecho, y no es que me estuviera quejando, para nada, jamás lo haría, era una verdad solemne que disfrutaba de aquella cercanía que ella propiciaba, pues normalmente era yo en dar el primer paso. Me encantaba su tacto y poder sentir el aroma de su perfume, así como sentir el fluido de su magia jugando con la mía, pues ella la dejaba libre para mí. Y lo mejor, si veía que se alejaba, podía abrazarla rápidamente para que no lo hiciera.

—No es algo que me disguste —dijo con una sonrisa de lado— Te luce bien.

—Entonces te gusto así —alegué con una sonrisa.

—¡Oh, no! No te emociones, Potter, sólo dije que no me disgustaba —aclaró ella, soltando el botón de mi túnica y alejándose un paso de mí. Pero antes de que se fuera más lejos, abracé su cintura y la pegué a mi pecho, como ya era normal.

Era feliz teniéndola así de cerca y más por el hecho de que ella ya no se pusiera tensa o se enojara, simplemente parecía cómoda, y si su sonrisa no me mentía, ella también era feliz. Al principio no le gustaba que estuviéramos tan cerca por si alguien se aparecía en ese salón y nos viera, pero había dejado de importarle poco a poco, además de que a esa hora eran muy pocos los visitantes y los trabajadores que salían apenas nos miraban, era una ventaja que ella fuera la directora general de los museos Goldstein.

—Está bien, cómo tú digas —suspiré y le sonreí. Ella simplemente ladeó su cabeza a la derecha, sonriendo sarcásticamente, burlándose. No me importaba si realmente se reía de mí, sólo quería verla sonreír siempre.

—¿No me crees? —cuestionó enarcando una ceja.

—Me reservo la respuesta, aunque sería una dicha para mí que estuvieras mintiendo —apreté su cintura con más fuerza, bajando mi rostro al de ella, mirando aquellos labios rojos que me tenían locos de verdad— ¿Me concede el permiso de besarla, señora Parkinson?

Siempre la besaba pidiéndole permiso, había iniciado como una regla para mí, para que ella no se enojara si es que lo hacía sin su consentimiento, pero pronto se volvió un juego, una frase divertida entre los dos y que siempre era aceptada por su parte.

—Permiso concedido, auror Potter —contestaba con una media sonrisa.

Y lo hacía, lo hacía con ganas, con fuerza y delicadeza a la vez, sintiendo su entrega de igual manera. A veces, cuando la besaba, no podía parar de pensar qué cómo es que pude vivir tantos años sin hacerlo. Había descubierto que un beso de verdad no se le daba a cualquiera, cierto que había querido a mi exesposa, pero ninguno de nuestros besos dados se comparaba a lo que sentía cuando apenas rozaba los labios de Pansy o a la simple idea de besarla, así de fuerte era todo. Era un sentimiento distinto, un moviendo más candente y perfecto, un sabor único, una combinación maravillosa.

Sí, no entendía cómo pude vivir sin besarla.

Siempre platicábamos en aquel salón, antes de decidir salir de él para que ella fuera por su hija. Eso era lo único que no me gustaba, verla por tan poco tiempo, pero no podía exigirle más de lo que me estaba dando. La prensa la ponía de los nervios, aunque como se lo dije en París, a mí no me importaba en absoluto, ella era la mujer de mi vida y en algún momento todo el mundo se iba a enterar, de hecho se enteraron demasiado tarde, esto debió saberse apenas terminó la guerra; pero lo comprendía, ella no quería escándalos y que su hija saliera perjudicada y yo la amaba más por eso, que pensara en Lizzie, pues así debía ser.

—Bueno, qué quieren que les diga, soy feliz con ella, muy feliz —le dije a mis amigos, apoyando las manos sobre la mesa y sin dejar de sonreír.

—Es muy bueno verte así, Harry —sonrió Hermione.

—Y no tienes ni que decirlo —dijo Ron con una mueca— Me cuesta aceptarlo, pero jamás te viste así con Ginny, y ni ella contigo.

Bajé la mirada ante sus palabras y ni siquiera sonreí al nuevo golpe de Hermione para él. Eso era verdad, había sido feliz en mi matrimonio, al menos en el inicio, pero no fui realmente feliz. Esto que sentía era una clase de felicidad diferente, más completa, más perfecta, a mil años luz de lo que viví con Ginny. Ni yo le di la felicidad que ella merecía y ni ella a mí. Y aun lamentaba eso, pero es que no era Pansy, no era mi serpiente quien estaba a mi lado, no era la mujer que tenía por completo mi corazón.

—No éramos el uno para el otro, Ron, aunque suene muy tonto decirlo de esta manera —suspiré, mirándolo a los ojos y apretando mis manos.

—No tienes que explicarnos nada. Ambos sabemos que tú y Ginny lo intentaron, y muchas veces —dijo Hermione, colocando su mano sobre la mía.

Le sonreí y agradecí sus palabras. Vi a Ron asentir, pero al parecer aún estaba esa espina clavada por su hermana. Él no me reprochaba nada, pues también había visto el cambio en su hermana en los últimos meses de nuestro matrimonio, supo de las peleas o había escuchado las veces que Ginny explotaba enfrente de todos en la familia, ya fuera para gritarme o reclamarme por algo, y había visto mi propio cansancio y resignación ante eso. Fue testigo como el poco amor que nos tuvimos se acababa. Pero ella no dejaba de ser su hermana, y saber que nunca la amé y que si lo hice a la que se supone era nuestra enemiga, tampoco lo tenía feliz, pero me apoyaba y eso se lo agradecía.

De hecho, no quería decirle lo último que hizo su hermana y lo que hice yo ante eso. Sabía que no se lo tomaría nada bien que le haya pedido abandonar la mansión Black, cosa que no ha hecho claramente Ginevra, pero a como decía Hermione, estaba en una nube de felicidad que no deseaba que nada empeñara eso y por eso no había ido a verla, no quería discutir con ella, pero sabía que eso no podía continuar así, mientras más tiempo permaneciera ella en esa casa, más problemas tendría en el futuro. Tenía que dejar de una vez a Ginevra, ya no verla por nada, suficiente problema me había causado, sobre todo con su familia, siendo que apenas Charlie, George, Arthur, Ron y sus esposas, quienes aún me hablaban, tenso, pero lo hacían, pues Molly parecía molesta y decepcionada y con Percy no me llevaba muy bien desde antes.

