Capítulo 23
Levanté la mano lentamente, sintiendo como las barreras me detenían. Había un pequeño zumbido y cosquilleo en la palma de mi mano al tocarlas, igual que una corriente eléctrica, al intentar traspasar aquella capa transparente. No podía forzar esas barreras, era por su propio bien que estaban puestas. Pero quería estar más cerca, quería poner mis manos y mis oídos en su pecho, escuchar y sentir que su corazón latía, quería tocarlo, confirmar que el calor seguía en él, que la vida seguía en él.
Que estaba aquí conmigo todavía. Que luchaba para estarlo.
Había más hechizos a su alrededor, algunos sólo producían un pequeño sonido de vibración, y otros pequeños pitidos como un latido lento pero constante. También podía ver algunos, como aquel halo de color plateado que lo envolvía, así como una pequeña neblina que estaban sobre las cicatrices de su espalda desnuda, manteniéndolo de un solo lado para que la cicatrización fuera más rápida y efectiva. Tenía que forzar la vista para ver como subía y bajaba su pecho, era lento y casi imperceptible, pero existía y eso era todo lo que me importaba.
Tomé lugar nuevamente en la silla que estaba a su lado y bajé la mirada a mi regazo, donde mis manos descansaban, intentando no temblar. Puse las manos en puños, apretando mis uñas en la carne y luego las abrí, percatándome de lo sucias que estaban, cubiertas por una sangre que no era la mía pero que en este momento daría todo porque lo fuera. Asentí con firmeza, daría mi sangre, cada hueso de mi cuerpo, cada nervio, cada órganos, pulmones y corazón, para que lo fuera. Pero no podía retroceder el tiempo y que las cosas fueran como yo quisiera. Intenté limpiarlas, al menos sacando la sangre seca de debajo de las uñas. No había tenido cabeza para lavar mis manos y ni siquiera sabía dónde estaba mi varita como para lanzar un hechizo de limpieza.
Intenté respirar nuevamente, profunda y controladamente. Sentía las lágrimas acoplarse atrás de mis parpados, y apreté los ojos con fuerzas para no dejarlas caer nuevamente. Cuando las sentí totalmente resguardadas, abrí de nuevo los ojos, encontrándome con el techo blanco y liso del hospital. Casi pude reír sin ganas al saberme en este lugar y más todavía que me permitieran estar adentro de está habitación. De algo tenía que servir que Harry Potter fuera muy insistente en sus intenciones y sentimientos, dejándole claro a todo el mundo lo que quería y lo que amaba, y claro, decir amarme parecía que había abierto una puerta para que toda la sociedad mágica inglesa fuera amable y hasta considerada conmigo, aceptando que su héroe había elegido ya a una mujer. Eso, y que todo mundo supiera ya lo que había pasado en el museo.
No podía explicar completamente lo había pasado esta tarde, estaba segura que nadie podría predecir lo que sucedió. Me reproché con molesta el hecho de estar más preparada, más atenta, no debí bajar tanto la guardia con esa mujer y sus amenazas, amenazas que para ser sincera no había tomado en serio, más enfocada a pasar el tiempo con Lizzie y Harry, haber disfrutado la fiesta de Halloween y la aparente aceptación de mis amigos a la relación que mantenía con cierto héroe que no era de su agrado, y me enfoqué después en el próximo evento de Navidad que se llevaría a cabo en el museo.
Era en parte mi culpa, yo lo sabía, sabía que ella no era una leona normal, no era tan honorable, leal o justa como aparentó en el colegio o como lo fue alguna vez, ya nadie sabría decirlo. Ahora ya nadie podría decir algo de ella, aludiendo a como era o a como fue, sin temor a equivocarse, sin pensar si eso era verdad o no.
Ginevra era una discordancia entre su familia debía admitir, pues sacando mis propias conclusiones de las pláticas de Harry y por los comentarios de las personas que la conocían o la vieron alguna vez, o los comentarios de personas que pensaban que así demostraban su apoyo a mi relación con Harry, apoyo que no necesitaba o me interesaba; pude darme cuenta que Ginevra era un mal eslabón de su familia, era una pieza que no encajaba totalmente en aquella guarida de honorables leones, porque los Weasley se jactaban de ser una familia unida y encantadora, y quizás muchos podrían poner la mano al fuego para decir que eso era verdad.
Pero Ginevra con sus bordes afilados de más, con sus ideas y sus acciones retorcidas, se salía del molde; Ginevra Weasley había perdido completamente la cordura, había enloqueciendo de rabia, de dolor, o de lo que fuera, algo no tan inesperado tomando en cuenta que había perdido lo que tanto ambicionó e idolatró en el colegio, volviendo a Harry su obsesión y objetivo, pero que cuando lo tuvo no supo conservarlo, llevándola a enloquecer al verse sin él.
Habían pasado ya más de tres semanas de que Harry me contara que había desalojado a Ginevra de la Mansión Black, algo que me había tranquilizado y alarmado a partes iguales. Sentía tranquilidad porque sabía que posiblemente ahora si ya no tendría más contacto con Harry, y no, no es como si me preocupara el hecho de que pudiera seducirlo de alguna forma o hacer que regresara con ella, sino porque sabía que siempre lo hacía pasar malos ratos sin importarle el lugar, el momento o quien estuviera a su alrededor; y me sentía alarmada porque sabía que su rabia se elevaría, que alcanzaría un nuevo nivel, pero no creí que llegaría a tanto.
Jamás nadie pensó que lo haría.
Aun me costaba aceptar lo que había pasado, había estado esta mañana en el museo, planeando junto a Grace la fiesta de Navidad. Había pedido la opinión de Aranza y David, los cuales se mantenían comunicados por la chimenea y charlaban con Lizzie entre ratos, mientras que en otros momentos me daban sus opiniones o apoyaban mis ideas. No había podido evitar la presencia de mi hija, quien terca por no visitar el museo en un largo tiempo, había decidido acompañarme. Lizzie ya había dado su paseo junto a Coroline, quien por asuntos familiares se había retirado después del recorrido, regresando a Lizzie a mi oficina, trayéndole de igual modo un refrigerio y su caja de colores para que siguiera jugando con los folletos y algunos papeles viejos que le servían para colorear.
La planeación del evento iba de maravilla. Estaba contando con la ayuda de Grace, Caroline y las opiniones de Aranza y David que seguían diciendo una y otra vez que sólo debía confiar en mis decisiones. Yo simplemente asentía y trataba de afianzar esa confianza que ya había obtenido con el evento anterior.
