Capítulo 25
«De los hombros cayó su vestimenta, me tomó entre sus brazos, largos y etéreos, y al mismo tiempo me besó muy dulcemente».
THOMAS WYATT, Huyen de mí
El baño compartido había sido maravilloso, pensó Sakura. Resultó todavía más maravilloso porque se enjabonaron el uno al otro. El resbaladizo jabón y los fragantes aceites lo hacían aún más placentero; diferente de cualquier otro baño que se hubieran dado. Seguramente lo repetirían siempre que pudieran.
Después de jugar y hacer el amor, los dos estaban muertos de hambre, así que se dirigieron a la salita privada de sus aposentos. Solo cubierta por la bata, sin ningún adorno sobre su persona, ella le parecía la más hermosa de las mujeres.
La cocinera podría haber preparado la peor de las comidas, que a él le habría parecido el más exquisito de los festines, incluso podrían haberla servido en el suelo, y Itachi no se habría enterado, pues sus sentidos estaban absolutamente centrados en su esposa.
—Deberíamos hacer esto más a menudo —comentó, arqueando una ceja, con el pelo todavía húmedo, pero tan atractivo como siempre.
—¿Correr por la casa y asustar a los criados? —preguntó ella con sarcasmo.
—Eres muy ingeniosa, cariño. Me encantan las batallas dialécticas que entablo contigo. —Itachi hizo una pausa y esbozó una amplia sonrisa—. Me gustan casi tanto como las batallas carnales. Pero no, estaba refiriéndome a que me gusta cenar en nuestras habitaciones, sabiendo que estás desnuda bajo esa bata azul que tan bien rellenas. —Señaló sus pechos con la cabeza, mostrando una lujuriosa sonrisa en los labios.
Ella se rio y se sonrojó.
—Debería haberme dado cuenta de por qué pareces tan decidido a sobrealimentarme.
En los últimos minutos, Itachi había insistido en cortarle la carne y meterle los trocitos en la boca.
—¡Oh, no! —Ella negó con la cabeza cuando le ofreció un trozo más de cordero—. ¡Estoy a punto de reventar! ¡No puedo tomar ni un bocado más!
—Venga, anda, solo un mordisquito. —Itachi entornó los ojos—. Hazlo por mí.
—¿Por qué?
Él tragó saliva al ver su elegante cuello por encima del borde de la bata. ¡Dios!, era delicioso mirarla.
—Quiero... Me gusta observar cómo... Cómo abres la boca y...
Los ojos de Itachi emitían un calor abrasador y Sakura adivinó, exactamente, por qué quería verla abrir la boca. Estaba pensando en que le gustaría que fuese otra cosa lo que metiera en ella.
Y, si era totalmente sincera consigo misma, lo había pensado. Cuando él le dio placer con la lengua, al principio se escandalizó, pero la gratificación fue tan exquisita que la sorpresa se evaporó con rapidez. Él había mencionado con anterioridad que había otras maneras de estar juntos, y no le costó demasiado suponer que, si él podía usar su boca con ella, ella podría hacer lo mismo con su amante.
—De acuerdo, un último bocado. —Le siguió la corriente y separó los labios al tiempo que alzaba levemente la barbilla. Tomó el pedazo y lo masticó de manera muy lenta sin dejar de mirarlo. Cuando tragó, se relamió—. Sé por qué... Sé la razón por la que quieres observarme —confesó.
Él hizo una mueca.
—¿Por qué?
No vaciló ante la pregunta. Había sido ella la que había sacado el tema e iba a llegar hasta el final.
—Estás imaginando que en vez de tomar ese trozo de carne con la boca, la abro para aceptar tu pene.
Él gimió y se sonrojó profundamente.
—Te he conmocionado. Estás ruborizado.
Aunque los ojos de Itachi se oscurecieron, el hombre no apartó la mirada.
—Tengo razón, ¿verdad?¿Aque estabas pensando en eso, Itachi?
Él asintió con la cabeza, pero no emitió ningún sonido. Parecía que se había quedado sin voz.
Sabía que había acertado, que él le estaba diciendo la verdad, porque jamás le había mentido. Sintiéndose muy pervertida, se lo imaginó. ¿Cómo sería sentirlo en el paladar, en la lengua?
—Si quieres, lo haré.
Su única reacción fue abrir los ojos como platos.
