Capítulo 17

Habían pasado varias semanas de aquella salida con Potter y mi hija al parque. Lizzie había llegado a casa a aún dormida, así que sólo la subí a su habitación, la cambié de ropa y la metí bajo las sabanas, todo con magia para no despertarla. Sabía que no se despertaría hasta el día siguiente, así que decidí tomar una larga ducha en la bañera.

Había cerrado los ojos y me había dejado ir en el silencio y la tranquilidad que sentía. Recordé cada minuto en el parque con ambos, recordando cada risa, cada sonido, cada palabra de los dos, cada mirada que pude capturar, cada pequeña conversación que tuvieron, lo quería guardar todo, porque deseaba que ambos se llevaran bien: sabía que Harry estaba dispuesto a todo para que ella lo aceptara y sabía que a Lizzie le agradaba, pero de ahí a que ambos se adaptaran sería complicado, serían pasos de bebés para que mi hija estuviera cómoda con toda la situación y no sólo con él, porque no sólo quería escuchar de ella que sí, que si le caía bien y todo eso que ya había dicho, sino quería verlo con mis propios ojos que así era, asegurarme que nada le afectaba.

Tampoco podía quitarme de la cabeza el último momento en el parque antes de buscar un callejón para desaparecer, tampoco podía negar que había sentido una especie de alegría y dolor al ver a Harry levantar a Lizzie. Por un segundo había dejado de verlo a él, a Harry, viendo a Anthony levantando a su hija, ver los brazos de Lizzie rodeándolo por el cuello, acomodando su cabeza en su hombro, mirar a Harry sostenerla con la fuerza y la delicadeza perfecta, acomodando aquellos rizos que a veces ni siquiera te dejaban ver por donde pisar para no caer, ver su mano masajeando su espalda para que se durmiera.

Había sido una estampa preciosa y triste, pues pude ver en Lizzie la falta que le hacía hacer ese tipo de cosas, esa acción de levantar los brazos y que alguien la tomara sin dudar, pues aunque Draco siempre la esté cargando todo el tiempo, aunque Theo y Blaise le estén dando vuelta por todos lados, había sido tan diferente, pues pude ver en ella confianza, aquella debilidad de su parte para simplemente dejarse caer y dormir como si nada malo pasara, apretando sus brazos a su cuello y suspirando satisfecha. Algo que siempre hacía con Anthony, simplemente levantar los brazos con los ojos casi cerrados, sabiendo que él la levantaría sin dudar.

Quizá no habría mucho trabajo que hacer para asegurarme que los dos estarían bien en esta etapa, pero no podría quitar el dedo del renglón hasta estar segura.

Después de esa salida, vinieron más, todas ideadas por Harry ya fueran los sábados o los domingos, Lizzie aceptaba siempre encantada cada plan para mi mayor desconcierto, pues, aunque el acuario me había gustado y la plaza fue aceptable sino fuera por toda esa gente aglomerada en un mismo sitio, haciendo que no pudiera estar tranquila en ningún momento por temor a perder a Lizzie; no podía decir los mismo del parque de diversiones. Eso había sido entrar en una especie de manicomio y recordé porque siempre le decía a Anthony que no llevaríamos a Lizzie hasta que tuviera la edad suficiente, claro que ya estaba lista para eso, además de que ella, había visto los miles de panfletos sobre el Londres Paramount Entertainment Resort por todos lados en la plaza que fue imposible que no se entusiasmara, haciendo que Harry prometiera llevarla.

—Mi hija te está manipulando y tú te dejas —le dije a Harry cuando Lizzie salió corriendo a la fuente de la plaza.

—Tiene todo mi permiso de hacerlo, igual que su madre —contestó él, guiñándome un ojo, haciéndome sonreír de manera inmediata. No entendía cómo es que siempre salía con aquellas frases tan endemoniadamente encantadoras.

—Eres todo un caso, Potter.

—Tú también puedes pedirme lo que quieras y diré que sí —dijo de manera coqueta, mientras se acercaba demasiado.

Sonreí ladinamente y coloqué una mano en su pecho, después de darle un vistazo a Lizzie, esperando que no estuviera jugando con el agua, pero ella sólo estaba ahí, viendo los chorros de agua salir del suelo hasta alcanzar una gran altura.

—Te aseguro que esas palabras tendrás que cumplirlas, ahorita no se me ocurre nada grande, pero te prometo que lo haré —sonreí antes de levantarme un poco y besar la comisura de sus labios con extrema lentitud.

—Puedes pedirme lo que sea, nada me asusta. Sólo la idea de perderlas —dijo dando una mirada a mi hija.

Recordar eso aún me hacía tragar con fuerzas, pues su voz y su mirada habían dejado en claro que hablaba con la verdad.

