Capítulo 24
«Ahora déjalo actuar; en marcha, calamidad...».
WILLIAM SHAKESPEARE, Julio César
Sakura contempló el retrato. A la luz del día, los matices eran evidentes, reveladores, excepcionales. El pelo negro y los expresivos ojos oscuros eran iguales a los de Itachi. Sin duda se parecía a su madre.
Mikoto Uchiha, Mitokado de soltera, había sido una mujer muy bella, pero no fue amada. Se casó con un sinvergüenza. Fugaku Uchiha fue un mal marido y peor padre. Itachi le había contado la amarga historia cuando le preguntó por sus padres.
Fugaku se casó con Mikoto, hija única de sir Homura y lady Mitokado. Desde el principio fue evidente que Mikoto estaba enamorada de Fugaku, pero él lo que amaba era su dinero. Itachi fue concebido durante los primeros años de matrimonio, cuando todavía vivían juntos.
Pasada esa temprana época, Fugaku se dedicó a flirtear y acumular deudas mientras ella se quedaba en casa, sufriendo por el comportamiento de su marido y recibiéndolo con los brazos abiertos cada vez que se dignaba a regresar.
Sin embargo, Fugaku acabó echando a perder incluso aquella emocionante fidelidad. Una vez que ya no pudo sacarle más dinero a su esposa, el padre de Itachi abandonó Inglaterra con su última amante, una actriz de poca monta. No hubo noticias de él hasta que reapareció para pedir el divorcio. Aquel fue el clavo que cerró el ataúd de Mikoto. Perdió la voluntad de vivir y, sencillamente, se dejó morir. Apenas seis meses después estaba muerta. E incluso en esas circunstancias, concedió la última petición a Fugaku Uchiha, la irrevocable disolución de su matrimonio.
Sí, era normal que pareciera tan triste, pensó. Mikoto Uchiha fue una mujer de vida trágica que hubo de soportar una existencia lacerante. A pesar de todo, y siendo egoísta, ella no podía lamentar aquel matrimonio; si Fugaku y Mikoto no se hubieran casado, Itachi no existiría. No formaría parte de su vida. Jamás lo habría conocido y él no la habría salvado, no le habría insuflado sus maravillosas ganas de vivir.
Dio la espalda a aquellos melancólicos ojos negros y se alejó de la galería pensando en lo afortunada que era. Se había casado bien. Itachi no era como su padre, sino todo lo contrario: jamás trataría a su esposa y a sus hijos de esa manera.
Itachi regresaba de las ocupaciones del día. El cielo estaba oscuro, cambiante sobre su cabeza, prediciendo la lluvia inminente. Aligeró el paso, pensando en Saku y en lo que podría estar haciendo. Un leve palpitar entre sus piernas fue una prueba evidente de lo que a él le gustaría estar haciendo con ella. Sí, con un día tan feo, salir a pasear no era una buena idea. «Qué oportuno» , pensó. ¿Qué mejor manera de pasar la tarde que en una cama cómoda y caliente —desnudo, por supuesto— haciendo el amor a su esposa?
Al llegar a la propiedad, dejó el caballo en manos de un mozo de cuadras y apuró el paso hacia la casa. Cuanto antes la encontrara, antes podría estar dentro de ella. Teniendo en cuenta todo el sexo que habían disfrutado, debería poder pensar en otra cosa, pero no era el caso; cuantas más veces la poseía, más la necesitaba, y no solo para mantener relaciones sexuales. La necesitaba para todo: para respirar, para comer, para sentarse... Quería estar siempre con ella, pasar tiempo en su compañía, tenerla cerca...
Entregó el abrigo y los guantes al mayordomo.
—Funeno, ¿dónde puedo encontrar a la señora Uchiha? —preguntó sin dilación, sonriendo al pensar cuánto le gustaba decir «señora Uchiha».
—La señora está reunida con la señora Uzuki, señor. —Su voz destilaba calma y muda dignidad. Nada alteraba a Funeno. Era la quintaesencia de la flema británica.
—Gracias, Funeno
Unos minutos después, tras una breve búsqueda, asomaba la cabeza en el despacho del ama de llaves de la casa. Allí estaba ella, con la cabeza inclinada y el ceño fruncido, concentrada en revisar las cuentas con Uzuki. Sintió una oleada de orgullo; era evidente cómo se sumergía en su nuevo papel de ama, aprendiendo los entresijos del funcionamiento de Hallborough. Era absolutamente diligente en sus esfuerzos.
