Ninguno de los personajes me pertenece, ¡Criminal!
Craig Bartlett por favor haz la sexta temporada o me muero.
Capítulo 2: Cuando dices la o
...
— ¡¿Le dijiste que tengo amnesia?! ¿Es enserio? creí que me entendías. — Estaba indignadísimo y no le ayudaba el hambre ni el cansancio para controlar el mal genio.
—Shhh. — Phoebe tomó su mano izquierda para tapar su boca mientras lo callaba. —Escúchame atentamente porque solo lo diré una vez Arnold ¿Estas escuchando?
—Pero-
—¡¿Estas escuchando?! — Sus ojos estaban enojados y fuertes, le hacía preguntarse si esa persona que estaba delante suyo realmente era Phoebe, porque no lo parecía. Su voz era evidentemente más firme y su presencia daba un aura de protección peligrosa que igualaba la de Helga, aun siendo más baja que él. Los cristales de sus gafas brillaban y sus delgadas cejas se formaban un ceño profundo. Era el tono de regaño de una matrona poderosa.
— Si señora.
—Bien, esto es lo que haremos, iré a mi laboratorio y moveré influencias para dar con unos abogados que me permitan hablar con el Padre tiempo-
— ¿Entonces si lo recuerdas? — Por primera vez en horas, tal vez días, sintió esperanza. Como respuesta recibió una cara de reproche que decía "no me interrumpas". — Lo siento continua.
—Mientras tanto, esto es lo que vas a hacer: vas a levantar tu trasero de ese mueble, vas a ir a la cocina. — él asentía a cada palabra como un niño mientras ella hablaba. — Vas a sentarte con Helga y la vas a tranquilizar, le vas a decir que te golpeaste muy fuerte y lo sientes; por ultimo ¡quiero que seas un buen marido y actúes como tal!
— ¡Pero yo no estoy casado con Helga!
— Aquí si lo estas y si quieres que te ayude a volver a tu tiempo tendrás que hacer lo que yo diga o de lo contrario no te ayudare.
—Pero-
—Pero nada. Escúchame bien Shortman, si me doy cuenta de que mi mejor amiga sufre por tu culpa otra vez, no solo te quedaras para siempre, si no que me asegurare de que sufras tanto ¡qué vas a desear nunca haber visto la luz del sol! ¿He sido clara?
Un nudo en su garganta bajó incomodo, tendría que fingir ser el esposo de Helga y seguir la corriente, no era algo difícil, de hecho, la razón por la que la había interrumpido era para decirle que ese había sido su plan inicial, sin embargo, ahora que se sentía más como una amenaza era mucho más complicado concentrarse.
— Sí señora, todo va estar bien. — Le dedico una sonrisa gentil que en su momento había sido suficiente para desarmar a Helga, pero no a Phoebe. Tampoco estaba en su mejor momento, el sabio después de todo, como había hecho llorar a Helga, cosa que en primer lugar no creyó que fuera posible. En algún momento de la clase de biología había elucubrado teorías de que la rubia había nacido sin lagrimales ya que luego de nueve años de conocerla jamás la había visto llorar. Phoebe le hizo sopesar el peso de sus palabras, había sido realmente duro con ella, como cuando en cuarto grado les habían asignado el trabajo del huevo o ese mismo fatídico día en química… se merecía el regaño.
— ¡Arnold! — Le golpeo la nuca para sacarlo de sus pensamientos, últimamente tendía a divagar con mucha más frecuencia.
— ¿Sí?
— Cambio de planes, llevaré a Helga a la habitación principal, ve a la cocina y come algo, dios sabe que lo necesitas. — Su estómago gruño al escuchar la palabra comida.
—Si señora.
— Y Arnold. — Esta vez lo llamo muy suavemente, tocándole el hombro despacio, mientras se sentaba a su lado. — Sé que dije que debías actuar como un esposo, pero ahora que lo pienso sería muy raro que de repente empezaras a actuar como tal luego de lo que le dijiste, además, no te ofendas, pero eres un pésimo actor. — él no se sintió ofendido y en cambio le dio una sonrisa dulce. — Solo te pido que actúes como normalmente lo haces, solo con un poco de apertura a las cosas y tal vez uno que otro mareo falso para que te saque de apures. ¿Eso está bien para ti?
—Está excelente Phoebe, muchas gracias.
— De nada, Arnold.
Y entonces ahí estaba, en la cocina/comedor esperando a que la charla que parecía interminable terminara. La voz de Phoebe y Helga sonaban a lo lejos como ecos distorsionados, lo hacían sentirse lunático. Ya con el estómago lleno comenzó a notar cosas diferentes de la cocina, los cuadros que ya no pasaban desapercibido, les mostraban a sus hijos en diferentes etapas de su vida, eran tres efectivamente, una niña de pelo y ojos color marrón y un par de niños pequeños de cabeza ancha que eran terriblemente parecidos a él excepto por su nariz de botón y ojos azules.
