Disclaimer: Harry Potter es propiedad de J.K. Rowling
Después de que el señor Weasley terminase de leer, hicieron una pausa para comer. No tardaron mucho en terminar, ya que la gran mayoría quería seguir con la lectura. Al fin y al cabo, ese era el primer libro que contaba acontecimientos que aún no habían ocurrido, y todos estaban ansiosos por descubrirlo.
—Muy bien —dijo Molly, una vez todos se hubiesen acomodado en sus sitios—. Supongo que me toca leer a mí... La invitación... Oh —las mejillas de la mujer se sonrojaron, recordando lo que Hermione le había contado sobre los sellos y el correo muggle.
Los tres Dursley ya se encontraban sentados a la mesa cuando Harry llegó a la cocina.
—Ya ni te avisan para desayunar —gruñó Lily.
—Ya estoy acostumbrado, la verdad —dijo Harry.
Ninguno de ellos levantó la vista cuando él entró y se sentó. El rostro de tío Vernon, grande y colorado, estaba oculto detrás de un periódico sensacionalista, y tía Petunia cortaba en cuatro trozos un pomelo, con los labios fruncidos contra sus dientes de conejo.
Dudley parecía furioso, y daba la sensación de que ocupaba más espacio del habitual, que ya es decir, porque él siempre abarcaba un lado entero de la mesa cuadrada. Cuando tía Petunia le puso en el plato uno de los trozos de pomelo sin azúcar con un temeroso «Aquí tienes, Dudley, cariñín», él la miró ceñudo.
—Espera, espera... ¡¿el cerdo mimado esta a dieta?! —exclamó James con asombro. Alan carraspeó—. Quiero decir... ¿tu primo está a dieta?
—Oh, sí —asintió Harry—. La enfermera de su escuela lo puso a dieta al terminar el pasado curso.
Su vida se había vuelto bastante más desagradable desde que había llegado con el informe escolar de fin de curso.
Como de costumbre, tío Vernon y tía Petunia habían lo grado encontrar disculpas para las malas notas de su hijo: tía Petunia insistía siempre en que Dudley era un muchacho de gran talento incomprendido por sus profesores, en tanto que tío Vernon aseguraba que no quería «tener por hijo a uno de esos mariquitas empollones».
—Claro, "abuelo" —dijo Alan—. Total, ¿para qué sirve estudiar? ¿Para tener un buen trabajo en el futuro? ¿Para no ser un inculto? Es mucho mejor quedarse sentado en un sofá gritando tonterías a las personas de la televisión. —Alan se frotó las sienes—. Adivinad que hacía después de jubilarse.
Tampoco dieron mucha importancia a las acusaciones de que su hijo tenía un comportamiento violento. («¡Es un niño un poco inquieto, pero no le haría daño a una mosca!», dijo tía Petunia con lágrimas en los ojos.)
Harry soltó un resoplido, tratando de aguantar la risa. La primera vez que había oído eso, a través del suelo de su habitación, creía que se ahogaba del ataque de risa que le entro.
Pero al final del informe había unos bien medidos comentarios de la enfermera del colegio que ni siquiera tío Vernon y tía Petunia pudieron soslayar. Daba igual que tía Petunia lloriqueara diciendo que Dudley era de complexión recia, que su peso era en realidad el propio de un niñito saludable,
—No, Petunia. Te pongas como te pongas, el peso de tu hijo no es nada saludable —dijo Lily.
y que estaba en edad de crecer y necesitaba comer bien:
—Comer bien. No comer como si una sola persona fuese un ejército hambriento.
el caso era que los que suministraban los uniformes ya no tenían pantalones de su tamaño.
—Desde luego tu primo ha engordado mucho, Harry —dijo Hermione con asombro.
La enfermera del colegio había visto lo que los ojos de tía Petunia (tan agudos cuando se trataba de descubrir marcas de dedos en las brillantes paredes de su casa o de espiar las idas y venidas de los vecinos) sencillamente se negaban a ver: que, muy lejos de necesitar un refuerzo nutritivo, Dudley había alcanzado ya el tamaño y peso de una ballena asesina joven.
—Desde luego, esa mujer en vez de estar tan pendiente sobre que hacen sus vecinos, debería de estar un poco más pendiente de su propia familia —dijo Sally.