—Y desviándonos tantito del tema —empezó a decir Hermione— ¿Ya están saliendo? Me refiero oficialmente.

—No. La verdad es que no. Ella no quiere que nada de los dos se haga público por culpa de la prensa, a mí no me importa, pero ella no quiere que Lizzie se vea nombrada o perjudicada por eso —expliqué.

—Eso es muy comprensible, su hija es más importante.

—Lo sé. Así es ella —sonreí de nuevo y ellos sonrieron al verme— Pero sí que hemos cenado juntos varias veces, fuera del mundo mágico para que nadie nos vea.

Aun podía recordar la primera vez que había aceptado cenar conmigo, tres semanas después de que regresáramos a Inglaterra. Y no fui insistencia mía, ni siquiera se lo había pedido para no abrumarla o presionarla; fue ella, de ella nació la idea de que cenáramos juntos. Tal vez haya sido porque de verdad estaba sintiendo algo por mí, algo más fuerte o, más seguro aun, haya sido por lástima. Eso no me interesaba, el cómo o porqué perdían sentido, sólo el resultado importaba.

Había sido un viernes después del trabajo. Estaba realmente cansado por la noche en vela que Rose Weasley me había hecho pasar al querer nacer de madrugada, lo que llevó a tener a su madre largas horas en San Mungo. Claro que había ido, no podía no estar ahí junto a mis mejores amigos como siempre había sido, aunque eso me llevó a estar rodeado de la mayoría de los Weasley, hasta de Ginevra que permaneció al lado de su madre todo el tiempo. No quise darle importancia a su presencia, pero era obvio para mí que ya todos sabían, y más por ella, lo que sucedía en mi vida ahora, si es que no se habían enterado por El Profeta. Todos en esa familia sabían de mi amor no tan secreto por Pansy Parkinson y no lo aprobaban por aquellas miradas sentidas que me enviaban.

Durante esa noche, él único que se acercó a mí, además de Ron y Arthur para saludarme, había sido George, aunque yo había pensado que él, al igual que el resto de los varones Weasley, estaría molesto conmigo por todo lo acontecido últimamente, pues aunque Pansy y yo habíamos tratado de ser discretos, se había filtrado una foto nuestra estando en París, cosa de la que me enteré por Hermione apenas llegando a casa y que me hizo enviarle una carta a Pansy, pensando que estaría molesta, pero ella me dijo que ya lo sabía, que se enteró dos un día antes de regresar; eso me tranquilizó bastante, pues si ya lo sabía, es que no se había molestado conmigo, pues aun así aceptó cenar conmigo, la mejor cena de mi vida he de agregar. Así que era obvio que ya todos ellos lo habían visto, así como mi declaración pública en aquel baile en el museo.

Pero él parecía estar bien conmigo, haciéndome compañía y hablando como si nada malo hubiera pasado, queriendo saber si era verdad lo que decían de mí, aun en contra de los deseos de su hermana que parecía estar airada de que George estuviera mi lado. Miré al pelirrojo con seriedad cuando me lo preguntó directamente, pero pude ver en él una simple curiosidad, nada de ese resentimiento que parecía embargar a Ginevra o a Percy, así que sonreí con tranquilidad y apoyé la cabeza en la fría pared blanca mirando hacia el techo raso, sentado en aquellas incomodas sillas azules que apostadas en ese pasillo.

—Es completamente verdad —contesté sonriendo, pensando en aquella serpiente que me permitía verla a diario, aunque fueran minutos, y me condecía besarla algunas veces para mi bienestar.

—¿En serio? ¿De verdad estás enamorado de ella, a pesar de cómo era y de lo que dicen que gritó la noche…? —preguntó con duda y yo asentí aun sonriendo.

—La conocí durante el colegio y ahora estoy seguro de que sólo gritó por rencor, es una Slytherin, ellos nunca olvidan —me encogí de hombros, no queriendo alargar mi respuesta, pues sabía que todo mundo sacaría sus conclusiones con mi respuesta y sabrían lo que era claro: que nunca había amado a Ginevra Weasley.

—¡Oh, eso no me lo esperaba! ¡A nuestro héroe le sigue gustando el peligro! —dijo con asombró y burla.

Giré a verlo, pensando si era enojo lo que sentía o si al menos sentía rencor como el resto de su familia parecía sentir, hasta Billy y su esposa me estaban dando una mirada decepcionada, así como Molly. Pero él sólo tenía una sonrisa en la cara, como si algo le diera mucha risa. Reí de igual manera y negué con la cabeza, sintiendo una tranquilidad enorme, pues, aunque le dijera Pansy que ya no me importaba perder al resto con tal de tenerla, aun así, no quería perder aquellos que fueron mis amigos y familia, y tener a George aún de amigo me tranquilizaba, pero si ellos no lo aceptaban, no volvería tomar una decisión equivocada otra vez: jamás dejaría a Pansy.

—Posiblemente sí…

—Por supuesto que es así, a él siempre le han gustado las cosas miserables —escuché decir y miré que Ginevra estaba delante de nosotros, con los brazos cruzados. Ni siquiera noté en qué momento se había acercado a nosotros, mostrándose tan altiva y enfadada, observándonos con casi desprecio desde esa altura que le daba estar de pie mientras nosotros permanecíamos sentados— ¿No te cansas que decirle a todo el mundo por quien me cambiaste, la poca cosa que escogiste, Potter?

—Yo no te cambié, sabes bien que esa no fue la razón de nuestro divorcio, pues ella ni siquiera estaba aquí cuando eso sucedió, y no te permito que le llames así, ni que la insultes de ninguna manera. Y no, no me canso de decirlo, porque no pienso mantenerlo en secreto, todo el mundo debe de saber quién es la mujer que amo —contesté con molestia, pues le había exigido, ordenado, que jamás dijera algo malo de ella, que nunca volviera a insultarla, pero debí saber que ella no dejaría de hacerlo.

—Vergüenza debería darte sentir algo por ella, una mortífaga traidora, una cobarde serpiente…

—Cállate, Ginny —pidió su hermano, mirándola con enojo.

