Naruto Y Hinata en:
Tu & Yo
5: La Propuesta
¿Fueron al baile de Lady Chiyo anoche? Si no es así, es una lástima. Porque se perdieron el acontecimiento de la temporada. A todos los asistentes les quedó claro, y sobre todo a esta autora, que la señorita Hinata Hyuga ha llamado la atención del recién llegado de Europa duque de Namikaze.
Suponemos el alivio de Lady Hyuga. ¡Sería horroroso si Hinata se quedara soltera una temporada más! Además, Lady H aún tiene que casar a tres hijas más. ¡Qué horror!
REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WATTPAD,
30 de abril de 1813
[...]
Hinata no tuvo otra opción. En primer lugar, su madre la miraba como diciendo "Si dices que no, te arrepentirás". En segundo lugar, estaba claro que el duque no le había explicado toda la verdad sobre su encuentro a Neji, así que negarse a bailar con él levantaría muchas suspicacias.
Eso sin mencionar la poca gracia que le hacía verse inmersa en una conversación con las Haruno, algo que irremediablemente iba a suceder si no salía de allí de inmediato. Y, por último, la idea de bailar con el duque le resultaba un poco atractiva.
Además, el muy arrogante no le dio ni tiempo para responder. Antes de que pudiera decir "Encantada" o un simple "Si", el duque ya se le había llevado al centro de la pista.
La orquesta todavía estaba con esos horribles ruidos que hacen los músicos mientras preparan los instrumentos para tocar, así que tuvieron que esperarse un momento antes del baile.
—Gracias a Dios que no dijo que no —dijo el duque, agradecido.
—¿Y cuándo me ha dado la oportunidad?
Él le sonrió.
Hinata le respondió con una mueca.
—Si lo recuerda, no me ha dado opción a aceptar o a negarme.
Naruto levantó una ceja.
—¿Quiere decir que tengo que volver a pedírselo?
—No, claro que no —respondió Hinata, con los ojos en blanco—. Sería una tontería. Además, organizaríamos una escena sin precedentes, y no creo que ninguno de los dos queramos eso.
Naruto ladeó la cabeza y la miró con aceptación, como si hubiera analizado su personalidad en un instante y le estuviera dando su aprobación. A Hinata le pareció de lo más desconcertantes.
Y entonces la orquesta empezó a tocar las primeras notas de un vals.
Naruto hizo una mueca.
—¿Las chicas jóvenes todavía necesitan permiso para bailar un vals?
Para más incomodidad de Naruto, Hinata lo miró sonriendo.
—¿Cuánto tiempo ha estado fuera?
—Cinco años. ¿Lo necesitan?
—Sí.
—¿Y usted lo tiene?
La miró horrorizado ante la perspectiva de ver su plan arruinado.
—Por supuesto.
La tomó en sus brazos y empezó a girar junto con las demás parejas.
—Bien.
Cuando habían dado la vuelta entera al salón, Hinata preguntó:
—¿Qué les ha explicado a mis hermanos de nuestro encuentro? Le he visto hablando con ellos, ¿sabe?
Naruto sonrió.
—¿De qué se ríe? —preguntó ella.
—Me estaba maravillando de su guante.
—¿Disculpe?
Naruto se encogió de hombros y ladeó la cabeza.
—No creí que fuera tan paciente—dijo—, y ha tardado casi cuatro minutos en preguntarme sobre la conversación que he mantenido con sus hermanos.
Hinata se sonrojó. La verdad era que el duque era tan buen bailarín que ella apenas había pensado en la conversación.
—Pero, ya que lo pregunta—dijo, evitándole cualquier comentario—, les he dicho que nos hemos encontrado en la entrada y que, debido a su fisonomía, la he reconocido como una Hyuga y me he presentado.
—¿Y le han creído?
—Si—dijo Naruto, pausadamente—. Eso creo.
—No es que tengamos que escondernos de nada —se apresuró a añadir Hinata.
—Claro que no.
