-Insustancialidad-
Capítulo 1. Ser feliz
La noche en la que todo aquello comenzó era despejada y gélida. Hacía frío, uno de los que calan los huesos y entumecen los dedos de las manos.
La pregunta que surge de estas escasas palabras es fácil: ¿qué fue exactamente lo que comenzó? ¿La historia de amor entre Ban y Jericho? No, en realidad a eso no se le puede llamar así, puesto que, si bien una de las partes sentía amor, la otra se mostraba impasible ante ese hecho. Diremos, por tanto, que aquella noche empezó la historia entre Ban y Jericho.
El viaje para resucitar a Elaine continuaba. Era completamente surrealista, pues Jericho viajaba junto al hombre que amaba para conseguir la vuelta a la vida de la mujer de la que él estaba enamorado. Era altruista y generosa, sí, pero, a veces, también consideraba que era estúpida.
¿Tenía algún sentido seguir haciendo aquello? Para colmo, había gastado todos sus ahorros pagando alojamientos y borracheras. Al principio, Ban era el único que se embriagaba, pero, en los últimos días, hastiada por el sentimiento de pesadumbre que tenía instalado en el centro del pecho, Jericho empezó a beber alcohol también.
Y esa noche allí estaban los dos, en una habitación llena de mugre y con una única cama y algo borrachos.
Con los efectos del alcohol pululando por su cerebro, Jericho se sentó en la cama y cruzó las piernas. Le hizo un gesto a Ban con la mano para que se sentara al lado de ella mientras le sonreía y los ojos le brillaban por los tragos que se había tomado de más. La manta era tosca y molestaba al tacto.
Tenía pensado irse a la mañana siguiente, porque no creía que mereciera seguir acompañándolo, porque le daba la sensación de que todo lo que sentía la estaba llevando a obsesionarse. Por eso, decidió que tendrían una última charla los dos solos.
El hombre la miró desde arriba, pues estaba de pie en el centro de la habitación. La miraba con fijeza, con asombro por sus propios pensamientos y con frustración. No estaba tan borracho, no lo estaba y, sin embargo, no podía dejar de pensar que la chica le atraía. Que, por un rato, desearía librarse de la pesada carga que la soledad le suponía y acercarse a ella.
Pero, después de eso, ¿qué?
–Ban, ¿te puedo preguntar algo?
La voz de la joven lo sacó de sus cavilaciones. Se dirigió hasta el borde de la cama y se sentó dejando unos palmos de distancia entre su cuerpo y el de Jericho. Miró hacia el frente y asintió simplemente para dar pie a que ella siguiera hablando.
–¿Qué tienes pensado hacer cuando todo esto de los Mandamientos acabe? Sé que es una pregunta un tanto difícil. A mí me gustaría hacer muchas cosas –lo último lo dijo en un susurro tenue–. Entre ellas, por supuesto, convertirme en Caballera Sagrada para demostrarle a mucha gente que sí valgo. Aunque nadie crea en mí, lo haré –finalizó, esta vez con una voz mucho más decidida.
En realidad, no quería demostrarle a mucha gente que valía, solo bastaba con cuatro personas: su hermano, cuya sombra siempre la persiguió, su padre, que fue la principal voz acusatoria que le decía una y otra vez que nunca podría alcanzar sus metas, el recuerdo de su madre, que aunque era tenue debido a que murió cuando era una niña, siempre la acompañaba y, sobre todo, a ella misma.
Jericho necesitaba urgentemente demostrarse a sí misma que servía para algo, que tenía el reconocimiento de alguien, que alguna persona, una aunque fuera, viera mucho más allá de su apariencia. Que alguien pudiera ver que estaba rota desde hacía muchos años, que no era feliz, que su vida era un sinsentido que, como una bola de nieve, se agrandaba cada vez más.
–Yo sí creo en ti –soltó Ban distraídamente, aún sin mirarla.
Lo dijo como el que habla sobre el clima, de manera despreocupada, como si no fueran palabras importantes, como si no hicieran a Jericho sentir que era trascendental para una persona en aquel mundo asqueroso que siempre la había repudiado.
–Gracias… –musitó despacio, mirando hacia la manta raída y curvando los labios ligeramente.
