Capítulo 18
Sorbí un poco más de mi té. Admiré la pequeña tacita de porcelana que había traído de París en mi último viaje, eran un juego precioso de porcelana blanca y delicadas flores melocotón, así como las orillas y la agarradera en color dorado. Un juego encantador sin duda, que estaba siendo deliberadamente ignorado por aquel hombre que se paseaba sobre la alfombra de mi oficina.
Suspiré y levanté nuevamente la mirada. Ladeé un poco el rostro, hace mucho que no veía un enojo tan bien expresado por parte de él. Pocas veces lo vi furioso cuando mantuvimos nuestra relación en Hogwarts, ciertamente ya no se enojaba conmigo, al menos no como antes: podía llegar a molestarse por mis comentarios a veces sin pensar, defendiendo mi casa o nuestro actuar, o peor para él, defendiendo a Draco; podía irritarle las bromas crueles que le hacía, a él y a sus amigos, pero nada que un par de abrazos o besos no arreglaran. Y desde que manteníamos esta relación, no se había mostrado de esta manera a pesar de mis rechazos, gritos y desprecio. Entonces verlo ahora así, era… deleitable, aunque bien pueden llamarme loca por gustarme su enojo. Siempre me había fascinado eso de él, su falta de consciencia para explotar sus emociones, su poca preocupación para que alguien más lo viera perder la compostura. Era totalmente mi contraparte, por más enojada, furiosa, triste, o extasiada que estuviera, no podía demostrarlo totalmente, siempre debía tener una compostura sobria, elegante, educada. Eso era lo que me habían enseñado toda mi vida.
Potter era fascinante. Era expresivo hasta lo saciedad, sí, podía llegar a ser tímido, reservado, pero cuando algo lo hacía feliz lo demostraba y si algo lo hacía enojar, no había persona o magia que pudiera detenerlo.
—Potter —llamé por tercera vez.
Había intentado llamar su atención desde que había iniciado, pero al ver el poco caso que me hacía, había decidido que manejara su temperamento a su gusto.
—¡No puedo creerlo! ¡Le dije, le exigí, la obligué a jamás acercarse a ti, o que hablara mal de ti! —gritó de nuevo, haciéndome agradecer por milésima vez haber puesto un hechizo silenciador a mi oficina.
—Eso no iba a detenerla, Potter —bufé, pues era claro que ella no haría caso de eso.
—¡Y amenazar a Lizzie! ¡Merlín sabe que si llega acercarse a ella…! ¡No puedo creer en lo que sea convertido! —exclamó.
La mención de mi hija a lado de la palabra amenaza encendió la chispa de ira que me consumió hace tres días cuando me la encontré aquí. No había podido ocultar aquello de Potter, en otras circunstancias jamás lo hubiera hecho, pero era una amenaza para él también y sólo quería que estuviera prevenido, no que se pusiera como loco. Aunque era hasta cierto punto lindo.
Él había regresado justamente ayer en la noche y era hasta hoy que había venido a verme. Lo primero que había hecho al hacerlo había sido abrazarlo, después de verificar que no tuviera ni un solo rasguño, pues aquella misión de máximo cinco días se había convertido en diez y estaba a punto de enloquecer, cosaa que jamás le diría.
—¡Me hizo la vida insostenible e insoportable durante nuestro matrimonio, y ahora pretende arruinar mi felicidad!
—Quizá porque ella no fue feliz.
—Intenté hacerla feliz, intenté olvidarme de cuanto te amaba, pero no era posible, Pansy, jamás lo fue, pero luché para ser lo mejor para ella —dijo ya sin gritos, como si se estuviera culpando por no lograrlo. Pero no podía permitirlo, si él sintió una milésima de lo que sentí yo, si me amó tanto como lo amé yo, era obvio que jamás podría olvidarme— Jamás dejare que las toque a ustedes.
—¡Potter! —llamé nuevamente y él por fin dejó de caminar y gritar.
Dejé la tacita casi vacía de mi té en la mesita del centro y me levanté para caminar hacia él. Coloqué mis manos en sus brazos y apreté mis dedos en su piel, intentado que dejara toda en tensión que parecía querer matarlo. Le sonreí y luego me alcé un poco, rodeando su cuello con mis brazos y acercándolo completamente a mi cuerpo. Sentí cada músculo en tensión, la respiración forzada y luego el agarré casi doloroso de sus brazos al corresponder mi abrazo.
Lo sentí respirar contra mi cuello, soltándose poco a poco, relajándose en mi contacto. El abrazo se volvió menos fuerte, pero aun así me mantuvo en mi sitio y sentí sus labios besando mis hombros, mi cuello y debajo de mi oreja izquierda.
