La Rosa de Versalles (Rose Of Versalles): Rioko Ikeda

Adiós, Fersen: Verset

Relato corto

Romance


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ADIÓS, FERSEN.

Esa noche, Oscar no imaginaba que von Fersen le haría una visita, y que esa sería su última reunión. Resignada a tener que renunciar a él tras un baile, decide afrontar lo que aguardaba en su corazón ante el hombre que amaba con fervor. Aunque eso supusiera perder su valiosa amistad. One-Shot. ROV.

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―O―

Desconcentada ante el anuncio de la visita de un Conde sueco, estuvo un par de minutos frente al espejo del salón cerciorándose de estar presentable.

Salió al recibidor y lo invitó a sentarse con ella frente a la chimenea. Ella llevaba un rato leyendo ahí. El gallardo se disculpó al percibir molestia por parte de la Nana de Oscar cuando llegó. Sin embargo, ella le restó importancia al asunto y le agradeció la visita. La Nana la seguía teniendo por una refinada dama para la que pedir audiencia si la visitaban.

El Conde bromeó sobre el uso que hacía de la espada como si fuera un cuchillo de cocina y destacó su puntería con las armas. Tal vez si la viera enfrentándose a matones, dejaría de verla como una damisela en apuros cuando lo que sucedía cuando se presentaba, eran los otros quienes temblaban.

Ambos rieron.

Una doncella ingresó sirviéndoles una botella de vino y un par de copas. Oscar se prestó a encargarse ella misma y, tras una leve reverencia, la muchacha del servicio se marchó. Tras probar la primera copa, Fersen alabó su textura y sabor. Dulce. Oscar explicó que se trataba de la última cosecha recogida en sus viñas.

Queriendo saber acerca de ella, le preguntó por su rutina en la Guardia Real. Oscar señaló que los problemas habían aminorado y sus soldados ganaron mucha disciplina. También destreza.

Le relató las nuevas respecto al Caballero Negro de París, su inquietud respecto al caso y otros sucesos de menor importancia. Hasta que sintió cierto agotamiento y se relajó sobre el sillón, quedándose callada. Llevaba rato hablando sólo ella. Alargó la mano y se sirvió una segunda copa. Esperó a que él reiniciara la conversación, mas lo encontró algo abstraído.

Llevaban tiempo sin reunirse y quería saber de él. Pero Fersen parecía más callado y serio de lo habitual.

De pronto, el ambiente era diferente. Sibilino, y algo confuso. Pero no alcanzaba a averiguar el porqué. ¿Estaría preocupado por algo? Tal vez, pensó, debiera mostrarle su interés por su estado de forma más directa.

―Cuéntame algo, Fersen. Dime, cómo has estado… –le preguntó sosegadamente

―No tengo nada que contar. Nada que haya sido triste, nada que haya sido alegre… –decía meciendo la copa en su mano en círculos, mientras alargaba el momento para pasar a continuación― Aunque…tuve una experiencia muy reveladora meses atrás

―¿Una experiencia? –preguntó ella tragando saliva de manera paulatina, casi imperceptible, y dirigiendo la vista a las ondas del vino que ella creaba con sus manos, imitándolo

―Asistí a un baile donde conocí a una dama muy hermosa. Compartí un baile con ella e intenté hablarle. Sin embargo, ella no respondió ni una palabra –detuvo el vaivén de su copa y elevó la vista a la mujer que tenía enfrente― Desde entonces la he buscado en los bailes a los que he asistido, sin encontrarla –una vez más clavó la vista en Oscar. Su postura aparentemente relajada le hizo dudar. Mas al observar sus nudillos vio que estos se ponían blancos, agarrándose a la copa de cristal, mientras permanecía cabizbaja, sin atreverse a mirarlo― Según me dijeron se trataba de una Condesa extranjera. Tenía un gran parecido a ti

―Bueno. Siendo extranjera, tal vez desconociera el idioma –dijo ella, para luego tomar un sorbo de vino. Estiró la mano para depositar la copa vacía en la mesa, pero antes de retirarla del todo, Fersen la aprendió por la muñeca. Ella forcejeo tratando de zafarse pero cuando fue a advertirle que la soltara, sus ojos se toparon con los grisáceos de él y no pudo articular palabra.