—¿Cómo puedes pedirme eso? ¡Lo acabas escuchar decir que siempre la quiso a ella, mintiéndome e hiriéndome a mí! —gritó con el rostro ya rojo.

Suspiré agotado de su actitud, de verdad que ella y yo no podíamos estar en una misma habitación sin discutir, ni antes de nuestro divorcio ni después de él, y menos ahora que yo estaba atrás del amor de Pansy, pues eso parecía enfurecerla más. Sabía que estaba resentida y me guardaba un rencor enorme, y yo me lo merecía, pero Pansy no merecía ser insultada u ofendida, pues no fue su culpa, nada de esto fue su culpa, sino mía, por abandonarla y casarme con Ginevra.

—De verdad que a veces ya no te reconozco, Ginny. Y si Harry no te pudo amar, no fue por culpa de esa mujer, como él bien dice, ella estaba lejos de aquí, prácticamente dejando el camino libre para ustedes. Pero fue culpa tuya, todos nos dimos cuenta de lo mal que andabas antes de que se divorciaran, lo superficial, chantajista y manipuladora que te volviste: Potter aquí, Potter allá, era todo lo que te importaba.

—George… —quise pedirle que se detuviera, vale que Ginny había dado muchos espectáculos delante de ellos, pero no para que él se lo aventara a la cara de esta manera.

—No puedes decir eso de mí. Yo no soy así… —contestó ella con la voz afectada y pude ver aquellos dos enormes ojos castaños volverse acuosos.

Casi pude volver a sentir ternura por ella, verla así era realmente perturbador, pues ella siempre se mostraba tan fuerte que verla llorar era una cosa espantosa, un evento que no sucedía al menos que algo no tuviera remedio o fuera demasiado doloroso, quizá las palabras de su hermano le dolían. Pero no, no podía ablandarme ante eso, tantas veces lo hice durante nuestro matrimonio, cuando ella gritaba, reclamaba, insultaba, y luego lloraba y yo la perdonaba, sintiéndome culpable de su desdicha y dolor, pero no era toda mi culpa. Nunca fue toda mi culpa.

—Alguien tiene que hacerte ver lo horrible que te pones, hablando y actuando de esta manera. Esta no eres tú, aunque mamá y Percy te lo apoyen, o papá te lo cubra. Cada vez te vuelves más y más insoportable —claudicó, levantándose de la silla y alejándose de ahí, claramente molesto.

—¡George, no le puedes hablar a tu hermana así! —gritó Molly acercándose a ella, abrazándola por los hombros y dándome una mirada resentida. Aquella actitud de Molly igual me afectaba, pero no pensaba decirle nada.

—Molly, por favor —pidió Arthur acercándose a ellas— Y cálmate, por favor, hija.

—Pero, papá…

—¡Se quieren calmar todos! ¡Mi mujer está en uno de esos cuartos a punto de dar a luz a nuestra primera hija y todos ustedes peleando! —gritó Ron, con claro enojo, caminado hasta nosotros— Y, por si las dudas, George tiene razón, Ginny está insoportable —dijo dándose la vuelta, y volviendo sobre sus pasos.

Después de eso, fui tras él, que se había instalado en otro pasillo para ya no estar cerca de su familia, quienes no le molestaron, sabiendo lo volátil que podía ser Ron, y me disculpé por todo el drama. Él lo ignoró, diciendo que de verdad su hermana había estado más insoportable que de costumbre, que de por sí ya era pesada cuando nos divorciamos, pero desde que se enteró que yo estaba atrás de Pansy, se volvió peor y ya todos estaban hartos de la situación: él, George, Charlie y hasta Billy, habían hablado con ella, pero no entendía razones, así que era obvio que uno de ellos sería el primero en explotar, viendo que sus padres nada le decían o hacían.

Asentí a sus palabras, pero aun así me sentí culpable, pues parecía que yo seguía afectándole a pesar de ya no estar juntos. De verdad que había creído que al divorciarnos las cosas mejorarían entre los dos, sabía que no volveríamos a ser amigos, pero que podríamos llevar una convivencia sana por todos, pero parecía imposible. Suspiré, de verdad que estaba agotado de ella y su forma de ser, pero no podía seguir sintiéndome culpable, yo no era culpable de todo el rencor que ella decidía guardar.

Pasamos el resto de la noche en ese pasillo, y al buen rato apareció George con unos vasos de café, sentándose al otro lado de su hermano, palmeándole el hombro con una sonrisa cansada. Arthur igual apareció y le pidió una disculpa a su hijo, al igual que a mí, sólo diciéndome que disculpara la actitud de su hija, pero saber que yo amaba a alguien más, no le hará fácil de asimilar. Asentí y le dije que no tenía nada que disculparle, que ellos deberían disculparme a mí por lo que había pasado, por cómo había terminado todo con su hija. Él simplemente negó y dijo que en el corazón y en los sentimientos no se mandaba, así que todo estaba bien entre nosotros, sólo debía tener paciencia con Molly, que ellos siempre me verían como un hijo más, independientemente de lo que pasara con Ginevra. Asentí agradecido por esas palabras y continuamos en silencio, bebiendo de aquel café que no tenía un buen sabor, pero funcionaba para mantenernos despiertos.

Ya para eso de las cuatro de la mañana, llamaron a Ron, pues estaban a punto de llevar a Hermione al quirófano, iniciando así la labor de parto. Sonreí ante la cara asustada pero determinada de Ron, atravesando aquellas puertas decididamente. No pude evitar envidiarle un poco. En algún momento había imaginado estar en su misma situación, que un buen día Ginny estaría esperándome para tener a nuestro primer hijo atrás de esas puertas dobles. Pero ahora sabía que por algo no sucedió, ambos sabíamos que tener un hijo sería desdicharle la vida a un inocente, pues nuestro matrimonio estaba destinado al fracaso desde que dijimos sí delante del altar: yo por decirlo sin amarla por completo y ella aceptando sabiendo que no era amor de verdad.