Y de esa manera, después de muchas rabietas y discusiones que hicieron temblar el suelo del dormitorio de Harry
—Y no exagero —añadió Harry.
y de muchas lágrimas derramadas por tía Petunia, dio comienzo el nuevo régimen de comidas.
—Han tenido que venir unos terceros ha hacer lo que tendrían que haber hecho ellos como padres desde el principio —dijo Arthur, con un poco de disgusto en su voz.
Habían pegado a la puerta del frigorífico la dieta enviada por la enfermera del colegio Smeltings, y el frigorífico mismo había sido vaciado de las cosas favoritas de Dudley (bebidas gaseosas, pasteles, tabletas de chocolate y hamburguesas) y llenado en su lugar con fruta y verdura y todo aquello que tío Vernon llamaba «comida de conejo».
—Pues a lo mejor no tendríais que haberlo llenado de "comida de conejo" si hubieseis seguido una dieta equilibrada desde el principio, imbécil —gruñó Tonks.
Para que Dudley no lo llevara tan mal, tía Petunia había insistido en que toda la familia siguiera el régimen. En aquel momento le sirvió su trozo de pomelo a Harry, quien notó que era mucho más pequeño que el de Dudley.
Lily se mordió el labio para no gritar. No era solo que su hermana obligase a Harry a hacer dieta (que en realidad estaba agradecida de que su hijo comiese sano) sino que además le servía raciones más pequeñas. justo cuando era él quién necesitaba ganar peso.
A juzgar por las apariencias, tía Petunia pensaba que la mejor manera de levantar la moral a Dudley era asegurarse de que, por lo menos, podía comer más que Harry.
Pero tía Petunia no sabía lo que se ocultaba bajo la tabla suelta del piso de arriba. No tenía ni idea de que Harry no estaba siguiendo el régimen. En cuanto éste se había enterado de que tenía que pasar el verano alimentándose de tiras de zanahoria, había enviado a Hedwig a casa de sus amigos pidiéndoles socorro, y ellos habían cumplido maravillosamente:
—De verdad, me salvasteis la vida —dijo Harry.
—Sin problemas —sonrió Hermione mientras Ron asentía.
Hedwig había vuelto de casa de Hermione con una caja grande llena de cosas sin azúcar para picar (los padres de Hermione eran dentistas);
—No hay que descuidar tu higiene bucal, dice mi madre —dijo Hermione.
Hagrid, el guardabosque de Hogwarts, le había enviado una bolsa llena de bollos de frutos secos hechos por él (Harry ni siquiera los había tocado: ya había experimentado las dotes culinarias de Hagrid);
—Bueno, la intención es lo que cuenta —dijo Charlie.
en cuanto a la señora Weasley, le había enviado a la lechuza de la familia, Errol, con un enorme pastel de frutas y pastas variadas. El pobre Errol, que era viejo y débil, tardó cinco días en recuperarse del viaje.
—Anda que ya te vale mamá. Mira que mandar al pobre Errol —dijo Bill.
—Bueno, ¿y qué querías que hiciese? —se defendió Molly con las mejillas sonrojadas—. En casa solamente tenemos tres lechuzas. Tu hermano necesita la suya para su trabajo, y en cuanto a la de Ron, es demasiado pequeña para llevar tanto peso. Errol era la única opción viable.
Y luego, el día de su cumpleaños (que los Dursley habían pasado olímpicamente por alto)
Algunos fruncieron el ceño, pero no dijeron nada. Ya sabían que los Dursley ignorarían el cumpleaños de Harry.
, había recibido cuatro tartas estupendas enviadas por Ron, Hermione, Hagrid y Sirius.
—¿De dónde sacaste una tarta? —preguntó Sally.
—De una pastelería muggle —respondió Sirius—. Los muggles no me buscan tanto y con un par de hechizos...
—¿Y el dinero?
—Me transformaba en perro y hacía trucos en la calle para que la gente me dejase dinero en un tazón —respondió Sirius—. Aunque había una señora empeñada en darme galletas para perros... no estaban mal, la verdad.
Todavía le quedaban dos,
—Y una es la de Hagrid, fijo —dijo Ron.
y por eso, impaciente por tomarse un desayuno de verdad cuando volviera a su habitación,
—Dudo bastante que un trozo de tarta sea un desayuno de verdad —señaló Emily—. Pero teniendo en cuenta lo que estás pasando, tal vez si lo sea.
empezó a comerse el pomelo sin una queja.