Como era viernes y quería salir pronto de la oficina, sólo vi junto a Grace acordamos lo de las invitaciones reduciendo el número de asistentes de manera considerable, este evento era algo más exclusivo por así decirlo, siendo hecho sólo por el gusto de Aranza en un inicio, además de que era sólo en esas fechas en las que podía ver a Anthony sin que este huyera a los tres días de llegar, así que de cierto modo también era una manera para celebrarlo a él. Lástima que ahora no estuviera aquí, no pude evitar suspirar con pesar, pero David y Aranza habían prometido venir, sobre todo para ver a Lizzie.
Aquel trabajo no nos tomó tanto tiempo, así que pronto guardamos nuestras notas y papeles y por fin decidimos retirarnos. No pensaba en nada más que llegar a casa, tomar quizás una pequeña siesta junto a Lizzie y luego esperar a Potter, quien dicho sea de paso tenía bastante trabajo en el cuartel y por eso no estaba aquí esperando por nosotras como siempre; lo habíamos invitado a cenar en casa, pues la verdad no quería salir, y menos después de días tan apurados por la siguiente fiesta. Y a Harry le hacía feliz el hecho de pasar más tiempo con nosotras en casa, quizá lo viera como un avance enorme en nuestra relación, saber que compartía con él algo tan íntimo como mi hogar y cenas en compañía de mi única hija.
Sonreí, a mí también me hacía feliz tener ese tipo de noches.
Apreté la mano de Lizzie mientras bajábamos las escaleras, la cual prefería casi bajar saltando. Grace a mi lado sólo sonreía y continuaba hablando sobre el menú que podríamos ofrecer para ese día. Yo ya no quería pensar en eso, así que simplemente asentía o negaba a lo que iba diciendo. Cuando salimos al pasillo que conectaba las escaleras de las oficinas con el resto del museo, dejé que Lizzie corriera a su gusto, pero al verla detenerse en seco antes de llegar al salón, supe que algo no estaba bien, haciéndome correr a su lado.
Lo siguiente que pasó fue más que confuso para mí, pues jamás en mi vida pensé que podría sucederme eso y menos en mi propio museo, en mi lugar y mis dominios. Sólo pude mirar de reojo un rayo color violeta, siendo desviado de inmediato por Grace. No pude reaccionar a tiempo, ni siquiera había tomado mi varita cuando ya estaba a la altura de Lizzie para protegerla con mi cuerpo, sosteniendo a mi hija que empezaba a temblar. Empujé un poco a mi hija hacia atrás, de manera que quedara a mi espalda y me levanté con varita en mano, percatándome que a nuestro alrededor se mantenía un poderoso escudo invocado por Grace a quien miré apretar los dientes y los dedos entornó a su varita, sabiendo que estaba haciendo un esfuerzo enorme por detener los hechizos que no cesaban para nada, intentando romper la barrera que nos aislaba y protegía.
Lizzie gritaba a mis espaldas, enterrando su rostro contra mi ropa, sobre mi cadera, sintiendo igual sus dedos apretarme la ropa. Yo mantenía una mano sobre su cabello, haciendo todo lo posible porque nada de ella quedara al descubierto y fuera un punto a atacar. Miré a nuestro atacante, no pudiendo ver de quien se trataba, pues portaba una túnica completamente negra, que cubría hasta su nariz y llevaba guantes de piel negra en las manos. Pensé en mortífagos queriendo dañar a Potter por medio de nosotras o a las víctimas de guerra que buscaban vengarse de los Parkinson, aunque eso no tenía sentido, ya pocos quedaban de aquellos que nos odiaban, de hecho podía salir tan libremente como lo deseara, para lo único que era acosada era por mi relación con Harry.
Lo que sí no pude evitar hacer, era comparar la imagen con un dementor, algo que definitivamente nos mataría sino actuábamos rápido.
—¡Pansy! ¡Vete, llévate a Lizzie! —me gritó Grace, mientras volvía a gritar su hechizo.
Negué con la cabeza, sabiendo que Grace tenía razón, tenía que poner a salvo a Lizzie, pero también sabía que mi amiga no resistiría mucho más, por los hechizos que esa persona lanzaba, eran maliciosos, demasiado experimentados y peligrosos como para ser un simple ataque no planeado, o algo al azar, esa persona tenía un plan, un elaborado plan o solo una meta. Y aunque no dudaba de las capacidades de Grace, estaba casi segura que saldría muy daña cuando quitara su protego de nosotras.
Miré a nuestro alrededor una vez más, analizando la situación como decía Draco para poder actuar de la manera correcta y eficaz, dándome cuenta de lo extraño que estaba resultado todo en este lugar, pues parecía que habíamos caído en un punto sordo y ciego. Alguien al escuchar los hechizos, el ataque o los gritos de mi hija, debería de haber venido a ver que sucedía, pero ni siquiera alguno de los guardias se aparecía por aquí, ni siquiera para las rondas de rutina. Tenía la sospecha de que había hecho algo, algo que nos estaba aislando de todos, o quizá había atacado a los que custodiaban las dimensiones del museo.
Atrás de aquella persona vestida de negro, todo parecía normal, el pasillo se vislumbraba bien, solitario y silencioso, así que casi podía jurar que nadie escuchaba o podía vernos, y lo peor de todo es que ni siquiera las alarmas se habían activado, aunque debía recordar que las alarmas sólo se encendían si alguien intentaba hurtar algo, no para cuando una persona atacaba a otra.
Estaba pensando rápidamente, lo más rápido que podía y la única solución que vi era que Grace se fuera con Lizzie. Era una sola persona y yo podía enfrentarme a ella, saldría tal vez dañada, pero al menos mantendría a salvo a Lizzie y le daría tiempo a Grace para llamar por ayuda.
En un acto desesperado al ver que posiblemente el hechizo de protección caería, lancé un protego para tener más tiempo.
—¡Oh, vaya! ¡Duraste mucho sin usar la varita, maldita víbora!
Reconocí de inmediato la voz y la rabia y el odio se encendieron en mí como si mi sangre fuera combustible y aquel sonido fuera la chispa de fuego. No podía ser, no podía creer que de verdad Ginevra Weasley estaba aquí, atacándome en mi propio sitio, con mi hija a mi lado, dispuesta matarnos por lo que podía notar. No podía actuar con imprudencia, si estuviéramos solas no dudaría en matarla, atacarla con cada hechizo que me supiera, y aunque iba a hacer eso, no podía hasta tener a Lizzie a salvo.
