-Insustancialidad-
Capítulo 2. Errores
Todo había terminado. Y, con ello, el camino que la vida le había preparado a Ban, lo que estaba predestinado para él, se ponía en marcha.
La infame guerra que había tenido sometidos a los Siete Pecados Capitales durante demasiado tiempo había llegado a su fin. La época de los ángeles y los demonios, las princesas y los bandidos, las maldiciones y las pérdidas de seres amados ya no existiría más. Todo había dejado demasiadas huellas en ellos; huellas dolorosas e imborrables, que ahora debían superar de una manera u otra. Y Ban no tuvo que pensarlo demasiado: lo haría al lado de la mujer a la que había amado durante tanto tiempo, que ya no recordaba cómo se podía vivir sin hacerlo y ni tan siquiera cómo y por qué surgió aquel sentimiento.
Aquella noche, estaba en el balcón de su habitación. Una habitación perteneciente a una pequeña casa que ahora era de él y de Elaine. Por fin, su vida era completa. Entonces, ¿por qué sentía tanto desasosiego?
Muchas veces, se sentía aplastado por la cotidianidad, machacado por la genial vida que tanto había anhelado pero que ahora no le llenaba, como si estuviera buscando algo etéreo que no sabía qué era ni dónde se encontraba.
El cielo en aquella zona rural, apartada del bullicio incesante de la ciudad, se veía muy distinto. Habían decidido mudarse lejos de Liones, lejos del Bosque del Rey Hada, lejos de todos y de todo lo que, en otro tiempo, les dañó. Las estrellas brillaban con una intensidad diferente, el cielo tenía otro color –tanto de día como de noche–, el aire entraba en los pulmones de una forma mucho más limpia y profunda y ni siquiera el amor se vivía con la misma vehemencia que cuando no podía estar junto a Elaine.
Mientras observaba aquel cielo que le resultaba tan especial como extraño, perdido entre tantos pensamientos contradictorios, sintió unas delicadas manos acariciándole el estómago y un pequeño cuerpo posándose sobre su espalda. Se quedó, en principio, congelado, sin saber cómo reaccionar. Parecía que estaba soñando aún, pero aquello era la más pura realidad.
Se dio la vuelta y la vio; radiante, sonriente, con la mirada con más luz y bondad que había podido observar jamás. Era absoluta pureza, pero, en ese momento, Ban recordó otro tipo de mirada; unos ojos color miel que denotaban decisión, carácter y generosidad. Un vacío extraño se instaló en su pecho ante ese recuerdo tan vívido, pero intentó concentrarse en lo que tenía delante.
Era Elaine. Era la mujer a la que había amado, a la que había deseado casi con locura, a la que había buscado incesantemente y a la que había prometido que haría suya justo antes de verla sangrar y morir entre sus brazos para salvar a un ser con tan poco valor como él, que siempre se había dedicado a mentir, a robar y a no confiar en absolutamente nadie.
Por eso, aquella noche cumpliría con lo que debía hacer. Llevaba mucho tiempo rehuyendo de sus promesas, recordando a medias otras manos, otro cuerpo, otros besos. Y eso ya no tenía sentido.
Debía seguir su destino, recorrer el camino que le correspondía. Y ese destino no era otro que estar con Elaine, que amar a Elaine. No había otra vía, aunque no supiera ya si aquello era lo mejor para ambos, si aquello era lo que tenía que ser, si aquello era algo que le siguiera ilusionando o que valiese la pena.
Llevó sus manos hacia el rostro de la chica y la impulsó hacia él para besarla de la manera más gentil que conocía. Le parecía casi un pecado tocar aquella piel tan frágil porque temía mancharla con su inmundicia. La había idealizado tanto, que le parecía casi una deidad, un ente perfecto que no merecía que un simple ser humano le arrancase su divinidad.
La siguió besando, como tantas otras veces había hecho, mientras la acariciaba sin cesar y la conducía lentamente a la cama de la habitación. La tumbó allí, en aquella superficie mullida, y le vio el rostro ilusionado y algo nervioso, sonrojado por la inminencia de aquel acto que iba a suceder entre los dos.
Por sí misma, animada por sus sentimientos, por su propia excitación y por las ganas de sentir a Ban uniéndose a ella por completo –algo que llevaba albergando en su interior por demasiado tiempo–, se quitó el vestido, revelando la lechosa piel de su estómago, de sus senos, de su sexo y de su cuerpo entero.
Ban inspiró una gran cantidad de aire a través de sus pulmones, sintiendo cómo su propia excitación subía y se manifestaba en su cuerpo. Se desnudó también y se subió a la cama, bajando la vista para recorrer la desnudez de Elaine, para grabarse cada rincón en la memoria; una desnudez femenina peculiar que nunca antes había presenciado, con unas proporciones un poco más pequeñas y desprovista de curvas definidas, pero que no le disgustaba.