Tío Vernon dejó el periódico a un lado con un resoplido de disgusto y observó su trozo de pomelo.
—¿Esto es el desayuno? —preguntó de mal humor a tía Petunia.
—Si no te gusta no te lo comas —gruñó Lily—. Deberías seguir con tus grasas, a ver si con un poco de suerte explotas... No te lo tomes a mal, Alan —se apresuró a decir Lily.
—No importa, tía Lily. Ese hombre dejo de ser mi abuelo hace muchos años.
Ella le dirigió una severa mirada y luego asintió con la cabeza, mirando de forma harto significativa a Dudley, que había terminado ya su parte de pomelo y observaba el de Harry con una expresión muy amarga en sus pequeños ojos de cerdito.
—Ni se te ocurra hacer lo que creo que vas ha hacer —gruñó James peligrosamente. Ya era bastante malo que su hijo estuviese obligado a esa dieta (aunque en realidad no la cumplía) como para encima que el cerdo mimado de turno le estuviese quitando la comida.
Tío Vernon lanzó un intenso suspiro que le alborotó el poblado bigote y cogió la cuchara.
Llamaron al timbre de la puerta. Tío Vernon se levantó con mucho esfuerzo y fue al recibidor. Veloz como un rayo, mientras su madre preparaba el té, Dudley le robó a su padre lo que le quedaba de pomelo.
—Sinceramente la dieta no va a servir de mucho si, aunque coma sano, se pasa al comer —dijo Percy.
—¿Y crees que eso le importa? —preguntó Ron.
—Cierto.
Harry oyó un murmullo en la entrada, a alguien riéndose y a tío Vernon respondiendo de manera cortante. Luego se cerró la puerta y oyó rasgar un papel en el recibidor.
Tía Petunia posó la tetera en la mesa y miró a su alrededor preguntándose dónde se había metido tío Vernon.
No tardó en averiguarlo: regresó un minuto después, lívido.
—Tú —le gritó a Harry —. Ven a la sala, ahora mismo.
—¿Y ahora qué? —gruñó James.
Harry, por su parte, ocultaba la cara para que no le viesen reírse. Ese momento había sido muy divertido para él.
Desconcertado, preguntándose qué demonios había hecho en aquella ocasión,
Los Weasley desviaron un poco la mirada, sintiéndose mal por haberle causado problemas a Harry.
Harry se levantó, salió de la cocina detrás de tío Vernon y fue con él hasta la habitación contigua. Tío Vernon cerró la puerta con fuerza detrás de ellos.
—Vaya —dijo, yendo hasta la chimenea y volviéndose hacia Harry como si estuviera a punto de pronunciar la sentencia de su arresto—. Vaya.
—¿Vaya qué? —preguntó Will.
A Harry le hubiera encantado preguntar «¿Vaya qué?»,
—Normal —dijo Jake.
—A lo mejor se ha vuelto idiota de repente y esa es la única palabra que puede pronunciar —respondió Regulus.
pero no juzgó prudente poner a prueba el humor de tío Vernon tan temprano, y menos teniendo en cuenta que éste se encontraba sometido a una fuerte tensión por la carencia de alimento. Así que decidió adoptar una expresión de cortés desconcierto.
—Vamos, su cara de siempre —dijo Holly.
—Acaba de llegar esto —dijo tío Vernon, blandiendo ante Harry un trozo de papel de color púrpura—. Una carta. Sobre ti.
Ahora los Weasley desviaron totalmente sus miradas, de manera que todos en esa sala supieron que habían sido ellos quienes habían mandado la carta. Aunque la pregunta era ¿por qué mandarla por correo muggle, cuando tenían lechuzas para hacerlo?
El desconcierto de Harry fue en aumento. ¿Quién le escribiría a tío Vernon sobre él? ¿Conocía a alguien que enviara cartas por correo? Tío Vernon miró furioso a Harry; luego bajó los ojos al papel y empezó a leer:
Estimados señor y señora Dursley:
No nos conocemos personalmente, pero estoy segura de que Harry les habrá hablado mucho de mi hijo Ron.
—Espero que no —dijo el susodicho, temblando ligeramente.
—Si ni siquiera quieren saber sobre mí, que soy su sobrino —replicó Harry.