—El único villano de esta historia es Jiga, sin duda.
—Por supuesto.
Hinata se mordió el labio inferior.
—¿Cree que todavía estará en el pasillo?
—Le aseguro que no tengo ninguna intención de ir a verificarlo.
Se produjo un extraño silencio, y entonces Hinata dijo:
—Hacía mucho que no asistía a un baile en Londres, ¿verdad? Jiga y yo hemos debido ser un recibimiento lastimoso.
—Usted ha sido el mejor recibimiento. Él no.
Hinata sonrió por el cumplido.
—Dejando aparte nuestra pequeña aventura, ¿ha disfrutado de la velada?
La respuesta negativa de Naruto fue tan obvia que incluso, antes de responder, soltó una risa.
—¿De verdad? —dijo Hinata, arqueando las cejas con curiosidad—. Eso sí que es interesante.
—¿Mi agonía le resulta interesante? Recuérdeme que, en caso de enfermedad, nunca recurra a usted.
—Oh, por favor —dijo Hinata, burlándose—. No ha podido estar tan mal.
—Sí que ha podido.
—Seguro que no ha sido peor que la mía.
—Debo admitir que parecía bastante aburrida cuando estaba con Macclesfield —admitió él
—Es usted muy amable por decir eso —dijo ella.
—Pero sigo creyendo que mi velada ha sido peor.
Hinata se rió, un precioso sonido que llenó de calidez el cuerpo de Naruto.
—Menuda pareja —dijo—. Estoy segura de que podemos encontrar otros temas de conversación más amenos que lo mal que nos lo hemos pasado.
Naruto no dijo nada.
Hinata no dijo nada.
—No se me ocurre nada —dijo él.
Hinata volvió a reír, esta vez con más entusiasmo, y Naruto volvió a maravillarse por aquella preciosa sonrisa.
—Me rindo —dijo ella— ¿Qué ha hecho que su velada sea tan desastrosa?
—¿Qué o quién?
—¿Quién? —repitió ella, ladeando la cabeza—. Esto se pone cada vez más interesante.
—Se me ocurren muchos adjetivos para describir a todos los "quienes" que he conocido esta noche, peor le aseguro que interesante no es uno de ellos.
—Bueno —dijo ella—, no sea maleducado. También le he visto hablando con mis hermanos.
Él asintió galantemente, acercándola más a él por la cintura mientras giraban por el salón.
—Le pido disculpas. Los Hyuga, por supuesto, quedan excluidos de mis insultos.
—Eso nos tranquiliza a todos, se lo aseguro.
Naruto sonrió ante la absoluta inexpresividad de Hinata.
—Vivo para hacer feliz a la familia Hyuga.
—Ésa es una afirmación que algún día puede volverse en su contra —respondió ella—. Pero, hablando en serio, ¿qué es lo que le molesta tanto? Si su noche ha ido tan a mal desde nuestro encuentro con Jiga, debe estar en una situación realmente desesperada.
—¿Cómo podría decirlo sin ofenderla? —preguntó.
—Ah, no se preocupe por mí —dijo Hinata, quitándole importancia—. Prometo no sentirme ofendida.
Naruto le lanzó una sonrisa maliciosa.
—Una afirmación que algún día puede volverse en su contra.
Hinata se sonrojó. La rojez apenas era perceptible a la luz de las velas, pero Naruto la había observado muy de cerca. Ella no dijo nada, así que Naruto añadió:
—De acuerdo, si insiste le diré que me han presentado a todas las jóvenes casaderas de la fiesta.
Hinata soltó una risita. Naruto tenía la leve sospecha de que se reía de él.
Y también me han presentado a sus madres—continuó.
En ese momento, Hinata soltó una carcajada.
—¡Qué apropiado! —dijo él—. Riéndose de su pareja de baile.
—Lo siento —dijo ella, con los labios apretados para evitar más risas.
—No es verdad.
—Está bien —admitió—. No lo siento. Pero únicamente porque yo llevo dos años soportando la misma tortura. Es difícil pretender dar lástima habiéndolo soportado una sola noche.
