Capítulo 19

—¡Harry, Harry, por favor! ¡No puedes hacerme esto! —la escuché gritar.

Había ya dejado de lado su histeria, su desdén y su aparente odio. Ahora era suplica, reclamo, dolor. ¿Quién podría entenderla?

Cuando había salido de la chimenea, vi la escena que siempre me recibía al volver del trabajo cuando aún estábamos casado. Ginevra acostada en un sofá, con las piernas cruzadas y acomodada entre almohadones, mientras en sus manos le daba vuelta una revista ya sea de Quidditch o de chismes. Al principio de nuestro matrimonio aquello se me hacía adorable, siempre verla, esperándome para comer, con el tiempo lo empecé a ver como vagancia en ella. Había abandonado su equipo y su puesto como guardiana para, según sus palabras, dedicarle más tiempo a nuestro matrimonio, para estar más tiempo conmigo y disfrutar más de nosotros. Eso sinceramente me había alegrado pues tenía que admitir que la extrañaba demasiado durante esos largos meses de gira, aunque siempre encontraba tiempo para ir a verla a cada juego, pero, sobre todo, me alegraba su empeño para que lo nuestro se mantuviera bien, que ambos nos esforzáramos en esto.

Con el pasar de los meses y ver las cantidades de gastos en ropas, zapatos, joyería y perfumería, fue un motivo de pelea entre los dos y más que alegrarme empezaba sentir frustración cuando terminaba mi trabajo. No, no le pedía que no saliera a comprar o que no consiguiera cualquier gusto que tuviera, sólo le pedía que tuviera algo de conciencia para hacerlo, pues el closet todos los días se llenaba con cosas nuevas que pronto no cabrían allí.

—¡Por favor, Harry! Hay más closets en la casa —fue lo dijo con una sonrisa, antes de abrazarme por el cuello. Creo que fue la primera vez que no devolví su gesto, algo mosqueado por su respuesta.

—No es eso, Ginny, sólo que estás despilfarrando en cosas que pocas veces no te veo usar.

—Las usare, lo prometo —intentó besarme. Dejé que lo hiciera, pero no correspondí, de hecho, quité sus brazos y me alejé de ella. Su gesto de dolor y desconcierto por eso me hizo sentir incomodo de inmediato.

—Las cuentas son kilométricas, Ginny, y soy un simple auror…

—No me salgas con eso, Harry —negó con voz enfadada— Eres el Niño que vivió, eres el heredero de los Potter, Black y hasta Dumblendore, no puedes decir que te estás quedando sin galeones por mis pequeñas compras.

—Pues si sigues haciendo tus pequeñas compras, así será —atajé de golpe— Y sabes bien que no hago uso de lo de Sirius y Albus, al menos no de manera personal.

Eso fue lo menos que empecé a soportar. Su alarde a aquel dinero que pocas veces he tocado y si lo hice alguna vez fue para donaciones, para los orfanatos que ya no tenían la capacidad suficiente para después de la guerra, para los hospitales que no se daban abasto, para la reconstrucción del colegio. Para eso sirvieron las herencias de Sirius y de Albus Dumblendore, para levantar el mundo por el que tanto lucharon, no para que mi esposa se lo gastara en sus caprichosos que lo único que conseguían era enaltecerse delante de los demás, presumiendo de todo lo que podía obtener la esposa del Salvador del Mundo mágico.

—¡Vaya! —fue su palabra al verme apenas dándome una mirada cuando salí de la chimenea, antes de regresar a la revista que estaba en sus manos, para girar la hoja— Supongo que la idiota de Parkinson fue acusarme, ¿no?

Ella no pudo verlo, pero sonreí ante su recibimiento. Sinceramente iba a cumplir con lo que Pansy me había pedido, no iba a reclamarle nada de eso, ni hacerle mención de lo que hizo, pero ella misma se había delatado sin que yo moviera un sólo músculo. Claramente no se me había pasado el enojo que sentía contra ella, pero ciertamente lo que había sucedido con Pansy en su oficina hace menos de una hora, había calmado demasiado mi enojo. Y era también seguro que Ron y Hermione dijeran que ahora sí quedé idiota para siempre, y yo no podría negarlo.

Pansy no se había ni una idea del poder que tenía sobre mí, me tenía en sus manos completamente.

—Te he pedido que no la insultes —dije en bajo tono, mirando las nuevas modificaciones de la que fue mi casa. Ginny había insistido en mejorarla para nosotros, y aunque las remodelaciones se hicieron y ahora no parecía tan lúgubre, a mí me seguía pareciendo demasiado oscura, con un aire hasta pesado, quizá se debiera a la magia negra en ella— ¿Y de qué hablas?

La miré de nuevo, encontrándome con sus ojos chocolate puesto en mi rostro. La vi levantarse, terminando sentada en el sofá y elevando una ceja para analizarme, para saber si estaba siendo sincero o no, si era una trampa o no. Algo bueno tenía el haber conocido a mi Pansy, a veces podía ser capaz de mentir como ella, no tan bien como me gustaría, pero funcionaba.

