Título: Indiscreto.
Personajes: Don, Gilda, Ray.
Pairings: Don x Gilda.
Línea de tiempo: Después de la caída de Goldy Pond.
Advertencias: Disclaimer Yakusoku no Neverland/The Promised Neverland; los personajes no me pertenecen, créditos a Kaiu Shirai y Posuka Demizu. Posible y demasiado OoC [Fuera de personaje]. Situaciones dramáticas, vergonzosas, cómicas y poco románticas. Nada de lo ocurrido aquí tiene que ver con la serie original; todo es creado sin fines de lucro.
Clasificación: K
Categoría: Comedia, Romance.
Total de palabras: 2320
Nota de autora: Yo sólo me encontré el fanart... así que le hice una historia. Fin.
Summary: Ray se pregunta seriamente cómo demonios es que Don continuaba enamorado de Gilda luego de semejante rechazo.
—¿Desde hace cuánto te gusta Gilda?
Después de oír la pregunta, Don se atraganta con su bebida, y luego de perder más dignidad al toser como si acabara de salir del agua tras estar a punto de ahogarse, deja su taza de té descansando sobre sus rodillas. Sus ojos oscuros, brillantes en lágrimas y en horror, observan en dirección a la persona que fue a preguntarle semejante cosa justamente a esas horas, justamente en ese momento.
—Ray, qué demonios —Don no puede evitar soltar la supuesta palabrota que trae atorada en la garganta, pero al mayor no parece molestarle. Está tan calmado que incluso continúa tomando de su propio té—. ¿De dónde sacaste esa idea?
La risilla nerviosa, y la evasión de contacto visual que hace Don al terminar la interrogación, no hacen más que dejarlo claro todo. Ray piensa que su hermano no podría ser más obvio, o más estúpido.
—Bueno, no sé —se hace el desentendido, porque nada es mejor para una noche de vigilia, en medio de un desierto donde podrían morir siendo comida de monstruo, que inmiscuirse en los problemas amorosos de tus hermanos menores—. Quizás es que últimamente andas muy pegado a ella cuando volvemos al refugio.
—Qué. No, yo no... Eso no es...
Las excusas definitivamente no son el fuerte de Don. Ni siquiera es capaz de crearse una en una situación en la que solamente una, por más simple que fuera, podría salvarle el pellejo.
Ray se ríe, porque es tan gracioso. Tan ridículo. Tan jodidamente tierno y patético que no puede sino desear ayudarlo a salvarse de su desastre.
Deja a un lado su bebida y se estira en su sitio. Don ya ha dejado de murmurar incoherencias, y ahora sólo está bebiendo mientras su cara está roja, y mira a cualquier lado que ni fuera su hermano mayor. Ray sonríe de medio lado, y tras dar una ojeada a sus otros compañeros de excursión, cerciorándose de que todos estuviesen en el quinto sueño (en especial Emma, la más peligrosa), regresa toda su atención al moreno y pone una mano sobre su hombro, sacándole un respingo demasiado fuerte, que casi tira su té sobre la fogata enfrente de ambos.
Una vez ha logrado que el menor vuelva a mirarle, aunque con un temor extraño, quita la mano y suelta un suspiro cansado.
—No hay problema, no se lo voy a decir a nadie. Menos a Gilda —asegura vagamente. Aun así, Don mantiene ese rostro de horror en todo momento—. Y tampoco me voy a entrometer.
—Entonces... ¿Qué harás?
—Nada. ¿Tenía que hacer algo acaso? —pregunta, sinceramente confundido. Nunca tuvo planes de hacer algo con respecto a esa información, porque obviamente no le incumbe, y no traía más que problemas y otros desastres. Demasiado trabajo.
Ve a Don soltar un largo suspiro, de alivio claramente. Vuelve a tener una postura de relajo y la sonrisa de siempre.
—Ah, pensé que me darías algún tipo de sermón o algunos consejos. —Se ríe el moreno.
—No soy tu padre, y no me atraen estas cosas. Si quieres hacer algo tú, hazlo, no me molesta. Te apoyo, pero ni pienses que voy a sostener un cartel mientras declaras tu amor a Gilda.
—Oh, vamos. Eso hubiera estado genial. —Suelta un quejido de tristeza y decepción, que no hace más que dar gracia a Ray, que no puede evitar soltar una risa corta.