―Lo sabía, tú eres la Condesa extranjera, Oscar. Aún cuando trates de ocultar que eres mujer, hay actitudes que no son tan fáciles de disfrazar

Los labios le temblaron y sorbió un respingo de aire, que apenas si llegó a los pulmones, y agachó la cabeza sintiéndose derrotada. Los mechones de cabello rubio cayeron cual cortina ocultando su mirada, sus ojos, aguándose sin contención.

Forcejeó una vez más, soltándose del agarre fácilmente. Al levantarse, golpeó la mesa haciéndola tambalear. La copa cayó al suelo, la botella de vino rodó y se derramó. Sintió el impulso de huir, sus piernas le gritaron echar a correr. Marchó a prisa pero se detuvo a penas dio unos pasos. Sin entenderlo ella misma, una parte de sí la obligó a permanecer allí. Gritándole que estaba siendo cobarde. No es que fuera algo indecoroso huir. Huir en la batalla, en la lucha, muchas veces significaba poder sobrevivir. Se preguntó si tal vez esto era algo similar. Una lucha entre enfrentar sus sentimientos o escapar de ellos. Tal y como hizo la única y última vez que bailó con él…

Apoyó una mano en el marco de la puerta. Alzó la mirada y a penas escuchó algún ruido en la casa. Más allá de algún bullicio proveniente desde la cocina. La oscuridad predominaba. Todo estaba prácticamente en silencio. Casi nadie había por el hogar en estos días. Sus padres no estaban, su valet no había llegado y la nana estaría por recogerse. De pronto, parecía que las circunstancias querían darle el espacio y la intimidad suficiente como para afrontar este momento sola. En realidad, tal y como debía ser.

―Oscar… –nombró él al verla indecisa

―Sí, era yo –dijo finalmente. Los ojos de Fersen se abrieron sorprendidos. Lo estaba admitiendo de viva voz. Y no es que necesitara que se lo dijera, simplemente no esperaba que lo hiciera. Más bien todo lo contrario, que se lo negara e incluso huyera de él tal y como lo hizo en aquel baile.

Apretando los puños a cada lado del cuerpo, Oscar respiró profundamente, tratando de apaciguarse. Giró sobre sus talones y tras retirar las lágrimas con los puños de su camisa, lo miró con una tortuosa mezcla de emociones que, a Fersen, le punzaron el pecho.

―Me hubiera gustado conversar contigo aquella noche –continuó ella― Pero me asusté y fui cobarde. Lo lamento

―Quien debe lamentar algo…soy yo –dijo apartando la mirada, metiendo la mano en los bolsillos del pantalón― Debería haberme dado cuenta de lo que sucedía, de lo que me decían tus gestos, tus ojos. He sido un torpe y te he hecho un daño enorme –dijo apesadumbrado

―Tranquilo, yo... Lo entiendo. No soy alguien fácil de descifrar –dijo pensando en su crianza y el papel de varón que desempeñaba en su vida y trabajo

El reloj del salón de al lado comenzó a sonar, dando largos toques anunciando la hora en punto al resto del hogar. Ensordeciendo a los dos ocupantes que más próximos estaban. Mas ambos permanecieron en silencio sin preocuparse por el molesto sonido, manteniendo la mirada en el otro. La campana retumbó de la misma forma que solía hacerlo a la hora que separaba un día de otro. Era media noche.

―Te acompaño a la puerta... –dándose media vuelta

―Sé dónde queda. No tienes por qué...

―Vamos. Es tarde –dijo firme, casi ordenando

Fersen entendió que de nada le serviría una réplica. Tampoco es que tuviera sentido alguno. Ni sería fructuosa. Oscar estaba herida y trataba de mantener su orgullo de alguna forma. Así que la siguió en silencio. Cruzó el umbral de la puerta y tomando las escaleras, se detuvo a mirar atrás al bajar un par de escalones. Ella lo miró interrogante, bajo un atisbo de tristeza que lo conmovió.

