Disclaimer: Los personajes aquí mencionados pertenecen a la saga Harry Potter escrita por JK Rowling.

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La clase de Encantamientos había terminado y todos los alumnos tanto de Gryffindor como de Slytherin tomaron sus cosas y presurosos salieron del aula, sin embargo, Hermione se quedó rezagada puesto que debía meter sus libros, pergaminos y tinta perfectamente ordenados dentro de su mochila. No podía permitirse un desastre con la tinta esparcida sobre sus cosas.

Una vez lista, salió del aula despidiéndose del pequeño profesor Flitwick. Iba muy contenta pues en la clase había ganado la mayoría de puntos para su casa, el restante lo había ganado el niño rubio de Slytherin.

Estar en Hogwarts era la mejor experiencia que le pudo haber pasado, jamás en sus once años de vida se le pasó por la mente que la magia existía y que ella era una bruja, aún cuando siempre se sintió la niña rara en su entorno. Sus compañeros de clases la tachaban de sabelotodo, de ratón de biblioteca y otros sobrenombres que la hacían sentir mal. La excluían de las fiestas de cumpleaños, de los juegos a la hora del recreo y de todo lo que hacían en grupos.

En el mundo muggle se sentía sola, nadie quería ser amigo de la come libros Granger. ¿Por qué la trataban así? ¿Acaso ser inteligente era malo?

En Hogwarts se había encontrado a niños igual de inteligentes que ella, con cualidades tan diversas, sin embargo, de nuevo encontró obstáculos en su camino...

Cuando salió del aula, divisó al grupo conformado por Ronald, el niño pelirrojo que conoció en el tren junto a Harry Potter, Seamus y Dean. Ella siguió su camino y al acercarse al grupo antes mencionado, escuchó que iban platicando de ella.

— ¡Por Merlín! Ella es tan irritante, siempre que algún profesor hace una pregunta, brinca de su asiento para responder — dijo Ronald— ahora entiendo porque no tiene amigas, es una come libros— tras decir esto los demás rompieron a carcajadas.

La castaña bajo la cabeza y corrió del lugar empujando en el camino al tonto pelirrojo que la había llamado come libros, muy en el fondo sabía que su actitud era innecesaria, no es como si fuera la primera vez que alguien la llama así, hace unas cuantas noches escuchó a sus compañeras de cuarto referirse a ella como rata de biblioteca, era tan frustrante para ella saber que en el mundo mágico también estaba sola. Se refugió en la Torre de Astronomía y en la soledad se permitió derramar las lágrimas que se habían acumulado en sus ojos.

¿Por qué nadie le daba la oportunidad de conocerla? A pesar de ser estudiosa, era divertida y le gustaba hacer travesuras. Escalar un árbol, andar en bicicleta, robar una galleta, jugar con muñecas...

— No deberías llorar por el comentario tonto de Weasley...— una voz irrumpió el silencio de la Torre.

Hermione buscó de dónde provenía la voz y de entre la oscuridad de una esquina emergió la cabellera rubia de Draco Malfoy, que caminó hacia donde ella estaba con ese caminar elegante que irradiaba seguridad.

— Por favor, vete y dejame sola— pidió la Gryffindor con la voz afectada por el llanto. El rubio hizo caso omiso a la petición de la niña y se sentó junto a ella, observando como el sol iba metiéndose en el horizonte.

— Ser inteligente no te hace menos persona, no deberías sentirte mal por como eres, no bajes la cabeza ante nadie, Hermione...— luego de esas palabras el silencio volvió a reinar.

El llanto cesó y trató de entender qué quería decirle Malfoy con esas palabras. El año escolar había iniciado hacía dos semanas y lo poco que había escuchado sobre los Malfoy no era nada bueno. ¿Por qué entonces Malfoy trataba de consolarla?

— No busques entender el porqué yo te digo esto, porque siendo sincero ni yo mismo lo sé — volvió a hablar el rubio— tú y yo no somos de la misma clase pero hay algo en ti que te hace diferente y te respeto.

«Jamás seremos amigos, estamos destinados a ser enemigos pero cuando necesites hablar con alguien igual de inteligente que tú, puedes buscarme.

Acto seguido el Slytherin se puso en pie para salir de la torre, dejando a la castaña aún más aturdida por eso último que dijo.

— ¡Espera! — gritó la niña, levantándose — ¿es en serio todo lo que dijiste?— preguntó cuando llegó frente a Draco.

— Sí, Granger...— respondió.

— ¿Incluso lo de buscarte cuando quiera hablar de algo?

— Incluso hablar conmigo — repitió rodando los ojos.

