Capítulo 23
«La mente es un lugar en sí mismo, puede hacer del cielo un infierno y del infierno, un cielo».
JOHN MILTON, El paraíso perdido
La imagen de su marido saliendo de la estancia para alejarse de ella no era lo que Sakura esperaba.
—¡No! ¡Estoy bien, de verdad! ¡Espera! ¡Itachi, espera! —Lo llamaba con pasión, pero él siguió andando como si no la escuchara.
No se levantó de inmediato porque no podía. Se sentía laxa y vacía después de haber hecho el amor con él. ¡Caray! Le zumbaba la sangre en las venas por lo que él había hecho, había sido sorprendente y maravilloso.
Sin embargo, era consciente de que él estaba horrorizado por cómo la había poseído. Pero ella no lo estaba, ni mucho menos. El deseo de Itachi era evidente y, si necesitaba que su unión fuera más feroz algunas veces, quería satisfacerlo. Ella debía confortarlo y servirlo; era su obligación y su deber como esposa. Pero también era su derecho, también ella tenía algo que decir sobre sus relaciones sexuales. Sintió que la cólera comenzaba a bullir en su interior.
Mientras esperaba que regresara, su irritación fue en aumento. Itachi tenía que superar aquella manía de tratarla como si fuera una frágil florecita. Pensaba que ya se lo había explicado hasta la saciedad. Él no la asustaba y nunca lo había hecho. Lo que hacía con su cuerpo era realmente glorioso y había resultado una embriagadora y enloquecedora sorpresa desde la primera vez, pero jamás algo doloroso ni aterrador.
Pasó una hora. La estancia contigua estaba en silencio. No se escuchaba ningún ruido, salvo el de las llamas moribundas del hogar.
¿Dónde estaba aquel endemoniado tonto? ¿Adónde había ido? La frustración seguía acumulándose y finalmente tomó una decisión; abandonó la cálida cama que olía a su hombre y regresó a su habitación.
Se puso con rapidez un camisón y una bata y se acercó al tocador para arreglarse un poco el pelo. Frunció el ceño cuando, mirándose en el espejo, vio una marca en el cuello. Era grande... Oh, ¡un chupetón! Se lo había hecho cuando le lamió..., bueno, cuando le mordió la garganta.
Se estremeció ante el recuerdo. El dolor que supuso el mordisco había sido compensado con un dulce e inesperado placer, y deseó volver a sentirlo. La expresión de Itachi había resultado casi trágica cuando se levantó de encima de ella después de su fogosa liberación. Cayó en la cuenta de que si Itachi veía aquella marca se desequilibraría todavía más, de modo que se colocó el pelo hacia un lado y la tapó con él con mucha habilidad.
Aquella noche hacía frío. Tomó un chal verde y se envolvió en él antes de abandonar sus habitaciones en busca de su muy amado, pero inseguro, marido.
Miró en los lugares habituales, pero resultó inútil: Itachi seguía sin aparecer. El estudio, la biblioteca, el salón de billar y los dormitorios de invitados formaron parte de su registro, y no estaba allí.
Sin embargo, la señora Uzuki acudió en su rescate. La mujer apareció por el pasillo, silenciosa como un gato, cuando ella salió al corredor después de registrar uno de los dormitorios vacíos.
—¡Oh, Dios! Me ha asustado. —Contuvo el aliento mientras se llevaba la mano a la garganta.
—Buenas noches, señora. —El ama de llaves no reaccionó, ni mucho menos, con la sorpresa que sería de esperar al encontrarse de sopetón con su ama paseándose sigilosamente en bata con una vela en la mano—. Hace frío. Me alegro de que se haya abrigado —comentó la mujer mirándola—. Ese chal es precioso, señora.
—Gracias, señora Uzuki. —Miró fijamente los ojos penetrantes del ama de llaves.
—Quizá podría tener menos frío si fuera a la galería de retratos.
—¿A la galería de retratos?
—Sí, señora. Aunque no lo crea, esta noche no hace demasiado frío allí. —Le guiñó un ojo antes de hacer una inclinación de cabeza y desaparecer.
¡Bendita mujer! La señora Uzuki era, sin duda, una joya, pensó Sakura. Resultaba muy práctico tenerla como aliada. Se encaminó a la galería situada en la segunda planta, preguntándose qué iba a decirle a su marido.