—Ginevra —murmuré con los dientes apretados, levantando mi varita, pensando en un y mil hechizos en su contra, preparándome para lo que viniera.
—¡¿La ex de Harry?! —preguntó Grace, mirándome como si lo dudara.
Eso pareció encender a Ginevra más de lo que ya estaba. Lanzando gritos e improperios al mismo tiempo que su varita se agitaba con más velocidad y sus hechizos eran cada vez más crueles e intensos, acercándose a pasos cortos para hacerlos más agresivos de lo que eran ya en esencia.
—¡Llévate a Lizzie! —le pedí a Grece, quien me miró tragando saliva, negando con la cabeza.
—¡No! ¡No te dejare sola! —gritó con potencia.
—¡Hazlo! ¡Necesito que mantengas a salvo a mi hija! ¡Por favor, Grace!
Pedí, rogué. No me importaría rogar sin con eso podía mantener a salvo a la persona que significaba la vida para mí ahora, para salvar lo único bueno que tenía en este mundo, lo único que me daba ganas de vivir a mí. Miré a los ojos a Grace, suplicándole que lo hiciera, mientras volvía a poner un hechizo más sobre nosotras.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó casi resignadamente.
—Acabar con ella —juré con los dientes apretados, mirando a aquella mujer— ¡Por Merlín, Recher, llévate a mi hija! —no pude evitar gritar cuando escuché reír a Ginevra Weasley como si estuviera loca.
Sabía que no sería fácil convencerla, que preferiría quedarse a pelear a mí lado, pero con una mirada más a mis ojos y luego a mi niña que gritaba sobre mi ropa que no me separara de ella, decidió hacerme caso y volvió a la oficina con una Lizzie a la que hice dormir con un hechizo, pues pataleaba y gritaba no queriendo separarse de mí. No quería despedirme, no quería decirle nada más que el "te quiero" de siempre que expresaba diario, pues si me despedía de ella, si le decía a adios, yo misma abría la posibilidad de convertir ese momento en el último de mi vida, abría la posibilidad de no verla ya nunca más y eso me asustaba y lo que no necesitaba en este momento era sentir miedo a perderle.
Tenía que defenderme y defenderla, tenía que ganar para que mi hija estuviera bien.
Cuando vi que Grace y Lizzie había desaparecido por el pasillo, dándoles un poco más de tiempo para que llegaran a las escaleras y cerrara la puerta, quité el protego, lista para el duelo que aquella mujer estaba pidiendo.
—Espero que entendieras que al venir aquí es para morir, Weasley —le dije con voz calmada, viéndola detener su ataque mientras reía estridentemente.
Después de eso, los hechizos volaron. Cada movimiento era pensado, usando hechizos que quizá ella no sería capaz de saber por su uso inadecuado y clasificados como desagradables o muy crueles. Puedo decir con satisfacción que logré hacerla caer más veces de las que ella a mí, que logré ver su sangre correr antes que la mía, que pude hacerla desconcertar con hechizos que ella ni sabía que existían.
Mientras todo eso iba sucediendo, fui moviéndome por todo aquel salón, buscando de igual manera llegar a la salida y ver como era que estaba bloqueado, pues de eso estaba segura, de que había algo bloqueándola. Lo siguiente que pasó me tomó por sorpresa tanto como la presencia de Ginevra en el museo. Estaba de espalda a la entrada, cuando de repente sentí que el piso bajo mis pies temblaba, así como el ruido de miles de ventanas rotas caían para luego sentir la energía empujándome con fuerza, haciéndome caer contra la base de una de las esculturas, apenas logrando meter las manos para no romperme totalmente la cabeza, lo que si no pude evitar fue que mi frente diera contra el filo de piedra de la base, abriéndome la piel, y sintiendo de inmediato la sangre correr por mis sienes y mis ojos.
Cuando vi quienes habían llegado, no puede evitar sentirme tranquila, sintiendo que ya podía bajar tantito la guardía, que nada malo podría pasarme ahora, porque ahí estaba Harry, ahí estaban mis tres chicos, Millicent y Astoria, y ellos no dejarían que Ginevra lastimara a Lizzie o a mí. Pero también pude sentir algo de temor cuando vi no sólo ellos estaban aquí, sino también los mejores amigos de Harry, el hermano de aquella loca y la esposa del pelirrojo.
La discusión, los gritos me alarmaron de nuevo. El hechizo de Millicent dio inicio a todo, y mis amigos del otro lado parecían ya haberlo esperado, podía jurar que fue casi un plan silencioso y Millicent solamente había hecho su parte: divide y vencerás, ese era el plan. Cuando escuché a Harry decir que no podíamos matarla sentí molestia, pero una parte de mí sabía que tenía razón, sabía que de hacerlo la justicia, el ministerio, la familia Weasley al completo nos hundiría sin piedad, de por si muchos no quedaron conformes cuando fuimos liberados con apenas unas amonestaciones monetarias. Pero yo tenía que hacerlo, yo tenía que matarla, por el bien de mi propia hija, de mi pequeña Lizzie, pero no dejaría que alguno de mis amigos se manchara la mano y arruinaran su vida de esa manera.
Lo que nunca pensé es que realmente Ginevra fuera capaz de hacer algo como eso, que su odio, frustración, dolor, alcanzaran tal grado para lanzar aquel espantoso hechizo. Aquel hechizo apenas lo conocía, lo conocía por Draco, quien nos contó de él cuando el propio Harry lo había atacado con él y Severus llegó a tiempo a salvarlo, para después decirle de que trataba y cual era el contra hechizo. Sabía que Draco se había molestado al conocer el origen y pensando una vez más lo peor de su padrino, pero también sabía que aun así lo apredió, aprendió a ejecutarlo y revertirlo.
Quise de verdad evitar que Harry me tomara en brazos, sabiendo de antemano que su plan era interponerse. Sentí desesperación y un latente dolor cuando sus brazos me apretaron a él, mirándome a los ojos con miedo y al mismo tiempo valentía, sin un atisbo de duda o arrepentimiento por lo que pasaría. Nos dio la vuelta con fuerza y rapidez, tomando mi lugar en aquel ataque, recibiendo con su espalda los cortes que le quitarían la vida. El rayo que dio con fuerza a su cuerpo, empujándolo y haciéndonos retroceder un par de pasos, mientras todos gritaban su nombre, incluyendo a la que ejecutó el hechizo, que pareció desgarrarse la garganta con ese grito espantoso.