—¿Por qué no se casa y se evita todo esto?
Hinata lo miró fijamente.
—¿Es una proposición?
Naruto sintió que la sangre no le llegaba a la cabeza.
—Ya lo sabía. —Lo miró y soltó un suspiro de impaciencia—. Por el amor de Dios. Ya puede respirar, Namikaze. Sólo bromeaba.
Naruto quería hacer un comentario irónico y sarcástico pero lo cierto es que la pregunta de Hinata lo había dejado helado.
—Respondiendo a su pregunta —continuó ella, con una voz más apagada de lo que le había oído hasta ahora—. Una chica debe considerar todas las opciones. Tenemos a Jiga, obviamente, pero creo que estará de acuerdo conmigo en que no es el mejor candidato.
Naruto agitó la cabeza.
—A principios de año, estuvo lord Chalmers.
—¿Chalmers? —preguntó Naruto, frunciendo el ceño—. ¿No está...?
—¿Cerca de la setentona? Sí. Y, como algún día me gustaría tener hijos, me pareció que...
—Un hombre de esa edad todavía puede engendrar hijos —le dijo Naruto.
—Era un riesgo que no estaba dispuesto a correr. Además —dijo, estremeciéndose, con una expresión de revulsión—, la idea de engendrarlos con él no me atraía demasiado.
Naruto se imaginó a Hinata en la cama con el viejo Chalmers y, muy a su pesar, sintió una punzada en el corazón. Era una imagen bastante desagradable que lo enfureció un poco, no sabía muy bien con quién; a lo mejor consigo mismo por atreverse a imaginarse tal cosa, pero...
—Y antes de lord Chalmers —continuó Hinata y, afortunadamente, interrumpió los pensamientos de Naruto—, hubo dos más, aunque igual de repulsivos.
Naruto la miró, pensativo.
—¿Quiere casarse?
—Sí, claro. —La sorpresa por esa pregunta se reflejaba en su cara—. ¿No es eso lo que todos queremos?
—Yo no.
Hinata se rió con condescendencia.
—Sólo cree que no quiere. Todos los hombres lo hacen. Pero algún día se casará.
—No— dijo Naruto, muy seco—. Nunca me casaré.
Hinata lo miró boquiabierta. Había algo en el tono del duque que decía que hablaba en serio.
—¿Y qué pasará con el título?
Naruto se encogió de hombros.
—¿Qué le pasa al título?
—Si no se casa y engendra un heredero, desaparecerá. O irá a parar a cualquier primo despiadado.
Ante eso, Naruto levantó una ceja.
—¿Y cómo sabe que mis primos son despiadados?
—Todos los primos que siguen en la línea de sucesión de un título nobiliario lo son. —Ladeó la cabeza—. O, al menos, lo son para con el poseedor de dicho título.
—¿Y eso lo ha aprendido de su profundo conocimiento de los hombres? —bromeó él.
Hinata lo miró con una superioridad aplastante.
—Por supuesto.
Naruto se quedó callado unos momentos y, al rato, dijo:—¿Vale la pena?
Hinata lo miró desconcertada por el repentino cambio de tema.
—¿El qué?
Le soltó la mano lo justo para agitar la suya en el aire.
—Esto. Este interminable desfile de fiestas. Con su madre pisándole los talones siempre.
Hinata abrió la boca, sorprendida.
—Dudo que ella lo viera igual—dijo y luego, con la mirada perdida en algún asunto del salón, añadió—: Pero sí, supongo que vale la pena. Tiene que valerla.
Volvió a la realidad y lo miró a la cara, con una honestidad aplastante en los ojos.
—Quiero un marido. Quiero una familia. Si lo piensa, no es tan descabellado. Soy la cuarta de ocho hermanos. Sólo conozco el concepto de familia numerosa. No sé si sabría vivir de otra forma.
