La historia que dejamos pasar
Capítulo 1
Numerosas veces su padre —y más de un habitante de Akita— le había dicho a Kotoko que la huida no era la mejor opción, pero no fue hasta estar de regreso permanente en Tokio que ella lo creyó.
A pesar de que en los animales pequeños el mecanismo más recomendado era escapar para ponerse a salvo, en su caso no había sido lo mejor. Y empezó a entenderlo no como resultado a una reflexión o la madurez que había adquirido en seis años apartada de la gran urbe, casi loca por el bullicio de la familia materna, sino porque había extrañado esa ciudad y la había abandonado por un hombre que no la quería.
¿Cuándo se le ocurrió que la solución a una relación fallida con un hombre, por el que "desperdició años de su vida", era irse del sitio que amaba, principalmente si éste tenía una población inmensa?
Las cosas que hacía un corazón roto, se respondió Kotoko en silencio, cepillándose los dientes distraídamente mientras recordaba lo que orilló su huida.
El día de su boda, el que se suponía sería uno de los más felices de su vida, se convirtió en el peor cuando minutos antes del enlace se enfrentó a algo que no podía ignorar si se casaba con Irie-kun. Él le había robado la ilusión de una mujer enamorada y no le quedó más que liberarlo de una ceremonia vacía… un compromiso que, a miras de hoy, comenzó por su egocentrismo, al no querer ver que escogería a Kin-chan; si no podía ser de él, tampoco sería de otro, sobre todo si ganaba el tonto y no el genio.
Kotoko sonrió al espejo, peinándose su cabellera cobriza cortada a los hombros.
Ya no era demasiado doloroso pensarlo. Si algo tenía el tiempo, es que podía suavizar los duros golpes, siempre que no incrementara los malos sentimientos; a ella, los años le habían servido para resignarse a la verdad de no ser amada por el único hombre que querría hasta el día que muriera rodeada de gatos y con una fotografía suya pegada a su pecho. De hecho, guardaba el recuerdo de los bonitos momentos juntos y no le tenía rencor por ilusionarla con una propuesta de casamiento, más bien le respetaba por haberla hecho, pues requería de mucha fuerza de voluntad comprometerse con alguien a quien no amabas (cosa que ella no consiguió hacer con su amigo).
También sentía pena de provocarle la humillación de ser abandonado en el altar. En su momento, cegada por el corazón roto, no pasó por su cabeza cómo se sintió al ser rechazada en el patio escolar —como en otras ocasiones públicas—, y, sin duda, ser plantado debía ser mil veces peor; su único consuelo era que Irie-kun no la amaba y solo le dañó el orgullo.
Por otra parte, lo sucedido le había ayudado, personal y profesionalmente. En aquellos seis años había crecido, impulsada en un principio con la idea de que él no la quiso por ser tonta e inmadura, y después por sí misma, al darse cuenta que echó a perder años importantes de su vida enfocada en un hombre.
La Aihara Kotoko de quince años se sorprendería de verse como enfermera en el futuro. Quizá si en sus visitas a Akita se hubiese fijado más en su tía abuela y otros enfermos, en lugar de estar pensando en el chico y lo que estaría haciendo en Tokio, habría podido descubrir antes su profesión y enorgullecerse de sí misma.
Aunque su sitio no estaba en el pueblo natal de su madre, y ahora que estaba de vuelta a su hogar, lo reafirmaba. Simplemente no era lo mismo.
—¡Papá, ya me voy al trabajo! —anunció ante la puerta de su padre.
Él respondió de un modo ahogado por la almohada y Kotoko rió en voz baja, asintiendo a la fotografía de su madre cuando caminó frente a ella.
Antes de salir comprobó en su bolso su almuerzo y los uniformes lavados que llevaría a su casilla asignada, y cuando estuvo satisfecha, se encaminó a una nueva vida en el Hospital Universitario de Tonan.
{…}
—¿Y en la Universidad de Akita había estudiantes de medicina guapos?