Pero ahora, ahora podía volver a soñar con eso, teniendo de protagonista a la dueña de mis sueños: casi pude verme ahí, saltando de alegría ante la idea de un hijo con Pansy, con Lizzie a mi lado para que ambos recibiéramos a su hermanito. Sonreí, ilusionado ante la idea. Quería hacer realidad esa imagen. Y lo lograría, tenía que lograrlo. Merecía esa felicidad y lucharía por ella.

Me quedé hasta que Ron salió una hora después, con un bultito de sábanas blancas entre los brazos y la sonrisa más boba que le había visto nunca. Parecía que había llorado, pues sus ojos igual estaban irritados, y nos presentó a Rose, diciendo su nombre con orgullo y afirmando con vehemencia que era la niña más preciosa del mundo. Nadie lo contradijo, pues era verdad. Después de que toda su familia se acercó a verla, hasta Ginny que parecía más tranquila y sonriendo emocionada, me acerqué yo, mirando a la que sería mi ahijada.

No tardé mucho y me despedí de él antes de que volviera adentro para estar con Hermione, diciéndole que tenía que ir a casa para cambiarme e ir al ministerio, él asintió y me agradeció una vez más que pasara la noche con él. Negué ante eso, afirmándolo que por nada en el mundo me hubiera perdido el nacimiento de mi ahijada, y que por favor le dijera a Hermione que más tarde pasaría a saludarla.

Pasé la mañana completa en el ministerio, hasta las tres y media de la tarde, que decidí tomar mis cosas e irme, no soportando ya el deseo de descansar y de ver al amor de mi vida, aunque fuera algunos minutos. Estaba seguro de que sólo con verla me sosegaría lo suficiente y no me equivoqué. Me la encontré justo en aquel salón que daba a las escaleras de las oficinas, como ya era habitual. Grace venía a su lado y, como siempre, se fue después de algunos de sus comentarios burlones que hacían enrojecer de enfado a Pansy y a mí me causaban gracia, pero ahora no pude ni reír de lo cansado que estaba, sintiendo que me quedaría dormido de pie en cualquier momento, a pesar de que había tomado muchas tazas de café, evitando las pociones energizantes que me alteraban de más.

Quizá mi cara no fue muy buena, pues en vez de quedarnos ahí platicando, ella me agarró del rostro con ambas manos, preguntándome si algo malo había pasado. Negué con la cabeza y sonreí apenas entre sus manos, agradeciendo aquel tacto que me supo a gloria, y ella en respuesta me tomó de la mano y me arrastró a su oficina. Y jamás había estado tan feliz en realidad, pues, aunque ella parecía no darle tanta importancia, para mí había sido un enorme paso. Jamás había subido a su oficina, ni yo lo había pedido ni ella lo había mencionado, y casi pude reír al ver el rostro de su asistente, aquella que aún no dejaba de verme con desconfianza desde lo de Lizzie hace ya varios meses.

Me hizo caminar a los sofás que había ahí y pidió a su asistente un servicio de café. Mientras esperábamos, le conté lo que había pasado, que en realidad lo que tenía era cansancio nada más. Ella pareció tranquilizarse, y tan cansado estaba, que ni siquiera había notado que se había preocupado tanto. Me alegré al ver que mis intentos iban dando sus frutos, lentamente, pero iba sucediendo.

—Así que ya nació el bebé de tus amigos —dijo, colocando una taza de café frente a mí, volviéndose a sentar después de recibir la bandeja por parte de Caroline.

—Fue una niña, blanca, pecosa y probablemente sea pelirroja —suspiré recordando el diminuto rostro entre aquellas sábanas blancas. Tomé del café servido y suspiré, pues claramente era mejor que el del hospital y el del ministerio. O quizá con ella todo me sabía mejor.

—¿Por qué no fuiste a descansar? —preguntó, dejando su taza en la mesita del centro.

—¿Y no verte? ¡Jamás! —declaré con firmeza.

Ella sonrió apenas y bebió de su café. Debía de admitir que aquella sonrisa calaba hondo en mí, como cada cosa que hacía, cada mirada que me daba, cada sonrisa que yo provocaba. Y era verdad lo que decía, como ya le había asegurado a ella, nunca me perdería una oportunidad para verla, ni un solo día faltaría a este museo.

—Bueno, Potter, no me veras si te quedas dormido en ese sofá —apuntó con un dedo.

—Lo sé, estoy muy agotado, pero quería verte —suspiré y sonreí con soñolencia, y la vi rodar los ojos.

—Me ves todos los días, Potter.

—Sí, pero por muy poco tiempo, así que tengo que aprovechar cada minuto que me das.

Ella se mordió ligeramente los labios, antes de levantarse de su asiento, y caminó hasta ponerse a mi lado, extendiendo su mano derecha hacia a mí. La tomé sin dudar, poniéndome de pie, aprovechando de mejor manera aquella cercanía propiciada por ella. Parecía no molestarle la poca distancia que yo ponía y eso me motivaba a más.

—Ve a casa, Potter, duerme y…

—Pero quiero seguir viéndote —me quejé, pues sabía que no la volvería a ver hasta mañana.

—Y yo quiero que descanses para que no te quedes dormido durante nuestra cena —me dijo y se cruzó de brazos, soltando antes mi mano.

—¿Cena? ¿Vamos a cenar juntos? —pregunté asombrado y confundido, queriendo saber si había escuchado bien o si no estaba interpretando equivocadamente sus palabras.

Ella volvió a reír y asintió lentamente, como si de igual modo estuviera sopesando sus propias palabras. Pero no podía hacer que se retrata en este momento, más siendo ella la de la idea.

—Bueno, no me lo has preguntado, pero más te vale tener algo listo para hoy en la noche y que, por favor, sea en el mundo muggle, sigo sin querer a la prensa entrometida, ¿Por qué tenías que ser famoso? Lo detesto —se quejó haciendo una mueca y yo reí negando con la cabeza— Sea como sea, mándame una nota más tarde para informarme del lugar —terminó de decir y se dio la vuelta para volver a su lugar. Pero el estar a punto de dormirme no afectaba en nada mis reflejos, pues antes de que diera un paso más, la tomé de la cintura y la hice girar de nuevo, pegándola por completo a mí.