Suspiré con fuerzas ante eso y cerré la última carpeta de registro que tenía delante de mí, firmando de una vez los recibimientos de arte de Edward, quien es este momento estaría deleitándose con sus piezas. Sonreí, aunque últimamente todo había sido estresante, tomando en cuenta que ya casi terminaba octubre y las piezas de la exposición del Rey Arturo habían vuelto a su hogar hace apenas quince días, eso nos había dejado con un poco de acción en el museo, de desmontar, limpiar, guardar, proteger y enviar, así como recibir y montar lo que llegaba para ocupar esos espacios había sido hasta cierto punto agotador.

Pero definitivamente me gustaba la carga de trabajo, pues el tiempo se iba más rápido y los días se volvían meses en apenas un parpadeo. Todo marchaba a un ritmo estable, así como mis salidas con Potter. ¡Oh, Potter! Nuevamente se había hecho una constante en mi mundo. Claro que aún no definíamos nada de lo que éramos, pero lo entendíamos, él lo entendía y yo también lo hacía. Todo iba bien.

—Claro, hasta ese maldito diario —bufé con desagrado mirando aquel periódico que no había podido tirar todavía.

Los buitres del Profeta habían dado con nuestra rutina de salir a cenar los viernes y de comer los sábados con mi hija o salir al parque o a cualquier lugar que a Potter se le ocurriera, con ese parque de diversiones donde al finalizar dejé en claro que eso no se repetiría tan seguido para mi estabilidad mental al ver tanta gente, soportar tantos gritos y mirar sin poder poner tantas limitaciones a la ingesta de caramelos por parte de Lizzie, pues negarle algo que para todos en ese lugar era normal me pareció muy cruel.

—Lizzie quedara despierta por semanas con tanta azúcar —me quejé aquel día, viendo con una mueca como Lizzie se cubría por completo con algodón de azúcar.

—Oh, vamos, no es tanta, además, se está divirtiendo —dijo apretando mi mano con disimulo.

—¡Señor Potter! Mire, ¿podemos subir? —preguntó la niña con las mejillas pegajosas en color rosa, así como la pequeña mano que apuntaba con un dedo el carrusel de tazas de té.

—Por supuesto que sí —le dijo con una sonrisa.

Eso me había hecho ponerme lívida del enojo, ver una foto de los tres en el parque de diversiones me había hecho explotar. No podía soportar ver la foto, la imagen de mi niña en un diario de poca calaña como ese, de ninguna manera. Claro, no comentaban nada malo o inapropiado (Draco los hubiera acabado a palos si fuera necesario, con mi ayuda obviamente), pero sí asumían que mi relación con Potter iba viento en popa pues el hecho de llevarla era un buen augurio para el héroe del mundo mágico, después de mi exabrupto en la fiesta de Merlín, donde había sido claro que estaba muy en contra de lo que Potter sentía por mí.

Apenas vi aquellas imágenes impresas en aquel periódico, me comuniqué de inmediato con mis abogados para poner en claro que mi hija jamás debía salir en sus chismes de bajo presupuesto. Ellos lo consiguieron, aclarando que una foto más de la heredera Goldstein, sería una clara amenaza para mí y tendrían que responder.

La llegada a la mansión Malfoy fue algo que me causo conflicto, pues sabía que Draco ahora si tendría motivos de sobra para hablar. Y que la verdad sea dicha, había evitado a Draco Malfoy como buena serpiente escurridiza, pues hasta el momento no había sido capaz de afrontarlo, de decirle todo lo que pasaba, pero sabía que ahora si no podría escurrirme de eso.

Era claro que él ya me esperaba, pues ni Lizzie, Scorpius, Narcissa o Astoria se encontraban a la vista cuando llegué por mi hija. Draco era el único que estaba en el salón, bebiendo una copa de brandy por lo que pude oler. Sonreí sin parecer culpable de algo y me serví una copa después de besar su mejilla. Él sólo me miró con los ojos entrecerrados, estudiando cada movimiento que iba dando. Ahora en retrospectiva, aquella conversación me había hecho reflexionar un poco más y que me dio más seguridad, por así decirlo, no es que careciera de ella para dar cada paso en mi vida, de hecho, era muy segura para tomar decisiones, pero ahora me sentía algo desorientada, como si no supiera donde estaba parada, por eso daba pasos pequeños y titubeantes, y no quería sentir que estaba cometiendo un error al estar cerca de Potter.

Después de darle un sorbo a mi vino y sentarme con las piernas cruzadas en el sofá que estaba justo delante de él, miré con atención a Draco y luego elevé la ceja, esperando a que iniciara. Había evadido a mi rubio favorito, porque una cosa era haberle confesado que Potter tendría que hacer mucho mérito para conseguir algo mísero de mí, pero no sabría cómo decirle que había dado un paso enorme en esa cena espectacular que organizó para mí, había aceptado parte de sus sentimientos, y ese no era lo más importante, sino que había aceptado parte de los míos, y ahora había incitado la convivencia de mi hija con él. Sí, demasiado pronto y casi a la ligera, pero qué más podía hacer, lo amé, lo amé tanto y tenerlo de regreso era… ni siquiera tenía palabras para eso. Pero no pude evitarlo, a pesar de mi rencor, de mi voluntad y determinación, no pude seguir manteniéndome al margen de Potter. Eso sería como querer evitar el sol.