La vi ladear el rostro, mientras una mueca de terror e incertidumbre se apoderaba de ella, antes de que apareciera la falsa calma con la que deseaba convencerme. Había caído, ella misma había caído en su trampa.

—¿De qué hablas, Ginevra? —insistí mientras tomaba lugar en el sofá individual.

—Nada —dijo con voz dura.

Elevé una ceja, mirándola con intensidad, para que viera que no le creía nada. Apoyé las manos en los brazos del sofá, apretando la tela. Ella se removió bajo mi mirada, apretando los bordes de su revista a la cual le dio un vistazo para apartar los ojos de mí, antes de levantar de nuevo el rostro, con una actitud que pretendía ser despreocupada.

—Dime que debió decirme Pansy, Ginevra.

La vi apretar las manos, hasta que las puntas de sus dedos alcanzaron un color blanco. Bajó la cara, apretando los labios. Quise sonreír otra vez, pues ella sabía que solita se había delatado. Era un interesante juego éste, el juego del gato y el ratón, saber hasta dónde podríamos engañarnos.

—¿Fuiste a buscarla, acaso? —pregunté como si no conociera la respuesta.

—No —dijo con dientes apretados.

—Entonces no entiendo tu pregunta —dije con una sonrisa de satisfacción— Pero por si las dudas voy a preguntarle a ella.

—Claro. Confías más en ella, ¿no? —preguntó con rabia. Las mejillas se le llenaron de sangre y la revista fue arrojada a otro lado, contra la pared, con una furia que ya me conocía de sobra— Ella bien puede mentirte, pero tú vas a creerle, ni a mí, que fui tu esposa…

—Y es exactamente por eso que no puedo ya confiar en ti, porque te conozco, Ginevra, y sobre todo porque la conozco a ella, no tiene que mentirme, siempre ha sido sincera, hasta para no quererme —dije recostándome por completo en el sofá, sonriendo fascinado, pues Pansy no necesitaba mentir, cuando amaba u odiaba, te lo decía o lo demostraba— Pero tú, Ginevra, haz logrado que la mayoría en tu familia me odié, inventado siempre infidelidades de mi parte que jamás sucedieron. ¿Y todavía piensas que puedo confiar en ti?

—¡¿Y qué quería que hiciera?! ¡Siempre la quisiste a ella! ¡Siempre fue ella!

—Sabes que eso no es verdad —me levanté inmediatamente, harto de que siempre me acusara de lo mismo, de mi falso amor y mi carencia de cariño— Llegué a quererte, Ginevra, lo hice de verdad.

No soportaba sus cambios y ante mí había realizado otro de la nada.

Ella se levantó y se acercó a mí, con el rostro que muchas veces miré, con sus ojos arrepentidos que muchas veces me hicieron caer, me hicieron abrazarla y perdonarle todo, disculpar hasta lo que nunca debí, como sus insultos, los gritos y la frialdad que a veces lograba mostrarme. Era la misma cara que ponía para disculparse, para hacerse la inocente, la indefensa, la arrepentida, la mujer que quería arreglar todo con dulzura después de gritar su odio, su desprecio, el dolor que supuestamente sentía.

—¿Entonces por qué? ¿Por qué, Harry? —preguntó con suavidad, como una niña pequeña a la que no le dieron lo que deseaba.

—Basta, Ginny —pedí al ver su claro chantaje.

—Quiéreme otra vez, ¿sí? Lucha por amarme.

—Ginny, por favor, no hagas esto. Lo hiciste muchas veces antes —intenté razonar con ella, pero parecía no escucharme.

—Yo sé que puedo hacerte feliz, mi amor, soy perfecta para ti en todos los sentidos, soy una leona como tú, tan valiente y poderosa como tú —dijo en voz baja y dulce, mientras sus manos se posaban en mi pecho y movía los dedos con lentitud. No soportaba su toqué, no soportaba que tocara aquella tela que aún tenía el aroma de la piel de Pansy, el rastro de su beso en mi pecho mientras estaba acostada sobre mí— Yo te puedo hacer feliz, como nadie lo ha hecho. Podemos aun ser felices, Harry.

—Ginevra, por favor…

—Sólo déjala, cariño, e iniciaremos de nuevo, ¿sí? Iniciaremos de nuevo, como si nada hubiera pasado —dijo dulcemente, pasando sus manos a mi cuello, sonriendo con ternura y locura.

La quedé viendo a la cara. Sus cambios de humor siempre se me habían hecho por demás extraños, en un momento podía estar gritando y al otro llorando, luego parecía feliz, dulce y arrepentida como ahora. Todo en menos tiempo del saludable, somo si lo que debiera pasar en horas sucediera en minutos, en segundos. Pero ahora, ahora me parecía trastornada, fuera de sí, como si algo estuviera controlando sus pensamientos. Nunca hice hincapié en eso, pero ahora me parecía hasta cierto punto peligroso.

