20 de dic 2020

NAVIDAD

Ese año el invierno había golpeado con furia el pequeño pueblo de Green River, en la región Este de Amestris; aun así la nieve tardó en hacer acto de presencia. Aunque para los pobladores del lugar el helado viento que venía del norte les bastaba.

Esa sería la última semana de clases en la primaria pública del pueblo. Los niños de todas las edades se agazapaban en la construcción de madera del frío del exterior.

Muy pocos prestaban atención a la última hora de clases, la mayoría miraba con ojos soñadores el exterior a través de las ventanas; aunque hacía frío y el cielo estaba tan cerrado que no se percibía el sol, el ambiente navideño se sentía en todos los rincones del pueblo.

La manecilla del reloj caminó, lo que produjo el toque de unas campanas que anunciaron las 14:00 hrs, oficialmente estaban de vacaciones y no volverían a las aulas hasta el siguiente año. Escucharon impacientes el mensaje de su profesora y salieron en tropel los pocos niños que llenaban las aulas; todos se aseguraron de colocarse sus chamarras, guantes, gorros y bufandas antes de salir al exterior.

El aula pronto se quedó vacía, excepto por una menuda chiquilla de rubios cabellos. Para su buena o mala suerte, ese día le tocó a ella y a otra chica hacer la limpieza del aula; llevaban media hora trabajando en fregar los pupitres cuando Riza notó la impaciencia de la otra niña por salir; así que se ofreció a terminar por sí sola el trabajo. La joven morena se apresuró a darle las gracias, se vistió lo más rápido que pudo y salió, dejando a la niña rubia mirando en medio del salón mientras sostenía una escoba.

No dejó que su mente se llenara de falsas ideas, en su lugar regresó a lo suyo y se ocupó con cuidado de la limpieza sin importarle el paso del tiempo.

De vez en cuando miraba por la ventana, tratando de adivinar cuánto frío hacía afuera, de ahí su mirada se dirigía a su chamarra colgada sobre el perchero y la tocaba de un extremo esperando que ya no estuviera mojada.

Era una chamarra vieja, el color azul celeste estaba deslavado, y uno de sus bolsillos tenía un agujero que si no tenía cuidado y lo olvidaba, sus monedas se terminaban perdiendo.

El sonido de la campana del pueblo atrajó su atención: eran ya las cinco de la tarde, se apresuró a guardar las cosas de limpieza en el armario; alisó su vestido de lana y al frotar sus brazos una sensación de calor la cubrió misma que se desvaneció tan pronto se puso la chamarra.

La prenda ya no estaba tan mojada como esa mañana, pero estaba húmeda y tan pronto dejó el cobijo de la construcción, sintió como la humedad de la tela y el viento helado se metía dentro de su ropa seca.

Sacó de su mochila sus guantes y se los colocó, al menos sus manos estarían calientes. Echó una mirada alrededor de la escuela, esperando ver a alguien pero de inmediato supo que ya no estaría ahí, era demasiado tarde y además no tendría porqué estar esperándola. Empezó a andar de regreso a su casa, escondiendo su rostro lo mejor que podía entre la bufanda.

Caminó entre las cada vez más vacías calles del pueblo, apurando el paso movida por el frío que sentía y por un leve temor a la oscuridad que se había apresurado a aparecer.

Metió su mano a la bolsa buena de su chamarra y contó sus monedas, en la esquina de la última calle del centro estaba una pastelería.

Al entrar en la tienda un agradable aroma a mantequilla y azúcar inundó sus fosas nasales al tiempo que su boca comenzaba a salivar.

Se acercó al mostrador y pidió una galleta rellena de mermelada de zarzamora con cubierta de chocolate amargo, vio la charola de a lado y apretó los labios dudando en si gastar todas sus monedas en esa otra galleta.

Seguramente no lo merecía, se había ganado lo que ella hizo, y él se las cobró de mala manera, así que prácticamente no le debía nada, pero un sentimiento más parecido al remordimiento de culpa que al enojo pinchaba su pecho, lo pensó una fracción de segundo más y terminó llevando también la galleta de dulce de leche cubierta con azúcar glass. Pagó y salió de la tienda feliz por primera vez en el día.

