Capítulo 14
«Esa dulce esclavitud es la propia libertad».
PERCY BYSSHE SHELLEY, Reina Mab
Itachi observó que Ebisu retiraba un hilo imaginario de su chaqueta mientras él se miraba en el espejo, recordando la noche anterior. Pensó en la manera en que Sakura había aceptado que entrara en su dormitorio; cómo había confiado en él. Se había sentido humilde cuando ella le preguntó sus razones para regresar. E incluso presa del desasosiego, ella le hubiera permitido que la llevara a la cama y la hiciera suya. Pero, a pesar de la ansiedad que lo embargaba por acostarse con ella, estaba decidido a que, cuando la poseyera, estuvieran casados.
Pidió a Dios que lo ayudara a llevar a cabo sus propósitos sin dar un paso en falso. Quería firmar la partida de matrimonio antes, como era debido. Sakura merecía su respeto y él estaba dispuesto a dárselo.
Ella no sabía la auténtica razón de que hubiera acudido a su habitación y permanecido a su lado durante toda la noche. Desde luego no pensaba contárselo. Después de tener conocimiento de los motivos de Shimura para casarse con ella, apenas era capaz de perderla de vista. Jamás había sentido tal miedo por otra persona ni una necesidad tan acuciante de proteger a alguien. No había pensado en otra cosa que no fuera su ansia de sacarla de Oakfield y ponerla bajo su protección. Tuvo que recurrir a toda su capacidad de autocontrol y esperar las horas necesarias para procurarse una licencia especial de matrimonio; tiempo que aprovechó para enviar algunas cartas.
En el momento en que tuvo en sus manos los documentos que permitían un rápido enlace, se subió a Sansón y puso rumbo a Oakfield, adonde llegó en un tiempo récord. Fue como si la enorme bestia hubiera sentido su urgencia y se esforzara en llevarlo a casa de Sakura lo antes posible. Ebisu no puso un pie en Oakfield hasta que anocheció, pues se trasladó en el carruaje. Sin duda casarse con ella era algo escrito en su destino, pues todo había encajado en su lugar como las piezas de un puzle. Ahora ya estaba preparado para la boda, había logrado convencer a su novia y tenía un carruaje esperando para llevársela de a llí.
Por ese motivo, la noche anterior no habría logrado mantenerse alejado de ella de ninguna manera. Si hubiera sido necesario, incluso habría permanecido despierto ante su puerta para asegurarse de que nadie se acercaba para robársela o hacerle daño. No se fiaba de Shimura en absoluto y, en cuanto a su sobrino, ni siquiera podía pensar en él sin que le subiera la bilis a la garganta.
Pero la noche anterior... ¡Menuda revelación! Era un tesoro, un regalo que recordaría hasta el día de su muerte. Jamás olvidaría la imagen de Sakura cuando abrió su bata. Su figura era un sueño... Un sueño sensual y extremadamente erótico. Largas piernas, caderas curvas, pechos perfectos que necesitaba saborear cuanto antes. Había tenido que recurrir a todo su coraje para tapar de nuevo aquel cuerpo delicioso. Pero incluso mejor que constatar su atractivo físico fue dormir a su lado. Jamás se le olvidaría lo que había sentido tumbado junto a ella, velando por la deseada mientras dormía, sabiendo que ella estaba a salvo y le pertenecía para siempre. Antes de amanecer abandonó su cama a regañadientes, consciente de que los sirvientes se levantarían en cualquier momento. La imagen de aquella figura dormida se había grabado a fuego en su mente y todavía hacía que sintiera mariposas en el estómago.
—Lo hará bien, señor. —Ebisu dio un paso atrás para contemplar su trabajo. La nueva chaqueta azul oscuro combinaba de maravilla con un chaleco azul y dorado. Incluso él mismo se daba cuenta del acierto de la combinación—. La señora no podrá apartar los ojos de usted. Vestido de esta manera, está espléndido.
El novio lanzó una penetrante mirada a su ayuda de cámara.
—¿Y qué me dices del hombre que hay debajo de la ropa? ¿Crees que podrá hacer honor a la dama, Ebisu?
El ayuda de cámara alzó cautelosamente la mirada hacia él.
—Sin duda alguna, señor.
—¿Lo crees de verdad? —Itachi se sorprendía a sí mismo al hacer esas preguntas. Por lo general, las opiniones de los empleados a su servicio no contaban para él. No debería importarle lo que ellos, ni cualquier otro, pensaran sobre él.
—Siempre, señor. Su actuación siempre está a la altura, con ropa o sin ella, y no dudo que con su señora ocurrirá lo mismo. —Respondía de manera impasible, inclinándose para enderezar el dobladillo de la chaqueta que y a estaba perfecto.
Aquel hombre debía de pensar que su amo no tenía ganas de navegar por los mares del matrimonio. Sin embargo, él se sentía a gusto con esa tarea; de hecho no podía imaginarse haciendo ninguna otra. Iba a casarse con Sakura porque quería. Al cabo de una hora tendría una esposa y se habría convertido en marido.
