Título: hold my hand, please.

Personajes: Norman, Ray, Emma.

Pairings: Norman x Ray.

Línea de tiempo: ¿Semi-AU? Post-final.

Advertencias: Disclaimer Yakusoku no Neverland/The Promised Neverland; los personajes no me pertenecen, créditos a Kaiu Shirai y Posuka Demizu. Posible y demasiado OoC [Fuera de personaje]. Situaciones dramáticas, pobremente románticas y dolorosas. Nada de lo ocurrido aquí tiene que ver con la serie original; todo es creado sin fines de lucro.

Clasificación: T

Categoría: Tragedia, Romance.

Total de palabras: 2135

Nota de autora: Me he vuelto adicta a los títulos en inglés... y las cosas tristes


Summary: —Sujeta mi mano, por favor. Hazlo hasta que salga el sol.


I.

—¿Quiénes son ustedes?

(Entonces, el dolor recorre tu pecho.)

Las orbitas esmeraldas, tan brillantes, como si no hubiera pasado el tiempo, de repente se convierten en nada más que un par de estelas desconocidas, que no le pertenecen a nadie. No forman parte de una constelación, se han extinguido del cielo, de su cielo. No es más que un par de piezas perdidas, que en realidad ellos no podrían rejuntar no importa cuánto lo intenten.

Norman sabe que ya nunca más van a recuperar a Emma.

Ray también lo sabe (como también sabe que Norman lo sabe, y que por ese hecho él es capaz de hacerse pedazos en un instante. No le queda ya nada, no hay manera de recuperarlo, es una realidad que duele como el infierno y el tiempo de procesarlo sería infinito, y el aceptarlo es la opción más horrible, pero la única que tienen, la única que les queda.). Así que pronto ve a Norman llorar con fuerza, desgarrarse por dentro mientras finge una sonrisa cargada de la más pura felicidad, mientras se acerca al fantasma de la niña que amó y sujeta sus manos —que queman, que arden, que al tocarlas siente que su piel podría derretirse pero no de una manera agradable, sino que desearía no haberla tocado porque no puede sentir nada más que dolor y sufrimiento—, que parecen querer apartarse de él en todo momento.

A Ray no le queda de otra que acercar sus propias manos y ponerlas sobre las de su amigo, como una especie de lírico apoyo, que realmente no sirve sino para continuar haciéndose daño ante las mentiras piadosas que van sujetas desvergonzadas sobre que aquello va a funcionar, de que la rota familia de tres que habían tenido desde siempre, algún día volvería a ser su hermosa realidad.

—Seamos una familia.

No son más que mentiras.

Sólo hay una verdad. Una que no se atrevían a aceptar. Una que todavía no quieren aceptar.

Emma está muerta. Un demonio se la comió, allá en Nunca Jamás.

(Y casi sientes tus ojos derramar sangre. Quieres gritar hasta desgarrarte la garganta. Duele. Duele. Duele.)


II.

Aunque su sueños se cumplan, la felicidad nunca es suficiente. Nada es suficiente.

Ni el hecho de haber llegado al mundo humano con vida. Ni el hecho de ser libres de los miedos a ser devorados. Ni el hecho de haber conseguido nuevas familias. Ni el hecho de ser aceptados. Ni el hecho de tener todo el dinero suficiente para vivir cómodamente hasta el último de sus días. Ni el hecho de que todos estuvieran juntos hasta el final.

Nada es suficiente. Nada de todo eso es suficiente si, al final, no estaba quien más quería que estuviera. Norman no puede aceptarlo, a pesar de que grite un sí e intente engañarse con la bella imagen de Emma sonriendo y riendo, su alma sabe que la verdadera, la que amó desde hace tanto tiempo, la que esperaba amar incluso hasta el fin de sus días, no estaba detrás de esa mirada alegre y esa mueca infantil. Esa no era la niña de sus sueños. Eso era un cascarón, uno roto. Y cada vez que intentaba tocarlo sus bordes le cortaban los dedos y él terminaba sangrando, y sangrando, y sangrando por mucho tiempo, hasta quedar anémico y escondido en una sombra, deseando aprender a regresar el tiempo para prevenir antes que lamentar.

