4.- La vez que se fue

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El tiempo se había transformado en solo una palabra insustancial. Había pasado a significar menos que un concepto vacío más, dentro de un vocabulario francamente extenso. Hacía mucho que había dejado de llevar un calendario, el último que había tenido había terminado botado en alguna parte dentro del armario y el reloj en su mesa de noche había dejado de funcionar sin que él se hubiera percatado. El tiempo se había reducido a día y noche. Los años, los meses, incluso los días se habían desvanecido y sólo habían quedado para él estar despierto o durmiendo.

Kanon nunca sabía qué día o qué mes estaba transcurriendo, tampoco sabía cuántos años llevaba viviendo ahí, pero también hacía mucho que había dejado de preguntárselo y se limitaba a hacer lo que el Santuario esperaba de él; entrenaba, estudiaba, se mantenía saludable y a la espera de la guerra. A la espera de que Saga volviera… o no lo hiciera y fuera su turno de usar la armadura de Géminis.

A veces, Saga aparecía por su casa varios días seguidos, a veces algunos pocos salteados. En ocasiones se tardaba uno o dos meses, pero nunca permitía que se quedara sin comida y regresaba antes de que eso ocurriera. La última vez que lo había visto, él le había dicho que le había llevado suficiente de todo para tres meses. Kanon sabía, gracias a eso, que estaba por terminarse el cuarto mes sin que Saga apareciera, porque había tenido que empezar a racionar su agua potable de manera más estricta, a recolectar algunas granadas de los alrededores, a complementar algún guiso con un conejo o pichón que tenía que cazar con sus propias manos y, por si fuera poco, los libros se le habían terminado.

Suspiró mientras pensaba en ello, tratando de no preguntarse dónde estaría su hermano, porque eso lo haría preocuparse. Contemplar la posibilidad de que la ausencia de Saga se debiera a alguna herida o alguna enfermedad, siempre llevaba a Kanon a una angustia terrible, a imaginar los cien peores escenarios. Lo conducía al pánico y la ansiedad. Lo llevaba a pensar en qué haría si Saga un día no volvía nunca.

Pero su hermano no era ningún niño, pensó, y era un Santo de Oro además, no tenía ninguna razón para preocuparse.

Gruñó.

Claro que no preocuparse por Saga lo llevaba, invariablemente, a enojarse con él porque eso era más fácil, menos trágico. Pensar que Saga estaba bien y que se había olvidado de él por estar más ocupado en otros asuntos, como el maldito castaño ese, era menos horrible. O eso le gustaba pensar cuando se descubría repasando en su cabeza esa otra razón, la que parecía más importante que no matar de hambre a tu puto hermano gemelo Saga de Géminis.

A lo lejos, recortada contra el atardecer, Kanon vio una silueta caminar en su dirección. Al principio pensó que era Saga, pero rápidamente se dio cuenta que no era él por la forma en que caminaba. Torció la boca, buscando un lugar para ocultarse, pero ya era muy tarde, aquella otra persona lo había visto y sin duda lo estaba saludando, pero Kanon no podía distinguir su rostro a la distancia. Quien fuera, seguro pensaba que sería Saga, así que se preparó para interpretar su papel y en inventar alguna excusa para estar ahí.

—¡Kanon! —gritó aquella persona, interrumpiendo su hilo de pensamientos. El aludido reconoció su voz en el acto, pero ante la sorpresa de oír su propio nombre en los labios de alguien que no era su hermano, su gesto se encogió por completo en consternación— ¡Soy Aioros!

El castaño se apresuró a llegar hasta él luego de anunciar su presencia. Kanon lo esperó clavado en su sitio sin entender qué podía estar haciendo él ahí sin Saga. Traía consigo la carretilla de madera cargada con las provisiones y los libros que ya venían con retraso y por un instante, la angustia del mal augurio le revolvió el estómago. Pero Aioros no parecía traer consigo ninguna mala noticia, al menos ninguna fatal pese a la angustia que se esforzaba tanto por ocultarle, así que se relajó solo lo suficiente para poder articular las palabras sin revelar su propia preocupación.

— Hola — saludó Aioros con alegría, parándose junto a la puerta de la cabaña y limpiándose el sudor—. Lamento llegar así, pero no tenía forma de avisarte y no recordaba por completo el camino hacia acá. Me perdí un poco y...

— ¿Dónde está Saga? — preguntó consternado, mirando fijamente el rostro de Aioros, que parecía sorprendido por la premura del menor de los gemelos. Y si bien, Kanon era un poco gamberro y a veces insoportable con su hosco humor negro; rara vez mostraba lo que de verdad estaba sintiendo. Aioros se sorprendió de que le permitiera ser testigo de la preocupación que sentía por el paradero de su hermano porque, aunque eso podría parecer imposible, Kanon era más hermético y reservado que Saga.

— En una misión — murmuró a su vez por respuesta, dejando que una ligera sonrisa de comprensión le estirara los labios. Saber que compartían aquel sentimiento por Saga, ellos dos que parecían tan dispares como el cielo de la tierra, le alegró un poco —. Me pidió que si no llegaba para estas fechas, te trajera todo esto.