Como Harry les habrá dicho,
—Segurooooo —dijo Fred.
la final de los Mundiales de quidditch tendrá lugar el próximo lunes por la noche, y Arthur, mi marido, acaba de conseguir entradas de primera clase gracias a sus conocidos en el Departamento de Deportes y Juegos Mágicos.
Espero que nos permitan llevar a Harry al partido, ya que es una oportunidad única en la vida. Hace treinta años que Gran Bretaña no es la anfitriona de la Copa y es extraordinariamente difícil conseguir una entrada.
—Para ellos como si le dices que para conseguir una entrada hay que sacrificar a catorce vírgenes. Mientras tenga algo que ver con magia, se la suda completamente —dijo Sirius.
Nos encantaría que Harry pudiera quedarse con nosotros lo que queda de vacaciones de verano y acompañarlo al tren que lo llevará de nuevo al colegio.
Sería preferible que Harry nos enviara la respuesta de ustedes por el medio habitual, ya que el cartero muggle nunca nos ha entregado una carta y me temo que ni siquiera sabe dónde vivimos.
Esperando ver pronto a Harry, se despide cordialmente
Molly Weasley
PD: Espero que hayamos puesto bastantes sellos.
Eso dejo confundido a varios, mientras que los Weasley enrojecían de la vergüenza. Harry y Hermione se miraron y ocultaron una risa que amenazaba por salir.
Tío Vernon terminó de leer, se metió la mano en el bolsillo superior y sacó otra cosa.
—Mira esto —gruñó.
Levantó el sobre en que había llegado la carta, y Harry tuvo que hacer un esfuerzo para contener la risa. Todo el sobre estaba cubierto de sellos salvo un trocito, delante, en el que la señora Weasley había consignado en letra diminuta la dirección de los Dursley.
La sala (o al menos los que sabían como funcionaba el correo muggle) estalló en carcajadas.
—Era lógico pensar que, cuanto más lejos enviases la carta, más sellos necesitabas —se defendió Ron con las orejas rojas.
—Ay, Ron, Lo siento —se disculpó Hermione con lágrimas en los ojos a causa de la risa—. Tendría que habértelo explicado, pero como es algo tan básico no pensé mucho en ello.
—Bueno, da igual cielo. Para la próxima ya sabremos —dijo Molly, continuando con la lectura.
—Creo que si que han puesto bastantes sellos —comentó Harry, como si cualquiera pudiera cometer el error de la señora Weasley.
—Si eres un mago que proviene de una familia de magos, pues es un error que fácilmente puede cometerse —admitió Astoria.
Hubo un fulgor en los ojos de su tío.
—El cartero se dio cuenta —dijo entre sus dientes apretados—. Estaba muy interesado en saber de dónde procedía la carta. Por eso llamó al timbre. Daba la impresión de que le parecía divertido.
—Es que no parece divertido. Es divertido —señaló Neville.
Harry no dijo nada. Otra gente podría no entender por qué tío Vernon armaba tanto escándalo porque alguien hubiera puesto demasiados sellos en un sobre, pero Harry había vivido demasiado tiempo con ellos para no comprender hasta qué punto les molestaba cualquier cosa que se saliera de lo ordinario. Nada los aterrorizaba tanto como que alguien pudiera averiguar que tenían relación (aunque fuera lejana) con gente como la señora Weasley.
—La verdad es que no les entiendo —dijo Hermione en ese momento.
—¿Y quién los entiende? —añadió Ginny.
—Ya, bueno. Pero quería decir que no entiendo su comportamiento —dijo Hermione—. Se empeñan tanto en aparentar "normalidad" que no se dan cuenta de que ellos mismos destacan por encima del resto. Por ejemplo, en mi caso, cuando recibí la carta por correo muggle, el cartero simplemente comentó que debería haber sido cosa de un niño pequeño el poner tantos sellos en el sobre, y mi padre respondió que había sido cosa de su sobrino pequeño. Y ya esta, ta fácil como eso.
Tío Vernon seguía mirando a Harry, que intentaba mantener su expresión neutra. Si no hacía ni decía ninguna tontería, podía lograr que lo dejaran asistir al mejor espectáculo de su vida.
—Tienes que asistir, si o si —dijo James.
—Tranquilo, señor Potter. Le puedo asegurar que asistió —dijo Cedric.