Naruto la miró a los ojos, fija e intensamente. Escuchó una voz de alarma en su cabeza. Deseaba a esa chica. La deseaba tan desesperadamente que estaba empezando a excitarse, pero sabía que nunca, nunca podría ni siquiera tocarla. Porque hacerlo significaría destrozar todos sus sueños y, a pesar de su reputación, no estaba seguro de poder vivir con ese peso sobre sus espaladas.
Nunca se casaría, nunca tendría hijos y eso era precisamente lo que Hinata esperaba de la vida. Naruto disfrutaría de su compañía porque sabía que no sería capaz de negarse eso. Pero debería dejarla intacta para otro hombre.
—¿Duque? —preguntó Hinata, y cuando Naruto la miró, añadió—: ¿Dónde estaba?
Naruto inclinó la cabeza.
—Pensaba en lo que ha dicho.
—¿Y le parece bien?
—En realidad, no recuerdo la última vez que hablé con alguien que tuviera tanto sentido común —dijo, lentamente—. Está muy bien saber qué se quiere en la vida.
—¿Y usted lo sabe?
¿Cómo responder a esa pregunta? Naruto sabía que había ciertas cosas que no podía decir. Pero es que era tan fácil hablar con esta chica. Estaba cómodo con ella, aunque algo en su interior ardiera de deseo por ella. Habitualmente, no era normal mantener ese tipo de conversaciones cuando se acababa de conocer a alguien pero, de algún modo, entre ellos surgió de manera natural.
Al final, Naruto dijo:—Cuando era más joven, hice una serie de promesas. Y ahora intento vivir mi vida acorde a esas promesas.
Ella lo miró con curiosidad, pero la buena educación le prohibió hacer más preguntas.
—Dios mío —dijo ella, con una sonrisa un tanto forzada—, nos hemos puesto muy serios. Y yo que creía que estábamos hablando de quién lo había pasado peor esta noche.
En ese momento, Naruto se dio cuenta de que los dos estaban atrapados. Atrapados por las convenciones y las expectativas sociales.
Y fue entonces cuando se le ocurrió algo. Una idea extraña, loca y terriblemente brillante. También era bastante peligrosa, ya que implicaba compartir muchos momentos con Hinata, algo que seguro lo llenaría de deseo insatisfecho, pero Naruto se enorgullecía de tener mucho control sobre sí mismo y estaba seguro de que no sucumbiría a sus instintos más básicos.
—¿No le gustaría tomarse un respiro? —preguntó, inesperadamente.
—¿Un respiro? —repitió Hinata, sorprendida. Mientras bailaban, miró a su alrededor—. ¿De las fiestas?
—No exactamente. Creo que tendrá que seguir acudiendo a las fiestas y a los bailes. Lo que tengo en mente implicaría más tomarse un respiro de la persecución de su madre.
Hinata estuvo a punto de atragantarse por la sorpresa que le produjo el comentario.
—¿Vas a eliminar a mi madre de la vida social? ¿No le parece una decisión un poco extrema?
—No estoy hablando de eliminar a su madre de la vida social, sino a usted.
Hinata se tropezó con su propio pie y, cuando recuperó el equilibrio, tropezó con los de Naruto.
—¿Cómo dice?
—Cuando volví, mi intención era evitar todo este circo —le explicó—. Pero estoy descubriendo que me va a resultar totalmente imposible.
—¿Por qué de repente no puede pasar sin ratafía y limonada aguada? —se burló ella.
—No —dijo Naruto, ignorando todo el sarcasmo de Hinata—.Mas bien porque me he encontrado con que la mitad de mis amigos de la universidad se han casado y, ahora, sus esposas parecen obsesionadas con ofrecer una gran fiesta...
—Y le han invitado.
Naruto asintió, sonriente.
Hinata se le acercó, como si le fuera a confesar un secreto.
—Es un duque —dijo—. Puede decir que no.
Observó con fascinación cómo se le tensaba la mandíbula.
—Esos hombres —dijo—, sus maridos...son mis amigos.
Hinata notó que se estaba riendo, aunque estuviera mal.
