La historia que dejamos pasar
Epílogo
La primera vez que estuvo esperando junto al oficiante, Naoki miraba de frente al altar, irritado por el lugar en que se encontraba, sin apreciar la ambientación a su alrededor, únicamente deseando que aquello acabara.
La segunda vez era diferente. Él veía hacia atrás, aguardaba al momento en que su prometida cruzara por las puertas de la iglesia para unir sus vidas, rodeados de todo lo que ambos habían decidido tener ese día especial; los colores, la música, las flores, y demás detalles del acontecimiento.
Su corazón latía fuerte, estaba feliz.
Y no tenía problema en demostrarlo. Los más de diez años transcurridos desde la ocasión anterior le habían enseñado a valorar lo importante y no callar sus sentimientos porque nunca sabías qué iba a ocurrir.
(Hasta enfrentaron una pandemia para poder estar ahí ese final de primavera.)
Las puertas se abrieron y una emocionada Kotoko apareció con su amplio vestido blanco. Él contuvo el aire de la impresión y de inmediato sonrió solo para ella, dándole la bienvenida.
—¡No!
—¡Abuela, no queremos ver eso!
Las exclamaciones de sus hijos trajeron a Naoki al presente, luego de haberse perdido en sus pensamientos mientras se reproducía el vídeo de su boda en la pantalla, que su madre proyectaba por enésima vez a casi un lustro del evento.
Le sorprendía haber recordado el momento con mucho realismo.
…aunque era un día especial, después de todo.
—¿Por qué, mis amores? —preguntó su madre cariñosamente, con un brillo conocedor en los ojos. La respuesta era obvia.
—Naoko y yo no queremos ver la boda de papá donde él se casa con mamá. Mami es de los dos, no de él —contestó Naoto ceñudo y su hermano gemelo asintió.
—Mami es de nosotros y de onee-chan.
Fue turno de Naoto de asentir.
—¡Pon el vídeo de nuestro cumpleaños! —sugirió de repente Naoko.
—Sí, el vídeo donde mamá nos abraza frente al pastel —coincidió Naoto, aplaudiendo.
Kotoko, junto a él, le dirigió una mirada suplicante de hallar una solución. Últimamente sus hijos de cuatro años se peleaban con él —no entre ellos— por ella; presumían cualquier pequeñez que los involucrara con su madre y en momentos aseguraban que les pertenecía y negaban su vínculo con ella. Nishigaki y él habían discutido sobre el "Complejo de Edipo" mencionado por psicoanalistas.
Naoki no sabía si creer en teorías que no cumplieran completamente el rigor científico, así que seguía analizando su forma de actuar. Naoko y Naoto no se oponían a que la tocara, la besara o actuara atento con ella. Tampoco lo hacían a un lado con su rivalidad.
Pero hasta encontrar una forma de arreglarlo trataba de actuar prudentemente.
—¿Y si mejor jugamos fútbol? —propuso Naoko con sus ojos marrones brillando. —Le ganaremos a papá.
—¡Sí! —exclamó su otro hijo parándose frente a él. —¡Juega con nosotros!
Naoki revolvió el cabello castaño del mayor de los gemelos, copias de él con la excepción de sus ojos, iguales a Shigeo-san.
…y la personalidad, similar a su madre y abuelas.
(Por ellos llegaba a sentir sus treintas en toda la extensión.)
—Mami —hablaron los dos a coro.
Sus dos hijos miraron a Kotoko con pucheros.
—¿Nos verás ganar? —preguntó Naoko dulcemente.
Su esposa sonrió meliflua y asintió. Él le dio la mano para ayudarla a ponerse en pie, pues con ocho meses de embarazo no era muy ágil.
La hija que esperaban dentro de un mes era el resultado de dar oportunidad al azar y al destino de anexar a alguien más en su familia nuclear. Cuatro semanas antes de su vasectomía habían decidido no usar métodos anticonceptivos, y tras su operación supieron que ella estaba encinta.
Ahora no solo Yuuki le habría dado una nieta a Irie Noriko.
Para que los niños no apresuraran a su madre, él rodeó sus estómagos con sus brazos y los llevó a la altura de su cintura. Ambos patalearon riendo, mas no pidieron que les bajara, disfrutando el viaje al patio trasero. Sus padres no le siguieron, por lo cual él y su pequeña familia fueron los únicos en salir de la casa.
—Niños, cubran sus ojos.
Él rió con las palabras de su esposa, que hizo un pico con los labios. Se inclinó para besarla suavemente cuando ellos cumplieron la instrucción.
—Asegúrate que ganen, Naoki-kun —susurró ella sobre su boca.
Con sus energías y la inteligencia que podían demostrar, había muchas posibilidades de que ocurriera.
Depositó a los niños en el pasto y los vio correr hacia la pelota rápidamente. Por su parte, él rodeó a Kotoko con su brazo, acercando su rostro para besarla de nuevo, esta vez sin solo rozar sus labios.
—¿Quién es el verdadero ganador? —remarcó con arrogancia su puesto de esposo y padre.
Kotoko rió entre dientes, sonrojada.
Ella se interrumpió al mismo tiempo que él sintió un golpecito en el abdomen. Su pecho se inundó de más amor y orgullo; su hija había pateado.
—Al parecer Naomi-chan sí quiere que gane su papá —dijo Kotoko llevando su mano a su prominente vientre.
Puso su mano sobre la de ella mientras reía por lo bajo.
