Capítulo 16
«Lo mejor son solo sombras, y lo peor no es lo peor si la imaginación lo enmienda».
WILLIAM SHAKESPEARE, Sueño de una noche de verano
Sakura no podía respirar. Sus impulsos eran primitivos y se dejaba llevar por completo por sus instintos. Sus pensamientos volvieron a recordar otro momento y lugar... Otras palabras...
«Lucha contra mí. Así, gatita. Lucha contra mí mientras te follo...».
Ella apenas tenía control consciente de sí misma. Solo sabía que quería escapar.
—¡Basta! ¡Por favor, basta!
¿Estaba gritando las palabras o no? No lo sabía.
Sin embargo, él se detuvo. Se quedó quieto, cesando en todo lo que hacía. Dejó de besarla. De tocarla. Rodó a un lado, lejos de su cuerpo.
Ella se incorporó de golpe en la cama, gateó hacia una esquina y se golpeó la cabeza contra el poste. Le dolió, pero sirvió para su propósito; el golpe la arrancó del insoportable abismo de miedo en que se había sumido y la devolvió al presente.
Entonces se cubrió los pechos doblando las rodillas. Luego las rodeó con los brazos, enterrando la barbilla en el hueco que quedaba entre ellas. Aquello le sirvió para recuperar mínimamente el equilibrio emocional, dándole un punto de referencia para recuperar la cordura.
Itachi yacía a su lado, boca arriba, con un brazo sobre los ojos. Tenía la respiración entrecortada y su ancho pecho se entreveía bajo el borde del batín azul. Podía ver el oscuro vello que le cubría el torso. Estaba desnudo bajo el batín, y excitado. Había sentido su dureza presionándole las caderas y ahora podía verla. Bueno, percibía la prueba de su excitación bajo la pesada seda azul. Una sólida protuberancia que reposaba sobre su vientre. Su virilidad era grande... Enorme.
Itachi quería meterla dentro de ella, y ella ya sabía lo que era eso. Conocía a la perfección lo que le hacía un hombre a una mujer cuando la tomaba.
—¿Estás bien? —preguntó él.
—Lo... siento. No... No quería... em... empujarte... Quiero decir que..., que no quería que lo dejaras... Es decir...
—Me refería a tu cabeza. Te has dado un golpe.
—Estoy... bien.
«No, no estás bien. Eres una miseria humana. Una mala esposa. Lo has rechazado. ¡Lo has empujado!».
Él se mantuvo en silencio, todavía rígido. Se hubiera dicho que era una estatua, de no ser por su respiración jadeante. No podía distinguir si estaba furioso con ella o no. Debería estar enfadado. Ella, sin duda, no se lo reprocharía. No estaba ateniéndose a su trato. Le había prometido herederos, bebés...
Itachi se levantó de la cama después de un rato. ¡Santo Dios, era tan alto! Su cuerpo gravitó sobre ella, tenso y rígido. Parecía estar esperando a que dijera algo.
Ella se abrazó con más fuerza las piernas, demasiado asustada para moverse. Por fin, se obligó a mirarlo.
Su expresión era ilegible. Fue él quien rompió el silencio que pesaba entre los dos, tan espeso que se podía cortar.
—Buenas noches, Sakura.
Su voz sonó contenida, pero no brusca. Se iba a alejar sin ni siquiera recriminarle su fracaso; porque era evidente que se marchaba.
—¿Adónde vas? —farfulló.
—Dormiré en mi habitación.
—Lo siento, Itachi. No quería decir lo que he dicho. Por favor, no te vayas.
Él suspiró.
—Debo hacerlo. Necesitas... —Se interrumpió y se pasó la mano por el pelo—. Los dos estamos muy cansados tras pasar todo el día de viaje. Intenta dormir un poco.
Lo vio dirigirse hacia la puerta.
Estuvo llorando durante muchos minutos, en silencio, hasta que recuperó el sentido y, con él, la mortificación. Su marido acababa de dejarla sola en la noche de bodas.
Incapaz de soportar la vergüenza que ello le causaba, miró a su alrededor. Aquella era una habitación preciosa. Los aposentos del ama... Su habitación. Estaba decorada en tonos azules y dorados, colores que le gustaban. Contrastaban con las maderas más oscuras.
