Naruto Y Hinata en:

Tu & Yo


CAPITULO EXTRA


Las matemáticas nunca habían sido la mejor asignatura de Hinata Hyuga, pero sin duda podía contar hasta treinta y tres que era el número máximo de días que por lo general transcurría entre sus ciclos mensuales, el hecho de que estuviera actualmente mirando el calendario de su escritorio y contando hasta cuarenta y tres era motivo de cierta preocupación.

―No puede ser posible ―dijo al calendario, medio esperando a que respondiera. Se sentó lentamente, tratando de recordar los acontecimientos de las últimas seis semanas. Tal vez había contado mal. Había sangrado mientras visitaba a su madre y eso había sido el veinticinco y veintiséis de marzo, lo que significaba que... Contó de nuevo, físicamente esta vez, apuntando cada cuadro del calendario con el dedo índice. Cuarenta y tres días.

Estaba embarazada.

―Buen Dios.

Una vez más, el calendario tenía poco que decir sobre el asunto. No. No, eso no podía ser. Tenía cuarenta y un años. Lo cual no quería decir que ninguna mujer en la historia del mundo había dado a luz a los cuarenta y dos, pero habían pasado diecisiete años desde la última vez que ella había concebido. Diecisiete años de bastantes agradables relaciones con su marido durante las cuales no habían hecho nada —absolutamente nada— para bloquear la concepción.

Hinata había asumido que ella simplemente había dejado de ser fértil. Había tenido sus dos hijos en una rápida sucesión, uno por año durante los primeros años de su matrimonio. Entonces... nada.

Se había sorprendido cuando su hija más joven llegó a su primer cumpleaños y ella no se había quedado embarazada otra vez. Y entonces ella cumplió dos y luego tres y su vientre se mantuvo estable y Hinata miró a sus chicos ―Boruto y Himawari ― y decidió que había sido bendecida sin medida. dos niños, sanos y fuertes, con un chico fornido que algún día ocuparía el lugar de su padre como Duque de Namikaze.

Además, Hinata no disfrutaba particularmente de sus embarazos. Se le hinchaban los tobillos y las mejillas y su tracto digestivo hacía cosas que de ninguna manera deseaba volver a experimentar.

―No puedo estar embarazada ―dijo Hinata, colocando una mano sobre su vientre plano. Tal vez estaba pasando por el cambio. Cuarenta y uno parecía un poco joven, pero de nuevo, no era algo de lo que la gente hablara. Tal vez muchas mujeres dejaban sus ciclos mensuales a los cuarenta y un años.

Ella debería estar feliz. Agradecida, Realmente, el sangrado era una molestia.

Escuchó pasos que se acercaban por el pasillo y rápidamente deslizó un libro sobre el calendario, a pesar de que pensaba que no tenía ni idea de que podría estar escondiendo. Solo era un calendario. No había una gran X roja, seguida de la nota: "Este día menstruación".

Su marido entró en la habitación.

―Oh bien, ahí estás. Himawari ha estado buscándote.

―¿A mí?

―Como que hay un Dios misericordioso, que ella no me está buscando a mí ―respondió Naruto.

―Oh,querido ―susurró Hinata. Normalmente tendría una repuesta más aguda, pero su mente estaba todavía en el posible embarazo o posible envejecimiento.

―Algo sobre un vestido.

―¿El rosa o el verde?

Naruto la miró.

―¿En serio?

―No, por supuesto que no lo sabrías ―dijo distraídamente,

Él presionó sus dedos en sus sienes y se dejó caer en una silla cercana.

―¿Cuándo se casará?

―No hasta que esté comprometida.

―¿Y cuándo será eso?

Hinata sonrió.

―Tuvo cinco propuestas el año pasado. Fuiste tú quien insistió en que solo se casara por amor.

―No escuché que estuvieras en desacuerdo.

―No estoy en desacuerdo. Suspiró.

― Gracias a Dios solo tenemos una hija, no puedo imaginar cómo será presentar varias en sociedad.

―Pero no puedo quejarme de la laboriosa procreación desde el principio de nuestro matrimonio ―respondió Hinata descaradamente, entonces recordó el calendario de su escritorio. El de la X roja que nadie podía ver aparte de ella.

―Laboriosa ¿hmmm? ―Miró hacia la puerta abierta―. Una interesante elección de palabras.

Echó un vistazo a su expresión y sintió que se sonrojaba

―Naruto, ¡es mediodía!

Los labios de él se curvaron en una lenta sonrisa.

―No recuerdo que nos detuviera eso cuando estábamos en plena laboriosidad.

―Si los chicos vienen... Se puso en pie.

―Voy a cerrar la puerta.

―Oh, por todos los cielos, ellos lo sabrán.

Hizo un decisivo clic con la cerradura y se volvió hacia ella con una ceja arqueada.

―¿Y de quien es la culpa?

Hinata se apartó. Solo un poquito.

―No hay manera de que envíe a mi hija al matrimonio irremediablemente ignorante como yo.

―Encantadoramente ignorante ―murmuró, cruzando la habitación para tomar su mano.

Le permitió tirar de ella para ponerla de pie.

―No creíste que fuera tan encantadora cuando asumí que eras impotente.

Él hizo una mueca.

―Muchas cosas en la vida tienen más encanto en retrospectiva.

―Naruto...

Él rozó su oído con la nariz.

―Hinata...

Su boca se movió a lo largo de la línea de su garganta y ella sintió que se derretía. Veintiún años de matrimonio y aún...

―Por lo menos corre las cortinas ―murmuró ella. No es que alguien pudiera verlos con el sol brillando tan intensamente, pero se sentiría más cómoda. Estaban en el centro de Mayfair, después de todo, con todo su círculo de conocidos, posiblemente, dando un paseo al otro lado de la ventana.

Él positivamente corrió hacia la ventana, pero solo corrió la malla.

―Me gusta verte ―dijo con una sonrisa infantil.

Y luego, con notable velocidad y agilidad, ajustó su posición entonces él estaba viendo todo de ella y ella estaba en la cama, gimiendo suavemente mientras le besaba el interior de la rodilla.

―Oh, Naruto ―suspiró. Sabía exactamente lo que iba a hacer a continuación. Él iba a moverse hacia arriba, besando y lamiendo un camino a lo largo de su muslo.

Y lo hizo demasiado bien.

―¿En qué estás pensando? ―murmuró él.

―¿En este momento? ―preguntó ella, parpadeando para tratar de salir de su aturdimiento. Él tenía su lengua en el pliegue entre la pierna y el abdomen ¿y le preguntaba en que pensaba?

