6.- La vez que dio un regalo
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Los cumpleaños no eran una celebración especialmente importante en el Santuario. Al ser un asunto intrínsecamente personal, nadie lo mencionaba en público y no se recibían felicitaciones más que de los allegados; en realidad era un día bastante normal que con frecuencia pasaba desapercibido hasta que caía la tarde y los Santos y discípulos volvían a sus casas.
Aioria sabía que tenía que esperar hasta el final del día para que Aioros pudiera dejar de ser su maestro y regresara a ser solo su hermano. Él siempre procuraba no consentir excesivamente al niño, ni demostrarle demasiado afecto frente al resto de los Santos para no levantar habladurías ni llamar la atención en el hecho de que compartían su sangre. Pero cada cumpleaños, desde que tenía uso de razón, iniciaba con un desayuno más indulgente que los desayunos ligeros y saludables del comedor comunitario. El entrenamiento era menos agobiante también, aunque no estaba seguro si era la suave sonrisa de Aioros lo que aminoraba el cansancio y el dolor de su cuerpo, o la expectativa de la pequeña celebración y el regalo que esperaban por él. El día continuaba con una caricia en su nuca antes de que él tuviera que asistir a sus clases en el Ágora y Aioros a sus deberes en los pritaneos y la boulé.
Aioria completó el día como era usual, la anticipación de la tarde lo mantuvo emocionado y de buen humor. Cuando hubo completado todas sus tareas, el cielo comenzó a oscurecerse y los pebeteros comenzaron a ser encendidos, inició su camino de regreso a las Doce Casas. Fuera de la Casa de Aries, Shura lo estaba esperando con una linterna y una bolsa. Ambos subieron hacia Sagitario mientras Aioria hablaba con emoción de todas las cosas que había aprendido en el día, de lo bien que le había ido en su evaluación de aritmética y del nuevo peán que había memorizado, tratando de no mirar demasiado la bolsa que su amigo cargaba. Sabía que era su regalo de cumpleaños y que probablemente sería algo de ropa o zapatos, porque Shura era un ser práctico y poco ostentoso. Pero no importaba, porque era el mismo hecho de que Shura lo consideraba así de cercano como para darle un presente. Tener un amigo era suficiente regalo dentro del Santuario.
Cuando llegaron a Sagitario, la mesa estaba lista con todos los platillos favoritos de Aioria servidos, pero no había rastro de Aioros en toda la habitación. En cambio, quien terminaba de acomodar los últimos vasos y cubiertos, era Saga mismo. El Santo de Géminis acomodaba cada utensilio con precisión, concentrado en cada detalle con el rostro serio y movimientos elegantes, Shura lo miró con sorpresa cuando él se giró para mirarlos sin una sola emoción en su rostro, severo y rígido como era usual, pero con la punta de las orejas rojas.
Aioria no tardó en saltar delante de él con alegría, saludándolo con la misma confianza con que el castaño hablaba con Shura o el mismo Aioros, abrazándose a su cintura y sonriéndole. Saga suavizó su rostro, respondiendo con amabilidad y luego saludando a Shura con una expresión suave y calmada que el Capricornio jamás le había visto.
—El Patriarca retrasó a Aioros—informó con su usual tono serio, pero una ligera sonrisa en la comisura de sus labios mientras le revolvía los cabellos castaños al niño que se aferraba a su cintura—. No tardará…
Aunque a Shura no le parecía extraño el afecto que Aioria le tenía a Saga, si lo desconcertaba que el mayor lo aceptara tan tranquilamente. Aioria nunca le había hablado al respecto, además a pesar de que la relación entre Aioros y Saga había sido cercana desde su infancia, siempre parecía que el geminiano era incapaz de entablar una conversación, ya no hablemos de una amistad, con nadie más que no fuera el Sagitario, evitando concienzudamente las reuniones, los entrenamientos colectivos o quedarse a solas con cualquier otro, incluyendo a Aioria.
Pero quizá era por que desde que los dos mayores se habían convertido en paraibatai, que los tres pasaban mucho más tiempo juntos o que era francamente inevitable no adorar a Aioria con su personalidad cálida y amable, pero sea cual fuera la razón, parecía que el afecto de Saga por Aioria era sincero y Shura no pudo evitar que la sorpresa fuera lentamente sustituida por alegria.
Aioria arrastró a Shura hasta la mesa y comenzó a admirar todos los platillos que humeaban en las charolas olfateando el aire a su alrededor. Sonrió al geminiano y le preguntó si había sido él quien había preparado todo. Saga sostuvo la respiración y el rojo en sus lóbulos se extendió por el resto de sus orejas. Asintió lentamente, casi como si hubiera preferido no tener que admitirlo, Shura no pudo evitar reírse de su nerviosismo y de lo irónico que era que el guerrero más temible en todo el Santuario, pareciera tan intimidado por admitir algo tan banal como aquello.