Nuevamente se sintió observado, pero ya sabía quiénes podrían ser. Miro a los lados pensando el lugar idóneo donde podría encontrarlos, ¿debajo de la mesa? ¿Detrás de las cortinas? No. – demasiado fácil. – pensó, Tal vez…
Encima del mesón de la cocina se podían ver un par de helechos con la forma particular de su cabeza y detrás del mismo, a ras del piso unos piecitos se asomaban. Decidió que era hora de presentarse correctamente y saludar. Se acercó de apoco fingiendo que iba rellenar su vaso de jugo, cuando salto rápidamente atrapando a los dos niños cada uno con su propia pose chistosa.
— ¿Hola? — La entrada había sido abrupta pero su voz era tranquila, sin embargo, lo que le devolvió la mirada fue un par de caras asustadas, las dos con diferentes tipos de susto, el de la izquierda con susto y aversión, tal vez hasta reproche en sus ojos, mientras que el otro era más miedo que otra cosa, su cuerpecito se encogía en sí mismo mientras se escondía parcialmente detrás de su hermano.
— Tú no eres nuestro padre. — El primero sentencio. Había cambiado su postura de asombro en segundos y ahora tenía los brazos cruzados y el ceño fruncido.
La pose registrada de Helga Pataki se hizo presente: su nariz se arrugo subiendo los músculos de su boca en una mueca larga, los brazos estaban más que cruzados, apoyados de manera firme en forma de protección, sus ojos eran fríos y certeros, se arrugaban completando el cuadro, para transmitirle la desconfianza. Le provocó una sonrisa, luego fue haciéndose más gracioso a medida que iba adoptando más la postura. Inclinando la mirada para la derecha moviendo suavemente el pie izquierdo, era gracioso e impresionante, cómo un niño que se parecía tanto a él solo podía recordarle a Helga y a nadie más que Helga.
— Tienes sus ojos.
— ¿Eh?
— Son azules como los de Helga.
— Sí. — Respondió lacónico. Parecía cada vez más extrañado. Se dio cuenta que había bajado la guardia, por la forma en la que se relajó y ahí mismo, luego de ese desliz francamente imperdonable para los Pataki, se paró firme de nuevo y repitió. — Usted no es nuestro padre.
— Yo… Si lo soy, solo que no me acuerdo. — Trato de sonar convincente. Esos niños eran más inteligentes de lo que parecían y por lo visto más grandes al parecer. Había hecho mal las cuentas, un niño de dos años no replicaría contra su hermana de manera tan feroz, mucho menos con su padre, no importa que tan hijos de Helga Pataki sean.
— ¿Cuantos años tienen? — pregunto, con dulzura, quería ser amable con ellos después del fiasco que había sido hablar con Helga, lo último que esperaba era ser malo con esos niños que no se lo merecían.
— Ves, ni siquiera se acuerda de nuestra edad. — Le grito al niño a su lado que parecía cada vez más confundido que antes.
— ¡No hables así de papá! — Y entonces vio salir de los cajones bajos de la alacena a la niña de nombre Annie, según recordaba. Tenía una postura claramente más calmada con las manos en la cintura.
— Lo lamento mucho, niños, pero no me acuerdo de nada, de verdad. Desearía hacerlo, pero es difícil, les prometo que mi memoria volverá y entonces… Todo va estar bien, ¿sí? — No sonaba muy convincente, pero algo era algo. Trato de sonar sincero porque en realidad quería agradarles, tal vez hablar un poco de como era su vida, si algo recordaba de los anteriores viajes en el tiempo era que siempre había cambios tan asombrosos, que pasaban desapercibidos en el día a día, pero que pasando los años de manera tan rápida eran horriblemente evidentes y sorprendentes.
— ¿Estás diciendo la verdad? — Dijo por fin el más escéptico de los gemelos (el único que hablaba, además), sintiendo en sus ojos un poco de inseguridad. — Te escuchamos hablando con tía Phoebe, ella te dijo que actuaras como si fueras papá, pero no eres papá.
—No te han dicho que escuchar las conversaciones de los mayores es de mala educación. — Annie tenía fuego en los ojos, los puños apretados a la espera de otra pelea.
—Abre los ojos Annie, ese no es papá. — El tono le salió más lastimado que altanero. Lo señalaba con los dedos diminutos.
— Sí no es ¿entonces quién?
El pequeño niño parecía rojo de ira como si estuviera aguantando la respiración, lo miraba de una manera bastante intimidante aún para un niño. —Pues, pues… Un impostor. Eso es lo que es. — Dijo para voltearse haciendo un puchero a un lado.
— No dejaré que hables así de nuestro padre. — La detuvo en el punto perfecto antes de que le gritará de nuevo iniciando otra riña como la de la mañana.
