Disclaimer: Harry Potter es propiedad de J.K Rowling


Me gustaría agradecer a todos aquellos que le han dado a fav y a follow a esta historia. Me sorprende la cantidad en solamente 14 horas (que es cuando estoy escribiendo esto). Nada más y nada menos que 52 favs y 46 follows.

En fin, espero que os guste.


Remus abrió el libro, frunciendo el ceño al leer el título del primer capítulo.

La Mansión de los Ryddle.

La sala se quedó en silencio unos segundos. Ginny, en particular, tenía la mirada perdida, recordando a Tom Ryddle. Harry, a su lado, le apretó la mano, en señal de apoyo.

Los aldeanos de Pequeño Hangleton seguían llamándola «la Mansión de los Ryddle» aunque hacía ya muchos años que los Ryddle no vivían en ella.

—Creía que Voldemort vivía en un orfanato muggle —dijo Will confuso—. O al menos eso decía el segundo libro.

—Al parecer, el padre de Tom Ryddle abandono a su esposa cuando estaba embarazada de él —respondió Dumbledore—. Consiguió dar a luz en el orfanato y murió poco después.

—Vaya... ahora que escucho eso, no puedo evitar sentir algo de pena por ellos —comentó Lily.

—No deberías, tía Lily —dijo Alan—. La madre de Voldemort tenía drogado a su marido a basa de pociones de amor. Eso saldrá en los libros.

Erigida sobre una colina que dominaba la aldea, tenía cegadas con tablas algunas ventanas, al tejado le faltaban tejas y la hiedra se extendía a sus anchas por la fachada. En otro tiempo había sido una mansión hermosa y, con diferencia, el edificio más señorial y de mayor tamaño en un radio de varios kilómetros, pero ahora estaba abandonada y ruinosa, y nadie vivía en ella.

—Hombre, es que si alguien viviese en esa mansión como esta ahora, sería un tipo muy raro —dijo Regulus.

En Pequeño Hangleton todos coincidían en que la vieja mansión era siniestra. Medio siglo antes había ocurrido en ella algo extraño y horrible, algo de lo que todavía gustaban hablar los habitantes de la aldea cuando los temas de chismorreo se agotaban. Habían relatado tantas veces la historia y le habían añadido tantas cosas, que nadie estaba ya muy seguro de cuál era la verdad.

Eso despertó la curiosidad de varios, aunque parecían tener una idea de qué había ocurrido.

Todas las versiones, no obstante, comenzaban en el mismo punto: cincuenta años antes, en el amanecer de una soleada mañana de verano, cuando la Mansión de los Ryddle aún conservaba su imponente apariencia, la criada había entrado en la sala y había hallado muertos a los tres Ryddle.

La mirada de muchos se ensombreció. Parecía que la mayoría habían supuesto justamente eso.

La mujer había bajado corriendo y gritando por la colina hasta llegar a la aldea, despertando a todos los que había podido.

—¡Están allí echados con los ojos muy abiertos! ¡Están fríos como el hielo! ¡Y llevan todavía la ropa de la cena!

—Ropa de la cena —repitió Ron, sacudiendo la cabeza—. ¿De verdad tenían ropa para cenar?

Llamaron a la policía, y toda la aldea se convirtió en un hervidero de curiosidad, de espanto y de emoción mal disimulada. Nadie hizo el menor esfuerzo en fingir que le apenaba la muerte de los Ryddle, porque nadie los quería. El señor y la señora Ryddle eran ricos, esnobs y groseros, aunque no tanto como Tom, su hijo ya crecido.

—Oh, vaya... no sé porque, pero los Ryddle, ahora mismo, me recuerdan un poco a los Malfoy —dijo Hermione. Sus amigos le dieron la razón

Los aldeanos se preguntaban por la identidad del asesino, porque era evidente que tres personas que gozan, aparentemente, de buena salud no se mueren la misma noche de muerte natural.

—Aunque no es lo mismo si es un asesinato realizado por un mago —señaló Remus.

—Recuerdo que cuando era pequeña vi que en el periódico habían publicado un artículo sobre un triple asesinato —dijo McGonagall en ese momento—. Aunque no recuerdo si atraparon al culpable...

—Creo recordar que si lo hicieron —gruñó Moody—. Fue un tal... —Moody frunció el ceño mientras trataba de recordar el nombre de ese tipo. Aunque aquello ocurrió cuando era joven, y no recordaba muy bien los detalles.

—Fue un tal Morfin Gaunt —dijo Dumbledore suavemente. Se quedó en silencio unos segundos, considerando si debía revelarles esa información, o guardársela para más adelante. Al final decidió comentarla—. Se trataba del hermano mayor de la madre de Tom Ryddle, es decir su tío.

El Ahorcado, que era como se llamaba la taberna de la aldea,

—Un nombre cojonudo —bufó Bill.

hizo su agosto aquella noche, ya que todo el mundo acudió para comentar el triple asesinato. Para ello habían dejado el calor de sus hogares, pero se vieron recompensados con la llegada de la cocinera de los Ryddle, que entró en la taberna con un golpe de efecto y anunció a la concurrencia, repentinamente callada, que acababan de arrestar a un hombre llamado Frank Bryce.

