Capítulo 15

«Nuestra duda es nuestra pasión y nuestra pasión es nuestra misión».

HENRY JAMES, La edad madura

El paisaje cambiaba lentamente, de campos salpicados por bosques a un litoral barrido por el viento, a medida que se acercaban al mar.

El canal de Bristol se extendía a lo largo de poco más de veinte kilómetros de mar abierto frente a la costa de Somerset, camino de Gales, formando una bahía natural en la desembocadura del río Severn. La zona estaba plagada de barcos anclados en puertos costeros, algunos legales y otros, muchos, auténticos nidos de contrabandistas.

Itachi señalaba los lugares de interés según avanzaban y Sakura lo escuchaba en silencio, formulando alguna pregunta ocasional. Según recorrían los kilómetros, se fue acercando a ella en el asiento, hasta que consiguió ponerle el brazo sobre los hombros y recostarla sobre su pecho.

Sakura reposaba junto a su trémulo corazón. Saber que dependía de su fuerza lo llenaba de orgullo. Pensó en aquel maravilloso cuerpo femenino y en cómo se amoldaba a él. El constante balanceo del carruaje hacía que se mecieran juntos, casi fundidos, con suavidad.

Pero había muchas otras maneras de mecer un cuerpo, y las imágenes que flotaron en su cabeza no fueron todo lo tiernas que hubiera querido. El anhelo carnal por su flamante esposa estaba a flor de piel. Deseaba tenerla debajo, aceptándolo en su interior, como un receptáculo ansioso por recibir su dura y poderosa virilidad. Quería reclamarla con su cuerpo, protegerla y cuidarla. Ansiaba unirse a ella y conseguir que olvidara todas aquellas tropelías que habían cometido con ella. Pero ¿y si terminaba por asustarla más y recordarle su dolor?

El camino que se extendía ante ellos era difícil de seguir y no había guía que lo ayudara. Él era la versión masculina de un zorro al que gustaba el sexo duro, y se había casado con una mujer cuya única experiencia en ese aspecto había sido una salvaje violación.

¿Podían ser más dispares?

También dudaba si sería acertado reclamar sus derechos maritales esa noche, tras una boda tan apresurada. Pero la deseaba más de lo que recordaba haber deseado nunca a una mujer, y después de haber pronunciado los votos le resultaba difícil pensar en otra cosa. No era fácil olvidar años de libertinaje sensual.

Sí, la poseería esa noche y, por difícil que pudiera resultarle, estaba decidido a ser más tierno y sensible que nunca. ¡Que Dios lo ayudara!

—¿Por qué no me hablas de Hallborough? Así conoceré un poco el lugar cuando lleguemos. —Sakura lo miraba confiada y absolutamente serena entre sus brazos.

Incapaz de contenerse, la alzó hacia él y besó aquellos labios rosados antes de acariciarlos con pasión contenida.

—Me encanta besarte.

—Gracias —susurró ella.

—¿Por besarte?

Ella negó con la cabeza.

—Por desearme.

Su respuesta a aquello fue seguir besándola, y pasó mucho tiempo antes de que pudiera apartarse para hablar.

—Eso jamás ha sido un problema. —Le recorrió los labios lentamente, siguiendo el mismo trazo varias veces—. Me fijé en ti hace años, cuando no eras más que una jovencita. Creo que te he estado esperando sin darme cuenta. Gracias por aceptarme, señora Uchiha. —Apoyó la barbilla sobre su cabeza —. Me gusta cómo suena eso, «señora Uchiha». Algún día serás lady Uchiha.

—Lo sé. Es lo que me dijo papá ayer, pero estaba segura de que él estaba hablando de lord Shimura durante todo el tiempo. Por eso me desmayé cuando me di cuenta de que eras tú quien había venido a buscarme.

Él solo pudo responder con un gruñido, frunciendo el ceño y apretando los labios. Le rechinaron los dientes por la fuerza con la que tensó la mandíbula. Notó que tenía el cuello rígido.