Ban, al fin, se atrevió a mirarla. A pesar del frío de aquella noche de invierno, llevaba poca ropa. Las piernas desnudas lo llamaban a posar allí sus manos, a recorrerlas por completo. Recordó, en ese momento, la pregunta que hacía un solo instante la chica había formulado: ¿qué tenía pensado hacer en el futuro? No lo sabía en realidad, pero un impulso proveniente de la espina dorsal le obligó casi a moverse, a hacer algo que pensaba que afectaría a su presente o, en caso extremo, a un futuro inmediato, pero no que cambiaría el curso de su vida y su destino, como acabaría haciendo.
Ban se movió casi por inercia, levantó el rostro de Jericho y la besó. Con fuerza, con rabia, con insistencia. La besó con frustración porque sabía que no se estaba comportando correctamente, sabía que otro gran pecado se sumaría a su lista, pero le daba igual.
La chica, atónita por aquella reacción tan repentina e inesperada, llevó sus manos hasta las mejillas de Ban e intentó ralentizar el beso para hacerlo más especial, para sentir amor en sus labios. Sin embargo, él no la dejó porque, claro, en ese vaivén de labios había de todo menos amor, había muchos sentimientos encontrados; deseo, ira, placer y un tinte minúsculo de culpa que Ban intentaba ignorar. De todo menos lo que Jericho necesitaba.
A pesar de todo, en ese momento, fue feliz. Y lo fue porque pensaba que, al fin, estaba siendo correspondida. Comenzó a mover la lengua en una lucha sin cuartel. Si Ban la quería dulce y delicada, lo sería. Si Ban la quería salvaje y pasional, lo sería. Hasta ese punto había llegado su amor; a convertirla en una marioneta al servicio del Pecado de la Codicia, aunque aquella fuera la última voluntad del hombre. Su cerebro había creado una fantasía en la que el ansia de reconocimiento dominaba sus acciones. Por eso estaba a su merced sin que él siquiera se diera cuenta, porque las palabras y actos de Ban la habían llevado a una dimensión en la que no sentía repulsión por ella misma y en la que era feliz; en la que se aceptaba y sus traumas no existían.
Ban levantó a Jericho de la cama, envolviendo después sus piernas en su cintura, sin pensarlo demasiado porque si lo hacía la racionalidad haría que parara y necesitaba eso tanto como alguien que lleva días sin probar un bocado necesita comida. Necesitaba volver a sentirse vivo porque, a pesar de su inmortalidad, se sentía más muerto que nunca. Y, sin saberlo, aquella unión hacía que Jericho experimentara exactamente lo mismo. Los dos, juntos, estaban vivos, eran trascendentales para alguien más; los dos, juntos, tenían la sensación de que la vida tenía algo de sentido.
Sin dejar de besarla, prácticamente le arrancó la poca ropa que llevaba y se deshizo de la suya, que le quemaba como si alguien le hubiese arrojado un puñado de brasas ardiendo.
Se introdujo en ella con fuerza y con ímpetu mientras la apoyaba contra la pared de la pequeña habitación, sin pensar en el placer de Jericho, sin pensar casi en su propio placer, sin pensar en lo que estaba sucediendo. Lo único que pasaba por su cabeza era que lo que estaba pasando en aquel cuarto de esa posada era una necesidad para él. Escondió su rostro en el hueco que se formaba entre el cuello y el hombro de Jericho y en ningún momento más la besó y tampoco la miró.
Jericho cerró los ojos y los apretó por el incipiente dolor que sintió proveniente de aquel –su primer– acto sexual. Arañó con sus uñas la espalda de Ban, haciendo que saliera algo de sangre, pero ¿acaso eso importaba en una persona que era inmortal y cuyas heridas se regeneraban solas?
No, no fue nada de lo que ella había imaginado; ni dulce, ni cuidadoso, ni siquiera un acto nacido en el seno de aquel extraño sentimiento al que los seres humanos llamamos amor. En cambio, fue violento, brusco y, para ella, doloroso en toda su duración. No obstante, seguía siendo feliz.
Cuando todo acabó, Ban se separó de la chica mientras ella apoyaba sus pies descalzos sobre el suelo con cuidado, sin sentir casi sus piernas. De nuevo, él no cruzó miradas con ella y se dio la vuelta para encaminarse y desplomarse segundos más tarde en la cama.
Se quedó dormido enseguida por el agotamiento producido por el sexo, la ligera borrachera que todavía persistía en su sistema y, sobre todo, por el hastío vital que le suponía aquel viaje y la situación en la que se encontraba.