— No, espera Annie. Él tiene razón.
La cara de Annie cambio en cuestión de segundos, lo miró asustada e insegura, mientras tanto el pequeño luchador abrió los ojos, realmente sorprendido que su confesión.
— ¿Qué?
— Yo no soy su papa, al menos no todavía. — Diciendo lo último en susurro. Ninguno de los tres lo escuchó del todo. El silencio envolvió el ambiente mientras esperaba sus reacciones, el niño callado saco la cabeza detrás de su hermano, le susurro algo al oído e inmediatamente se escondió entre las piernas de su hermana mayor que debía tener más o manos la misma edad que él, en su tiempo real, claro.
— Pero… Entonces quién eres.
— Yo… no lo sé. Estoy confundido, solo quiero un descanso para poder analizar las cosas, han sido días difíciles. — Ellos no tenían idea, eran días largos, sin comida o sueño que tuvieron al máximo sus emociones.
— ¿Dónde está papá? — Pregunto el único que hablaba, le vendría bien saber los nombres para poder conocerlos normalmente y diferenciarlos como se debe.
— Tampoco lo sé. — La mirada triste de los niños le provocaba un revueltico en el corazón, perder a su padre y que se lo cambiaran por otro no debía ser nada bonito, él sabía. — Pero haré todo lo posible por encontrarlo y traerlo de vuelta. Lo prometo.
— Lo prometes por el meñique. — Su mirada era graciosa, el niño pequeño cuyo nombre todavía no sabía, aquel que hace unos minutos remilgaba como un niño grande a pesar de su apariencia tierna y consentida, le ofrecía su meñique, para algo tan infantil, era simplemente cómico.
— Si, lo prometo por el meñique. — Respondió todavía divertido. Al ver su cara tuvo que explicarse para no verse en vergüenza.
— Mamá nos contó que si rompes una promesa de meñique te tienes arrancar el meñique así que es una promesa muy seria.
—Seguro. — Helga obviamente tenía que darle una connotación diabólica a un juego tan inocente como una promesa de meñique.
— Entonces cómo planeas traer a papa de vuelta. — Annie cogió una mochila azul del gancho de la entrada; saco una libreta morada y un lapicero para anotar lo que sea que él iba decir.
— Sí, lo que ella dijo.
— En realidad, necesito su ayuda para un par de cosas.
— ¿Qué clase de cosas?
— Acompáñenme a ir por un helado y les contaré. — Los tres se miraron entre sí, pensando en la oferta antes de que se encogieran entre hombros asintiendo.
Dejo una nota en la puerta de la nevera:
Me voy con los niños por helado.
Arnold
Sus ojos se lastimaban tratando de enfocar de cerca las letras, obligándose a retroceder para poder leer. Annie lo noto y como si fuera costumbre le alcanzo las gafas en su mano izquierda, eran sencillas, redondas de marco negro y se acomodaban perfectamente a su cara, lo que le hizo pensar que eran suyas ya que, debido al tamaño peculiar de su cabeza, todo lo que fueran gorras, sombreros, gafas y cascos, eran mandados a hacer, lo que normalmente les costaba mucho a sus abuelos.
Salieron por la puerta principal, para darse cuenta casi de inmediato que no conocía nada el barrio donde se encontraba… o tal vez sí. La vista lo hizo retroceder un par de pasos tocando su espalda contra la puerta, era la manzana por donde vivía Rhonda por la 49 y Vine, estaban a tres cuadras bajando por Beepers Emporio, izquierda al Parque del Jinete sin cabeza, subiendo yendo para la Primaria 118 estaba Slausen's. Con ese mapa mental, comenzó a caminar.
Los niños dudaron en tomar sus manos hasta que el más callado tomo la iniciativa, de nuevo, tal vez por costumbre, colgándose firmemente de su pierna llamando su atención, le hizo un gento con las manos para que lo alzara. Era lo más lindo que había visto. Con una delicadeza extrema lo tomo firme ambos lados de su cuerpecito y lo puso encima de sus hombros, le puso una mano en la pierna asegurando que no se cayera incluso cuando estuvo sentado totalmente cómodo, el niño cogía sus cabellos como las cuerdas de un pony, sin embargo, la fuerza que ponía era apenas perceptible y, por lo tanto, no le importo, mientras tanto Annie tomo su mano derecha y el otro niño tomo la mano de su hermana.
