3. La vez que se besaron

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Besar a Saga.

A Aioros lo asaltó ese pensamiento de repente, de la nada, sin ningún motivo. No había razón lógica que conectara esa idea con lo que Saga le estaba diciendo, pero ahora ya no podía hacer que abandonara su mente. Atronaba sus oídos y hacía eco en cada recoveco de su cabeza y no podía pensar en otra cosa. De pronto, Aioros se sintió con la necesidad de besar a Saga y ya. Así sin más como si fuera algo proveniente de la lógica, algo que ya estaba ahí inerte, plantado en su mente quizá desde hacía mucho tiempo. Se sentía como una revelación divina, porque más que estar aturdido o confundido, se sentía como si alguien hubiera descubierto su secreto, pero ese alguien era él mismo.

Se dio cuenta que Saga separaba los ojos del plano que estaban revisando y lo miraba de lado, quizá sintiéndose el objeto del profundo escrutinio de Aioros y quien sabe qué cara de estúpido tendría que se enderezó para observarlo mejor, con el entrecejo fruncido.

—¿Pasa algo?—preguntó Saga, no sabía distinguir si consternado o preocupado.

Oh, claro que no, habría dicho si su cerebro se dignara a obedecer sus órdenes, pero solo era que tengo muchas ganas de besarte ¿puedo? Aioros negó con la cabeza, interrumpiendo su propio diálogo interno, sintiéndose ridículo. Consiguió señalar un punto en el plano, sabrá la dulce Atenea cuál porque en ningún momento dejó de mirar al otro, específicamente no podía dejar de mirar su boca. Se escuchó a sí mismo preguntarle cómo harían para conectar esa construcción con la principal, aunque estaba muy seguro de que su cuerpo estaba actuando bajo voluntad propia, Saga miró el plano y pareció que su pregunta llevaba alguna lógica, porque el mayor empezó a explicarle algo sobre aplanar el terreno y demoler una colina que se cruzaba.

Trató de volver a concentrarse en lo que el otro le decía, en mirar los planos que le estaba explicando, pero sus ojos se iban solos hacia los labios que hablaban con velocidad. Y la idea no lo abandonaba, de repente empezó a necesitar con demencia acercarse a él. Se le erizó la piel de solo imaginar la textura de sus labios, de sentir el calor de su aliento.

Se le llenó la boca de saliva y sólo pudo pensar en una cosa: besar a Saga.

Sacudió ligeramente la cabeza, y trató de tragar, pero le dolió la garganta y tuvo que toser. Saga dejó de hablar y le dio unas palmadas preocupadas en la espalda.

—¿Seguro que te sientes bien?— le preguntó y se acercó el mismo paso que Aioros dio hacia atrás.

—Si, claro… solo, es solo que... —Aioros intentó formular alguna excusa, no importaba lo tonta que pudiera sonar mientras se le ocurriera otra cosa que no fuera...que no fuera pues eso, lo de tengo tantas ganas de besarlo, ¿se pondrá muy furioso si lo hago?

—Tienes la cara toda roja—aseveró Saga, lamiéndose los labios y Aioros sintió que se le cortaba la respiración.

—Recordé que tengo algo que hacer—le dijo a las rápidas, tosiendo porque se le terminó el aire. No le dio tiempo a Saga de reprocharle nada y dio media vuelta, avanzando con pasos largos a través del pasillo, sintiendo que todo el calor del cuerpo se le subió a la cara. Apresuró el paso, tenía la salida del edificio apenas a unos metros y casi se sentía libre, pero escuchó que Saga lo llamó y Aioros no podía ignorarlo como si no lo hubiera oído, él se daría cuenta sin duda y no era capaz de hacerle esa grosería. Se detuvo.

—¿Qué es lo que pasa contigo? ¿Tienes algún problema? Sabes que puedes confiar en mí.

—Si...No…Si…¡argh!—dijo, gruñendo tan pronto las palabras salieron de su boca. Se llevó los puños a la cabeza y apretó con fuerza. ¿Porqué le estaba pasando eso?

—Si no puedes contarme lo entiendo, pero al menos dime que no es nada grave— dijo Saga con la voz seria y el semblante preocupado—. ¿Aioros?

¡Nada grave, que va! Solo es que era imperioso, necesario como respirar que yo... Aioros inhaló y exhaló con fuerza, sentía el corazón latiendole en los oídos, y las tripas enredadas en su abdomen. Se refregó el rostro con las palmas de las manos y luego miró a Saga que tenía los labios entreabiertos.

Aioros lo miró fijamente, por primera vez durante todo ese embrollo, a los ojos. Saga pensó que iba a decirle algo por fin, algo coherente que lo ayudara a entender porqué había empezado actuar tan extraño, pero el castaño no dijo nada.