Había un extraordinario cuadro ecuestre junto al cabecero, dos caballos cabalgando paralelos a la costa. Le pareció único. Jamás había visto nada como eso con anterioridad y se preguntó quién lo habría pintado. Ahora le pertenecía. De pronto una certeza la golpeó, abriéndose paso en su ánimo. Ahora era la dueña de todo eso..., pero no se merecía ni un triste pedazo del rincón más modesto de la casa.
No había hecho nada para merecer lo que ahora le pertenecía por derecho.
«Y tú le perteneces a él. Tiene derecho a acostarse contigo cada vez que desee, y no lo ha logrado aunque quería».
Itachi necesitaba un heredero para Hallborough Park y debía hacer lo necesario para engendrarlo. Y ella se mostró de acuerdo. Él no le había hecho daño, no la había tratado de manera irrespetuosa. Algunas cosas de las que él le había hecho le habían resultado... agradables. Ahora Itachi era su marido y ella tenía que ser su esposa.
Se levantó de la cama y vertió un poco de agua para lavarse la cara. Se limpió las lágrimas y se quitó el arrugado camisón. Se cepilló el pelo durante mucho tiempo antes de dejarlo suelto y ondulado sobre los hombros.
Se levantó llena de determinación.
Se alejó del elegante tocador con la lámpara en la mano y se dirigió a las habitaciones del amo.
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Itachi no sabía muy bien lo que debía hacer, se sentía muy frustrado, desilusionado y francamente preocupado. ¿Y si Sakura tenía un ataque de pánico cada vez que intentara acostarse con ella?
«Vayamos por partes», pensó.
Necesitaba una copa. El licor dejó un rastro de fuego al bajar por su garganta que, para su desgracia, solo sirvió para avivar el calor que ardía más abajo.
A continuación, hizo lo que debería haber hecho antes de reunirse con ella. Así quizá hubiera estado más contenido y no la habría asustado. Sabía que no tardaría demasiado, teniendo en cuenta el estado de su verga y de sus testículos. Su predicción fue muy precisa. Una vez que se puso a la tarea, se desfogó enseguida. Se masturbó con la mano con la misma habilidad con que podría haberlo hecho cualquier prostituta.
Aquella liberación supuso cierta ayuda, pero ni por asomo la suficiente. Se metió en su enorme y solitaria cama después de lavarse apresuradamente y caviló sobre lo ocurrido durante la última hora. No había sucedido nada de lo que imaginó. Había fantaseado sobre lo que supondría acostarse con Sakura, pero solo con lo que tenía por debajo del cinturón.
Resopló en la oscuridad. ¿Qué novio se pasaba la noche de bodas solo? Pues, al parecer, él.
«¿Y ahora qué?».
El fracaso cayó sobre él como una losa. La quería. Los dos sabían que él tenía derecho a regresar allí y acostarse con ella. Podía obligarla a someterse, pero ¿era eso lo que quería? ¿Ser un marido ejerciendo por las bravas sus derechos conyugales?
Ella estaba mal. Sabía que lo que había hecho Sakura, sus reacciones, se basaban en un miedo irracional. Le había parecido demasiado perturbada y avergonzada, abrazada a sus rodillas, con la mirada baja... Si volvía a intentarlo,
seguramente ella se doblegaría, y sin demasiados aspavientos. Una vez que ocurriera, sabría qué esperar y que no tenía nada que temer, igual que cuando había dormido a su lado la noche anterior.
Pero no podía resignarse a que las cosas fueran así de ásperas con ella, no quería obligarla a aceptarlo. Quería que lo deseara tanto como él la deseaba a ella.
Una parte de él sentía rechazo por su miedo, repulsa por la idea de que equiparara su manera de hacer el amor con lo que Orochimaru le había hecho. No quería en su cama a una mujer que sintiera miedo, ni tampoco que lo confundiera con otro hombre al que temía.
Se frotó el pecho, como si así pudiera hacer desaparecer el dolor que lo atenazaba. Se sentía avergonzado por su egoísmo. Debía aceptar que había sido él quien la forzó a casarse. Sakura había sido franca desde el principio; le había dicho que no sabía si sería capaz de soportar la intimidad, pero él la había presionado porque la quería. Y seguía queriéndola.
