Capítulo 28
«El asesinato está fuera de cuestión, y la venganza dulce se acerca».
WILLIAM SHAKESPEARE, Otelo
El viaje a Londres proporcionó a Itachi mucho tiempo para pensar. Dejar a Sakura en la escalinata de acceso a Hallborough había sido una agonía. Ella permaneció inmóvil en el descansillo durante mucho tiempo; su figura era todavía distinguible cuando hizo que Sansón diera la vuelta para salir de los terrenos pertenecientes a la mansión.
La despedida, en fin, no salió como él deseaba. Su mujer estaba enfadada porque no la llevaba con él, y no lo disimulaba. Pero no podía llevarla a Londres, donde Orochimaru o Danzō podrían verla. No sabía qué ocurriría. Era un riesgo demasiado grande y ella era demasiado preciosa para que se aventurara a correrlo.
La última semana había sido como una cruel pesadilla, en la que la desgracia se había dispersado a su alrededor como la mala hierba. Primero la trágica muerte del niño; después su borrachera, que dio como resultado que ella se encogiera de miedo ante él como si fuera alguna clase de monstruo, y finalmente la provocación de ese repugnante violador. Sin embargo, no le preocupaba demasiado el intento de extorsión de Orochimaru, tenía otros planes para aquel asqueroso bastardo, que allí donde iría no necesitaría disponer de dinero.
A lomos de Sansón recordó la ocasión en que lo había montado con Sakura. Fue el día que llegó a Oakfield, cuando volvió a verla después de varios años. Aquel día la arrebatadora joven le permitió que la subiera a la grupa de su caballo, confiando en él.
Eso era lo más curioso de ella. Después de todo lo que la vida le había deparado, no era una mujer desconfiada ni amargada. Tenía una naturaleza generosa y había confiado en él..., aunque no debió hacerlo.
Ya la añoraba. Echaba de menos hacer el amor con ella, tener su hombro debajo de la barbilla al dormir, disfrutar de su aroma en cada momento.
Recreó mentalmente su hermoso cuerpo, cómo se desparramaban sus pechos hacia los lados cuando estaba tumbada, desnuda. Pensó en la pequeña marca de nacimiento que tenía en una cadera y en cómo le gustaba repasar su contorno con la lengua. Evocó lo maravilloso que era estar sumergido en su calor, queriendo que las sensaciones se hicieran eternas, aunque supiera que se moriría si no alcanzaba la liberación del orgasmo. Y cómo este traía consigo una especie de dulce muerte.
No habían hecho el amor desde la noche en que ella recordó los detalles de su violación, y tal pérdida hacía que se sintiera melancólico. Le preocupaba también cómo reaccionaría ahora que había recuperado los recuerdos. De alguna manera, no saber concretamente lo que había padecido ayudó a que le costara menos mantener relaciones sexuales. Odiaba pensar que Saku volvería a sufrir. No soportaba pensar en los actos concretos de agresión que había sufrido. No quería que aquellas imágenes empañaran los hermosos pensamientos sobre ellos dos que pudieran rondar por su cabeza.
¿Y qué decir de la última vez que la había poseído, borracho y brutal? ¡Dios! Le hubiera gustado clavarse un puñal en las entrañas al verla encogida de miedo. En ese instante, a sus ojos había sido su violador. Se estremeció sobre el caballo y se pasó la mano por la cabeza, agobiado.
Estaba decidido a compensarla. En cuanto resolviera ese problema, podrían comenzar a gozar de días perfectos y preciosos en los que dedicarse a hacer hijos o cualquier otra cosa que se les antojara. Tenían que vivir la vida, y se prometió a sí mismo que ninguna otra persona u obstáculo se interpondría en su camino.
Antes de despedirse le había prometido que planearían un viaje a la ciudad para Navidades, en cuanto él regresara de aquel negocio urgente. Gracias a Dios ella no había hecho demasiadas preguntas sobre aquel falso apremio. Le remordía la conciencia por haberla mentido, pero estaba seguro de que, por una vez, el embuste estaba justificado porque era la mejor manera de protegerla.
Contempló el paisaje otoñal que lo rodeaba, confirmando lo que su sentido del olfato ya había detectado. Londres podía olerse mucho antes de verse; pero, a pesar del difuso hedor, aparecía como una ciudad preciosa, con luces centelleantes que parecían luciérnagas revoloteando alrededor de un brezal.