¡Santo Dios, lo excitaba hiciera lo que hiciera! Solo verla hacía que quisiera penetrar en ella. Quería correr, apartarla de donde estuviera con un profundo beso y llevarla al piso de arriba, a la cama. Allí la despojaría de toda su ropa, prenda a prenda, hasta que estuviera desnuda por completo. A Saku le gustaba que él le diera órdenes, que utilizara su autoridad para proporcionarle placer. Y el goce de ella era el suyo. La tumbaría sobre el lecho y lamería cada centímetro de su piel. Quería pasar la lengua por sus pechos, por el interior de sus pliegues, por todo su sexo. Necesitaba degustar otra vez su sabor a miel...
—¿Itachi? —Ella esbozó una sonrisa seguida de una mirada inquisitiva.
«Te ha pillado otra vez... pensando con la verga».
—Eh... Hola. Lamento interrumpirte. Solo quería decirte que ya estoy de vuelta. He regresado antes de que se ponga a llover.
¡Dios, parecía idiota! Y su miembro palpitaba, resonando como un redoble de tambor. Se preguntó si podrían oírlo, pero gracias al cielo la chaqueta era larga y le cubría la parte afectada. Estaba lo suficientemente empalmado como para que aquella maldita cosa se convirtiera en una percha si desaparecía la protección que la chaqueta le proporcionaba.
—Una cosa... ¿Puedes reunirte conmigo cuando termines? Estaré esperándote en mi estudio.
Azorado, cerró la puerta y se alejó de allí lo más rápido que pudo. El dolor en su ingle se apaciguó ligeramente al distanciarse de ella, pero necesitaba tomar una copa.
El whisky lo sosegó un poco más. Se sentó tras el escritorio, dispuesto a despachar alguna correspondencia acumulada, con la vana esperanza de que el tiempo pasara con más rapidez. Todavía estaba algo excitado cuando se escucharon unos golpes en la puerta. Seguro de que sería ella, su pene volvió a la posición de firmes. ¡Un poco de alivio, por fin! Quizá podrían juguetear allí dentro, tras la puerta cerrada, por supuesto. Quizá, solo quizá, ella quisiera probar alguna experiencia nueva; por ejemplo, sexo oral. Su mente se llenó de imágenes de posibles fantasías en las que ella interpretaba el papel principal. Había soñado con hacer eso con su esposa, pero hasta ahora no lo había logrado. Intentaba avanzar lentamente con ella, considerando que, cuando fuera el momento adecuado para cada acto, lo sabrían.
Se reacomodó en la silla, reclinándose contra el respaldo. Separó los muslos y se tocó por encima del pantalón al tiempo que clavaba los ojos en la puerta con una expresión muy pícara e impúdica.
—Adelante —ordenó.
Ver al corpulento señor Akame, el administrador, hizo que su erección se desvaneciera al instante. Eso y el dolor que sintió al darse con la rodilla contra el escritorio al ponerse en pie con rapidez. Una dura maldición saludó al hombre que entró con cierta vacilación tras semejante saludo, mirando con atención a su alrededor para comprobar que en aquella estancia solo estaba su amo.
—Estoy solo, Akame. ¿En qué puedo ayudarte? —Recuperó la compostura y se resignó a verse metido en un aburrido debate sobre algún problema con los arrendatarios.
Cuando Saku apareció en su estudio, tres cuartos de hora después, todavía seguía embarullado en asientos contables de la finca. Ambos la vieron a la vez.
Sakura saludó al señor Akame con un gesto de cabeza.
Tuvo que contener un gemido; era deliciosa. Le brindó una sonrisa anhelante antes de guiñarle el ojo.
—Me reuniré contigo en cuanto acabe, ¿dónde estarás?
—En la biblioteca... Estaré en la biblioteca —repuso ella con lo que él interpretó como una mirada provocativa. Luego se marchó.
La lentitud con la que avanzaban los asuntos que le planteaba Akame estuvo a punto de hacerle gritar. ¡Tenía que salir de allí! ¡Quería hacer el amor con su esposa! Pero todavía transcurrió media hora más antes de que pudiera deshacerse de aquel hombre plúmbeo y tenaz. Akame podía ser muy inoportuno, pero era un administrador muy bueno y él no era tan estúpido como para ofenderlo.
Voló hasta la biblioteca, pero ella ya no estaba allí. Gritó su nombre sin obtener respuesta. Cada vez se sentía más frustrado. Salió al pasillo. No había dado más que un par de pasos cuando se topó con ella. Saku acababa de doblar la esquina y avanzaba hacia él.