—Yo aun te amo, Harry. Te voy a perdonar, ¿sí? —sus brazos me apretaron, y tuve que colocar mis manos en sus hombros para detener el acercamiento que quería propiciar— Sé que estás enojado, mi amor, sé que te hecho enojar con mis gritos y mis insultos y… y… —una risa quebrada brotó de ella, para luego negar con la cabeza— Pero no volverá a suceder, te lo prometo, todo pasara, seremos felices otra vez, como antes de que esa volviera, nos casaremos y tendremos muchos niños, y viviremos en esta casa…

—Detente. Basta ya. No hagas esto —exigí con voz dura, alejando mi rostro cuando la vi demasiado cerca.

—Lo sé, mi vida. Estás enojado, pero te prometo que no volverá a pasar, que ya no gritare o peleare contigo. Seré la esposa perfecta, la mujer que el Salvador merece. Tú y yo estaremos bien —siguió hablando, mientras su boca se posaba en mi cuello, repartiendo besos que me anudaban el vientre. No quería que me tocara, pero tampoco quería empujarla como realmente deseaba hacerlo pues sabía que la lastimaría— Yo puedo hacerte feliz, soy hermosa, valiente y agradable. Te puedo hacer feliz como antes, ¿te acuerdas? Cuando ella se marchó y fuimos realmente felices.

—Ginevra…

—Ella ya no importara, la ignoraremos, a ella y a su pequeño demonio —apreté los labios ante su forma de llamar así a mi Lizzie. Sentí con repulsión su lengua paseándose por mi garganta. Definitivamente ella no estaba bien, parecía ida, como si el divorcio y sus gritos llenos de odio hacia mí jamás hubiesen sucedido, como si todo pudiera estar bien otra vez entre los dos— O podemos irnos a cualquier otro lugar.

—Ginevra…

—Seremos felices. Seremos otra vez una familia feliz. Mis padres y hermanos nos apoyarán, y estarán muy felices cuando le digamos que nos casaremos de nuevo—dijo con voz que me empezaba a sonar a locura. Ella levantó la cara y me di cuenta de aquella mirada, como si me viera, pero al mismo tiempo no, desenfocada y frenética. Tenía los ojos dilatados y por fin pude percatarme de unas profundas ojeras, así como una palidez que empezaba a ser enfermiza— Seremos una familia, seré otra vez tu esposa y te daré todos los hijos que quieras. Quieres hijos, ¿verdad, Harry? —ladeó el rostro y me tomó de las mejillas con fuerzas.

—¡No, Ginevra!

Me alejé de inmediato al ver que quería besarme en la boca, quitando sus manos de mi cara y alejándola de mi cuerpo con brusquedad. El cabello llegó a taparle la mitad de la cara, mientras los dientes le castañeaban. Tenía la mirada temerosa, pero una nueva sonrisa se le formó en la boca. Empezaba a dudar de su estabilidad mental. No creía que estuviera loca, pero tampoco estaba bien, no podría estarlo cuando actuaba de esta manera. Ya le había dejado más que claro que jamás dejaría a Pansy, que la amaba demasiado como para dejarla ir una segunda vez, y menos por ella, no cometería ese error otra vez, sólo la muerte podría alejarme de aquella mujer, además Ginevra ya había admitido odiarme por lo mismo.

—Seremos felices, Harry, yo te hare feliz, aunque no quieras…

—¡Dije que basta, Ginevra! —grité.

Ella bajó la cara, cerrando los ojos mientras dejaba de sonreír. Apreté sus brazos para hacerla reaccionar y ella abrió los ojos, mirándome sin levantar la cabeza. Y ahí estaba, estaba aquella furia, aquel enojo que no podía controlar, que la volvían como una fiera a punto de devorar todo a su paso. Eso era lo que más me desesperó antes, sus cambios de humor, capaz de besarme y acariciarme en unos minutos y luego gritarme e insultarme sin miramientos. Los ojos se entrecerraron y la boca se deformó en una mueca que apenas mostraba sus dientes.

—¡Eres un idiota! ¡Estoy dispuesta a perdonarte, a olvidar tu traición, a casarme contigo otra vez y tener a tus hijos, y aun así eres un imbécil, Potter! —gritó con furia.

—Yo no te lo he pedido. No hice nada que tengas que perdonar, jamás te traicioné, no me quiero casar contigo y menos tener hijos. Todo eso lo quiero con otra persona.

—¡Claro! ¡Tú quieres a la estúpida esa y hasta quieres ser el padrastro de aquella pequeña bastarda! —arremetió con locura.