Grité desesperada intentando aguantar su peso, sintiendo el miedo, el terror y el dolor devorándome por dentro a mordiscos, sintiendo como el aire se me iba y todo mi cuerpo perdí fuerzas, al sentir como mis manos se llenaban de sangre. Lo sentí caer al suelo, sus rodillas cediendo al peso, arrastrándome con él, quedando hincada, intentando sostenerlo. Grité, grité tanto cuando vi que el alma se le iba de los ojos, que sus mejillas perdían color y sus labios morían en un grito que nunca lanzó.
Por primera vez en mi vida sentí que debía rogar, cosa que no había hecho cuando me dejó en mi adolescencia, cuando mi padre me comprometió, cuando el ministerio me amenazó con llevarme a Azkaban, cuando mi madre me obligó a casarme. Pero por él, por él quise rogar, suplicar, así como estaba, de rodillas. Rogarle que no se fuera, suplicar a quien sea que me diera más tiempo, más oportunidad, que aquellos meses no me bastaban, que fueron años separados como para que ahora él se fuera por culpa de ella, por ella que ya me lo había ganado una vez, que obtuvo todo lo que yo quería, lo que siempre he querido. Por ella que una vez fue lo bueno, lo correcto, lo que debía estar con él. Ahora me lo arrebataba de la peor manera.
Y aquel te amo que me había dicho en forma de despedida me supo tan amargo, tan doloroso, sabiendo que nunca más lo escucharía, que esta sería la última vez, y entonces lamenté cada una de las veces que le escuché decir eso y yo no contestaba, tachándolo de mentiroso, de falso, de que estaba confundido y que sólo quería arruinar mi vida otra vez. Pero ahora, ahora estaba aquí, perdiendo la vida mientras me miraba y me decía nuevamente cuanto me amaba.
Grité por ayuda de nuevo, pidiéndole a la única persona que jamás me había dejado sola, que jamás me abandonaría, que siempre me cuidaba y protegía, rogándole para que obrara nuevamente en mi beneficio.
Draco. Necesitaba a Draco para salvarlo. Por muy ilógico que eso pareciera, por mucho que nadie me creería después, necesitaba a mi mejor amigo para salvar a Harry, para que salvara a su eterno némesis. Lo llamé desesperada, aunque no sabía si lo haría, si aceptaría hacerlo. Podría ser que no y yo me quedaría sin Harry, sin Harry nuevamente y para siempre.
—¡Pansy! ¡Pansy! ¡Por favor, corazón, calma!
Alguien me llamaba en medio de mi llanto, donde mis labios estaban pegados a la mejilla de Harry, donde mis ojos estaban cerrados con fuerza esperando que despertara ya de esta pesadilla. Negué moviendo la cabeza repetidamente, intentando hacerle entender a esa persona que nunca me alejaría de él.
—¡Pansy, por Merlín, calma!
Sentí dos manos moverme, intentando alejarme del amor de mi vida, intentando separarme de aquel hombre que nuevamente se había vuelto parte de mi todo, parte de mi alma y mi corazón, con el que deseaba pasar toda la vida. Quería estar a su lado para siempre, cada día de mi vida y ahora sentía que podía morir a su lado en este momento.
—¡Pansy! —aquella voz se hizo nuevamente presente y por fin pude reconocer a Millicent en ella, quien con fuerzas me tomó de los brazos y me alejó de Harry para ponerme delante de ella— Pansy, todo estará bien —dijo tomando mi rostro entre sus manos y mirándome a los ojos, pidiendo que me calmara.
Quise decirle que no era cierto, que eso no era verdad, que ya nunca más sería así, pero al ver al otro lado de Harry, me di cuenta de que Draco estaba con la varita en mano, apuntando hacia la espalda de Harry y diciendo en voz baja un hechizo que parecía un canto lento y suave. Sabía que lo haría, sabía que me ayudaría. Miré aquellas horribles heridas y vi con una perturbadora fascinación como la sangre parecía volver a su cuerpo, cerrando las heridas poco a poco. Miré a los ojos de Draco, quien apenas me dio una rápida mirada antes de continuar con lo que estaba haciendo. Parecía estar haciendo un esfuerzo grande, pues sus nudillos se mostraban completamente blancos mientras sostenía la varita y sus mejillas estaban más carente de color de lo acostumbrado. Debía ser un hechizo grande y fuerte como para que gastara su energía y magia de esa manera.
Cuando vi por completo las heridas cerradas, miré a todos a nuestro alrededor, como si ellos también vieran lo que yo estaba viendo, asegurándome que no era una mentira, así que la tranquilidad que transmitieron me bastó para creérmelo. Millicent seguía arrodillada a mi lado, apretando mis manos entre las de ella y murmurando una y otra vez que todo estaría bien. Blaise estaba cruzado de brazos atrás de su novia, aun con la varita entre los dedos, como si intentara protegerla de un nuevo ataque, mientras que, unos pasos más allá, Ron abrazaba a Hermione, quien no le quitaba la mirada de encima a Harry, luciendo pálida y temblorosa. Quería gritarles que se fueran, pero no tenía ni siquiera fuerzas para ponerme de pie y correrlos.
Theo estaba unos pasos alejados y no parecía que para él el duelo hubiera acabado, pues mantenía su varita lista y apuntando hacia Ginevra, quien permanecía a su lado sentada y amarrada de manos y pies con cuerdas mágicas, en silencio aunque por su boca moviéndose sin sonido, sabía que la habían silenciado también; Grace estaba de ese lado también y, al igual que Theo, apuntaba su varita a la pelirroja, que miraba con aparente terror lo que había hecho, mirando con miedo a Harry.
Quise matarla nuevamente, quise torturarla en ese momento y luego matarla poco a poco, pero a mi odio le ganó el amor que sentía por Harry, me ganó las ganas de permanecer a su lado y no separarme ya nunca de él. Además, ahora ya Ginevra Weasley no tendría escapatoria, había intentado matar a Harry Potter, al héroe de esta sociedad mágica y nadie se lo perdonaría, ella misma se había condenado, nadie le disculparía sus acciones, los hechizos en su contra. Nadie la perdonaría, aunque el ministerio lo hiciera.
—Está listo —dijo Draco en voz baja, mirándome.