Sin embargo, tampoco tenía que perder la esperanza por completo. Ella había parecido realmente apenada: «No quería decir lo que he dicho. Por favor, no te vayas».
A Itachi le hubiera gustado quedarse, pero sabía que era imposible. Sencillamente, no podía dormir en la misma cama que ella y contenerse, así que no tuvo más remedio que marcharse. No confiaba en sí mismo. No encontraba la manera de controlarse con ella. ¡Qué horrible desastre se había producido hacía un momento! Sin duda la culpa era de su verga, literalmente.
No encontraba acomodo en aquella cama. Era mullida, sí, pero repleta de bultos. O quizá la cama no tenía nada que ver y se sentía incómodo debido a su deprimente estado de ánimo. Se movió de nuevo, cambiando de posición, pero supo que esa noche no sería capaz de conciliar el sueño.
Cerró los ojos e intentó relajarse, decidido a descansar. Admitió para sus adentros que al día siguiente tendría que volver a intentar conquistar a su dulce pero renuente esposa. Abrió los ojos y miró al techo con decisión. Le daría un tiempo para que se acostumbrara al matrimonio. Podía hacerlo. Valdría la pena esperar por ella. Volvió a cerrar los ojos.
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Aquella belleza tenía forma masculina. Unos músculos esculpidos y una suave piel dorada se desplegaban ante Sakura. Clavó los ojos codiciosamente en Itachi, dormido en su cama. Le resultó extraña la certeza de que quería volver a tenerlo sobre ella para poder sentir aquella piel tan hermosa contra la suya. Con un poco de suerte y su presencia allí, lo lograría.
Alzó la lámpara para verlo mejor. Estaba dormido de cara a ella, con un brazo estirado y el pelo despeinado, cubriéndole las mejillas y la frente. Perdido en los sueños, parecía más joven.
Le gustaban sus labios y lo que sentía cuando él la besaba. El inferior era mucho más carnoso que el superior, lo que no era típicamente masculino. Si bien Itachi era muy viril, había algo femenino en su boca, y eso a ella le gustaba mucho. Aquellos labios eran suaves. Quizá, si tenía suerte, quisiera volver a besarla.
Puso la lámpara sobre la mesilla y bajó la llama. Volvió a mirarlo y se quedó paralizada; los ojos de Itachi, negros bajo la luz del quinqué, estaban clavados en ella.
—¿Qué estás haciendo?
—Quiero..., quiero estar contigo, Itachi.
—No creo que sea una buena idea, Sakura. Ya sabes por qué. —La recorrió con la vista antes de mirarla a la cara con dureza.
—Bueno, yo creo que sí —replicó ella. Soltó el cinturón de la bata, esperando poder sosegar sus manos temblorosas y que él no notara su miedo.
—No. Por favor, no seré capaz de contenerme y no tocarte... —Lo vio respirar hondo, como si estuviera controlando sus emociones—. Si te metes en esta cama, no me detendré. En esta ocasión no podré detenerme.
—Lo sé. —Por fin se desató el cinturón. Él clavó la vista en el punto donde se había abierto la bata antes de regresar a su cara.
—No habrá marcha atrás, Sakura; llegaremos hasta el final. ¿Estás preparada para ello? —Las sábanas resbalaron hasta su cintura cuando se sentó en la cama. Sus músculos, largos y marcados, estaban tensos. Su marido no usaba camisón. Estaba desnudo y preparado. Muy preparado.
Cuando ella se había quitado el camisón, se quedó solo con la bata, sin nada debajo. Estaba tan desnuda bajo la seda como él bajo las sábanas.
Se acercó a la cama todo lo que pudo, dándole a Itachi una elocuente respuesta. Con un gesto, abrió la bata y la dejó caer.
Su marido se quedó paralizado durante un segundo antes de atraerla hasta la cama. Mientras lo hacía, masculló algo por lo bajo. Algo que sonaba muy parecido a: «¡Gracias, Dios mío!».