La sostuve más fuerte de los brazos y me acerqué a su rostro con rabia. Sentía mi sangre hervir, como cuando Pansy me contó todo lo que Ginevra le había dicho, la amenaza hacia ella y a hacia su hija, los insultos que profirió, las mentiras que quiso que ella creyera para alejarla de mí, aunque debía admitir que me alegró saber que Pansy no había creído nada, que confiaba en mí lo suficiente para no dejarse engañar por esta mujer. Pude sentirme tranquilo en esa parte, sabiendo que nadie alejaría a mi serpiente de mí, al menos no con mentiras.

—Eso es lo que fuiste a decirle, ¿verdad? Llamaste bastarda a aquella niña, Ginevra, llamaste bastarda a la luz de mis ojos, ¿cierto? Y amenazaste a la mujer de mi vida.

—Así que sí te lo dijo —se burló y lanzó una risa histérica, golpeándome en el pecho con los puños— La cobarde esa fue a acusarme. Y dime, Potter, ¿te dijo también que me atacó?

—Claro que lo hizo, y me alegro. Pansy no es ninguna cobarde, es lo suficientemente fuerte para defenderse de ti, a ella y a su hija —sonreí, pues, aunque conocía los alcances de la furia de Pansy, me alegraba saber que sería capaz de todo por Lizzie, al igual que yo.

—Tú y tu amor ciego por esa idiota, que ya hasta quieres a su…

—Vuélvelo a decir y no te lo perdonare jamás —amenacé y ella empezó a reír. La solté de golpe, haciendo que diera varios pasos hacia atrás— Jamás te acerques a Pansy o a Lizzie, jamás.

—Hare lo que quiera, Potter. Y sí, la amenacé a ella y a esa bastarda —confesó y tuve que apretar las manos para no hacer nada contra ella— Sabía que te largarías, en algún momento te mandarían a una misión y la esperé a que saliera de su trabajo. Venía sola, sin sus amados amigos mortífagos y sin aquella amiga suya con la que a veces la he visto, porque no es la primera vez que la sigo, cariño —de seguro se refería a Grace, la cual aún seguía de descanso según Pansy. Eso me tensó, saber que Ginevra la ha estado siguiendo, esperando la oportunidad para dañarla—. Como iba a desaprovechar algo como eso. No después de lo que sentí. ¿Acaso crees que ver la muestra de amor que se dan me hace feliz? ¿Acaso crees que me gusta despertar y verte en brazos de otra, de otra que jamás te mereció? ¿Crees que me alegra ver que tengas con otra lo que siempre quise darte? Yo iba a darte una familia. Yo debía quedarme contigo, yo luché, te apoyé, combatí a tu lado, por tu causa, perdí hasta uno de mis hermanos en eso, y tú, tú la preferiste a ella, a una vil serpiente, la amaste más que a mí y más que a todos.

Acusó con las manos moviéndose de un lado para otro, apretándose el cabello entre ratos. Quería acercarme y controlarla, pero estaba enfurecida y la magia que estaba expulsando se sentía tan cortante y peligrosa, capaz de lastimar a quien sea. La vi dar media vuelta y sacar de un cajón de las mesitas de las lámparas el diario que tanta polémica había causado con su foto de los tres en el parque acuático. Fue así como se enteró de eso, de la convivencia que tenía ya con aquella niña a la que adoraba tanto como a su madre.

—Eso a ti no te debe de importar —le dije con los labios apretados, intentado quitarle el periódico, pero ella lo alejó de mí.

—Claro que sí —dijo con una risa que empezó a sonar como si arrojaran vasos de cristal al suelo, como si fuera a empezar a llorar— Nunca quisiste casarte conmigo. Tuve que rogarte, y ¿sabes por qué? Porque estaba cansada de que siempre la soñaras, de que la llamaras en sueños y lloraras por ella, y pensé que casándote conmigo me amarías, pero no fue así. Te pedí que nos fuéramos de aquí y dijiste que no —empezó a hipar, como si algo no la dejara hablar.

Apreté los labios sintiendo una profunda amargura ante eso, pues era verdad, ella insistió en casarse, diciendo que estábamos en el momento correcto para hacerlo, ella tenía ya una carrera y yo estaba a punto de terminar los entrenamientos. Yo no lo deseaba, no me sentía preparado para dar ese paso, pero todos empezaron a presionar, su familia, mis amigos, empezaron a decir que era lo mejor y lo más lógico, así que acepté, pensando que ya la quería lo suficiente como para hacerlo, que estaba bien, que era lo correcto. Al fin de cuentas era por esto por lo que había perdido a Pansy, que más daba iniciar ya con lo que había elegido al dejarla. Eso era lo que esperaban de mí.

Fue un grave error, lo sentí aquel día que dije que sí, pero omití eso y me esforcé para quererla más.