—Pansy, jamás dejaría que algo malo te pasara a ti o a Lizzie —prometió y yo sabía que podía confiarle nuestras vidas si fuera necesario, pero eso sólo sucedería si llegara realmente a lo último de mis fuerzas para proteger a mi hija.
—Lo sé —me separé de él y lo llevé al sofá, aprovechando para pasarle la tacita de té ignorada, después de lanzar un hechizo para calentar de nuevo el líquido— Y si te lo conté, fue para que estuvieras prevenido. Yo puedo cuidarme sola, lo sabes, y puedo proteger a mi hija también.
—Sí, pero no están solas, Pansy, además de que ella no debió amenazarte, es más, no debió jamás acercarse a ti —dijo después de beber casi todo el té a pesar de lo tibio que pudiera estar.
—Cierto. No debió. Y no pasare por alto sus palabras, no es que le tema, si ella quiere pelear conmigo lo conseguirá, pero a Lizzie no puede tocarla, en la mansión Malfoy está más que protegida, en nuestra casa también, los Goldstein la llenaron de barreras a más no poder, además de la magia de los Parkinson que puse en ella —dije sin mirarlo, pensando en todas las maneras que podía cuidar de mi niña— Y le daré mi pulsera.
Miré aquella delgadita pulsera de plata que estaba siempre en mi muñeca desde la muerte de mi abuela paterna, parecía tan simple e insignificante, que nadie podría adivinar que en su interior contiene más poder de lo que uno podría pensar. Contiene un antiguo y raro hechizo de protección, capaz de envenenar a quien osara usarla sin un permiso verdadero, un veneno indetectable que terminaría con su víctima en cuestión de días; capaz de quemar a quien intentara lastimar a su protegido y capaz de matar de la misma manera si la personaba mataba al portador.
Si, un objeto pequeño y peligroso, pero que protegería a Lizzie ahora más que nunca. Se la daría esta misma noche, con las instrucciones necesarias para usarla.
—¿Tu pulsera? —escuché a Harry hablar.
Lo miré y sonreí, jamás le diría el alcance de mi pequeño obsequio a mi hija, puede que me ame tanto como dice, puede que fuera capaz de morir y matar por nosotras, pero su conciencia no abarcaría tan cruel acción por parte de mi joyería, es más, era seguro que no conociera que a veces las joyas más bellas en una familia o las que parecen poca cosa podían causar daños irreparables.
—Tiene un hechizo de protección y funciona como traslador a la mansión Malfoy.
Eso era verdad. Esta pulsera antes estaba hechizada para ir inmediatamente a la antigua mansión Parkinson en Hamburgo, después de la llegada de los Parkinson a Inglaterra, su destino cambió. Cuando me hice la dueña, quité mi casa como lugar al que llevarme, considerando que la mansión de mis antepasados jamás sería un refugio seguro para mí o para mi hija, dándole como nuevo destino la mansión Malfoy, sintiéndome mucho más segura en ese lugar que en ningún otro. Después de todo Malfoy Manor fue una fortaleza inquebrantable que mermó sólo cuando Voldemort tomó posesión de ella, pero ahora Draco había levantado sus propias barreras, y estaba más protegido que el propio Hogwarts en sus buenos tiempos.
—¿A la mansión Malfoy? —cuestionó con voz tensa, dejando la tacita del té sobre la mesa del centro.
Rodé los ojos disgustada y me puse de pie.
—Debes de admitir que Malfoy Manor es el lugar más seguro que pudiera existir para mí y ahora para Lizzie. Ginevra se calcinaría apenas tocara las barreras.
—¿Y qué hay de mí?
—No tengo un traslador para ti, tendría que preguntarle a Draco si te permitiría…
—No me refiero a eso, Parkinson —me interrumpió.
Respingué en mi sitio, sabiendo que ahora sí había tocado una fibra sensible en él. Jamás había utilizado mi apellido, no desde que nos volvimos a ver y él me seguía a todos lados. Definitivamente había logrado cabrearlo, y viendo su cara, sabía que mucho, y aunque su enojo me podría parecer excitante, no me gustaba en definitiva su enojo conmigo, porque eso sólo provocaba el enojo en mí.
—¿Entonces a qué, Potter? —pregunté con sarcasmo, sin querer escuchar su respuesta en realidad.
—Corres a la mansión Malfoy sin considerar que yo puedo protegerlas a ustedes.
—No seas irracional, Potter, estoy hablando de la seguridad de mi hija, eso es lo importante…
—¿Y crees que para mí no lo es?
—Por supuesto que sí, sé que quieres cuidarla y protegerla. Pero tu reclamo no es porque no piense en ti, sino porque piense primero en Draco Malfoy para hacerlo. De nuevo intentas competir contra él.