— Estás preocupado — aseguró Kanon, sin dejar de mirarlo y sintiendo que un nudo se formaba en su estómago, porque era Saga el que siempre se preocupaba por cualquier cosa, no Aioros. Él, que siempre estaba de buen humor, jamás se preocuparía así, si no fuera un asunto serio. Aioros pareció dudar entre decir algo o no, torciendo la boca.

— Él estará bien —aseguró con convicción, contradiciendo el rictus preocupado de su boca—. ¿Te ayudo a acomodar todo?

—¿Cuándo debió haber vuelto?— inquirió, no permitiendo que cambiara el tema y desviara su atención.

Aioros no respondió. Se limitó a mirar fijamente las cosas que estaban en la carretilla con el único propósito de evitar que Kanon notara que los ojos se le habían llenado de lágrimas. Inhaló profundamente, ahogando el sentimiento amargo que le subió por la garganta y sofocando las ganas que tenía de llorar, como había hecho ya por muchas semanas frente a todos los demás cuando le hacían las mismas preguntas. No se podía permitir quebrarse ante la desesperación y mucho menos frente a Kanon que no tendría más información que sus palabras, ni más esperanza de la que él pudiera darle. Además, no lo conocía bien y no sabía cómo podría reaccionar si…

—Sabré si mientes — inquirió Kanon, golpeándole el pecho con el dedo índice y mirándolo con dureza. Por un momento fue idéntico a Saga, pero luego hizo aquella mueca con la boca tan distintiva.

— Su Santidad no se ha preocupado, así que nosotros no deberíamos hacerlo tampoco — respondió con la naturalidad de quien se ha aprendido de memoria un discurso y lo ha repetido cientos de veces.

Kanon lo miró entre abrumado y molesto. Se sorprendió de lo fácil que resultaba para Aioros restarle importancia a sus propios instintos y conformarse con las órdenes del Patriarca. Le chocó aquella suficiencia, la confianza que depositaba en el viejo en el trono que enviaba al resto a morir, casi tan necio como lo era su hermano para revelar sus dudas, para cuestionar lo que le parecía injusto, casi tan obstinado de admitir que estaba muerto de angustia y no pudo evitar preguntarse cómo es que se soportaban el uno al otro siendo tan insufribles. Quererse, incluso con lo idiotas ciegos que eran.

— Puedes dejar de intentar tratarme de estúpido como al resto y decirme la verdad —gruñó, indispuesto a seguir soportando su necedad.

El suspiro de Aioros fue tan profundo que podría haber sido el orgullo de Eolo. Comprendió que no podía inventar ninguna excusa a Kanon porque él se daría cuenta. Si en algo era distinto de Saga era en que desconfiaba de todo el mundo, aunado a la gran capacidad analítica que tenía, en aquel talento casi natural para detectar el menor de los detalles. Kanon se preocupaba poco y actuaba mucho, al contrario de Saga que siempre analizaba el menor de los detalles, que nunca admitía cuando necesitaba ayuda, que era tan terco, tan obtuso…

Se quedó plantado donde estaba, mirando el rostro serio del otro tan idéntico y al mismo tiempo tan diferente del que extrañaba, del que necesitaba ver para poder sentir tranquilidad en su alma. Mirar a Kanon era terriblemente doloroso porque no se parecían en nada y al mismo tiempo eran iguales. Si tan sólo Saga no fuera tan obstinado habría aceptado que lo acompañara. Pero seguro Saga sabía que esa misión era peligrosa, de otra forma no lo hubiera dejado a cargo de Kanon, de su seguridad, de que recibiera sus provisiones. Si se hubiera dado cuenta de sus intenciones con ese encargo, no se habría dejado convencer...

Habían pasado meses sin noticias y el Patriarca se negaba a dejarlo marchar en su búsqueda.

Una lágrima.

Un sollozo.

Aioros hundió el rostro entre sus manos y trató de calmar el llanto que de pronto se apoderó de su cuerpo como una cascada. No pudo detenerlo por mucho empeño que puso en ello y a pesar de sus deseos, la angustia se le drenó del alma.

—Tendría que haber vuelto hace tres meses —murmuró con la voz ahogada entre el llanto y la barrera de sus manos—. Fue a Tracia, al templo de Ares… Kanon, estoy tan preocupado. Está solo en medio de ese panteón de bersekers…

No pudo continuar hablando, el llanto, la desesperación, el miedo se le arremolinaron en la garganta hasta casi ahogarlo. Tuvo que tomar aire profundamente porque sus pulmones parecían incapaces de llenarse por completo. Se acuclilló, sintiendo que sus piernas perdían la capacidad de sostenerlo y mientras lloraba, sintió que Kanon le ponía una mano en la cabeza.

No le dijo nada y esperó con paciencia hasta que ya no pudo llorar más.

—Así que...—murmuró Kanon, abriendo la puerta de su cabaña—. ¿Me estás diciendo que tendré que aguantarte en mi casa hasta que decida volver?