Si comparaba aquella anatomía con el referente más inmediato que tenía del cuerpo de una mujer, las diferencias eran evidentes. No recordaba demasiado bien aquella noche que había compartido con Jericho, pero sí algunos retazos y uno de sus recuerdos era el cuerpo de la chica. Tenía el cuerpo mucho más definido, los pechos con más volumen, era más mujer.
Ban se inclinó sobre el cuerpo de Elaine, recorriendo los pequeños senos con su lengua, preparándola para lo que vendría. Sabía que la virginidad femenina es algo complejo, pues a menudo las mujeres sienten dolor en aquellas primeras veces. Y sabía que, por más cuidado que tuviera, en cierta medida, acabaría dañándola.
–Ban –gimió Elaine contra sus labios después de que este acabara de besar sus pechos y se acercara de nuevo a su rostro–. Yo… yo nunca he hecho esto… –reveló con vergüenza y nerviosismo.
–No pasa nada, yo tampoco –mintió él descaradamente, pero ¿qué podía decirle?
¿Que hacía no demasiado tiempo había tomado a otra mujer cuando le había prometido que ella sería la primera, la única? ¿Que antes había habido algunas otras? No quería ver la decepción en sus ojos tan pronto, no encontrándose los dos en aquella insustancial luna de miel en la que, por el momento, vivían.
Cuando consideró que todo estaba preparado, entró en el cuerpo del hada con sumo cuidado, pero no funcionó del todo, pues observó cómo sus labios se fruncían con fuerza y cómo sus ojos se apretaban en una mueca de dolor.
¿Se habría sentido Jericho también así cuando estuvieron juntos en aquella maltrecha posada? No lo recordaba demasiado bien, pero presentía que sí. Jericho era una chica joven que nunca había pensado en otra cosa que no fuera superar a su hermano, adquirir más fuerza y poder o demostrar su valía como guerrera, así que lo más lógico era que no hubiese estado con otro hombre antes de él.
Aquella noche, mientras le hacía el amor a Elaine, en esa cama no fueron solo dos, porque, durante todo el transcurso del acto, Jericho estuvo presente en la mente del bandido, como si se tratara del fantasma de sus errores; un fantasma que no lo dejaba disfrutar de lo que a la vida tanto le había costado ofrecerle.
–Te quiero, Ban –dijo Elaine, sincera, cuando su unión finalizó.
–Yo también te quiero –y no la engañó; no en eso.
Estaba dispuesto a enmendar sus errores; todos los que había cometido, tanto con Elaine como con Jericho, aunque supiera que para hacerlo con la chica de cabello lila era demasiado tarde.
Se decidió a hacer feliz a Elaine porque, tal vez así, sus remordimientos desaparecerían para siempre, sin saber que la huella que había dejado en Jericho era tan profunda, que no se podría borrar jamás.
Cuando Elaine se quedó durmiendo, totalmente abrazada a su cuerpo desnudo, observó con atención su rostro relajado, su media sonrisa dormida y la tranquilidad que todo su ser emanaba.
Sabía que no merecía su amor y, muy probablemente, el de Jericho tampoco. Sin embargo, este sí sabría aprovecharlo.
No quería dejar pasar la oportunidad de que su alma descansara por fin.
Llevaba cinco meses encerrada en la casa que heredó de Gustaf. Salía prácticamente para lo necesario; comprar víveres para subsistir sin llamar demasiado la atención. No se sentía igual que antes. Desde que recibió la noticia de que iba a ser madre y desde que Ban se fue con Elaine para no regresar, se dio cuenta de que no podría volver a ser la misma.
Por ese entonces, tenía dos opciones: convertirse en alguien mejor que su versión anterior, alguien quien luchara por cumplir sus sueños y proveer a su futuro hijo de un porvenir digno, o abandonarse a su suerte, intentar sobrevivir con lo mínimo y sin planear qué haría cuando diera a luz.
De momento, había escogido la segunda opción.
Recordaba que, desde que habían pasado aquella noche juntos, había podido hablar con Ban en dos ocasiones. La primera, en el entierro de su hermano, donde estaba tan rota de dolor, que la presencia del hombre al que amaba le resultó, en cierto modo, casi prescindible, aunque valorase el apoyo que le estaba brindando, y la segunda, sentados en el tejado de aquella casa que ahora se había convertido en su guarida, donde le habló con palabras que para ella eran carentes de significado.
Ser feliz. Es gracioso que le desees la felicidad a alguien a quien has rechazado de forma sistemática y a quien has ilusionado para nada, dejándole a su cargo algo tan grande que no puede llegar a asimilarlo del todo.
