Disclaimer: Los personajes de Shingeki no Kyojin les pertenecen a sus respectivos autores, editoriales y productoras. Es una historia destinada sólo al entretenimiento y sin fines de lucro.


Pelo de zanahoria

Petra Ral había nacido con una deslumbrante mata de cabello anaranjado, dejando obnubilados a sus progenitores. Su padre era castaño, mientras que su madre, pelirroja también, no tenía ese tono tan llamativo de cabello. Ambos lo asociaron a la buena fortuna y a un futuro brillante y prometedor para su única hija.

Sólo que Petra, a medida que crecía, no lo veía de esa forma.

— ¡Ahí viene la Zanahoria! – se burlaban los niños de su barrio, en un remoto pueblito de la Muralla Rose.

— ¡Pelo de Zanahoria!

— ¡No soy una zanahoria! ¡Mi cabello es así! – se defendía la pequeña entre sollozos. Para ella era una maldición ser tan destacable por motivos de mofa y vergüenza. A pesar de ser una belleza, era su cabellito de altos tonos naranja lo que resaltaba más en ella, pero en vez de ser algo que admirara a los demás y por lo que se la considerara única, era el motivo de su escarnio. Veía que otras niñas eran rubias, morenas o castañas, siendo ella la única pelirroja… ¡¿por qué ella tenía que ser diferente?!

Por lo menos agradecía no estar pasada de peso, porque si no pasaría de ser una zanahoria a una calabaza.

Y como era de esperarse, por esa razón, odiaba comer zanahorias. Tenía miedo de que el color de esas hortalizas se trasladara a su odiada cabellera. Además, siempre la llevaba corta y cuando podía, cubierta por un pañuelo, pero eso no hacía que cesaran las burlas. Siempre era Pelo de Zanahoria.

Cuando cumplió 10 años, los niños del barrio se acercaron amistosamente a ella para limar asperezas y dar lugar a muchos juegos y festejos con motivo del cumpleaños de la niña. Petra aceptó encantada, feliz de poder al fin tener amigos que no hicieran comentarios hirientes sobre su cabello y las verduras. Pero todo había sido una trampa para llevarla hasta la plaza del pueblo y estampar su cara contra un gran pastel de zanahoria que tenían preparado para ella.

— ¡Ahora sí eres una zanahoria gigante! – se pitorreaban.

A lo lejos, un jovencito de afilados ojos azules observaba el triste espectáculo con indiferencia.

Sumida en el llanto, la chiquilla llegó a su casa y se encerró en el baño ante la mirada preocupada de los padres, quienes quedaron perplejos al verla en tal estado de desesperación y cubierta de pastel. Aunque en el fondo sospechaban qué había sucedido.

Intentaron en vano consolarla desde el otro lado de la puerta y para cuando su hija decidió abrirles, casi se caen para atrás. Pues Petra, presa de la angustia y la frustración en su propio cumpleaños, tomó unas tijeras y se dispuso a cortar su cabello mechón por mechón... ahora su cabellito anaranjado estaba cortado al ras. Se negó a cenar con ellos y se acuarteló en su habitación.

Días después, la niña salió a hacer unas compras, cuando, de regreso, escuchó que alguien le chistaba desde un callejón. Temiendo que fuera algún delincuente, apuró el paso.

— ¡Oi, mocosa! – escuchó que la llamaban – No te haré nada.

Petra giró para encontrarse, aterrorizada, con Levi Ackerman, el ladrón más temido de la Muralla Rose. A su vez, el adolescente era sobrino de Kenny el Destripador, el matón más peligroso de las Murallas. Si hasta decían que tenía tratos con la Policía Militar y el Gobierno, y que, por eso, nunca lo detenían o lo buscaban siquiera. Y lo mismo iba para su familia, que vendría a ser ese sujeto inadaptado.

— ¡No tengo nada! – se apresuró a chillar Petra – ¡Sólo unas pocas verduras! ¡No traigo dinero conmigo!

— No voy a robarte. – le dijo el otro con cierto pesar, como si le calara hondo que ella lo acusara directamente de algo que, al fin y al cabo, vivía haciendo – Sólo quería saber por qué te pelaste.

Ante esas palabras, el semblante de terror de Petra pasó a ser de odio.

— ¡¿Y para qué quieres saber?! – le increpó – ¡Lo viste por ti mismo ese día!

— Sí, lo vi. – admitió él – Y déjame decirte algo: no puedes ir acomplejada por la vida sólo por el color de tu cabello. ¿A quién le importa si pareces una zanahoria o un jodido tomate?

— ¿Acaso viniste a darme consejos de autoayuda? – le espetó la pelirroja – Eres sólo un vil ladrón, no debería tomar en serio nada de lo que dices.

Levi se ofendió, pero decidió seguir insistiendo.