La conversación se detiene ahí, porque no es como que a Ray le encantara hablar por más de cinco minutos sobre cuestiones amorosas, y Don realmente ya no sabía qué tema sacar para abrir otra ventana de palabras y charla sin sentido, su cabeza estaba más ocupada procesando el hecho de que, en serio, sí le gustaba Gilda y ya alguien lo sabía, y si ese alguien lo sabía, obviamente otro alguien lo sabría. Todo estaba yendo por un camino bien escapado, casi imposible de no tropezar de pronto, aunque en principio o al final fuera con los propios pies.
En los siguientes días no se vuelve a hablar del tema. Nadie más que Ray sabe sobre su situación sentimental.
Volver a casa (al refugio donde ya casi nadie cabe) siempre es un increíble logro, y siempre todos se ponen inmensamente felices. Es prácticamente algo que festejar con una gran cena, así que eso se vuelve una tradición. Una a la que Yūgo sigue oponiéndose porque no le gusta cocinar tanto en fechas que no fueran festivas —pero bien que, a pesar de ello, le pone mucho amor a la comida y eso ni él es capaz de negarlo—.
Sólo que los regresos no suelen durar mucho, porque Emma pronto dice que ha encontrado otro lugar en el cual buscar. Así que ella y su predilecto equipo de exploradores deben prepararse de nuevo para partir, pese al descontento de algunos con ese hecho y la rapidez con la que vuelven a desaparecer, con la incertidumbre de tal vez ya no regresar.
—¡¿Otra vez?!
La voz de Gilda resuena por todo el cuarto de cocina, y tanto Emma como Don se encogen de miedo. Ray no, porque Ray le tenía miedo solamente a su madre, y tal vez también a los demonios.
—Sí, sé que es repentino pero...
—No, no, no. Acaban de llegar —afirma la jovencita con redondos anteojos, y su voz suena casi triste, pero más molesta que nada. Mira con reproche a los chicos enfrente suyo, sus preciados hermanos—. Al menos tómense un mes o dos. Llevan casi un año fuera, y se quedan muy poco tiempo. No está bien.
—No tenemos tiempo, Gilda. —Intenta convencer su hermana mayor, pero ni con eso logra hacer que Gilda deje de fruncir el ceño.
Lo que sigue es una larga discusión de por qué deben irse otra vez, aún cuando acababan de llegar. Y todo se oye más triste que molesto, pero Ray agradece que los niños estuvieran siendo cuidados por Yūgo y Lucas y no tuvieran que estar escuchándolos discutir en ese momento. Nada peor que ver gritar a los mayores entre ellos.
Bueno, las únicas que gritaban eran Emma y Gilda. Don y Ray solamente observaban de lejos, preparándose por si necesitaban separarlas de alguna pelea en algún momento. Aunque para suerte de ambos, eso no fue necesario.
Y el acuerdo terminó en que se irían en una semana.
Gilda se había puesto triste luego de eso. Terminó por enojarse demasiado, a tal punto en el que ya no quería hablar con Emma debido a lo peligroso que era el deseo (deber) de su hermana para encontrar el lugar aquel, y que no la escuchara cuando decía que debía cuidar más de sí misma. Porque esa niña nunca escuchaba a nadie más que a sí misma y su innato sueño de salvarlos a todos.
Don suspira. De alguna manera, él también había terminado involucrado en la supuesta pelea de las chicas. Él y Ray, quien también era ignorado. Todos eran ignorados. Una pelea infantil que de pronto se volvía cada vez más dolorosa con el pasar de los días.
Y ya dentro de poco tendría que irse otra vez.
—No me podré despedir... —lloriquea, tapándose la cara y recostándose contra Ray, quien de pronto ya parece más alto que él.
El azabache suelta un vago sonido de afirmación, mientras come una manzana y mira aburrido hacia las plantas del invernadero. Don continúa quejándose en voz baja sobre lo sentimentales que eran las chicas y cómo no las entendía, mientras el hermano mayor sólo asentía de vez en cuando sin prestarle verdadera atención, porque estaba más interesado en saber si habrían cultivado suficientes papas como para un estofado decente. Pese a eso, también buscaba una manera de ayudar al pobre y patético chico que tenía quejándose en uno de sus hombros.
—Tal vez deberías intentar hablar con ella otra vez.
—¡Cada vez que lo intento me ignora! —Exclama dolido, agarrando de la camisa a Ray para empezar a zarandearlo, en medio de su reciente desesperación—. ¡¿Qué se supone que haga si cada vez que la saludo me da la espalda y se va a llorar a la lavandería?!