—¡Ese hombre no volverá a acercarse a ti o acabará en un ataúd! ¡Bastardo inmundo!

No sabía todavía lo que haría con Shimura y su sobrino. El guardián del burdel, Yahico, se había convertido en su informante a sueldo. Y ya conocía el nombre del agresor de Sakura, Orochimaru Shimura.

Su prioridad era proteger a su esposa, tanto su persona como su reputación. No podía dejar que nada más la dañara y pretendía conseguir que ella no descubriera jamás la identidad de su asaltante. Sin embargo, actuar como un toro enloquecido cada vez que surgiera el nombre de Shimura no era la mejor manera de ocultarlo.

—Lo siento, cariño. Eso ha sido impropio de mí, pero es que ese hombre no me ha gustado nunca. —Esbozó una sonrisa de disculpa, sintiéndose repentinamente tímido.

—En eso estamos de acuerdo. Lamento haber mencionado su nombre; no volveré a hacerlo. ¿Me hablas, entonces, sobre tu casa?

—Ahora es nuestra casa, y es preciosa. Hallborough Park está situada sobre el mar, en Kilve. Si paseas junto al océano y miras al canal con el cielo claro, podrás ver los Brecon Beacon, en el sur de Gales. Las colinas Quantock quedan a nuestra espalda. Las flores de sus brezales son espectaculares en verano. Se puede escuchar el sonido de las olas; creo que el sonido del mar es uno de los más reconfortantes del mundo. Daremos largos paseos por la playa y por la noche podremos observar el brillo de las estrellas en el cielo, sobre el mar. He hecho los preparativos oportunos para que traigan tu montura, junto con Sansón, y podrás practicar la equitación todo lo que desees. ¿Has cabalgado alguna vez por la arena?

—No, pero suena maravilloso.

—Nuestros vecinos, los Hatake, son buenos amigos míos. Kakashi y Naori se han casado recientemente, hace menos de un año, y creo que ella te gustará mucho. Sé que te recibirá con los brazos abiertos. A Naori le encanta pintar paisajes. He visto tus bocetos y desde luego me consta que eres muy buena también. Tenéis eso en común.

—Apenas puedo esperar para conocer a tus amigos. ¿Y qué ocurre con tus abuelos, Itachi?

—Viven en Londres casi todo el año, pero pronto te llevaré a conocerlos. Te adorarán, Sakura, aunque solo sea por el hecho de haberte casado conmigo. En cuanto mi abuelo ponga la mirada sobre ti, besará el suelo que pisas. Acudiremos cada primavera a la temporada de sociedad y ocuparemos nuestro lugar. Mis negocios están allí, por supuesto, pero por ahora quiero tenerte un tiempo para mí solo, es decir, para nosotros solos, en Hallborough.

Ella lo contemplaba con aquellos brillantes y vivaces ojos color esmeralda, escuchando sus divagaciones sin parpadear. Estaba tan hermosa que no tuvo más remedio que tocarla otra vez. Alargó la mano y siguió con el dedo la forma de la ceja antes de palpar todo el contorno del rostro. En la segunda vuelta rozó sus labios, recordando lo dulces que sabían.

—Serás la princesa de Hallborough Park, y yo te protegeré, te adoraré. Juntos haremos hermosos bebés. ¿Qué te parece la idea? —La observó, buscando cierta incomodidad en ella ante tan franca sugerencia, pero no la halló. Sakura se limitó a sonreír de manera serena.

—Es una idea perfecta. Creo que me gusta la sensación de ser una princesa. Sin duda tú haces que me sienta así, Itachi. Y tú eres sir Itachi, el valiente caballero que me rescató.

«Más bien soy el canalla que no puede esperar para tener a la hermosa princesa en su cama».

—Me alegro, cariño. Intentaré seguir siendo digno de su alta estima, apreciada dama —bromeó, inclinando la cabeza.