Pasaron por la mansión de Rhonda, las mismas calles, llenas de establecimientos lujosos cada uno cambiado a su manera, lugares que no conocía que hacían difícil la ubicación, pero nada que no pudiera conseguir. No solo era terriblemente terco como para molestar a alguien con indicaciones, sino que se sentía confiado, ya que luego de pasar diez años paseando por toda la ciudad, había adquirido una increíble habilidad para ubicarse en cualquier punto de ella. Conocía Hillwood como ella lo conocía. Los carros que pasaban tenían modelos más redondos, los taxis diferentes incluso, no soltaban tanto humo como antes, las placas con nombres de otros estados ya que según recordaba se había convertido en una carretera central, casi nacionalmente conocida muy visitada, que fue incluso mucho más concurrida después de que el incidente de Industrias Futuro le recordara a los medios la guerra de los tomates, lo que no solo había convertido ese pedacito de la ciudad en un centro histórico sino que de paso lo convirtió en un lugar turístico para los amantes de la historia americana. Solo unos meses después de eso, la alcaldesa había construido una escultura alta de broce de un tumulto de gente con tomates en las manos y caras furiosas.
En la base de dos metros de piedra tenía una inscripción que decía:
"A los próceres de la patria que lucharon por la dignidad en la guerra de los tomates y a sus hijos amados de Hillwood Arnold Philip Shortman, Gerald Martin Johansson y Helga Geraldine Pataki"
Gerald había llorado ese día.
Tal vez podría convencer a los niños de ir en al siguiente día en la mañana, no se atrevería ir a ese lugar del centro tan tarde con ellos, no le atraía tampoco el hecho de que, aunque nada de nada hubiera cambiado, podría correr el riesgo de perderse en el centro.
Él pensó que, además, que era muy probable que ellos ya lo hubieran visto, después de todo, tanto él como Helga eran nombrados y cualquiera pudo haber hablado de eso.
Bajando por Beeper Emporio, donde vivía Helga en su tiempo, (pero nadie más que él y Phoebe sabían), ahora era un local abandonado con las vitrinas garafateadas, las paredes mohosas y descoloridas, el cartel del gran Bob Pataki y su sonrisa de oro, ahora estaban rotos, con la imagen borrosa.
— Qué terrorífico se ve el abuelo. — Dijo Annie e hizo una mueca.
— A mí siempre me ha dado miedo. — Confesó y no sabía por qué, algo acerca de la comodidad de sus rostros y la nostalgia de lo que eran sus verdaderos días presentes. El Gran Robert Pataki, su presencia intimidante, su altura de casi dos metros, sus ojos terrosos borrados en el velo de la humedad y simplemente el tiempo. — ¿Sigue vivo?
— Por supuesto. — Annie respondió con una sonrisa.
Siguieron caminado, cruzando a la izquierda al Parque de los Enamorados, que de noche era el Parque del Cochero sin Cabeza, le decían el Parque de los Enamorados porque acostumbraba ser un destino particular para las nuevas parejas, venían todos, de diferentes edades, a hacer cualquier cosa, desde besos hasta las cosas que su abuelo siempre le escondía. Era desagradable en muchos sentidos, pero era la manera más sencilla de cortar el paso hasta la heladería, de día era empalagoso y de noche era terrorífico, al menos en su tiempo.
Pero todo era muy diferente en esos tiempos, empezando por lo más evidente: Había mucho ruido. Un grupo de chicos estaba cantando rap con una enorme emisora y un micrófono, como si su voz gangosa no se escuchara lo suficiente. Las señoras hacían zumba terapia debajo del puente con más música estridente, esta vez electrónica. Los niños gritaban mucho también, tratando de que sus padres los escucharan en medio del ruido. No le gustaba ese ambiente, quería ir a casa y encerrarse en su habitación.
Pensando en lo mucho que le desagradaban estas personas se sintió muy, muy, muy viejo. Su abuelo podría decirle que siempre que él era un niño muy bueno, que tenía buen gusto y por eso era su nieto favorito (también era su único nieto), pero lo cierto es que su abuelo estaba loco por sus cosas de antaño y a él le encantaban esas cosas también. El jazz caliente que sonaba perfecto en su sistema de sonido, la oscuridad de la noche y sus ruidos, los bailes latinos que su abuela le había enseñado, el sonido hermoso del piano tocando tonadas alegres, el señor Hyung que en las noches navideñas cuando tocaba para su hija Mei y se podía escuchar el country entrando por las ventanas. Los toques suaves de la guitarra en la balada, o los lamentos de la guitarra eléctrica en el rock ochentero y setentero, los tambores de la salsa y el merengue, o los tonos peligrosos del acordeón en el tango. Nada de eso eran como esto: Un ruido atronador y molesto.