—Es cierto, tú ya has visto el partido —dijo Will, acordándose de ese momento—. ¿Cómo fue?
—Fantástico. Ganó...
—¡Nada de spoilers! —chillaron los amantes del quidditch.
Cedric enrojeció de la vergüenza.
—Cierto, que aún no lo habéis visto.
Esperó a que tío Vernon añadiera algo, pero simplemente seguía mirándolo. Harry decidió romper el silencio.
—Entonces, ¿puedo ir? —preguntó.
Un ligero espasmo cruzó el rostro de tío Vernon, grande y colorado. Se le erizó el bigote. Harry creía saber lo que tenía lugar detrás de aquel mostacho:
—Ahora resulta que tu tío tiene el cerebro detrás de su mostacho, Potter —bufó Daphne.
—Bueno, viendo las tonterías que hace, no me extrañaría lo más mínimo —dijo Astoria, encogiéndose de hombros.
una furiosa batalla en la que entraban en conflicto dos de los instintos más básicos en tío Vernon. Permitirle marchar haría feliz a Harry, algo contra lo que tío Vernon había luchado durante trece años. Pero, por otro lado, dejar que se fuera con los Weasley lo que quedaba de verano equivalía a deshacerse de él dos semanas antes de lo esperado, y tío Vernon aborrecía tener a Harry en casa.
—No entiendo tanto conflicto —dijo Luna—. Si lo que más teme es que la gente sepa que Harry es mago, ¿no le sería más fácil dejarle ir y librarse de ese temor?
—Ya nos ha quedado claro que él no piensa como el resto de la gente, Luna —contestó Ginny.
Para ganar algo de tiempo, volvió a mirar la carta de la señora Weasley.
—¿Quién es esta mujer? —inquirió, observando la firma con desagrado.
Molly frunció el ceño, pero no dijo nada.
—La conoces —respondió Harry —. Es la madre de mi amigo Ron. Lo estaba esperando cuando llegamos en el expreso de Hog... en el tren del colegio al final del curso.
Había estado a punto de decir «expreso de Hogwarts», y eso habría irritado a tío Vernon. En casa de los Dursley no se podía mencionar el nombre del colegio de Harry.
—Normal que no puedas decirlo. Ellos nunca podrán ir a un sitio tan alucinante y tienen celos —dijo Sirius.
Tío Vernon hizo una mueca con su enorme rostro como si tratara de recordar algo muy desagradable.
—¿Una mujer gorda?
Molly soltó un resoplido, incrédula.
—Y lo dice él, que parece una morsa con extra de sobrepeso.
—gruñó por fin —. ¿Con un montón de niños pelirrojos?
Harry frunció el entrecejo pensando que tenía gracia que tío Vernon llamara gordo a alguien cuando su propio hijo, Dudley, acababa de lograr lo que había estado intentando desde que tenía tres años: ser más ancho que alto.
—Sinceramente, me sorprende que sea capaz de pasar por las puertas de la casa —dijo Eli.
—Tío Vernon también vive ahí —se limitó a responder Harry.
Tío Vernon volvió a examinar la carta.
—Quidditch —murmuró entre dientes—, quidditch. ¿Qué demonios es eso?
Harry sintió una segunda punzada de irritación.
—Normal. Mira que no saber que es el quidditch —dijo James.
—Papá, que son muggles —dijo Holly.
—Es un deporte —dijo lacónicamente —que se juega sobre esc...
—¡Vale, vale! —interrumpió tío Vernon casi gritando.
—¿Ahora tampoco puedes decir escoba o qué? —soltó George, negando con la cabeza.
—Me imagino a su tía (porque obviamente será ella la que limpie) buscando la escoba: "Vernon, ¿has visto esa cosa alargada con un cepillo al extremo?" —respondió Fred.
Con cierta satisfacción, Harry observó que su tío tenía expresión de miedo. Daba la impresión de que sus nervios no aguantarían el sonido de las palabras «escobas voladoras» en la sala de estar.
—Ten cuidado con lo que dices, Harry o vendrá todo el cuerpo de policía ha detenerte por decir escobas voladoras —dijo Will.
Disimuló volviendo a examinar la carta. Harry descubrió que movía los labios formando las palabras «que nos enviara la respuesta de ustedes por el medio habitual».
—¿Qué quiere decir eso de «el medio habitual»? —preguntó irritado.