―Quiero pedirte perdón. Tal vez, si hubiese sabido desde el principio que eras mujer, yo…tal vez podría haberte amado

―O tal vez no… –respondió ella casi de inmediato. Él hizo ademán de querer decir algo pero Oscar alzó una mano rogándole detención― Por favor, no digas más. No tiene objeto ya. Despidámonos… –él asintió, entendiendo su petición

―A partir de ahora no podremos seguir viéndonos –dijo en alto mirando para algún lado inconcreto, a pesar de la obviedad por lo que estaban viviendo― Gracias Oscar por tu amistad. Quiero que sepas que he tratado de ser el mejor amigo para ti, así como tú lo has sido para mí

―Lo sé. Gracias a ti también. Ha sido un placer conocerte, Fersen

Ella extendió su mano. Fersen dudó un segundo para luego alargar la suya y estrecharla con firmeza. Le pareció increíble la fuerza con la que ella arropaba la suya, a pesar de ser ligeramente más pequeña; casi parecía no querer soltarlo.

―El placer ha sido todo mío

Se dijeron mirándose a los ojos.

Ella hacía minutos dejó caer sus lágrimas, bañándole los párpados y las ojeras. Aún así mantenía el porte y la serenidad. Él no estaba seguro de poder hacerlo por mucho más. El agua salada ya caía por sus mejillas. Se sentía horrible. Dio media vuelta, bajó los escalones y tomó el caballo que dejó en el poste distantes minutos atrás.

Oscar lo observó subir a la montura, con soltura y elegancia. Sus manos fuertes tomando las riendas, obligando al caballo a girar donde él exigía. Las mismas que la guiaron y sostuvieron aquella noche. Él estaba por marchar cuando dio un paso adelante. Quería decírselo, decirle de algún modo que lo amaba.

―¡Fersen...! –voceó ella, lo suficientemente alto como para que la escuchara. Él volteó su caballo quedando de lado. Oscar tragó fuerte deshaciendo el nudo de su garganta y forzando una pequeña sonrisa, lo dijo― Gracias por decirme que te parezco hermosa…

Él sonrió. Y se sintió tan alagado que hasta casi podría reír a pesar de estar tristemente acongojado. Era la declaración más encubierta y a la vez más honesta que había escuchado en su vida.

―Lo eres. No lo dudes nunca, Oscar. Y cuenta conmigo si alguna vez me necesitas –quiso añadir

―Lo mismo digo

―Adiós, Oscar

Él espoleó su caballo, haciéndole marchar al galope. Cabalgó rápido saliendo de la propiedad de los Jarjayes. Necesitando el aire fresco de la noche sobre la piel y descargar la ira que sentía. Culpándose por no haber visto lo que estaba sucediendo en el corazón de su mejor amiga. Y sobre todo sintiéndose culpable por no poder amarla y mirarla con interés. Pero su corazón ya estaba ocupado por María, por la reina de Francia. Un amor condenado a la angustia pero que sin embargo daba sentido a su existencia.

Pues María era su flor, llenaba de alegría su corazón al verla cada vez que ocupaba un salón o compartía conversaciones donde ella llevaba la voz cantarina. En la intimidad se sentía un hombre pleno, como nunca consiguió sentirse en el lecho con otra mujer. Frente a la batalla sentía la impetuosa necesidad de sobrevivir, aferrándose a la simple posibilidad de volver y estar con ella, a pesar de que sus encuentros siempre fueran fugaces y contados por horas con los dedos de una mano.

No había ni cabía otra mujer en su pecho que no fuera María Antonieta. Por angustioso que resultara, negarlo sería absurdo.

En la puerta, Oscar vio su figura alejarse y la penumbra envolverle la espalda. Las herraduras ya no sonaban corriendo contra el camino y el silencio dejó paso al sonido de los grillos y otros animalillos de la noche. Miró la Luna, estaba llena y el cielo raso, iluminando su tierra. Iluminándola a ella sin que nadie pudiera admirar la belleza de una mujer con el corazón desolado. La brisa corrió, meciéndole el rubio cabello. Largo, rebelde e indomable como el de una amazona. Tembló, hacía fresco; así pues cerró las puertas de la entrada.