En realidad, Jericho no lo culpaba. ¿Cómo hacerlo, si fue ella quien lo perseguía siempre, quien iba detrás de él fuese donde fuese, quien decidió callar la noticia de que estaba embarazada? Claro que no, culpar a Ban solo sería echar balones fuera, quitarse de encima una responsabilidad que solo le pertenecía a ella.
Realmente, ya no sabía si lo seguía amando. La cáscara en la que se había convertido su cuerpo ya no era capaz de albergar sentimiento alguno dentro. Ni siquiera sentía ilusión por el bebé, no había ido a que un médico lo revisara para saber si se encontraba bien de salud. Ni siquiera le importaba cómo estaba ella misma.
Se pasaba los días en la cama o sentada mirando el cielo ajetreado por la ventana, intentando buscar el lugar donde su antiguo yo, optimista, aventurero y con ganas de progresar, había quedado.
No le gustaba demasiado mirarse al espejo, mucho menos si se trataba de observar su cuerpo desnudo. Se sentía una madre negligente, una mala persona a quien ni siquiera le importaba el ser que crecía en sus entrañas.
Recibía, de vez en cuando, visitas de Guila, quien no era demasiado bien recibida, pero que no cesaba en su empeño de devolverle el alma dentro del cuerpo.
–¡Jericho, te he traído algo para comer! –le dijo alzando la voz desde el umbral de la puerta para que pudiera escucharla.
Guila había decidido hacer una copia de las llaves de la casa de Jericho porque normalmente no la dejaba entrar. Así que, un día que consiguió pasar, le quitó las llaves e hizo unas nuevas para ella. De esa forma, podría entrar cuando quisiera.
La chica de cabello lila estaba tumbada en su cama, vestida únicamente con un camisón fino. Su vientre se había abultado bastante a esas alturas del embarazo y le dificultaba el hacer algunas cosas.
–¿Sabes? Alguien ha venido a verte.
Aunque escuchó las palabras, continuó tumbada, dándoles la espalda a su amiga y al visitante desconocido, y cerró los ojos sin interés.
–Hola, Jericho.
La joven abrió los ojos con sorpresa. No se esperaba para nada que la dueña de esa voz fuera a visitarla. Lentamente, se sentó en la cama y se levantó después, arrastrando los pies hasta darle la vuelta a la cama y sentarse en el otro borde, quedando justamente enfrente de las dos personas que habían entrado instantes atrás en su habitación.
–Hola, Elizabeth. ¿Cómo has estado? –preguntó en un tono monótono, totalmente impropio de su persona.
Ya no recordaba muy bien el tono de su voz y escucharse a sí misma hablando le resultó un tanto extraño.
–Muy bien, ¿y vosotros? –las palabras le salieron cariñosas, cándidas, y se aproximó hasta la cama, sentándose a su lado para acariciarle el vientre con amor.
Jericho no sabía bien qué contestar a eso, por tanto, no lo hizo. No sabía si estaba bien, mal, alegre o cansada. No estaba, en realidad. Y tampoco se encontraba en condiciones de contestar por el bebé porque no conocía su estado realmente.
–Ban ha regresado a Liones. Me ha preguntado por ti.
Fue entonces cuando su cuerpo reaccionó y una emoción, como hacía mucho tiempo que no sucedía, le atravesó el pecho: el miedo.
–¿¡No le habrás dicho nada de mi situación, verdad!? –le cuestionó aterrada, sujetándola por los hombros sin ejercer demasiada fuerza.
Para los habitantes de Liones, quienes veían de tanto en cuanto a Jericho, no era un secreto que estaba embarazada. Claro que no todo el mundo sabía quién era el padre, aunque aquella reacción por su parte le reveló a Elizabeth que era Ban. En cierto modo, ella sospechaba algo, pero ahora podía confirmarlo.
–No, Jericho, yo no soy nadie para hablar de tus asuntos. Le he dicho que no estabas en la ciudad en estos momentos.
La chica pudo, entonces, suspirar aliviada.
–Gracias… –susurró despacio mientras sentía su ritmo cardíaco ralentizándose y soltaba su agarre.
–Eso no significa que no piense que deberías contárselo.
–No voy a hacerlo. Está viviendo su vida de ensueño con Elaine y no seré yo quien se la estropee –sostuvo con determinación y, después de una breve pausa, volvió a hablar–. No se lo merece…
Elizabeth la miró con detenimiento. Hacía varios días que Guila había ido a buscarla para pedirle ayuda. No es que fueran cercanas en absoluto, pero la chica de cabello blanco era muy altruista y, siempre que estuviera en su mano ayudar a los demás, lo haría. Y tenía una ligera idea de cómo hacerlo.