—Bueno, Pansy, algo que quieras decirme —dijo con aparente calma, señalado vagamente el Profeta que estaba en la mesita del centro, mostrando aquella infame foto.

—Buitres embusteros queriendo ganar más fama con esa foto —aseguré, haciendo una mueca al verla otra vez.

—¿Algo más, Parkinson? —cuestionó.

Sabía en realidad que no estaba preguntando en sí por la foto. Él sabía como era todo esto, aun en este tiempo él no podía salir con Astoria, su madre o su hijo libremente sin que al otro día existiera en ese periódico alguna foto o nota sobre eso. Él mismo había demandado al diario por publicar una foto de Scorpius de espalda y más todavía porque un imbécil se le ocurrió poner "El hijo de mortifago" al pie de la foto.

Me levanté de mi lugar y me senté a su lado. Draco sólo quería saber cómo estaba mi situación con Potter, pero yo no soltaría la lengua hasta que él lo hiciera, así que esto podía ser realmente largo.

—Ve al punto, Dragón —lo escuché suspirar y dejar su copa con algo de fuerza en la mesita que estaba a su izquierda.

—¿Debo hacerme a la idea de que tú y Potter…? ¡Vamos, Pansy! ¿de verdad? Habiendo tanto Gryffindor menos pesado, ¿tenía que ser ese? —cuestionó con enfado y yo sonreí.

Busqué su abrazo y me acurruqué a su costado, las muestras de afecto eran tan pocas entre nosotros, pero no renunciábamos a ellas, simplemente lo hacíamos cuando queríamos, sin sentirnos incomodos o débiles; en ocasiones era yo quien buscaba sus brazos u otras pocas veces, era él quien buscaba los míos. Y en ese momento empezaba sentirme algo confundida y vulnerable, y sólo quería actuar como aquella chica sin mascaras que fui cuando la guerra terminó, cuando sabía que tendría que volver al colegio al día siguiente y sólo quería abrazarme a Draco como si él pudiera salvarme de todo como siempre lo había hecho, pues tenía miedo: temía el regreso a un castillo que vi lleno de sangre, temía el desprecio, el rencor y el odio del mundo, temía ya no ver algunos rostros o ver los que quedaban, temía al dolor de ver al chico de mi sueños de la mano de otra.

Aquella última noche, antes de tomar el tren de regresó, había dormido en la Mansión Malfoy, y no dormí en realidad, me encerré en la habitación de Draco, y los dos abrazados bajo las sabanas de su cama, pensamos en lo absurdo y peligroso que sería volver, pero deseábamos hacerlo, queríamos hacerlo, intentar recuperarnos en el mismo lugar donde nos perdimos sin remedio, y no estaríamos solos, Theo, Daphne y Blaise, estarían con nosotros. Tal vez no era la mejor decisión, pero valía la pena intentarlo.

El brazo de Draco me rodeó por completo y me pegó a su pecho, besando mi frente castamente.

—¿Te enojaría tenerlo de cuñado? —tanteé y pude sentir bajo mi mejilla el sonido de un gruñido.

—No me jodas, Parkinson —masculló con enojo.

—Sólo bromeo.

Bueno, en realidad no era una broma por completo, pero no quería predisponerlo aún. Con un Dragón como él, tenía que ir dando las noticias poco a poco, ir haciéndole la idea sutilmente, para luego soltarle la bomba por completo.

—¿Por qué él, Pansy? ¿Por qué tenía que ser según el león más importante de la toda la jodida historia? —repitió como si estuviera a punto de hacer un berrinche.

—Bueno, querido, no iba a conformarme con cualquier cosa, si iba a tener algo, tenía que ser lo mejor —le dije levantando la cara de su pecho y mirándolo a los ojos.

—Habiendo tantos por ahí, tantos que eran mejores que él.

—Bueno, Draco, tú ya estás casado, te juro que eras mi primera opción —sonreí con inocencia y él negó con la cabeza, sonriendo de medio lado.

—Adularme falsamente no te servirá, Pansy —regañó con una sonrisa ladina. Sonreí de vuelta y me recosté de nuevo en su pecho, sabiendo que subirle el ego haría que se le bajara un poco la molestia, aunque no estaba enojado en realidad— Aun así, ¿Por qué Harry Potter?

—Porque era el mejor de todos. Si iba a quedarme con un Gryffindor, no iba a ser con uno cualquiera, tenía que ser con el mejor, con el premio de esa casa, ¿no crees? ¿Acaso no merezco lo mejor?