Sentí sus dos manos ser colocadas en mi túnica, jugando con los botones, algo a lo que ya estaba acostumbrado, aunque estaba seguro de que ni siquiera ella se daba cuenta cuánto le gustaba jugar con ellos. Miré aquella suave sonrisa en su rostro y aquella mirada libre de frialdad o desdén para mí, nada sorprendida por mi arrebato, es más, parecía que lo había esperado. Me gustaba más, si es que eso era posible, porque ahora se parecía un poco a aquella Pansy que me enamoró en el colegio, más madura, más fuerte, más mujer, una mujer fascinante y desbordante, que no sólo despertaba amor en mí, sino también pasión y ternura, una mezcla que a veces no podía controlar por la fuerza que tomaba dentro de mi cuerpo.

—¿Se hace una idea de lo feliz que me hace, señora Parkinson? —pregunté con suavidad, acercando mi rostro al de ella.

—No me molestaría escucharlo. Ya sabes, eleva mi ego que me necesites para ser feliz —aclaró y sonrió más grande, mirándome con coquetería. Reí con ganas, no sabiendo como pude vivir tanto tiempo sin aquella actitud y sarcasmo.

—¡Oh! Usted me hace demasiado feliz. ¿Puedo besarte? —pregunté, y ella colocó una mano sobre mi mejilla, acariciando mi mentón con sus finos dedos.

—Adelante, auror Potter —concedió y yo ni tarde ni perezoso, presioné mis labios en su boca.

Cada vez que la besaba, me sentía caer, como si me aventara por un acantilado. La sensación de besarla era a como lo recordaba, pero también sabía que despertaba nuevas emociones, algo nuevo y único, y sabía que ella también lo sentía. Que esto era recíproco, sí, tal vez aun no me perdonaba por completo y estaba todavía muy lejos para que ella aceptara tener una relación conmigo, una relación del que todo el mundo supiera, haciéndola olvidar lo que dije cuando terminé con ella, pero iba a lograrlo, paso a paso.

—Creo que es mejor que vayas a dormir y organices algo, Potter —dijo al separarse de mi boca, mirándome a los ojos.

—¿Y si me acompañas a dormir? —pregunté con picardía y ella golpeó en el pecho.

—Por supuesto que no, así que anda y mándame una nota más tarde.

—Está bien —suspiré y la fui soltando poco a poco, pero antes de que se alejara por completo, la volví a besar en los labios con rapidez— Tendré algo listo para en la noche. Te amo, Pansy.

—Vete, Potter —se alejó de mí, empujándome con ambas manos sobre el pecho, pero vi aquella emoción brillando en sus ojos al escucharme.

—A veces siento que esa es tu forma para decirme lo mismo —repliqué con una sonrisa.

—Eres un cursi. Largo de aquí —señaló la puerta y yo reí con fuerzas.

—Nos vemos en la noche, mi amor.

—Potter…

—Está bien, ya me voy, te mandare una nota.

La cena de esa noche fue espectacular, en un pequeño restaurante con vistas al palacio de Buckingham. Me habría gustado ir por ella hasta su casa, pero sabía que no quería que nada saliera al aire, así que nos encontramos en ese sitio directamente. Y lo mejor de todo, es que al parecer no lo hice tan mal, pues aquellas cenas se repitieron varias veces, normalmente los viernes.

Me despedí de Ron y Hermione, después de pasar a la habitación y darle una mirada a mi ahijada. La nena de dos meses se comportaba de maravilla y los padres estaban más que felices por eso, al menos todavía no pasaban aquellas noches en vela terrible como según todos pasaban. Volví a mi departamento y me dejé caer en el sofá. Me pasé una mano por el cabello, mis amigos tenían razón, andaba como un idiota volando en nube, pero era verdad que sólo pensar en Pansy me hacía feliz, así que no podía esperar para ir a verla al museo, pues hoy era sábado y salía temprano, así que, a base de mucho esfuerzos y ruegos, ella había aceptado salir conmigo a pesar de que habíamos cenado juntos la noche anterior. Tendríamos una cita y pasaríamos todo el día juntos, con la única diferencia que Lizzie iría con nosotros, una condición que ella puso y yo acepté encantado, pues aquella niña era encantadora y sabía que también de ella dependía la decisión de Pansy.

Me levanté del sofá y terminé de organizar todo lo que llevaría. Esto me tenía emocionado, cierto que tendríamos que salir del mundo mágico, pues por nada del mundo Pansy quería exponer a su hija a un comentario si es que nos veían por ahí a los tres juntos, y yo estaba totalmente de acuerdo, tampoco quería ver el nombre de Lizzie en los diarios de mala manera. Ya tenía todo planeado para el día de hoy. Iríamos al Green Park de Londres, y tenía lista ya una canasta para el picnic, con muchos emparedados y frutas fresca para ellas, así como tres diferentes jugos. No sabía lo que le pudiera gustar a Lizzie y no quería fallar en esto, al igual que unos cuantos chocolates que vería si Pansy le permitiría comer y un helado de fresa, pues aun recordaba que ese fue el que pidió la primera vez que las vi.

Salí corriendo al ver que faltaba cuarenta minutos para la hora que habíamos acordado vernos en el parque, pero quería llegar antes y tener tiempo de terminar de organizarme y poder tranquilizarme. Pansy no se hacía una idea de lo nervioso que esta salida me tenía. Estábamos hablando de su hija, de su única hija y la persona más importante para ella: Lizzie, la niña divertida que parecía cómoda y feliz a mi lado, pero que estaba seguro de que, si hacía algo indebido o algo que no le gustara, aquella actitud risueña podría desaparecer y jamás me lo perdonaría.

Acomodé una manta color azul sobre el pasto, debajo de un frondoso árbol. El clima era perfecto, no hacía frío, pero tampoco hacía calor, y esperaba que todo siguiera de esta manera. Me senté sobre la manta, con las piernas cruzadas y puse la canasta en el centro. No sabía porque lado aparecería Pansy y Lizzie, así que paseaba mi mirada por todos lados para verlas. El parque no estaba demasiado concurrido, pocas parejas o familias haciendo un picnic o jugando con pelotas. Sí, seguro cada vez parecía más un adolescente soñador, pero es que de verdad que ver aquellas familias me hacían imaginar lo que ya tendría ni no hubiera abandonado a Pansy, o lo que quisiera tener en un futuro, aunque por el día de hoy, podría fingir que eso éramos, que somos una pareja con una preciosa niña corriendo de aquí para allá.