Jericho le miró la espalda y sintió algunas lágrimas recorriendo su rostro; lágrimas de felicidad. ¿Alguna vez había llorado por estar excesivamente contenta? Si eso le había sucedido, no podía recordarlo.
Como pudo, se acurrucó contra el cuerpo del bandido, sintiendo el calor de la desnudez de ambos, y echó sobre los dos una manta para protegerse del frío.
Cuando despertó con los primeros rayos de sol, observó el rostro tranquilo de Ban, quien dormía bocarriba. Se apoyó sobre su propio torso y sus brazos y levantó los hombros y el rostro. Llevó una de sus manos hasta el flequillo plateado que descansaba sobre su frente y lo acarició, para después deslizar las yemas de sus dedos por su mejilla izquierda y la línea que separaba su rostro de su cuello.
Ban, ante el tacto, comenzó a despertar. Le dedicó una mirada muy seria, con los recuerdos de la noche anterior zumbándole en el cerebro. Ahora sí, era hora de la llegada aplastante del sentimiento de culpa, de imaginarse a Elaine sonriendo, de darse cuenta de que había jugado con los sentimientos de una chica que estaba perdida y absurdamente enamorada de una escoria como él.
–Buenos días –susurró Jericho sonriendo con tranquilidad.
–¿Qué haces? –espetó tan fríamente que la sonrisa del rostro de la chica se desvaneció–. Vístete. Nos tenemos que ir.
Jericho se levantó como un resorte y sacó más ropa de su bolsa, pues la del día anterior había quedado hecha jirones prácticamente. Mientras se colocaba las prendas y oía las de Ban rozarle la piel, decidió volver a hablar.
–¿Podemos hablar sobre…?
–No –interrumpió él, cortante–. Tenemos prisa.
Cuando acabó, el hombre de cabello plateado salió deprisa de la posada, sin esperarla siquiera, y Jericho se apresuró para alcanzarlo.
Mientras caminaban por una calle poco transitada, la joven iba mirando sus zapatos, a unos tres pasos por detrás de Ban. ¿Qué había cambiado tanto entre ellos para que ahora ni se miraran? La noche anterior fue él quien le dijo que creía en ella, fue él quien la besó y fue él quien se abalanzó sobre ella para hacerle el amor de una forma desesperada.
¿De verdad no había significado absolutamente nada?
–Ban –lo llamó de nuevo, aunque ni siquiera recibió respuesta.
Siguió mirándole la espalda un rato más hasta que aceleró el pasó y se colocó al lado de él. Bajó la vista y se dio cuenta de que sus manos estaban muy cerca, casi a punto de rozarse. Las ganas de agarrar su mano eran enormes, mas se contuvo.
¿Podrían, algún día, pasear con las manos entrelazadas?
–Ban, lo de anoche fue…
–Lo de anoche nada, Jericho. –interrumpió otra vez–. Lo de anoche no fue, no sucedió, no existió. Olvídate de eso, ¿de acuerdo? –calló durante unos segundos, pero luego prosiguió–. Estábamos borrachos. Los dos.
Jericho se quedó parada porque sus piernas dejaron de funcionar. ¿Cómo que no fue? ¿Cómo que estaban borrachos? Puede ser que estuviera algo afectada por el alcohol, pero lo recordaba todo, absolutamente todo con claridad. Y sabía que Ban tampoco estaba en tan mal estado, pues, literalmente, lo había recogido en más de una ocasión de la mesa de alguna taberna completamente inconsciente.
Al cabo de poco tiempo y viendo que la silueta del hombre se alejaba, meneó con insistencia su cabeza de un lado a otro, olvidándose de las palabras que había escuchado salir de los labios de Ban y prometiéndose que más adelante volvería a abordar con él aquel tema. Claro que no tenía previsto todos los acontecimientos que se irían desarrollando.
Esa conversación solo la imaginó, solo sucedió en su mente porque nunca llegó a materializarse en palabras reales.
–Jericho, estás embarazada.
Sentada en el tejado de la casa en donde vivía con Gustaf, Jericho esperaba a Ban. La había citado allí porque tenía que contarle algo.