—¡Shura!—exclamó Aioria con un claro reclamo en la voz—. No te rías de Saga—regañó, verdaderamente consternado. Saga, por su parte, tomó aire y se adentró en la cocina nuevamente, escapando exitosamente de la vista de los dos niños para ocultar su creciente sonrojo.
—No me reí de él—rumió, eligiendo un asiento.
—Si te ríes de él va a evitarte por semanas—aseguró con conocimiento, dándole a entender a su amigo que lo que decía venía de la experiencia—. Saga parece enojado todo el tiempo, pero es porque no sabe hacer amigos.
La sinceridad de Aioria, permeada por la inocencia de sus palabras, provocaron primero que Shura elevara las cejas con sorpresa y segundo, que soltara una risa conmovida.
—¡Shura!
—No pensaría jamás en burlarme de un Santo como Saga—dijo Shura muy serio, para después golpear el brazo de su amigo con un poco de tirria—. ¡Me estoy burlando de tí! Estás cumpliendo diez años, deja de actuar como una criatura cuando estás con él. Si sigue consintiéndote te arruinará.
—Él no me consiente...—murmuró, arrugando las cejas consternado.
—Lo hace, me hicieron falta dos minutos para notarlo.
Aioria abrió la boca agraviado, indignado y con toda la intención de refutar la afirmación de Shura, pero antes de que pudiera empezar a hablar, Aioros entró por la puerta principal, exclamando una disculpa por su retraso apenas cerró la puerta tras de sí. Saga salió de la cocina sin nada en las manos, probando que solo había estado refugiándose ahí de la vista de los dos muchachos. Shura decidió guardarse cualquier comentario, porque francamente ser testigo de la expresión de profundo alivio en el rostro de Saga al ver a Aioros, era más que suficiente.
Con la llegada de Aioros la celebración no se retrasó más. Los cuatro comieron mientras Aioria y Aioros parecían competir en quién alababa más lo que Saga había cocinado. Saga parecía acostumbrado a ellos, pero era notable que se sentía incómodo de sus halagos en presencia de Shura que era apenas un conocido. Sus orejas no habían dejado de estar rojas, a pesar de que su rostro era serio e inexpresivo.
Shura se compadeció de él y decidió ayudarlo, preguntándole a Aioria sobre sus clases en el Ágora y luego a Aioros sobre su día en los pritaneos. Eso fue suficiente para que ambos hermanos alejaran su atención de Saga.
Astuto como él solo, Saga supo de inmediato lo que Shura había hecho por él y le dio una mirada de agradecimiento y al mismo tiempo, pareció decidir que se encontraba con una persona de confianza. Aquello hizo que Shura se conmocionara un instante, al notar que a partir de ese momento Saga relajó su expresión mientras asentía con una pequeña sonrisa cada vez que Aioros le hacía partícipe de su conversación. En un par de ocasiones, incluso, se burló de Aioros haciendo aún más graciosos sus comentarios por la completa falta de emociones en su rostro, provocando que la risa de Shura fuera inevitable.
Finalmente, cuando terminaron de comer, Shura fue el primero en entregar su regalo a Aioria. El niño lo abrió con una sonrisa que no reflejaba ninguna sorpresa. Como había imaginado, dentro de la bolsa habría un uniforme de entrenamiento nuevo, pulcramente doblando y que Aioria agradeció con educación. En seguida, Aioros le entregó un paquete envuelto en un papel blanco sin mayor decoración, el mismo que recibió anticipando lo que era y no equivocándose cuando lo abrió.
—Gracias, hermano—dijo, abriendo la tapa del libro y hojeándolo con una sonrisa—. Lo leeré con atención.
—Estoy seguro que te gustará—dijo Aioros, acariciando la nuca de su hermano con afecto.
Aioria leyó rápidamente la sinopsis del libro en la contratapa. Su hermano, como Shura, era un hombre afectuoso pero práctico. Desde que aprendió a leer, Aioria recibía un libro cada año que después discutía con Aioros por al menos un par de semanas hasta que quedaba claro para ambos que el libro había sido comprendido en su totalidad.
—Yo...—dijo Saga entonces. Carraspeando y colocando sobre la mesa una caja de madera. Saga guardó silencio, como buscando las palabras correctas que decir a continuación, pero lo único que hizo fue deslizar la caja sobre la mesa hasta dejarla lo más cerca de Aioria posible sin tener que levantarse de su asiento.