Ella vio satisfecho su deseo: la hermosa piel de Itachi estaba al fin apretada contra la suya. Una llamarada de pasión irradió desde su vientre y la reconoció como lo que era en el mismo segundo que lo sintió: lujuria.
Debajo de él se entregó a sus manos, su boca, sus labios y su lengua. Itachi se imponía con ternura. Todo aquello era conveniente y correcto, porque él era su marido y tenía derechos sobre ella. Podía hacer lo que quisiera.
Se sorprendió a sí misma al darse cuenta de que quería más de lo que él le hacía, y de que era realmente placentero sentirlo sobre su cuerpo, moviendo su lengua de una manera delicada, firme y suave a la vez. Se obligó a relajarse y procuró flotar en un desconocido mar de sensaciones.
—Tu sabor es muy dulce —dijo Itachi jadeando, pasando la lengua sobre el pezón repetidas veces antes de acaparar el pecho por completo con la boca y succionarlo.
Su cara era mucho más suave de lo que recordaba porque hacía poco tiempo que se había afeitado. Por lo general lucía siempre la sombra de la barba y ella había sentido el cosquilleo que esta producía cuando la besó el día anterior. La sensación de su lengua en el pecho, de tener el pezón dentro de la boca masculina, de que parte de su cuerpo estuviera en su interior, era conmovedora. Le cubrió la cabeza con las manos y lo atrajo con fuerza hacia su pecho.
—¿Te gusta esto? —Él alzó la cabeza y rozó sus labios.
—Mmm, sí —jadeó ella.
Itachi metió la lengua en su boca como fiel recordatorio de otra invasión de carne firme que se produciría muy pronto en otra parte de su cuerpo. Sabía lo que ocurriría a continuación y, para su sorpresa, lo deseaba... Porque iba a hacerlo con él. En aquel momento no tenía miedo, solo necesitaba que Itachi se perdiera en su interior. Sentía una dolorida necesidad entre los muslos.
Horrorizada por sus deseos, salió al encuentro de la lengua del marido para enredarla con la suya, juguetona. La suave textura de sus húmedas bocas le aceleró el corazón... y se sintió mojada. Tenía mucho calor, estaba empapada entre las piernas. Apretó los muslos en busca de algo de alivio. Necesitaba que Itachi estuviera mucho más cerca.
—Por favor... —imploró sin saber lo que pedía.
Itachi notó que ella tensaba las piernas al mismo tiempo que hacía aquella misteriosa súplica. El deseo de dejarse llevar por la pasión era acuciante, pero se contuvo porque no quería volver a asustarla. Aunque muriera en el empeño, esa vez no la asustaría. Que ella estuviera dispuesta a confiar de nuevo en él le henchía el corazón. Quería demostrarle su ternura, darle placer sin daño alguno, para que recordara siempre que era él quien se lo había proporcionado.
Volvió a mirarla y quiso grabarse para siempre la estampa que presentaba en su cama, con aquella gloriosa piel pálida.
—Mírate. Eres una diosa.
Se recreó con codicia en aquellos pechos magníficos, enhiestos y mojados por su boca, en la curva cóncava entre sus caderas, en el vientre plano que bajaba hasta un suave triángulo de rizos rosas. ¡Oh, cómo quería perderse en su interior! El hermoso y misterioso paraíso de la parte más femenina de Sakura era único. Un lugar que él podía conocer, pero que jamás entendería por completo. Y eso era lo más seductor del sexo de una mujer. La necesidad de penetrar, de poseer aquella parte no se aplacaba con nada. Él siempre trataría de perderse en aquellas profundidades, de estar tan cerca de ella como pudiera.
Poco a poco, bajó la mano por su cintura, por su ombligo, por la cadera, hasta llegar al interior del muslo, dibujando su forma.
—Ábrete para mí, Saku. Quiero verte y convencerme de que deseas esto. Demuéstrame que tú también me deseas.
La escuchó suspirar como si hubiera estado conteniendo el aliento. Ella se movió lentamente y él observó cómo las piernas torneadas que había admirado aquel día lluvioso en el riachuelo se abrían para él.
«¡Oh, Dios mío!».
Itachi apretó los dientes para retrasar el orgasmo que amenazaba con hacerle perder la contención de manera explosiva.