—Claro que lo mereces, y mereces más que a ese patético héroe.

—Como héroe no lo fue tanto.

—Como pareja fue un imbécil, mira que abandonarte por una estupidez —gruñó y me apretó más fuerte.

—Sí, lo sé. Lo mismo dijo Anthony —suspiré.

—¿Anthony lo sabía? —preguntó con sorpresa, pues sinceramente nunca le había dicho todo lo que había pasado con mi esposo al final.

—Íbamos a divorciarnos, Draco, lo hablamos antes de su gira de verano —le confesé y luego apreté en mi mano la tela de su túnica, reviviendo aquel fatídico primer juego de la temporada— Ya no estaba bien nuestro matrimonio, cada día empezábamos a odiarnos de verdad, así que lo hablamos y acordamos que lo mejor era terminar con todo. Dormimos una última noche juntos y nos abrazamos, y me dijo que, si él hubiera sido Potter, jamás me hubiera abandonado, me habría robado y llevado lo más lejos posible —reí con eso y no pude evitar que mi voz temblara.

—Oh, Pansy, no llores —pidió y me rodeó con ambos brazos— No sabía que iban a divorciarse.

Sí, a veces no era sólo Lily quien extrañaba y lloraba por Anthony, también yo lo hacía, cuando sentía que todo era demasiado, que con él a mi lado todo sería más fácil para nuestra hija, ver a Lizzie derrumbada me derrumbó a mí internamente y verla destrozada me destrozó, así como lo hizo su muerte. Lo extrañaba tanto.

—Lo siento, a veces deseo que este aquí, aunque nuestro matrimonio iba a acabar, yo de verdad lo quería—susurré y tragué con fuerzas aquel nudo que se había formado en mi garganta.

—No te preocupes, y respecto a lo otro, todos sabemos que Potter es un idiota —claudicó y yo reí de nuevo.

—Sí, sí que lo es. Dejarme porque no quería perder a nadie, y ahora intenta recuperarme, porque ya no le importa perder a todo el mundo si me tiene. Eso lo dijo él.

—Insisto, es un idiota, pero al parecer es un idiota al que le estás dando otra oportunidad, pero mi amenaza sigue en pie, si no es digno de mi princesa tendrá que olvidarse de las dos.

—Parece que la quieres más que a mí —levanté de nuevo la cara y lo miré con tristeza, pero él sabía que era una queja tan falsa, yo estaba feliz de que así fuera.

—Oh, Pansy, cuánta razón tienes. Adoro a Lizzie, mucho más que a ti. Por eso Potter debe ser aprobado por ella.

Reí ante su declaración, si supiera que a Lizzie le agradaba ya, desde que Potter le invitó aquel helado cuando volvió a aparecer en mi vida. Aun así, no dije nada, y Draco quedó satisfecho cuando le repetí que no éramos nada, simplemente iba a aceptar el cortejo de Potter de buena manera hasta que tomara una decisión definitiva, que iba a conocerlo más y que no iba a apresurarme en nada, sobre todo por mi hija. Cuando vi su ceja elevarse ante lo último, le dije que no iba a apresurarme en nada, otra vez.

Sí, la conversación no había sido mala, Draco parecía comprensivo y eso me lo venía demostrando desde que me case con Anthony, cuando me dijo que solo quería que yo fuera feliz, preocupándose por la felicidad de alguien más, demostrando que ahora había personas que les importaba más que él mismo. Y al ver a Potter, sabía que era momento de dar un pasito más, porque no podía negar que aquella perseverancia de verme, aunque sea unos cuantos minutos al día sin falta, me llegaba profundamente, que no me presionara a nada, que fuera al ritmo que yo quisiera, le sumaba muchos puntos.

Al regresar a casa con Lizzie, no fue una sorpresa que antes de la cena los rostros de mis suegros apareciesen por la chimenea. Sonreí ante la alegría de mi hija y la felicidad de ellos al verla. Tal parecía que los meses lejos le estaban cayendo de maravilla, pues pude ver en sus miradas algo más que pesadez y tristeza, estaban volviendo a vibrar y eso me alegraba tanto.

Mi hija y sus abuelos charlaron un largo rato, en una conversación en la que pocas veces participaba, sólo cuando Lizzie me preguntaba algo para dar legalidad a sus cuentos e ideas, así como sus charlas de los días con los Malfoy. Ellos escuchaban atentos y felices, aplaudiendo y aprobando cada cosa.

—Sin duda los Malfoy son unos expertos en educación para magos. No que tú no lo seas, querida —dijo Aranza en mi dirección. Negué con la cabeza y me acerqué a ellos con una sonrisa—, pero sin duda Lizzie se está viendo beneficiada por el trato, la educación y la compañía del pequeño Malfoy.