—No entiendo para que pregunta si ya lo sabe —resopló Harry.
—Habitual para nosotros —explicó Harry y, antes de que su tío pudiera detenerlo, añadió—: Ya sabes, lechuzas mensajeras. Es lo normal entre magos.
Tío Vernon parecía tan ofendido como si Harry acabara de soltar una horrible blasfemia.
—¡Ah! ¡Harry, ¿cómo te atreves a pronunciar la palabra magos?! ¡Castigado hasta que tengas catorce años, jovencito! —exclamó James con falso horror.
—Ya tengo catorce años, papá —respondió Harry con una sonrisa divertida.
—Pues ya no estás castigado... ¡Anda! ¡Qué rápido ha pasado el castigo!
Temblando de enojo, lanzó una mirada nerviosa por la ventana; parecía temeroso de ver a algún vecino con la oreja pegada al cristal.
—Pero si la cotilla del vecindario es tu esposa, merluzo —dijo Tonks.
—¿Cuántas veces tengo que decirte que no menciones tu anormalidad bajo este techo?
—¿Anormalidad? Y lo dice el tío que ha conseguido poner en peligro la salud de su hijo al permitirle atiborrarse hasta alcanzar el peso de una ballena joven —dijo Emily.
—dijo entre dientes. Su rostro había adquirido un tono ciruela vivo—. Recuerda dónde estás, y recuerda que deberías agradecer un poco esa ropa que Petunia y yo te hemos da...
—Después de que Dudley la usó —lo interrumpió Harry con frialdad;
—Bien dicho, Harry.
de hecho, llevaba una sudadera tan grande para él que tenía que dar cinco vueltas a las mangas para poder utilizar las manos y que le caía hasta más abajo de las rodillas de unos vaqueros extremadamente anchos.
—Por cierto, ahora que me doy cuenta, esa no es tu ropa de siempre, ¿verdad? —dijo Ginny, mirando a Harry, o más bien la ropa que este vestía. Una camiseta blanca con una camisa roja a cuadros, unos pantalones vaqueros negros y una zapatillas blancas.
—Cierto —asintió Harry, bajando la mirada para ver su ropa—. Me encontré un baúl lleno de ropa de mi talla la primera noche que pasamos aquí.
—Bueno, no podíamos permitir que fueseis toda la lectura con la misma ropa, ¿no? —dijo Alan.
—¡No consentiré que se me hable en ese tono! —exclamó tío Vernon, temblando de ira.
—Pues es el único tono que te has ganado para que te hablen —dijo Sally con frialdad.
Pero Harry no pensaba resignarse. Ya habían pasado los tiempos en que se había visto obligado a aceptar cada una de las estúpidas disposiciones de los Dursley. No estaba siguiendo el régimen de Dudley, y no se iba a quedar sin ir a los Mundiales de quidditch por culpa de tío Vernon si podía evitarlo.
—Digno hijo de James y Lily Potter —sonrió Remus con cariño.
Harry respiró hondo para relajarse y luego dijo:
—Vale, no iré a los Mundiales. ¿Puedo subir ya a mi habitación? Tengo que terminar una carta para Sirius. Ya sabes... mi padrino.
—¡Oh! Muy buena esa, Harry —dijo Astoria, recordando que Harry les había dicho a sus parientes que Sirius era un peligroso asesino buscado, olvidándose del pequeño detalle de que era inocente.
Lo había hecho, había pronunciado las palabras mágicas. Vio cómo la colorada piel de tío Vernon palidecía a ronchas, dándole el aspecto de un helado de grosellas mal mezclado.
—Le... ¿le vas a escribir, de verdad? —dijo tío Vernon,
—No. Si te parece le voy a escribir de mentira —bufó Harry.
intentando aparentar tranquilidad. Pero Harry había visto cómo se le contraían de miedo los diminutos ojos.
Sirius sonrió, satisfecho de causar esa sensación en un tipo como Vernon Dursley.
—Bueno, sí... —contestó Harry, como sin darle importancia —. Hace tiempo que no ha tenido noticias mías y, bueno, si no le escribo puede pensar que algo va mal.