—Siempre lo serás, Itachi.

Él rezó para que su esposa siguiera confiando en él más tarde, cuando llegara el momento de llevarla a la cama. No se sentía precisamente como un valiente caballero, sino como un licencioso bribón.

Sus honorables intenciones hacia Sakura lo habían mantenido en un estado de intensa excitación durante semanas. No se había acostado con una mujer desde la noche en que coincidió con Deidara Haruno en Londres, y sentía cada uno de esos días en la dolorosa palpitación de su miembro hambriento.

Itachi aspiró el olor marino en el momento en que se bajó del carruaje. Lo encontró tranquilizador y vivificante. El inminente crepúsculo oscurecía el cielo y el ruido de las olas se percibía más abajo, en la orilla.

Con una reverencia muy cómica ayudó a su flamante esposa a bajar del coche y la acompañó hasta el lugar donde los esperaban los miembros del personal de servicio. La oscura mole gris que era Hallborough Park se erguía silenciosa ante ellos, como oponiéndose, gallarda, a la brisa nocturna del mar. La casa había sido remodelada hacía unos sesenta años para adaptarla al estilo neogótico, lo que se hacía evidente en los arcos apuntados de las ventanas, que evocaban un cierto tipo de espiritualidad ancestral entre los elementos naturales, conectando el cielo y la tierra con las rocas que rodeaban el entorno.

El ama de llaves, la señora Uzuki, y el mayordomo, el señor Akame, los recibieron con afecto. Habían preparado su llegada minuciosamente, colocando antorchas en el exterior y, en el interior, lámparas de araña cuya luz se filtraba hacia fuera por las ventanas abiertas. Todas esas luces les ofrecían una cálida bienvenida, haciéndoles sentirse acogidos. Itachi quería que Sakura amara esa casa tanto como él.

Antes de la cena Itachi le presentó a los miembros del personal con rapidez y realizaron una breve excursión por la casa.

La cocinera se superó en honor a los recién casados. Les sirvieron ostras con crema, croquetas de marisco y carne de venado asada, además de otra docena de platos que apenas tocaron. Ellos se sirvieron solos y él escanció el vino. Reparó en que ella había bebido dos copas en poco tiempo, y pensó que seguramente era una buena idea.

Se miraron por encima de los platos. Él se recreó en lo hermosa que estaba esa noche al tiempo que se preguntaba cómo llevar a cabo sus propósitos sin asustarla. Rellenó su copa una tercera vez y le ofreció un trozo de tarta de limón con una sonrisa. Ella le respondió tomando el vino y rechazando el dulce.

Ahora que la había puesto a salvo de Shimura y Orochimaru, tenía otro problema. No sabía cómo podría reprimir su oscura naturaleza en cuestiones sexuales. Ahora debía protegerla de él mismo.

Siempre le había gustado el sexo poco convencional y jamás había intentado o tenido motivos para contenerse. Rudo, dominador y siempre abierto a nuevas prácticas, había hecho lo que se le antojaba con su miembro, su boca y sus dedos en los cuerpos femeninos. Había experimentado con el coito, pero siempre con personas por las que no sentía nada. Sin embargo, jamás había hecho el amor propiamente dicho a una mujer. En ese aspecto era realmente virgen.

El brutal asalto que había sufrido Sakura complicaba el asunto todavía más, puesto que la hacía aún más frágil. Sabía que no podía comportarse con ella con el más mínimo asomo de dureza. Esa clase de sexo había terminado para él. Ahora tenía que ser el amante más delicado del mundo.

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«Puedo hacerlo».

A pesar de repetirlo para sus adentros como si fuera un cántico, Sakura no estaba segura de poder conseguirlo. Se había mostrado de acuerdo, había firmado las estipulaciones matrimoniales y abandonado el único hogar que conocía para ir al de su marido. Sí, su marido. Estaba casada. Tenía un marido que esperaba ser bienvenido en su cama. Debía cumplir sus obligaciones matrimoniales.