―¿Sabes lo que estoy pensando? ―le preguntó él.

―Si no es en mí, me voy a sentir terriblemente decepcionada.

Él se rió entre dientes, movió la cabeza para dejar caer un beso en el ombligo y luego ascendió hasta cepillar sus labios suavemente contra los suyos.

―Estaba pensando en lo maravilloso que es conocer a otra persona tan completamente.

Ella se acercó y lo abrazó. No pudo evitarlo. Hundió la cabeza en el tibio hueco de su cuello, aspiró el familiar olor de él y le dijo:

―Te amo.

―Te adoro.

Oh, parecía como si él quisiera hacer una competición ¿verdad? Ella se apartó, lo suficiente como para decir:―Me fascinas.

Él arqueó una ceja.

―¿Te fascino?

―Es lo mejor que he podido pensar en tan poco tiempo. ―Encogió los hombros―. Además, es cierto.

―Muy bien. —Sus ojos se oscurecieron―. Te venero.

Los labios de Hinata se separaron. Su corazón retumbó y luego revoloteó y todos los posibles sinónimos que podrían haberle llegado a la mente volaron.

―Creo que has ganado ―dijo con voz tan ronca que apenas se reconocía.

La besó de nuevo, larga, caliente y dolorosamente dulce.

―Oh, sé lo que tengo.

Su cabeza cayó hacia atrás cuando volvió a dirigirse hacia su vientre.

―Aún me tienen que adorar ―dijo ella. Él se movió más abajo.

―En eso, Excelencia, soy siempre tu siervo.

Y eso fue lo último que dijeron durante bastante tiempo.

Varios días después, Hinata se encontraba mirando su calendario una vez más. Habían pasado cuarenta y seis días hasta ahora desde que había tenido la regla y todavía no le había dicho nada a Naruto. Sabía que debería, pero sentía que aún era un poco prematuro. Podía haber otra explicación para la falta de sus ciclos, bastaba recordar la última visita a su madre. Hanna Hyuga había estado constantemente abanicándose, insistiendo en que el aire era sofocante, aunque Hinata encontraba que era perfectamente placentero.

La única vez que Hinata le había pedido a alguien que encendiera el fuego, Hanna había revocado la idea con tal ferocidad que Hinata medio había esperado que custodiara la rejilla con un atizador.

―Ni siquiera enciendas una cerilla ―había gruñido Hanna. A lo que Hinata había respondido sabiamente:

―Creo que voy a ir en busca de un chal. ―Miró a la criada de su madre, temblando al lado de la chimenea―. Ehm, y tal vez tú también deberías hacerlo.

Pero ella no se sentía acalorada ahora. Se sentía... No sabía cómo se sentía. Perfectamente normal, en verdad. Lo que era sospechoso, ya que nunca se había sentido ni mucho menos normal durante el embarazo anteriormente.

―¡Mamá!

Hinata le dio la vuelta a su calendario y levantó la vista de su escritorio justo a tiempo para ver a su hija, detenerse en la entrada de la habitación.

―Adelante ―dijo Hinata, agradeciendo la distracción―. Por favor.

Himawari se sentó en una confortable silla cercana, sus brillantes ojos azules se dirigían hacia su madre con su franqueza habitual.

―¿Vamos de...?

―¡Discúlpame! ―exclamó y llegó al baño justo a tiempo para alcanzar el orinal.

Oh, querido Dios. Eso no era el cambio. Estaba embarazada.

―¿Mamá?

Hinata hizo un gesto con la mano hacia Himawari, tratando de echarla.

―¿Mamá? ¿Estás bien?

Hinata vomitó otra vez.

―Voy a buscar a mi padre ―anunció Himawari.

―¡No! ―aulló Hinata.

―¿Fue el pescado? Porque me pareció que sabía un poco raro.

Hinata asintió con la cabeza, con la esperanza de que fuera por eso.

―Oh, espera un momento, tú no comiste pescado. Lo recuerdo con toda claridad.

Oh, Himawari y su sangrienta atención a los detalles.

No era el más maternal de los sentimientos, pensó Hinata cuando echó una vez más sus entrañas, pero no se sentía particularmente caritativa en ese momento.

―Comiste pichón. Yo comí pescado y también lo hizo Boruto, pero solo tú y tía Hanabi comieron pichón, creo que mi padre también y creo que todos tomamos sopa pero...

―¡Para!―rogó Hinata. No quería hablar de comida. Incluso la simple mención...

―Creo que lo mejor es que avise a mi padre ―dijo Himawari de nuevo.

―No, estoy bien. ―Hinata se quedó sin aliento, volvió a sacudir la mano hacia atrás para hacerla callar. No quería que Naruto la viera así. Se daría cuenta al instante de lo que estaba ocurriendo.

O mejor dicho, lo que iba a suceder. En siete meses y medio, eso le daba pocas semanas.

―Muy bien ―admitió Himawari―, pero por lo menos déjame traer a tu doncella. Deberías estar en la cama.

Hinata se levantó de nuevo.

―Después de que hayas terminado ―corrigió Himawari―. Deberías estar en la cama una vez hayas terminado con.. ah... eso.

―Mi doncella ―accedió finalmente Hinata. María se daría cuenta de la verdad al instante, pero no le diría una palabra a nadie, sirvientes o familiares. Y tal vez más apremiante, María sabría exactamente el remedio que debía traerle. Sabría mal y olería peor, pero asentaría su estómago.

Himawari salió corriendo y Hinata, una vez estuvo convencida de que no le quedaba nada en el estómago, se fue tambaleando hacia su cama. Se mantuvo extremadamente quieta, incluso el más mínimo movimiento de balanceo la hacía sentir como si estuviera en alta mar.

―Soy demasiado mayor para esto ―se quejó, porque lo era. Sin duda lo era. Si como era de esperar ella se había quedado en estado, y realmente lo estaba porque ese estado no era diferente al de los dos anteriores, sería presa de las náuseas durante al menos dos meses mas. La falta de alimento mantendría su delgadez, pero eso solo duraría hasta mediados de verano, momento en el que se duplicaría su tamaño, prácticamente de la noche a la mañana. Sus dedos se hincharían hasta el punto de que no podría usar sus anillos, no le entraría ninguno de sus zapatos y un pequeño tramo de escaleras la dejaría sin aliento.

Ella sería un elefante. Un elefante de dos patas y cabello oscuro.

—¡Su Excelencia!