—¿Quién?

—¿Qué tal si dejas que Remus siga leyendo, cariño? —dijo Lily.

—¡Frank! —gritaron algunos —. ¡No puede ser!

Frank Bryce era el jardinero de los Ryddle y vivía solo en una humilde casita en la finca de sus amos. Había regresado de la guerra con la pierna rígida y una clara aversión a las multitudes y a los ruidos fuertes. Desde entonces, había trabajado para los Ryddle.

Varios de los presentes se apresuraron a pedir una bebida para la cocinera, y todos se dispusieron a oír los detalles.

—Siempre pensé que era un tipo raro —explicó la mujer a los lugareños, que la escuchaban expectantes, después de apurar la cuarta copa de jerez—. Era muy huraño. Debo de haberlo invitado cien veces a una copa, pero no le gustaba el trato con la gente, no señor.

—Hombre, teniendo cuenta de que estuvo en una guerra... —comentó Jake.

—Bueno —dijo una aldeana que estaba junto a la barra—, el pobre Frank lo pasó mal en la guerra, y le gusta la tranquilidad. Ése no es motivo para...

—¿Y quién aparte de él tenía la llave de la puerta de atrás?

—Visto así, es normal que duden de él —dijo Percy—. O al menos que duden de él los muggles.

—la interrumpió la cocinera levantando la voz —. ¡Siempre ha habido un duplicado de la llave colgado en la casita del jardinero, que yo recuerde! ¡Y anoche nadie forzó la puerta! ¡No hay ninguna ventana rota! Frank no tuvo más que subir hasta la mansión mientras todos dormíamos...

Los aldeanos intercambiaron miradas sombrías.

—Siempre pensé que había algo desagradable en él, desde luego —dijo, gruñendo, un hombre sentado a la barra.

—Y con siempre se refiere a que lo acaba de pensar —dijo Charlie.

—La guerra lo convirtió en un tipo raro, si os interesa mi opinión —añadió el dueño de la taberna.

—No, no nos interesa.

—Te dije que no me gustaría tener a Frank de enemigo. ¿A que te lo dije, Dot? —apuntó, nerviosa, una mujer desde el rincón.

—Horroroso carácter —corroboró Dot, moviendo con brío la cabeza de arriba abajo—. Recuerdo que cuando era niño...

A la mañana siguiente, en Pequeño Hangleton, a nadie le cabía ninguna duda de que Frank Bryce había matado a los Ryddle.

Sirius gruñó. Le parecía increíble como la gente cambiaba tan rápido de opinión de un momento a otro. Seguramente cuando él fue encarcelado, paso algo similar con sus amigos y conocidos.

Pero en la vecina ciudad de Gran Hangleton, en la oscura y sórdida comisaría, Frank repetía tercamente, una y otra vez, que era inocente y que la única persona a la que había visto cerca de la mansión el día de la muerte de los Ryddle había sido un adolescente, un forastero de piel clara y pelo oscuro.

La gente en la sala se miró. ¿Habría sido ese chico el autor de los asesinatos? Además, la vaga descripción se les hacía conocida...

Nadie más en la aldea había visto a semejante muchacho, y la policía tenía la convicción de que eran invenciones de Frank.

Entonces, cuando las cosas se estaban poniendo peor para él, llegó el informe forense y todo cambió.

—Normal —dijo Eli en un susurro. Si el asesinato había sido producido por un mago, los métodos muggles no encontrarán rastro alguno en los cuerpos.

La policía no había leído nunca un informe tan extraño. Un equipo de médicos había examinado los cuerpos y llegado a la conclusión de que ninguno de los Ryddle había sido envenenado, ahogado, estrangulado, apuñalado ni herido con arma de fuego y, por lo que ellos podían ver, ni siquiera había sufrido daño alguno. De hecho, proseguía el informe con manifiesta perplejidad, los tres Ryddle parecían hallarse en perfecto estado de salud,

—Quitando el hecho que son unos fiambres —apuntó Will.

—¡Will!

pasando por alto el hecho de que estaban muertos. Decididos a encontrar en los cadáveres alguna anormalidad, los médicos notaron que los Ryddle tenían una expresión de terror en la cara; pero, como dijeron los frustrados policías, ¿quién había oído nunca que se pudiera aterrorizar a tres personas hasta matarlas?

Varios se preguntaron que habían visto u oído los Ryddle para poner esa expresión. Dumbledore, en particular, se preguntaba si Voldemort habría revelado su verdadera identidad a su padre y a sus abuelos antes de acabar con ellos.

Como no había la más leve prueba de que los Ryddle hubieran sido asesinados, la policía no tuvo más remedio que dejar libre a Frank. Se enterró a los Ryddle en el cementerio de Pequeño Hangleton, y durante una temporada sus tumbas siguieron siendo objeto de curiosidad. Para sorpresa de todos y en medio de un ambiente de desconfianza, Frank Bryce volvió a su casita en la mansión.