— ¿Me lo prometes?— susurró y él asintió — haz una promesa de meñique— propuso la castaña extendiendo su dedo meñique hacia el rubio que la vio con cara de no saber que significaba aquello.

— ¿Promesa de meñique? ¿Qué es eso?— preguntó y Hermione sonrió dándose cuenta que el aristocrático niño no sabía que era una promesa de meñiques.

— Es un pacto que no se puede romper por nada ni por nadie, así cumplirás con tu palabra de estar dispuesto a conversar conmigo cuando yo quiera.

— ¿Es algún tipo de magia? Nunca antes había escuchado hablar de ese pacto.

— Es magia, sí, pero es muy inofensiva. ¿Aceptas o no?

Draco lo pensó un momento y luego aceptó el dichoso pacto.

— Acepto...— y ambos entrelazaron sus meñiques.

Y así los años fueron pasando y la promesa de meñique se cumplía cada día. Draco y Hermione se reunían en lo alto de la Torre de Astronomía a conversar de cualquier tema, cada día se fueron conociendo y descubrieron que así como tenían cosas en común tenían discordias y las peleas eran parte de su rutina diaria.

— ¡Eres un imbécil, Draco Malfoy!— gritó una Hermione de quince años— ¿cómo fuiste capaz de unirte a la Brigada Inquisitorial?

— ¡Por Merlín! No grites, no estoy sordo. Te advertí que mi padre esperaba que lo hiciera, todos los Slytherin forman parte de la Brigada— habló el rubio— hubiese sido muy sospechoso de mi parte no hacerlo, además yo no estoy de acuerdo con lo que San Potter esta haciendo, entiende tú y yo no somos amigos— terminó y le dio la espalda.

Lo que Draco no sabía era que la Gryffindor empezaba a sentir cosas por él. Sentimientos que ni ella misma podía ponerles nombre, pero que ahí estaban. Cada día conocía al verdadero ser humano detrás de la máscara de frialdad e indiferencia que portaba cuando estaban fuera de la seguridad de la torre.

Y los sentimientos un día tuvieron nombre. Hermione Granger se había enamorado de Draco Malfoy, su enemigo, el mortífago que tenía como misión asesinar a Dumbledore...

Para Malfoy el sexto año fue una mierda, su vida había cambiado drásticamente. La oscuridad se había posado sobre su hogar, su familia y sobre él mismo... Lo peor era que debía dejar de frecuentar a Hermione y así lo hizo, aquellos días en la torre se acabaron, no quería perjudicarla a ella, no a ella.

Irremediablemente la pequeña castaña se había convertido en la persona más importante para él. Había aprendido a amarla conforme pasaba el tiempo.

La guerra se avecinaba y ella llevaba las de perder por su estatus de sangre, debía verla una última vez, debía advertirle, debía estar preparada para lo que sucedería mañana...

— ¿De qué querías hablar?— preguntó una vez llegó a su punto de encuentro.

Draco detuvo su andar y la observó, con su uniforme de Gryffindor, sus ojos castaños que brillaban debido a la luz de los últimos rayos del sol. Era hermosa.

— He completado una parte de la misión, el armario evanescente está reparado y listo...— anunció. El silencio luego de eso se instauró, agonizante, el corazón de la leona latía tan rápido que en cualquier momento podría salirse de su pecho.

Sabía lo que eso significaba y aunque guardo la esperanza de que él no lo hiciera, de nuevo la había decepcionado...

— Bien...— aclaró su garganta para deshacer el nudo que se había formado en su garganta — avisaré a los demás para que estén preparados. Gracias por informarme... — sus ojos se conectaron y quiso abrazarlo, decirle que lo amaba, que le prometiera que se cuidaría...

Indeciso dio unos pasos hacia ella, su aroma a jazmín inundó sus sentidos y movió sus cimientos... Él no quería ser parte de lo que Voldemort estaba gestando, pero había mucho en juego, su madre y ella estaban en peligro. Jamás se perdonaría si algo le llegará a suceder a Hermione...

¿Por qué todo tenía que ser tan complicado?

— Cuídate, Granger. Eres una excelente bruja pero no bajes la guardia, los mortífagos fuimos entrenados para matar sin piedad.

— Cuídate, Malfoy. Eres un excelente mago pero tu arrogancia no te deja ver más allá de tus narices. No permitas que te atrapen...— las primeras lágrimas brotaron de sus ojos.

— Prometo volver si tú también lo prometes...— el rubio extendió su dedo meñique y acto seguido la castaña hizo lo mismo.

Ambos entrelazaron sus meñiques prometiendo no caer en la batalla que se avecinaba y volver a verse, tal vez para confesarse el amor que se tenían...

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