Hinata no podía levantar la cabeza, por lo que levantó la mano en su lugar, un patético saludo en silencio a María, quien estaba ya de pie junto a la cama, mirándola fijamente con una expresión de horror...

... que se deslizaba rápidamente en una de sospecha.

—Su Excelencia —dijo María de nuevo, esta vez con una inflexión inconfundible.

Ella sonrió.

—Lo sé —dijo Hinata—. Lo sé.

—¿Lo sabe el duque?

—Todavía no.

—Bueno, usted no será capaz de ocultarlo por mucho tiempo.

—Se va esta tarde por unas cuantas noches al campo —dijo Hinata—. Se lo diré cuando vuelva.

—Debería decirle ahora —dijo María. Veinte años de trabajo daban a una doncella alguna licencia para hablar libremente.

Hinata se acercó cuidadosamente a sí misma en una posición reclinada, deteniéndose una vez para calmar a una oleada de náuseas.

—Puede que no se haya aferrado —dijo—. A mi edad, muy a menudo no lo hacen.

—Oh, creo que se ha aferrado—dijo María—. ¿Se ha mirado ya en el espejo?

Hinata sacudió la cabeza.

—Usted está verde.

—Puede que no...

—No va a tirar al bebé.

—¡María!

María se cruzó de brazos y clavó a Hinata con una mirada.

—Usted sabe la verdad, Su Excelencia. Usted simplemente no quiere admitirlo.

Hinata abrió la boca para hablar, pero no tenía nada que decir. Ella sabía que María estaba en lo cierto.

—Si el bebé no se hubiera aferrado —dijo María, un poco más suave—, no se sentiría tan enfermiza. Mi madre tuvo ocho hijos después de mí, y cuatro pérdidas antes. Ella nunca estuvo enferma, ni siquiera una vez, con los que no se aferraban.

Hinata suspiró y asintió, concediendo el punto.

—Todavía voy a esperar, sin embargo —dijo—. Solo un poco más.

—No estaba segura de por qué ella quería mantener esto para sí misma por unos días más, pero lo hizo. Y como ella era la única cuyo cuerpo estaba actualmente tratando de volverse del revés, más bien pensó que era su decisión.

—Oh, casi lo olvido —dijo María—. Hemos recibido noticias de su hermano. Él viene a la ciudad la próxima semana.

—¿Sai? —preguntó Hinata. María asintió con la cabeza.

—Con su familia.

—Deben quedarse con nosotros —dijo Hinata. Sai e Ino no eran dueños de una casa en la ciudad, y para economizar tendían a quedarse con cualquiera o Hinata o su hermano mayor, Neji, que había heredado el título y todo lo que iba con él—. Por favor, pide a Himawari que escriba una carta de mi parte, insistiendo en que vengan a Namikaze House.

María asintió con la cabeza y se marchó.

Hinata gimió y se fue a dormir.

Cuando Sai e Ino llegaron, con su hijo a cuestas, Hinata había vomitado varias veces al día. Naruto aún no sabía acerca de su condición, había sido retrasado en el campo —algo sobre un campo inundado— y ahora no volvería hasta el final de la semana.

Pero Hinata no iba a dejar que un vientre revuelto se interpusiera en su camino a saludar a su hermano favorito.

—Sai —exclamó,—. Ha sido demasiado tiempo.

—Estoy totalmente de acuerdo —dijo, dándole un rápido abrazo mientras Ino trataba de ahuyentar a su hijo en la casa.

—¡No, no puedes perseguir esa paloma! —dijo con severidad—. Lo siento tanto, Hinata, pero... —Ella corrió de vuelta hacia los escalones de la entrada, pescando perfectamente a Inojin de tres años, por el cuello.

—Agradece que está creciendo —dijo Sai con una sonrisa mientras daba un paso atrás—. No podemos seguir... Buen Dios, Hinata, ¿qué te pasa?.

Confía en un hermano para dispensar con tacto.

—Tienes un aspecto horrible —dijo él, como si no lo hubiera dejado claro con su primera declaración.

—Solo un poco conforme al tiempo —murmuró—. Creo que fue el pescado.

—¡Sai!

La atención de Sai fue afortunadamente distraída por Hanabi, que estaba corriendo por las escaleras con una decidida falta de gracia propia de una dama.

—¡Tú! —dijo con una sonrisa, tirándola en un abrazo, para saludar a su querida Hermana menor.

—¡Te estás volviendo tan grande! —le dijo Hanabi a Inojin, sonriendo.

—En el último año —corrigió Ino amablemente. Ella no pudo llegar a Hinata para un abrazo, así que se inclinó y le apretó la mano—. Sé que tus chicos están muy crecidos la última vez que los vi, pero te juro, todavía me sorprenden todo el tiempo.

—A mí también —admitió Hinata. Todavía despertaba algunas mañanas medio esperando que sus hijos estuvieran en mameluco. El hecho de que fueran ya estuvieran grandes. . . Era desconcertante.

—Bueno, ya sabes lo que dicen ellos sobre la maternidad —dijo Ino.

—¿"Ellos"? —murmuró Hinata.

Ino se detuvo el tiempo suficiente para dispararle una sonrisa irónica.

—Los años pasan volando, y los días son infinitos.

Hinata le sonrió a Ino, luego se dirigió a la joven niñera de la familia, de pie cerca de la puerta sosteniendo al pequeño Inojin.

—¿Y cómo estás tú, querida cosita? —arrulló, alcanzando a tomar al niño en sus brazos. Era regordete y rubio con las mejillas rosadas y un celestial olor a bebé a pesar del hecho de que él no era un bebé desde hace tiempo—. Te ves delicioso —dijo, pretendiendo dar un mordisco en su cuello. Ella probó el peso de él, meciéndose levemente hacia atrás y adelante en ese instintivo sentido maternal.

—No necesitas más ser sacudido, ¿verdad? —murmuró, besándole otra vez. Su piel era tan suave, y la llevó de regreso a sus días como una madre joven. Había tenido nodrizas y niñeras, por supuesto, pero ella ni siquiera podía contar el número de veces que se había colado en las habitaciones de los niños para darles un beso en la mejilla y verlos dormir.

Ah, bueno. Estaba sentimental. Esto no era nada nuevo.

—¿Cuántos años tienes ahora, Inojin? —preguntó, pensando que tal vez podría hacer esto de nuevo. No es que tuviera muchas opciones, pero aún así, ella se tranquilizó, de pie aquí con este pequeño niño en sus brazos.

—Él no habla.