—Bueno, si es el único lugar que tiene que vivir, no es que tenga mucha opción —dijo Emily.

—Para mí él fue el que los mató, y me da igual lo que diga la policía — sentenció Dot en El Ahorcado

—Por supuesto, Dot. Tú sabes mucho más que los expertos que trabajan en ese campo —dijo Holly, poniendo los ojos en blanco.

—. Y, sabiendo que sabemos que fue él, si tuviera un poco de vergüenza se iría de aquí.

Pero Frank no se fue. Se quedó cuidando el jardín para la familia que habitó a continuación en la Mansión de los Ryddle, y luego para los siguientes inquilinos, porque nadie permaneció mucho tiempo allí. Quizá era en parte a causa de Frank por lo que cada nuevo propietario aseguró que se percibía algo horrendo en aquel lugar, el cual, al quedar deshabitado, fue cayendo en el abandono.

—Esto cada vez suena más a peli de terror —dijo Will.

El potentado que en aquellos días poseía la Mansión de los Ryddle no vivía en ella ni le daba uso alguno; en el pueblo se comentaba que la había adquirido por «motivos fiscales», aunque nadie sabía muy bien cuáles podían ser esos motivos. Sin embargo, el potentado continuó pagando a Frank para que se encargara del jardín. A punto de cumplir los setenta y siete años, Frank estaba bastante sordo y su pierna rígida se había vuelto más rígida que nunca, pero todavía, cuando hacía buen tiempo, se lo veía entre los macizos de flores haciendo un poco de esto y un poco de aquello, si bien la mala hierba le iba ganando la partida.

Pero la mala hierba no era lo único contra lo que tenía que pelear Frank.

Los niños de la aldea habían tomado la costumbre de tirar piedras a las ventanas de la Mansión de los Ryddle, y pasaban con las bicicletas por encima del césped que con tanto esfuerzo Frank mantenía en buen estado. En una o dos ocasiones habían entrado en la casa a raíz de una apuesta. Sabían que el viejo jardinero profesaba veneración a la casa y a la finca, y les divertía verlo por el jardín cojeando, blandiendo su cayado y gritándoles con su ronca voz.

Los adultos de la sala fruncieron el ceño. Daba igual que la gente de por ahí creyesen que Frank era un asesino. Igualmente no deberían dejar que los niños hicieran esas tonterías en propiedades privadas.

Frank, por su parte, pensaba que los niños querían castigarlo porque, como sus padres y abuelos, creían que era un asesino.

—No, creo que simplemente quieren molestarle —dijo Ginny.

Así que cuando se despertó una noche de agosto y vio algo raro arriba en la vieja casa,

Algunos se miraron. Parecía que alguien había entrado en la casa. Mientras Harry, se revolvió en su sitio, ligeramente incómodo. Creía saber que era todo eso.

dio por supuesto que los niños habían ido un poco más lejos que otras veces en su intento de mortificarlo.

Lo que lo había despertado era su pierna mala, que en su vejez le dolía más que nunca. Se levantó y bajó cojeando por la escalera hasta la cocina, con la idea de rellenar la botella de agua caliente para aliviar la rigidez de la rodilla.

De pie ante la pila, mientras llenaba de agua la tetera, levantó la vista hacia la Mansión de los Ryddle y vio luz en las ventanas superiores. Frank entendió de inmediato lo que sucedía: los niños habían vuelto a entrar en la Mansión de los Ryddle y, a juzgar por el titileo de la luz, habían encendido fuego.

—Dudo que sean los niños —dijo Molly.

—Bueno, Molly, con los niños uno nunca sabe... —susurró Arthur. Aunque él también creía que no era cosa de los niños de la aldea.

Frank no tenía teléfono y, de todas maneras, desconfiaba de la policía desde que se lo habían llevado para interrogarlo por la muerte de los Ryddle.

Así que dejó la tetera y volvió a subir la escalera tan rápido como le permitía la pierna mala; regresó completamente vestido a la cocina, y cogió una llave vieja y herrumbrosa del gancho que había junto a la entrada. Tomó su cayado, que estaba apoyado contra la pared, y salió de la casita en medio de la noche.

Varios se sintieron tentados en decirle que no fuese, pero no lo hicieron.

La puerta principal de la Mansión de los Ryddle no mostraba signo alguno de haber sido forzada, ni tampoco ninguna de las ventanas.

—Magia —susurró Lily. Estaba claro que los intrusos eran magos.

Frank fue cojeando hacia la parte de atrás de la casa hasta llegar a una entrada casi completamente cubierta por la hiedra, sacó la vieja llave, la introdujo en la cerradura y abrió la puerta sigilosamente.