Eligió caminar en la calle principal, era una ruta más larga de camino a su casa pero era más segura que cortar entre las pequeñas casas, se detuvo en el último cruce y miró al frente. Apartir de ahí había un solo camino en subida que conducía a su casa la última y más apartada del pueblo. Permaneció de pie un tiempo apretando los labios debatiéndose en si deseaba llegar pronto a casa o caminar más lento para tardar más en llegar.

La noche anterior había caído agua nieve; la lluvia había comenzado desde la tarde y se extendió hasta muy entrada la noche, por esa razón la chica se refugió desde temprano en su recamara, por la tarde bajo para preparar la cena y una vez los tres cenaron, ella se dedicó a limpiar la cocina. Esa noche las tareas domésticas le correspondian a ella, mientras su padre y su pupilo se encerraban en el estudio por algunas horas.

Riza estaba terminando de guardar la vajilla en la alacena, cuando el aprendiz de su padre entró para hacerle compañía y compartir las últimas horas de la noche con ella, antes de dirigirse cada uno a su habitación.

En algún momento de su plática los ánimos se calentaron, ninguno de los dos pudo controlar su lengua y las palabras comenzaron a subir de tono. Riza fue la primera en finiquitar la repentina pelea: tomó los apuntes de alquimia que Roy había dejado sobre la mesa, se acercó con ellos a la puerta trasera y los arrojó lo más lejos que pudo; el pelinegro abrió los ojos con una mezcla de horror y asombro. Lo natural hubiera sido que corriera al exterior para recuperar sus notas y evitar que se dañaran, pero su reacción fue todo lo contrario: se dio la vuelta, salió de la cocina y subió de dos en dos las escaleras; unos minutos más tarde el chico atravesó la cocina, y pasó de largo a la rubia que lo miraba con la boca abierta.

Roy dio un paso fuera; hacia la lluvia, frunció el ceño, echó los brazos hacia atrás para agarrar impulso y arrojó las chamarras que había ido a traer de la habitación de la joven, las prendas fueron a aterrizar sobre el pequeño huerto de vegetales que cultivaban. Terminó de adentrarse en la lluvia para ir a recoger sus apuntes que estaban sobre un charco de lodo.

Cruzó la puerta y pasó de largo a la joven rubia que miraba sin terminar de creer que se atreviera a tanto.

Cuando Roy desapareció de su vista, corrió a recoger su ropa, que para ese entonces estaban completamente mojados. Riza sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas de impotencia; pero no le daría el justo a nadie de verla llorar, incluso si no había nadie presente en la cocina, en su lugar acercó unas sillas a la chimenea y puso sus chamarras, esperando que estuvieran secas por la mañana.

El viento del norte sopló, provocando que el frío se colara por su chamarra húmeda, su menudo cuerpo se estremeció recordando que debía volver a casa antes de que enfermara.

Reanudó su caminata en completa soledad, notando como el panorama se volvía más oscuro. Echó un último vistazo al pueblo que comenzaba a iluminarse con las farolas y entonces lo sintió. Algo frío acarició la punta de su nariz, miró hacía el cielo ahora blanquecino y más copos se posaron en sus mejillas y cabello: había comenzado a nevar.

De pronto el frío, su ropa húmeda, la pelea con Roy la noche anterior y toda su amargura del día se esfumó; una sonrisa que nadie noto iluminó su rostro. Un copo se posó en sus labios y ella lo retiró con su lengua, notando como se derretía al instante, eso la hizo reír. Se quitó uno de los guantes y extendió la mano esperando que los copos tocaran su mano.

Unos cuantos aterrizaron en su palma, de súbito una mano cubrió la suya. Cuando abrió los ojos sorprendida, se topó con unos firmes pero al amables ojos negros.

Ambos chicos se miraron sin decir nada, la blanca nieve contrastaba con el cabello azabache del chico, su nariz y mejillas estaban rojas por el frío, pero su rostro estaba iluminado por un halo entre el alivio y la alegría.

Fue Riza la primera en romper el contacto visual, cuando sintió el leve apretón de mano.

-"Vamos a casa"- Fue todo lo que dijo antes de colocarle una frazada sobre los hombros, volvió a tomarla de la mano y juntos emprendieron el regreso a casa.