—¿Quieres meterme el pene en la boca? —Él la miraba fijamente, como si no diera crédito a lo que oía—. ¿Itachi?
Parecía tan vacilante y tenso como la cuerda de un arco. Sin embargo, su respuesta fue enfática y clara.
—¡Santo Dios! ¡Sí!
Itachi estaba anonadado... Absolutamente anonadado; su fantasía estaba a punto de hacerse realidad. Todos sus músculos se tensaron cuando ella se levantó y se acercó a su silla, con los labios apretados en un gesto de determinación. Iba a hacerlo, e incluso parecía que lo deseaba. No sabía a quién debía dar gracias por haber recibido tal bendición, solo tenía claro que esa era una oferta que no pensaba rechazar.
Apartó la silla de la mesa, consciente del inusual atrevimiento de Sakura, que encontraba muy atractivo.
Ella se plantó delante de él en toda su belleza lasciva y lo miró.
—Vas a tener que decirme cómo te gusta que lo haga.
Su voz era tan hermosa como ella. Le encantaba la manera en que pronunciaba las palabras más pícaras, tan correctamente y con tan perfecta entonación.
«¿Quieres meterme el pene en la boca?».
Itachi sacudió la cabeza para aclararse las ideas y serenarse, no fuera a correrse debajo del batín. «¡Eso sería, sin duda, una tragedia!».
—Te lo iré diciendo —susurró el hombre, trémulo de excitación.
Ella se arrodilló en la alfombra y le puso las manos sobre los muslos. Itachi se estremeció de pies a cabeza al notar su contacto y ver cómo le brillaban los ojos.
—Venga... Adelante. Lo... deseo... —Apenas podía articular las palabras.
«Si te detienes ahora, me moriré».
Saku le subió el batín y procedió a desabrocharle el cinturón. ¡Dios! Ardía por ella. Se dio cuenta de que su esposa no apartaba los ojos de él mientras desataba el cinturón, ni cuando separó los bordes de la tela hasta dejar a la vista una erección impresionante, hermosa y anhelante que esperaba que el paraíso la envolviera.
—Ahora ábrete también la bata para que pueda verte entera mientras lo haces —le pidió él con suavidad.
Ella esbozó una pequeña sonrisa y tiró lentamente de su propio cinturón, que rozó los bordes de la bata. El frufrú de la seda era, sencillamente, el sonido más erótico que había oído en su vida, capaz de acrecentar una excitación que creía insuperable.
Ella lo miró. Su gesto no mostraba picardía, solo una franca inocencia mientras esperaba que él le dijera qué debía hacer.
—Desnúdate. Enséñame tus hermosos pechos.
Sakura se llevó las manos a las solapas para abrir la tela azul, y fue como si estuviera separando las aguas... El milagro de una deidad que no era de este mundo. Ella era una diosa, o podía serlo: piel perfecta, increíblemente suave, y pezones rosados, asombrosos, dispuestos para su placer.
—Rodéame con la mano como hiciste antes y acerca la punta a tu bo... —Se interrumpió con un siseo cuando ella siguió sus instrucciones con rapidez.
Acercó los labios al glande y movió la lengua por la punta antes de cubrirlo con su boca y empezar a chupar. Encontró el ritmo adecuado con rapidez, una cadencia que le permitía compatibilizar las caricias de la mano con las de su boca. Avanzó con el pulgar por la vena que recorría el pene de arriba abajo una y otra vez. Era tan placentero que el deseo creció todavía más.
La imagen que se presentaba ante los ojos de Itachi era tan erótica que estaba listo para explotar tan solo un minuto después. Esos deliciosos labios rosados bajaban con más destreza en cada succión; los ruidos acuosos, lúbricos hasta la locura, contribuían a que el éxtasis fuera maravilloso. No aguantaría mucho más..., sobre todo viendo cómo lo tragaba sin recato. Ella siguió succionando sin parar hasta que él estuvo preparado para estallar.
—¡Me corro! —Intentó retirarse, pero ella lo tenía bien sujeto.
Estaba claro quién mandaba, y no pensaba discutir. De todas maneras había superado el punto sin retorno.
Pero necesitaba verla...
—¡Mírame...! Por favor, ¡mírame! —imploró.
Ella levantó aquellos ojos esmeralda y él se inclinó para tomar su cara entre las manos. Sin soltarla, empujó hasta el fondo de su garganta y eyaculó.
