Capítulo 19
«La belleza es el regalo del amante».
WILLIAM CONGREVE, Así va el mundo
—Buenos días, señora Uchiha. —Sakura abrió los ojos y vio que Itachi estaba inclinado sobre ella y sonreía de oreja a oreja con cierto aire burlón.
—¿Qué estás haciendo?
—Observándote mientras te despiertas —replicó—. Es una visión encantadora.
—¿Por qué? —Cedió al impulso de desperezarse y se dio cuenta de la falta de ropa y de la novedad que suponía despertar en la cama con un hombre, desnuda. Y además con un hombre muy masculino y cariñoso.
—Bueno, imagina mi sorpresa cuando esta mañana me topé con una hermosísima mujer desnuda en mi cama. «¿De dónde habrá salido?», me pregunté. «¿Qué debo hacer con ella?».
Encantada por tan alegre despertar, decidió seguirle la corriente.
—Quizá me haya perdido. Creo que lo mejor será que me enseñe el camino de vuelta, señor, mis recuerdos están confusos. No recuerdo lo ocurrido. ¿Cuál es su nombre, señor...?
—¿No lo recuerdas? Vaya, eso no podemos consentirlo. —Levantó las cejas con fingido desagrado, lo que hizo que le pareciera todavía más diabólicamente atractivo—. Sin duda, hasta que lo hagas no vas a ir a ningún lado. —Le puso la mano en la cintura y le hizo cosquillas—. ¿Comienzas a recordar ahora?
Una carcajada fue la única respuesta que pudo darle.
—Me encanta verte en mi cama. En especial si estás desnuda. —Sonrió con enorme picardía. Era un libertino. Un dulce y atractivo libertino. Y era suyo.
—¿Cuál es su nombre? —preguntó la mujer, antes de ahogarse con la risa mientras trataba de escapar a sus cosquillas—. ¡Debe decirme su nombre, señor!
Itachi se inclinó sobre ella, con los ojos encendidos de deseo.
—Soy el señor Uchiha, encandilado marido de la señora Uchiha, una hermosa mujer que debe ser besada y acariciada como se merece, y lo antes posible.
—¡Oh! ¿De veras? ¿Y eso es algo que la señora Uchiha deberá esperar que ocurra a menudo? ¿Se verá besada y acariciada con frecuencia?
—Pues sí. De hecho, sucederá todos los días, cada día...
—¿Y cuál es la razón? —preguntó ella con fingida inocencia.
—Que el señor Uchiha no puede mantener las manos alejadas de ella. Solo es un hombre, ¡por el amor de Dios! —Sintió que él comenzaba a deslizar la mano con decisión por sus caderas, por sus nalgas, como si quisiera ilustrar con hechos su explicación—. No puede evitarlo.
—Ya, el señor Uchiha tiene unas manos preciosas, y hace cosas maravillosas con ellas.
—Es un experto con otras partes de su cuerpo además de las manos —le recordó él con expresión de lujuria mientras bajaba la voz. Ella notó que el ónix de sus ojos se volvía más oscuro. La deseaba de nuevo; estaba segura. La noche previa había empezado a descubrir algunas cosas.
—¿Ah, sí? —La joven notó una ardiente sensación en sus partes bajas solo de pensarlo. Sabía lo que vendría a continuación. Le gustaba que la acariciara, que la tocara y la besara. Lo deseaba.
Itachi se apretó contra ella, con el rígido miembro contra su sexo y la boca caliente sobre sus pechos. El calor de sus cuerpos al unirse encendió un fuego en su interior que solo podía extinguirse de una manera.
—Y pensar que me preocupaba que no fueras capaz de soportar esto —susurró Itachi, deslizando un dedo por la curva de su pecho.
—Me siento absoluta y completamente feliz de que estuvieras equivocado. —Saku giró para ponerse sobre él y sonrió de oreja a oreja—. A veces es bueno equivocarse.