—No estoy tratando de competir contra nadie —aseguró y yo me crucé de brazos sin creerle— Pero piénsalo de este modo. Si Lizzie fuera mi hija y no tuya, pero aun así la amaras, y yo quisiera protegerla de una desquiciada, ¿no te molestaría que la llevara a un lugar donde no podrías alcanzar para protegerla? ¿cómo la casa de mis amigos? —preguntó y yo bufé con burla.
—Al menos que tus amigos tengan una mansión con suficiente magia antigua, no, no me preocuparía, podría entrar a su casa sin que se dieran cuenta.
—Ese no es el punto.
—Claro que lo es —me pasé la mano por el cabello y miré al salón del museo, pensando como explicarle a Harry sin que entremos a una nueva discusión, Malfoy Manor era un lugar seguro para cualquier persona que los dueños quisieran, claro— Confió en los Malfoy, Potter, les confiaría mi vida y la de mi hija sin pensarlo, y eso es porque me han demostrado prácticamente toda mi vida que a su lado nada malo puede pasarme.
—¿Y crees que yo no podría? ¡Soy el maldito salvador de este estúpido mundo, y crees que no puedo protegerlas de Ginevra! ¿Acaso no confías en mí?
—Sé que puedes hacerlo, confió en ti, pero…
—Pero no más que en ellos. Entiendo, Pansy —dijo levantándose del sofá.
—¡Joder, Potter, siéntate! —ordené cuando lo vi dando un paso lejos. Sabía que estaba dolido y que se iría sin decir nada más. Caminé hacia él y lo senté de nuevo, sentándome en su regazo, sólo por precaución para que no volviera intentar irse, y que nadie diga lo contrario. Sentí sus manos apretar mi cintura, colocando aquella mirada de león apenado que podía derretirme por completo— Confió en ti, y si esta pulsera tiene como destino Malfoy Manor es porque Draco siempre ha estado ahí para mí, y cuando me dieron esta pulsera, consideré su hogar más seguro que el mío y eso fue antes de conocerte como se debe. Y ahora sé que él, como padrino de Lizzie, la protegería como si fuera su hija, pues eso es lo que ha hecho desde que Anthony murió.
—Pero…
—Escúchame, Potter, no cambiaré el destino del traslador, y eso deberás aceptarlo —lo vi hacer una mueca y no pude evitar besarle en la boca— Pero te prometo que, si la loca de tu ex llega a lastimarme a mí o a Lizzie, es a ti a quien recurriré primero y esto —levanté la mano, mostrándole mi pulsera de plata— Lizzie sólo lo usara en caso de extrema necesidad, no antes, sólo cuando ni tú ni yo podamos protegerla más.
Él me miró por unos segundos con firmeza, antes de asentir y bajar la mirada, como si pensara en eso.
—Está bien. Me conformo con saber eso. Sólo no quiero que se aparten de mí.
—¿Y es que acaso esto no te da confianza? Acaban de amenazarme a mí y a mi hija por ti, y en vez de huir con ella, algo que hubiera hecho sin dudar antes, estoy aquí hablándolo contigo, proponiéndote prácticamente que enfrentemos esto juntos —jugué con el botón de su camisa.
No quería admitirle prácticamente que ahora sus sentimientos eran totalmente correspondidos. Estaba dispuesta a todo por él, tan dispuesta como no lo estuve antes, cuando preferí dejarlo que luchar, y era una ironía que fuera la misma persona que debía enfrentar antes, pues estaba dispuesta a pelear contra Ginevra por él y por mi hija.
—Joder, ¿Cómo no amarte más después de esto?
Él tomó mi cara con ambas manos y me besó absurdamente necesitado. Correspondí de la misma manera, no sabiendo como es que este hombre podía llegar a enojarme y alegrarme en tiempo récord. Lo adoraba, lo quería tanto. Me recargué por completo y él no perdió la oportunidad de abrazarme fuertemente. Me alejé de su boca cuando tuve la necesidad de respirar, aspirando profundamente en su cabello donde mis dedos se enterraron cuando sentía su boca en el cuello y aquellas manos viajando por mis piernas.
—Harry —suspiré cerrando los ojos.
Él no se detuvo, besando mis clavículas y el borde mi blusa con devoción. Me relamí los labios, sintiendo la necesidad de dejarme llevar, de ceder ante aquellas caricias y en la sensación caliente de mi vientre. Aquel deseo que mi instaba a acomodarme mejor en su regazo, al querer quitarle la ropa y que él quitara la mía. Abrir mis piernas y poder concluir aquello que jamás pasó en Hogwarts, siempre con el tiempo en nuestra contra, siempre con el temor a ser descubierto.
—Harry —llamé de nuevo, cuando aquella boca lamió uno de mis hombros y sentí sus dedos debajo del borde de mi falda— Harry, por favor.
—¿Qué? —la voz vibró en mi piel, haciendo que un escalofrío recorriera toda mi columna vertebral.