—Y usted no quiere herir los sentimientos de sus esposas.
Naruto hizo una mueca, incómodo por el cumplido.
—Vaya, vaya —dijo Hinata, con picardía—. Si al final resultará que es un buen hombre.
—No soy bueno —dijo él, muy seco.
—Puede, pero tampoco es cruel.
Los músicos dejaron de tocar y Naruto le ofreció el brazo para guiarla hasta el perímetro del baile. Estaban en el lado opuesto a los Hyuga, así que tenían tiempo para continuar su conversación mientras caminaban lentamente.
—Lo que intentaba decirle —continuó Naruto —, antes que me interrumpiera, es que, al parecer, tendré que asistir a muchas fiestas.
—Un destino casi peor que la muerte.
Naruto ignoró el comentario.
—Y supongo que usted también deberá acudir a todas.
Hinata asintió.
—A lo mejor hay una manera de que me pueda librar de las hermanas Haruno y sus semejantes y, al mismo tiempo, usted pueda ahorrarse los intentos de emparejarla de su madre.
Hinata le miró a los ojos.
—Continúe.
Naruto la miró con intensidad.
—Nos comprometeremos.
Hinata se quedó callada. Sencillamente, lo miraba intentando decidir si era el hombre más maleducado que había conocido o si estaba loco.
—No será un compromiso de verdad —añadió Naruto, impaciente—. Dios mío, ¿qué clase de hombre cree que soy?
—Bueno, ya me habían advertido sobre su reputación —dijo Hinata—. Y esta misma noche trató de intimidarme con sus encantos, en el pasillo.
—No es verdad.
—Claro que lo es —dijo ella, dándole un golpe en el brazo—. Pero le perdono. Estoy segura de que no pudo evitarlo.
Naruto parecía sorprendido.
—Ninguna mujer me había tratado nunca con tal condescendencia.
Ella levantó los hombros.
—Seguro que sí, pero hace mucho tiempo y no lo recuerda.
—¿Sabe una cosa? Al principio, creí que seguía soltera porque sus hermanos habían ahuyentado a todos sus pretendientes, pero ahora empiezo a preguntarme si no lo habrá hecho usted solita.
Para su sorpresa, Hinata sólo rió.
—No —dijo—. No me he casado porque todos los hombres me ven como a una amiga. Ninguno me ve como a una mujer de la que podrían enamorarse —sonrió—. Excepto Jiga, claro.
Naruto reflexionó sobre sus palabras un instante y se dio cuenta de que Hinata podía sacar mucho más de aquella situación de la que había creído en un principio.
—Escuche—dijo Naruto—, y escuche con atención, porque ya casi hemos llegado donde está su familia y Neji nos está mirando como si fuera a asaltarnos en cualquier momento.
Los dos miraron a la derecha. Neji seguía atrapado por las hermanas Haruno. No parecía muy contento.
—Mi plan es el siguiente —continuó Naruto, hablando en voz baja y serena—. Tendremos que hacer ver que entre nosotros ha saltado la chispa. Y me libraré de las debutantes porque ya no seré un hombre disponible.
—Eso no es así —le rectificó Hinata—. No lo verán como tal hasta que esté delante del obispo pronunciando sus votos.
Sólo la idea hizo que se le revolviera el estómago.
—Tonterías —dijo—. A lo mejor tardan un poco de tiempo, pero estoy seguro de que, al final, podré convencer a toda la sociedad de que no estoy disponible para el matrimonio.
—Excepto conmigo —añadió Hinata.
—Excepto con usted —dijo—, pero nosotros sabremos que no es verdad.
—Por supuesto —dijo Hinata—. Honestamente, no creo que funcione, pero si está tan convencido...
Lo estoy.
—¿Y yo qué consigo?
—En primer lugar, si su madre cree que estoy interesada en usted, dejará de pasearla de hombre en hombre.
—Algo engreído de su parte —dijo ella sonriendo—, pero cierto.
Naruto ignoró, una vez más, el comentario.