—¿Para mí?—preguntó Aioria, haciendo a un lado el regalo de su hermano y estirándose para recibir la caja de madera. Saga asintió, tragando fuerte —. Nunca me habías dado un regalo, Saga —afirmó el niño sin pensar demasiado sus palabras, mirando la caja como si deseara adivinar su contenido antes de abrirla. Saga asintió, torciendo un poco los labios, mirando a Aioros.
—Te deseo salud y alegría—dijo Saga con una formalidad absurda.
Aioria abrió la caja y ni Shura ni Aioros pudieron evitar mirar por encima de su hombro. La caja estaba llena de pequeñas figuras de animales finamente tallados en madera, articulados y pintados con precisión. Había diez de ellos, como los años que cumplía ese día y mientras los sacaba uno a uno, su sonrisa se volvió más luminosa.
—Son juguetes...—dijo, extasiado—. ¡Juguetes, Shura! —exclamó con emoción, mostrándoselos al pelinegro a su lado que miraba los objetos con una sorpresa difícil de disimular—. ¡Son todos mis animales favoritos!—informó a continuación, con la voz temblando de emoción, sacando todas las figuras y formándolas una al lado de la otra sobre la mesa—. ¿Dónde los has comprado?
—Yo...—dijo Saga, apretando los labios con fuerza cuando los tres pares de ojos se concentraron en él. El rojo de sus orejas se hizo tan intenso que comenzaba a extenderse hacia sus pómulos también.
—¿Tú los hiciste? ¿Los hiciste para mi?
Shura volvió a mirar a Aioria, concretamente la expresión de efusiva alegría, la sonrisa más amplia y extasiada que jamás le había visto y los ojos colmados de regocijo que recorrían con detalle cada una de las figuras.
Nadie nunca había tenido juguetes en el Santuario, no que Shura supiera. Ninguno de ellos era un niño normal, un civil cualquiera que pudiera ocupar su tiempo en ese tipo de banalidades. Su tiempo de ocio, incluso, debía estar dedicado al estudio o el deporte, por lo que tener juguetes estaba completamente descartado. Shura miró a Aioros solo para darse cuenta que el mismo desconcierto que sentía, estaba reflejado en los ojos azules del castaño.
—¿Juguetes?—preguntó Aioros, mirando a Saga con una expresión entre conmovida y desconcertada.
—Si crees que no es apropiado…—empezó a decir, claramente arrepentido de lo que había hecho pues sus palabras parecían más bien una disculpa.
—¡Aioros! ¡Hermano! —exclamó Aioria antes de que Saga pudiera continuar—, ¿Puedo quedarmelos, Aioros? ¿Puedo? No se los mostraré a nadie ¡lo juro! —rogó, colocándose una mano en el pecho y sosteniendo la figura de un elefante en la otra. Aioros elevó las cejas y luego de parpadear un par de veces, asintió con una sonrisa.
—Por supuesto—asintió con afecto, tomando a su vez la figura de un león—. Saga trabajó mucho, así que deberás tratarlos con respeto y cuidado.
—Lo haré. Gracias, Aioros. Gracias, Saga.
Saga asintió, diciendo "Mn", pero con la cara completamente sonrojada y los puños fuertemente cerrados sobre la mesa. Aioria juntó un poco más su silla con la de Shura y le entregó unas cuantas de las figuras de madera para que pudiera observarlas más de cerca. Se concentraron en admirar los detalles, sin saber exactamente qué tenían que hacer con ellos. Jugar no era una de las actividades cotidianas en el Santuario y tanto Aioria como Shura, se declaraban francamente ignorantes.
Por su parte Aioros colocó su mano sobre el puño de Saga, acariciando suavemente su piel con el pulgar hasta que Saga lo miró, suspirando y relajando su cuerpo y la tensión en sus hombros. Aprovechando que ya ninguno de los dos niños los miraban, Aioros le plantó un beso en los labios para que se deshiciera del resto de la tension que seguía alrededor de su cuello y espalda.
—Siento no haberte consultado —dijo Saga, mirando de reojo hacia Aioria —. Creí que… Cuando éramos pequeños, talle unas figuras para... Kanon—susurró —… las llevaba a todos lados… él aún las conserva, yo… pensé que a Aioria le gustarían...lo siento...—explicó, hablando cada vez más bajo.
—Te amo mucho...—fue todo lo que dijo Aioros, sonriendo. Saga lo miró extrañado, para luego sonreír también—. Nunca había visto a Aioria tan contento. Gracias.
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