Quise abracerle en ese momento, pero no podía moverme de mi lugar, ni siquiera podía sonreírle en agradecimiento. Sólo me quedé viendo a sus ojos, intentando expresar lo que esto significaba para mí y él pareció entenderlo, pues dio un simple asentimiento de cabeza, negando levemente. Coloqué mi mano sobre los cabellos de Harry y me incliné nuevamente, sintiendo en mi propia mejilla el aire que expulsaba de manera tremula. Eso era todo lo que necesitaba para sentir que yo también volvía a la vida: él estaba respirando, estaba vivo todavía.
—Lamento haber tardado un poco, no lograba recordar el hechizo completo —escuché que murmuraba Draco y levanté la mirada hacia él otra vez. Asentí y negué con la cabeza, había podido salvarlo y eso era todo lo que me importaba— Creo que estará bien, pero aun deberá ser trasladado al hospital.
—Gracias, Dragón —susurré y él sólo se encogió de hombros, levantándose.
—Ya vendrán por él. Les he avisado —dijo Grace y yo asentí apenas, para luego seguir acariciando el cabello negro, besándole una vez más la mejilla.
Después de eso, aparecieron varios sanadores y los aurores. Estos últimos apenas tuvieron que ver quien estaba en el suelo para empezar a moverse sin pedir más explicaciones, sobre todo cuando Hermione habló con ellos y apuntó con un dedo quien era la culpable. No quise ser molestada por ellos, así que Theo se encargó de ellos y, sin que se lo pidieran, entregó sus recuerdos en un frasco para que fueran examinados, Draco dijo que después pasaría a declarar y Blaise aseguró lo mismo, mientras ayudaba a Millicent a ponerse de pie, pero aclarando que hora lo más importante era sacar a Harry Potter de aquí y que yo debía ir con él, cosa que los sanadores consintieron hacer sin poner pretextos.
Y eso me traía a este momento, a estar aquí a su lado. Habían pasado ya varias horas desde nuestra llegada. Estuve dando vueltas por el pasillo en compañía de Grace y Millicent mientras los sanadores ayudaban a Harry. Estaba intentando controlarme y mantenerme calmada, respirando profundamente para que mi corazón dejara de latir tan aprisa, esperando a que alguien saliera para decirme como estaba, negando cada una de las veces en que Grace o Millicent me pedían que me permitiera revisar para saber como estaba yo también, o para decirme que parara de caminar o decirme que debía tomar algo.
Dije que no a cada una de sus palabras. Yo no me alejaría de la puerta y de Harry hasta que él despertara.
Pasado casi una hora, una sanadora salió y dijo que el paciente estaba estable, recuperándose poco a poco, pero que pasaba por un cuadro de depresión en su núcleo mágico, que por la perdida de sangre había caído en un coma transitorio que acabaría una vez que su núcleo se estabilizara, recuperara fuerzas y sus heridas sanaran por dentro, pero que todo estaría bien, que se había contrarrestado la maldición a tiempo y con eso se había logrado que no muriera apenas tocara el hospital.
Yo sólo asentí y pregunté si podía quedarme a su lado, pensé que se me negaría eso de inmediato, pero aquella mujer después de darme una rápida mirada y suspirar suavemente, dijo que estaría bien, pero que no podría acercarme por los hechizos que lo monitoreaban. Dije que no importaba, que sólo quería permanecer cerca, necesitaba estar cerca. Así que fui guiada a su habitación y había permanecido aquí por varias horas, viendo como cada tanto entran enfermeras y sanadores a vigilarlos, personas que apenas me dan una mirada antes de lanzar sus hechizos y luego se van con apenas la promesa de que está bien y he evoluciona como debe.
Estaba a punto de quedarme dormida en la silla cuando la perta volvió abrirse, dejando pasar a la sanadora que apenas me sonrió y lanzó un par de hechizos hacia Harry. Esperé con impaciencia lo que diría, esperando que fueran buenas noticias. Ella suspiró después de anotar un par de cosas en un block de manera que volvió a colocar en el soporte de la cama, antes de mirarme.
—Él estará bien —repitió la sanadora. Yo asentí y me dejé caer en la silla de nuevo, sintiendo como también el cansancio se apoderaba de mí, al igual que la tranquilidad poco a poco hacía alojamiento en mi interior— Debería ir a descansar.
—No. No puedo —suspiré y miré a Harry, tenía la necesidad de no alejarme por nada en el mundo.
—Él seguirá dormido muchas horas más, podría aprovechar para descansar y asearse —aconsejó mirando mis manos.
Cerré mis manos con fuerza y asentí, pues eso sí debería de hacer y, además, tenía también que ir a ver a Lizzie, pues, aunque estaba segura de que Astoria y Narcissa estaban a su lado, cuidándola y protegiéndola de todo, lo último que había visto era algo que tal vez recordaría por mucho tiempo y sabía que no estaría tranquila, que estaría asustada y necesitaba a su madre. Y yo también necesitaba verla. Ojalá pudiera tener a Harry y a Lizzie en un mismo lugar como ya me había acostumbrado cuando salía del trabajo. Desearía estar en casa con ambos.
Aun sabiendo y sintiendo todo eso permanecí sentada.
—Al menos déjeme revisarla, sé que no ha dejado que nadie lo haga —dijo con suavidad, acercándose.
—Estoy bien —dije y la vi negar con la cabeza.
—Cerrar un corte con magia es lo más efectivo para una recuperación sin cicatrización visible, pero mientras sea reciente se vera lo que ha pasado, y usted tiene una herida cerrada en la frente, no un buen lugar para golpearse —aseguró y yo me toqué la frente de inmediato, pues ya casi había olvidado que me había lastimado y Millicent me había curado.
—Está bien —suspiré resignada, pues igual sabía que ninguno de mis amigos me dejaría en paz hasta que lo hiciera.
Casi a regañadientes accedí abandonar esa habitación para acompañarla a su consultorio, donde lanzó hechizos de diagnostico una vez me hizo sentar en una camilla de piel, dándose cuenta que tenía una pequeña torcedura en el pie derecho, algo que sucedió antes de que llegaran los chicos y me lo hice al dar un mal paso mientras estaba en duelo con Ginevra. No era nada grave y el corte de mi cabeza estaba bien, no habría secuelas de ningún tipo. Además, hizo un par de movimientos más, intentando detectar si mi cuerpo no tenía los efectos de ninguna maldición a largo plazo. También amablemente me limpió los rastros de sangre de las manos y de la ropa que no me había fijado que tenía, cuando me preguntó si quería que lo hiciera y acepté porque en todo es tiempo no me acordaba donde estaba mi varita, era seguro que alguno de los chicos lo tuviera.