Se sintió viejo y muy viejo cuando pudo ver su gesto en el reflejo de la fuente, con el ceño fruncido, las cejas casi se juntaban, incluso tenía un gruñido imperceptible atorado en la garganta, como un reproche. Tal cual, la gente vieja siempre se quejaba de todo, todos ellos, excepto sus abuelos, que vivieron en su época, sin despreciar al resto; tendría que verlos en ese momento y preguntarles cómo lo habían hecho, cómo habían llegado a ese punto de consideración, cómo hicieron para criarlo en la maravilla de las cosas viejas, cómo se habían acostumbrado al cambio, cómo se podía ser positivo dentro del ruido, el dolor de cabeza y el calor. La temperatura era claramente más alta de lo que recordaba; normalmente utilizaría su camisa con un suéter encima, con su chaqueta azul encima de este. Ese día llevaba una camisa blanca simple y unos caquis, pero aun así sentía la horrible necesidad de tirarse a la pila de agua. No parecía una ola de calor, ya que todo el mundo parecía acostumbrado y tranquilo, tampoco era verano según tenía entendido.
Slausen's ahora era Dolly's Ice cream and donuts. Tenía la misma estética ochentera y melosa de Dolly's, grande, rojo y rosado chicle; tenía stickers de donas de diferentes colores en las paredes, los cristales eran enormes y vistosos que todavía tenían una etiqueta pequeña que decía Slausen's en las esquinas, pero un letrero gigante de Dolly's en el medio.
Sentados en las sillas metálicas, luego de haber bajado al niño de sus hombros, comenzaron las miradas incomodas. La televisión de pantalla plana delgadísima y de colores brillosos adornaba una de las esquinas del establecimiento, sintonizado en el canal Estatal en Buenas Noches Hillwood, se podía escuchar la voz del comentador del reality del momento de fondo, antes de que una señorita morena, quien por el parecido inmenso debía ser algo para Dolly, se les acerco. Annie y él pidieron un cono de vainilla casi al unísono.
— ¿Y para los dos bebes?
El niño hablador se levantó ofendidísimo.
— Soy Miles Philip Shortman y mi hermano gemelo aquí es Louis Shortman y no somos bebes, tenemos cuatro y medio.
— Disculpe joven Miles. — Ella le guiño un ojo en su dirección. — Qué desean usted y su hermano.
—Galletas con crema para él, chocolate con chispas para mí.
— Perfecto. — Ella sonrió cálidamente para irse inmediatamente.
Se miraron un buen tiempo antes de que el empezara a hablar…
— ¿Entonces eso fue lo que paso? — Ni Louis, ni Miles no cuestionaron su lógica y sus rostros estaban perdidos, Annie fue la más escéptica de los tres esta vez, cuestionándole cosas científicas que él no tenía la capacidad de responder, termino por creerle luego de que Miles interviniera recordándole a su hermana que había escuchado a La tía Phoebe confirmar todo lo que estaba diciendo.
— Qué locura. — Por fin concluyo.
— ¿Por qué no le ayudas con uno de tus inventos Annie? ¿no puedes hacer algo que haga kaboom y llevar a papá no papá de vuelta a casa?
— Por última vez, hermanito querido. — dijo tensa en su voz. — Soy química, no ingeniera, no hago esa clase de experimentos e inventos. Además, me importa los viajes en el tiempo tanto como las cucarachas, nada.
— ¿Eres química? — Estaba realmente curioso, sus hijos parecían tan inteligentes que parecía casi demasiada presión tener que actuar como un adulto o como se suponía que un adulto debía actuar. Desde el principio ellos tenían la perspicacia para responder (todos excepto Louis) a cualquiera que fuera la situación y resultar ingeniosos. Se sentía orgulloso en cierto sentido, pero también intimidado, muy intimidado.
— No, en realidad no. Ni siquiera tengo mi título de la primaria, solo me gusta mezclar cosas aquí y allá. — Estaba sonrojada con mi entusiasmo, se rascaba la parte baja de la nuca con timidez, como él lo hacía, según Gerald.
— Y romper la casa, no olvidemos romper la casa — Annie se levantó y de manera inmediata le dio un zape en la cabeza del niño. — ¡Oye! ¿por qué el golpe?
— Tienes que decirle a todo el mundo eso, me avergüenzas. — Ver a Annie apenada le dio un impulso de abrazarla y consolarla. Después de todo casi se había enamorado de ella, el hecho de que fuera su hija le hizo sentir más cariño, pero de una manera totalmente diferente. Era raro por supuesto, no se podía ni siquiera imaginar eso con una visión romántica de pareja, era más como una hermana menor o una hija, lo que ella era en realidad.
— Creo que es maravilloso que tengas ese tipo de pasatiempos, no muchas niñas de nuestra edad…Eh, de tu edad, son tan inteligentes o disfrutan haciendo ciencia. No importa que tanto fallemos en esas cosas, si lo hacemos con cariño y por lo que amamos, lo vale. — Se lo pensó unos segundos antes de agregar lo primero que se le vino a la mente cuando Annie había dicho que era química— M-mi mamá era científica, bueno, era botánica y también médica, conocía las propiedades de los elementos naturales tan bien que se dedicaba a crear curas para enfermedades raras… al menos eso dicen, yo creo que… creo que, si ella viviera, sería tan genial como tú.