—No lo hagas… —suspiré al sentir como su boca tiraba del tirante de mi ropa interior, provocando que algo más de mis senos quedara al descubierto.
—Tranquila —susurró pasando la lengua por encima del encaje negro de mi sostén, algo que me hizo gemir más incoherencias de las debidas, algo que contradecía totalmente mi petición a que se detuviera— Sólo es nuestro deseo —dijo presionando ligeramente sus labios por encima de mi duro pezón.
—Harry —gemí con la boca completamente seca.
No deseaba detenerlo, pero tampoco quería que continuara. Era una completa contradicción. Quería esto, claro que lo quería, estar con él era mi deseo, era con lo que a veces soñaba, lo que mi cuerpo pedía después de cada beso apasionado que teníamos, de cada caricia atrevida, pero no quería hacerlo aquí, no en mi oficina y mucho menos en el sofá de mis suegros. Y aunque puede que después me llamé a mis misma tonta y cursi, deseaba que la primera vez que estuviéramos juntos fuera algo más íntimo, romántico. Sí, llámenme ilusa, pero había esperado por esto más de diez años, quería que fuera especial.
—Estás agitada, Pansy —dijo con voz lenta y suave, apartando el encaje de mi piel.
No sabía cómo es que él podía escucharse tan tranquilo cuando estábamos en esta posición, pues podía sentir perfectamente en mi cadera aquella erección apretada en sus pantalones, haciéndome desear meter mis manos dentro de ellos. Apreté los labios cuando sentí la humedad de su boca por fin en mi pecho, succionando con la presión suficiente para hacerme delirar, mientras sentía sus propios dedos por fin alcanzar el borde mi ropa interior por debajo de mi falda.
—Harry —jadeé.
—Tranquila —susurró y me dejó un beso húmedo en mi cuello— No puedo detenerme ahora, mi amor, lo necesitas y yo también —dijo en mi oído, para luego mirarme a la cara.
Pude ver en aquella mirada la excitación que estaba sintiendo. Tenía los ojos dilatados y vidriosos, como si hubiera consumido algún tipo de droga estimulante. Me mordí los labios y un segundo después preferí morder su boca. Él tenía razón, lo necesitaba, quizá más que él.
—¿O quieres que pare?
—Si llegas a detenerte juro que te mato —amenacé con voz jadeante.
No supe ni cómo, pero en un segundo cambié completamente la posición, sentándome a ahorcajadas sobre él y provocando que mi falda gris plomo completamente entallada se levantara hasta mis caderas. Era seguro que se arrugará por completo, pero eso era lo que menos me importaba. Su mirada viajó de inmediato a mis piernas totalmente abiertas para él, pasando sus manos por mis muslos erizados para luego llevarlas otra vez hasta mi centro, acariciándome con los pulgares, provocando más jadeos de los debidos.
—Esa es mi serpiente —sonrió antes de besarme, mientras sus dedos apartaban por fin mi braga y me acariciaba.
Jadeé por sobre su boca, cerrando los ojos ante los movimientos sobre mi clítoris. Sentía sus dedos resbalar en la humedad que había nacido en mí por sus caricias. Jadeé y grité su nombre sin pensar, sabiendo que nadie nos escucharía, aunque era excitante pensar lo contrario, después de todo este era mi lugar de trabajo y era la directora, un escándalo de esta magnitud con el héroe del mundo mágico, daría de que hablar hasta el siguiente siglo.
Tiré mi cabeza hacia atrás, mientras su boca no se cansaba de devorarme el cuello. No pude evitar en un momento bajar el otro lado de mi blusa, quedando completamente desnuda del torso, cosa que él no desaprovechó para hacerse de su antojo con mi piel y mis senos, chupando, lamiendo y hasta mordiendo, mientras tiraba con suavidad de mis pezones, cosa que me excitaba más si es que eso era posible.
—Sí… sí… Harrry —gemí moviendo frenéticamente mis caderas al mismo tiempo. Estaba a tan poco de alcanzar el climax, sintiendo su pulgar estimulando más rápido mi clítoris y dos dedos entrando en mí a la misma vez.
—Eres perfecta… tan bella… tan mía —lo escuché murmurar y sonreí ladinamente, antes de besarlo otra vez.
—¡Maldición! —grité cuando lo sentí por fin, aquel cúmulo de emociones explotando dentro de mí.
Mi centro palpitaba aun con la mano de Potter ahí, como si estuviera masajeándome. Tenía la respiración agitada y mi pecho bajaba y subía sin control. Me acerqué de nuevo a besarlo, pues, aunque sentía que no podía respirar bien, no quería dejar de besarlo nunca. Aquella mano que no estaba en mi centro me empezó a masajear las caderas, subiendo por mi espalda hasta alcanzar mi cuello, pegándome más a él.