Hinata parpadeó.

—¿Cómo dices?

Ino miró a Sai, como si ella no estuviera segura de que debería decir nada. Estaba ocupado charlando con Hanabi

—Él no habla —dijo de nuevo—. Ni una palabra.

Hinata se apartó un poco para que pudiera mirar la cara de Inojin de nuevo. Él le sonrió, sus ojos arrugándose en las esquinas de la misma manera que lo hacía Sai.

Hinata miró a Ino.

—¿Entiende lo que dicen?

Ino asintió.

—Cada palabra. Estoy segura de ello. —Su voz se volvió un susurro—.Creo que Sai está preocupado.

¿Un niño que se acerca a su tercer cumpleaños sin una palabra? Hinata estaba segura de que estaban preocupados. De repente, la razón del inesperado viaje de Sai e Ino a la ciudad se hizo evidente. Estaban buscando orientación. Naruto había sido de la misma manera de niño. Él no había dicho ni una palabra hasta que tuvo cuatro años.

Y entonces él había sufrido un debilitante tartamudeo durante años. Incluso ahora, cuando él estaba particularmente molesto por algo, podría reaparecer lentamente sobre él, y ella lo escuchaba en su voz. Una extraña pausa, un sonido repetido, una contenida detención. Todavía estaba consciente de eso, aunque no tanto como lo había estado cuando se conocieron.

Pero ella podía verlo en sus ojos. Un destello de dolor. O tal vez ira. Hacia sí mismo, por su propia debilidad. Hinata suponía que había algunas cosas que la gente nunca superaba, no del todo.

De mala gana, Hinata entregó a Inojin de regreso a su niñera e insto a Hanabi a que subiera. Ella esperó a que se hubieran ido y luego se volvió hacia su hermano y su esposa.

—¿Té? —preguntó—. ¿O es que quieren cambiarse su ropa de viaje?

—Té —dijo Ino con el suspiro de una madre agotada—. Por favor.

Sai asintió con la cabeza, y juntos entraron en la sala. Una vez sentados Hinata decidió que no tenía sentido ser cualquier cosa menos directa. Este era su hermano, después de todo, y él sabía que podía hablar con ella sobre cualquier cosa.

—Están preocupados por Inojin —dijo. Era una afirmación, no una pregunta.

—Él no ha dicho ni una palabra —dijo Ino en voz baja. Su voz estaba uniforme, pero su garganta tragaba incomoda.

—Él nos entiende —dijo Sai—. Estoy seguro de ello. Justo el otro día le pedí que recogiera sus juguetes, y así lo hizo. Inmediatamente.

—Naruto era de la misma manera —dijo Hinata. Ella miró de Sai a Ino y de regreso—. ¿Supongo que es por eso qué han venido? ¿Para hablar con Naruto?

—Teníamos la esperanza de que pudiera ofrecer una idea —dijo Ino.

Hinata asintió lentamente.

—Estoy segura de que lo hará. Fue detenido en el campo, me temo, pero espera regresar antes de fin de semana.

—No hay prisa —dijo Sai.

Por el rabillo del ojo, Hinata vio caer los hombros de Ino. Fue un pequeño movimiento, pero cualquier madre lo reconocería. Ino sabía que no había prisa. Habían esperado casi tres años para que Inojin hablara, unos días más no harían una diferencia. Y sin embargo, ella quería desesperadamente hacer algo. Para llevarlo a la acción, para hacer todo por el niño.

Haber llegado hasta aquí solo para descubrir que Naruto se había ido... Tenía que ser desalentador.

—Creo que es una muy buena señal que los entienda —dijo Hinata—. Yo estaría mucho más preocupada si no lo hiciera.

—Todo lo demás sobre él es completamente normal —dijo Ino con pasión—. Corre, salta, come. Incluso lee, creo.

Sai se volvió hacia ella con sorpresa.

—¿En serio?

—Creo que sí —dijo Ino—. Lo vi con el libro de primer año de mis sobrino la semana pasada.

—Probablemente estaba mirando las ilustraciones —dijo Sai con suavidad.

—¡Eso es lo que pensé, pero luego observé sus ojos! Se movían adelante y atrás, siguiendo las palabras.

Los dos se volvieron hacia Hinata, como si fuera a tener todas las respuestas.

—Supongo que podría estar leyendo —dijo Hinata, sintiéndose bastante insuficiente. Ella quería tener todas las respuestas. Quería decirles algo que no fuera supongo o tal vez—. Es muy joven, pero no hay razón para que no pudiera leer.

—Es muy inteligente —dijo Ino.

Sai le dirigió una mirada que era sobre todo indulgente.

—Querida...

—¡Él lo es!

—Inojin está leyendo —dijo Ino con firmeza—. Estoy segura de ello.

—Bueno, entonces, eso significa que tenemos aún menos para preocuparnos —dijo Hinata con determinado buen ánimo—. Cualquier niño que está leyendo antes de su tercer cumpleaños no tendrá problemas para hablar cuando esté listo para hacerlo.

No tenía ni idea de si este era realmente el caso. Pero mejor pensó que eso debería ser. Y parecía razonable. Y si Inojin resultaba tener un tartamudeo, como Naruto, su familia todavía lo amaría y lo adoraría y le daría todo el apoyo que necesitara para convertirse en la maravillosa persona que ella sabía que iba a ser.

Tendría todo lo que Naruto no había tenido cuando era niño.

—Va a estar bien —dijo Hinata, inclinándose hacia adelante para tomar la mano de Ino en la suya—. Ya lo verás.

Los labios de Ino se apretaron, y Hinata vio el nudo en su garganta. Ella se dio la vuelta, con ganas de darle a su cuñada un momento para serenarse. Sai estaba comiendo su tercera galleta y alcanzando a tomar una taza de té, y dirigió su siguiente pregunta a ella.

—¿Está todo bien? —preguntó. Tragó su té.

—Muy bien.

—¿Seguro?

Hinata parpadeó con sorpresa.

—Si, por supuesto que si. ¿Por qué lo preguntas?

—Te ves terrible —dijo.

—Sai —interrumpió Ino.

Él se encogió de hombros.

—Ella lo hace. Lo pregunté primero cuando llegamos.

—Pero aún así —advirtió su esposa—, no deberías...

—Si no puedo decirle algo, ¿quién puede? —dijo simplemente—. O mejor dicho, ¿quien lo hará?

Ino bajó la voz a un susurro urgente.

—No es el tipo de cosas de las que uno habla.