—Luego quise darte hijos, quería darte lo que tanto deseabas, porque yo también lo quería contigo y cuando te hablé de eso, dijiste que no y empezaste a cuidarte tú, como si no confiaras en mí. Tú si querías hijos, pero jamás quisiste hijos conmigo. ¿Tienes idea de lo que eso me hizo sentir? ¡Me destrozaste, Potter! —las lágrimas ya caían por sus mejillas y sollozó, lanzando pequeños gritos entrecortados— Y sí, empecé a enloquecer de dolor, de rabia. Me llenaste de amargura y resentimiento, yo te quería, pero empezaba a odiarte también, aun te quiero y te odio en este momento. Y luego… —empezó a reír fuertemente, caminando de un lado para otro mientras se sostenía el vientre—, me pediste el divorcio, el maldito divorcio, por ella, porque siempre fue ella, aunque ya no estuviera, aunque hubieran pasado años, ella seguía siendo todo para ti.

—Lo lamento. De verdad que lo lamento, Ginny, pero el que te quisiera, sinceramente nunca me hizo dejar de amarla —confesé y tuve que sostener sus manos cuando se lanzaron a golpearme. No quería herirla, pero todo esto no era más que repetir lo que habíamos dicho antes de firmar los papeles. Ya no había caso fingir que no llegué a amarla.

—Y por eso te odio. Te odio a ti y a ella. Por culpa de ustedes es que nunca fui feliz. Más por culpa de ella, porque si ella no se hubiera metido en tu vida yo sería el amor de tu vida a como tenía que ser y…

—¡Ya basta de eso! Las cosas son como son, Ginevra, ya no hay marcha atrás, la amo a ella, entiéndelo ya —pedí, soltándole las muñecas.

—¡Jamás! Debiste ser mío, Harry, debiste serlo —apuntó con un dedo— Yo era mejor que ella, sigo siendo mejor que ella, mis manos están limpias, mi familia luchó por este mundo mientras la suya te quería matar junto a sus amigos. Debiste amarme a mí, debiste quedarte conmigo y tener hijos conmigo, no deseando los hijos de esa maldita, no a tu pequeña bastarda.

—¡Basta! —grité ya rabioso por aquella infame palabra dirigida a Lizzie, a mi princesa.

La magia de mis manos salió sin que pudiera controlarla, haciendo que Ginny cayera sentada en el sofá. Vi que se retorcía, intentando levantarse, pero al ver que mi magia la tenía retenida, dejó de hacerlo, mirándome con resentimiento, con dolor y rabia. Pero yo no podía seguir escuchando aquella palabra hacia esa niña que me había devuelto la felicidad junto a su madre, porque sí, antes de que Pansy apareciera en mi vida, había sido infeliz al ver a los Weasley alejarse, al escuchar los reporches de aquella gente que creí mi familia solo por haber amado a alguien más.

—Nunca, nunca te vuelvas a dirigir así a ella, a mi pequeña princesa, no quiero que las nombres o tan siquiera las pienses, porque no resistiré más ofensas de tu parte.

—No me importa. No puedes dañarme, no eres capaz de eso —dijo con una sonrisa, conociéndome perfectamente, sabía que jamás me atrevería hacerlo, pero si ella llegara a tocar a Pansy o dañara lo que más ama Pansy y yo ahora, no sabía de lo que sería capaz de hacer.

—No tientes a tu suerte, Ginevra —me paré cerca de ella y me puse a su altura— Ni yo sé de lo que sería capaz de hacer por ellas, la esperé diez años, crees que voy a permitir que alguien la separe de mí o dañen a aquella niña que es mi sol. Yo lo haría todo por ellas, les daría el mundo entero si así me lo piden. Les daría todo lo que pidieran, cómo ahora, cómo lo que estoy a punto de hacer.

Ella me miró con asombro. Pude detectar en sus ojos algo parecido al miedo. Ella tenía razón en una cosa, no sería capaz de dañarla, pero ya estaba cansado de sus ataques y lo hecho a Pansy me tenía algo tensionado. No podía permitir que ella siguiera cerca de mí y menos de Pansy y su hija. Jamás le perdonaría Ginevra el dañarlas, ni a ella ni a nadie.

—¿Qué quieres decir? —preguntó desconfiada.

—Quiero que abandones está casa. No te quiero aquí, ni cerca de mí. No te pertenece este lugar. Suficiente aguante de ti durante nuestro matrimonio, durante el divorcio y no seguiré soportando lo que haces. No soporto tu actitud, en lo que te has convertido y haber amenazado a Pansy y a Lizzie fue lo peor y lo último que hiciste —le dije sin casi respirar.

—No, no, no puedes hacer eso. ¡La casa es mía, mía! —gritó retorciéndose otra vez.

—No, no lo es. La casa está a mi nombre y es intransferible, sólo puede ser heredada —le repetí algo que ya había dicho durante el juicio, donde accedí que viviera en la Mansión Black, pero dejando claro que no podía ser suya.

—¡Mientes! Tú solo quieres dejarme sin nada.

—Te di suficiente dinero para que vivieras bien, si ya te lo gastaste en tus compras inútiles, no es mi problema —debatí, pues aparte de eso, le había dado por voluntad, una gran cantidad de galeones cuando no estaba obligado y que se salía de los parámetros de nuestro acuerdo prenupcial.