Me levanté de un salto cuando divisé una hermosa cabellera azabache y una niña dando brincos tomada de la mano de su hermosa madre. Sonreí a ambas y las admiré caminar, Pansy con una ropa más sencilla de la que llevaba al museo, sorprendiéndome con su atuendo de vaqueros entallados y una blusa blanca bajo un blazer gris, demasiado muggle, pero parecía cómoda, como si no fuera la primera vez que se vistiera así, aunque siempre sus vestidos tenían más un estilo muggle; Lizzie, por el contrario, contrastaba con ella al traer un vestido rojo, un color que hacía resaltar aquellos ojos verdes jade.

Llegaron hasta mí e inmediatamente saludé a Pansy, besando rápidamente su mejilla, pues sabía que un beso en la boca no lo vería bien delante de su hija, y supe que había hecho bien cuando la vi sonreír, asintiendo. Luego me puse a la altura de Lizzie y ella me sorprendió de nuevo, como aquella vez en el museo, dándome un enorme beso en la mejilla tan ruidoso como lo recordaba.

—Hola, Lizzie, me alegro de verte —le dije y ella sonrió enorme, mostrándome ya la falta de un diente. Se veía tan adorable.

—Hola, señor Potter —saludó y luego brincó en su sitio con entusiasmo— Mire, se me cayó un diente ayer, la tía Astrid dice que es porque estoy creciendo.

—Eso es verdad, aun así, te ves muy linda.

—Lo sé, tío Draco lo dice siempre —alegó y sólo pude levantar la mirada a Pansy, elevando una ceja.

—¿Qué quieres que diga, Potter? Mi hija sabe que es bella y lo acepta sin problema —argumentó con una sonrisa divertida.

Reí con ganas, pues era obvio que Lizzie sería tan presumida como de seguro lo fue Pansy en su niñez, además, había que darles la razón, realmente eran hermosas. Aunque a mí me daba gracia la simpleza con la que Lizzie lo aceptaba, como si te dijera que el cielo era azul.

—Bueno, tienes razón, pero ahora vamos a sentarnos. ¿Tienen hambre? —les pregunté.

Las dos lo hicieron y Pansy dejó a su hija en medio de los dos. Lizzie se lanzó con entusiasmo a registrar la canasta, aun bajo la mirada de regaño de su madre, a quien tomé de la mano y le dije que no había problema, si para eso era. Lizzie sacó primero el jugo de calabaza e hizo una mueca.

—¿No te gusta? —pregunté y sentí los nervios subiéndome rápidamente.

—No, no me gusta —dijo con un mohín.

—Está bien, Lizzie, tomar ese jugo no te hará daño…

—Pero…

—Lizzie —advirtió Pansy, y la niña se quedó callada, con una mueca casi triste.

—No hay problema, traje también uno de manzana —le dije a Pansy y ella asintió algo tensa.

—¡Oh, el de manzana es mi favorito! —gritó Lizzie con una gran sonrisa y yo saqué aquel jugo y le serví en un pequeño vaso.

—También traje emparedados, atún, pollo y mermelada con mantequilla de maní, así como ensalada y fruta. ¿Cuál quieres, Lizzie?

—El de mermelada y mantequilla —dijo y estiró la mano para recibirlo, abriendo rápidamente el zip de la bolsita plástica donde lo había colocado. Inmediatamente le dio una gran mordida, aunque ahora por la falta del diente, parecía dificultársele, haciendo que se manchara un poco las comisuras.

Reí al verla y luego saqué otro emparedado de la canasta.

—Ten —le dije a Pansy, pasándole el emparedado de pollo, queso, aguacate y espinacas.

Ella elevó una ceja y me miró con escepticismo, aun así, lo tomó.

—Sé que te gustan los emparedados de pollo —dije y ella abrió más lo ojos, para luego sonreír ladeadamente.

—No pensé que lo supieras —abrió la bolsa y lo sacó, para darle una mordida.

—Intentaba que nadie se diera cuenta, pero siempre veía lo que desayunabas —le guiñé un ojo y pude ver un ligero sonrojo en sus mejillas mientras tragaba.

Seguimos comiendo, mientras Lizzie me platicaba sobre lo que jugaba con Scorpius y lo que aprendía con su tía Astrid y su abuela Cissy. No quería pensarlo tanto, pero sabía que estar con Pansy era estar cerca irremediablemente de los Malfoy, pues ella los consideraba familia, así como Lizzie, y sabía que, si fuera por Draco Malfoy, Pansy jamás estaría a mi lado, por lo tanto, dudaba de que ellos supieran de esto, de que estábamos en una seudo relación que esperaba que pronto se transformara en una relación verdadera. Quizá no sabían nada, aunque mis intenciones quedaron claras para ellos desde el inicio. Además, todavía estaba la otra parte, los abuelos de Lizzie, los padres de Anthony Goldstein. Eso me preocupaba más, pues no sabía si ellos estarían de acuerdo, pues también la opinión de ellos podría repercutir en la decisión de ella.

Traté de alejar eso de mi mente y disfrutar de la tarde. No quería preocuparme de eso, pues era hasta ahorita viendo a Lizzie de nuevo, que me deba cuenta que no sólo era a Pansy a quien tenía que convencer de que somos el uno para el otro, sino también a los abuelos de Lizzie, hacerle ver que podía ser bueno para ellas. Además de que al parecer no sólo sería a los señores Goldstein, sino también a los Malfoy, pues por la forma de hablar de Lizzie de ellos, me daba cuenta de que para esa familia ella también era muy importante.

—¿En qué piensas, Potter? —escuché a Pansy preguntar, cuando Lizzie se levantó corriendo atrás de un patito que pasó cerca de nosotros de camino al pequeño lago.

—Está muy apegada a los Malfoy, ¿verdad? —pregunté con suavidad.

Pansy elevó una ceja, quizá pensando que era un ataque o algo, así que negué rápidamente con la cabeza, levantando una mano.

—Sólo pregunto, Lizzie los menciona mucho —aclaré.

—Ellos la cuidan cuando estoy trabajando, así que sí, está muy apegada a ellos y ellos con ella —contestó bajando la manzana que ya había mordido.