Él la miró por un momento. Luego miró a Hinata. Luego se volvió hacia su esposa.

—No tengo idea de qué estás hablando —dijo.

Los labios de Ino se separaron, y sus mejillas se pusieron un poco rosas. Ella miró a Hinata, como diciendo, ¿y bien?

Hinata solo suspiró. ¿Era su condición tan obvia?

Ino dio a Sai una mirada impaciente.

—Ella está... —Se volvió hacia Hinata—. Lo estás, ¿verdad? Hinata dio un pequeño asentimiento de confirmación.

Ino miró a su marido con un cierto grado de autosuficiencia.

—Ella está embarazada.

Sai se quedó inmóvil durante aproximadamente medio segundo antes de continuar en su imperturbable actitud de costumbre.

—No, no lo está.

—Ella lo está —contestó Ino.

Hinata decidió no hablar. Se sentía mareada, de todos modos.

—Himawari tiene diecisiete —señaló Sai. Miró a Hinata—.Los tiene, ¿verdad?

—Diecisiete —murmuró Hinata.

—Diecisiete —repitió, dirigiendo esto a Ino—. Aún.

—¿Aún?

—Aún.

Hinata bostezó. No pudo evitarlo. Ella estaba solo agotada en estos días.

—Sai —dijo Ino, en ese paciente y aún vagamente condescendiente tono que Hinata amaba escuchar dirigido a su hermano—, la edad de Himawari difícilmente tiene nada que ver con...

—Me doy cuenta de eso —interrumpió, dándole un aspecto vagamente molesto—. ¿Pero no crees que si estuviera. . . —Él hizo un gesto con la mano en la dirección general de Hinata, dejándola preguntarse si él no se atrevería a pronunciar la palabra embarazada en relación con su propia hermana.

Se aclaró la garganta.

—Bueno, no lo habría estado en un espacio de dieciséis años.

Hinata cerró los ojos por un momento y luego dejó su cabeza inclinarse contra el respaldo del sofá. Ella realmente debería sentirse avergonzada. Este era su hermano. Y aunque él estaba usando términos bastante vagos, él estaba hablando acerca de los aspectos más íntimos de su matrimonio.

Dejó escapar un pequeño ruido cansado, algo entre un suspiro y un ronquido. Estaba demasiado dormida para avergonzarse. Y tal vez demasiado vieja, también. Las mujeres deberían ser capaces de prescindir de virginales ataques de modestia cuando pasaban los cuarenta. Además, Sai e Ino discutían, y eso era una buena cosa. Llevaba sus pensamientos a Inojin.

Hinata parecía bastante entretenida, la verdad. Era una maravilla ver a cualquiera de sus hermanos atrapados en un callejón sin salida con sus esposas.

Cuarenta y uno definitivamente no era demasiado vieja para sentir un poco de placer en el dolor de sus hermanos. Aunque, volvió a bostezar, sería más entretenido si estuviera un poco más despierta para disfrutarlo. Aún. . .

—¿Se ha dormido?

Sai miró a su hermana con incredulidad

—Creo que sí —contestó Ino.

Él se desperezó hacia ella, estirando el cuello para ver mejor.

—Hay tantas cosas que podría hacer con ella ahora mismo—reflexionó—. Ranas, langostas, los ríos volviéndose sangre.

—¡Sai!

—Es tan tentador.

—También es una prueba, —dijo Ino con un amago de sonrisa.

—¿Una prueba?

—¡Está embarazada! Como yo dije. —Cuando él no estuvo de acuerdo con ella lo suficientemente rápido, añadió—: ¿Has visto alguna vez que se quedara dormida justo en medio de una conversación?

—No desde... —Se cortó él mismo.

La sonrisa de Ino creció haciéndose significantemente menos sutil

—Exacto.

—Odio cuando tienes razón —se quejó él.

—Lo sé. Por desgracia para ti, la tengo a menudo.

Miró hacia atrás a Hinata, que estaba empezando a roncar.

—Supongo que debemos quedarnos con ella —dijo, un poco reticente.

—Llamaré a su doncella —dijo Ino.

—¿Crees que Naruto lo sabe?

Ino miró sobre su hombro una vez alcanzó la campanilla.

—No tengo ni idea.

Sai solo sacudió la cabeza.

—Pobre tipo, va a ser la sorpresa de su vida.

Cuando Naruto volvió de Londres, una semana completa más tarde, estaba exhausto. Él siempre había sido un propietario más involucrado que la mayoría de sus compañeros, incluso aunque ya se acercaba a los cincuenta. Así que cuando varios de sus campos se inundaron, incluyendo uno que proporcionaba el único ingreso para una familia completa, él se enrolló las mangas y se puso a trabajar junto a sus hombres.

En sentido figurado, por supuesto. Todas las mangas estaban desenrolladas. Hacia un frío tremendo. Era peor cuando uno estaba mojado. Todos estaban mojados por la inundación y todo.

Así que estaba cansado, y aun tenía frío —no estaba seguro de que sus dedos volvieran atener alguna vez una temperatura normal— y echaba de menos a su familia. Les habría pedido que ser reunieran con él en el campo, pero Himawari se estaban preparando para la temporada, y Hinata parecía que había alcanzado el punto máximo cuando él se fue.

Esperaba que no se viniera abajo con un resfriado. Cuando ella se enfermaba, todo el hogar lo sentía. Ella pensaba que era estoica. Él una vez le había intentado explicar que una persona verdaderamente estoica no iba por la casa repitiendo: "No, no. Estoy bien", mientras se dejaba caer en una silla.

Realmente él se lo había intentado probar dos veces. La primera vez que él había dicho algo ella no había respondido. En aquel momento, él pensó que no lo había oído. En retrospectiva, sin embargo, era más como que ella había elegido no escucharlo, porque la segunda vez que él había dicho algo de la verdadera naturaleza de un estoico, su respuesta había sido tal que...

Bueno, que se puede decir cuando se trata de su esposa y un resfriado común, sus labios nunca formaran otras palabras que no fueran: "Pobre, pobre" y "¿Puedo ir a buscarte algo de té?"

Había algunas cosas que un hombre aprendía después de dos décadas de matrimonio.

Cuando entró en el vestíbulo el mayordomo estaba esperando, su rostro en el modo norma, esto quiere decir, completamente desprovisto de emoción.

—Gracias Jeffries —murmuró Naruto, dándole su sombrero.

—Su cuñado está aquí —le dijo Jeffries. Naruto se detuvo.

—¿Cuál? —Tenía siete.