Lo besó.

No duró ni un segundo, pero bastó para la adrenalina de su cuerpo se disparara. Aioros sintió la cara hirviendo y un zumbido en los oídos. No le dio tiempo a Saga ni de recuperar el aliento, dando media vuelta tan pronto se separó de él y, la verdad, es que no quería quedarse a comprobar si aquella invasión de su espacio personal, lo tomaría bien o mal. Con la espalda rígida atravesó la salida. Caminó rápido, dando zancadas, apenas controlando el impulso de no echarse a correr porque no quería que Saga pensara que estaba intentado huir de él, a pesar de que era exactamente lo que estaba haciendo.

Aioros miró hacia atrás, comprobando que no lo estaba siguiendo. Aquello le produjo una sensación que mezclaba el alivio con la decepción, pero trató de no pensar en ello. Trató de pensar en algo más, en inventar un lugar al cual llegar y algún pendiente que resolver que justificara lo que había dicho antes. En ello estaba cuando se estrelló de frente contra Saga, cayendo al suelo. Alcanzó a ver que un portal dimensional se cerraba a la espalda del geminiano y que este lo miraba con el ceño fruncido y severo.

—¿Cómo haces algo así y luego te vas? —le preguntó con la voz y el rostro cargados de severidad. Aioros agachó la mirada sintiéndose nervioso, con el corazón desbocado de solo pensar que Saga estaría furioso con él.

—Lo lamento… no quería… perdón…

—¿Lo lamentas? ¿De verdad?—interrumpió el otro. Aioros alzó los ojos para mirarlo y se encontró con que Saga parecía decepcionado de lo que dijo, lo oyó suspirar y lo vio pasarse una mano por el cabello—. Esperaba que no lo lamentaras…

Aioros contempló a Saga por un largo minuto. Un minuto de tortuosa espera para ambos en la que ninguno de los dos parecía querer decir nada que pudiera revolver las cosas entre ellos, complicarlas más de lo debido. Pensó en inventar una excusa, decirle que había sido una broma, pero él no parecía querer oír eso.

Saga se mordió el labio inferior, tratando de ordenar sus pensamientos y lo que sentía en el pecho. No era ninguna novedad para él lo mucho que Aioros le gustaba, hacía mucho que había logrado ponerle nombre a sus sentimientos, a todo eso que despertaba cuando lo veía. Hacía mucho que lo ocultaba, porque nunca Aioros había demostrado sentir algo parecido y Saga no quería arruinar lo que ya existía entre ellos. No tenía idea de las muchas veces que había tenido que literalmente pelear contra el impulso de besarlo y comprobar, aunque fuera por un instante, que Aioros había sido presa del mismo impulso que él, le había iluminado el camino de esperanza.

Pero si Aioros lo había hecho, besarlo, y había descubierto que al final no le gustaba. Si había probado y decidido que no le atraía de esa forma, Saga no quería lidiar con eso, no iba a poder volver a estar cerca de él sin recordar ese fugaz instante, no iba a poder vivir pensando en lo que estuvo tan cerca de conseguir y se le escapó de las no iba a poder verlo de nuevo sin desear repetir el contacto, sin parecer un enfermo acosador. Le gustaba, lo quería y todo aquello se había desbordado irremediablemente de su cuerpo en cuanto sintió el fugaz contacto de su boca, ya no había forma en que pudiera seguir ocultandolo. No podría volver a aparentar que sentía solo amistad por él. Si él...

—Lamento haberme ido—dijo Aioros, levantándose. Se sintió malévolo porque la expresión de Saga en ese momento, decepcionada, le llenaba de alivio. Lo miró sonriendo, dándose cuenta del caos que había provocado en su cabeza, notando la angustia y la preocupación que se lo tragaban—. Eso es lo que lamento. No el haberte besado…

Entendió que aquella idea de besarlo no había provenido de la nada, había estado ignorando esa idea y el resto de sus sentimientos para no tener que lidiar con ellos y también entendió que Saga había librado la misma lucha. Aioros se acercó y lo tomó de los brazos, se acercó un poco más y primero pegó su frente con la de él antes de besarlo de nuevo.

Saga suspiró profundamente, parecía haber contenido la respiración durante todo ese tiempo y mientras los dos descubrían con torpeza aquellas nuevas sensaciones y memorizaban los labios del otro, sonrieron.

—Ya no te preocupes, ¿de acuerdo?— le dijo Aioros contra los labios.

—Está bien…—respondió el otro.

A Saga se le daba muy bien el angustiarse a la menor provocación, cualquier cosa era buena, cualquier momento el ideal, pero en aquel instante se sorprendió porque lo único que sentía era alegría. No podía pensar en otra cosa que no fuera en Aioros y en la tranquilidad que le transmitía con su aliento.

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