Aioros levantó la cabeza para mirarlo y cuando sus ojos se encontraron, Kanon terminó de entrar a la cabaña. Aioros no pudo evitar mirarlo como si acabara de apuñalarlo. Limpiándose el rostro de lágrimas y tratando de calmar sus últimos sollozos, se incorporó, mirándolo desde la puerta. Kanon rodeó su pequeño comedor y se dejó caer en una silla, mientras el castaño no daba crédito a cómo podía estar tan tranquilo después de lo que le había dicho, tratando de entender cómo es que había pasado de parecer genuinamente interesado en el paradero de Saga a decirle una burla como esa.

Entró a la casa sin cerrar la puerta, dispuesto a reñirlo por su actitud, sin embargo cuando lo miró de frente, a pesar de la ligera oscuridad del interior, Aioros fue capaz de distinguir la forma en cómo las cejas de Kanon se habían contraído, del labio que le temblaba y los ojos que le brillaban de agobio. Pero permanecía tranquilo, pensativo, mirando algún lugar lejos de ese sitio, dentro de un torbellino de pensamientos. Sumido en su propia mente, adquirió la misma expresión de inquietud que solía tener Saga, pero enmascarada por la seriedad estudiada con la que siempre ocultaba sus verdaderas intenciones.

Y entonces, Kanon hizo algo que lo dejó sin palabras. Se puso de pie hacia su pequeña estufa de petróleo, la encendió para hervir agua y le dijo:

— ¿Quieres café? A Saga le encanta el café turco, seguro ya lo sabes, pero a mi no me gusta para nada. Tengo café porque él bebe cuando viene, yo siempre me hago un té… ¿o prefieres té?

Anonadado, Aioros observó fijamente la espalda de Kanon mientras este buscaba en su alacena un frasco con hierbas para infusión y otro con café. Aunque se tensó por su escrutinio, no se giró para mirarlo, como si supiera que sus palabras lo habían perturbado y le estuviera dando tiempo para asimilar lo que sucedía. Pensó en las palabras que le había dicho, las repasó con cuidado en su mente y entendió que lo estaba invitando a quedarse el tiempo que fuera necesario para tranquilizarse, entendió que no tenía que seguir fingiendo una fortaleza que ya lo estaba asfixiando y tuvo que reprimir las ganas que le dieron de abrazarlo.

Eso ya hubiera sido demasiado para Kanon y no quería entorpecer el buen cauce que había tomado su relación.

— No lo sabía —respondió Aioros, sentándose en la silla contraria a la de Kanon, limpiándose las lágrimas que aún le mojaban el mentón. Aceptando así la hospitalidad del menor y entendiendo que lo hacía para que se calmaran, ambos, de aquella agobiante espera.

— ¿En serio?

— No me gusta el café amargo, siempre lo preparo dulce… él… él se lo bebe siempre...

—Él en serio te quiere ¿no? Si yo le preparara un café con algo de azúcar, seguro me lo escupe en la cara...—aportó, riendo porque recordó la vez que lo hizo solo para hacerlo rabiar.

Aioros no pudo evitar soltar una risa y asintió sintiendo que la vergüenza de admitirlo frente a él le tiñó el rostro de rojo. Kanon se rio también de su nerviosismo, mirándolo por fin y como si quisiera distraerlo de su angustia, comenzó a hablarle de uno de los libros que Saga le llevó la última vez y de lo malo que había resultado su final al mismo tiempo que le puso una taza de café con canela y azúcar enfrente, mientras él se sirvió un té de jazmín.

Aunque Aioros y Kanon nunca antes habían hablado propiamente, el menor de los gemelos ya sabía que ellos dos eran diferentes en muchos niveles y que probablemente lo único que tenían en común era Saga. Pero verlo tan afectado por la ausencia de su hermano casi lo conmovió porque Aioros se veía físicamente como él se sentía por dentro.

Aquel día aprendió que de hecho podía hablar con alguien más que no fuera su hermano de las cosas que le gustaban. Descubrió con agrado que compartían el gusto por Julio Verne, que Aioros hablaba sobre el futuro nacimiento de Atenea y sobre los rumores de la guerra que nacerían con ella, con una convicción de victoria y una pasión que Kanon no pudo hacer menos que admirarse y respetarlo.

—Estaremos los tres ahí, ya lo verás— le dijo—. Cuando Hades caiga, estaremos Saga, tú y yo al frente para verlo.

Kanon había oído antes a Saga decir lo mismo y se había reído de él, pero la convicción con la que habló el castaño fue tan firme, que Kanon no se rió porque sabía que hablaba muy en serio. Cuando se dieron cuenta, ya era muy noche y aunque Aioros perfectamente podría haber vuelto hacia la Casa de Sagitario a pesar de la oscuridad, no lo hizo y Kanon no le pidió que se fuera.

Aunque no quiso admitirlo ni entonces, ni en el futuro, aquel día cambió para siempre la percepción que Kanon tenía sobre Aioros.

Entendió qué le veía Saga.

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