Un rugido incontenible atravesó su cuerpo. Se aferró a ella, adorándola; sosteniéndole la mirada en una profunda comunión mientras vertía hasta la última gota de semen.
—Te amo —dijo con voz temblorosa; y vio la sonrisa en sus ojos, que le decía que le correspondía, y vio que ella tragaba, feliz, su esencia.
Casi lloró.
Por fin, alejó sus labios y se sentó sobre los talones para dedicarle aquella media sonrisa pícara que tanto le gustaba. Luego se pasó la mano por la boca. Clavó los ojos en ella con sorpresa: aún no podía creer lo que Saku acababa de ofrecerle con tanta generosidad.
—Lo sé. Sé que me amas.
Su corazón se rompió en mil pedazos, no de dolor, sino por amor. Puro, inocente, precioso... Se frotó la parte superior del pecho.
—Eres mi dueña, Saku, y no quiero que sea de otra manera. —La obligó a levantarse y la sentó con delicadeza en su regazo, acunándola entre los brazos—. Cuando te veo, no puedo apartar la mirada. Cuando estamos separados, te siento bajo la piel, y en mi imaginación te saboreo en mi boca, huelo tu aroma y me pierdo por completo en ti, feliz.
Ella acomodó la cabeza bajo su barbilla.
—Entonces, ¿te ha gustado? Quiero hacerlo más veces.
Volvía a aparecer su encantadora timidez, lo notaba en su voz. Eso era lo más increíble de Saku, lo que la hacía tan cautivadora y atractiva. Podía ser atrevida y sensual, y al minuto siguiente, modesta y retraída. Y todas las facetas eran reales, no había ninguna impostura. No había falsedad ni fingimiento en su comportamiento.
—Bueno, te aseguro que podría acostumbrarme. Siempre que quieras repetir, házmelo saber. —La estrechó con más fuerza, renuente a renunciar a aquel momento, necesitado de estar cerca de ella—. Vamos a la cama. Necesito abrazarte.
Se tendió con ella en el lecho. Le sorprendía lo fácil que había sido acostumbrarse a dormir con ella. La idea de dormir sin tener a su esposa al lado ahora le parecía horrorosa. Había subsistido de manera solitaria toda su vida y solo ahora se daba cuenta de lo vacía y poco interesante que había sido aquella existencia.
Había vivido tres décadas sin darse motivo para sentirse orgulloso de sí mismo, pero deseaba cambiar eso. Quería tener un objetivo, que el honor fuera su estandarte desde ese momento.
Sus sentidos le recordaron que Saku estaba muy cerca, y aquella maravillosa y sensual cercanía le confirmó que todos esos buenos propósitos, todas las inspiradoras ideas que rondaban por su cabeza tenían su origen en ella.
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Cenar en sus habitaciones había sido una gran idea. Poco después se les ocurrió desayunar allí mismo, y no tardó mucho en convertirse en una costumbre, casi una regla. Los dos disfrutaban de la normalidad que suponía desayunar en su salita privada casi todos los días; a menos, claro, que tuvieran compañía o debieran acudir a la iglesia.
—¿Qué planes tienes para hoy, cariño? —preguntó Itachi desde detrás del periódico.
—Naori me acompañará a la modista. Creo que se llama madame Trulier.
Él se asomó por encima del diario, con el pecado iluminando sus ojos.
—Muy bien, quiero un montón de vestidos verdes y muchos de esos picardías franceses, y camisones... Me gustaría verte cubierta con sedas de todos los colores... —Suspiró, carraspeó y volvió a concentrarse en las noticias. Acababa de dejar claro que sabía más de la cuenta de ropa interior femenina.
—Sabes demasiado, Itachi. —Sakura era consciente de la metedura de pata de su marido y de por qué había cerrado la boca. Se sintió algo irritada, o quizá estuviera dominada por otra emoción más fuerte. Esperó a que él dijera algo más, pero Itachi permaneció en silencio.
—¿Algo más? ¿No tienes más peticiones? —le preguntó con tono afilado.
Él bajó el periódico y la miró con fingida curiosidad.
—Ah, no. Tienes un gusto exquisito, cariño. Sé que harás la mejor elección. —Sonrió y le dio una palmadita en la mano—. Sorpréndeme.