Penetró en la cavernosa cocina. A pesar de que hacia años que Frank no pisaba en ella y de que la oscuridad era casi total, recordaba dónde se hallaba la puerta que daba al vestíbulo y se abrió camino hacia ella a tientas, mientras percibía el olor a decrepitud y aguzaba el oído para captar cualquier sonido de pasos o de voces que viniera de arriba. Llegó al vestíbulo, un poco más iluminado gracias a las amplias ventanas divididas por parteluces que flanqueaban la puerta principal, y comenzó a subir por la escalera, dando gracias a la espesa capa de polvo que cubría los escalones porque amortiguaba el ruido de los pies y del cayado.

En el rellano, Frank torció a la derecha y vio de inmediato dónde se hallaban los intrusos: al final del corredor había una puerta entornada, y una luz titilante brillaba a través del resquicio, proyectando sobre el negro suelo una línea dorada. Frank se fue acercando pegado a la pared, con el cayado firmemente asido. Cuando se hallaba a un metro de la entrada distinguió una estrecha franja de la estancia que había al otro lado.

Varios tragaron saliva.

Pudo ver entonces que estaba encendido el fuego en la chimenea, cosa que lo sorprendió. Se quedó inmóvil y escuchó con toda atención, porque del interior de la estancia llegaba la voz de un hombre que parecía tímido y acobardado.

—Queda un poco más en la botella, señor, si seguís hambriento.

Eso hizo que varios fruncieran el ceño. Otros parecían intuir la identidad de los intrusos, o al menos la de uno de ellos.

—Luego —dijo una segunda voz. También ésta era de hombre, pero extrañamente aguda y tan fría como una repentina ráfaga de viento helado. Algo tenía aquella voz que erizó los escasos pelos de la nuca de Frank—. Acércame más al fuego, Colagusano.

—¡Peter! —exclamaron los Merodeadores, recordando a su viejo ex-amigo.

—Si Peter esta ahí, el otro solamente puede ser... —Sally dejó en el aire la frase que estaba diciendo. Era demasiado malo como para comentarlo.

Frank volvió hacia la puerta su oreja derecha, que era la buena. Oyó que posaban una botella en una superficie dura, y luego el ruido sordo que hacía un mueble pesado al ser arrastrado por el suelo. Frank vislumbró a un hombre pequeño que, de espaldas a la puerta, empujaba una butaca para acercarla a la chimenea. Vestía una capa larga y negra, y tenía la coronilla calva.

Enseguida volvió a desaparecer de la vista.

—¿Dónde está Nagini? —dijo la voz fría.

—¿Quién será Nagini? —preguntó Ron.

—Ni idea —respondió Hermione—. ¿Otro mago?

—No, no es un mago —susurró Harry, recordando al animal que había visto en su sueño.

—No... no lo sé, señor —respondió temblorosa la primera voz —. Creo que ha ido a explorar la casa...

—Tendrás que ordeñarla antes de que nos retiremos a dormir, Colagusano

—¿Ordeñarla? Entonces, ¿se trata de un animal? —preguntó Neville.

—Eso parece. Pero, ¿qué tipo de animal? —dijo Luna.

—dijo la segunda voz—. Necesito tomar algo de alimento por la noche. El viaje me ha fatigado mucho.

Frunciendo el entrecejo, Frank acercó más la oreja buena a la puerta. Hubo una pausa, y tras ella volvió a hablar el hombre llamado Colagusano.

—Señor , ¿puedo preguntar cuánto tiempo permaneceremos aquí?

—Una semana —contestó la fría voz —. O tal vez más.

—Me pregunto si todavía permanecen ahí —murmuró Tonks—. Aunque tampoco sabemos si esto ocurre ahora, o ocurrió en el pasado.

Este lugar es cómodo dentro de lo que cabe, y todavía no podemos llevar a cabo el plan. Sería una locura hacer algo antes de que acaben los Mundiales de quidditch.

—Entonces es probable que este ocurriendo ahora —dijo Charlie—. Bueno, ahora ahora, no. No me refiero a que ocurre en esta época...

Frank se hurgó la oreja con uno de sus nudosos dedos. Sin duda debido a un tapón de cera, había oído la palabra «quidditch», que no existía.

—Sí. Sí que existe.

—Ron, es un muggle. Él no sabe de que están hablando.

—¿Los... los Mundiales de quidditch, señor? —preguntó Colagusano. Frank se hurgó aún con más fuerza —. Perdonadme, pero... no comprendo. ¿Por qué tenemos que esperar a que acaben los Mundiales?

—Porque en este mismo momento están llegando al país magos provenientes del mundo entero, idiota, y todos los mangoneadores del Ministerio de Magia estarán al acecho de cualquier signo de actividad anormal, comprobando y volviendo a comprobar la identidad de todo el mundo. Estarán obsesionados con la seguridad, para evitar que los muggles se den cuenta de algo. Por eso tenemos que esperar.

—Cierto... si se mueven ahora los pillarán —dijo Reg.

Frank desistió de intentar destaponarse el oído. Le habían llegado con toda claridad las palabras «magos», «muggles» y «Ministerio de Magia».