—Me alivia enormemente que no tengas miedo de... esto. No quiero asustarte ni lastimarte.
—Lo sé.
La rodeó con los brazos y apretó las manos sobre su espalda para pegarla a su cuerpo. Una vez que la hubo colocado como quería, la agarró por las exuberantes caderas y frotó su tremendo miembro de arriba abajo contra su pelvis.
Aquel estado de constante excitación cuando su hombre estaba cerca de ella era otra sorpresa.
No podía evitarlo. Era simple biología; su erección despertaba, se alargaba, quería penetrar esas palpitantes profundidades. Si ella estaba a su alrededor, su cuerpo buscaba lo que necesitaba, quería y deseaba con ardor.
—Podría pasarme la vida tocándote. Cada parte de tu cuerpo es deliciosa y muy, pero que muy... —susurró Itachi alzando la mirada hacia ella.
Saku lo miró, clavando los ojos en sus labios.
—Bésame —le pidió él, siguiendo un impulso.
Vio que ella separaba los labios antes de unirlos a los de él, dejando asomar sus dientes blancos. El suave roce de su lengua hizo que la engrosada erección se sacudiera entre sus caderas. Ella enredó su lengua con la de él y le frotó los dientes antes de sorberle, literalmente, el labio inferior, justo como él le había hecho a ella la noche anterior. Su esposa aprendía rápido. Permitió que explorara su boca, conmovido por sus tiernos avances.
—Tus besos son más suaves cuando estás afeitado, pero me encanta también la sombra de tu barba. Te hace parecer salvaje y misterioso.
—¿De veras?
—¡Oh, sí!
—Y yo pensando que te complacería si en nuestra boda era lo más civilizado y correcto del mundo.
—Seas salvaje o civilizado, me complaces siempre.
—¡Qué afortunado soy!
Sakura lo miró con media sonrisa en la cara, con aquellos ojos color jade, haciendo que su corazón palpitara con un fuerte sentimiento de posesión... y algo más. ¿Amor? ¿Le sería posible sentir tal cosa? Él había creído en una filosofía de vida que conllevaba desapego, que propugnaba medidas dosis de pasajera pasión en sus puntuales intercambios con las mujeres. Pero ¿qué estaba ocurriéndole ahora? Ya no era eso lo que quería. Con Saku no bastaba el arrebato físico, solo le satisfaría sentir amor y emociones cada vez más hondas, necesitaba mostrarle lo importante que era para él. ¿Cómo era posible que él, un libertino impenitente, hubiera cambiado tanto en tan poco tiempo? No echaba de menos el sexo duro y salvaje que había disfrutado antes. No significaba nada para él después de esa noche, pero estaba seguro de que llegar a alcanzar tal intimidad con Sakura quería decir algo. Hacer el amor con ella solo lo podía describir como algo especial y precioso. Se dio cuenta de que mantener relaciones sexuales con una persona que le importaba resultaba mucho más que satisfactorio, era una experiencia sublime. Y era una experiencia totalmente nueva para él.
—¿Qué te gustaría hacer hoy?—murmuró.
A Saku le brillaron los ojos antes de apartar la mirada con timidez y quedarse en silencio.
Él insistió.
—Dímelo...
La mujer intentó alejarse, pero él le puso las manos en las nalgas para mantenerla encima.
—¿Eres tímida? —Le hizo algunas cosquillas—. ¿Después de lo que hemos hecho esta noche? —Rodó con ella de manera que la apresó bajo su cuerpo. Le acarició el cuello con la nariz, bajó a los pechos y lamió sus pezones, trazando lentos círculos alrededor de ellos, caricias que consiguieron que ella se arqueara hacia su lengua con un erótico gemido que le llegó al alma. El gruñido que escapó de la garganta de Saku vibraba de lujuria y provocó que su erección palpitara contra el muslo de la joven. ¡Menuda sorpresa!