—¿Ya estás mejor? —murmuró sobre mi boca.
—Sí. Pero si no quitas tu mano de ahí, no voy a tranquilizarme del todo —le dije y él sonrió ladinamente, quitando sus dedos, arrancándome un jadeo cuando vi sus dedos llenos de mi recién orgasmo ser llevados a su boca— ¡Potter! —grité escandalizada.
No es que fuera la primera vez que viera a alguien hacer eso, después de todo había hecho muchas cosas durante el colegio, antes de casarme y más durante mi matrimonio, pero jamás creí que algún día vería a Harry Potter haciéndolo, no cuando siempre me había parecido un inocente león. Nunca llegamos a este tipo de actividades, aunque las ganas claramente no me faltaron, después de todo, yo había iniciado con mi vida sexual demasiado joven y Potter no, así que nunca lo incité a más.
—Eres deliciosa.
—Eres de lo peor. Sabes que ahora tendré que devolvértelo, ¿verdad? —pregunté mientras con rapidez jalaba del broche de su cinturón y abría el botón.
—No, no tienes que hacerlo —dijo deteniendo mis dedos sin mucha convicción.
—Yo creo que sí —masajeé por arriba de la tela, haciendo que sus dedos se tensaran en torno a mi muñeca— Quiero hacerlo, Harry, ¿me dejas? —pedí con voz suave e inocente, sobre la comisura de su boca, para luego meter mi lengua en ella.
—¡Joder!
—Eso fue un sí para mí —alegué y bajé el cierre de sus vaqueros, sin que sus manos pusieran resistencia, mirando aquella tela azul claro totalmente húmeda— ¡Vaya, auror Potter! Creo que usted me necesita.
—Pansy —lo escuché sisear.
—Tranquilo, cariño, te juro que vas a disfrutar —prometí.
Me bajé de su regazo y me arrodillé entre sus piernas. Sonreí ante sus ojos inmensamente abiertos, bajando su bóxer sin quitar la mirada de sus ojos. Aquella erección respingó ante mi vista, haciéndome relamer los labios al verla tan dispuesta para mí. Tenía el encantador rosado en el glande y con venas marcadas por todo el contorno. Pasé mi lengua sin dudar por aquellas venas, llegando a los testículos que apreté ligeramente con mis dedos.
—Pansy —jadeó.
—Shhh, tranquilo —repetí aquellas palabras que me decía cuando yo me sentía morir por sus caricias.
Rodeé con mis labios el glande, tragándome aquel liquido preseminal que desbordaba en la punta. Era ligeramente salado y ácido, pero me gustaba. Lo miré una vez más a la cara y aquella expresión suya me hizo sentir totalmente en poder, aunque era yo la que estaba arrodillada. Lo vi con los ojos bien abiertos, aunque sabía que pronto los cerraría al sentirse disfrutar.
Lamí, chupé y succioné la cabeza sin dejar de verlo, mientras tomaba el tronco con mi mano derecha. Me gustaban sus gestos, el cómo las aletas de su nariz se abrían y cerraban, el cómo sus ojos querían cerrarse, pero se obligaba a no dejar de verme y como sus mejillas estaban tan rojas. Era una imagen que jamás olvidaría. Quizá no llegaríamos al sexo real hoy, pero esto era en definitiva una de mis mayores fantasías y un acercamiento que ahora no sabía porque no había dado.
Esto era jodidamente bueno.
Repasé con mi lengua muchas veces aquellas venas, encantada con la textura suave de la sensible piel. En algún momento llegué a succionar uno de sus testículos, provocándole un gruñido casi animal. Volví al glande y sin pensarlo más, metí lo más que podía de su pene en mi boca, empezando por fin con aquella felación que parecía necesitar. Lo sentí estremecerse, haciendo que sus muslos se pusieran duros y su respiración aumentara. Bajé y subí sin detenerme, intentado abarcar lo más que pudiera, sintiendo como alcanzaba mi garganta, teniendo que relajarla para no hacer arcadas. Sentí una de sus manos en mi cabello, cosa que aparté de inmediato, colocando sus manos lejos de mi cabeza, subiendo y bajando a un ritmo casi enloquecido que él agradeció con jadeos casi desesperados.
Me gustaba tener el control siempre, así que, si yo estaba haciendo el trabajo, él no debía inmiscuirse.
Supe que estaba tan cerca de llegar cuando pude ver su vientre tensarse también, con la respiración más agitada que nunca. Lo ayudé soltando una de sus manos para acariciar nuevamente sus testículos que estaban tensos, preparándose por fin para la liberación, la cual no tardó en llegar a mi garganta. No dejé de mover mi boca, tomando cada gota de su esencia, aunque sabía que algo de ella había salido de mis labios y ahora viajaba por mi barbilla hasta el suelo.