—¡Pero esta es mi casa! —gritó y yo negué con la cabeza.

—No, no lo eso. Esta es mi casa y sólo puedo heredarla a uno de mis hijos.

—No pensaras dársela a la hija de esa, ¿verdad? —preguntó con los dientes apretados.

—Ese no es tu problema, pero es una gran idea —sonreí, pues no me importaría darle esta casa a esa niña, aunque estaba seguro de que ya Lizzie heredaría muchas cosas, como lo son los museos, la mansión Goldstein, Parkinson y todas las propiedades de sus padres y abuelos, además de que este lugar era demasiado peligroso para ella— O a un hijo que tenga con Pansy.

—¡Eres un maldito! ¡No puedes hacer eso!

—Claro que sí. Rowy —llamé al único elfo que había permitido que adquiriera ella para esta casa, aunque la adquisición de esta criatura jamás nos gustó a mí y a Hermione, pues no creía que la necesitáramos.

—Señor Potter, Rowy a está a sus servicios —dijo haciendo una reverencia.

—Rowy, prepara las maletas para la señora Weasley que en estos momentos abandonara la casa, por favor —pedí con amabilidad.

—¡Rowy, no te muevas! —gritó ella y el elfo se alteró, mirándonos de ida y vuelta sin saber qué hacer.

—Rowy, has lo que te pido, por favor —insistí y el elfo asintió de nuevo.

—¡Rowy, no lo hagas! ¡Yo soy tu dueña, no él!

Aquella orden me enfureció, pues cuando admití la presencia de un elfo domestico dejé en claro que jamás seríamos sus dueños, así que las palabras amo o ama estaban fuera de lugar, así como el reclamo de Ginevra.

—Rowy, una pregunta —pedí al contrariado elfo que empezaba a ver a Ginny con temor, mirando las invisibles ataduras que la hacían revolverse.

—¿Sí, señor Potter? —cuestionó temeroso.

—¿Cómo te hace llamarla Ginevra, Rowy, por señora o ama? —pregunté con la voz tensa.

Ginevra dejó de moverse de golpe y me miró de nuevo con espanto, para luego mirar al elfo y empezar a negar con la cabeza.

—No la mires, Rowy, mírame a mí y sólo contéstame.

—Señor…

—¡Cállate!

—¡Cállate tú, Ginevra! —exigí y miré de nuevo al elfo— Sólo contesta, Rowy, sólo dime la verdad, pues desde que entraste a trabajar aquí, ella y yo dejamos en claro que no somos tus dueños, ¿verdad? Por eso recibes un salario.

—Sí, señor Potter —dijo retorciéndose las manos.

—¿Entonces cómo te diriges a ella? ¿Ama o señora? —pregunté. Él me miró con desconfianza, mirando de igual modo con temor a Ginevra— No la veas, Rowy, sólo a mí. Yo soy el único Potter ahora, ¿entiendes? Y tú trabajas para los Potter —apelé con lógica, y él asintió dejando de ver a la pelirroja que cada vez se ponía más furiosa.

—La ama Potter, me hace llamarla ama, señor Potter —contestó con voz trémula.

—¡Maldito elfo traidor! ¡Yo era tu dueña, infeliz! —arremetió con furia, empezándose a mover otra vez.

—¡Tú no eres dueña de nada, Ginevra! —grité y sin varita, otra vez, lancé un hechizo silenciador sobre ella— No somos sus dueños, te lo dije desde que lo trajiste a casa. Rowy no te debe lealtad a ti, él sólo servia a la familia Potter, y tú ya no eres una Potter, Ginevra. Así que, Rowy, ve por las cosas de la señora Weasley, por favor.

—Sí, señor Potter —dijo con un suspiró y despareció.

Me giré hacia mi exesposa y la miré con rabia. Esta situación tenía que acabar ya. La inestabilidad de Ginevra me asombraba, así que ya podía imaginarme como habrá torturado al elfo desde mi ausencia. Yo no había permitido que Rowy asumiera todas las actividades de la casa, yo preparaba mi propio desayuno y cena, y limpiaba mi habitación y despacho, no queriéndole dar toda la carga de una casa a un solo ser, aunque si podía ver que Ginny pedía y pedía siempre más de él, incapaz de ocuparse de sus propias cosas.

—Esto jamás te lo perdonare, Ginevra. El elfo es libre, no es tuyo ni mío, jamás debiste pedirle que te llamara ama. Tanto que reniegas de las familias antiguas, que te convertiste en lo mismo, pensando que eres superior a todos, sin siquiera mover un dedo y de seguro martirizándolo. ¿Qué crees que pensara Molly o tu padre? ¿Crees que a tu familia le gustara verte como lo que eres?