—Me alegro de tal muestra de confianza por tu parte —repuso con cierto sarcasmo—. Dime, ¿has podido ver a mi novia esta mañana?
—Sí, señor.
—¿Y qué te pareció?
Ebisu estuvo a punto de sonreír de verdad, aun siendo de esos hombres que jamás mostraban sus sentimientos. Llevaba a su lado desde que él terminó los estudios en la universidad. Antiguo militar, era lo más estable de su vida. Estaba a la altura en todas las circunstancias, pero era evidente que ese día disfrutaba como nadie de la función.
—Muy hermosa y elegante del brazo de su padre. Debo felicitarlo, señor.
—No, me refería a qué te parecía. Ya sé que es muy hermosa —respondió airado y algo frustrado.
—¿Qué me parecía, señor? —Ebisu arqueó una ceja. Sí, sin duda estaba saboreando el momento.
—¡Su expresión, joder! —Explotó, sintiéndose como un alumno en el día de San Valentín—. ¡Maldita sea, no importa!
—La señorita Haruno me pareció el epítome de la gracia y...
—He dicho que no importa. —Le hizo callar con un gesto de la mano—. Y, por si acaso se te ha olvidado, abrígate, Ebisu, regresarás a caballo con Hayate. En el carruaje solo iremos la señora Uchiha y yo. Solos —dijo con firmeza.
—Sí, señor. —Ebisu inclinó la cabeza.
—Bien, vayamos a mi boda, pues. ¿Te importaría actuar como testigo? — Suavizó el tono de su voz para formular la pregunta.
La cara de Ebisu se iluminó durante un segundo antes de volver a adoptar su máscara inexpresiva.
—Será un honor, señor Uchiha.
Al final, Ebisu tuvo razón. Cuando Sakura apareció, era una novia resplandeciente, solemne pero tranquila, y muy muy hermosa. Sus ojos buscaron los de él en el momento en que entró en la estancia, brindándole una sonrisa que apaciguó cualquier atisbo de ansiedad al instante. Él le guiñó casi imperceptiblemente un ojo.
El reverendo Goode leyó las palabras que los ataban hasta la muerte y los casó en el salón más formal de Oakfield. La señora Goode interpretaba música nupcial al piano. Y, cuando le tocó el turno de expresar sus votos, Itachi estuvo seguro de que aquella era la primera vez que daba su palabra a una mujer en toda su vida. Estaba claro que, entre las mujeres de su vida, Sakura marcaba una gran diferencia.
Sakura llevaba el mismo vestido de brocado color crema con el que se había casado su madre. Envuelta en sedas y deliciosamente sonrojada, era toda una visión. El señor Haruno declaró que casi se desmayó al verla, por lo grande que era el parecido con su añorada esposa.
Tratando de mostrar a su hija algo de cariño, Kizashi Haruno alabó la belleza de Sakura y le regaló un juego de perlas que había pertenecido a su madre. El gesto fue insuficiente y demasiado tardío. Itachi se dio cuenta de que el señor Haruno ya había perdido a su hija cuando mostró más preocupación por su buena reputación que por el infierno que estaba pasando Sakura.
La dote que acompañaba a Sakura era generosa, pero a él le preocupaba poco la cantidad que supusiera, su meta era asegurarse de que su esposa jamás volviera a estar a merced de alguien que no la apreciara como merecía. Admitía, sin embargo, haber sentido un cierto placer al arrancar a su padre fondos adicionales. Si había algo en lo que destacaba, era en las negociaciones que conllevaban los procesos bursátiles y, en este caso en concreto, su persistencia resultó muy provechosa.
Antes de partir, buscó el momento para hablar con el señor Haruno a solas y ponerle al tanto de lo que había sabido en Londres sobre el fallido intento de Shimura, así como su creencia de que este estaba emparentado con el atacante de Sakura y conocía perfectamente los hechos. No escatimó los horribles detalles y se sintió algo satisfecho al ver que Kizashi Haruno palidecía al conocer que había estado a punto de entregar a su hija a un monstruo que tenía en mente aquellos pervertidos propósitos para ella.
Algo aligerado moralmente, condujo a su flamante esposa al carruaje. Ella también parecía aliviada. No lo dijo, pero era evidente.
Sakura aparentaba estar más que dispuesta a dejar atrás el que había sido su hogar hasta ese momento y encarar una nueva vida en Somerset, en Hallborough, con él.
«Él sabía lo que le había ocurrido a Sakura todo el tiempo. De hecho, lo respaldaba. La habría maltratado. A mi niña. ¡A la hija de Mebuki!».
Kizashi Haruno sintió que la sangre le hervía en las venas al recordar algo que le había dicho una vez su esposa: «Nunca me ha gustado la manera en que me mira Danzō Shimura, Kizashi. Hay algo antinatural en su mente. Pobrecita su esposa, ¿cómo puede soportarlo?».