La observó, satisfecho de que su rostro reflejara felicidad y no esa tristeza que contempló en los muchos videos que la familia materna de ella le había mostrado años atrás, grabados en el tiempo que vivió en Akita. Verla tan apagada había sido una pesadilla y se prometió no provocar tal cosa de nuevo.
—¡Oji-san! ¡Oba-san! ¡Kotomi-chan!
Se separó al oír que Yuuki y su familia estaban ahí. Su sobrina de dos años se soltó de su padre y corrió hacia él al verlo, porque era su persona favorita.
La alzó y Kotomi lo abrazó del cuello afectuosa. Yuuki estaba seguro que su preferencia por él era la consecuencia de ser nombrada pensando en la persona que hizo estar juntos a sus padres (la cual también le adoraba).
Alborotó los cabellos negros de la pequeña, cuyos ojos oscuros resplandecieron, justo cuando los padres de ella se detuvieron frente a él.
—Hola, Naoki —saludó su hermano sonriente y él asintió.
Con una mirada corroboró que estuviera bien, como lo hacía cada vez que se veían.
Yuuki, Konomi y su sobrina vivían por su cuenta, no como Kotoko y él, que concienzudamente tomaron la decisión de cohabitar con sus tres progenitores, debido a los turnos difíciles que a veces tenían; ellos ayudaban a cuidar a sus hijos, aunque había una niñera que apoyaba a su madre, quien la mayor parte del tiempo estaba con los gemelos. Su hermano y compañía tenían su hogar cerca de Pandai, donde ambos laboraban, razón por la que Yuuki había implementado la innovadora —para Japón— costumbre occidental de tener una guardería en la empresa (bien aceptada con los estragos de la epidemia global).
Pero no solo lo contemplaba por eso, al ser la primera línea de batalla de la pandemia y tener que soportar el angustiante tiempo en que Yuuki estuvo gravemente enfermo, esa costumbre era como un tatuaje en él.
—Konomi, Yuuki —dijo su esposa tomando asiento en una de las sillas de la terraza.
—¡Papá! —lo reclamaron sus hijos.
—¡Oji-san! ¡Juega en nuestro equipo! —pidió Naoko, siempre como el líder, pese a ser el menor de ellos.
Yuuki rió y Naoki suspiró.
—Estos jóvenes te vencerán.
—Yuuki, solo tenemos treinta y siete, no somos tan mayores —protestó Kotoko cruzándose de brazos.
A Konomi se le escapó una risita mientras él le entregaba a su hija, luego de darle a esta el beso que había pedido batiendo sus largas pestañas.
Se unió a los tres en medio del patio, notando que confabulaban en su contra. Por largo rato jugó con ellos, hasta perder y terminar con sus hijos riendo encima de él, encantados de divertirse juntos.
Cuando sus padres salieron y Shigeo-san llegó, Yuuki y él se sentaron con los adultos y contemplaron a los tres infantes jugar con el balón.
Debajo la mesa sintió la mano de Kotoko sujetar la suya y la miró de reojo para recibir la sonrisa amorosa de ella.
Devolviendo la vista a los menores apretó su mano. Se sentía contento de donde estaban ahora, con una vida cálida y dichosa que existía de esa manera gracias a no haberse casado en circunstancias equivocadas y el aprendizaje que ellos adquirieron por esa y otras experiencias en los años que llevaban conociéndose.
Veinte.
Kotoko no lo sabía, ni debía recordarlo, pero ese mismo día, dos décadas atrás, ella se había acercado para entregarle una carta de amor. Se cumplían veinte años del suceso con el que había aparecido en su existencia.
Cuánto no había ocurrido desde entonces.
Y todavía le quedaban más experiencias que atesorar.
NA: ¡Y llegó la conclusión de esta historia!
Cuan cambiado, para bien, el demonio Irie.
Hay un dato curioso. En el capítulo final entra el 2020 (en este es 2028 y ellos se casan en el 2023, por si quieren el cálculo). Originalmente la escena de Naoki y Kotoko al acordar casarse sería a finales de enero, pero luego consideré cambiar a año nuevo, ya que en Japón se presentó un primer caso de covid a mitades de mes. Por mi mente también pasó que Naoki se enterara porque un médico de China con el que tuviese contacto por su investigación le hablara de los casos de neumonía extraños, pero preferí dejar el guiño post-pandemia positivo más que el pre-pandemia, sobre todo porque hasta Naoki es más abierto por eso y su paternidad. De algún modo, el año pasado, que comencé a pensar este fic y poner el 2008 (cuando salió el anime) como el tercer año de preparatoria de ellos, hizo que el término de la historia coincidiera con el 2020.
En fin, hechos de la vida, sé que no ha sido un año grandioso, perdí a un ser querido, pero espero que se puedan rescatar las cosas buenas y sirva para aprender y, ¿por qué no?, dar el paso para mejorar y valorar lo que se tiene, quien está. O, al menos, para saber cómo sobrevivir y preocuparse por el bienestar psicológico. Creo que esto viene a bien con la temática de este fic, el cual deseo de todo corazón les haya dado bonitos momentos estos meses. Ojalá que mi amor por la lectura y la escritura les proveyera un paréntesis de la vida real.
Gracias por seguir este fic, leerlo, comentarlo y hacerme saber lo que han pensado con él. No sé qué deparará el futuro, pero quiero creer que seguiré por aquí, ya que todavía me queda mucha inspiración, y anhelo poder tenerles acompañándome.
Disfruten sus pequeñas fiestas cuidándose. ¡Todo lo bueno para el 2021!
Abrazos y besos, Karo