—Y en segundo lugar —continuó—, los hombres están más interesados en una mujer cuando otro hombre se interesa por ella.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Quiere decir, sencillamente, y perdone el engreimiento —dijo, lanzándole una sardónica mirada para demostrar que había escuchado su sarcástico comentario anterior—, que si todos creen que voy a convertirla en mi duquesa, todos esos hombre que sólo la consideran una buena amiga, empezarán a mirarla con otros ojos.
Hinata apretó los labios.
—¿Y eso quiere decir que, cuando suspenda el compromiso y me abandone tendré una legión de pretendientes a mis pies?
—Oh, por favor, le concederé el placer de decir que ha sido usted la que se ha echado atrás.
Naruto vio que Hinata ni se molestó en darle las gracias.
—Sigo pensando que yo gano mucha más que usted en todo esto —dijo ella.
Naruto le apretó suavemente el brazo.
—Entonces, ¿lo hará?
Hinata miró a la señora Haruno, que parecía un ave de presa, y a su hermano, que parecía que se había tragado un hueso de pollo. Había visto esas mismas caras decenas de veces, aunque en las facciones de su madre y de algún posible pretendiente.
—Si —dijo, con firmeza—. Lo haré.
—¿Por qué crees que tardan tanto?. Hanna Hyuga tiró de la manga de la chaqueta de su hijo, incapaz de apartar la mirada de su hija que, al parecer, había llamado la atención del duque de Namikaze. Sólo llevaban una semana en Londres y ya se habían convertido en la bomba de la temporada.
—No lo sé —respondió Neji, mirando aliviado las espaladas de las mujeres Haruno, que se alejaban hacia su próxima víctima—. Pero parece que lleven horas caminando.
—¿Crees que al duque le gusta Hinata? —preguntó Hanna, emocionada—. ¿Crees que nuestra Hinata realmente tiene alguna posibilidad de convertirse en duquesa?
A Neji se le llenaron los ojos de impaciencia e incredulidad.
—Madre, tú misma le dijiste a Hinata que ni siquiera debían verla en público con el duque y ahora piensas en casarlos. Increíble.
—Mis palabras fueron prematuras—dijo, agitando la mano en el aire—. Está claro que es un hombre muy refinado y con buen gusto. Y, si puedo preguntarlo, ¿cómo sabes tú lo que le dije a Hinata?
—Me lo dijo ella, claro —mintió Neji.
—Hmmmmph. Está bien. Además, estoy convencida que Mebuki Haruno no olvidará esta noche mientras viva.
Neji abrió los ojos como platos.
—¿Intentas encontrarle un marido a Hinata para que sea feliz como esposa y como madre o sólo quieres ganar a la señora Haruno en la carrera hasta el altar?
—Lo primero, por supuesto —respondió Hanna, enfadada—. Y me ofende que pienses que me muevo por otro motivo. —Apartó la mirada de Hinata y el duque lo justo para dirigirla hacia la señora Haruno y sus hijas—. Aunque no me importará ver su cara cuando descubra que ha sido Hinata la que se ha llevado el gato al agua.
—Madre, no tienes remedio.
—No. A lo mejor no tengo vergüenza, pero sí tengo remedio.
Neji agitó la cabeza y dijo algo incomprensible entre dientes.
—Hablar entre dientes es de mala educación —dijo Hanna, sólo para molestarlo. Luego vio que Hinata y el duque se acercaban—. ¡Ya están aquí! Neji, compórtate. ¡Hinata! ¡Duque!—Hizo una pausa hasta que la pareja se detuvo frente a ella—. Por lo que veo, habéis disfrutado del baile.
—Mucho —dijo Naruto—. Su hija es grácil y encantadora en partes iguales.
Neji dio un resoplido de incredulidad.
Naruto lo ignoró.
—Espero que tengamos el placer de volver a bailar juntos muy pronto.
A Hanna se le iluminó la mirada.