Hice un escandaloso y obsceno sonido al quitar mi boca. Lo miré a la cara, viendo sus ojos dilatados, la frente perlada de su sudor, las mejillas más rojas que nunca y la boca semi abierta intentado coger aire. Tan adorable.
—¿Lo disfrutaste? —pregunté pasando mi lengua por mis labios hinchados y quitando con mis dedos el resto de semen y saliva de mi barbilla, antes de llevármelo a la boca ante sus ojos atónitos— No eres el único que sabe cómo hacer delirar a alguien, mi amor.
—Tú si eres de lo peor, mi vida —dijo con una sonrisa, antes de jalarme y ponerme encima de él, pero acostándonos esta vez en el sofá.
Me dejé caer rendida sobre su pecho, cerrando los ojos y suspirando profundamente. Ninguno de los dos parecía muy dispuesto aún en acomodarse la ropa, así que me acomodé lo mejor que pude ante mi desnudez que parecía fascinarle, pues sus manos no dejaban de acariciar mi espalda, bajando un poco más de la tela mi blusa hasta unirla con mi falda en mi cintura. Era una ridiculez tener toda la ropa enrollada cuando bien podía quitármela, pero no quería moverme. También sentía deseos de desabrochar su camisa para sentir su piel con la mía, pero me daba mucha pereza tener que levantarme para hacerlo.
—Oye, Pansy, no es por querer arruinar el momento —lo escuché decir y abrí lo ojos de inmediato, pensando que algo malo había sucedido.
—Entonces no hables.
—Vamos, Pansy —se quejó y yo reí.
—Está bien, ¿qué pasa?
—¿Me has llamado "mi amor" hace un momento? —me tensé sin dudar, sabiendo que eso no era un error, pues justamente lo había hecho. Simplemente me había nacido llamarlo así, no por sarcasmo o broma, sino en serio.
—Tal vez —dije tentativamente.
—¿Tal vez?
—Probablemente.
—¿Qué?
—Puede que sí.
—¿Puede? —cuestionó y pude haber reído ya por aquel tono de advertencia, como si estuviera desesperándolo otra vez.
—Quizás.
—Pansy —llamó con voz ligeramente dura.
—No me acuerdo —suspiré.
—Pansy —advirtió. Y no pude contenerme, reí y me levanté, apoyando la barbilla sobre mi mano en su pecho.
—¿Qué quieres que te diga, Potter? —pregunté y besé su barbilla.
—Qué sí, que si lo has hecho porque lo has sentido por fin.
Hice una mueca y miré hacia otro lado, apoyando la mejilla nuevamente sobre mi mano. Esto era más difícil, puede que lo dijera así de fácil, puede que lo sintiera ya, pero no quería estar en riesgo de nuevo, aunque presentía que ahora sí nadie me podría separar de él y él no permitiría que lo alejaran de mí otra vez, ni su familia, amigos o sus inseguridades. Todo estaba a mi favor ahora.
—Te amaré —susurré.
—¿Me amaras? —preguntó con una sonrisa que giré a ver de inmediato.
—Tal vez —puso mala cara y negué con la cabeza— Te amaré, Potter. Siento cosas por ti, lo sabes —pasé un dedo por su mejilla, deleitándome con aquella barba que quería salir.
—Yo te amo y te amaré toda mi vida, aunque no te quedes conmigo, lo sabes, ¿verdad?
Asentí y me acosté de nuevo sobre él, pasando mis dedos por su cuello y pecho.
Estaba segura de que estaríamos juntos para siempre. Era una seguridad que daba terror a veces. Pero debía admitir que antes no lo sentía así, cuando estábamos en el colegio era como vivir sólo de noche, horas con él, luego levantarme y fingir odiarlo cada mañana para que nadie sospechara, forzarme a no verlo y seguir las burlas de Draco. La seguridad a algo o a un futuro no existía, porque en lo más profundo de nuestro ser, sabíamos que nuestra relación era una locura por completo. Pero siempre quedó esa esperanza de que nada fuera de nosotros podría separarnos, nunca hablamos de nuestras posiciones en la guerra, ambos sabíamos que lugar teníamos en ella, y simplemente nos dedicábamos a disfrutar del momento. Ahora sé que debimos hablarlo, intentar solucionarlo, pero nos precipitamos al final de mala manera.
Pero eso nos había traído aquí. Con los fantasmas, los dolores y los terrores ya controlados, con las heridas ya cerradas que solo requerían cuidados y amor. Mucho amor, para compensar el tiempo, la distancia y el daño que pudimos habernos hecho, que nos hicimos sin dudar. Y estábamos construyendo, reforzando los trémulos cimientos que dejamos hace años para hacerlo sólido, que nada pueda destruir nuestra relación como antes. Y lo que había pasado hace un momento tan sólo aumentaba esa seguridad de que nos complementábamos en todos los sentidos, en lo sentimental, emocional y sexual, porque mi deseo jamás había sido tan intenso como con él, con sus labios, sus manos, su piel. Todo de él me llamaba y me incitaba siempre a más.
