Capítulo 20

¡Oh, amor! ¡Oh, fuego! Una vez te dibujé con un largo beso, y mi alma entera atravesó mis labios igual que el rayo de sol al rocío».

LORD TENNYSON, Fátima

Sakura observó a Itachi mientras este salía de la habitación. El desasosiego que había mostrado su marido al malinterpretar su petición le había resultado fascinante. ¡Qué expresión! Incluso le había dado miedo mirarla después de haberse levantado de la cama. ¡Pobre hombre! Aquella respuesta era sorprendente.

De hecho, aquella noche había supuesto una sorpresa continua para ella. Las nuevas sensaciones experimentadas y la que era su realidad hasta ese momento estaban en extremos opuestos, y se habían unido, habían confluido hasta formar una amalgama maravillosa. Estar con él, hacer el amor, la cercanía, la intimidad, todo eso era la gloria. Algo que jamás volvería a temer. Nada la había preparado para desear mantener relaciones sexuales. Y resultaba que ahora las deseaba. Aquella noche se había mostrado lasciva en sus brazos. Se sonrojó al recordar lo que habían hecho.

Ahora era su esposa. Tenía deberes y responsabilidades por ello; la primera era proporcionarle un heredero. Había estado dispuesta a hacerlo, ciertamente, cuando acordó casarse con él, pero jamás —ni en sus sueños más salvajes— había creído que desearía llevar a cabo los actos necesarios para quedarse embarazada.

Se acarició el vientre y pensó en lo que había ahora en su interior: su semilla. Teniendo en cuenta lo mojada que se sentía entre las piernas y el número de veces que se habían unido, estaba claro que guardaba en su interior una gran cantidad de aquel amado semen.

Recordó lo salvaje y apasionado que se había mostrado él cada una de esas veces. ¡Cómo la había mirado! Tuvo la impresión de que necesitaba establecer contacto con ella a través de la mirada en esos momentos conmovedores. ¿Habrían concebido ya un hijo? Dios lo quisiera. Pero, independientemente de eso, esperaba que sus hijos se parecieran a él. Fueran varones o hembras, bribones o angelitos, los bebés de Itachi serían preciosos.

Un golpe en la puerta interrumpió sus fantasías. La joven doncella de cabello púrpura, Yūgao, que ya la había ayudado la noche anterior, entró en la estancia.

—Buenos días, señora Uchiha. La señora Uzuki me ha enviado a atenderla. ¿En qué puedo ayudarla hoy, señora?

Se sintió conmovida al escuchar a la chica. Primero al oír que se dirigía a ella como «señora Uchiha» y luego como «señora» simplemente. Tuvo que esforzarse para mantener la compostura. Le resultaba extraño, pues ese «señora» hizo que se sintiera como una madura mujer casada, como la señora de alguien. Bien, en realidad, en eso se había convertido. Salvo el de madura, los demás eran los títulos apropiados para ella.

—Gracias, Yūgao. Creo que me gustaría comenzar dándome un baño caliente —dijo con valentía, mirando a su alrededor en busca de la bata. ¿Dónde estaba? La había usado para cubrirse cuando necesitó ir al cuarto de baño la noche anterior... ¡Oh, cierto! Se sonrojó al recordar la manera en que Itachi se había deleitado al «desenvolverla». Solo Dios sabía dónde podía haber acabado la prenda.

Yūgao acudió con rapidez a su rescate, recogiendo la seda azul de alguna parte y manteniéndola extendida ante ella para que se la pusiera, al tiempo que volvía la cabeza con discreción.

«Bendita sea», pensó.

—Tiene un té al otro lado de la puerta, en la salita. El amo insiste en que lo tome de inmediato —señaló Yūgao—. Quizá sea mejor que lo haga mientras le preparo el baño.

«Bendito sea», pensó de nuevo.

Cuando se metió en el agua caliente, se lavó con deleite y pensó muchas cosas. Por ejemplo, que quizá debería pellizcarse. Dos días. Su vida había dado un vuelco absoluto en solo dos días. Cuarenta y ocho horas antes no le importaba vivir o morir; no tenía ninguna razón para seguir adelante, nada que esperar. Se sentía arruinada, inservible. Una carga para todos.

Pero entonces Itachi había vuelto a por ella, cambiándolo todo. Había dado un giro a su mundo al decirle que la quería y que no aceptaría un no por respuesta. La había arrancado del infierno donde estaba atrapada y le había ofrecido una existencia nueva. Una vida auténtica. Y algo por lo que luchar.

Sentada en el agua caliente, se dio cuenta también de cuánto había cambiado ella en esos dos días. Había pasado de ser un pequeño ratoncito asustado que tenía que convencerse de que debía aceptar a un hombre a convertirse en una mujer excitada y consciente del placer que hallaba con su marido. No había comparación posible. Había ganado un premio al casarse con él, y se aferraría a aquello con todas sus fuerzas.

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—¡Eureka! He encontrado el comedor del desayuno. Empezaba a pensar que jamás lo lograría. Por suerte, en una de mis vueltas me he cruzado con la señora Uzuki y ella me ha indicado el camino. Espero que no lleves mucho tiempo esperando —refunfuñó Sakura.