—El Sr. Sai Hyuga, Su Excelencia. Con su familia.

Naruto inclinó su cabeza.

—¿Enserio?—No había escuchado caos ni conmoción.

—Están fuera, Su Excelencia.

—¿Y la duquesa?

—Está descansando.

Naruto no pudo reprimir un gemido.

—No está enferma, ¿No?

Jeffries, al más estilo no-Jeffries, se sonrojó.

—No podría decírselo, Su Excelencia.

Naruto consideró a Jeffries con ojos curiosos.

—¿Está enferma o no?

Jeffries tragó, aclarándose la garganta y luego dijo:—Creo que está cansada. Su Excelencia.

—Cansada —repitió Naruto, mayormente para sí mismo ya que estaba claro que Jeffries expiraría de vergüenza inexplicablemente si llevaba la conversación más allá. Sacudiendo su cabeza, se dirigió a las escaleras.

Quizás él se acostaría a su lado. Estaba cansado, también, y siempre dormía mejor cuando ella estaba cerca. La puerta de su habitación estaba cerrada cuando él llegó, y casi llama —era lo que habitualmente hacia cuando las puertas estaban cerradas, incluso si se dirigía a su propia recamara— pero en el último minuto, agarró el pomo de la puerta y le dio un suave empujón. Ella podía estar durmiendo. Si verdaderamente estaba cansada, debía dejarla descansar.

Pisando ligeramente, entró a la habitación. Las cortinas estaban parcialmente corridas,y podía ver a Hinata tumbada en la cama, inmóvil como un hueso. Se acercó de puntillas. Parecía pálida, a pesar de que era difícil decirlo con la tenue luz. Bostezó y se sentó en el lado opuesto de la cama, inclinándose para quitarse las botas. Se aflojó la corbata y luego se la quitó, deslizándose hacia ella. No iba a despertarla, simplemente se acurrucaría a su lado para conseguir un poco de calor.

La había echado de menos.

Se instaló con un suspiro de satisfacción, la rodeó con su brazo, apoyando su peso justo debajo de su caja torácica, y...

—¡Grughargh!

Hinata salió disparada como una bala y prácticamente se cayó de la cama.

—¿Hinata? —Naruto se levantó también. Justo a tiempo para ver cómo se apresuraba a tomar el orinal. ¿El orinal?

—¡Oh, querida! —dijo él, haciendo una mueca cuando ella vomitó—.¿Pescado?

—No digas esa palabra —jadeó ella.

Debía ser el pescado. Realmente necesitaban encontrar un nuevo vendedor de pescado aquí en la ciudad. Él salió de la cama para llevarle una toalla.

—¿Te puedo conseguir algo más?

Ella no contestó. Verdaderamente no había esperado eso de ella. Aun así, le sostuvo la toalla, intentando no estremecerse cuando vomitó lo que debía ser por cuarta vez.

—Pobre, pobrecita —murmuró él—. Siento tanto que esto te esté pasando. No has estado así desde...

Desde...

Oh, querido Dios.

—¿Hinata? —Su voz tembló. Demonios, todo su cuerpo templó.

Ella asintió.

—Pero... ¿Cómo...?

—Dela forma normal, imagino —dijo ella, afortunadamente tomando la toalla.

—Pero ha pasado... ha pasado... —Él intentó pensar. No podía pensar. Su cerebro había parado completamente de trabajar.

—Creo que ya he acabado —dijo, sonando exhausta—. ¿Podrías darme un poco de agua?

—¿Estás segura? —Si él se acordaba correctamente, el agua iría directamente al orinal.

—Está ahí —dijo ella señalando débilmente al jarrón encima de la mesa—. No voy a tragármela.

Él le vertió un vaso y esperó a que se limpiara la boca.

—Bien —dijo, aclarándose la garganta varias veces—. Yo... ah...

—Tosió otra vez. No podía sacar una palabra ni para salvar su vida. Y no podía culpar a su tartamudeo esta vez.

—Todo el mundo lo sabe —dijo Hinata, poniendo la mano en su brazo para sujetarse cuando volvió a la cama.

—¿Todo el mundo? —se hizo eco él.

—No había planeado decir nada hasta que volvieras, pero lo adivinaron.

Asintió despacio, todavía intentando absorberlo todo. Un bebe. A su edad. A su edad. Era... Era... Era... Era... asombroso. Era extraño como se había apoderado de él de repente. Pero ahora, después de superar la conmoción inicial, todo lo que podía sentir era pura alegría.

—¡Son noticias maravillosas! —exclamó él. Se inclinó a abrazarla, entonces se lo pensó mejor cuando vio su pálida complexión—. Nunca dejas de deleitarme —dijo, dándole un incómodo apretón al hombro.

Ella apretó los ojos y se estremeció.

—No balancees la cama—gimió—. Estás haciendo que me maree.

—Tú no te mareas —le recordó.

—Lo hago cuando estoy esperando.

—Eres un pato raro, Hinata Uzumaki, —murmuró él, y entonces se apartó para A) dejar de balancear la cama y B) alejarse de ella por cómo se habría tomado la comparación con un pato.

(Había una historia cierta en esto. Mientras estaba embarazada de Boruto, ella le había preguntado si estaba radiante o si solo parecía un pato mareado. Él le había dicho que parecía un pato radiante. Esa no había sido la respuesta correcta.)

Él se aclaró la garganta y dijo:—Pobre, pobrecita. Luego huyó.

Unas horas después Naruto estaba sentado en su escritorio de roble macizo, con sus codos apoyados encima de la suave madera, con su dedo índice derecho haciendo sonar el borde de la copa de brandy que se había llenado dos veces.

Había sido un día memorable.

Una hora más tarde de haber dejado a Hinata para su siesta, Sai e Ino habían vuelto con su hijo, habían tomado té y galletas en el comedor del desayuno. Naruto se había dirigido al salón, pero Ino había pedido una alternativa, algún lugar sin"mantelería cara y tapicería"

El pequeño Inojin se había reído por eso, con su cara todavía manchada con una sustancia que Naruto esperaba que fuera chocolate. Mientras Naruto consideraba la capa de migas que había desde la mesa al suelo, junto con una toalla húmeda que habían utilizado para limpiar el té. Hinata siempre tomaban su té aquí cuando los niños eran pequeños.

Era gracioso como uno olvidaba esos detalles.

Una vez la fiesta del té se había dispersado, sin embargo, Sai le había pedido que hablaran en privado. Habían reparado en el estudio de Naruto, y fue allí donde Sai se confesó sobre Inojin.