—¿Y tú cómo sabes que llora en la lavandería? —frunce el ceño, en alud de sospecha.
—Ah, es que la otra vez fui a llevar algo allá y me la encontré. No pude hacer nada para consolarla porque al verme me tiró una cesta de ropa sucia y salió corriendo.
Ray se pregunta seriamente cómo demonios es que Don continuaba enamorado de Gilda luego de semejante rechazo.
Pero decide no hacer preguntas sin sentido.
—Bueno, no hay nada que puedas hacer. Así que mejor ayúdame a cocinar.
—¡Oh, eso suena a una buena idea, Ray! ¡Le prepararé algo para que ya no me ignore!
Ray vuelve a fruncir el ceño.
—¿Cómo llegaste a esa idea?
Pero antes de conseguir una respuesta apropiada, Don sale corriendo. Ray ni siquiera necesita preguntarse a dónde estará dirigiéndose, así que solamente le queda terminar su manzana e ir tras él, a cuidar que no fuera a incendiar la cocina en su intento de hacer las paces con Gilda.
Toca la puerta un par de veces, pero no recibe respuesta inmediata, ni tardía. Vuelve a tocar y todo continúa en silencio, así que piensa que tal vez ella no se encuentre en ese lugar. Pero sabe que eso no podría ser porque a esas horas ella no iba a otro sitio.
Rendido, y con las manos sujetando temblorosas una taza de chocolate caliente (perfecto para una noche de invierno), se decide a abrir la puerta y pasar a la habitación.
—Gilda, perdón por...
Se calla en cuanto se da cuenta de que la niña está, de hecho, dormida sobre un escritorio, entre un montón de papeles. Observa su alrededor, buscando indicios de alguna otra persona que estuviera ayudándola con eso, pero la biblioteca está vacía. Eso no le da del todo una buena sensación, y tal vez se siente muy culpable, porque se supone que ellos dos eran quienes pasaban el rato juntos cuando no estaban los demás.
Más nervioso que antes, se acerca hasta ella. La escucha respirar con suavidad y deja la taza sobre la mesa, un poco apartada de los papeles para que no fuera a ensuciarlos. En eso nota que se tratan de rutas, un montón de ellas todas dirigiéndose a diferentes ciudades en las que no habían ido antes.
Don sonríe a medias. Ella estaba intentando ayudar, por supuesto, aún cuando estaba molesta con todos ellos por siempre abandonarla. Y ese hecho no hace más que hacerlo sentirse más y más culpable.
De repente, la ve removerse y temblar en su sitio, así que rápidamente intenta irse para no despertarla —no tiene ganas de ser ignorado de nuevo por ella, ya era suficiente por esos últimos días—, pero se detiene antes de dar la vuelta. Con una idea en mente, se quita de encima la chaqueta blanca que se había puesto esa mañana, que no combinaba con lo restante de su atuendo, y la coloca suavemente sobre la chica, cuidando el no obligarla despertarse.
Con su misión ya terminada, sonríe orgulloso y se dispone a salir de allí. Pero otra vez se detiene y la mira, sólo por otro par de segundos.
Segundos que de pronto se convierten en minutos.
De repente, observa a los lados una y otra vez, y sus mejillas se tiñen de suave rosa. Por último, respira hondo y, acercándose a Gilda, le planta un beso en la mejilla justo antes de ver, con horror, cómo ella abre de golpe los ojos.
Se aparta a toda velocidad.
—¡Pe-pe-perdón!
Y seguido de eso, sale corriendo de la habitación, dejando a Gilda sola y con la cara más roja que un tomate, junto con una expresión de sorpresa que no se compara a ninguna otra.
Más tarde, Don está escondiéndose bajo las mantas de su cama, con Ray sentado en su propia cama, a un lado de la suya, leyendo un libro de cocina. Tan despreocupado, sin notar los murmullos de horror que soltaba el moreno de vez en cuando ante su intento frustrado de regalarle un beso discreto a la chica que le gustaba.
—¿Quieres saber cómo me di cuenta de que te gustaba Gilda?
Don no le contesta, sino que se oculta más entre sus sábanas. Aunque se niegue, Ray no se va a detener.
Porque está sonriendo con burla. Estuvo esperando ese momento, sólo ese momento, para decirle que:
—La discreción no es lo tuyo. Eres estúpidamente obvio.
—¡Lo sé!
Sólo le queda esperar a que Gilda no fuera a llamarlo pervertido más tarde.
fin.