Kotoko soltó una carcajada a la pregunta de su nueva compañera, Shinagawa Marina, enfermera como ella, pero del área Cardiovascular. Acababan de conocerse en el vestuario y ya era de su agrado, habían conectado igual que con sus amigas Jinko y Satomi, incluso si su compañera se interesaba más en los doctores y no en su carrera. Era divertida y honesta, cosa que apreciaba de sobremanera.
—¿Alguien está hablando de médicos atractivos sin invitarme? —inquirió una voz afeminada desde la puerta.
Marina, como insistió en que la llamase, se acomodó su cofia blanca sobre su cabello rojizo y miró hacia la persona con una sonrisa traviesa. Kotoko imitó sus acciones —sin la diversión—, sintiendo una repentina curiosidad por la interlocutora, que tenía confianza con su compañera. Asimismo, le haría bien tener más conocidos, puesto que la enfermera en jefe, Hosoi-san, no le había presentado a muchos compañeros —aduciendo una emergencia.
En la entrada había un hombre con una bata blanca y cofia, para nada la mujer que había imaginado. Era alto con rebeldes cabellos pelinegros, del mismo largo que los de ella, y tenía los ojos delineados de forma prolija, distando por mucho de lo que podría alcanzar por su cuenta.
—Ella es Aihara Kotoko, estará contigo en Cirugía. Viene de Akita —comentó Marina, señalándola con el pulgar. —Y sí, estamos hablando de médicos atractivos, o estudiantes, para el caso.
—Yo soy Kikyou Motoki, pero puedes llamarme Moto-chan, bienvenida a Tokio.
—Dime Kotoko. ¿Eres…? —murmuró anonadada.
Moto-chan suspiró. —Una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre, como a veces pasa. —Lo agradeció con un asentimiento; mejor aclararlo desde el comienzo.
Las tres salieron del vestuario para ir a la estación de enfermeras.
—Entonces, ¿qué me dices de los hombres de Akita, valen la pena? —continuó Moto-chan inclinándose sin discreción.
—Para ser honesta, no estuve muy pendiente de ellos —contestó sonrojada, mordiéndose el labio inferior al final.
—¿No te gustan los hombres? —preguntó Moto-chan con interés manifiesto.
—No, no, digo, sí, me gustan los hombres, no las mujeres —aclaró Kotoko agitando las manos frenéticamente. —Me atraen los hombres.
—¿Y por qué no te fijaste en alguno de Akita? ¿Tienes novio? ¿Esposo?
Negó rápido. —Estaba… enfocada en mis estudios.
—Parece que hay más historia detrás. No te presionaré, aunque soy buena escuchando, Kotoko. —Moto-chan sonrió con calidez antes de que sus ojos brillaran animados. —Bienvenida seas a Tokio; no te pudo tocar mejor hospital que éste.
—Sí, no hay otro mejor —sentenció Marina ensoñadora.
—Ya he vivido en Tokio —intervino Kotoko. —¿Y por qué es el mejor? —cuestionó mientras ingresaban a la estación de enfermeras.
Moto-chan y Marina entrelazaron sus brazos entre ellas y sonrieron ilusionadas.
—Porque la eminencia y nuestro hombre ideal decidió regresar hace seis meses y nueve días, cuando fue el primer ayudante en la operación de un joven famoso.
—De nuevo con eso. —Kotoko brincó al oír el comentario acompañado de un bufido, encontrándose con un hombre de largos cabellos oscuros revisando un tablero. —No dejes que te embauquen también.
—Eh… ¿De qué hablan?
—Estás aquí para trabajar, ¿no? Puedes dejar el chismorreo para tu descanso o la hora de salida —dijo con desagrado el enfermero.
—Eso no ha sido amable, Keita —reprendió Moto-chan. —Solo queremos que conozca más del hospital, y no puedes negar que le servirá aprender de nuestro hombre ideal, Kotoko será nueva en Cirugía.
—Para qué me molesto —masculló el tal Keita. —Bienvenida. Espero que tomes en serio tu labor.
Con eso se dio vuelta y siguió observando el tablero blanco.
—Él es Kamogari Keita, de Ortopedia. Es serio y parece malhumorado, pero en el fondo es muy amable. Bajo ese exterior hay un gran hombre sensible. La enfermería es su pasión y por eso actúa fiero —explicó Moto-chan haciendo un ademán displicente.