Itachi estaba melancólico. Todo su cuerpo retenía el aroma de Sakura, recordándosela sin cesar. ¿Cómo había podido perder el control de esa manera? Su mirada, sus lágrimas... Qué dolor tan inmenso, qué remordimientos lo atormentaban.
¡Mierda! ¿Qué pensaría ella de él? ¿Cómo iba a reparar el daño que acababa de hacerle? Estaba seguro de que ahora ya no lo amaba; lo más probable era que sintiera miedo de él. ¡Dios! Moriría si ella le tenía miedo ahora.
Miró fijamente los ojos de la enigmática mujer del retrato, esperando que pudiera inspirarle algo, transmitirle al menos una enseñanza de su experiencia. Al final, Itachi también había sido una decepción para su amada y resultaba irónico que después de todo ese tiempo, después de pasarse años diciéndose a sí mismo que no sería como su padre, se hubiera comportado exactamente igual...
—Debes de tener frío ahí sentado, tapado solo con el batín. No sé si te habrás dado cuenta de que ese banco es de mármol.
Giró bruscamente la cabeza, sorprendido al constatar que ella lo había seguido. Saku estaba tan hermosa como siempre, envuelta en un chal verde que no conocía. Sin duda, el verde era su color. La hacía brillar todavía más de lo habitual.
—Tengo el corazón de hielo, sí. Lo sé.
—No. Tú no eres así. ¡No debería haber venido a buscarte! —«Parece más enfadada que aterrada», pensó él—. La señora Uzuki debe de pensar que... ¡Ay, Dios! ¡A saber lo que piensa ahora! —Explotó, golpeando el suelo con el pie —. Sin duda somos una buena fuente de chismorreos para los sirvientes.
Sí, definitivamente estaba enfadada; lo miraba con tanta ferocidad que casi parecía más grande que él. Tenía las mejillas encendidas, los ojos chispeantes, los brazos en jarras y... estaba más hermosa que nunca. Y todavía no había terminado de hablar.
—«¿Por qué el señor y la señora Uchiha se dedican a recorrer la casa en camisón a altas horas de la noche?». «Pues bien, ¡no lo sé! Sin embargo, es absolutamente impropio. Quizá se hayan peleado» . «Yo vi cómo el amo salía en tromba de su habitación mientras la nueva ama gritaba que se quedara con ella» . «Bueno, pues yo fui testigo de que la nueva ama registraba toda la casa una hora después, ¡antes de encontrarlo a solas en la galería de retratos!» —recitó ella con voz meliflua—. «¡Santo Dios! El amo debe de haberse enfadado mucho para no quedarse allí. Sentado donde está ahora, ¡se le va a congelar el culo por completo!».
Escuchar aquella acalorada perorata en la que ella entonaba una más que probable conversación entre los sirvientes fue una buena medicina. Soltó una risita antes de que ella se acercara más. Saku era tan divertida, hermosa, valiente y...
—Se te da bien imitar.
—Bueno, es que Deidara es un genio en ese terreno, y es mi hermano. He aprendido del maestro.
—Sí, eso parece. —Se rio entre dientes a pesar de las circunstancias.
—¿Esa risa quiere decir que estás dispuesto a volver a la cama? —preguntó ella.
—¿Por qué quieres que vuelva allí?
—Porque es donde está tu lugar y donde somos... felices amantes, ¿recuerdas?
Él jadeó y soltó de golpe el aire que guardaba en los pulmones. Ni siquiera había sido consciente de que lo retenía.
—¿Todavía?
—Estoy segura de ello.
—¿Después de...? ¿Después de que te haya tratado de esa manera? ¿Cómo es posible, Saku?
La mujer dejó la vela en el suelo y se sentó sobre sus rodillas. Le rodeó con los brazos y apoyó la frente en su pecho.
«¡Santo Dios! Sentirla... Olerla... Es maravilloso» , pensó al percibir su pelo bajo la nariz. Cruzó los dedos sobre su cadera para amarrarla a él y al instante su calidez derritió el frío temor que lo atenazaba. ¡Milagro! Sakura no estaba disgustada ni se había asustado de él.
—Lo que siento por ti no va a cambiar. Estoy donde quiero estar, junto a ti. Sé que jamás me harías daño, que no me harás sentir miedo. Jamás me ha dado miedo algo que tú me hayas hecho.
—¡Vi tu cara! ¡Estabas llorando! Parecías afligida y te he dejado una marca en el cuello. Lamento tanto...