—Y el niño Malfoy tiene su edad, ¿no? —recordé al pequeño rubio de la fiesta del museo.

—Sí, Scorpius Malfoy, se llevan muy bien, lo que era el gran disgusto de Anthony —dijo ella bajando la mirada al pasto y luego soltó una risa nostálgica— Era muy celoso con ella, le pedía a Draco que mantuviera a su hijo lejos de su princesa.

—Supongo que todos los padres lo son con sus hijas.

—También Draco lo es y, por cierto, me pidió que te dijera que si Lizzie, su princesa, no te aceptaba, te puedes olvidar de nosotras ya —advirtió levantando un dedo.

—Ya lo imaginaba, aunque no creí que me la pondría fácil —ella empezó a reír negando con la cabeza.

—Potter, Potter, estás muy mal si piensas que te la dejó fácil —dijo con diversión, levantando la ceja al mirar a su hija— Lizzie pasa horas con él, y aunque le he pedido que no la consienta tanto, lo hace, así que Lizzie, aunque procuro que no sea así, es mimada y caprichosa, pues Anthony tampoco ayudó mucho en lo contrario. Su carácter era difícil antes, con la muerte de su padre lo olvidó un poco, pero ahora está resurgiendo y con más fuerza, así que ganártela es complicado, mira lo que hizo con lo del jugo, pudo hacer un gran berrinche, sólo que te salvó el que trajeras su sabor favorito.

—Bueno, eso lo sé, sé que tendré que ganármela —dije con una sonrisa, mirando en dirección de su hija, que para mí bienestar, estaba cerca de nosotros, muy lejos del lago, todavía no sabía si ese lago era hondo o no, pero me preocupaba que resbalara en él. Miré de nuevo a Pansy— Ella es lo más importante para ti —tomé su mano y ella apretó mis dedos, asintiendo— Y para mí lo es también, porque es parte de ti, es lo que eres ahora, así que ganarme a tu hija es importante, hacer que me aprecie y me acepté es por lo que también luchare.

—Eres un idiota de verdad —murmuró con una sonrisa y pude ver en ella el efecto de mis palabras, así que sólo sonreí más grande al escucharla.

—Sólo por ti —declaré, levantando su mano para dejar un beso en ella.

—¿Usted ama a mi mami, señor Potter? —respingué al escuchar esa pregunta y pude ver que Pansy también saltó en su sitio, girando a ver a su hija con alarma. Sólo habían sido segundos, segundos que tardó en estar prácticamente a nuestro lado. Parpadeé con asombro, pensando si es que no había hecho aparición sin darse cuenta, pero Pansy no parecía asustada.

—Lizzie —carraspeé incomodo, soltando la mano de Pansy y rascándome el cuello.

—¿Por qué preguntas eso, mi cielo? —pidió Pansy con calma, como si nada complicado estuviera pasando.

—Bueno, yo lo escuché decirlo en la noche de las princesas —dijo sentándose frente a nosotros y colocando en su regazo al diminuto patito que había seguido. Hasta ese momento es que me fijaba que los zapatitos negros estaban llenos de barro y algunas salpicaduras alcanzaron la parte baja de su vestido— Y salieron juntos en las fotos que recorté.

—Las de París —aclaró Pansy mi duda.

—¿Entonces si la ama? —preguntó de nuevo.

—Yo…

—¿Por qué la ama? —su ceño se frunció.

Tenía una pose graciosa ahí sentada con ese pato en las manos, al cual acariciaba en la cabeza con dos dedos con una suavidad hipnótica, pues aquel animalito estaba cerrando ya los ojos, durmiéndose bajo el movimiento y el calor de Lizzie. Pero no podía reírme, porque ella estaba mostrándose seria con esto y para mí también era importante, era una pregunta importante que estaba haciendo.

—Lizzie —interrumpió Pansy cruzándose de brazos.

—Pero quiero saber, mami, tío Draco dice que él dice amarte, pero él no cree…

—Yo amo a tu madre, Lizzie —dije de inmediato, pues ya entendía a qué se refería Pansy al decir que no la tendría fácil.

—Ya te he dicho que no repitas todo lo que dice Draco, Lizzie —pidió su madre con una ceja enarcada.

—Pero quiero saber —protestó.

—¡Lizzie!

—Está bien, Pansy, ella está haciendo una pregunta —traté de calmarla.

—¿Por qué la ama, señor Potter? —insistió. Escuché a su madre suspirar agotada. Ya estaba viendo lo que ella me decía, Lizzie no era tan calmada como había pensado, pero eso ya me lo imaginaba, pues algo debió heredar de su madre.

Pansy me dio una mirada como de evidencia, diciéndome que ahí la tenía encaprichada con algo. Pero era adorable, no podía dejar de pensar en eso. Tan adorable como su madre cuando se enojaba. Quizá si estaba loco o idiota como creían Hermione y Ron. Pero aquellas dos mujeres sentadas a mis lados me encantaban cada una a su manera. Estaba seguro de que así estuvo el padre de Lizzie, fascinado con ella, incapaz de incumplirle algo, tenía la carita más bonita que había visto, como Pansy, y con los ojos enormes y verdes maravillosos. Era toda una princesa.

—Porque tu madre es la mujer más maravillosa y perfecta que he conocido —contesté con seguridad, tomando nuevamente la mano de Pansy— Lizzie, yo la amo, de verdad, así que no le creas a tu tío Draco cuando diga lo contrario, yo daría mi vida por ella y sobre todo por ti, porque sé qué para ella tú eres su felicidad.

Lizzie se sonrojó al escucharme y bajó la mirada, para luego empezar a reír.

Después de esa pregunta ella volvió a sus juegos, para mi tranquilidad, pues sus preguntas, aunque fácil de contestar, no era como respondérsela a otra persona del exterior, esto era más íntimo, era la hija del amor de mi vida preguntando si amaba a su madre y sabía que si no la convencía de que así era, ella no querría tenerme cerca.

Cuando vimos que estaba a punto de iniciar el atardecer, decidimos levantar todo e irnos a casa, por supuesto que yo no podría acompañarlas, con tal de tener a Lizzie en la mayor discreción del mundo, sobre todo por la prensa. Guardé todo en la canasta mientras Pansy intentaba convencer a su hija, aun con el patito entre las manos, de que no podrían llevarse al pequeño patito a casa.