—Te acostumbrarás a él —añadió Marina divertida.
—No deberían hablar de las personas como si no estuvieran cuando estas se encuentran presentes —dijo Keita yendo a una computadora cerca del tablero.
Sus nuevas amigas rieron entre dientes.
—Sí, bueno, como te decía, nuestro hombre ideal, del que soy la presidente de su club comunitario, está de regreso después de una estancia en Kobe, y escogió el hospital de su universidad para ejercer… de entre todos los hospitales. Tiene Cociente Intelectual de doscientos. ¿Puedes creerlo? Un verdadero genio como él pudo ir a cualquier lado y prefirió éste.
—¿Genio? —pronunció casi ahogándose con su saliva.
La única persona que había conocido con esa descripción era exactamente la que no desearía que trabajara allí también.
—Sí —dijo Marina—. Genio, joven, apuesto, triunfador, popular, serio; bueno, en realidad frío, pero solo necesita a una mujer que lo descongele.
Los adjetivos encajaban a la perfección con él.
—Hasta donde sabemos por pesquisas quiere ser Cardiólogo pediatra, pero por fortuna ahora se encuentra en Cirugía.
—No sabes cuánto te odio por ello —masculló Marina cruzándose de brazos.
Kotoko sudó frío.
—Tienes a Funatsu.
—El segundón.
—Que besa el suelo que pisas… al menos tienes la atención de uno de los dos mejores de la Facultad de Medicina.
—Pero no es…
—¿Dónde está la enfermera Shimizu-san?
Kotoko se estremeció y se sintió mareada al oír esa voz masculina a su espalda, mucho más fría de lo que alguna vez le pareciera. Definitivamente su suerte seguía siendo tan mala como siempre, o de lo contrario no habría coincidido con él.
—Enfermera Kotoko-san, ¿te encuentras bien? —preguntó Keita apareciendo en su campo de visión; lucía genuinamente preocupado.
Marina y Moto-chan, que miraban sobre su hombro con sonrisas largas, regresaron su atención a ella.
—Te ves pálida —señaló Marina frunciendo el ceño.
—¿Quieres sentarte? —ofreció Keita.
Kotoko agitó la cabeza como negación y se volvió lentamente, encontrándose con la figura inconfundible del hombre que abandonó en el altar y al que no había visto en seis años, de una apariencia más inalcanzable al pasado. Si antes era un cubito de hielo, ahora le daba la impresión de un iceberg. O tal vez solo a ella le dedicaba ese aire helado. O solo ella tenía esa impresión helada, porque sus ojos y rostro, aquellos que nunca consiguió comprender muy bien, eran sumamente inexpresivos.
No había ni el desdén con el que estuvo mucho tiempo familiarizada.
—I-Irie-kun —pronunció con voz temblorosa.
Él bajó sus orbes violáceos hacia ella un segundo y los apartó con evidente desinterés, en una repetición del día que la conoció, con varios grados Celsius menos. Era como exponerse a la intemperie en invierno, sin abrigo.
—¿La enfermera Shimizu-san? —cuestionó él de nuevo a manera de exigencia.
Cuando obtuvo su respuesta, Irie-kun partió, dejando un silencio tenso en la habitación, roto por las exclamaciones de Moto-chan y Marina.
Ignorándolas, Kotoko pestañeó varias veces con la mirada en la puerta, sintiéndose mareada.
Él estaba allí.
NA: ¡Hola!
¿Qué les parece? Esto es para las que amamos a una Kotoko más madura, ¿no es lindo? Pero su suerte sigue siendo la de siempre.
La historia alternará puntos de vista entre Naoki y Kotoko, será uno de él, dos de ella, porque los de nuestra pelirroja son un poco más sencillos je,je. Me ha emocionado mucho ver que ya he juntado follows y favs de este fic, ¡gracias!
¿Qué creen que les ocurrirá ahora?
Besos, Karo.
Alexandra portug: ¿Por qué lo dejó? Je,je, una pista aquí, pero no será muy claro aún lo que pasó. Por ahora ya tienes la continuación de esa huida. / Gracias por tu review :)