Se detuvo en cuanto lo vio. Los dos se quedaron parados allí, en el pasillo, mirándose fijamente mientras una oleada de sensualidad flotaba de uno a otro. La sensación era tan intensa que él imaginó que el olor de la excitación debía impregnar el aire. El erotismo los capturó por completo, dominándolo todo y convirtiendo aquel encuentro en una visión de piel desnuda y cuerpos sudorosos.
Supo lo que ella iba a hacer una fracción de segundo antes de que lo hiciera. La deseaba... sin control.
Saku lo hizo.
«¡Sí! ¡Oh, sí! ¡Aquello iba a ser fantástico!».
Sakura sintió que un perverso deseo la inundaba. Tenía muy claro lo que debía hacer. No sabía por qué, pero tenía que hacerlo. Tenía que volverlo loco, así que se dio la vuelta y huyó. Corrió tan rápido como le permitieron las piernas.
Atravesó el vestíbulo, subió la escalera, recorrió un pasillo, más escaleras... Continuó su carrera sin mirar atrás. Itachi salió tras ella, que escuchaba sus pisadas unos metros por detrás. Cada sonido sordo de sus botas hacía que creciera su excitación. No era consciente de por qué escapaba, era una reacción puramente visceral. Pensar en lo que su hermosa bestia le haría una vez que la atrapara la hacía estremecerse de placer.
Ni siquiera conocía las habitaciones que la rodeaban. Estaba en un estrecho pasillo en el ala este del tercer piso. Era una parte de la casa en la que nunca había estado. Abrió las tres puertas que había frente a ella; eligió una, la de la derecha, y se metió dentro de la estancia. Era una especie de almacén, con baúles y cajas de madera apilados entre muebles desechados.
Se ocultó tras un armario, encogiéndose como pudo entre la parte trasera de este y la pared. El corazón le retumbaba con tanta fuerza en el pecho que era imposible que él no lo oyera.
Era un juego misteriosamente excitante.
Esperó. Ya no se escuchaban sonoras pisadas, Itachi caminaba ahora con suavidad.
—Saku —canturreó, con musical picardía vibrando en cada sílaba—. Te atraparé pronto. ¿Sabes lo que te voy a hacer cuando te encuentre? En eso estoy pensando ahora mismo, en lo que te haré cuando te pille.
Escuchó algunos pasos más cerca.
—Has sido muy lista al abrir todas las puertas para intentar despistarme, pero sé que estás en esta habitación.
«¿Cómo sabe que estoy aquí?».
—Puedo olerte. Me encanta tu aroma... A rosas silvestres con un toque de esencia de naranja. Tan delicado pero lo suficientemente poderoso como para que me ponga como un semental con solo olerlo. —Percibió más pasos a la derecha—. Ahora mismo estoy muy excitado, Saku, condenadamente empalmado y dolorido. Te deseo.
«¡Dios santo!».
Él pasó junto al armario, sin darse cuenta de que ella estaba allí. Saku contenía la respiración.
—¿Dónde te escondes, mi pícaro amor? —susurró, ahora con suavidad—. No tardaré en dar contigo, Saku, y entonces ya sabes qué ocurrirá...
«Si salgo sigilosamente del escondite, quizá podría deslizarme hasta el pasillo y volver a huir», pensó Saku.
Por los ruidos que oía dedujo que Itachi estaba moviendo cajas a cierta distancia y aprovechó la oportunidad para salir disparada hacia la puerta.
No llegó muy lejos. Unas manos poderosas la atraparon por los hombros y la arrastraron con fuerza hacia atrás. Itachi la pegó a su pecho y ella gritó. Él le puso la mano sobre la boca para silenciarla al tiempo que le hablaba al oído.
—Nada de gritos, cariño. Los criados...
Ella asintió con la cabeza.
—Buena chica —susurró él quitándole la mano de la boca y deslizándola por su garganta hasta depositarla sobre uno de sus pechos. A la vez, buscó su cuello con la lengua y comenzó a trazar remolinos con ella en un punto debajo de la oreja. Le puso la otra mano en la cadera y la atrajo hacia su pelvis para acomodar su erección en la hendidura entre sus nalgas.
Ella jadeó, encantada de que la hubiera atrapado. Había algo excitante en ser su prisionera. Se apretó contra él, arqueando la espalda y el cuello, cediendo a la tentación.
—¿Te gusta que te persiga? —preguntó mientras le acariciaba el pecho.
—Sí.
—¿Te gusta ser atrapada? —Le lamió la oreja antes de morderle el lóbulo.
—¡Sí!
—¿Notas lo duro que estoy para ti? —Se frotó contra ella.
—¡Sí!