Se adentró al salón donde hacía unos instantes compartía carcajadas con el Conde sueco, tomando el vino francés que se vertió de la botella. Se agachó a recoger los pedazos de cristal, que pudo atisbar por el fuego incesante de la chimenea. Cuando casi hubo terminado, escuchó unos pasos que conocía bien acercarse tras su espalda.

―Oscar, perdona el atraso. Me entretuve. ¿Qué ha pasado? –preguntó el joven de cabello negro al ver el estropicio

―Nada. Sólo… se volcó la botella

―¿Y Fersen? La abuela me dijo que un Conde sueco vino de visita…

―Marchó hace un rato ―respondió escueta

André notó un quebrado en su voz. Si bien Oscar solía ser de palabra firme y hasta tosca, él sabía diferenciar bien cuando ésta podría esconder algo más. El muchacho, ya hecho un hombre, se puso a un lado para observarla más de cerca. Atisbó una lágrima caer por su mejilla. Ella ocultó el rostro bajo el flequillo. Claramente, algo ocurría. Y la ausencia de Fersen en la casa y el vino derramado le dijeron lo que Oscar con palabras no le diría.

―¿Quieres que te ayude? –le preguntó con tono apacible

―No. Esto es algo que debo hacer yo

Si quedaba alguna duda de lo que ocurrió, su respuesta le acababa de dar la razón. Asintió y se alejó obedeciendo, no sin antes acercarle una escoba y un paño que le dejó a un lado sin mediar palabra. Le dio las buenas noches y sin esperar contestación subió las escaleras al cuarto del ala que compartía con Oscar. Le mortificaba verla sufrir. Sufrir por amor. Porque él podía sufrir, pero no soportaba verla haciéndolo por lo mismo. Más cuando sabía de primera mano cuánto podría llegar a doler. Más que cualquier herida sangrante sobre la piel.

En el salón, Oscar recogía el último cristal. Se agachó a tomarlo entre sus dedos cuando las rodillas le temblaron, le fallaron, y cayó de bruces. Agarrándose a los brazos del sillón, rompió a llorar y tratando de ahogar los sollozos cogió el cojín para no alarmar a nadie. Pero gritaba. Gritaba de dolor. Por un amor condenado a la desesperación.

Apartó lentamente la cara de la tela, empañada en saliva y lágrimas. Volvió a tomar aire.

―Adiós, Fersen… –susurró para sí misma, pensando en si sería capaz de superarlo y volver a enamorarse alguna vez. Porque pese al dolor, no dejaba de ser un sentimiento hermoso que desearía poder acaparar por el resto de su vida. Uno que le daba una fortaleza y esperanza infinitas para afrontar lo que se viniera. Por ese sentimiento hacia un hombre es que por primera vez deseó a uno y se sintió mujer, una mujer corriente como todas las demás. Y por primera vez no se avergonzaba de serlo.

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FIN

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―O―


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Hola. ¿Cómo están?

Me presento… Soy Verset. Soy "nueva", o casi, conociendo el foro de ROV.

Es la primera vez que hago un relato basado en un "shojo" y tenía muchas dudas de cómo plasmar y recrear esta escena. Pero creando una mezcla entre anime, manga y otras ideas de una servidora espero haberlo conseguido…

Si les gustó, díganmelo, por favor. Los escritores amateur ya nos sentimos pagados si vemos que nuestro esfuerzo tuvo valor.

De todos modos, si llegaste hasta aquí, GRACIAS por leer.

Hace tiempo no escribo. Pero tras descubrir Lady Oscar y leer su manga, el "kokoro" me pedía que hiciera algo sobre él. Me encantó el manga de "Ryoko Ikeda". Además, he tenido la suerte de leer otros FF muy bien trabajados. Yo no suelo ver "shojo" ni romance, a no ser que la historia tenga algo que me enganche como lo hicieron Sailor Moon, Akatsuki no Yona y Blood+ en su día. Así que esto ha sido un desafío.

Han sido unos días apasionantes ideando este corto. Me alegro de haberlo compartido con ustedes.

¡Felices fiestas!

Hasta otra ocasión,

Verset.

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