No hablaba.

Sus ojos eran agudos. Sai pensó que estaba leyendo. Pero no hablaba.

Sai le había pedido consejo, y Naruto se dio cuenta que no tenía ninguno. Había pensado en ello, por supuesto. Le había atrapado cada vez que Hinata estaba embarazada, directamente hasta que cada uno de sus hijos había empezado a formar frases.

Supuso que volvería a atraparle ahora. Habría otro bebe, otra alma a la que amar desesperadamente... sobre la que preocuparse.

Todo lo que él sabía es que Sai amaba al chico. Hablaba con él, lo alababa, lo llevaba a pasear, de pesca y todas esas cosas que un padre debía hacer con su hijo. Todas esas cosas que su padre nunca había hecho con él.

No había pensado en eso a menudo últimamente, su padre. Le tenía que agradecer a Hinata por eso. Antes de que se conocieran, Naruto había estado obsesionado con la venganza. Había querido tanto herir a su padre, hacerle sufrir de la forma quea él lo había hecho sufrir cuando era un niño, con todo el dolor y la angustia de saber que había sido rechazado y no querido.

No había importado que su padre estuviese muerto. Naruto estaba sediento de venganza de todos modos, y eso se había llevado el amor, primero con Hinata y luego con sus hijos, había desterrado ese fantasma. Él se había dado cuenta de que finalmente era libre cuando Hinata le había dado un montón de cartas de su padre que había confiado en ella para su cuidado. No había querido quemarlas, no había querido hacerlas jirones.

Tampoco había querido leerlas particularmente.

Miró hacia abajo a la pila de sobres, atados elegantemente con un lazo rojo y dorado, y se dio cuenta de que no sentía nada. Ni ira, ni dolor, ni pesar. Había sido la victoria más grande que podría haber imaginado.

No estaba seguro de por cuánto tiempo habían estado las cartas en el escritorio de Hinata. Él sabía que las había puesto en el cajón superior, y de vez en cuando les había echado un vistazo para saber que aún estaba ahí.

Pero con el tiempo fue incluso disminuyendo. No se había olvidado de las cartas —de vez en cuando algo iba a pasar que se lo iba a recordar— pero se había olvidado de ellas con tanta insistencia. Y probablemente habían estado fuera de su mente durante meses cuando abrió el cajón superior y vio que Hinata las había movido.

Eso había sido hacia veinte años.

Y a pesar de que aún tenía la falta de urgencia de quemarlas o destruirlas, tampoco había sentido la necesidad de abrirlas.

Hasta ahora.

Bueno, no.

¿Quizás?

Las miró otra vez, aun atadas con ese lazo. ¿Quería abrirlas? ¿Podría haber algo en las cartas de su padre que podría ayudar a Sai e Ino a guiar a Inojin en su difícil infancia?

No. Eso era imposible. Su padre había sido un hombre duro, insensible e implacable. Había estado tan obsesionado con su patrimonio y con su título que le había dado la espalda a su único hijo. Podría no haber nada —nada—que él hubiese escrito podría ayudar a Inojin.

Naruto agarró las cartas. El papel estaba seco. Olían a viejo.

El fuego en la chimenea parecía nuevo. Caliente, y brillante, y redentor. Se quedó mirando las llamas hasta que su visión se hizo borrosa, simplemente sentado ahí por interminables minutos, sujetando las últimas palabras de su padre hacia él. Ellos no habían hablado por más de cinco años cuando su padre murió. Si había cualquier cosa que el viejo duque hubiese querido decirle estaría ahí.

—¿Naruto?

Miró hacia arriba despacio, apenas incapaz de salir de su aturdimiento. Hinata estaba parada en la puerta, con la mano ligeramente apoyada en el marco. Estaba vestida con su bata favorita azul pálido. La había tenido durante años; cada vez que él le preguntaba si quería cambiarla, ella se negaba. Algunas cosas eran mejor suaves y cómodas.

—¿Vas a venir a la cama? —le preguntó ella. Él asintió, poniéndose de pie.

—Pronto. Solo estaba... —Se aclaró la garganta, porque la verdad era, que no estaba seguro de lo que estaba haciendo. Ni siquiera estaba seguro de que lo que estaba pensando—. ¿Cómo te sientes? —le preguntó.

—Mejor. Siempre mejora por la noche. —Ella se acercó unos pasos—. Tomé un poco de tostadas, incluso algo de mermelada, y yo... —Se detuvo, el único movimiento en su cara fue el parpadeo de sus ojos. Estaba mirando las cartas. No se dio cuenta que aun las estaba sujetando cuando se levantó.

—¿Vas a leerlas? —preguntó en voz baja.

—Pensé... quizás... —Tragó—. No lo sé.

—Pero ¿Por qué ahora?

—Sai me contó lo de Inojin. Pensé que quizás había algo ahí.—Movió su mano ligeramente, sujetando la pila de cartas un poco más fuerte—. Algo que quizás podría ayudar.

Los labios de Hinata se abrieron, pero pasaron unos segundos antes de que fuera capaz de hablar.

—Creo que eres el hombre más amable y más generoso que he conocido nunca.

Él la miró confundido.

—Sé que no quieres leerlas —dijo ella.

—Realmente no me importa...

—No, sí lo hace —lo interrumpió amablemente—. No lo suficiente para destruirlas, pero aun así significan algo para ti.

—Difícilmente pienso en ellas —dijo. Y era verdad.

—Lo sé. —Se acercó y tomó su mano, moviendo ligeramente su pulgar sobre sus nudillos—. Solo porque superaste lo de tu padre, no significa que no te importe.

Él no habló. No sabía que decir.

—No me sorprendería si al final las leyeses, podría ayudar a alguien más.

Él tragó, entonces le tomó la mano como un salvavidas.

—¿Quieres que las abra yo?

Él asintió, sin palabras alcanzándole el montón.

Hinata se movió para acercar una silla y sentarse, tirando de la cinta hasta que el lazo se soltó.

—¿En este orden? —preguntó.

—No lo sé —admitió. Se volvió a sentar detrás del escritorio. Estaba lo suficiente lejos de todas formas para poder ver las letras.

Ella asintió con reconocimiento, luego con cuidado rompió el sello del primer sobre. Sus ojos se movieron a lo largo de las líneas, o al menos él pensó que lo hacían, la luz era demasiado tenue para ver su expresión claramente, pero él la había visto leer suficientes cartas para saber la expresión que exacta que debía tener.