—El pobre debe de estar confundido con tantas palabras extrañas para él —dijo Neville.

—Bueno, la palabra "magia" y sus derivados no son tan extrañas para los muggles —señaló Hermione—. Pero desde luego no son palabras que usarías en una conversación diaria.

Evidentemente, cada una de aquellas expresiones tenía un significado secreto, y Frank pensó que sólo había dos tipos de personas que hablaran en clave: los espías y los criminales.

Tiene más razón de lo que se imagina pensaron algunos.

Así pues, aferró el cayado y aguzó el oído.

—¿Debo entender que Su Señoría está decidido? —preguntó Colagusano en voz baja.

—Desde luego que estoy decidido, Colagusano. —Ahora había un tono de amenaza en la fría voz.

Siguió una ligera pausa, y luego habló Colagusano. Las palabras se le amontonaron por la prisa, como si quisiera acabar de decir la frase antes de que los nervios se lo impidieran:

—Se podría hacer sin Harry Potter, señor.

Eso puso en alerta a los padres del joven. No sabían que quería Voldemort de Harry, pero claramente no sería algo bueno.

—Vaya sorpresa —murmuró Harry sarcásticamente.

Hubo otra pausa, ahora más prolongada, y luego se escuchó musitar a la segunda voz:

—¿Sin Harry Potter? Ya veo...

—¡Señor, no lo digo porque me preocupe el muchacho! —exclamó Colagusano,

Los padres del mencionado gruñeron. Como pillasen a Peter...

alzando la voz hasta convertirla en un chillido—. El chico no significa nada para mí, ¡nada en absoluto! Sólo lo digo porque si empleáramos a otro mago o bruja, el que fuera, se podría llevar a cabo con más rapidez. Si me permitierais ausentarme brevemente (ya sabéis que se me da muy bien disfrazarme),

—Su mejor talento —gruñó Percy. En parte se sentía culpable por todo lo ocurrido el año pasado. Había sido él quien había encontrado a Scabbers en el jardín y le había pedido a sus padres que le permitiesen quedarse con ella.

podría regresar dentro de dos días con alguien apropiado.

—Podría utilizar a cualquier otro mago —dijo con suavidad la segunda voz —, es cierto...

—Así que necesita a Harry para algo, pero no necesariamente tiene que ser él —murmuró Hermione pensativamente.

—Pero Voldemort esta empeñado que sea mi hermano —señaló Holly—. Pero, ¿por qué?

¿Tendrá algo que ver con la protección que le otorgó Lily al sacrificarse? pensó Dumbledore, mirando analíticamente al adolescente.

—Muy sensato, señor —añadió Colagusano, que parecía sensiblemente aliviado

—Ahora no actúes como si estuvieras feliz, Pettigrew —gruñó Sirius.

—. Echarle la mano encima a Harry Potter resultaría muy difícil. Está tan bien protegido...

—¿O sea que te prestas a ir a buscar un sustituto? Me pregunto si tal vez... la tarea de cuidarme se te ha llegado a hacer demasiado penosa, Colagusano. ¡Quién sabe si tu propuesta de abandonar el plan no será en realidad un intento de desertar de mi bando!

—Conociéndolo no me extrañaría lo más mínimo —gruñó James.

—¡Señor! Yo... yo no tengo ningún deseo de abandonaros, en absoluto.

—Hasta que las cosas se compliquen, por supuesto —dijo Will.

—¡No me mientas! —dijo la segunda voz entre dientes —. ¡Sé lo que digo, Colagusano! Lamentas haber vuelto conmigo. Te doy asco. Veo cómo te estremeces cada vez que me miras, noto el escalofrío que te recorre cuando me tocas...

—¡No! Mi devoción a Su Señoría...

—Su devoción es simplemente cobardía —dijo Harry.

—Tu devoción no es otra cosa que cobardía.

Harry parpadeo.

—¿A-acabo de decir lo mismo que Voldemort? —preguntó con un leve tartamudeo, esperando que los demás le dijesen que no.

—No. No lo has hecho —respondió Ginny. Harry respiró aliviado. Solamente se lo había imaginado—. Has dicho algo similar.

—No quería oír eso —gruñó Harry.

No estarías aquí si tuvieras otro lugar al que ir. ¿Cómo voy a sobrevivir sin ti, cuando necesito alimentarme cada pocas horas? ¿Quién ordeñará a Nagini?

—¿Nagini es una vaca? —dijo Fred.

—O una cabra —añadió George.

Todos se quedaron en silencio unos segundos, imaginando al poderoso mago oscuro, lord Voldemort, yendo a todas partes con una vaca pastando tranquilamente detrás suyo. La imagen era tan surrealista que varios rieron levemente.

—Pero ya estáis mucho más fuerte, señor.

—Mentiroso —musitó la segunda voz —. No me encuentro más fuerte, y unos pocos días bastarían para hacerme perder la escasa salud que he recuperado con tus torpes atenciones.