«Puedo hacerlo».

Pensó en Itachi y en lo que sabía de él. Era amable y tierno. Muy galante. También resultaba divertido. La noche anterior se había limitado a abrazarla en su cama y jamás se había sentido más segura que envuelta en sus brazos y apretada contra su cuerpo. Tan segura que se había dormido enseguida. Sin duda alguna él no provocaría dolor en...

—El baño, señora —dijo la doncella con suavidad.

—Gracias, Yūgao . —Sakura regresó al presente, agradeciendo que alguien interrumpiera aquellos pensamientos desbocados que en realidad no llevaban a ninguna parte.

Yūgao la ayudó a quitarse el vestido dorado que se había puesto para viajar y luego se acercó a la bañera colocada detrás del escritorio. La muchacha era joven, no podía tener más de dieciocho años, pero resultó muy eficiente para ser una doncella inexperta.

La señora Uzuki había presentado a Yūgao como su sobrina, explicando que se ocuparía de ella hasta que contrataran a alguien apropiado. La joven parecía mortalmente asustada y Sakura la observó con preocupación. Estaba segura de que la habían amenazado con algún tipo de castigo si desagradaba a la nueva ama.

—¿Eres nueva en la casa? —le preguntó Sakura desde detrás del biombo.

—Sí, señora. Llegué ayer mismo, pero no vengo de muy lejos, sino de un pueblo cercano. —La voz le temblaba un poco.

—Ah, ¿no es esto lo que sueles hacer?

—No, realmente no, señora. Pero tengo siete hermanos pequeños. —La chica se detuvo y debió de recapacitar sobre sus palabras porque habló más rápido y fuerte—. Pero estaré encantada de servirla de la mejor manera posible, señora Uchiha. —Al menos era sincera, y la honestidad era una de las virtudes que más valoraba.

—Perfecto, puedes estar tranquila, de verdad. Estoy segura de que todo irá bien, Yūgao, no te preocupes. Yo también soy nueva en esta casa.

—Sí, señora. —Parecía más animada cuando se alejó para apartar las prendas que su ama se acababa de quitar.

El agua caliente relajó y apaciguó sus músculos, tensos tras haber pasado horas recluida en el carruaje. Itachi no había exigido nada extraordinario durante el largo trayecto, aunque la había abrazado y besado a conciencia. Sonrió al recordar que él había dicho que le encantaba besarla. Sin duda, ella deseaba sus besos, eso no le preocupaba. Si acostarse con él fuera tan sencillo como besarlo, se sentiría muy aliviada.

Tomó una pastilla de jabón con perfume de violetas y la deslizó por el brazo mientras volvía a pensar en su marido. Itachi se había comportado como un perfecto caballero durante todo el viaje, pero su intuición le decía que el hombre deseaba mucho más y que se estaba conteniendo. Él sabía lo que le había ocurrido y no quería asustarla. La noche anterior había acudido a su dormitorio porque pensaba que sería bueno que ella fuera acostumbrándose a él. Esa había sido su intención porque tenía en mente ir a su cama esa noche también y, en esta ocasión, no sería precisamente para dormir.

Incluso habían hablado sobre ello. Él le había dicho que, cuando estuvieran juntos de esa manera, estarían atados por los votos matrimoniales. Bueno, pues ya lo estaban. Itachi acudiría en breve para realizar todas esas cosas que quería hacer con ella, y debería permitírselo. ¡Que Dios la ayudara!

Había sufrido mucho después de la violación. Sintió dolor en todo el cuerpo y había padecido lesiones que le hicieron temer que no pudiera quedarse embarazada a causa de las secuelas.

«Por favor, que con él no duela de esa manera...».

El médico había asegurado, sin embargo, que se había recuperado por completo y ella rezó para que tuviera razón, pues quería tener bebés. Ser madre y criar a sus hijos era uno de los sueños que guardaba en su corazón.