La mirada que le devolvieron no fue exactamente la que se esperaba. Miles tenía los ojos muy abiertos sorprendido, Louis tenía una enorme sonrisa dulce en la cara y Annie parecía estar a punto de llorar.
— Ahora estoy confundido. — Miles dijo mientras observaba a su hermana en busca de respuestas.
— ¿Por qué? ¿dije algo malo? — Sus reacciones lo habían preocupado. Annie fue la primera en hablar.
— No, es solo… suenas exactamente como papá. — Sus ojos habían cambiado y se habían convertido en ojos sonrientes.
— Esto es muy extraño. — Miles dijo mirándolo con curiosidad.
— Estoy totalmente de acuerdo. — Estuvo de acuerdo.
Sosteniendo su helado casi terminado, para él la situación era extraña por razones obviamente diferentes pero que todavía eran tan extrañas…
De pronto Louis dejó escapar una risita que muy rápidamente se convirtió en una carcajada.
Para ser lo primero que escuchaba salir de su boca era maravilloso y tan contagioso que solo después de unos segundos, los cuatro reían a carcajadas, cada vez que trataba de respirar y parar de reír escuchaba la risa de Louis y le daban más ganas de reír.
— Interrumpimos este programa para un boletín de último minuto. — El programa reality se había cerrado de manera abrupta callando la voz del presentador, sus risas y las voces de los demás presentes en Dolly's, logrando por un momento un silencio que parecía ser en todo Hillwood.
—Tenemos la primicia con Lila Sawyer en Washington DC, Lila estamos contigo. — Era ella definitivamente, Lila en todo su esplendor. Mientras que Helga y Phoebe tenían ciertos rasgos identificables su cambio era casi radical comparado con el de Lila, casi podía entrecerrar los ojos y verla a ella en su traje verde y sus trenzas. En ese momento no tenía trenzas, pero tenía el pelo suelto partido en dos y una camisa verde sedosa, el único cambio evidente fueron sus pecas, una de sus características más notorias, estaban tapadas con el maquillaje, pero era ella, incluso podía apostar.
— Buenas noches Hillwood, buenas noches Clark, estamos trasmitiendo en vivo desde la cárcel de alta seguridad, donde se efectuó el escape masivo de una docena de los criminales más terribles de América, se cree que el presunto líder de este escape es el empresario y ex Ceo de industrias Futuro, Alphonse Perrier Von Scheck, quien recordamos por ser la mente criminal que estuvo a punto de destruir el lugar histórico correspondiente al lugar de la guerra de los tomates en el corazón de Hillwood, recordamos también que las acusaciones desataron una serie de investigaciones que revelaron una serie de delitos alternos como de lavado de dinero, robo de identidad y enriquecimiento ilícito. Esperamos que las autoridades puedan encontrar a los reclusos y poner fin a la intriga, Su servidora les aconseja que hasta entonces, no pierdan la-
La imagen en el televisor se apagó de repente, lo que provoco los abucheos del público en el lugar. Uno de los meseros miraba el control extrañado. —Yo no lo apagué, lo juro.
— Señoras y señores. — Una conocida voz británica resonó en los altavoces de repente, interrumpiendo esta vez al mesero, la pantalla seguía en negro y la gente comenzó a mirar a los lados buscando el origen de la voz, que claramente venía del televisor aparentemente apagado.
— ¿Este encendido? — Pregunto na voz impaciente.
— Si señor esta encendido.
— Pero no se ve nada. — la voz se estaba enojando con la actitud de quién fuera el encargado de su cámara.
— Ah, qué tonto, se me olvido quitarle el protector de la lente.
— ¡Pues quítasela! — Sonó un disparo a lejos que provocó que todos en la habitación saltaran, de repente una luz en la pantalla por fin reveló a quién esperaba. Scheck en toda su vejez tal vez sus sesenta mostrando sus dientes amarillos estaba sentado en una silla vieja de madera en alguna especie de local subterráneo, con mala iluminación.