— Pues comportándote así, sólo demuestras que eres débil y de paso les das la razón a esos mocosos. – señaló – Deberías replantear mejor tus reacciones y tu modo de actuar.

— Pero...

— Además, ni sabes por qué soy ladrón, así que no hables sin saber.

— Deja de justificarte. – se enojó ella – En ese caso, tú también eres tan débil como yo por tomar ese camino.

— Tsk, me acercó a ti con buenas intenciones y me sales venenosa, mocosa. – resopló Levi – Pero sólo quiero que sepas que si te dejas vencer por unos niños de mierda y algo tan tonto como el color del cabello, la vida te engullirá entera. Tienes que aprender de estas cosas y sacarle el jugo.

— ¿Por qué me dices todo esto? – preguntó Petra.

— No sé... me nació de repente querer hablar contigo. – farfulló él con un ligero sonrojo – Además, creo que me he visto reflejado en ti; también me molestaban mucho por no ser alto y mírame ahora, todos me tienen miedo. Tuve que aprender a la mala... pero tú estás a tiempo de ser mejor.

Petra se estremeció ante la perspectiva de convertirse en una delincuente en caso de seguir su consejo. Pero lo hizo a un lado y suspiró.

— Yo...

— Además, me gustaba tu cabello. – agregó Levi sin mirarla – Cada vez que lo miraba, hacía que tuviera una sensación agradable en el paladar, como mermelada de naranja...

— La mermelada de naranja es un asco.

— Pero a mí me gusta.

Petra desvió la conversación nuevamente hacia el consejo extraño que le había dado el azabache.

— Supongo que no está mal lo que dices... gracias.

— Ni lo digas... bueno... feliz cumpleaños por atrasado... – y antes de que la niña le pudiera decir algo, se alejó rápidamente entre los callejones y el gentío.

Petra volvió a su hogar reflexionando sobre la conversación que había tenido con el ladronzuelo. Se quitó el pañuelo con el que envolvía su casi pelada cabeza, divisando en el espejo cómo los mechones anaranjados amenazaban con crecer velozmente, como verduras... como las zanahorias. Petra sonrió y se prometió que dejaría que las zanahorias crecieran, más coloridas aún que antes.


Años más tarde, y estando los dos en la Legión de Reconocimiento como capitán y subordinada, tuvieron un momento para recordar esa época luego de reencontrarse.

— Veo que dejaste que las zanahorias crecieran. – observó Levi apareciendo de repente, contemplando su cabeza anaranjada con las hebras cobrizas bailando al viento. Ella se sonrojó al reconocerlo.

— ¡Levi! ¡Ahora eres mi capitán! – chilló avergonzada – Perdóname por haber sido tan hostil contigo esa vez. Yo...

— No digas nada, al fin y al cabo, tenías razón. – le dijo él agitando la mano, sin darle importancia al asunto – Pasaron muchas cosas para que al final llegara aquí. – la miró a los ojos – ¿Y a ti cómo te fue?

— Nunca más me molestaron luego de las patadas que les propiné a la semana. – le explicó ella riendo – Debo darte las gracias por sacar ese lado que ahora exploto como soldado.

Levi le dedicó una sonrisa tímida. Permanecieron un rato en silencio.

— El sábado es tu cumpleaños, ¿verdad? – le preguntó. Pero ya lo sabía.

— Sí, pero como recién nos acomodamos y hay mucha actividad, sólo el domingo podré ir a pasarlo en casa.

— Bien...

— Bueno, creo que es mi turno para darle de comer a los caballos antes de que anochezca. – comenzó a despedirse la pelirroja.

— Petra, espera. – la atajó el azabache – Entonces me gustaría saber si tienes un tiempo el sábado para que salgamos a algún lugar... al que tú quieras. – le pidió. Se notaba que era algo con lo que había fantaseado desde hacía mucho tiempo.

— Claro que sí, capitán. – respondió ella con las mejillas arreboladas – Hace poco abrió una casa de té en Trost, que nos queda más cerca. Dicen que sirven todo tipo de bebidas calientes...

— Bien. – suspiró el capitán, luego la miró a los ojos para decirle – Tal vez pida algo con mermelada de naranja. O un pastel de zanahoria... ¿qué te parece?

— Me parece bien. – concordó Petra, siguiéndole el juego – Así no andas pensando en comer mi cabello.

— Créeme que es algo que estoy tentado a hacer ahora mismo. – replicó él con intensidad. Antes de que ella pudiera decir algo coherente, se despidió – Nos vemos el sábado entonces, para festejar tu cumpleaños los dos. – se dio la vuelta – Y no me llames capitán, es una orden, Ral – y se fue tan rápido como apareció.

Petra suspiró, divertida y aún sorprendida por ese reencuentro tan gratificante. Se puso en marcha hacia las caballerizas pensando que no la pasaría nada mal en su cumpleaños con Levi, rodeados de té, pastel de zanahoria y mermelada de naranja.