Dos horas después estaba sentado en un carruaje de postas. Había dejado a Sansón en el primer establo de la ciudad, con instrucciones muy detalladas sobre su cuidado y una buena suma de dinero que asegurara que su caballo recibía una recompensa por haberlo llevado a Londres con tanta rapidez. Esperaba que Sansón disfrutara de una buena bolsa de avena, pues la hermosa bestia se lo merecía.
Golpeó la ventanilla para decirle al conductor dónde tenía que detenerse. Unos segundos después, el carruaje se paraba en el punto indicado. Al otro lado de la calle vio el número 44 de Peake Street. Más que mirar el inmueble, lo estudió con atención, evaluando todas sus características. Necesitaba saber todo lo posible sobre su enemigo antes de enfrentarse a él, por eso había acudido a la ciudad tres días antes de la cita. Volvió a golpear el cristal con los nudillos para indicar al hombre que podía seguir adelante.
La siguiente parada le resultaba tan familiar como extraña la anterior. Conocía cada metro de esa casa. La residencia de su abuelo en la ciudad se hallaba en Grosvenor Square, en una esquina. Estaba edificada en piedra blanca con adornos negros en los bordes. Un lacayo le abrió la puerta de atrás, y con el mayor sigilo accedió al interior desde las sombras de un callejón oscuro. Aparte de los ocupantes, que lo esperaban y guardarían su secreto, no quería que nadie supiera que Itachi Uchiha estaba en la ciudad. Al menos no lo deseaba de momento.
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La llovizna parecía extenderse a lo largo de la costa y Sakura optó por regresar a Hallborough durante el día. Las incomodidades del embarazo hacían que Naori necesitara descanso y ella quería leer la correspondencia recibida desde su marcha. En la nota que dejó a su amiga prometía regresar para la cena.
Sonrió al ver a Fisgón mirándola desde el asiento de enfrente, en el interior del carruaje. Había resultado tan bueno y obediente como aseguró Hoshi Mitsuki y no se arrepentía de haberse quedado con él. Se convertiría en un perro magnífico cuando alcanzara su tamaño adulto, y sin duda resultaría un buen compañero para ella. Acarició su pelaje tostado mientras pensaba en Itachi.
Los tres días pasados en Stonewell con los Hatake habían estado bien, pero tuvo que esforzarse en reprimir su creciente ansiedad por la lejanía del amado. La inseguridad y la poca confianza en sí misma estaban demasiado arraigadas y, como Itachi le había parecido muy distinto el día que salió con destino a Londres, se angustiaba a cada instante. Era cierto que la situación antes de su partida había sido poco propicia para la felicidad que hasta entonces habían disfrutado, con la muerte del pequeño de los Mitsuki y la vuelta de sus recuerdos.
Esperaba tener noticias suyas, aunque no albergaba muchas esperanzas de haber recibido carta, pues Itachi le había dicho que estaría muy ocupado con uno de sus negocios —al parecer unos piratas habían asaltado uno de sus barcos —, y quizá ni siquiera hubiera tenido tiempo de escribir.
¿Cómo podía dudar de él de esa manera? Se maldijo. Cuánto daría por poder volver atrás en el tiempo. Aquella maldita noche, cuando recordó, Itachi parecía muy afectado. Vio la afligida mirada que le dirigió. El miedo que ella mostró ante él lo había desconcertado, hasta que le contó la causa que lo provocaba. Y, cuando lo hizo, Itachi quedó tocado, por mucho que intentara disimularlo.
Definitivamente, recordar la verdad y contarlo no ayudó; fue peor el remedio que la enfermedad. Si bien él aseguraba que no le preocupaba su pasado, ella sabía que sí le importaba. Le molestaba que otro hombre la hubiera poseído antes, y la joven temía lo que pudiera ocurrir entre ellos ahora. ¿Se había enfadado con ella o simplemente procedía con cautela porque sospechaba que no podría soportar su contacto cuando la deseara de esa manera tan salvaje, apasionada y desesperada?
No sabía lo que sentía Itachi exactamente, pero lo cierto era que no habían vuelto a hacer el amor desde esa noche. Sí, él había dormido a su lado, pero no la abrazó bajo las sábanas como acostumbraba ni le dijo que la necesitaba o lo hermosa que le parecía; sus tiernas declaraciones habían desaparecido. Y eso la preocupaba mucho.