—Entonces... si Pettigrew se aparta de su lado, Voldemort estaría más débil, ¿no? —señaló Emily.

—Así es —asintió Dumbledore—. Pero no será su fin. Al fin y al cabo ha sobrevivido todos estos años por su cuenta.

¡Silencio!

Colagusano, que había estado barbotando incoherentemente, se calló al instante. Durante unos segundos, Frank no pudo oír otra cosa que el crepitar de la hoguera. Luego volvió a hablar el segundo hombre en un siseo que era casi un silbido.

—Tengo mis motivos para utilizar a ese chico, como te he explicado, y no usaré a ningún otro. He aguardado trece años. Unos meses más darán lo mismo. Por lo que respecta a la protección que lo rodea, estoy convencido de que mi plan dará resultado.

—¿Plan? —murmuró Dumbledore pensativamente. Solamente habían dos sitios donde habían protecciones para proteger a Harry. Una era la casa de sus tíos, en Privet Drive. El otro era Hogwarts. Harry ya estaba en La Madriguera, así que eso significaba que si Voldemort planeaba algo para atrapar a Harry, sería allí.

Lo único que se necesita es un poco de valor por tu parte... Un valor que estoy seguro de que encontrarás, a menos que quieras sufrir la ira de lord Voldemort.

—¡Señor, dejadme hablar! —dijo Colagusano con una nota de pánico en la voz —. Durante el viaje le he dado vueltas en la cabeza al plan... Señor, no tardarán en darse cuenta de la desaparición de Bertha Jorkins

Tonks frunció el ceño.

—¿Ellos han tenido que ver con la desaparición de Bertha? —murmuró Arthur.

. Y, si seguimos adelante, si yo echo la maldición...

—¿«Si»? —susurró la otra voz—. Si sigues el plan, Colagusano, el Ministerio no tendrá que enterarse de que ha desaparecido nadie más. Lo harás discretamente, sin alboroto. Ya me gustaría poder hacerlo por mí mismo, pero en estas condiciones... Vamos, Colagusano, otro obstáculo menos y tendremos despejado el camino hacia Harry Potter. No te estoy pidiendo que lo hagas solo. Para entonces, mi fiel vasallo se habrá unido a nosotros.

—¿De qué estarán hablando? —murmuró James.

—Ni idea. Pero parece ser que un tercero se unirá a ellos —gruñó Sirius.

—Yo también soy un vasallo fiel —repuso Colagusano con una levísima nota de resentimiento en la voz.

—Eso de fiel no estaría de más cuestionárselo —bufó Regulus.

—Colagusano, necesito a alguien con cerebro, alguien cuya lealtad no haya flaqueado nunca. Y tú, por desgracia, no cumples ninguno de esos requisitos.

Aunque fuese algo dicho por Voldemort, varios no pudieron evitar sonreír.

—Yo os encontré —contestó Colagusano, y esta vez había un claro tono de aspereza en su voz —. Fui el que os encontró, y os traje a Bertha Jorkins.

—Eso es verdad —admitió el segundo hombre, aparentemente divertido —. Un golpe brillante del que no te hubiera creído capaz, Colagusano. Aunque, a decir verdad, ni te imaginabas lo útil que nos sería cuando la atrapaste, ¿a que no?

—Seguramente cometió algún error y tuvo que traerla con él —dijo Sirius.

—Pen... pensaba que podía serlo, señor.

—Sí... ¿y qué más?

—Mentiroso —dijo de nuevo la otra voz con un regocijo cruel más evidente que nunca —. Sin embargo, no niego que su información resultó enormemente valiosa. Sin ella, yo nunca habría podido maquinar nuestro plan, y por eso recibirás tu recompensa, Colagusano. Te permitiré llevar a cabo una labor esencial para mí; muchos de mis seguidores darían su mano derecha por tener el honor de desempeñarla...

—¿De... de verdad, señor? —Colagusano parecía de nuevo aterrorizado

Eso puso en alerta a varios. Por la manera en que Voldemort hablaba... no parecía que fuese una simple frase hecha.

. ¿Y qué...?

—¡Ah, Colagusano, no querrás que te lo descubra y eche a perder la sorpresa! Tu parte llegará al final de todo... pero te lo prometo: tendrás el honor de resultar tan útil como Bertha Jorkins.

—Lo cuál, imagino, que no será muy útil.

—Vos... Vos... —La voz de Colagusano sonó repentina mente ronca, como si se le hubiera quedado la boca completamente seca —. Vos... ¿vais a matarme... también a mí?

—Estaría bien eso —gruñó Sally—. Pero dudo que pase.

—Colagusano, Colagusano —dijo la voz fría, que ahora había adquirido una gran suavidad—, ¿por qué tendría que matarte? Maté a Bertha porque tenía que hacerlo. Después de mi interrogatorio ya no servía para nada, absolutamente para nada. Y, sin duda, si hubiera vuelto al Ministerio con la noticia de que te había conocido durante las vacaciones, le habrían hecho unas preguntas muy embarazosas. Los magos que han sido dados por muertos deberían evitar encontrarse con brujas del Ministerio de Magia en las posadas del camino...