Pensó en su madre, Mebuki, y notó otra vez aquella dolorosa punzada por haber perdido su sabiduría y sus abrazos. Se sentía sola, desconcertada y confusa. No podía compartir sus miedos sobre lo que ocurriría esa noche con nadie. ¿Con quién podría hablar sobre ese tipo de asuntos? ¿Con su padre? ¿Con su hermano? Ni en sueños. Los dos se dedicaban a repetir que casarse y fundar una familia era la mejor cura para lo que había soportado; lo que mejor la ayudaría a superar el pasado.

«Por favor, Dios, que con él no duela...».

Terminó de enjabonarse, se aclaró y salió de la bañera. Se secó con energía con una gruesa toalla para mantener el frío a raya.

—Su camisón, señora. —Yūgao le ofreció una prenda amarilla por encima del biombo.

Ella lo tomó y se lo puso. Era de gasa más fina que el algodón más delicado y, a pesar de tener mangas largas, el escote era muy bajo. A Itachi le resultaría muy fácil deslizárselo por los hombros y dejar sus pechos al descubierto. ¿Podría pedirle que no la despojara del camisón? Movió la cabeza con firmeza. Sabía en lo más profundo de su alma que Itachi querría verla totalmente desnuda. Por extraño que resultara, pensar que él vería su piel por completo no la molestaba demasiado. Estaba mucho más preocupada por las demás cosas que haría con su cuerpo.

«Por favor, Dios, ayúdame a cumplir con mi deber».

—El pelo, señora, ¿quiere que la peine?

—Por favor. —Asintió con la cabeza y se sentó ante el tocador mientras se decía que ojalá desaparecieran aquellos nervios. Observó a Yūgao en el espejo mientras le quitaba con cuidado las horquillas que sostenían sus rizos. Fue una por una hasta que sus cabellos cayeron sueltos sobre los hombros. Le llegaban a la mitad de la espalda. Yūgao comenzó a cepillar el cabello lentamente, empezando por las puntas para evitar dolorosos tirones y nudos. Era posible que la chica no tuviera experiencia como doncella, pero sabía ocuparse de una melena.

—Tiene usted un pelo precioso, señora Uchiha. Es muy suave.

—Y tú posees unas manos muy cuidadosas, Yūgao. Tus hermanas deben de tener el pelo largo, pues sabes cepillarlo de la manera apropiada.

—Gracias, señora. Tengo dos hermanas y estoy familiarizada con los nudos y enredos del pelo. —Yūgao pasó por todos los mechones hasta que cada hebra hubo sido domada—. ¿Quiere que se lo trence, señora Uchiha?

La recién casada negó con la cabeza.

—Creo que no, Yūgao. No podría... —Y no quería decir nada más a un sirviente. No era correcto, pero eso no le impidió pensar por qué no quería que hiciera la trenza. Se dejaría el pelo suelto porque sabía que a Itachi le gustaba verlo así. Él disfrutaba tocándolo y enredándolo entre sus dedos, como había hecho la noche anterior.

—Bien, buenas noches, señora. Llámeme, por favor, si necesita algo. —Yūgao hizo una reverencia y salió de la habitación.

Ella escuchó sus pasos cada vez más lejanos repicando en el pasillo hasta que el sonido desapareció. Se levantó del tocador y se movió hasta la chimenea mientras contaba hasta cien mentalmente. Era lo único que podía hacer para seguir de pie y no buscar la puerta.

«Puedo hacerlo».

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A Itachi le retumbaba el corazón en el pecho con desbocado estruendo, y no era por culpa de un duro esfuerzo físico, eran los nervios. No recordaba haberse sentido así nunca, y menos antes de mantener relaciones sexuales; pero allí estaba, nervioso como una liebre en una carrera de galgos. ¿Qué estaría pensando Sakura en ese momento? Seguramente también estaría nerviosa. ¿Cómo no iba a estarlo?

