«Ahora que no me preocupa mi soledad
porque me absorbe la de ella.
La soledad que
yo
genero en ella.»
—Pilar Adón.
-Insustancialidad-
Capítulo 7. Un eslabón más de la cadena
Cuando los primeros rayos de sol acariciaron las cortinas, colándose tenuemente dentro de la habitación, Ban ya llevaba despierto un buen rato.
Todo lo que había ocurrido en las últimas veinticuatro horas había sido tan intenso que no sabía ni cómo sentirse.
Hacía un buen tiempo que no hacía el amor. Sí, a pesar de tener pareja, porque hacer el amor es mucho más que liberar el deseo carnal, es sentir que amas tanto a alguien que eres capaz de unirte a esa persona mucho más allá de lo físico. Había tenido relaciones sexuales en los últimos meses, sí, pero no se había sentido así con Elaine desde hacía mucho tiempo.
Sin embargo, había vuelto a experimentar esa sensación con Jericho. Era muy probable que para ella esa experiencia no fuera nueva, sino que la hubiese sentido también la noche en la que concibieron a Stephanie, pero para Ban todo era como una primera vez.
Claro que tenía muchos sentimientos encontrados en ese momento. Era feliz porque por fin se había sincerado con Jericho y se habían correspondido el uno al otro, pero ¿qué sucedería ahora?, ¿y Elaine? No podía seguir con ella. No podía. Y ese hecho llevaba rondándole en la cabeza desde que se había despertado.
Tampoco quería hacerle daño porque, sin duda alguna, el hada había significado mucho en su vida. Gracias a ella, había encontrado un motivo para ser y eso era algo que siempre le agradecería. Pero el amor que se profesaban se había esfumado por completo y no era justo que una relación que fue en su tiempo tan pura acabara de forma tan rastrera. Por ello, su primer propósito cuando saliera de esa casa era dirigirse hacia la que compartía con Elaine y romper su relación.
Se giró para ponerse de lado y observó la espalda desnuda de Jericho, cuya respiración tremendamente sosegada le indicaba que aún dormía.
Se sentó en la cama, apoyando la espalda en el cabecero con cuidado, mientras que un breve quejido de dolor se escapó de sus labios. La herida estaba considerablemente mejor, pero debía tener cuidado, no apoyar el hombro y no forzar el brazo demasiado.
Se sentía muy aliviado cada vez que recordaba que la chica de cabello lila se había convertido en una mujer tan fuerte, capaz de plantarle cara incluso a uno de los Siete Pecados Capitales. Siempre la había estimado, pero ahora su admiración por ella era tan grande que ya no le cabía en el pecho.
Además, pensó que, cuando todo se estabilizara y formalizara entre ellos, debería aprender a ser padre. Nunca lo había hablado directamente con Jericho, pero era más que evidente que Stephanie era su hija; la hija de los dos. Y sus interacciones se habían limitado a ser amigos. Probablemente, la niña lo viera como a un señor que era amigo de su madre y que le resultaba gracioso y simpático, pero no como a una figura paterna. Era inevitable; después de todo, llegaba años tarde, toda la vida de Stephanie tarde, y sabía que eso debía remediarlo y que no iba a ser nada fácil.
Suponía que le iba a resultar algo complejo porque debían, primero, entre Jericho y él, contarle a la pequeña la situación y esperaba que lo tomara bien. No tiene que ser sencillo de asimilar tan repentinamente que el hombre que visita tu casa de vez en cuando es tu padre.
Tenía muchas dudas, muchísimas, pero de lo que estaba completamente seguro era de que quería que esa fuera su vida desde ese mismo día.
De esa forma, pensando en cómo iba a ejecutar cada acción desde que saliera de la casa de la chica de cabello lila, pasaron un par de horas.
Jericho empezó entonces a despertarse. Se movió despacio en la cama, soltando algún que otro quejido provocado por el sueño que aún no la abandonaba del todo, y se dio la vuelta. Después, abrió los ojos lentamente y, al ver a Ban sonriéndole sentado en la cama, se acabó de despertar por completo. Así que no había sido un sueño. No, no lo había sido en absoluto. Todos los recuerdos del día anterior le bombardearon con fuerza la cabeza.
—Buenos días, preciosa —saludó el hombre con la mirada rojiza fijamente posada en el rostro de Jericho mientras sonreía con pureza.