Varios suspiraron, exasperados. ¿De verdad Peter había sido tan idiota como para dejarse ver por una bruja del ministerio? Aunque también cabía la posibilidad que Peter no supiese quién era. Al fin y al cabo, el hombre llevaba técnicamente trece años muerto.

Colagusano murmuró algo en voz tan baja que Frank no pudo oírlo, pero lo que fuera hizo reír al segundo hombre: una risa completamente amarga, y tan fría como su voz.

—¿Que podríamos haber modificado su memoria? Es verdad, pero un mago con grandes poderes puede romper los encantamientos desmemorizantes, como te demostré al interrogarla

—Eso quiere decir que su memoria ya había estado alterada de antes —señaló Bill.

—Me pregunto quién lo haría —murmuró Charlie.

. Sería un insulto a su recuerdo no dar uso a la información que le sonsaqué, Colagusano.

Fuera, en el corredor, Frank se dio cuenta de que la mano que agarraba el cayado estaba empapada en sudor. El hombre de la voz fría había matado a una mujer,

—A muchas más personas, en realidad —señaló Ron con disgusto.

y hablaba de ello sin ningún tipo de remordimiento, con regocijo. Era peligroso, un loco. Y planeaba más asesinatos: aquel muchacho, Harry Potter, quienquiera que fuese, se hallaba en peligro.

Frank supo lo que tenía que hacer. Aquél era, sin duda, el momento de ir a la policía.

A pesar de saber que sería inútil, James y Lily no pudieron evitar sentir una oleada de simpatía por el anciano. A pesar de que la policía le desagradaba, iba a llamarla para evitar la muerte de su hijo.

Saldría sigilosamente de la casa e iría directo a la cabina telefónica de la aldea. Pero la voz fría había vuelto a hablar, y Frank permaneció donde estaba, inmóvil, escuchando con toda su atención.

Eso hizo que varios chasquearan sus lenguas. Ese muggle se estaba empezando a arriesgar demasiado.

—Una maldición más... mi fiel vasallo en Hogwarts... Harry Potter es prácticamente mío, Colagusano. Está decidido. No lo discutiremos más. Silencio... Creo que oigo a Nagini...

—Pero si ese hombre, Frank, no ha oído nada —señaló Eli, confundida.

Y la voz del segundo hombre cambió. Comenzó a emitir unos sonidos que Frank no había oído nunca; silbaba y escupía sin tomar aliento. Frank supuso que le estaba dando un ataque.

—Ojala... Pero no.

Y entonces Frank oyó que algo se movía detrás de él, en el oscuro corredor. Se volvió a mirar, y el terror lo paralizó.

Algo se arrastraba hacia él por el suelo y, cuando se acercó a la línea de luz, vio, estremecido de pavor, que se trataba de una serpiente

—Así que Nagini era una serpiente —dijo Fred—. No sé como no se me ha ocurrido.

—Y que lo digas. Encaja perfectamente en el perfil psicópata de Voldemort —asintió George.

gigante de al menos cuatro metros de longitud.

—Es... grande —mencionó Ginny con un hilo de voz.

Todos estaban preocupados por Frank, el muggle.

Horrorizado, Frank observó cómo su cuerpo sinuoso trazaba un sendero a través de la espesa capa de polvo del suelo, aproximándose cada vez más. ¿Qué podía hacer? El único lugar al que podía escapar era la habitación en la que dos hombres tramaban un asesinato

—Mal sitio.

, y, si se quedaba donde estaba, sin duda la serpiente lo mataría.

—Mal sitio.

Antes de que hubiera tomado una decisión, la serpiente había llegado al punto del corredor en que él se encontraba e, increíble, milagrosamente,

—Mágicamente.

—Lo hemos captado, Black —suspiró Daphne.

pasó de largo; iba siguiendo los sonido siseantes, como escupitajos, que emitía la voz al otro lado de la puerta y, al cabo de unos segundos, la punta de su cola adornada con rombos había desaparecido por el resquicio de la puerta.

Frank tenía la frente empapada en sudor, y la mano con que sostenía el cayado le temblaba. Dentro de la habitación, la iría voz seguía silbando, y a Frank se le ocurrió una idea extraña, una idea imposible: que aquel hombre era capaz de hablar con las serpientes.

—Improbable, más bien —señaló Lily.

No comprendía lo que pasaba. Hubiera querido, más que nada en el mundo, hallarse en su cama con la botella de agua caliente.

—Él y cualquiera en su situación —dijo Jake.

El problema era que sus piernas no parecían querer moverse.

De repente, mientras seguía allí temblando e intentando dominarse, la fría voz volvió a utilizar el idioma de Frank.

Nagini tiene interesantes noticias, Colagusano —dijo.

—¡Oh, no! —gimieron al darse cuenta de lo que pasaba. Voldemort se había dado cuenta de la presencia de Frank.