Había tranquilizado a su mujer con besos y caricias y le había asegurado que Shimura no podía dejar de mirarla porque era tan hermosa que su belleza lo dejaba aturdido. ¿A qué hombre no le ocurriría lo mismo? Ella era un tesoro, la mujer más hermosa del condado, y sin duda Shimura estaba más que celoso de la fortuna que había tenido él al conquistarla.
Recordó más situaciones. Shimura había pretendido a su Mebuki y quiso casarse con ella. En una ocasión, durante sus días en la universidad, mientras bebían en un bar, Shimura había dejado caer que tenía la intención de convertir a Mebuki Wellesley en su esposa algún día. Cuando Shimura se marchó a recorrer Europa durante un año y medio, él permaneció en Inglaterra, por lo que cortejó y conquistó a la hermosa Mebuki Wellesley mientras Shimura estuvo fuera.
La suerte le había favorecido entonces. Ganó la mano de la mujer más maravillosa del mundo: su amada Mebuki. Shimura bromeó sobre el asunto durante años, diciendo que su amigo le había robado a la chica de sus sueños delante de sus narices.
Mebuki Haruno, sin embargo, era una mujer muy lista, que se fiaba de su instinto, y ya supo ver el carácter de Shimura entonces, y sin duda lo habría visto también ahora.
Kizashi se sintió tan enfermo como para vomitar el opíparo desayuno nupcial que acababan de disfrutar. ¿Cómo podía haber sido tan estúpido, tan ciego? La sensación de haber sido traicionado era horrible. En especial cuando todo aquello procedía de un amigo de su confianza. Se dio cuenta de que había errado en todos los aspectos con Sakura y se sintió profundamente avergonzado por sus acciones mientras veía cómo su niña se iba de casa, alejándose de él para siempre.
«Mebuki, lo siento. Por favor, perdóname al haber sido tan insensato como para avergonzarme cuando debería haber buscado justicia para nuestra hija».
Sintió una dolorosa opresión en el pecho mientras observaba la marcha del vehículo. El carruaje de su yerno se hacía más pequeño ante sus ojos mientras se llevaba lejos a su hija. ¡Menos mal que se había casado con Uchiha! ¡Daría gracias a Dios cada día por ello! Y lo sentía de verdad, hasta lo más hondo de su ser. No podía olvidarse de alzar una especial plegaria de agradecimiento por aquel joven cuando rezara aquella noche.
Era gracioso comprobar cómo la opinión que se tenía sobre una persona podía cambiar en un instante. Jamás se había sentido demasiado impresionado por Uchiha en el pasado, pues le parecía un joven demasiado salvaje y arrogante. También demasiado libertino para su gusto, pero tenía que admitir que parecía sentir gran devoción por Sakura y no daba ninguna importancia a lo que le había ocurrido. Y Deidara había ensalzado a Uchiha cuando lo invitó a visitarlos en septiembre; su hijo sostenía que no había nadie más honesto y leal. Deidara, desde luego, solía juzgar bien a la gente.
Sintió cierto alivio al pensar que Itachi Uchiha trataría bien a su hija y la protegería. Estaba convencido de que ofrecería a Sakura todo lo que ella merecía: afecto, hijos y seguridad. Mebuki lo habría aprobado.
Esa mañana, con el vestido de novia de su madre, Sakura se parecía muchísimo a Mebuki. Pero en su despedida se había mostrado rígida y formal. Lo había abrazado sin calor ni sentimiento, y ni siquiera lo había mirado. Sin embargo, la observó dirigir una última mirada a la casa, seguramente prometiéndose a sí misma que no regresaría nunca. Su hija lo despreciaba. Y con razón. Se merecía eso y mucho más.
Contuvo una nueva oleada de náuseas y cerró los ojos con fuerza. Shimura quería a Sakura porque no había podido tener a Mebuki. ¡La chica era la viva imagen de su madre! Mebuki se le apareció en ese momento, repitiendo lo mismo que le había dicho en el pasado: «Hay algo antinatural en su mente».
Lord Shimura ya no era su amigo; de hecho, acababa de convertirse en su enemigo. La pasión de la venganza rugía ahora en sus venas. Kizashi Haruno se hizo una promesa allí mismo, sobre la escalera de Oakfield: se vengaría, por Sakura y por Mebuki, que no esperaría otra cosa de él, sobre todo tratándose de una afrenta a su hija.
Se alisó el abrigo, alzó la cabeza como hablando con el cielo y entró en la casa. Faltaba mucho. Primero escribiría a su hijo y le diría que volviera a casa. Deidara podría ayudarlo, quizá quisiera vengar a su hermana. También debería concertar una reunión con sus abogados y dejar todos sus asuntos bien atados, por si acaso.
¿Y después?
Bueno, haría lo único que podía hacer. Se serviría un plato de venganza bien frío, con el que se sentiría muy satisfecho.