Le resultó difícil saberlo cuando entró en la bien iluminada estancia, porque ella le daba la espalda. Y desde luego estaba espectacular. Delante del fuego, Sakura era la mujer más hermosa que hubiera visto nunca. Llevaba el pelo suelto, suaves rizos rosas que cubrían sus hombros y la mitad de la espalda. El camisón, amarillo claro y algo transparente, caía hasta los pies. Solo pudo adivinar la forma de sus largas piernas y de otras partes de su cuerpo porque estaba a contraluz del fuego que ardía en el hogar, pero, aun así, se recreó en las curvas redondeadas de sus nalgas.

Se detuvo y la miró, esperando, admirándola. Era todo lo que podía hacer.

Ella se volvió.

Itachi abrió los brazos.

—Ven aquí —se escuchó susurrar.

La miró mientras avanzaba hacia él, saboreando cada paso, notando cómo sus pechos se movían bajo la fina tela del camisón con cada zancada, cada vez que rozaba el suelo con un pie. ¡Santa madre de Dios!

Cuando la pudo estrechar entre sus brazos, por fin se vio capaz de respirar de nuevo. Cerró los ojos dando gracias; tan grande era el alivio de tenerla por fin contra su pecho, suave y dócil, oliendo a jabón perfumado.

—Me encanta tu olor. Es tranquilizador y fortificante a la vez.

Ella no dijo nada, solo se estrechó más en sus brazos.

Él sintió los suaves pechos contra su tórax.

«Una cama. Necesito una cama».

Antes de pensarlo dos veces, la alzó en brazos y la llevó hasta una cama de maciza estructura, donde la tendió, y se acostó junto a ella. La mejor manera de empezar: llevarla al lugar donde todo ocurriría y dejar de cavilar. La sintió tierna entre sus brazos y entregada a lo que quisiera hacerle.

—Eres hermosa a todas horas, pero ahora mismo, en este momento concreto, no tengo palabras para describirte —dijo, acariciándole la mejilla con los nudillos antes de bajar la mano al cuello y al escote del camisón. Detuvo los dedos en el valle entre sus pechos durante un momento y enseguida empezó a moverlos sobre los tersos montículos.

Ella se estremeció ante el contacto y cerró los ojos. Él sintió el ritmo de su respiración cada vez más agitada.

—Querida, ¿estás nerviosa? —«Yo sí».

Ella asintió con la cabeza en un gesto solemne, sin abrir los ojos.

—No quiero decepcionarte.

—No podrías hacerlo. Y no pareces nerviosa, pareces una diosa. —Le acarició la garganta con la nariz, aproximándose a la oreja—. ¿Estás recordando las cosas que te hicieron?

—No quiero recordar —aseguró ella.

—No será igual. —La besó en los labios—. Odio que estés asustada.

—Tú no me asustas, lo hacen los recuerdos. —Ella abrió los ojos, brillantes por la emoción, y él vio la valentía reflejada en aquellas pupilas—. Haz que me olvide de ellos, Itachi.

«Esta es mi chica».

—Lo haré. Reemplazaré esos malos recuerdos con otros buenos. Será algo de lo que sí querrás acordarte.

Buscó de nuevo sus labios. Al mismo tiempo, le acunó con suavidad la cabeza y la atrajo hacia su boca, pensando que aquel cuerpo era como un paraíso que querría explorar durante toda su vida.

Curvas y valles suaves, el aroma, el tono verde de sus ojos, los dulces y carnales sonidos de su cuerpo entregándose a él, los latidos de su corazón y su respiración entrecortada... Todo era excitante. Las emociones de Sakura eran nuevas para él, se trataba de sentimientos que nunca había experimentado con ninguna mujer. Saku suponía la paz; reconocer el poder que ella tenía sobre él resultaba sobrecogedor.

Sintió que ella se relajaba, rindiéndose, y pensó que todo iba viento en popa. La sentía flexible y suave bajo sus labios y sus manos.