—Eso no hay que dudarlo, toma clases particulares con Scorpius y Narcissa les enseña todo sobre etiqueta y buen comportamiento, y claro, Astoria siempre está ahí para motivarlos a jugar e imaginar —acoté a su conversación.

Ellos asintieron complacidos y tras un par de minutos más de charlas y una despedida por de más calurosa para su nieta, le dije a Lizzie que fuera al comedor para empezar a cenar. Sabía que mis suegros querían hablar conmigo a solas, así que esperé con paciencia a que la niña desapareciera y luego giré a verlos.

—Supongo que han visto el Profeta —fui directo al punto.

—Sí. Lo hemos visto —dijo David con seriedad.

Asentí sin saber que decir. Ni siquiera sabía cómo interpretar aquella mirada que me daban. Tal vez estuvieran molestos, decepcionados, o sintieran que había traicionado la memoria de Anthony demasiado pronto.

—Entiendo —susurré soltando el aire por la boca.

—Y yo supongo que aquellas palabras tuyas de que no pensabas tener una relación con el señor Potter o con ninguna otra persona por el momento, ya no valen —aseguró Aranza con una sonrisa que me desconcertó.

—No. No estamos en ninguna relación —dije de inmediato, negando con la cabeza.

A veces podía sentirme muy atrapada cuando hablaba con ellos. Mi relación con mis suegros al principio de mi matrimonio no fue la más afectiva, sobre todo por el poco contacto que manteníamos con ellos. Anthony no los quería cerca, di por hecho que sentía algo de rencor porque lo obligaron a casarse muy pronto a su perspectiva, así que en realidad pude conocerlos mejor cuando sucedió la tragedia. Me di cuenta de que, aunque eran unos típicos aristrocráticos, no eran tan opresores como el resto, y pude llegar a comprender las razones que tuvieron para llevar a cabo nuestro matrimonio, pues sólo deseaban la estabilidad para su único hijo, que sentara cabeza como le decían y pudiera tomar las riendas de lo que construyeron para él, algo que ya estaba en mis manos.

Pero ahora, aunque se podría decir que apenas nos estamos comportando como una familia de verdad, me sentía como si estuviera hablando con mis padres, claro si es que mis progenitores hubieran actuado como padres alguna vez.

—Te repito, querida, nosotros no estamos señalando o exigiendo explicaciones acerca de tu vida privada —se apresuró Aranza a decir con calma— El señor Potter, aunque algo, a mi perspectiva, torpe, no carece de buen corazón y comportamiento. ¿Quién más hubiera aguantado tanto en una guerra tan cruenta como la que vivimos? Nadie. En lo que respecta a la no relación que llevan, sólo queremos preguntar como lo están llevando ustedes dos, aunque Lizzie ya nos iluminó al decir que le cae de maravilla.

—Es algo complicado. Aun me cuesta confiar —dije con sinceridad.

—Retomar algo cuesta mucho, Pansy, pero eso no significa que vaya a salir mal —dijo David con voz sosegada, algo que me gusto de verdad. La actitud de los dos me tranquilizaba y gustaba— Me gustaría decirte que lo tomes con calma y que vayan a tu ritmo, pero creo que eso has estado haciendo, aunque no tan en calma.

—¡David! —regañó Aranza y yo sonreí al verlos, sin tomarme a mal su comentario, pues era la verdad, el ritmo que llevaba con Potter no era calmado o lento, pero se sentía bien.

—Vamos, cielo, ellos ya están saliendo y tienen una relación en toda regla —defendió él y yo me pude llegar a sentir avergonzada. Pues si ellos lo notaban estando tan lejos, quien no lo haría de nuestros allegados, o hasta el mismísimos Potter lo daba por sentado ya.

—Sí, pero es claro que Pansy aún está pasando por un conflicto interno —negó Aranza con desesperación— Los hombres son algo obtusos para comprenderlo, no hagas caso, querida.

—Bueno, con Anthony fue rápido, ni siquiera nos dejaron hacer la fiesta de compromiso —dijo David con soberbia.

—¿Aun no nos perdonaran eso? —pregunté entre risas.

—Claro que no, Pansy —contestó Aranza— Era la boda de mi hijo, y Anthony y tú actuaron como si no fuera nada.

—Lo importante fue que nos entendimos, Aranza —le recordé y sonreí ante aquella propuesta de matrimonio por parte de mi esposo.

—Sí, eso sí —suspiró y sonrió con nostalgia. Al parecer poco a poco hablar de Anthony costaba menos para ellos, para mí, hasta para Lizzie— Lo que sí es importante es la situación con el señor Potter.

—Lo sé. Prometo que arreglare y estabilizare todo esto —les dije.

—Recuerda que no nos oponemos, Pansy, pero tampoco queremos quedarnos fuera —habló David con resolución, y no logré comprenderlo del todo— Cuando tengas algo concreto con él, nos gustaría presentarnos, después de todo, tú y Lizzie son nuestra responsabilidad y lo más valioso que tenemos, así que queremos asegurarnos de que vayan a quedar en buenas manos.