Ella no dijo nada, sólo quitó la mirada de mis ojos. Su respiración me indicaba que ya estaba controlada, así que quité ambos hechizos y ella se levantó.

—Harry, por favor —fue lo primero que dijo— Te prometo que Rowy me llamara señora, pero no me eches de mi casa.

—No es tuya, es mía. Y si te la di hasta ahora, fue porque pensé que te la merecías, pero ahora me doy cuenta de que no es así. Así que es mejor que te vayas.

—No, por favor, Harry, no me hagas esto, no tengo adonde ir —pidió con la voz tranquila, temblando de nuevo.

—No me importa ya. Sólo quiero que te vayas de aquí. Ve a la madriguera, estoy seguro de que si le mientes otra vez a tu familia ellos te abrirán los brazos de inmediato —me encogí de hombros, pues sabía que eso haría, iría y le diría a su familia un montón de cosas para que me odiaran más.

—Harry, por favor…

—Rowy tiene todas las cosas de la ama Potter…

—Es señora Weasley, Rowy, y gracias —sonreí al ver su baúl con todas las cosas.

—¡No, no! ¡No me quiero ir! —gritó alejándose del baúl.

—Es mejor que lo hagas por las buenas, Ginevra —tomé el baúl y se lo acerqué.

—¡Es mi casa!

—¡¿Quieres ver que no es así?! —pregunté ya molesto otra vez.

—¿Qué?

—Hazlo. Llama la magia de esta casa, haz que te obedezca —solté su baúl y ella me miró desconcertada.

—Eso no se puede…

—Claro que se puede. La magia de la mansión está ligada a la mía. Desde hace mucho pude haberte sacado de aquí sin decir nada y sin mover un solo dedo, pero no lo hice por respeto. Ahora llegaste a mis limites, Ginevra, así que mejor vete.

—¡No lo hare! —gritó de nuevo, corriendo hacia atrás de un sofá.

—Cómo quieras —contesté y empecé a concentrar mi magia y la de la casa en una sola meta.

Varias cosas empezaron a moverse por el lugar, mientras se empezaba a crear una ligera ventisca que rápidamente revolvió los cabellos de Ginny e hizo al elfo desaparecer por voluntad propia. La magia se empezó a transformar, una clase de red de color dorada que envolvió a Ginevra, llevandola, sin que esta pudiera hacer nada, hacia la chimenea, mientras gritaba con fuerzas.

—¡Ya no es bienvenida a la Noble y Ancestral Casa de los Black! —se escuchó un sonido parecido a una voz de hombre, pero profundamente grave que provenía y a la vez no.

—¡No! ¡Harry! —gritó ella por última vez, antes de ser arrojada a la chimenea y desaparecer por fin.

El baúl no tardó en desaparecer con un ligero ploc, dejando por fin la casa libre de ella. Me dejé caer en el sofá, viendo que varias cosas de la sala empezaban igual a desaparecer, cosas que la mansión reconocía como de ella. Sonreí ante eso, sintiendo una especie de alivio de que por fin ya no tendré que verla, aunque eso me llevaba a pensar en lo que pasaría ahora con los Weasley, pues era seguro que me odiarían ahora si de verdad y ni querría escuchar a Ron, sabiendo que, a pesar de todo, se ofendería por lo hecho a su hermana, sólo esperaba que comprendiera que Ginny fue la que empezó al amenazar a Pansy y a su hija.

Lo que me llevaba también a pensar que ella querría vengarce ahora sí de ellas. Ahora más que nunca tendría que cuidarlas.

Después de unos minutos más sentado ahí, decidí recorrer la casa. Definivamente seguía sin gustarme y la idea sugerida a Pansy no me era del todo mala. Ciertamente la casa de mis padres me traía malos recuerdos, una amarga memoria que ni siquiera era capaz de construir por mí mismo, pero quería creer que antes de la tragedia, de verdad habían sucedido buenas cosas en ese sitio. Había visto muchas fotos de Sirus guardadas y era visible para mí que mis padres, por el corto tiempo que estuvieron juntos, de verdad fueron felices en esa casa. Fue en ese lugar que me esperaban con alegría, era en esa casa donde los amigos de mis padres llegaban cuando las visitas no eran totalmente para combatir en una guerra. Entonces, ¿por qué no volverla a ser lo que era, reconstruir un lugar en donde mis padres fueron felices, llenándola con nuevos recuerdos?

Entré a la habitación de Sirius, a la cual ordené que por nada en el mundo la tocaran. Ese seguía siendo su lugar, con aquellos posters de bandas muggles y mágicas, con las banderas de Gryffindor que de seguro disgustaron más de una vez a sus padres, a su hermano y sus primas. En el armario ya no colgaba ninguna prenda de ropa, excepto por una chaqueta de cuero negra la cual Sirius me había confesada que amaba, tanto como su motocicleta que había sido destruida en un arranque de odio por su padre. Aquella chaqueta era su tesoro, así que era lo único que permanecía ahí.