—En fin, sé lo que necesitas. —La hizo girar entre sus brazos y se la cargó al hombro. La sujetó cruzando un brazo sobre sus piernas, antes de comenzar a andar con rapidez—. Y va a gustarte —le prometió.
¡Oh, sí!, le gustaría y apenas podía disimular su impaciencia; estaba demasiado excitada por sus preguntas, por sus roces, por su cuerpo... Itachi la transportó hasta el final del pasillo y giró a la izquierda para bajar un tramo de escaleras y continuar con decisión hasta su destino. Se detuvo a abrir la puerta con una mano y se metió en un dormitorio.
—Bájame —pidió, entre jadeos cada vez más desvergonzados.
—Te bajaré —declaró él—, pero donde yo quiera. Es decir, en la cama. Has de saber que te dejaré en ella para poder poseerte con más comodidad.
El gemido que ella emitió pareció estimularlo aún más. Jamás le había visto moverse con tanta rapidez. La dejó caer sobre el lecho y cerró la puerta con llave. Luego se volvió hacia ella. Se apoyó en la puerta para quitarse las botas. La protuberancia que no ocultaban los pantalones le dijo todo lo que necesitaba saber sobre sus intenciones: hablaba en serio, iba a poseerla.
Sentir su peso sobre ella fue maravilloso. Itachi deslizó la mano debajo de las faldas y le metió la lengua en la boca antes de que pudiera tomar aire. La acarició durante un buen rato con el pulgar en el mismo centro de su cuerpo, friccionando el punto más lubricado.
Ella se alzó, apretándose contra sus dedos, elevando las caderas, perdida en la creciente y salvaje tensión que la llevaba al éxtasis. Él la llevó más y más hacia el límite, hasta dejarla al borde del abismo, a punto de caer a una sima de incontenible placer. Mientras se contorsionaba contra su mano, fue vagamente consciente de que él la observaba. Tenía la cabeza en alto y los ojos clavados en ella.
—Mírame, Saku. Quiero ver cómo te corres, no cierres los ojos.
Ella mantuvo los ojos fijos en él, pero alargó la mano para palpar la férrea longitud de su miembro, algo que no había hecho hasta ahora nunca. Él si la había tocado a placer, pero ella no había reunido el suficiente coraje para tocarlo allí. Y notó que Itachi se estremecía, poniendo los ojos en blanco.
—¡Sí! ¡Tócame! ¡Quiero sentir tus dedos en mi pene! —Se arqueó hacia ellos.
Enardecida por su orden, luchó contra los botones de los pantalones y abrió la bragueta. Acercó los dedos cada vez más hacia el erecto miembro guiándose por el instinto. No podía ver lo que hacía, pero parecía ir bien, porque el hombre respondía con inequívocos gemidos a sus esfuerzos.
—Así, así. Mueve los dedos de arriba abajo. ¡Joder, qué placer!
Ella le sostuvo la mirada durante todo el rato, acariciando con pasión su pene, aprendiendo la sensación que le producía acariciar aquella piel y reconociendo la dureza del músculo que tan feliz la hacía. El roce del pulgar y los dedos que él sumergía en sus empapados genitales la tenían a punto de enloquecer.
—¡Itachi! ¡No puedo esperar! Quiero tenerte dentro...
Él se impulsó y la penetró con una firme embestida, dándole lo que quería. Siguieron largas y profundas acometidas que le hacían chocar una y otra vez contra el fondo de su vientre.
—¿Te gusta? —preguntó, jadeando con dificultad.
—¡Sí!
Se entregó a él con todo su ser, correspondiendo a cada envite, saliendo al encuentro de cada empuje. Le clavó las uñas en la espalda deseando que fuera su piel lo que sentía bajo los dedos, y no la camisa. La explosión, cuando llegó, la dejó casi sin sentido. Él la siguió al instante. Gritó; no le importó quién la escuchaba o si resultaba demasiado lasciva. En aquel momento, con él, la pasión la consumía y no podía pensar en nada más.
Itachi acarició con los labios el cuello de Saku. Ella cambió de posición para entregarse a su contacto y al momento gimió excitada como una lánguida gata somnolienta. Tras aquella primera liberación cegadora, se habían desnudado para enseguida volver a dejarse caer sobre la cama y sumirse en un sueño reparador.
Envuelto entre las mantas, encajado en las cálidas curvas de ella, a las que se adaptaba como un guante, se sentía bienaventurado. Parecía irradiar un resplandor sobrenatural, hecho de amor y deseo, algo que jamás hubiera creído posible. Ordenar a Saku que lo tocara y acariciara durante su encuentro había sido revelador. Nunca se había sentido tan excitado con una mujer. Ella lo encendía y apaciguaba al mismo tiempo. Hacía que se sintiera temerario y prudente a la vez. Lo excitaba y lo saciaba. Saku parecía creada solo para él; hacía que se sintiera un hombre hecho y derecho, un marido, un adulto. Aquella mujer conseguía que se creyera omnipotente.