—Sólo si estás de acuerdo, querida —dijo Aranza con amabilidad.

—Por supuesto que sí —susurré y asentí.

Carraspeé, pues aquellas palabras me habían llegado. Saber que ellos estaban aceptando todo esto, que querían asegurarse de que estaríamos bien, sabiendo que la esposa de su difunto hijo estaría con alguien más, me hizo sentir por primera vez como si estuviera hablando con unos padres de verdad.

—Sólo recuerda que nosotros los apoyamos en todo, Pansy. Eres nuestra familia y nosotros siempre estamos para nuestra familia —aseguró David.

—Gracias por eso y por aceptarlo.

—Bueno, Pansy, no íbamos a esperar que te quedaras sola y soltera toda tu vida después de Anthony, y estamos seguros de que nuestro hijo tampoco lo hubiera deseado —suspiró Aranza con una sonrisa.

—Tienen razón, Anthony no se hubiera opuesto —declaré con certeza.

Después de eso me despedí de ellos y cerré la comunicación para ir a cenar con mi hija.

De eso ya varios días. No podía negar que aquella conversación con los padres de Anthony me había hecho sentir muy bien, me daba como una especie de paz que no me había percatado de que necesitaba, aunque muy en el fondo sabía que así era, pues, aunque yo consideraba a mis amigos como familia, no había familia más cercana a mí que los abuelos de Lizzie y me hacía sentir de maravilla que ellos estuvieran de acuerdo con respecto a Potter.

Cerré la carpeta y coloqué la pluma en el tintero, después de arrojar un hechizo secante a la tinta fresca de las hojas. Me levanté de la silla, y una vez acomodado todo con un pase de mi varita, salí de mi oficina. Me despedí de Caroline, quien terminaba de ordenar unos papeles. Normalmente me encontraba con Grace en las escaleras, pero ahora estaba de vacaciones en Francia desde ayer en la noche, visitando a la familia de su madre, así que esta salida del trabajo se me antojaba bastante aburrida y solitaria, pues Potter, muy en contra de lo que deseaba y a pesar de las protestas que hizo, había tenido que ir de misión.

—Una de las más largas y peligrosas, porque según mi jefe me lo merezco por largarme a París sin avisar con tiempo —fue lo que me dijo hace dos días en mi despacho, cuando vino a despedirse de mí.

No pude evitar sentirme preocupada y aprensiva con eso, ese era su trabajo, pero no me gustaba para nada aquellas palabras de larga y peligrosas. Recuerdo haber respirado con agitación antes de acercarme y abrazarlo lo más fuerte que podía. No quería que se fuera y mucho quería que pasara peligro alguno.

—Estaré bien —dijo apretándome más fuerte. No podía hablar, y sólo apoyé mi mejilla en su hombro— Te veré pronto.

—No quiero que corras peligro, Potter, así que es mejor que te cuides —le dije al separarme de él— Sino m e vengaré de ti —advertí enterrando un dedo en su pecho.

—Siempre voy a regresar, Pansy, ahora menos que nunca serían capaz de alejarme de ti definitivamente.

—Sólo cumple con tu promesa —susurré y me acerqué a besarlo con fuerzas.

Con muchas fuerzas de voluntad logré soltarlo para que se fuera, aunque él tampoco hacía mucho para que yo lo soltara, pues cada vez que dejaba de besarlo o intentaba aflojar mis brazos, él me apretaba más fuerte y me volvía a besar, susurrándome mil veces lo mucho que me quería y me amaba.

Sonreí al pensarlo. Potter ocasionaba esto en mí, el querer sonreír, el querer pensarlo, el querer que regresara ya o al menos me mandara una lechuza, auque esto no fuera posible. Sólo quería verlo regresar.

Llegué hasta el salón de nuestros encuentros con la decepcionante ausencia de Potter. Me detuve por un segundo y luego continué mi camino, extrañada ante la única persona postrada delante de un enorme cuadro de la Era Victoriana en Italia, no es que fuera tarde, de hecho, las actividades en el museo volvían aumentar en la tarde-noche, así que ver a alguien a esta hora era poco inusual. Era una mujer, alta para no estar en tacones. Bufé por dentro, mi estatura, aunque no baja, no era precisamente alta. Tenía ropa sencilla, vaqueros y una blusa blanca que parecía ser lienzo para el cabello largo y rojo que caía en su espalda.

—Directora Goldstein —la escuché hablar cuando ya estaba alcanzando la salida de aquel salón.

Me giré más extrañada que nunca. Primero, porque nadie me llamaba directora, Grace a veces lo hacía, pero era más por diversión, así como llamarme jefa; segundo, hace mucho que alguien no me llemaba Goldstein, no es que me molestara que lo hicieran, ese había sido mi apellido hasta hace poco más de un año, pero ahora sólo era Parkinson, decisión mía, sobre todo.