—Tenía una caligrafía horrible —murmuró Hinata.

—¿Sí? —Ahora que estaba pensando en ello. Naruto no estaba seguro de si había visto alguna vez la escritura de su padre. Debía haberlo hecho, en algún momento. Pero no era algo que él recordara.

Él esperó un poco más, intentando no retener la respiración mientras ella pasaba las páginas.

—No escribió en la parte de atrás —dijo ella con cierta sorpresa.

—Él no lo haría —dijo Naruto—. Nunca haría nada que oliera a economizar.

Ella levantó la mirada, las cejas arqueadas.

—El Duque de Namikaze no necesita economizar —dijo Naruto secamente.

—¿En serio? —Ella dio la vuelta a la siguiente página, murmurando—: Tendré que recordar eso la próxima vez que vaya a la modista.

Él sonrió. Le encantaba que ella pudiera hacerlo sonreír en un momento así.

Después de unos pocos momentos, volvió a doblar los papeles y miró hacia arriba. Hizo una breve pausa, tal vez en caso de que él quisiera decir algo, y luego cuando no lo hizo, dijo—: es más bien aburrido, en realidad.

—¿Aburrido? —Él no estaba seguro de lo que había estado esperando, pero no esto.

Hinata le dio un pequeño encogimiento de hombros.

—Se trata dela cosecha, y una mejora en el ala este de la casa, y varios inquilinos que él sospecha están engañándolo. —Ella apretó los labios con desaprobación—. No lo estaban, por supuesto. Son el Sr. Miller y el Sr. Bethum. Ellos nunca engañarían a nadie.

Naruto parpadeó. Había pensado que las cartas de su padre podrían incluir una disculpa. O si no eso, entonces, más acusaciones de ineptitud. Nunca se le había ocurrido que su padre podría haberle simplemente enviado un informe de la finca.

—Tu padre era un hombre muy sospechoso —murmuró Hinata.

—Oh, sí.

—¿Debo leer la siguiente?

—Por favor.

Lo hizo, y era lo mismo, excepto que esta vez se trataba de un puente que necesitaba reparación y una ventana que no se había hecho con sus especificaciones.

Y así fue. Rentas, cuentas, reparaciones, quejas... Hubo una obertura ocasional, pero nada más personal que «estoy considerando organizar una partida de caza el próximo mes, déjame saber si estás interesado en asistir.» Era asombroso. Su padre no solo había negado su existencia cuando había pensado que era un idiota tartamudo, se las había arreglado para negar su propia negación una vez que Naruto estaba hablando con claridad y hasta despabilando. Él actuó como si nunca hubiera pasado, como si nunca hubiera deseado que su propio hijo estuviera muerto.

—Buen Dios —dijo Naruto, porque algo tenía que decir.

Hinata miró hacia arriba.

—¿Hmmm?

—Nada —murmuró.

—Es la última —dijo ella, levantando la carta.

Él suspiró.

—¿Quieres que te la lea?

—Porsupuesto —dijo él con sarcasmo—. Podría ser sobre las rentas. O las cuentas.

—O una mala cosecha —bromeó Hinata, obviamente, tratando de no sonreír.

—O eso —respondió.

—Las rentas —dijo una vez que había terminado la lectura—. Y las cuentas.

—¿La cosecha?

Ella sonrió ligeramente.

—Fue buena la temporada.

Naruto cerró los ojos por un momento, mientras una extraña tensión bajaba por su cuerpo.

—Es extraño —dijo Hinata—. Me pregunto por qué nunca te las envió.

—¿Qué quieres decir?

—Bueno, no lo hizo. ¿No lo recuerdas? Se agarró a todas ellas, y luego se las dio a Lord Sarutobi antes de morir.

—Supongo que fue porque estaba fuera del país. No habría sabido adónde enviarlos.

—Oh sí, por supuesto. —Ella frunció el ceño—. Sin embargo, me parece interesante que se tomara el tiempo para escribir cartas sin esperanza de enviártelas. Si yo fuera a escribir cartas a alguien al que no podría enviárselas, sería porque tenía algo que decir, algo importante que me gustaría que supiera, incluso después de que me haya ido.

—Una de las muchas maneras en que eres diferente de mi padre—dijo Naruto.

Ella sonrió con tristeza.

—Bueno, sí.Supongo. —Se puso de pie, poniendo las cartas sobre una mesa pequeña—. ¿Nos vamos a la cama?

Él asintió con la cabeza y se acercó a su lado. Pero antes de que él la tomara del brazo, se agachó, recogió las cartas y las arrojó al fuego. Hinata dejó escapar un grito ahogado cuando se volvió a tiempo para verlas ennegrecerse y arrugarse.

—No hay nada digno de ser salvado —dijo. Se inclinó y la besó, una vez en la nariz y luego una vez en la boca—. Vamos a la cama.

—¿Qué vas a decirle a Sai e Ino? —preguntó ella mientras caminaban tomados del brazo hacia la escalera.

—¿Acerca de Inojin? Lo mismo que les dije esta tarde. —Él la besó de nuevo, esta vez en la frente—. Solo ámenlo. Eso es todo lo que pueden hacer. Si habla, habla. Si no lo hace, no lo hace. Pero de cualquier manera, todo va a estar bien, siempre y cuando solo lo amen.

—Tú, Naruto Uzumaki, eres un muy buen padre. Trató de no hincharse de orgullo.

—Se te olvidó el Namikaze.

—¿Qué?

—Naruto Uzumaki Namikaze.

Ella hizo un pfff ante eso.

—Tienes demasiados nombres.

—Pero no muchos niños. —Él se detuvo y tiró de ella hacia él hasta que estuvieron cara a cara. Apoyó una mano sobre su abdomen—. ¿Crees que podemos hacerlo todo una vez más?

Ella asintió con la cabeza. —Siempre y cuando te tenga a ti.

—No —dijo él en voz baja—. Siempre y cuando yo te tenga a ti.

FIN DEL EXTRA


Buenoo es el final!, decidí publicarla por completo para que de una vez aprovechen a verse la adaptación que hizo Netflix de la serie de los Bridgerton, la estrenaron el 25 de diciembre y esta imperdible.

Por lo pronto les cuento esta historia se llama originalmente "EL DUQUE Y YO" Es el libro uno de la serie de Julia Quinn, "Los Bridgerton".

En esta semana espero publicar el siguiente libro que seria la historia del personaje Neji, llamada "El Hombre que me amó"

muchas gracias por leer y comentar

cuídense mucho