Ella, al sentirse tan extraña escuchando esas palabras salir de los labios de Ban y tan expuesta debido a que la sábana se había movido, mostrando así su torso desnudo, se tapó enseguida hasta el cuello y su rostro se enrojeció por completo.
—Bu-buenos días…
Rápidamente, Jericho se dio la vuelta y se sentó en la cama mientras buscaba su ropa de forma algo desesperada. De repente, le había dado mucha vergüenza la situación y ni siquiera entendía el porqué. Tal vez, en el fondo, le daba miedo que aquella vez acabara todo como lo había hecho en su encuentro íntimo anterior.
Justo antes de levantarse, sintió la mano de Ban rodeando su brazo y tirando de ella hasta que la tumbó en la cama. Se colocó encima y la miró sonriendo, con un ligero brillo de malicia y deseo recorriendo sus iris carmesíes.
—¿Por qué tanta prisa? —susurró Ban sobre los labios de la chica. Después, le dio un beso que a ambos les supo a alivio, a la confirmación de que aquello era real, de que estaba sucediendo por fin ese necesario acercamiento, de que estaban deshilachando y rompiendo los hilos que el destino había entretejido para sus vidas, de que todo podía ser diferente—. Todavía es temprano.
Jericho alzó su mano de forma temblorosa hasta rozar la yema de sus dedos con la mejilla del hombre. Después, apoyó la palma de la mano en la zona y empezó a mover lentamente el pulgar para acariciar su rostro de forma tenue.
—Pronto vendrá Stephanie.
—Oh, está bien —le dijo para luego mover su cara y besar la mano de Jericho, la cual todavía seguía acariciándolo.
Se levantó y empezó a vestirse y del mismo modo lo hizo Jericho, quien se quedó mirando fijamente el deplorable estado de la chaqueta de Ban, que se había quedado sin una de las mangas.
—Vas hecho un desastre —aseguró Jericho una vez que los dos se habían vestido.
Ban le sonrió de nuevo y se miró el brazo. Era cierto. La sangre seca había acartonado su ropa, aparte de que estaba bastante sucia y rota.
—No pasa nada.
Ambos se dirigieron hacia el pequeño salón de la casa en completo silencio, pero no les resultó incómodo a ninguno de los dos. Tal vez eso era lo que algunos llaman complicidad, aquello que el hombre tuvo con Elaine hacía tiempo, pero de lo que ya no quedaba rastro alguno.
Al llegar, se oyeron unos breves ruidos procedentes de la puerta principal. Jericho fue a abrir y allí estaba su hija al lado de la madre de su amiga, que la había acompañado.
—¡Mami! —exclamó la niña contenta mientras Jericho se agachaba para abrazarla.
—¿Te has portado bien?
—Sí.
Jericho habló unos breves minutos con la mujer, le agradeció por haberla llevado hasta su casa, se despidió de ella y cerró la puerta.
Cuando Stephanie entró en el salón y vio a Ban se quedó bastante extrañada. Era relativamente temprano para que estuviera ahí.
—¿Has venido a jugar conmigo, Ban?
—Mmm… no exactamente. He venido para hablar con tu madre.
Al proferir esas palabras, miró directamente a la mujer, que se sonrojó ligeramente. «Hablar»; interesante palabra para definir lo que había sucedido entre ellos.
—Bueno, pero ¿te quedas ahora a jugar, por fa? —pidió la niña con ilusión en sus ojos, que eran completamente idénticos a los de su interlocutor.
—No puedo, pequeñaja —dijo Ban con pesar.
No. No podía. Debía encargarse de un asunto de suma importancia y que no estaba dispuesto a posponer ni un minuto más.
—¿Y vendrás más tarde? ¿O mañana?
—Claro —afirmó mientras se agachaba y le revolvía el pelo.
—¡Ay! ¡Que me haces daño! —se quejó la niña medio en broma.
Ban soltó una carcajada al aire y Jericho se quedó mirando la escena con los ojos mieles brillando de emoción. Jamás había pensado que algo así se desarrollaría ante sus ojos, ni siquiera estaba en sus planes volver a encontrarse con Ban, pero la calidez le inundaba el alma por completo al saber que estaba con ellas. Era feliz viendo a Stephanie relacionándose con su padre. Sabía que quería que su futuro estuviera impregnado de momentos como aquel.