—No seas tímida conmigo, Saku. Solo necesitas decirme lo que deseas. —Más que hablar, gemía, seguro de lo que ella deseaba: quería su pene, quería sentir más orgasmos—. Puedo llevarte al cielo otra vez. —Frotó sus caderas contra las de ella—. ¿Quieres que..., que te enseñe de qué otras maneras podemos estar juntos?
Podía hacer todo lo que ella quisiera y se sentiría encantado de servirla. De hecho, la idea de abandonar el lecho, de apartarse de su cuerpo en ese momento, le resultaba verdaderamente insoportable.
—¿Quizá dentro de un ratito...?
—¿Qué? —¿Había escuchado bien? ¿Había dicho ella que quería acostarse con él «más tarde»?
—Pensaba que quizá podría bañarme... o tomar un poco de té. —Alzó las pestañas y lo miró con expectación.
Él se sintió tan culpable que su erección se ablandó.
—¡Joder! ¡Dios, perdona mi lenguaje! ¡Por supuesto! Seguro que necesitas un poco de intimidad... Y comida. ¡Por el amor de Dios! —Dejó caer los hombros—. Saku, sin duda soy un salvaje. Perdóname, estar casado es una experiencia nueva para mí. Soy un patán insensible que no puede mantener las manos alejadas de ti para... —Interrumpió el alocado balbuceo que salía de su boca y se alejó de ella de un salto, saliendo de la cama. Tomó el batín y se lo puso.
Le dio la espalda. Sakura parecía una diosa allí tumbada, y a él le daba miedo girarse y mirarla. Temía lo que ella debía de estar pensando de él. Sin duda había tenido mucha suerte, la pobre. ¡Qué afortunada! De pronto le había caído del cielo un descerebrado por marido, un tipo que solo podía pensar con la polla mientras ella tenía hambre, sed, necesidad de asearse. Bastante había sufrido en el pasado. ¡Santo Dios! Ahora mismo le vendría bien un cuchillo para cortarse aquellas traidoras pelotas.
—¿Itachi? —Lo llamó con suave ternura.
—¿Sí? —Siguió sin darse la vuelta, todavía temeroso de mirarla.
—Date la vuelta y mírame. —Ahora su voz era firme.
Él obedeció, aunque de mala gana. Giró el cuello y la miró por encima del hombro, deseando poder cruzar la puerta y subirse a un barco rumbo a la colonia más lejana del mundo.
Sin embargo, la imagen que se presentó ante él fue una enorme sorpresa. Saku se había sentado en la cama y apoyaba la espalda contra el cabecero. Se había subido la sábana para cubrirse aquellos espléndidos pechos, que se marcaban levemente bajo la tela mientras la sostenía con el brazo. Los rosados mechones caían sobre sus hombros y tenía los labios sensualmente hinchados de haber besado durante horas.
Era el cénit de la belleza sensual. Una mujer satisfecha después de una noche de alocado placer sexual, que mostraba una mirada saciada pero todavía inocente, como si fuera una virginal jovencita. Y le sonreía. Y le hacía señas con el dedo, ¡llamándolo!
Una vez más, obedeció. Una parte de él se horrorizó al ser consciente de la facilidad con la que ella lo sometía, pero sabía que no podía reaccionar de otra manera porque era su esclavo. No podía hacer más que lo que ella ordenaba. Se detuvo junto a la cama, esperando lo que quisiera decirle.
Saku dio una palmadita en el colchón, junto a ella, todavía esbozando aquella amplia sonrisa que él tanto amaba.
Se sentó allí con cuidado, rezando para poder mantener un poco de autocontrol al estar tan cerca de aquel cuerpo tan suave y... tan desnudo. Entrelazó los dedos sobre el regazo.
—Me avergüenzo de...
—Pues no deberías hacerlo —lo interrumpió, tocándole los labios con los de dos.