—¿Sí? —aun así, contesté.

—O debería decirte señora Potter, con eso de que andas atrás de él, otra vez.

Apreté los dientes con fuerzas.

Aquella mujer se dio la vuelta y mentalmente me golpeé la frente al no percatarme quien era desde el primer instante. Sinceramente, había olvidado completamente como era ella, al menos de espaldas. La vi caminar hacia mí, con aquella actitud insoportable que siempre noté en ella, aunque posiblemente más potenciado. Tenía el rostro marcado en un gesto de amargo, mirándome con el mayor odio y resentimiento que podía expresar. Claro, no esperaba que fuera amable después de diez años, o al menos verla actuar con madurez, pero no esperaba que me odiara como si todavía estuviéramos en el colegio.

Vi sus ojos recorrerme de pies a cabeza, para luego lanzar un bufido de burla. Aquello no lo soporté, aquella actitud de que era mejor que yo. No era en nada mejor que yo, sólo por haber nacido en el sitio correcto y ser lo correcto en su vida, no la hacía mejor que yo.

Debería ser yo quien la odiara, pero no era así. Ciertamente me desagradaba como nadie, más por cómo me miraba, pero no la odiaba.

—Vaya, ¿ahora te tiñes el cabello más rojo? —pregunté con burla, pues recordaba que su cabello era rojo, pero no este que rojo manzana que intentaba aparentar, como el cabello de Mindy, la chica de París— Recordaba tu cabello zanahoria, no manzana. Creo que debiste consultar primero el color, parece tan falso, ¿o es que querías combinarlo con tu personalidad?

—¿Por fin te sientes con el derecho de insultarme ahora que él te hizo caso? —preguntó con burla— Después de tanto arrastrarte, por fin lo tienes, ¿no?

—Te equivocas, yo nunca he estado atrás de él, aunque de su parte no puedo decir lo mismo —fingí pensarlo, echando leña a aquella hoguera con la que llegó aquella mujer. Reí suavemente y la miré con diversión— Quizás ahora sólo este recibiendo lo que siempre fue mío, ¿no? —dije con una sonrisa, pues era así como lo veía, como Potter siendo para mí.

—Pues te recuerdo que fue mi esposo —arremetió con una sonrisa triunfal.

—Sí, lo lamento mucho por él. Tener que conformarse contigo. Me ha dicho que fue una pesadilla en lo que te convertiste.

—¿Con eso te ha mentido? —preguntó, como si pudiera hacerme creer lo contrario.

—No. Él nunca podría mentirme, tal vez lo intenté, pero jamás lo logrará, al contrario de ti —suspiré— Ahora, dime que haces aquí, no tengo tu tiempo.

—Potter es mío y ahora…

—Ahora lo tengo yo porque jamás fue tuyo. Sí, se casó contigo, y sí, se divorció porque ya no te amaba. Y, ¿te digo algo?, yo ni siquiera estaba aquí, estaba muy lejos sin saber nada de ustedes, ni para bien ni para mal —atajé de golpe, no queriendo escucharla más.

No sabía porque estaba aquí, llevaba mucho tiempo estando ya en esta extraña relación con Potter, pero de algún modo me esperaba este encuentro cuando Potter me contó la pelea que tuvo con ella cuando estaba a punto de ir a París por mí o él día que nació la hija de sus amigos. Pero creí, sinceramente creí, que para estas alturas ya estaría resignada a que Potter ya no era asunto de ella, que desde hace mucho estaban divorciado y, aunque muchos pensaran por culpa del Profeta que era yo la razón, que nunca la amó, sino a mí, solamente a mí.

—Es mío…

—Vas a repetirlo otra vez —me quejé con fastidio, sacando mi varita para ver la hora. Ya tenía unos cuantos minutos de retraso para ver a mi hija— Si quieres saca una cita con mi asistente y me lo repites otra vez luego, tengo que ir por mi hija.

—¡Oh, por la pequeña bastarda que ahora quieres meterle a Harry!

Fue la gota que derramó el vaso. Ni siquiera sabía ni me interesaba saber cómo es que sabía de eso. Bueno, El Profeta había hecho el grandioso trabajo de hacer que todo el mundo se enterara, asú que no debía sorprenderme de que ella también lo supiera. Quizá era por eso por la que la tenía aquí, por aquella foto que salió hace semanas, que, aunque me enojaba, era una adorable imagen de los tres. Darse cuenta de que ahora sí había perdido para siempre. Darse cuenta de que gané por lo que tanto lucho, lo que tanto adoró. Pero ella lo tuvo, Potter fue suyo para que pudiera conquistarlo y jamás lo logró, y yo no tenía la culpa. Prácticamente les había dejado el camino libre.