—Se siente tan bien —murmuré.
—¿Qué cosa? —preguntó en el mismo tono bajo que había usado yo.
—Estar así contigo, lo que hicimos —contesté y besé sobre la tela de su camisa— ¿Por qué no habíamos llegado antes a esto? —pregunté en un susurro, cerrando los ojos.
—Porque tú eras quien dudaba y era yo quien tenía que tomar muchas duchas frías —confesó y yo reí.
—¿En serio?
—Claro, no sabes cuantas veces tuve que detenerme en París, sobre todo en la última cena, verte con aquel vestido rojo se volvió mi obsesión —dijo y subió sus dedos por mi espalda, hasta acariciar mi cabello. Me levanté de su pecho y lo miré a la cara
—¿De verdad, Harry? —pregunté con una sonrisa, acercándome un poco para besarlo rápidamente.
—Esa es toda la verdad. Las cenas de los viernes son también pruebas de resistencia para mí, besarte como lo hago y dejar de hacerlo se vuelve cada vez más difícil, por eso no pude detenerme hace un momento —volvió a jalarme a su cara, besándome profundamente— Quería besarte más, tocarte más, verte más, conocer tu cara y tus gestos al excitarte, escucharte a como lo hice cuando llegaste al orgasmo. Eres toda una obra de arte.
—Yo sentí exactamente lo mismo contigo. No sabes cuánto deseaba tenerte así —besé su cuello y descendí también hacia su pecho— Aunque deseo más también, te deseo completo.
—Pansy, no me hagas esto —suplicó.
—¿Hacer qué? —pregunté mientras con mis dientes quitaba el primer botón.
—Tentarme, porque terminaremos haciendo el amor aquí, y llámame cursi, pero deseo que nuestra primera vez juntos sea en un lugar mejor que tu oficina de trabajo —levantó mi cara y besó mi frente.
—Tienes toda la razón —suspiré y me volvía a acostar sobre él. Pensaba exactamente en lo mismo, quería hacerlo con él, pero no aquí— Mi hora de comida casi termina y debo regresar al trabajo —me quejé.
—¿Por qué no te tomas la tarde libre? —preguntó.
—No. Ya casi es Halloween y me tomare dos días para pasarlos con Lizzie, así que debo dejar todo listo aquí y no atrasarme más —expliqué.
—Está bien. Pero cenaremos mañana, ¿verdad?
—Claro que sí, y el sábado saldremos con Lizzie, dice que ya te extraña, pasó un fin de semana sin verte y eso no le gustó, así que estará algo enfadada y mimada contigo —le dije, mirándolo a la cara y sonriendo ante la queja de mi hija por no verlo.
Él empezó a reír y negó con la cabeza, haciendo fuerza para levantarnos a los dos al mismo tiempo sin tener que separarse de mí. Me sorprendió aquello, haciéndome pensar qué clase de entrenamiento hacen los aurores para que pudiera levantarme sin esfuerzo.
—¿Qué tendrán las Parkinson que me gustan así de enojadas y caprichosas? —preguntó acariciando mi cara.
—Es nuestro encanto natural, Potter, y te fascina —aseguré.
—No puedo negar eso. No podría vivir sin ambas sinceramente —me besó en la nariz y luego en la boca— Quisiera quedarme para siempre así contigo, pero si no nos levantamos y vestimos, te aseguro que no vas a trabajar por el resto de la tarde.
Reí ante sus palabras y me levanté de inmediato. Sonreí con satisfacción al ver que no podía quitar la mirada de mi cuerpo, mirando como bajaba mi falda y subía mi blusa. Tomé mi varita y lancé un hechizo sobre mi ropa, para dejarla tan presentable como siempre, sin una arruga que pudiera delatar que algo más había pasado en esta oficina.
Al verme completamente lista, él también se levantó y terminó de acomodar sus pantalones y abrochó el único botón que había quitado de su camisa. No dudé en pasar mi varita por su ropa, pues lo delataba completamente, y sinceramente no quería que todos en este museo supieran que había tenido más que una charla con el Salvador del Mundo Mágico, aunque no es como si no supieran, más por él que por mí, que teníamos algo entre los dos. También me acerqué y acomodé su cabello que estaba más alborotado que nunca gracias a mis manos. Él aprovechó para tomarme de la cintura y besarme otra vez, antes de que me alejara y buscara el espejo que estaba sobre un librero, intentando que mi cabello estuviera en orden. Acomodé mi peinado, apretando un par de horquillas, antes de girarme y sonreírle de nuevo.