Itachi sabía muy bien lo que quería. ¡Lo que siempre había querido! Su miembro se alargaba cada vez más, duro y tenso como nunca había estado, anticipando el momento en que la poseería. Sin embargo, y a pesar de lo mucho que deseaba estar dentro de ella, se contenía de una manera notable, heroica. Ella hacía que se controlara. La necesitaba, pero era ella la que tenía la llave, y solo podría acceder a su cuerpo si Sakura se lo permitía.

Empujó la pelvis hacia delante y arqueó la cadera, buscando la presión del duro hueso con su erección. Por un segundo temió avergonzarlos a ambos corriéndose sobre las sábanas.

—Eres increíble —murmuró.

Sakura asintió con la cabeza. Itachi la sintió afirmar con la cabeza, pero no pronunció ninguna palabra.

«Te deseo».

Quería saborear su sexo con los labios y que ella tomara su pene con las manos, o quizá con su boca. Sin embargo, eso tendría que esperar. No estaba preparada para esa clase de placeres. Pero la lujuriosa idea de enseñarle tales deleites era algo a tener en cuenta, que propulsó su deseo a un plano más elevado.

La besó en el cuello y la clavícula al tiempo que bajaba el amplio escote del camisón.

—Quiero verte desnuda. —Tiró con fuerza con los dientes—. Quiero verte por completo..., disfrutar de tu belleza. De todo tu cuerpo. Quiero que nuestras pieles se toquen. —Acercó la cara a la de ella, pidiendo su aprobación y rezando para que se la diera.

La mujer respondió con rigidez, casi sin voz, como si estuviera lejos, muy lejos de él.

—Haz lo que quieras. No tengo miedo. Quiero... complacerte.

«Deberías tenerme miedo, Saku».

Estaba seguro de que, si ella supiera lo que quería hacerle en realidad, daría un salto y huiría lo más lejos que pudiera.

Lentamente, Itachi se llevó las manos al cinturón y se lo aflojó. Cuando abrió la bata, sintió que ella se estremecía. Estaba tan rígida como un palo. Él también, pero de una manera muy diferente.

Si hacía caso de sus palabras, Saku estaba más que dispuesta, pero era evidente que la intimidad la enervaba. Se sometía al deber y él lo sabía. Aunque eso debería hacerle sentirse aliviado, no lo hacía. No le gustaba. Quería algo más de ella que el consentimiento, la mera claudicación ante los deberes maritales.

—Me complaces, cariño, pero quiero que permitas que yo te complazca también.

La besó entre los pechos muy lenta y delicadamente, recorriendo cada centímetro de aquella deliciosa piel tan suave como el terciopelo. Él sintió el palpitar de su corazón bajo los labios. Su propio corazón respondía a aquel latido. Se debatía entre el deseo y la moralidad, intentando moderar su necesidad.

Ella parecía irritable; nerviosa como una potrilla; temerosa de que se acercara demasiado. Sabía lo que iba a hacerle. Lo sabía y lo temía.

—Tranquila. —Para tranquilizarla, se apartó de sus pechos con tiernos roces de sus labios para concentrarse en su cuello—. Déjame tocarte, ya verás, te gustará.

La escuchó soltar el aire y notó que su cuerpo estaba menos tenso. ¡Santo Dios!, quería que aquello fuera agradable para ella, que pudiera enterrar los recuerdos que la rondaban. Demostrarle que quería darle placer.

—Te lo prometo —susurró después de besarla de nuevo en los labios.

Y siguió besándola. La besó durante siglos, largos besos en los que sus lenguas se enredaron, enseñándole, mostrándole el camino. Sus alientos se mezclaron también. Suspiró sobre sus clavículas, detrás de sus orejas, sobre la elegante curva de la garganta y luego apretó los labios contra la suave redondez de un pecho.