(No quieres estar ahí. No quieres verla a ella. No quieres sujetar sus manos nunca más.)

—Norman, ven.

La voz amarga, siempre amarga pero igualmente siempre dulce, de lo único que le queda de aquellos días felices que ya parecen tan lejanos, hace que pare de ver las heridas imaginarias en sus manos. Sus ojos lo buscan a él, quien igual de roto, se mantiene firme a su lado y le regala una especie de sonrisa que no es realmente una, pero que es la que recuerda, porque Ray sí es Ray.

Porque a él no lo ha perdido, no todavía.

Y no quiere perderlo.

—Ray, ¿puedes tomarme de la mano?

Hay una expresión de sorpresa en la cara del chico, seguida por una mirada de nerviosismo. Parece pensarlo un segundo, y Norman le da su tiempo, pero no deja de mirarlo a la cara y dedicarle una sonrisa un tanto triste, cómo la de un perrito abandonado que sólo desea que alguien le dé su tiempo. No suelta palabra alguna, ninguno de los dos lo hace, y tras un suspiro largo de parte del mayor, que hace mover su largo fleco negro azabache, hay un enredo entre sus dedos que parece una apta manera de aferrarse a su última esperanza.

—Sólo por un rato.

Norman ahora está feliz. Su mano fría (—culpa a la tristeza, culpa al dolor, culpa a las mentiras de Emma y culpa a su mala suerte de nacer siendo comida en un mundo podrido) ahora está calentándose junto a la piel de Ray, quien siempre tiene las palmas cálidas, cómo las de aquella mujer a la que llamaban su madre con tanto cariño y que nunca podría salirse de sus corazones. Pero a la vez le provoca sensaciones distintas, totalmente distintas. Un revoltijo más fuerte. Es tan placentero, tan dulce, que siente que no querría soltarlo jamás.

—Está bien. Sólo por un rato.

Y el sólo por un rato rápidamente se convierte en horas enteras. Y eso se vuelve suficiente.

(Podrías acostumbrarte.)


III.

Las sonrisas huecas son desagradables, y él ya no quiere ver la suya frente al espejo nunca más. Pero ahí está de nuevo, nunca se va. Se mantiene impávida, aparece de repente, sin permiso. No se controla, mucho menos frente a esas personas, frente a esa persona, frente al recuerdo de esa persona y frente a sus propios sentimientos. Porque va desarreglada y desinteresada a adornar su cara pálida, a opacar sus ojos brillantes, a crear una máscara imperturbable que simula una realidad que no es real. Todo es un engaño que no puede controlar.

Como tampoco puede controlar que su cuerpo busque desesperado acercarse a ella, siempre a ella. Cómo es capaz de no entender de manera inconsciente que esa joven no es la que esperaba, no es la que sueña, no es la que anhela ver. Porque la verdadera nunca va a volver otra vez y no hay magia de la amistad (o trato o soborno o engaño) que pueda regresarla. Porque esa quimera que se crea por sí mismo es una esperanza desdichada que lleva tiempo deseando echar a la basura, pero que le es imposible porque cada vez que la toca se detiene y (vuelve a sangrar) llora en un rincón abrazándola, pidiendo entre quejidos que se la devuelvan, que sea como antes. Que su amor nunca se hubiera ido. Que su oportunidad no se hubiera desvanecido por culpa de los caprichos de un dios que sólo piensa en devorar la vida entera de seres inocentes y crédulos (como ellos).

—Devuélvanme a Emma...

En soledad, grita bajito su deseo imposible.

—Norman, sabes que ella no va a volver.

Y la compañía inoportuna de la esencia de un perro guardián es siempre aquello que rompe violentamente su burbuja de desdicha, y se convierte en una habitación que poco a poco se congela, haciéndolos resbalarse sobre la capa de hielo, enfriando sus dedos, sus músculos, sus huesos, queriendo hacerlo dormirse y no despertar. Pero nunca lográndolo porque, de nuevo, él se mantiene ahí y no se va, y con la extraña calidez agria que trae colgando del cuello, hace que extienda la mano y la junte con la suya.