Pensar en Sirius ya no dolía tanto, pensar en Remus por otro lado me entraba una melancolía demasiado grande, pues Teddy estaba ahí, recordándomelo todo el tiempo, haciéndome desear una y otra vez, que sus padres estuvieran con él, que no pasara por lo que pasé yo. Al menos mi ahijado me tenía a mí y a su abuela. Los Weasley lo trataban demasiado bien, pero con mi distancia de ellos, se habían quedado sin motivos para verlos, algo que yo no les negaba ni Andromeda hacía. Quizá era ellos quienes no querían buscarlo para no tener que encontrarse conmigo. Sólo Hermione y Ron eran quienes lo veían con frecuencia cuando lo llevaba a mi departamento, todos los miércoles para jueves, que eran mis días de descanso y podía estar más al pendiente de él, aunque ya era un niño grande que pocas veces necesitaba de mi atención, al menos no tanto como cuando estaba más chico. Sólo que está semana no había podido verlo porque apenas anoche había regresado de la misión. Eso me llevaba a pensar que tenía que presentárselo a Pansy.

Pansy había confiado en mí para presentarme a Lizzie, y permitía nuestras salidas siempre, así que yo debía hacer lo mismo, y la razón para no hacerlo hasta ahora, era por el asunto de que era seguro que Andromeda no quisiera que su nieto este cerca de alguien tan cercano a los Malfoy, después de todo los rencores entre las hermanas seguían muy latentes.

—¿Qué harías en mi lugar, Sirius? —pregunté sentándome en la cama libre de sabanas— Seguramente harías lo mismo que Andy, apartar a Teddy lo más lejos posible de los Malfoy. No es que me emocione la idea, pero mi vida es Pansy, y si con ella vienen los Malfoy incluidos, no puedo hacer más que aceptar. Sinceramente pienso que harías lo que quisieras, y yo quiero hacer lo que quiero, y eso incluye acercar a Pansy y a mi ahijado.

Suspiré y me levanté de la cama, caminando hacia la puerta. Sonreí al salir de ese lugar, cerrando la puerta con lentitud. Seguí el mismo pasillo hasta llegar la recamara que una vez compartí con Ginevra. Cerré los ojos con fuerzas y entré a ella, encontrándome una habitación pulcramente acomodada. La cama estaba hecha, pero era claro que no lo había hecho ella, jamás lo hizo durante nuestro matrimonio, yo lo hacía cuando me daba tiempo o si no lo hacía Rowy. Las cosas de su tocador igualmente se habían ido, asegurándome de que nada en los cajones se hubiera quedado, y el armario estaba vacío completamente.

Sinceramente la habitación nunca fue de mi agrado. Aquel papel amarillo suave de las paredes me producía dolor de cabeza, así como las sabanas de flores y las almohadas de color naranja. No sabía porque Ginny había escogido colores tan claros ni porque adornaba con flores artificiales de rosas rosas. Era demasiado empalagoso todo el lugar para mí.

Salí de inmediato de ese lugar, sólo había querido percatarme que nada la hiciera volver. Todo lo de ella se seguro ya estaban en donde ella estuviera.

Después de darle un par de instrucciones a Rowy, quien permanecería en la Mansión Black, pues no sabía qué hacer con él, me aparecí en mi departamento. Me departamento era de un solo piso, con dos habitaciones con sus respectivos baños y uno extra en pasillo que llevaba a ellas. La cocina tampoco era tan grande, aunque me parecía de buen tamaño como para haber colocado una mesita pequeña en la cual desayunaba todas las mañanas, ignorando el comedor que sólo cuando estaba Teddy o Ron y Hermione venían, era que lo utilizaba. Rowy no me hacía falta, yo podía sinceramente hacerme cargo de este lugar, turnándome para limpiar al menos un espacio por día, pues era todo lo que me permitía el trabajo. Así si tenía visitas, al menos mi casa no estaría hecha un desastre.

Lo único que pude hacer al llegar, fue dirigirme a mi habitación, aventarme a la cama y dormir profundamente. Después de todo, no había descansado lo suficiente todavía como para reponerme de aquellos días durmiendo a la intemperie en colchonetas apenas de dos pulgadas de grosor. Estaba agotado físicamente y debía de admitir que la discusión con Ginevra me había provocado un ligero dolor de cabeza, aunque eso tal vez también se debiera al uso de magia que hice. Aun así, no podía parar de sonreír al recordar a mi Pansy, mi Pansy entregada, gimiendo, jadeando, extasiada a causa mía.

Sí, no podía dejar de pensar en lo que sucedió en su oficina.


Ok. Sé que se me está haciendo una costumbre desaparecer por semanas o meses enteros, pero de verdad que el trabajo me deja tan cansada mentalmente que puedo pasar semanas completas sin tocar mi computadora.

Pero aquí lo tienes por si les interesa todavía =(…

Nos leemos pronto.

Bye. Cascabelita