—Estoy convencida que a Hinata le encantaría. —Y como Hinata no dijo nada, Hanna añadió—. ¿No es verdad, Hinata?
—Por supuesto —respondió ella, con recato.
—Seguro que su madre no sería tan permisiva de dejar que me concediera otro baile —dijo Naruto, con ese aire de cortés duque—, pero espero que nos dé su permiso para dar un paseo por el salón de baile.
—Acabáis de dar un paseo por el salón —dijo Neji.
Naruto volvió a ignorarlo.
—Nos mantendremos siempre donde usted pueda vernos, por supuesto —le dijo a Hanna.
El abanico de seda que Hanna tenía en la mano empezó a agitarse a toda velocidad.
—Sería un honor. Bueno, para Hinata sería un honor. ¿No es así, querida?
Hinata era la viva imagen de la inocencia.
—Por supuesto.
Entonces, bastante malhumorado, Neji dijo:
—Y yo iré a tomarme un vaso de coñac porque creo que me estoy poniendo enfermo. ¿Qué diablos está pasando aquí?
—¡Neji! —exclamó Hanna. Se giró hacia Naruto—. No se lo tenga en cuenta.
—Nunca lo hago —dijo Naruto afablemente.
—Hinata —dijo Neji—. Sería un placer ser tu acompañante.
—Neji —dijo Hanna—. Si no van a salir del salón, no creo que tu hermana necesite ningún acompañante.
—No, insisto.
—Podéis marcharos —les dijo Hanna a Hinata y a Naruto, mientras agitaba una mano—. Neji irá dentro de un momento.
Neji hizo ademán de irse detrás de ellos, pero Hanna lo sujetó por la muñeca.
—¿Qué diablos crees que estás haciendo? —le dijo, en voz baja.
—¡Proteger a mi hermana!
—¿Del duque? No puede ser malo. En realidad, me recuerda a ti.
Neji hizo una mueca.
—Entonces, puedes estar convencida de que necesita mi protección.
Hanna le dio un golpe en el brazo.
—No seas tan sobreprotector con ella. Si Namikaze hace el más mínimo intento de sacarla al balcón, te prometo que te dejaré ir a rescatarla. Sin embargo, hasta que eso, que es tan improbable, suceda, te pido por favor que dejes que tu hermana disfrute de su momento de gloria.
Neji miró a Naruto.
—Mañana mismo lo mataré.
—Dios mío —dijo Hanna, agitando la cabeza—. No sabía que fueras tan obsesivo. Se supone que, como madre tuya que soy, debería saberlo, sobre todo porque eres el mayor y, por lo tanto, eres al que más conozco pero...
—¿Ése no es Sai? —la interrumpió Neji.
Hanna parpadeó y luego entrecerró los ojos.
—Si, sí que lo es. ¿No es magnífico que haya regresado antes de tiempo? Cuando lo vi, hace una hora, casi no me lo podía creer. De hecho, pensaba...
—Será mejor que vaya con él —dijo Neji—. Parece aburrido. Adiós, madre.
Hanna observó como Neji se alejaba, posiblemente huyendo de su charla aleccionadora.
—Tonto —dijo, en voz baja.
Sus hijos seguían cayendo en sus trampas. Cuando empezaba a hablar de nada en particular, desparecían en un santiamén. Suspiró, satisfecha, y volvió a mirar a su hija, que estaba al otro lado del salón, con la mano apoyada cómodamente en el antebrazo del duque. Hacían muy buena pareja. Sí, pensó Hanna, con los ojos algo llorosos, su hija sería una magnífica duquesa.
Entonces buscó a Neji, que estaba donde ella quería que estuviera: lejos. Podía sentir una sonrisa interna del corazón. Los hijos eran tan fáciles de manejar. Entonces, la sonrisa se convirtió en una mueca cuando vio que Hinata volvía del brazo de otro hombre. Los ojos de Hanna escrutaron el salón hasta que encontró al duque. Maldición, ¿qué diablos hacía Namikaze bailando con Sâra Haruno?
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Continuará...