Mi varita se dirigió a ella sin pensarlo dos veces, arrojándola al otro lado del salón. Solté mi bolso y caminé hacia donde había caído. Sentía mi sangre hirviendo por dentro. Por Lizzie sería capaz de matar sin que me temblara el pulso, matar mil veces, sería capaz de torturar y de maldecir sin es que alguien llegara a insultarla o tocarla.

—¡¿Bastarda?! Espero que te retractes y te disculpes, mi hija es más digna que tú, zorrita, ¿o es que piensas que no todos saben de tu pequeña fama después del divorcio? —pregunté moviendo mi varita de un lado a otro, sin dejar que se pusiera de pie.

Ella tenía los codos apoyando, elevándose un poco, pero sin moverse más. Estaba en desventaja, sabía que al menos movimiento yo lanzaría un nuevo hechizo. La mirada estaba más llena de odio, mucho más de lo que tenía cuando decidió enfrentarme.

—Mi hija es perfecta. Es hermosa, maravillosa. Es una heredera en toda regla, es la última descendiente de una de las mejores familias del mundo mágico, dueña de este museo que ahora tienes la fortuna de ver y al que jamás volverás entrar.

—Es hija de una mortífaga —dijo con los dientes apretados.

Me puse a su altura y enterré la punta de mi varita en su cuello.

—No. No fui una mortífaga y sabes porqué, porque era el amor de la vida del salvador del mundo mágico y aunque no estaba de su lado, no iba a traicionarlo —sonreí ante su cara de dolor, sabiendo que tocar la fibra sensible llamada Potter siempre la desarmaría, y más si dejaba en claro que me amaba— No fui su enemiga totalmente, solo era aquello que no podía tener y que lo llevó a tener que conformarse con lo fácil —la señalé completa con la varita— Y a esa niña que acabas de insultar por última vez, es ahora la dueña de su corazón, es la niña que nunca quiso tener contigo, pero si conmigo, así que eso le basta para amarla.

Me levanté y me alejé de ella, sin dejar de verla. Ella se puso de pie lentamente, sin dejar de mirarme en ningún momento. Buena elección de su parte, pues el odio que sentía por ella aun no descendía y podía tomar la decisión de matarla. Pero no lo haría, y no porque falta de ganas o fuerzas, sino porque no quería ser enviada lejos de mi hija.

—No has dejado de ser un maldita serpiente, arrastrera y venenosa —dijo con rabia mal contenida.

—Recuerda eso último. Para que una serpiente inyecte veneno, muy posiblemente tenga que arrastrarse y eso no es malo, Po… disculpa, ya no eres una Potter, ¿no? Ahora eres lo mismo que antes, una Weasley —dije con fingida condescendencia, riéndome fuertemente después—, y parece que eso te duele.

—¡Maldita!

—Sí, sí, lo que digas, es mejor que te vayas —apunté a la salida con mi varita— Y jamás vuelvas por aquí. Sigo siendo una Slytherin y, si quiero, le cerraré las puertas a quien sea, y por favor, no te escudas en tu papel de héroe de guerra, que al mismísimo Salvador lo rechacé en una fiesta, así que por ti nadie me diría nada.

—Estúpida.

—Estúpida tú porque creer que podrías contra mí. Y, ¿sabes que es lo mejor, al menos para mí?, que perdiste desde que Potter te pidió que fueras su novia —me burlé.

—Te odio.

—Sí, eso seguro no me deja dormir hoy.

—Me las pagaras, tú, él y ella me las pagaran —dijo dando fuerte zancadas a la salida.

—Tocales un solo cabello y verás la muerte en persona, Weasley —amenacé— Y recuerda que no soy solo yo —ella giró de inmediato— Malfoy, Zabini, Nott, seguro querrán saber lo que dijiste.

—Puedo demandarte por eso.

—Y nada podrán hacerme. Ventajas de que a mí si me amen —me encogí de hombros y caminé en su dirección, levitando mi bolso para tomarla en el aire— Tú no eres nadie para mí, para ellos, Weasley —remarqué su apellido y pasé de ella, dando la vuelta al pasillo.

La odiaba, ahora si la odiaba. Amenazarme era una cosa, amenazar a Potter me enojaba, pero que amenazara a mi hija, eso sí que jamás se lo disculparía. Si ella legaba hacer algo contra ella, la mataría, sin duda la mataría, había muchas maneras para hacerlo y sin que nadie me culpara.


Sí, lo sé. No tengo disculpas ni perdón de nadie. No fue sólo un mes, o dos, sino casi cuatro meses. Lo lamento, de verdad que sí, pero es que no sabía como continuar y me llevó mi tiempo poder retomarlo, así que apenas tuve este listo, vine a publicarlo, y ya tengo el siguiente, así que no piensen que desapareceré por meses otra vez.

Trataré de avanzar lento, pero seguro. Y recuerden: jamás dejare una historia incompleta y menos si es mi Hansy precioso.

Los quiero.

By. Cascabelita