Cuando ella notó el contacto de sus dedos, se puso rígida. No podía evitar aquellos celos incontrolables. ¡Oh, por supuesto! ¡Había miles de mujeres en su pasado! Era amigo de su hermano Deidara por el amor de Dios, y sabía de sobra que su hermano daba rienda suelta a sus necesidades físicas en la ciudad, como la mayoría de los caballeros. ¿Qué esperaba? ¿Que un hombre de su edad hubiera vivido como un monje? No tenía ninguna duda de que Itachi jamás había sido un monje y seguramente había catado casi todos los manjares...
Le costó trabajo respirar y notó que se le llenaban los ojos de lágrimas. No podía contenerse más, así que soltó la pregunta que le quemaba en la boca.
—¿Con cuántas mujeres has estado? —Al instante se cubrió la boca con la mano para no seguir hablando.
Itachi hizo una mueca y le lanzó una mirada de arrepentimiento.
—Son muchas, ¿verdad?
—Saku, no tiene importancia. —Le apretó la mano y tragó saliva.
Pero ella quería saberlo y, como si tuviera un pequeño demonio sentado en el hombro, que la hostigaba, repitió la pregunta, aunque sabía que la respuesta le dolería de una manera terrible.
—¿Cuántas? ¿Más de diez?
Él asintió con la cabeza.
—¿Más de cincuenta?
¡Oh, Dios! ¡Cómo le dolía el pecho!
Volvió a asentir.
—¿Más de cien? —Bajó la mirada al pecho, segura de que vería una herida abierta y mucha sangre.
En esta ocasión él cerró los ojos y dejó caer la cabeza cuando asintió.
—Lo cierto es que no lo sé. Jamás las he contado.
—¿Te has acostado con más de cien mujeres? —Gimió enfurecida. No le importaba parecer una loca histérica.
Durante un momento, en su mente solo hubo lugar para un demencial arrebato de celos. Quería buscar a esas mujeres y arrancarles el pelo, sacarles los ojos. Itachi era su hombre y no tenía intención de compartirlo, ni ahora ni nunca. ¡Mejor que se lo dejara claro en ese mismo instante! Respiró hondo para tranquilizarse y abrió la boca para hablar, pero él fue más rápido.
—Tienes todo el derecho del mundo a estar enfadada conmigo. Jamás he sido un santo, Saku. Ni mucho menos... Me sentía... Me sentía vacío por dentro hasta que tú llegaste. No sentí nada cuando estaba con ellas; nunca. Nada en absoluto. Se trataba solo de satisfacer una necesidad fisiológica.
Ella asintió con la cabeza, tragando saliva y tomando aire. Intentaba calmarse, ser razonable, pero era muy difícil aplacar aquellos celos y aceptar el pasado que él había vivido antes de conocerla.
Pero Itachi todavía no había terminado.
—Es normal que estés molesta conmigo. Bien está que sea así porque me comporté como un sinvergüenza y merezco tu repulsa, pero quiero que me escuches; esto es muy importante. Da igual cuántas mujeres haya tenido antes, a partir de ahora solo estaré con una. No quiero esa vida que he vivido hasta ahora y nunca volveré a ella. Te quiero. A ti. A la mujer más hermosa y perfecta que he conocido. Mi primera y única amante.
—Me alegro de ello, Itachi Uchiha, porque ¡no pienso compartirte! ¡Jamás! —Lejos de haberse calmado como pretendía, jadeaba, más cerca de la locura que antes.
El hombre se levantó de su silla y se acercó a ella para estrecharla contra su pecho. Le envolvió la cara con las manos y le habló bajito.
—Nunca tendrás que compartirme, eres todo lo que quiero. Todo lo que necesito. Lo eres todo para mí.
Permanecieron quietos y en silencio hasta que por fin ambos respiraron con suavidad.
—He aprendido algo que antes no sabía —comentó ella finalmente, en un lento susurro, como si estuviera sopesando las palabras.
—¿De qué se trata?
—El amor también puede doler.
—Cierto. Muy cierto, Saku mía.
Miró a su marido.
—Pero vale la pena. Si podemos estar juntos así, vale la pena.
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La carta llegó esa misma tarde. Itachi se dio cuenta de que podía anunciar problemas en cuanto vio la dirección del remitente.