—Gracias, sanadora… —en ese momento caí en la cuenta de que no sabía como se llamaba.
—Abbot, Hannah Abbott —dijo con una ligera sonrisa, ofreciéndome su mano— Es seguro que no me reconozcas, estuvimos en el mismo grado, sólo que yo fui un tejón.
Apreté los labios sin querer sonreír con ironía, era obvio que no la recordaría, pero lo que más me sorprendía era que, aunque yo nunca fui nada amable con nadie de aquella casa, con casi nadie en realidad, pues hasta con los de mi propia casa llegué a ser nada amigable, ganándome aquella fama de princesa de hielo y de las serpientes, ella se había comportado de manera amable conmigo hasta ahora.
—Gracias, sanadora Abbott —suspiré de nuevo.
—Aunque ya la he revisado y limpiado de la sangre, aun así creo que debería ir a casa —insistió nuevamente— Yo me quedare con Harry, sobre todo por los viejos tiempos, no me iré hasta que él lo haga —prometió y yo pude sentir como algo dentro de mí se tranquilizaba más todavía, pues con aquella actitud que había demostrado, me daba a entender que decía la verdad y podía dejar a Harry en buenas manos, aunque debía aceptar que todos en San Mungo lo cuidarían bien— Venga mañana temprano si quiere, a primera hora si lo deseaba, pero vaya a descansar, pues por mi diagnostico puedo ver que igual sufrió un gran desgaste de magia.
Sabía que debía hacerlo, que ya no podía negarme, pues ahora empezaba a sentir las consecuencias de haber tenido un duelo y sobre todo la ansiedad por no ver a Lizzie me estaba agobiando.
—Lo haré, iré a casa, debo ver a mi hija —accedí sobre todo porque sabía que Harry estaba fuera de peligro y quería ir con Lizzie. La noche ya había caído y tenía que estar a su lado— Pero, ¿puede quedarse alguien más cuidándolo? —pregunté y ella asintió, sonriéndome apenas.
Suspiré más tranquila y le agradecí una vez más.
Cuando salí de su consultorio y llegué a la sala de espera, me encontré con Grace y Millicent todavía ahí, pero al lado de esta última estaba Blaise con sus brazos alrededor de ella. Al verme se levantaron y caminaron a mi encuentro, sonriéndome de manera tranquila. Millicent me preguntó por Harry y les dije que estaba bien y que despertaría pronto. Ellos sonrieron y suspiraron con tranquilidad, diciendo sus buenos deseos, bueno, ellas lo hicieron, Blaise sólo se limito a asentir y a entregarme mi varita que él había guardado cuando la dejé caer cuando Harry cayó. Agradecí y la tomé de sus manos, guardándola.
Estaba a punto de contarles que iría a la mansión Malfoy por mi hija, cuando me di cuenta que mis amigos no eran los únicos en la sala de espera. Sentí el enfado volver a mí, así como la alarma cuando me di cuenta quienes estaban atrás de ellos, igual de pie. Un mar de cabezas pelirrojas estaba ahí: Ron y Hermione; el único gemelo con vida, George, Harry había mencionado que él parecía aceptar que me amaba y había hecho enfadar a Ginevra con eso; había otro pelirrojo de gran tamaño al lado de George, uno de gran tamaño que tenía los brazos cubiertos de cicatrices; y atrás de él, estaba el otro, quien tenía una curiosa cicatriz en la mejilla y sostenía la mano de una rubia que había participado en el torneo de los tres manos hace muchos años cuando estaba en Hogwarts.
—Parkinson, ¿Cómo está Harry? —preguntó de inmediato Granger.
Vi a mis amigos moverse de modo lento hacia mis lados, como si crearan nuevamente una barrera que atacaría si ellos lo hacían, y por el modo que vi sostener a Millicent la muñeca de Blaise, sabía que él estaba muy dispuesto a hacerlo: Blaise Zabini jamás le perdonaría a Ron Weasley haber lastimado a su pareja y no temía demostrarlo otra vez, si aquella herida cerrada pero fresca en el brazo de Ronald no lo había dejado claro todavía.
—Está estable. Despertara en un par de horas —contesté muy a mi pesar, sabiendo que tendría que decirlo, y ella suspiró con alivio, sonriendo un poco.
—¿Podemos pasar a verlo? —preguntó el gemelo.
Se me hizo extraño el tono de su voz, pues no parecía nada molesto, creí que al saber que su hermana iría definitivamente a Azkaban, sentiría odio hacia a mí. De hecho, parecía genuinamente preocupado por la salud de Harry, aunque bueno, que él fuera uno de los pocos que aceptaba que Harry me amaba, ayudaba mucho a que no me enojara su pregunta.
—No. Aún no puede recibir visitas —contesté lo más gentil que pude.
—Pero tú te la has pasado adentro —respondió Ron y pude ver a Hermione haciéndolo callar con un pequeño codazo.
La verdad es que estaba aguantando muy poco de atacarlo a él, sobre todo a él. Sentía una aversión mucho más grande de lo que alguna vez sentí en el colegio.
—No soy visita, Weasley, soy su pareja —tajé de golpe, mirándolo con rabia— Y si salí, fue porque tengo que ir por mi hija y saber si tu hermana no alcanzó a lastimarla.
Eso era totalmente falso, ningún hechizo de Ginevra logró estar cerca de ella, de lo contrario ellos estarían sepultando un cuerpo en medio de muchas lágrimas, pero mis palabras eran para hacerles ver que tanto daño quiso provocar uno de los suyos, como una de ellos intentó matar a una niña de apenas seis años sólo por un amor que ya no lo era, sino que ella lo había convertido en obsesión.
Ellos bajaron la mirada y se removieron incómodos en su lugar.
—¿Pero alguien puede quedarse con él entonces? —preguntó la rubia francesa una vez recuperada de mis palabras.
—Entrometida —escuché decir a Grace a mi izquierda en un bajo francés que hizo que la rubia dirigiera sus ojos a ella de inmediato. Tal vez se habían conocido en algún punto de sus estudios, después de todo ambas habían estado en Beauxbatons. Grace no pareció inmutarse ante aquella mirada, sino que pareció retadora de igual manera.
Quise reír, de verdad me dieron ganas de reír, pero preferí dejar eso de lado, regresando mi atención a la pregunta que había hecho.