Riza trató de decir algo, pero nada salió de sus labios. Cuando Roy la cubrió con la manta, notó como el frío que la acompañó desde que dejó temprano por la mañana su casa se esfumó; o tal vez fue el resultado de sentir su mano sobre la suya y verlo andando junto a ella, que una dulce sensación de calor nació desde su pecho extendiéndose por todo su cuerpo.

Para cuando llegaron a la casa la nieve caía ahora en grandes cantidades, Roy la hizo pasar primero y sin soltarla la condujo hasta el baño, donde ya la esperaba la bañera con agua que desprendía un agradable vapor, le quitó la frazada y cerró la puerta dejándola sola.

Riza se recostó en la bañera sintiendo como sus músculos agarrotados comenzaban a despertar gracias al agua caliente, se lavó el cabello y restregó su cuerpo con jabón, salió de la bañera cuando el agua comenzaba a enfriarse.

Cuando fue a reunirse con Roy a la cocina, vestía una falda de lana y un suéter de cuello alto.

El chico le extendió un plato de estofado, y fue a sentarse con ella cuando sirvió un plato para él y cortó dos trozos de pan.

Comieron en silencio sin saber muy bien cómo comportarse, ahora que estaban de nuevo solos en el sitió donde la noche anterior habían discutido.

Cuando terminaron de comer Riza se puso de pie para lavar los platos, calentó un poco de leche, sirvió dos vasos, les agregó un poco de azúcar y fue a sentarse de nuevo donde el pelinegro la esperaba. Colocó el vaso frente a él y le ofreció una de las galletas que había comprado antes.

-"Lamentó lo que hice con tus notas"- Le dijo señalando con un breve movimiento de mentón las libretas que Roy tenía en la mesa, y que estaba transcribiendo en libretas nuevas.

-"Yo lo siento más"- Dijo, y su voz sonó demasiado baja. -"Lamento lo que hice, fui un tonto. Esto es solo papel y tinta y se puede reponer, pero por mi culpa tuviste que andar con ropa mojada todo el día, pudiste haber enfermado"-

-"Pero no lo hice"- La voz de ella aunque era aguda sonó más cara y firme que la de él. -"Además si enfermó, sé que tú cuidarás de mí"-

Roy volvió el rostro para mirarla sin entender bien sus palabras, pero la chica no dijo más; en su lugar le mostró una enorme sonrisa revelando sus blancos dientes y sus mejillas rosadas.

Riza se sentó a su lado, tomó una libreta, algunas de las hojas manchadas y le ayudó a transcribirlas.

Roy observó por un tiempo el perfil infantil a su lado, observó desde los rubios mechones rebeldes que resbalaban por su frente, su respingada nariz, sus labios rosados manchados de chocolate oscuro y su ceño fruncido tratando de descubrir los apuntes de alquimia que ella había arruinado.

El joven pelinegro sonrió, sintiendo como el peso de la culpa por sus acciones se disipaba, sabía que ella lo había perdonado por su pelea. Ver a Riza sentada a su lado lo hacía feliz.

Sin entenderlo aún, todo lo que pasaba con ella le afectaba, se preocupaba por ella y se alegraba con ella. Una cálida sensación comenzaba a encenderse en su pecho cada que estaba a su lado.

Miró a la ventana y vió como la nieve continuaba cayendo; por la mañana, sabía, los caminos estarían cubiertos de nieve. Le costaría trabajo bajar al pueblo pero tenía que hacerlo, la primera nevada del año iba a ser un buen pretexto para disculparse con su madre adoptiva y sorprender a su rubia amiga.

-Sherrice Adjani-


La idea llegó a mi a principios de mes, por la tarde mientras regresaba a mi casa del trabajo y de pronto antes de cruzar la calle note que empezaba a llover (En CDMX no cae nieve por desgracia), ahí mi cerebro comenzó a hilar está historia, que no escribí hasta el 20 de diciembre y la idea era subirlo ese mismo día pero no pude terminarlo a tiempo.

Tratare de concluirlo antes de fin de año, así de debo apurarme a escribir.

¡Feliz Navidad para todos (as)! y gracias por leer.