—Oye, Ban, ¿qué te ha pasado en la ropa?
—Ehh… —titubeó.
—Nada, cielo —interrumpió Jericho al ver que el hombre se había quedado en blanco y que no sabía cómo contestar—. Hemos salido a dar un paseo antes de que vinieras y Ban se ha caído. He tenido que curarlo.
—¿Quieres que vaya a por tiritas para curarte yo también? —dijo la niña después de componer una cara de notable asombro.
—No hace falta, pequeñaja. Será mejor que me vaya.
—Vale. No olvides que tienes que volver para que juguemos. ¡Adiós, Ban! —profirió antes de irse a su habitación.
El Pecado de la Codicia se despidió de ella con un breve movimiento de su mano y después fue hacia la puerta junto a Jericho para irse. Una vez allí, los dos se quedaron mirándose, sin saber muy bien qué decirse o cómo despedirse.
—Bueno, ehm… supongo que ¿ya nos veremos? —preguntó dudosa Jericho.
Quería dejarle claro algunas cosas sobre el futuro de su relación —básicamente, quería hablar sobre Elaine—, pero no consideró aquel momento oportuno.
Ban la tomó de la nuca en un movimiento que la pilló bastante desprevenida y la acercó a sus labios para besarla. Cuando se separaron, se quedaron mirándose de nuevo a los ojos.
—Voy a dejar a Elaine.
Jericho esbozó una tenue sonrisa y después asintió, feliz de escuchar esas palabras. No estaba dispuesta a ser la amante, la otra ni nada por el estilo, y mucho menos a que Ban tuviera una especie de doble vida. Se alegraba de que él la conociera lo suficiente para ser consciente de ese hecho.
Después, Ban se marchó.
Jericho fue hacia donde estaba su hija e intentó dejar de pensar, aunque fuera por un segundo, en las atenciones y el cariño que irradiaban los ojos de Ban, pero no le fue posible.
Abrió la puerta de su casa algo nervioso. Al entrar, Elaine estaba quieta en mitad del salón, callada, tremendamente seria y con los ojos enrojecidos. ¿Había estado llorando? Todo le resultó muy extraño. Tal vez había tenido algún problema con su hermano o quién sabía qué.
El hada se quedó mirándolo de arriba abajo con la mirada afilada, triste, decepcionada. Nunca sus ojos habían reflejado tanto vacío y desesperación.
—¿Qué te ha pasado? —le preguntó con preocupación al verle la ropa rasgada, sucia, y la herida vendada del hombro.
Ban se quedó congelado. Todo el camino de regreso había estado armando en su cabeza el discurso perfecto para acabar con su relación. Sería asertivo, empático, intentaría hablarle desde lo más profundo de sus sentimientos y su corazón. Lo haría bien esta vez. Y sabía que ella, siendo alguien tan etéreamente pura, lo comprendería.
Sin embargo, al verla tan rota algo se le removió en las entrañas. Toda su seguridad se drenó por completo. No sabía ni siquiera cómo responder. Entonces, tomó una —otra— mala decisión. Mintió. Y aquella mentira solo sería el primer eslabón de una cadena infinita de apariencias que era ya interminable y a la que llevaba atado demasiado tiempo.
—¿Esto? —preguntó sonriente, sin la seriedad que el momento requería, mientras se señalaba el hombro—. Nada, no te preocupes. A Meliodas se le ha ido la mano como de costumbre.
—No has venido esta noche a dormir.
—No… He estado con él. Ya sabes, bebiendo y diciendo idioteces. Como en los viejos tiempos.
La sonrisa nerviosa, falaz, no abandonaba su rostro ni un instante. Se notaba a leguas que estaba fingiendo, que estaba mintiendo. ¿Lo notaba Elaine también? El ambiente era pesado, cargante y le aplastaba el ánimo. No se había sentido tan incómodo estando junto a su pareja nunca.
—¿Sabes? Ayer mismo vi a Jericho en el mercado.
Ban tragó saliva duramente. Tenía un nudo en la garganta extraño, que se la apretaba insistentemente. Le escocían los ojos, le quemaba el pecho. En ese momento, se dio cuenta de que no quería hacerle daño; de que, a lo mejor, no era buena idea que esa conversación que tenían pendiente se produjera en aquel momento.