—¿De... de verdad, señor?

—Sí, de verdad —afirmó la voz —. Según Nagini, hay un muggle viejo al otro lado de la puerta, escuchando todo lo que decimos.

Frank no tuvo posibilidad de ocultarse. Oyó primero unos pasos, y luego la puerta de la habitación se abrió de golpe.

Un hombre bajo y calvo con algo de pelo gris, nariz puntiaguda y ojos pequeños y llorosos apareció ante él con una expresión en la que se mezclaban el miedo y la alarma.

—Invítalo a entrar, Colagusano. ¿Dónde está tu buena educación?

—Se la ha debido dejar en su forma de rata —gruñó Ron.

La fría voz provenía de la vieja butaca que había delante de la chimenea, pero Frank no pudo ver al que hablaba. La serpiente estaba enrollada sobre la podrida alfombra que había al lado del fuego, como una horrible parodia de perro hogareño.

—Y desde luego mucho menos tierno —dijo Harry.

Con una señal, Colagusano ordenó a Frank que entrara. Aunque todavía profundamente conmocionado, éste agarró el cayado con más fuerza y pasó el umbral cojeando.

La lumbre era la única fuente de luz en la habitación, y proyectaba sobre las paredes largas sombras en forma de araña. Frank dirigió la vista al respaldo de la butaca: el hombre que estaba sentado en ella debía de ser aún más pequeño que su vasallo, porque Frank ni siquiera podía vislumbrar la parte de atrás de su cabeza.

—¿Lo has oído todo, muggle? —dijo la fría voz.

—¿Cómo me ha llamado? —preguntó Frank desafiante,

James silbo.

—Hubiera sido un buen Gryffindor.

porque, una vez dentro y llegado el momento de hacer algo, se sentía más valiente. Así le había ocurrido siempre en la guerra.

—Te he llamado muggle —explicó la voz con serenidad —. Quiere decir que no eres mago.

—Y eso le explica muchas cosas —dijo Ginny con sarcasmo.

—No sé qué quiere decir con eso de mago —dijo Frank, con la voz cada vez más firme —. Todo lo que sé es que he oído cosas que merecerían el interés de la policía. ¡Usted ha cometido un asesinato y planea otros! Y le diré otra cosa —añadió, en un rapto de inspiración —: mi mujer sabe que estoy aquí, y si no he vuelto...

—No va a engañarlo —dijo Dumbledore con tristeza.

—Tú no tienes mujer —cortó la fría voz, muy suave—. Nadie sabe que estás aquí. No le has dicho a nadie que venías. No mientas a lord Voldemort, muggle, porque él sabe... él siempre sabe...

—Eso es muy creepy —murmuró Will.

—¿Es verdad eso? —respondió Frank bruscamente —. ¿Es usted un lord? Bien, no es que sus modales me parezcan muy refinados, milord. Vuélvase y dé la cara como un hombre. ¿Por qué no lo hace?

—Porqué es un Slytherin —dijo James, ganándose malas miradas de los Slytherin de la sala.

—Pero es que yo no soy un hombre, muggle —dijo la fría voz, apenas audible por encima del crepitar de las llamas—. Soy mucho, mucho más que un hombre.

—Menudos aires de grandeza que tiene —dijo Hermione.

Sin embargo... ¿por qué no? Daré la cara... Colagusano, ven a girar mi butaca.

El vasallo profirió un quejido.

—Ya me has oído, Colagusano.

Lentamente, con el rostro crispado como si prefiriera hacer cualquier cosa antes que aproximarse a su señor y a la alfombra en que descansaba la serpiente, el hombrecillo dio unos pasos hacia delante y comenzó a girar la butaca. La serpiente levantó su fea cabeza triangular y profirió un silbido cuando las patas del asiento se engancharon en la alfombra.

Y entonces Frank tuvo la parte delantera de la butaca ante sí y vio lo que había sentado en ella. El cayado se le resbaló al suelo con estrépito. Abrió la boca y profirió un grito. Gritó tan alto que no oyó lo que decía la cosa que había en el sillón mientras levantaba una varita. Vio un resplandor de luz verde y oyó un chasquido antes de desplomarse. Cuando llegó al suelo, Frank Bryce ya había muerto.

La sala se quedó en silencio unos segundos, asimilando lo que acababan de leer. Ese hombre, Frank Bryce, había muerto sin ningún motivo. Simplemente porque estaba ahí, en el lugar equivocado en el momento equivocado.

A trescientos kilómetros de distancia, un muchacho llamado Harry Potter se despertó sobresaltado.

—Fin del capítulo —anunció Remus.


Hola gente.

Bienvenidos al segundo capítulo, y primero del libro. La verdad es que escribir este capítulo ha sido un pelín raro. Más que nada porque ya tenía más de la mitad escrito desde hacía una semana, pero hasta hoy no me he dignado en terminarlo.

En fin, espero que os haya gustado.

Se despide,

Grytherin18-Friki.