Se alzó sobre ella y buscó finalmente uno con la mano. Lo capturó con la palma, sopesándolo y disfrutando de su tacto, su forma, a pesar de la delgada tela del camisón. Rozó el duro brote que lo coronaba y la escuchó respirar con más rapidez.

De repente, ella arqueó la espalda, haciendo que sus pechos sobresalieran más. No supo si lo hizo por miedo o placer, y realmente no quería saberlo. Ya no. Había llegado demasiado lejos para pensar racionalmente.

Aprovechó el movimiento para bajar la tela y dejar al descubierto finalmente aquellos dulces montículos ante sus ojos hambrientos. De repente, aquella carne primorosa se convirtió en un festín. Y él tenía hambre. La piel cremosa, con aquellos botones de color rosa oscuro, lo llamaba. Cubrió uno con la mano y se estremeció ante la sensación de suavidad experimentada bajo la palma.

—Qué hermosura... —Los estudió bajo la luz de la lámpara.

Ella se quedó inmóvil.

—Tengo que... —susurró él antes de capturar un pezón con la boca. Lo succionó con los labios y sintió que el brote se endurecía, convirtiéndose en un apretado pico bajo su lengua. Era la dicha absoluta.

Ahuecó las dos manos sobre los pechos y los retuvo con adoración, al tiempo que seguía recreándose en aquella suave plenitud con la boca. Se movió de uno a otro, otorgándoles la misma atención. Mordisqueó la parte inferior, con intención de recrearse más tarde en las marcas que dejaba, recordando cómo la había marcado. ¡Oh, sí, era suya!

Ella se sometió a todo lo que le hizo y él disfrutó. Aquel era un primitivo ritual en toda la extensión de la palabra. Era su mujer. La había buscado, deseado y conquistado. Y ahora, por fin, podía reclamarla.

«Mi mujer. Mía, mía, mía, mía...».

En ese momento se olvidó de todo lo que había pensado, de todo lo que se había dicho que no haría.

El roce de su cuerpo era demasiado tentador, su olor, delicioso... Sencillamente se olvidó de todo, perdido en el elixir que envolvía sus sentidos incitándolo a tender la mano y tomarla.

—Saku... Qué placer estar contigo. —Gimió. Estaba borracho de placer... Borracho de ella. Nadó en el río de sensaciones que lo inundaba, se sumió en el sabor de aquella piel que se derretía bajo su boca. Estaba categóricamente embriagado hasta el punto de que no regía, y así era como quería estar.

La contención en la que se había esmerado para que ella tolerara sus atenciones comenzó a desaparecer, su apetito carnal reemplazó con rapidez otras caricias más tiernas, embriagado por el placer de acceder a ella.

—¡Te... necesito! —La recorrió con las manos. Por encima y por debajo del camisón, apretándole el vientre, entre sus piernas, amasando aquellas deliciosas nalgas. No era capaz de tomarse el tiempo necesario para conocerla, pero sabía todo lo que necesitaba.

Estaba famélico, desbocado, desesperado. Se sentía perdido en el deseo de poseerla y no era capaz de pensar.

No percibió que ella tenía los brazos y las piernas rígidos. Ni que apretaba los puños y tenía el cuello tenso. No escuchó sus quejidos ni sintió sus temblores. Tenía un único objetivo y no era otro que sumergirse en ella y correrse.

Cuando la cubrió con su cuerpo, ella comenzó a atacarlo en serio y él, a pesar de su excitada y limitada coherencia, comprendió por fin que Sakura era presa del pánico. Ella se retorcía para alejarse de él. Intentaba zafarse con todas sus fuerzas.

Él lo sintió y la escuchó.

Los gritos de Sakura no eran de placer, eran chillidos tan resonantes como los de un gallo cacareando al amanecer cuando interrumpía la somnolencia más profunda.

Todo se aclaró en su mente en un instante. Su conciencia regresó, clara como un fino cristal.

«¡Mierda!».