Lo interrumpió poniéndole los dedos sobre los labios, como comenzaba a ser su costumbre.
—Has malinterpretado lo que viste. —Saku le acarició la boca con suavidad, dibujando su contorno con las yemas de los dedos—. Itachi, es cierto que derramé algunas lágrimas y es posible que haya parecido afligida, pero no lloraba por el miedo, sino por un placer indescriptible...
—¿De veras? —Ahora fue él quien la interrumpió.
Ella asintió con la cabeza muy despacio.
—De veras. Estaba sorprendida por lo que había sentido, y tú interpretaste esas señales como que me había asustado. Te marchaste sin darme tiempo a explicarme.
Itachi capturó la cara de su mujer entre las manos y la retuvo durante un momento.
—Te adoro. Quiero enseñarte los placeres del amor poco a poco, pero perdí el control. Saku, te aseguro que no sé dónde ha ido a parar mi autocontrol esta noche, me dejé llevar por unos impulsos que me había prometido no mostrar ante ti.
—¿No quieres hacer eso conmigo?
—No.
—¿Y si yo sí quiero que tú...? —Saku lo miró con el ceño fruncido—. Bueno, supongo que es perdonable que hayas perdido el control..., dado..., bueno..., a causa de lo que hemos hecho esta noche. —Itachi notó que estaba sonrojada a pesar de que la oscuridad no le permitía verla—. Yo tampoco tuve ni pizca de autocontrol —confesó con un susurro—. Pero creo que es mejor que sepas que me gustó... Todo lo que hicimos me gustó, y espero que volvamos a hacerlo en alguna ocasión. —Tenía la cabeza gacha cuando dejó de hablar.
¿Estaba ocurriendo eso de verdad? ¿Ella era real? Estaba absolutamente anonadado. ¿Su hermosa Saku, que había pasado por una horrible y traumática experiencia, estaba diciéndole que le gustaba lo que le había hecho? ¿No estaba enfadada por la dureza con que la había follado? Porque eso era lo que había hecho. La amaba, sí, pero la había follado a fondo, justo como no quería hacerlo. Sin embargo, por imposible que él pensara que podía ser, parecía que ella no tenía problema en admitir que le gustaba el duro coito que habían disfrutado.
Apoyó su frente en la de ella.
—¿Eres real? —susurró.
—Sí. —Ella emitió un suave sonido a mitad de camino entre la risa y el suspiro.
Itachi sacudió la cabeza con incredulidad.
—Me sorprendes. Cada vez estoy más convencido de que no te merezco. Sin duda soy el más afortunado de los hombres.
Ella se acurrucó contra su pecho y Itachi la estrechó con fuerza.
—¿Te sientes mejor ahora? —preguntó Sakura junto a su cuello.
—Mucho mejor —aseguró, besándola en la coronilla.
—¿Lo suficiente para regresar a la cama? Aquí hace muchísimo frío.
—¡Santo Dios, sí! Creo que se me ha congelado el culo por completo. Soy un estúpido... ¡Mira que sentarme en un banco de mármol!
Ella se rio y se levantó de su regazo.
—Vamos, venga. Prometo calentarte.
—Hum... Apenas puedo esperar para conocer tus métodos. —La abrazó desde atrás para susurrarle palabras tontas al oído, con la mente llena de imágenes de lo que harían para calentarse juntos—. Eres una auténtica experta en eso de calentarme.
—Gracias por el piropo, amante mío. —La joven se inclinó para recoger la vela del suelo y, al levantar la llama, se iluminó la pintura más próxima.
—¿Quién es esa mujer, Itachi?
Él posó de nuevo los ojos en el retrato.
—Es mi madre, Mikoto.
—Tu madre era preciosa. Te pareces a ella. Tienes sus mismos ojos.
Itachi la miró intensamente.
—Saku, cuando la miras, ¿qué sentimiento te transmite su expresión?
Ella observó la imagen bajo la luz de la vela durante un buen rato antes de responder.
—Bueno, es muy hermosa, pero la serenidad que muestra resulta casi..., casi triste. No parece feliz, creo. ¿Cómo murió?
—Tenía diez años cuando perdí a mis padres. Bueno, realmente solo la perdí a ella; mi padre siempre fue un hombre distante, literal y figuradamente hablando. Se marchó cuando yo tenía diez años y eso la mató. De verdad. No mucho después de que él se marchara, ella murió con el corazón destrozado.