—Pero no me he comportado contigo como debería —susurró contra las dulces yemas de aquellos dedos maravillosos—. Te he retenido en la cama sin darte tiempo para ti misma...
Sakura le apretó los labios con más fuerza. Él parpadeó antes de seguir.
—¡Tienes que decirme lo que quieres hacer en cada momento! Soy un imbécil, Saku. No sé nada de...
Ella le besó en los labios para que se callara. Y menos mal que lo hizo, porque, de lo contrario, quién sabe cuántos pecados, reales o imaginarios, habría confesado aquel hombre rendido a ella.
—No estoy de acuerdo con usted, señor Uchiha. Sé de buena tinta que mi marido tiene muchos conocimientos. Así que, definitivamente, no tiene nada de imbécil. —Hablaba con voz feliz, besándolo cada vez con más atrevimiento—. En todo momento ha sido dulce, suave y compasivo conmigo —continuó Saku con voz firme—, pero ahora ha llegado el momento de abandonar la cama y desayunar. Luego me gustaría conocer más a fondo mi nueva casa.
Él asintió con la cabeza como si fuera realmente estúpido. Le costó tomar la palabra de nuevo.
—Y tendrás lo que deseas, cariño. Una vez más me disculpo por estar tan hambriento de ti, pero es inevitable, me vuelvo loco cada vez que estás junto a mí. Desde que volví a encontrarte bajo la lluvia, desde que olí tu aroma... —Se inclinó para oler delicadamente su cuello—. ¿Hueles a rosas silvestres? Me encanta tu olor.
Ella sonrió.
—Rosas silvestres con un toque de naranja. Es el perfume que usaba mi madre y me la recuerda. Me alegro de que te guste, Itachi, y no quiero que vuelvas a disculparte por ser como..., como eres, un marido que desea estar con su esposa. Me alegro de que me desees, y no me importa que seas tan voraz... —Su voz se desvaneció y su adorable timidez volvió a aparecer. Quedó en silencio.
Él se inclinó para besarla con suavidad antes de bajar la mirada hacia la zona donde la sábana cubría sus pechos.
—Eres una mujer muy hermosa. Me gusta mirarte; jamás me saciaré de ti. —Introdujo un dedo bajo el borde de la sábana—. Estoy ávido de tu cuerpo. — Deslizó el dedo un poco más—. Siempre querré más. —Tiró de la tela—. Mi dulce esposa, ¿concedes a este famélico marido tuyo una miradita más?
Ella se mordió los labios de una manera adorable y le lanzó una pícara mirada antes de bajar la sábana, mostrándole una completa visión de aquellos deliciosos pechos que él admiraba tanto.
Itachi tuvo que contener el aliento ante el cuadro que se desplegaba a su vista. El pelo derramándose por sus hombros desnudos enmarcaba las suaves redondeces que habían sido levemente marcadas por su boca a lo largo de la noche. Los oscuros picos rosados del centro parecían provocarlo con atrevimiento.
—Espléndidos... —Fue todo lo que pudo decir. Suspiró. No quería hablar, solo quería mirarla.
Era muy hermosa, le entregaba todo lo que tenía y aceptaba lo que él le daba. No tenía palabras para responder. ¡Qué podía decir! De hecho, no existían palabras para eso. No lograría ser coherente por mucho que lo intentara. Lo único que podía hacer por ella en ese momento era ofrecerle la tregua que tan educadamente le había pedido.
Se puso en pie y colocó las manos sobre su corazón mientras se inclinaba para decirle que se reuniría con ella en el comedor para desayunar.
Sabía lo afortunado que era al haber conseguido una esposa como Saku. Lo sabía porque sentía un agudo dolor al pensar en alejarse de ella, aunque solo fuera para ir a la habitación de al lado. Lo sabía porque no dejaba de preguntarse cuántos minutos tendría que esperar para estar con ella otra vez; porque nunca había sentido nada parecido a eso. Y entonces fue consciente de lo que sentía: amor.
La amaba.