—Nunca, ni siquiera de niño, había disfrutado tanto jugando al escondite —comentó, besándola en los labios con suavidad—. ¿Cuándo podremos hacerlo otra vez?
Sakura sonrió.
—A mí también me ha gustado. —La vio sonrojarse, siempre tímida después de los arrebatos de pasión.
—Me encanta verte cohibida, pero no me engañas. —Le hizo cosquillas en las costillas—. Eres una desvergonzada, una lasciva.
—¿Tú crees? —Lo miró con los ojos muy abiertos.
—¡Oh, sí! Y me encanta que lo seas. Tienes mi entusiasta aprobación para comportarte como una licenciosa descarada cada vez que lo desees —susurró—. Y espero que sea durante mucho tiempo, todo el tiempo.
—No será difícil —se lamentó ella—. Lo único que tienes que hacer es mirarme como hiciste en el pasillo... y me escaparé de ti para que me alcances.
—Recordaré lo que has dicho.
—¿Qué habitación es esta, Itachi? —Se acurrucó en su pecho, girándose un poco para mirar las paredes.
—¿No lo adivinas?
—¿Era la tuya cuando eras niño?
Itachi asintió con la cabeza.
Ella se incorporó en la cama para estudiar el mobiliario y la decoración infantil.
—Sí. Es evidente que era el lugar privado de un hombrecito. —Sonrió, arrugando la nariz—. ¿Dormías en esta misma cama?
—Sí. —La obligó a tenderse de nuevo y le recorrió los pechos y las caderas con las manos, al tiempo que le separaba los muslos con las rodillas para poder acomodarse entre ellos—. Pero jamás había disfrutado en ella tanto como hoy... Ni, por supuesto, había tenido nunca una compañera tan encantadora para compartirla.
¡Caray! Volvía a estar excitado. Su pene se alargaba, latiendo entre sus vientres unidos.
—Me temo que nunca volveré a recordar esta cama de la misma manera —aseguró, subrayando sus palabras con una notable embestida erótica.
—Eso espero.
Sakura soltó una risita y se derritió bajo su cuerpo. A Itachi le encantaba que ella estuviera siempre tan dispuesta, tan excitada como él por...
En ese momento alguien comenzó a mover el pomo de la puerta y ambos se quedaron paralizados. Acto seguido, sonaron unos golpes secos. La ronca voz del señor Funeno atravesó las paredes.
—¿Quién está ahí dentro? ¡Quien sea, salga y déjese ver!
Bajo el cuerpo de Itachi, Saku comenzó a gemir y la vio cubrirse la boca con una mano mientras lo miraba con ojos brillantes.
Él sonrió ampliamente.
—No será posible eso de dejarse ver, Funeno. Pero todo está bien, no es necesario que te preocupes.
La respuesta del mayordomo fue audible a través de la puerta.
—¡Oh, mis disculpas, señor! No tenía ni idea de que...
—Una cosa, Funeno —lo interrumpió.
—¿Sí, señor? —Al mayordomo le temblaba la voz.
—Dile a Uzuki que la señora Uchiha y yo cenaremos en nuestras habitaciones esta noche. Y que ordene que esté preparado un baño. Nada más.
—Así será, señor. —El ruido de los pasos del mayordomo alejándose se escuchó con claridad. Casi corría, sin duda un poco avergonzado, deseoso de huir de aquella escena que le resultaba mortificante.
—Pobre hombre. Itachi, espero que se recupere del susto y llegue sano y salvo junto a la señora Uzuki. Parecía a punto de darle una apoplejía.
—Bah, el viejo Funeno estará completamente recuperado la próxima vez que lo veamos, tan tieso como siempre. Además, estoy seguro de que hemos provocado abundantes murmuraciones entre los criados. Lo considero un deber como amo. Estarán aburridos como setas y agradecerán ese entretenimiento.
—¡Qué pervertido! —se burló ella.
—Es mi naturaleza, ya lo sabes. —Le guiñó un ojo—. Ahora, ¿por dónde íbamos? —La empujó otra vez, en esta ocasión buscando su objetivo y entrando en ella con un fluido movimiento—. Oh, ya recuerdo. Estaba a punto de conseguir que la lasciva Saku volviera a darme placer. Sé que ella todavía no ha tenido suficiente.