Itachi se levantó precipitadamente y le ofreció una silla para sentarse. Se inclinó sobre su cuello y la besó debajo de la oreja.

—Te aseguro que la espera ya me estaba resultando eterna. Pero ha valido la pena, estás preciosa. El verde, sin duda, es uno de tus colores. Aunque me pregunto si habrá alguno que no lo sea.

—Gracias. —Ella lo estudió a su vez, apreciando lo bien que le quedaba el chaleco azul oscuro sobre la camisa blanca. Jeremy solía vestir de manera impecable—. Pareces muy satisfecho contigo mismo.

—Lo cierto es que he aprovechado muy bien el tiempo. He escrito una carta a mis abuelos para compartir con ellos la feliz noticia de nuestra boda. —Sonrió y ella notó que sus ojos ónix brillaban—. No tengo paciencia para esperar su respuesta. —Le guiñó un ojo—. Ha salido el sol. He pensado que, como ya no llueve, podríamos dar un paseo después de desayunar, así te mostraría los alrededores antes de tomar el camino junto al mar. Incluso podemos llevar una manta para tumbarnos en la playa.

—Me parece perfecto, Itachi.

—Y ahora, desayunemos. ¿Qué te apetece? ¿Huevos revueltos? ¿Beicon? ¿Gachas? ¿Tostadas? ¿Pan? La cocinera es toda una artista y los huevos son una de sus especialidades. Deberías probar un poco de todo. —Itachi tomó su plato para servirle y, en el espacio que dejó vacío, depositó una caja de terciopelo negro.

—¿Qué es esto? —Sakura cogió la caja.

—Un regalo para ti. Ábrelo.

Ella levantó la tapa y descubrió unos pendientes de perlas engarzadas con diamantes.

—¡Itachi, son preciosos! Un regalo elegante y sobrio a la vez. —Alargó la mano para apretar la de él.

Itachi se la tomó y la besó.

—Me alegro de que te gusten. Creo que quedarán bien con las perlas de tu madre, ¿no te parece?

—Sí, yo también lo creo. Son el complemento perfecto. Gracias por hacerme un regalo tan precioso. Estás malcriándome. —Lo miró a los ojos—. Me siento como si estuviera en las nubes y tú... ¡No puede ser real! ¡No puede estar ocurriéndome todo esto!

—Es real, no lo dudes —afirmó él, sujetándole la barbilla—. Pero tú sí que eres única y hermosa. Ayer por la noche me hiciste un regalo maravilloso. Igual o mejor que esas perlas, algo raro y valioso. Mucho más valioso que ninguna otra cosa.

Siguieron mirándose a los ojos durante mucho más tiempo. Cuando Itachi por fin habló, las palabras eran importantes y preciosas; las mejores. Y lo que las hacía más perfectas todavía es que eran las mismas palabras que ella necesitaba decirle a él.

—Sakura, eres la dueña de mi corazón. Lo sabes, ¿verdad? Consigues que todo sea brillante y bueno. Quiero reír contigo y conocer cada uno de tus secretos. —Se inclinó para besarla en los labios—. Mi querida amante..., mi única amante.

Aquella declaración la conmovió, pero estaba segura de que esa parte no podía ser cierta. Itachi había estado antes con muchas mujeres, estaba tan segura de ello como de que el sol salía por el este y se ponía por el oeste.

—Observo que estás desconcertada, cariño. Me da la impresión de que no me crees.

—Bueno, hombre, es que... Has estado con otras mujeres... Con muchas mujeres... —Comenzó la explicación con voz vacilante, mordisqueándose el labio inferior. Imaginar a Itachi con otras mujeres no era algo en lo que le gustara pensar.

—Lo digo de verdad, Saku. Tengo muchos defectos, algunos bastante indeseables, pero si algo no soy, es mentiroso. He estado con otras mujeres, sí, pero jamás he tenido una amante.

—¿De veras? —Se sentía incapaz de contener la alegría que sentía al creer que su marido podía albergar sentimientos profundos y únicos hacia ella.

—Ninguna, mi Saku. Ni hablar. Solo tú has sido, eres y serás mi amante.

—Oh, Itachi, me llenas el corazón. —Le acarició la mejilla con infinita ternura.

Él la miró con solemnidad.

—Jamás había conocido una emoción tan profunda como la que tú me provocas. Confieso que incluso me asusta un poco, pero, aun así, debo preguntártelo.

—¿El qué?

—¿Estás dispuesta entonces a ser mi amante?

Ella se rio antes de responder.

—Me temo que esa pregunta me la haces un poco tarde. Pero sí, Itachi. Me sentiré muy honrada de ser tu amante. —Inclinándose hacia él, lo besó en los labios, regodeándose en la satisfacción que suponía tener derecho a hacerlo.

—¡Oh, gracias a Dios! —Itachi suspiró. Había estado conteniendo el aliento mientras esperaba su respuesta—. Decidido, cariño, seremos los amantes más felices del mundo.