Llevaban más de un mes sin hablar, desde que Elaine volvió a aparecer aproximadamente, y hacía solo dos días que Jericho se había enterado por boca de su médico de que en su vientre crecía un ser fruto de un arrebato pasional de Ban; fruto, por supuesto, de su entrega y su amor incondicionales también.
¿Debía decírselo?
¿Debía arruinarle la vida y el reencuentro con su amada?
¿Debía arrebatarle su felicidad?
Al llegar, Ban se sentó a su lado sin mirarla y le acarició la cabeza revolviéndole el cabello de forma fraternal. Qué desfachatez tratarla como si fuera una hermana pequeña después de lo que había pasado entre ellos; qué desfachatez tratarla así cuando era el padre de su bebé.
–Una vez –comenzó, deteniéndose después porque no había sido una vez cualquiera, sino aquella vez– me preguntaste que qué tenía pensado hacer en el futuro. En ese momento, no lo sabía, pero ahora no lo puedo tener más claro –dijo mientras sonreía hacia el cielo–. Voy con los Pecados a detener a los Diez Mandamientos y, cuando lo haga, encontraré la manera de resucitar a Elaine. Me casaré y me iré a vivir con ella.
–Jericho, estás embarazada.
Aquellas palabras le retumbaron, de nuevo y con más fuerza que nunca, en el cerebro, en la mente; en el alma.
–Me alegro por ti –profirió ella, escueta.
–Sí… yo también.
Jericho se quedó un momento en silencio. No debería decirlo, no debería, pero lo dijo porque era algo que no se podía guardar dentro o acabaría pudriéndose.
–Ban… ¿qué he significado para ti?
–Te tengo mucho cariño. Ya te dije que eres como mi hermana pequeña.
Sí, era cierto que le había dicho eso, pero tanto en aquella ocasión como en esta había mentido descaradamente. ¿Qué clase de persona hace ese tipo de cosas con alguien a quien considera como su hermana?
–Entonces, ¿qué fue eso? –preguntó dubitativa, sintiendo sus ojos escocer por el inminente llanto–. ¿Por qué… lo hicimos?
–Eso fue… un descuido –dijo Ban y luego se llevó las manos a las rodillas para apretarlas con nerviosismo.
–Un descuido… –repitió ella en voz alta sin darse cuenta.
Ban giró un poco la cara, pero el rostro de Jericho, impasible, no se movió ni un solo centímetro.
–Lo siento, Jericho –susurró con la culpa consumiéndole cada rincón de su cuerpo.
–Yo también –pero aquel perdón no se lo pedía a Ban, sino, más bien, a sí misma porque odiaba el hecho de haberse dejado arrastrar por sus sentimientos.
Ahora le tocaba pagar. Y, por desgracia, no solo a ella.
Se posó, sin que Ban se percatara del significado de aquel acto, la mano derecha en el abdomen, sintiendo la tristeza más grande que había experimentado jamás. ¿Qué culpa tenía ese bebé de que sus padres se hubiesen dejado llevar por la pasión –que en ese momento le otorgó la más grande de las dichas, pero que ahora encontraba como un sinsentido– de esa noche? En realidad, ninguna. Y ella quería que tuviese un padre; lo hacía genuinamente. Sin embargo, no estaba preparada para que Ban lo supiera. ¿La razón? Simplemente porque el Pecado de la Codicia había sufrido demasiado y, ahora que estaba a punto de conseguir la felicidad que tanto había ansiado con la mujer que amaba, no sería ella quien se la arrebatara. Nunca sería capaz de hacerle algo así.
–Espero que seas muy feliz –dijo Jericho con sinceridad.
–Gracias. Sé que tú también lo serás porque te lo mereces. Y, cuando alguien merece algo, tarde o temprano, llega.
A pesar de aquellas palabras de Ban, esa tarde, sentada en el tejado de su casa junto a él, Jericho fue consciente de que nunca había sido ni era ni sería feliz.
Nota de la autora:
Pues sí, he decidido que voy a continuar con esta historia y ha sido, por supuesto, gracias al apoyo que ha recibido. No sabéis cuánto me alegro de que os haya gustado ese one-shot que ahora será el prólogo de esta historia.
No sé exactamente cuántos capítulos va a tener, pero sí que daré mi mejor esfuerzo para escribirla porque me encanta escribir sobre Jericho y Ban y creo que lo merecen y que esta web lo necesita.
Espero de corazón que os guste este capítulo también.
¡Hasta la próxima!