Ray no lo va a abandonar. No como Emma.

—Quédate aquí, por favor.

Él no se va a ir. (Él no hará tal cosa. Norman espera, en serio espera que no lo haga. Y sólo le queda otro pedazo de esperanza —maldita maldita esperanza sin sentido— porque, a diferencia de Emma, Ray nunca prometió no irse, y si una promesa no fue cumplida, algo no prometido era un futuro incluso más incierto.). Porque no puede irse, no en ese momento, no cuando está quebrándose tan ruidosamente que incluso alguien sordo sería capaz de escuchar sus pedazos chocando contra el suelo. Y eso es tan horrible, tan lastimero, tan patético. No quiere ser visto de esa manera. No quiere encontrarse a sí mismo de esa manera. Es una vista terrible.

—No te vayas, por favor. No te vayas.

—No me voy a ir.

Y sujetando su mano, Norman sueña con que eso se convierta en una promesa.

(Pero nunca lo será.)


IV.

En medio de la noche, se aferra con fuerza a la ropa de dormir de su compañero.

Está helado.

Afuera hace frío. Adentro también. Hace frío en todos lados.

Pero sus manos están cálidas.

(Y aun así, no dejas de temblar.

Ninguno deja de temblar.)

Hay trocitos de hielo líquidos escapando de las comisuras de sus ojos. Sus labios azules dejan salir los gritos de su alma, la que se ha llenado de agujeros por cuenta propia en su afán de mantenerlo fuerte, como una manera de conseguir ser inmune al dolor —y nada funcionó, todo fue un desastre en vano—, mientras sus dedos siempre cálidos dejan de agarrar las manos frías y se sujetan con fuerza a la ropa del menor. Los orbes de plata oscura se diluyen en mercurio negro, sabe a veneno, pero ni con ello sería capaz de dejar de mantenerse aferrado a él. Por eso es que no le suelta y ambos, en medio de la oscura habitación, lloran y lloran un montón de veces.

Ray hecho retazos irreparables es algo que nadie debería ver. Pero ahí está Norman, cubriéndose los ojos y fingiendo que no le es doloroso tanto como a él. Porque ese es su deber, esa es su única manera de mantener a ambos a flote. Porque en las mañanas él es una pieza de arte rota que no para de sangrar por todos lados, que no pasará mucho tiempo hasta que ya no queden ni cenizas (si es que desea quedarse solo, si es que aparta su único remedio), que no le queda más opción que aferrarse a un par de manos llenas de cicatrices ficticias y ahogarse en su calor, teniendo así en las nubes la idea de que todavía le queda algo de parte de la felicidad en su niñez. Que Ray es la única persona que podría comprenderlo en medio de su dolor de haberlo perdido.

Y en su egoísmo, lo cuida en las noches en las que el chico llora sangre helada y trae consigo tantas memorias disparadas de golpe, rompiendo a golpes su cabeza, convirtiendo en trizas los cristales de su cordura y luego agarrándolos solamente para intentar repararlos mientras se hiere otro poco, abriendo sus cicatrices una y otra y otra y otra y otra vez, en un bucle infinito.

—Ya, ya, Ray —lo consuela, en tanto llora con fuerza. Pero su sonrisa está ahí mientras sus lágrimas se desbordan sobre el rostro desesperado y triste de su compañero. Ambos se mezclan, es algo tortuoso, duele—. Estoy aquí. Nadie te va a hacer daño.

Y recitando esas palabras, toma su mano, enreda sus dedos, y lo besa con todo el rastro de cariño que es capaz de mantener vivo. Entonces Ray puede dejar de sufrir, sólo por esa noche, y sentir las manos amables de Norman que lo arrullan como si fuera lo único que existe en su mundo.

Eso es suficiente para ambos.

(Por un momento, olvidas el dolor. Olvidas todo.

Y eso te hace tan feliz.)


V.

—Sujeta mi mano, por favor. Hazlo hasta que salga el sol.


¿fin?