—¿Te veo mañana, entonces? —pregunté.
—Sí —suspiró— Pero no dudes en avisarme si Ginevra aparece de nuevo por aquí, por favor, Pansy.
—Lo prometo. Palabra de serpiente —guiñé un ojo y él asintió con una sonrisa ladeada. Me acerqué de nuevo a él— Pero yo te quiero pedir algo.
—Lo que sea.
—No vayas a verla para reclamarle, sabrá que te dije y sabrá que estaremos prevenidos y no deseo eso. Quiero que caiga solita en la trampa.
—No me gusta eso, pues quiero ir a verla para decirle que no se vuelva a acercar a ti o a Lizzie, y reclamarle de una vez por todas las Mansión Black.
—¿Qué? ¿Ella sigue en la Mansión Black? —pregunté con enfado, pues eso sugería más contacto del debido con ella.
No me gustaba la idea de que estuvieran cerca, y no, no era por celos, era por lo que esa loca había dicho, aunque más que loca y peligrosa la creía dolida y frustrada, sino fuera por Lizzie, poca importancia tomaría de sus comentarios.
—Sí. No quise quitársela durante nuestro divorcio, sabiendo que ella no tiene más dónde ir. No era algo justo, ni para ella o su familia, que la echara así a la calle. Pero antes de irme a París le pedí que la desocupara, pues no quería saber ya nada más de ella y sus reclamos —asentí a su explicación y lo pensé con mucha seriedad.
La mansión Black era un lugar deplorable según la descripción de Narcissa, tuvo su época maravillosa, fueron sus palabras llenas de nostalgia. Y por lo que había podido leer en los diarios, eso era verdad, comparándola en sus mejores años con lo que era ahora, me parecía que esa casa necesitaba más que pintura y adornos, aunque puede que los Potter hicieran algo por ella mientras duró su matrimonio. Fue el hogar de una de las familias más poderosa de todos los tiempos y ahora estaba en manos del mago más poderoso según el resto del mundo. Claro que yo creía en el poder de Potter, pero no era su fanática como todos.
—Otra razón para no quitar el destino de esta pulsera es precisamente eso, Harry —le dije y me senté en el borde de mi escritorio, tomando sus manos— Si tú tuvieras un lugar con suficiente magia para proteger a Lizzie, todo estaría solucionado. Los Malfoy han hecho de Lizzie su familia, la mansión la protegerá como si llevara sangre Malfoy.
—¿Lo que quieres decir es que necesitas un lugar así de seguro? —preguntó con duda.
—Sí —asentí e intenté explicarle— Claro, la mansión Black tiene mucha magia negra, pero es poderosa, fuerte y si tú la controlas, protegerá a quien lo desees. Nadie podría entrar a ella sin tu permiso.
—Veré que puedo hacer. Aunque también existe otra propiedad con sufriente magia y no precisamente oscura.
—¿Cuál? —enarqué una ceja.
—La mansión Potter en Godric's Hollow.
—Sí, pero ese lugar no es bueno para ti —tomé su cara y él recargó su mejilla en la palma de mi mano. Me enternecía el hecho de que quisiera regresar a ese lugar por nosotras, pero yo jamás lo permitiría sí sé que puede lastimarlo.
—Para protegerlas eso no importa, Pansy, además, una vez la habitó una familia que fue feliz, ¿por qué no hacerlo otra vez?
—Bien —tragué saliva ante lo que quería decir con eso, pues había dejado en claro que quería que esa familia nos incluyera a Lizzie y a mí— Sólo si te sientes seguro.
—Bien. Arreglare eso, aun así, la mansión Black es mía e iré a reclamarla ya, tiempo suficiente le di para que buscara donde vivir —atajó y besándome una vez más los labios, salió de mi oficina con el recordatorio de nuestra cena de mañana.
Negué con la cabeza, pensando sinceramente que ese encuentro entre ambos no haría más que levantar el fuego del odio de Ginevra hacia nosotros, pero no podía detenerlo, la mansión Black le pertenecía, muy al disgusto de Draco y Narcissa, era de Potter y no podía seguir en manos de su exesposa.
Suspiré al mirar de nuevo mi escritorio lleno de papeles. Lo mejor sería regresar al trabajo, antes de que tuviera que ir por Lizzie a Malfoy Manor y fuera sumergida de nuevo en las actividades por Halloween, sólo algo bueno tenía todo este circo hecho por los Malfoy para los niños, era ver que mi hija estaba bastante emocionada por eso, como hace mucho no lo estaba.
Ciertamente no merezco que me den sus opiniones respecto a los capítulos, pero quisiera conocerla. Sin presiones, ¿ok?
Nos leemos pronto.
By. Cascabelita