Pero lo que lo dejó realmente descolocado, ansioso, sin aliento, fueron las palabras amargas y frustradas que a continuación salieron de los labios de Elaine.
—Tiene una hija. Aunque supongo que tú eso debes saberlo a ciencia cierta.
Las primeras lágrimas, entonces, empezaron a surcar el angelical rostro del hada. A Ban se le rompió el corazón. Realmente, no valía nada. Siempre estaba fastidiando y haciendo sufrir a los que le rodeaban. A Jericho. A Elaine. A su propia alma y a él mismo.
—Elaine, yo… —intentó justificarse mientras se acercaba a ella, pero Elaine se alejó de él.
No parecía furiosa o frustrada, sino tremendamente decepcionada. Y eso le dolió al Pecado de la Codicia mil veces más que si le hubiese gritado o insultado. En el fondo, sabía que merecía todo su desprecio.
—No te me acerques, por favor…
Tenues sollozos empezaron a inundar la estancia, mientras Ban intentaba elaborar un discurso coherente con sus acciones, aunque no sabía si sería capaz de hacerlo porque realmente habían sido muy absurdas.
—No lo sabía. Te juro que no lo sabía.
—¿Y desde que volvimos a Liones tampoco lo sabías? —preguntó con la voz quebrada de dolor. Ban solo desvió la mirada avergonzado—. Me has mentido, Ban.
—Me enteré hace poco. Pero si no te lo he contado ha sido para no herirte.
—¿Crees que enterarme de esta manera no me hiere, no me desgarra?
—Lo siento.
—No me valen tus disculpas —espetó seria—. Llevas mintiéndome años.
—¿Años? —preguntó Ban confundido, conectando su mirada rojiza de nuevo con las pupilas nubladas y temblorosas de Elaine—. De verdad que me he enterado hace poco.
—No me refiero a eso. Me dijiste que nunca habías estado con nadie. ¿Era realmente necesario que me engañaras de esa forma?
No solo le había escondido el hecho de que era padre, de que tenía una hija que no era suya, sino que uno de los momentos más especiales, uno de los pilares básicos de su relación, se estaba resquebrajando, desmoronando por completo, a medida que la conversación avanzaba.
Era cierto; Ban no solo había estado con Jericho antes que con Elaine, sino con alguna que otra más de forma esporádica. Pero ¿qué más podía decirle en ese momento tan íntimo? Las mentiras piadosas a veces son necesarias para no dañar al otro. Claro que a veces ocultar la verdad puede doler mucho más que una realidad incómoda.
—Perdóname, Elaine —suplicó el hombre mientras daba un paso al frente, intentando acercarse de nuevo a la chica.
—¡No te acerques! ¡Eres un mentiroso!
A pesar de la advertencia, Ban terminó reduciendo las distancia de sus cuerpos por completo para abrazarla. La sintió tensa entre sus brazos, al contrario que en otras ocasiones, cuando la había sentido adecuada, liviana, lo que le correspondía en definitiva.
—Lo siento. Lo siento tanto —le susurró al oído mientras ella se deshacía en llanto sobre su pecho.
Poco a poco, los sollozos se convirtieron en un llanto más sosegado y la tensión de su cuerpo desapareció.
Ban había fallado, no había cumplido lo que se había propuesto y, mucho peor, había vuelto a mentir; esta vez a Jericho. Se tranquilizó al pensar que en ese momento no había dejado a Elaine, pero se decidió a solo posponerlo. Ese no era el momento, pero ya llegaría.
El momento en el que, por fin, sería sincero consigo mismo.
Con la cabeza apoyada sobre la barra del Boar Hat, Ban miraba la espuma de la cerveza, el gas y el color rubio del líquido que se contenía en una jarra de cristal. Las gotas de fuera del recipiente le indicaban que estaba a temperatura perfecta, justo como a él le gustaba.
Sin embargo, estaba tan desconcentrado que ya ni beber quería.
Habían pasado unos cuatro días desde que el estallido de reproches y sentimientos encontrados entre Elaine y él se había producido. No había vuelto a ir a visitar a Jericho ni a Stephanie. Había dejado su vida paralizada, como en un stand-by sin escapatoria y difícil de anular.
—¡Ban! —le gritó Meliodas desde el otro lado de la barra—. ¿Me estás escuchando?