—Sí. Pero no será ninguno de ustedes —declaré y me di la vuelta para ver a Millicent que estaba a mi derecha— Millicent, ¿puedes quedarte con él hasta que yo vuelva? —pregunté y ella asintió de inmediato.
—Sí, claro que lo haré.
—Espera, Parkinson, uno de nosotros debería hacerlo, somos sus amigos —dijo Hermione, llamando nuevamente mi atención, viendo como sus cejas se fruncían del disgusto.
—Nosotros somos los más cercanos a él —dijo aquel de la cicatriz en el rostro, mirándome con molestia, como si le ofendiera que yo tomara las decisiones sobre Harry.
—No, no me importa lo que ustedes quieran —la verdad es que jamás me importarían los que pensaran u opinaran.
—Es nuestro amigo, nuestro mejor amigo, nosotros deberíamos estar con él, no tú o tus amigos —insistió Ronald, empezando a molestarme más, sintiendo que mucha culpa tenía de lo que había pasado, por su terquedad, su negativa a entregar a su hermana y por el hechizo lanzado a mi mejor amiga que pudo haberla matado.
—Sí, Ron, sigue así —escuché que decía con sarcasmo el gemelo pelirrojo, caminando de nuevo a las sillas para esperar. Todos sus hermanos giraron a verlo, quizás extrañados que de repente se hubiera molestado.
Entonces lo supe, supe que él era en el único que podría confiar de esa familia, pero no ahora, no en este momento. Me enfrenté de nuevo a la mirada azul de Ronald Weasley, mirándolo con el mismo enojo y desdén que siempre podía acumular, apretando mis manos a los lados de mi cadera.
—Es mi novio y mi futuro esposo, Weasley, así que no me importa lo que tú y tu familia desea. No me interesa en lo más mínimo lo que opines, así como a ti no te importó que tu hermana intentara matar a mi hija, aun escuchándola admitir que deseaba hacer eso y matarme también, oh, y casi le quita la vida a Harry. Ahora sí te preocupas, ¿no? —dije con fuerza, apretando mis manos y mirando a cada uno para retarlos a que dijeran otra cosa. Ellos guardaron silencio, aunque en Ronald se empezó a notar el enojo en forma de un terrible rojo en sus mejillas pecosas— Y mientras Harry no despierte y no decida que hacer con ustedes, yo no confió en nadie que pertenezca a los Weasley, y eso te incluye, Granger.
—Pero… —intentó esta última, alejándose un paso de su esposo.
—No me interesa. Millicent, puedes ir ya, por favor, para que pueda irme más tranquila —ella asintió y se dio la vuelta después de darle un beso a su novio.
Cuando vi que se perdió por el pasillo, respiré tranquila y decidí retirarme de una vez. Grace dijo que me acompañaría y Blaise dijo que se quedaría, que no dejaría sola a Millicent. Sabía que su instinto de protección estaba activado y aunque ella no estaría a su lado o siquiera a su vista, él no se arriesgaría a que le permitieran el paso a uno de los pelirrojos y dañaran a su novia otra vez.
Los Weasley ya no dijeron nada, ni siquiera les di oportunidad para hacerlo, simplemente pasé de ellos y caminé hacia la salida del hospital. No sabía lo que opinaría Harry cuando despertara y se enterara que les había prohibido a sus amigos pasar a verlo, tal vez se enojaría, ofendería o me reclamaría, pero en este momento no pensaría en eso, ya lidiaría con él cuando despertara.
Aun no estaba del todo tranquila, sentía que no lo estaría hasta que no lo viera despertar, así que una manera para tranquilizarme era que ninguna persona fuera de mi confianza se le acercara. Y a como lo dije antes, no confiaba en ellos, no lo hacía antes, menos ahora, no cuando aun escuchando las intenciones de aquella mujer, aun sabiendo que quería asesinar a mi hija y matarme, la protegieron y su hermano se negó a entregarla. Quizá estaba exagerando, él sólo quizá buscaba protegerla porque era su familia, eso hace una familia, pero no me interesaba en absoluto. Nadie comprendería lo que sentí cuando vi que aquel hechizo le dio a Harry en mi lugar, que aquel hechizo dirigido a mí, él lo tomó. Sentir su sangre en mis manos, sentirlo caer, escuchar como se despedía. No, no, no quería volver a pasar por eso.
Cuando llegué a la salida sin ningún tipo de interrupción, me di cuenta que en la entrada había una acumulación de reporteros que deseaban saber que le había pasado a su héroe. Al verme se abalanzaron a mí, pero a cada pregunta les decía que no daría declaraciones, aunque a los último ya cansada de el bullicio y que no me dejaran alejarme los suficiente, les dije que, si querían realmente saber que había pasado, se dirigieran al ministerio donde estaba la culpable de todo esto. Grace al final pidió que no nos siguieran y pudimos llegar a un buen lugar para poder desaparecernos, aunque tuve que sostener la mano de Grace para hacerlo, pues sólo así podría ingresar a la mansión Malfoy.
Cuando puse los pies en el pórtico de la casa, me recargué sobre la puerta, jalando aire para mis pulmones, sintiendo que desde hacer varias horas no podía respirar bien. Cerré los ojos y pegué mi frente a la madera.
—Pansy, ¿estás bien? —escuché que Grace susurraba.
—Estoy bien. Sólo cansada —suspiré y luego me despegué de aquella puerta, respirando a profundidad, antes de abrirla.
Cuando atravesé la puerta me dirigí de inmediato al salón, donde encontré a mi hija acurrada bajo una cobija a un costado de Narcissa, quien la abrazaba, y a Scorpius en las piernas de su padre, mientras Astoria leía al parecer un cuento. Parecían tranquilos, pero cuando Lizzie me vio, se bajó de un saltó y corrió a mis brazos. Yo no me negué y la cargué, besándole las mejillas, la frente y el cabello, mientras la abrazaba otra vez.
—Mami, mami, ¿estás bien? —preguntó cuando se alejó para verme a la cara.
—Claro que lo estoy, ¿y tú? ¿estás bien, mi cielo? —pregunté mirando su rostro y tomando una de sus manos para ponerla en mi mejilla y besarla. Sabía que por aquellos ojos irritados y ligeramente hinchados había llorado.
—Lo estoy, pero quería verte, pero tío Draco me dijo que estabas cuidando a papi —susurró y luego me sonrió un poco— A tío Draco no le gusta que le diga papi a Harry.