—Su madre se pondrá triste sino lo encuentra, mi amor, como yo me pondría si te perdiera a ti. Además, imagínate que alguien te llevé lejos de mí, ¿no te sentirías triste? —dijo colocándose a su altura y sonriendo con suavidad.

—Sí, sí lo estaría. Está bien, mami, lo dejare cerca del lago —aceptó con la mirada triste.

—Te acompaño, Lizzie —dije y ella asintió. Pansy también lo hizo, sonriendo un poco al volver a su altura.

Caminamos los metros que nos separaban del lago. Al llegar a él, nos quedamos cerca de la orilla y ella se agachó para dejarlo en el suelo.

—Es muy bonito —la escuché decir.

—Lo es —le sonreí, estando agachado a su lado— Tanto como tú.

—¿Parezco un pato? —me preguntó enarcando una ceja, y no sabía si disculparme o reír, pues aquel gesto era una copia de Pansy, también su contestación.

—Por su puesto que no, tú eres la niña más bonita que he visto —aclaré con una sonrisa.

—Lo sé, señor Potter —contestó poniéndose de pie y, para mi sorpresa, me dio un beso en la mejilla.

Me levanté de igual modo, sonriendo como un idiota dirían mis amigos y Pansy, pero es que tener a esta niña feliz me daba felicidad. Era tan extraño, sentir esa misma necesidad que sentía de hacer feliz a Pansy ahora explayada hacia su hija.

—Estoy cansada —dijo bostezando mientras caminábamos de regreso con su madre.

Asentí, sabía que estaba agotada pues estuvo corriendo por todo el lugar, haciendo carreras a las que Pansy y yo nos unimos varias veces, jugando con la pelota que había traído también, que agrandé discretamente, además de que estuvo corriendo varias veces atrás del patito.

—Puedo llevarte en brazos si quieres —le dije deteniéndome.

Ella sólo movió la cabeza afirmativamente, levantando ambos brazos. Sonreí y la cargué con cuidado, intentando no ser ni brusco y tampoco tan suave, pues no quería soltarla. Con firmeza, rodeándola por completo, colocando un brazo en sus piernas y otra en su espalda, aplacando un poco los rizos negros para ver mi camino y no tropezar con nada. Tenía un tesoro entre los brazos y no me perdonaría dañarla de ningún modo. La sentí recostarse en mi hombro, abrazándome con fuerza por el cuello. Yo la abracé más y miré entre sus rizos, a Pansy sonriendo.

—Estaba cansada —le dije al llegar a su lado.

—Imagino que sí —ella dio la vuelta para ver el rostro de la niña y le acarició la espalda y el cabello— Se durmió. Dámela si quieres —dijo estirando sus brazos.

—No, está bien, no me cuesta nada llevarla —le contesté con una sonrisa.

—Si aceptó que la cargaras te aseguró que te hará cargarla siempre, le encanta estar todavía en brazos como si fuera un bebé.

—No me importaría, Pansy —aclaré.

—¿Por qué?

—Porque hacerla feliz también es mi prioridad, además, es adorable, más que tú.

—¡Oye! Lo heredó de mí —se quejó.

—Cómo digas, amor —ella sonrió entrecerrando los ojos— Oye, Pansy, puedo besarte.

—Lo dudo, llevas a mi hija en brazos, no creo que me alcances —contestó sonriendo de medio lado, cruzándose de brazos.

Sostuve con más firmeza a Lizzie en mi brazo izquierdo y, antes de que Pansy se alejara, enredé mi brazo derecho en su cintura y la atraje a mí, procurando no mover a Lizzie para no despertarla.

—Claro que si pude —le dije y ella tenía lo ojos más abiertos, mirándome como una sonrisa.

—Se está tardando entonces, auror Potter.

No necesité escuchar más. Uní mis labios a los de ella y ella correspondió, pero de igual manera manteniéndose algo alejada para no despertar a la niña, a la cual sentí removerse. Pansy se alejó de mí, para acariciar la espalda de su hija, la cual se enderezó un momento, empujándome con ambas manos, para luego acostarse, con su cara enterrada en mi cuello, abrazándome de nuevo.

Quise reír, pues hasta para dormir parecía estar mimada. Después de eso nos apresuramos para encontrar un buen lugar para desaparecer. No tardamos tanto para encontrar un callejón desierto. Ahí nos despedimos, le entregué a su hija con cuidado para que nos despertara y luego tomé la canasta

—A mí no me importa la prensa, pero sé que para ti eso es importante.

—Gracias por entenderlo, Harry —apretó mi mano, sonriendo.

Me acerqué a ella para darle un beso en los labios y luego besé la mejilla sonrojada por el fresco de la tarde de Lizzie, quien simplemente apretó el agarre con brazos y piernas a la cintura de su madre.

Lo último que vi fue la sonrisa de Pansy y el movimiento de su varita al desaparecer. Suspiré mirando el cielo en tonos naranjas y violetas del atardecer. Quería más que esto, más que esta clase de salidas. Confirmaba aquel pensamiento que tuve al encontrarlas la primera vez: quería a ambas en mi vida, a la mujer perfecta, con una niña tan perfecta como ella en brazos. Las quería a las dos y necesitaba lograrlo.

—Lo lograré, no descansare hasta lograrlo —dije a nadie, apretando la canasta en una mano, listo para desaparecer también.

Eso es lo que haría, lograr mi sueño. Pues eso eran: Pansy y Lizzie eran mi sueño. Y más niños, claro, un hijo con Pansy.


Hola. Sé que no tengo perdón de nadie, pero es que no había surgido nada para escribir, pero creo ya tenerlo, sólo falta desarrollar toda mi idea hasta el final que no tardara en llegar. Les dije que este sería más corto que Amores dormidos, pero no tanto como Las heridas de mi princesa (que, si no han leído, los invito a hacerlo, un especial de Halloween para ustedes)

Espero que les haya gustado y me dejen su comentario, ya sea para gritarme por no haber actualizado o gritarme que lo haga más seguido.

Nos leemos pronto (eso espero)

By. Cascabelita.