«Madame M. Terumi, 26 Oxley Court, Covent Garden, Londres».
No la recibió con agrado. Sabía que no contenía buenas noticias y no quería tener ninguna conexión con su antigua vida. Llegó con la correspondencia y los periódicos que leía por la mañana, mientras desayunaba. Que Dios lo ayudara si Saku se enteraba de que la madame de un popular burdel quería verlo. Su esposa guardaba una temible vena celosa, como había descubierto poco antes, y sabía que no se tomaría bien aquello. Y él tenía sus defectos, pero no era tan estúpido como para arriesgar la armonía de su matrimonio por la gobernanta de un prostíbulo.
¿Qué podía querer Mei Terumi de él? Había olvidado la promesa de reunirse con ella la noche que habló con Konan y Yahico. Tras descubrir la identidad del violador de Saku, su único pensamiento fue llegar hasta ella lo antes posible y ponerla a salvo. Había olvidado a madame Mei Terumi y no había vuelto a pensar en ella.
Leyó la carta.
Estimado señor Uchiha:
Escribo estas líneas con profundo pesar. Esperaba que hubiéramos podido hablar la última noche que estuvo en Londres, pero no fue posible, y me temo que ahora, señor, ya no puedo esperar. El tiempo se ha convertido en un asunto primordial.
Lo único que puedo decir en la presente es que se trata de algo que implica a su familia. No es posible aplazar más un encuentro entre nosotros. Nos veremos en El Cisne de Terciopelo.
Por favor, persónese en Londres lo antes posible.
Mei Terumi.
Se quedó atontado. No era lo que esperaba de la carta, aunque resultaba muy intrigante. ¿A qué familia se refería? A decir verdad, tampoco tenía mucha familia. Su madre fue hija única, como él.
Debía de referirse a algún familiar paterno. A cierta parte de la familia no la había conocido nunca. Y era de origen francés, como madame Terumi.
Sabía que su padre había fallecido diez años antes, en algún lugar de su Francia natal. No sabía exactamente dónde o cuándo, pues no se habían vuelto a ver desde el día en que se marchó, cuando él tenía diez años. La notificación de su muerte se hizo a través de un abogado y no había nada que heredar. Fugaku Uchiha había caído finalmente en el olvido, literalmente.
De todas maneras, no quería saber nada de su padre ni tener nada que ver con su recuerdo. El hombre había salido de su vida hacía décadas y le resultaba totalmente indiferente. Para él, su auténtico padre era sir Homura, su abuelo, el hombre que le aconsejó de niño y fue su guía en la edad adulta.
Lo único que lo unía a su padre y demostraba que había existido en algún momento era su apellido, Uchiha, de origen francés, sí, pero alargado con la correcta pronunciación inglesa de la h, que en Francia era muda.
Fiel a su decisión, escribió una corta pero firme misiva a Mei Terumi. Le explicó que se había casado hacía poco tiempo, que no podía dejar desatendida a su esposa y que, en realidad, no tenía interés en nada relacionado con su familia, ya que jamás la había conocido y no le interesaba hacerlo ahora. Le deseó parabienes y expresó la esperanza de que ella honrara su petición de no seguir recurriendo a él.
Dejó la carta en la bandeja de la correspondencia poco antes de verse sorprendido por unos gritos procedentes del exterior, al parecer justo frente a la casa. Se acercó a la ventana y vio a Akame y a los mozos de los establos. Vio que agitaban las manos con rostros descompuestos, y ello fue suficiente para saber que pasaba algo muy grave. Akame era el hombre más frío y moderado del mudo.
Corrió hacia la parte delantera sin perder un segundo y fue recibido por unas palabras que jamás eran bienvenidas.
—¡Fuego, señor! ¡En la casa de Dango Mitsuki! Parece que su hijo se ha quemado y nos tememos lo peor.
Angustiado, se puso inmediatamente en acción. Organizó grupos de extinción y rescate con los mozos disponibles que encontró en las cercanías. Encargó que ensillaran su caballo y partió en compañía de Akame, agradeciendo que Saku estuviera ocupada en una nueva salida de compras, acompañada por Naori Hatake.
El humo acre inundó sus fosas nasales antes de que pudiera verlo, y se preparó para la atroz perspectiva de enfrentarse a la pérdida de una joven vida. Sin duda, ese sería un día larguísimo.