— Uhm… Señoras y señores, una presentación seria evidentemente impertinente porque creo que me conocen muy bien. Ahora, de verdad pienso que ese recordatorio de la pelirroja de Hillwood fue muy refrescante, magnifico guion. Así que iré al grano y sacare de mis entrañas lo que hace tanto tiempo ansiaba decir. No toda lo referente a mi caso ha sido revelado, la verdad es que solo era un ciudadano humilde de corazón que solo quería lo mejor para Hillwood, el progreso era necesario, pero fueron demasiado ciegos para verlo. Sin embargo, el progreso llego para Hillwood y para el país, incluso después de que me encerraran. Yo fui un visionario y ¿cómo me pagaron?, encerrándome en prisión con los trapos sucios de los que alguna vez llamé mis amigos, siendo engañado por mis cercanos y mis abogados. — Negó con la cabeza y se levantó de la silla con un aire de rey. — Es así como llegamos ahora, donde cual ave de fénix renaceré entre las cenizas y entonces cobrare venganza, uno por uno, cada vez más fuerte, cada cabo suelto, será exterminado de manera especial… Por cierto, no crean que me olvidado de ustedes hijos amados de Hillwood— De repente, la transmisión fue interrumpida pasando imágenes de ellos como niños salvando al vecindario, luego como adolescentes asistiendo a conferencias de prensa y por ultimo unas fotos de ellos y sus familias enfocando las cámaras en las caras de sus hijos. Él se levantó de golpe con la rabia recorriendo su cuerpo, instintivamente abrazó a sus hijos trayéndolos más cerca. — ¡Oh! ¡Nada se comparará con lo que les espera! Les sugiero que no descuiden sus pequeñas familias porque no tendré piedad. — Luego la trasmisión se cortó de nuevo.
— ¿Estamos en vivo? — Era otra presentadora, una morena alta y sonriente.
— Sí. Adelante Norma. — Clark respondió desde una pequeña ventada en la imagen. Norma se veía preocupada.
— Volvemos en vivo desde D.C, desde la penitenciaria, nos acaban de confirmar, uno de los sospechosos que podría acompañar a Scheck es nada más que el científico nuclear Elías Salvador mejor conocido por el alias de "Padre tiempo", esperamos la confinación, mientras tanto no cambien de canal.
— Señor tiene que irse. — De repente se dio cuenta de la mirada de escrutinio del lugar entero. El mesero estaba parado en la puerta haciéndole señas para que se fuera.
— Por supuesto. — Él tampoco quería quedarse, como no había soltado a los niños en ningún momento, tuvo que sacar a Annie de su regazo por unos momentos para sacar su billetera que ella le había alcanzado junto con las gafas antes de salir. Saco unos billetes de alta denominación y se los entrego.
— No, no señor, solo váyase de aquí. — Lo dijo casi en tono de súplica.
Uno de los señores de edad mayor se levantó de la mesa y se acercó observándolo con odio.
— ¡¿Por qué no mejor se va de Hillwood?! — la multitud lo miraba en diferentes actitudes muchas de ellas enojadas.
— Oiga, ¿Quién se cree que es? — Un hombre afro se paró en medio de él y el señor con protección, le dio una mirada aguda antes de tomarlo del hombro y conducirlo a la salida. — ¿Hermano estás bien?
— ¿Gerald? ¡Gerald! — Se veía muy diferente también. Su peinado era más redondo que cuadrado, bajaba en rizos suaves sobre su rostro, tenía una sonrisa ligera y un agarre fuerte cuando lo abrazo, extrañaba demasiado a su mejor amigo.
— ¡Tío Gerald! — Los niños corrieron a abrazarlo también. Gerald se soltó con cuidado de los abrazos antes de tomar nuevamente una postura firme.
— Amigo ¡¿por qué desapareciste así?! ¡¿tienes una idea de lo preocupados que estábamos?! Estas delicado todavía y no es momento para salidas familiares, al menos no para nosotros. Helga no te lo dijo esta mañana, la notica corrió demasiado rápido por el gobierno. Cielos, esto se puso demasiado difícil en unos minutos, primero tú con la amnesia y ahora esto. — Gerald hablaba rápido y caminaba a largos pasos, mientras él y sus hijos lo seguían; gesticulaba mucho con las manos. Rápidamente llegaron a un estacionamiento público donde un convertible rojo los esperaba, abrió la puerta automática con un botón de sus llaves dándole señas a los niños para subirse en la parte trasera, él por su parte se sentó en la parte delantera. Era un auto impresionante.
— Gerald, estoy muy confundido yo… —
— Lo sé, lo sé. Cualquiera pensaría que es demasiado viejo y olvidable para ser una amenaza, pero lo es. He escuchado del amigo de un amigo que los miembros del partido rival están en juego con bombas y todo, no me extraña que te quieran lejos de los establecimientos, ni siquiera he revisado el auto por si-
La perorata de Gerald fue interrumpida por su mirada preocupada que fue malinterpretada. Mientras él no le estaba entendiendo lo que estaba pasando y con los problemas que ya tenía estaba más que preocupado, al ver su cara Gerald, voltio a la parte trasera del auto a ver a los niños con la mirada expectante.
— Oh sí los niños. — dejo escapar una risa nerviosa. — Claro, ah… ¿cómo están allá atrás chicos?
— Llevas horas hablando con nosotros aquí atrás como para que el protocolo de censura funcione. — Miles señalo de manera inteligente con sus manos en las caderas.