–Guila está muy preocupada por ti. ¿Qué es lo que te pasa, Jericho?
Ante aquella pregunta, la joven fulminó con la mirada a su amiga por meterse en donde no la llamaban. No entendía qué estaba haciendo Elizabeth en su habitación si ellas apenas habían hablado en un par de ocasiones. Y mucho menos entendía que le estuviese preguntado esas cosas ni que estuviese preocupándose por ella o por el bienestar del bebé.
–¿Es por el bebé? ¿Te molesta? –volvió a hablar ante el silencio de Jericho.
En ese momento, pensó que tal vez sí, que ese era su gran problema, pero las siguientes palabras de Elizabeth le dieron a entender que su gran problema, en realidad, era solamente ella misma.
–Claro que no, si te molestara, te habrías deshecho de él. Sabes dónde y cómo se hace, ¿verdad? Todas lo sabemos en la ciudad.
Y era cierto. Todas las muchachas de Liones sabían que había una mujer que se denominaba a sí misma como una curandera y que practicaba abortos a aquellas chicas que se habían quedado embarazadas por accidente y no querían seguir adelante con ello por diversos motivos.
–Dime, Jericho, ¿de cuántos meses estás?
–Creo que de unos cinco... –respondió vagamente, mirándola por primera vez a los ojos.
Sí, ellas nunca habían tenido un lazo especial que las uniera, más bien Elizabeth lo tenía con Elaine, pero ahora se daba cuenta de la gran persona que era. No sabía cómo podía seguir en pie después de todo lo que le había sucedido. La admiraba. Y se dio cuenta de que, si aquella chica que había sufrido tanto durante sus múltiples vidas, había conseguido salir adelante, ¿por qué ella no iba a hacerlo?
–Cinco, ¿eh? Creo que a estas alturas ya puedo sentirlo –profirió y Jericho se quedó un poco sorprendida porque no entendía sobre qué estaba hablando exactamente–. ¿Quieres saber el sexo del bebé?
Al principio, se sintió un poco mareada, como si algo que le faltaba hubiese vuelto, pero, justamente después, un torrente de calidez le recorrió el cuerpo. ¿Cuánto tiempo llevaba sin sentir aquella sensación? Más bien, ¿cuánto tiempo llevaba sin sentir algo?
–¿Pu-puedes hacer eso? –preguntó dubitativa, ante lo que Elizabeth afirmó con un ligero movimiento de su cabeza y una amplia sonrisa adornándole el rostro.
Entonces, dirigió su mano derecha hasta el vientre de Jericho, allí donde vivía y crecía ese pequeño ser que hasta ahora parecía no haber tenido presencia ni forma. Cerró los ojos y se concentró. De pronto, una especie de luz comenzó a irradiar de su mano. Pasados un par de minutos, separó la extremidad del cuerpo de Jericho. Abrió los ojos y la miró con cierto tinte de esperanza e ilusión.
–Es una niña y está sana.
Con solo escuchar aquellas palabras, Jericho sintió algunas lágrimas descendiendo por sus mejillas. Por fin, después de mucho tiempo, volvía a experimentar una emoción de forma intensa. Se abrazó el vientre entre lágrimas, pidiéndole perdón en silencio a su hija por haber perdido las ganas de existir, de avanzar, de sentir.
Tanto Guila como Elizabeth la miraron con emoción, aliviadas por observar que aquella joven que había plasmado siempre la alegría, el afán de superación y el orgullo volvía a existir. Tal vez nunca lo haría como antes, pero podría incluso derivar en una versión mejorada de sí misma.
Con el ruido de fondo de sus propios sollozos, los cuales le indicaban que seguía siendo un ser humano y que aún podía surgir algún sentimiento en su corazón, Jericho decidió que era su momento de resurgir, de volver a ser la persona que antes fue. O, más bien, de convertirse en quien realmente siempre había querido ser.
Todo comenzaba. Y, con ello, Jericho tomaba las riendas de su vida porque, a partir de ese momento, ella misma escribiría su propio destino.
Nota de la autora:
Joder, cómo me ha costado escribir el principio del capítulo. Pero bueno, aquí está.
Espero de corazón que os esté gustando esta historia. La verdad es que me siento muy feliz escribiéndola y viendo el recibimiento que tiene; me alegra que haya gente que disfrute de historias de Ban y Jericho y que no sea yo la única. Y, por supuesto, agradezco profundamente vuestros comentarios, me llenan las palabras que este fic suscita, en serio.
En fin, después de tanto drama, al final llega un rayito de esperanza, ¿no? Ya veremos cómo resuelvo yo todo esto porque todavía no tengo ni idea.
¡Nos leemos en la próxima!