La señora Uzuki le llevó toda la correspondencia y un servicio de té a la biblioteca. Con Fisgón a sus pies, rebuscó entre las cartas. Ninguna era de Itachi, pero uno de los sobres captó su atención. Sobresalía del resto. La letra era más burda, legible pero no refinada, y no tenía remite. Algo la impulsó a abrirla, aunque sabía que estaba mal hacerlo. Todo su ser la urgía a leer aquella misiva. Era una carta muy corta, pero muy elocuente.
Tienen a Konan. Madame Mei le ruega que venga cuanto antes, y yo también.
Yahico
La nota se le cayó de las manos. La vio planear suavemente hasta el escritorio. El papel, un pergamino garabateado con tinta negra, contrastaba de manera severa con la mesa de caoba.
¿Quién era Konan? ¿Y madame Mei? ¿Y Yahico? ¿Quiénes eran esas personas y por qué Itachi no le había hablado nunca de ellas? La ansiedad le revolvió el estómago. La inundó como un relámpago en el mismo momento en que leyó las sorprendentes palabras. Enseguida notó que iba a vomitar el desayuno. Se llevó la mano a la boca y contuvo la arcada mientras se aferraba con fuerza al escritorio para mantener el equilibrio. Intentó sosegarse.
No le llevó mucho tiempo decidir qué debía hacer después. Salió de la biblioteca con la carta y se dirigió directamente al despacho de Itachi, con Fisgón pisándole los talones.
La búsqueda entre su correspondencia dio fruto diez minutos después, cuando encontró la carta de alguien llamado Mei Terumi. En aquella misiva, la mujer pedía a Itachi que fuera a Londres, diciéndole que debía personarse en su negocio, un establecimiento que recibía el inusual nombre de El Cisne de Terciopelo. Comparando las dos cartas, dedujo que la Mei Terumi que había escrito la nota del estudio y la madame Mei de la nota de Yahico eran la misma persona. Tampoco resultaba muy descabellado pensar que esa era la más que probable razón por la que Itachi había partido rumbo a Londres tan bruscamente.
Su Itachi había ido a reunirse con otra mujer y el tal Yahico quería que fuera por... ¿Konan? Y él no le había dicho nada. Se quedó paralizada. Si aceptaba que eso era la verdad, significaba que Itachi le había mentido.
—¿Por qué me ha mentido, Fisgón? ¿Por qué Itachi me ha hecho eso? —El perro permaneció sentado pacientemente, mirándola con atención.
Solo le parecía lógica una respuesta. Y, si era cierta, la destrozaba. Quizá había vuelto a estar con otras mujeres... Mujeres que podían soportar su contacto y que no se sobresaltaban ni sufrían ataques de pánico, como ella. Aquella Konan, fuera quien fuese, también la preocupaba. ¿Era alguien importante para su marido? ¿Una antigua amante? ¿Querría regresar a los brazos de ella? La mera idea de que fuera así hacía pedazos su corazón.
Cuando por fin recordó los detalles de su violación, Itachi se había quedado horrorizado de que hubiera tenido miedo de él. No le gustaba que ella se asustara de él. Aquel había sido siempre un escollo entre los dos; odiaba que ella temiera el sexo o, peor, le tuviera miedo a él. Saku siempre tenía que explicarle que no era él quien le daba miedo.
Entonces había ocurrido lo inconcebible, lo había revivido todo. Y, aunque durante algunos momentos estuvo asustada, perder a su marido la asustaba todavía más. Mucho, muchísimo más.
Rememoró el pánico que había sentido cuando él le dijo que iba a dormir en otra habitación. Le había rogado una y otra vez que se quedara con ella, y volvería a hacerlo si fuera necesario.
Itachi era un buen marido. Un hombre considerado que seguramente no quería pedirle más cosas porque pensaba que sus atenciones carnales harían que recordase a su asaltante.
Pero eso no era cierto, jamás lo sería. Lo amaba y quería estar con él; quería que la amara con su cuerpo de la manera que necesitara, costase lo que costase.
—¡Vamos, Fisgón! Debemos hacer el equipaje.
Se sentía muy posesiva y celosa, impulsada por el deseo de luchar por su hombre. ¡Era su esposa, por Dios! No pensaba renunciar a su marido sin más. Si para hacérselo entender, para recuperarlo, debía seguirlo a Londres, así sería.