— Oye mantén tus genes Pataki al margen amiguito. — De repente freno en seco el carro retrocediendo, tomando una ruta diferente. — Oh dios, ¡Helga! — Estiro el brazo y saco el aparato delgado que era como un teléfono de la guantera. — Siri, llama a Helga. — El aparato empezó a mover su pantalla por si sola abriendo una ventana con el logo de un celular, de repente apareció una imagen de Helga estornudando y un letrero que decía: llamando a Helga. El aparato timbro dos veces antes de que la voz resonara por todo el auto.
— ¡¿Encontraste a Arnold?! ¡¿Dónde rayos estás?!
— Helga, soy Arnold, te lo deje en la nota estaba llevando a los niños por un helado y entonces-
— Arnold, por favor solo ven rápido, estamos en la pensión con los demás. — Miro el camino por un minuto y se dio cuenta de que efectivamente estaban camino a la pensión.
— Sí, estoy en el auto de Gerald, estaremos ahí en cinco minutos.
— Tal vez un poco más de diez. — Dijo con una voz apagada mirando frente a ellos un embotellamiento de unos cincuenta carros amontonados bloqueaban el camino
— Cinco minutos. — Repitió. — Gerald nos bajamos aquí. — Trato de abrir la puerta, pero tenía el seguro del carro puesto.
— ¡¿Pero qué rayos Arnold?! — Lo miraba con los ojos muy abiertos, también estaba asustado.
— No me siento seguro en tu auto. — Mintió.
— ¡Sí claro! porque caminar por la noche a pie por la avenida es mucho menos peligroso.
— Si vamos corriendo llegaremos en cinco minutos a la cuarenta para cruzar por Vine y llegar a la pensión. — Gerald lo miro pensativo por unos segundos, cogió el aparato y toco el botón rojo con un teléfono que seguramente era para colgar la llamada.
— Esta bien hagámoslo.
Llegaron a tiempo cansados y sin aliento. Los niños que tenían más energía de la que él imaginaba se lanzaron sobre Helga apenas la vieron.
— ¡Mamá vimos a Scheck en televisión! Es como nos dijiste, es horrible mamá, tengo mucho miedo. — Annie se abrazaba a Helga como un Koala
— No dejaremos que te haga daño. — dijo Miles mientras Louis asentía con fervor apretado a su pecho.
— Mis niños hermosos. — Helga hizo una expresión de ternura abrazando a sus hijos con fuerza. Era una imagen bella. Pudo quedarse así hasta que su rostro alegre se ensombreció en cuanto lo vio.
— Arnold.
— Helga sé que me odias ahora y que te he dicho muchas cosas horribles hoy, pero te aseguro que no dejare que Scheck se acerque a ti ni a nuestra familia, te apoyare en lo que sea, como lo has hecho conmigo. — Helga se tomó unos segundos para asimilar sus palabras con la boca apenas abierta.
— Oh… Shortman estoy tan feliz de que estés bien. — Le abrió los brazos con una sonrisa, ¿Ella esperaba un abrazo de él?
Se acercó temeroso, la abrazo sintiendo sus cabellos suaves, su toque maternal en su espalda calmándolo y su olor a vainilla francesa le refresco la nariz que posaba en su cuello — Y oye, no te preocupes por lo de antes, en serio. Pero no vuelvas a irte sin decirme nada, Criminal. Una nota se puede perder muy fácilmente. ¿Me entiendes amor?
Sus labios eran más rojos que su atuendo.
—¿Amor?
Amor en sus labios sonaba a reproche. Cuando hace la o sus labios se curvaban en un beso. No entendía como la palabra sola dicha por ella para él, significara un mundo de cosas. Era una mujer extraña Helga Pataki.
— Lo que tú digas Helga.
¡Hola! ¿Están ahí?
Está bien, voy a ir directo al grano y les diré la verdadera razón por la que me demoré más de lo que había dicho, así que aquí va…
La verdad es que, no me sentía conforme con el capítulo… Verán, ya tengo listo el hueso de la serie y me encanta el rumbo que toma, pero de alguna forma siento que es lento y tengo que apresurar las cosas o se enredaran, aunque ahora que lo releo por vigésima vez, está bien así, es decir, es mi historia, yo puedo sentir si está bien o no, el problema es, mi inseguridad a la hora de escribir y más que a la hora de escribir es a la hora de publicar. Me gusta mucho esta historia y créanme cuando les digo que voy a actualizar más seguido, ya que he recuperado la confianza.
Por otro lado, he estado preparando unas mini historias de varias cositas paralelas, por si quieren visitarlas, las estaré subiendo a lo largo de estos días. También estoy empezando a publicar dibujos seguido en Tumblr como Melody Flowers 1.5 para que vayan y miren mis dibujos y si quieren una portada para sus fics se las hago con todo gusto, sean o no de Hey Arnold.
Me disculpo con todos los seguidores de esta historia y les agradezco el apoyo.
Como siempre, por favor no se olviden de comentar
Nos leemos :3
