5. La vez que los descubrieron
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—Amo a Saga— le dijo Aioros un día.
Se lo dijo antes que a nadie, por supuesto. Podía ser apenas un niño, pero entre su hermano mayor y él no había secretos, se lo habían prometido así y Aioros cumplía siempre lo que prometía. Así que el día que Aioros le pudo poner un nombre a lo que sentía por el Géminis, el primero en saberlo, antes incluso que el mismo Saga, fue Aioria.
Y aunque antes ellos habían hablado seriamente de otros temas, ese día fue diferente. Aquel día, Aioria casi no pudo reconocer a Aioros. Su hermano temblaba de emoción, estaba más nervioso que nunca, más feliz que nunca y hablaba jadeando, como si no pudiera contener el aliento, como si la respiración no le alcanzara para llenar sus pulmones. Lo miró caminar de un lado a otro de la habitación, lo escuchó hablar con mucha atención, pero a pesar de que Aioros respondió todas sus preguntas y a pesar de que intentó explicárselo con la paciencia que lo caracterizaba, la realidad era que Aioria no había entendido.
A partir de ese día, Aioria pensó con frecuencia en lo que su hermano le había confesado y en el significado real de todo aquello. Intentaba comprender la profundidad de aquellas tres sencillas palabras y a pesar de que no parecía más complicado de lo que literalmente podía significar, Aioria sentía que no había bastado con todo lo que Aioros se esforzó por explicar. No entendía la forma en cómo la vida del mayor había cambiado a partir de entonces, la necesidad que tenía de pasar tiempo con el otro, de buscar una excusa para dejar a Aioria a cargo de Capricornio o de los más ancianos, ni el origen primordial de su alegría o de cómo Saga de Géminis, a quien tenía por alguien temible y severo, podía compartir ese sentimiento que su hermano exudaba en abundancia.
El día que lo entendió, no lo iba a olvidar jamás.
Fue una noche normal. Shura había ido a recogerlo al Ágora después de sus clases de filosofía, habían cenado en el comedor común y habían subido juntos hacia sus templos. Shura le había advertido que tocara la puerta de la residencia de Sagitario, pero él no le había hecho caso y en cambio le hizo una broma por lo roja que se le había puesto la cara, pero cuando la puerta se abrió por completo y él miró hacia el interior, se quedó paralizado.
Aioros y Saga estaban en el sofá frente al fuego del hogar besándose. Ni siquiera parecieron darse cuenta de que habían abierto la puerta y que el par de aprendices los miraban desde ahí. De hecho, hasta ahí normal. Aioria ya no sabía las veces que él y Shura los habían encontrado en la misma situación en un sinnúmero de lugares: las escaleras, la arena de entrenamiento, la enfermería, el comedor comunitario, el Ágora, la palestra… Pero aquella vez no era normal.
Aioros estaba recargado contra el brazo del sofá y tenía a Saga entre sus piernas, a quien rodeaba con un brazo. Sin duda no era raro que Aioros quisiera abrazar al objeto de su afecto, lo raro era que Saga parecía muy cómodo con la posición en la que se encontraba, con la nuca apoyada en la otra mano del castaño y el rostro girado para corresponder al beso que le daban, y le acariciaba la mejilla con el pulgar. Muy raro. Era el mismo Saga de Géminis que se pasaba el día con cara seria y que con dificultad respondía los saludos de la gente. El que dirigía entrenamientos inclementes a los aprendices nuevos. Y se estaba dejando que Aioros le diera el beso más dedicado que hubiera visto a su corta edad, lo abrazara y le acariciara la cara.
Shura carraspeó, como para llamar la atención tanto de Aioros y Saga, como de Aioria, pero ninguno de los tres se dio por aludido. Aioria siguió mirándolos sin poder creer, de verdad no exageraba, lo que estaba viendo. Y es que cuando ellos se separaron y Saga le susurró algo al oído a su hermano, se sonrieron con tanto cariño que Aioria no tuvo ganas ni de respirar por temor a interrumpir algún tipo de intervención divina.
—Vámonos, Aioria— le dijo Shura en un susurro, al parecer incapaz también de interrumpir lo que estaba sucediendo ahí dentro.
Aioria no puso resistencia y mientras Shura lo arrastraba hacia la Casa de Capricornio, él entendió perfectamente lo que Aioros le había querido decir entonces. Entendió qué tan profundo era el sentimiento que se profesaban y la necesidad que tenían por el otro.
Fue una lección que nunca olvidó y aunque con el pasar de los años, Aioria trataba de ya no pensar en su hermano ni en ninguna de sus enseñanzas, el día mismo que supo que amaba a cierta pelirroja amazona, pensó en él y en lo que ese día le había aprendido.
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