El hombre se incorporó y lo miró con algo de desdén. Desde luego, las cosas no estaban yéndole demasiado bien, interpretó el rubio enseguida.
—¿Eres tan idiota que no te das cuenta de que te estoy ignorando?
Meliodas arqueó una ceja. Parecía más grave de lo que en un principio había pensado.
—¿Qué te pasa?
Ban apoyó sus brazos en la barra y después posó su barbilla sobre sus antebrazos. Tal vez no le vendría mal sincerarse con la única persona que podía entenderlo y darle buenos consejos sin juzgarlo. Después de todo, no en vano era su mejor amigo.
—Mi vida se está yendo a la mierda.
—¿Para tanto es?
—Me he acostado con Jericho —confesó sin titubear, sin dudar, sin arrepentirse porque realmente no lo hacía. Había sido una de las experiencias más maravillosas que le habían sucedido nunca.
—Obviamente. Tenéis una hija juntos.
Escucharlo diciéndolo con tanta cotidianidad lo sorprendió, pero luego pensó que el parecido entre Stephanie y él era innegable y que era probable que absolutamente todos los habitantes de Liones supieran la relación existente entre ambos.
Ban se volvió a sentar con la espalda recta y lo miró con cara de hastío. ¿De verdad tenía que ser más explícito?
—Eso fue hace mucho tiempo. Me refiero a que me he acostado con Jericho hace tan solo unos días.
—Wow, esto sí que no me lo esperaba —dijo Meliodas con los ojos abiertos de asombro.
Y era cierto. Sospechaba que su amigo tenía sentimientos por la muchacha de cabello lila, pero no pensaba que se fuese a producir un acercamiento tan repentino entre los dos.
—Lo sé.
—¿Y… qué hay de Elaine?
Ban bufó fastidiado.
—Ese es el problema. Quiero estar con Jericho, estoy enamorado de ella. Quiero dejar a Elaine. Pero no puedo —explicó concienzudamente, intentando expresar lo que sentía de verdad.
—¿Por qué? —preguntó el Pecado de la Ira, pero el objetivo de la respuesta no era que se lo contara a él, sino que Ban se lo confesara a sí mismo, que se diera cuenta de lo que guardaba en su interior.
—Porque no quiero hacerle daño. Ya ha sufrido bastante. Se ha enterado de lo de Stephanie y hemos discutido. Su mirada estaba tan vacía que me lastimaba incluso a mí. Se me partiría el alma si me dedicara una mirada así de nuevo.
—¿Y a Jericho sí quieres hacerle daño?
Ban le clavó los ojos de forma directa. ¿Cómo le preguntaba algo así después de decirle que la amaba?
—Claro que no.
—Pues todo a la vez no se puede. A veces hay que sacrificar algunas cosas para conseguir otras. Con las dos no puedes estar.
Qué razón llevaban esas palabras. Le atravesaron el pecho, le hirieron, le sangró el alma, pero sabía que aquella afirmación era verdad.
—Lo sé.
—¿Sabes cuál es tu problema? —Ban frunció el ceño, dándole pie así a que continuara hablando—. Que piensas mucho con esto —dijo Meliodas señalándose la cabeza— y actúas muy poco con esto —indicó esta vez con su mano la parte izquierda del pecho, justo donde estaba el corazón.
Y Ban sabía que su corazón le exigía, le gritaba, que saliera de esa taberna y se arrojara a los brazos de Jericho para aferrarse a ella y no dejarla escapar nunca más.
—Joder, odio que tengas tanta razón.
Meliodas le sonrió antes de volver a dirigirse a él.
—Ban, tú nunca has sido así. Siempre te has dejado llevar por lo que sientes en el momento. Sé tú mismo. Ahí encontrarás la respuesta. Así volverás a ser feliz.
Ban le sonrió con melancolía, le agradeció sus consejos con un apretón de manos y se marchó del Boar Hat sin saber todavía cuál era la mejor manera de actuar y enfrentar aquel cambio que tanto necesitaba su vida.
Nota de la autora:
Sé que he tardado de más en aparecer por aquí, pero he estado realmente ocupada con la universidad.
No quiero que Ban parezca egoísta o algo así, simplemente es un ser humano más que se está equivocando y mucho.
¡Espero que el capítulo haya sido de vuestro agrado!
Nos leemos pronto. Cuidaos mucho.