Sonreí con ternura y asentí, abrazándola de nuevo. Sintiendo como por fin mi corazón latía a un ritmo normal y mi respiración se regulaba totalmente. Tenía entre mis brazos a mi hija, mi pequeña niña, vestida con una batita blanca de mangas, con el cabello recién lavado y peinado con aroma a manzanas, lista para dormir al parecer, pero, sobre todo, parecía tranquila, ella estaba tranquila y estaba bien, ningún hechizo la había atacado, nada la había lastimado y nada lo haría.
—Lo sé, pero ya se le pasara —susurré en su oído— Y él está bien, ahora sólo duerme para recuperar energía.
—Quiero verlo —pidió y me mostró aquel rostro preparado para hacer un puchero.
Sonreí y le besé la mejilla y la nariz.
—Todavía no, cuando despierte, te llevare —le prometí y ella suspiró, recostándose nuevamente en mi hombro.
—Esta bien —aceptó.
Caminé con ella en brazos hasta el resto de la familia y me senté en el sofá con ella en el regazo. Grace ya estaba acomodada y bebía una taza de té con una sonrisa de tranquilidad. Sabía que tal vez también ya estuviera cansada, ella había estado conmigo desde que todo había iniciado, y no había ido a su casa a descansar o tomar un respiro. La verdad estaba agradecida por eso, por mantenerse a nuestro lado.
—¿Estás bien, querida? —preguntó Narcissa y yo asentí, pero aun así vi su varita moverse, lanzando un hechizo de diagnostico que me hizo sonreír. Sabía que Narcissa no se fiaría de mis palabras como buena dama astuta
—Lo estoy, la sanadora de Harry me revisó también —les conté.
—No puedo creer lo que aquella mujer hizo —reprobó con un gesto soberbio de desagrado.
—No es por justificarla, jamás lo haría, pero creo que perdió la razón —suspiré y ellas parecieron dudar de mis palabras con ligeros movimientos de cabeza, como si lo pensaran.
—Tal vez está loca, pero lo que hizo tendrá que pagarlo —dijo Astoria y luego posó su mano sobre la mía que estaba sobre la espalda de Lizzie— Lamento lo que pasó, Pansy, Draco me contó todo —dijo escuetamente, viendo a ambos niños, Scorpius parecía ya estar dormido sobre el pecho de su padre y Lizzie, por su respiración en mi cuello, parecía que también.
—Harry está bien. Sólo esta en un coma transitorio para recuperarse —dije y luego miré a Draco que abrazaba a su hijo mirando al fuego. Él parecía agotado y suponía que así era después de lo que había hecho— Gracias otra vez, Dragón —él giró a verme y me sonrió.
—No fue nada —contestó y luego miró otra vez las llamas de la chimenea— Al menos ya sintió los efectos de aquel horrible hechizo —dijo encogiéndose de hombros y yo rodé los ojos sin tomármelo a mal.
—¡Draco! —regañó Astoria— Eso fue de mal gusto.
Grace empezó a reír con los ojos cerrados mientras Narcissa lo miraba severamente. Era curiosa la manera en que cada uno tomaba las cosas, pues yo no sentí nada más que gratitud por Draco aun con sus palabras, no podría enojarme, pues él también estuvo a punto de morir a causa de esa horrible maldición y aun así decidió salvar a la persona que se lo había lanzado. Aunque quizá fuera por mí que lo hizo y no por él precisamente.
—Lo salvé. Harry Potter me debe una grande —dijo como si nada y sabía que en algún momento se lo cobraría, esperaba que no fue algo grave— Ahora tiene una deuda de vida. Que irónico, yo le debo una y él una a mí —reflexionó y volvió encogerse de hombros.
—Déjalo, Pansy, lo bueno es que ustedes están bien —asentí a las palabras de Astoria y suspiré sabiendo que eso era lo mejor.
Después de eso, acepté quedarme en la mansión, porque definitivamente no quería tener que trasladarme con una pequeña niña en brazos, y Grace se despidió para ir a su casa, prometiendo que pasaría al hospital al día siguiente. Me fui a la misma habitación que siempre me habían dado desde que era una adolescente, aun encontrando cosas que alguna vez olvidé ahí. Era gratificante ver que, a pesar del tiempo, los Malfoy mantenían esa habitación como si fuera más que una visita, como si cualquier día pudiera volver a ella.
Eso me hizo sonreír y acosté a Lizzie en la cama con mucho cuidado para no despertarla, mi niña simplemente se giró y se acomodó bajo las colchas con sólo un par de balbuceos que calmé con un par de caricias, sonriendo otra vez al verla tan dulce y tranquila, intentando no pensar que este día pudo terminar de otra manera, de una trágica manera. Negué con la cabeza, Lizzie estaba bien y a salvo, y Harry se estaba recuperando satisfactoriamente y mi amiga lo cuidaba, a la cual iría a remplazar a primera hora de la mañana.
Busqué en el armario un par de prendas de ropa para dormir, sabiendo que, así como había dejado algún par de objetos regados por ahí, también tenía ropa que podría modificar para hacer un pijama. La ropa que usaría mañana la pediría con uno de los elfos, así que no me preocupé. Decidí darme una ducha con agua tibia y tomé la taza de té que un elfo me llevó por ordenes de Narcissa, para que pudiera dormir y no lo hiciera con el estomago vacío ya que me negué a tomar la cena.
Una vez preparada, me metí bajo las colchas y me acerqué a mi hija lo más que pude, mirando su rostro tranquilo y sintiendo sus manos agarrar la tela de mi pijama, acercándose para ser abrazada y suspirando tranquila cuando lo hice. Sabía que no duraría mucho en la misma posición, Lizzie era demasiado independiente para dormir abrazada, así que disfrutaría lo más que pudiera de su cercanía antes de que buscara un nuevo acomodo.
Acaricié su cabello, besé un par de veces más su frente y poco a poco, al ritmo de su suave respiración, de su dulce aroma, me fui quedando dormida, más tranquila de lo que imaginé, entrando en un lento y suave sopor que me absorbió por completo, dejándome caer a los brazos de Morfeo sin sueños, sin ningún sueño o pesadilla.
Todo estaría bien, eso pensaba, de eso estaba segura.
Hola... sólo espero que alguien este leyendome. Sé que he tardado mucho, más de lo que me había propuesto en un inicio, pero así es la vida. Lo que si puedo decir es que estoy a dos o tres capítulos de terminar. Espero que sea pronto.
Nos leemos luego.
By. Cascabelita