Se detuvo para disfrutar el efecto de sus palabras. Casi podía ver funcionar los engranajes del cerebro de tío Vernon debajo de su grueso y oscuro cabello peinado con una raya muy recta. Si intentaba impedir que Harry escribiera a Sirius, éste pensaría que lo maltrataban. Si no lo dejaba ir a los Mundiales de quidditch, Harry se lo contaría a Sirius, y Sirius sabría que lo maltrataban. A tío Vernon sólo le quedaba una salida, y Harry pudo ver esa conclusión formársele en el cerebro como si el rostro grande adornado con el bigote fuera transparente. Harry trató de no reírse y de mantener la cara tan inexpresiva como le fuera posible. Y luego...
—Bien, de acuerdo. Puedes ir a esa condenada... a esa estúpida... a esa Copa del Mundo. Escríbeles a esos... a esos Weasley para que vengan a recogerte, porque yo no tengo tiempo para llevarte a ningún lado.
—Seguro que tienes todo el tiempo del mundo —dijo Arthur—. Pero no te preocupes, que ya iremos nosotros a buscar a Harry. Al fin y al cabo no nos gustaría que su importante señoría fuese mancillada por ir a casa de unos "anormales".
Y puedes pasar con ellos el resto del verano. Y dile a tu... tu padrino... dile... dile que vas.
—Muy bien —asintió Harry, muy contento.
Se volvió y fue hacia la puerta de la sala, reprimiendo el impulso de gritar y dar saltos. Iba a... ¡Se iba con los Weasley! ¡Iba a presenciar la final de los Mundiales! En el recibidor estuvo a punto de atropellar a Dudley, que acechaba detrás de la puerta esperando oír una buena reprimenda contra Harry y se quedó desconcertado al ver su amplia sonrisa.
—¡Qué buen desayuno!, ¿verdad? —le dijo Harry —. Estoy lleno, ¿tú no?
—Me daría pena, pero teniendo en cuenta todo lo que te ha hecho... ¡que se joda! —exclamó Holly.
Riéndose de la cara atónita de Dudley, Harry subió los escalones de tres en tres y entró en su habitación como un bólido.
Lo primero que vio fue que Hedwig ya había regresado. Estaba en la jaula, mirando a Harry con sus enormes ojos ambarinos y chasqueando el pico como hacía siempre que estaba molesta. Harry no tardó en ver qué era lo que le molestaba en aquella ocasión.
Ron tuvo una ligera corazonada.
—¡Ay! —gritó.
Acababa de pegarle en un lado de la cabeza lo que parecía ser una pelota de tenis pequeña, gris y cubierta de plumas.
Dicha corazonada fue confirmada.
Harry se frotó con fuerza la zona dolorida al tiempo que intentaba descubrir qué era lo que lo había golpeado, y vio una lechuza diminuta, lo bastante pequeña para ocultarla en la mano, que, como si fuera un cohete buscapiés, zumbaba sin parar por toda la habitación.
—¡Eh! ¡Esa es la lechuza que te regale! —exclamó Sirius, feliz.
Harry se dio cuenta entonces de que la lechuza había dejado caer a sus pies una carta. Se inclinó para recogerla, reconoció la letra de Ron y abrió el sobre. Dentro había una nota escrita apresuradamente:
Harry:
¡MI PADRE HA CONSEGUIDO LAS ENTRADAS!
—Sí, Ron. Ya nos hemos enterado —dijo Ginny.
Irlanda contra Bulgaria, el lunes por la noche. Mi madre les ha escrito a los muggles para pedirles que te dejen venir y quedarte. A lo mejor ya han recibido la carta, no sé cuánto tarda el correo muggle.
—Depende de muchos factores —dijo Hermione.
De todas maneras, he querido enviarte esta nota por medio de Pig.
Harry reparó en el nombre «Pig», y luego observó a la diminuta lechuza que zumbaba dando vueltas alrededor de la lámpara del techo. Nunca había visto nada que se pareciera menos a un cerdo.
—Es que mi hermano es idiota —dijo Ginny—. No se llama Pig. Sino Pigwidgeon.
Quizá no había en tendido bien la letra de Ron.
—Bueno, no sería la primera vez —admitió Hermione.
Siguió leyendo:
Vamos a ir a buscarte tanto si quieren los muggles como si no, porque no te puedes perder los Mundiales. Lo que pasa es que mis padres pensaban que era mejor pedirles su consentimiento.
—Aunque visto como son, mejor nos lo hubiésemos ahorrado e ido directamente —dijo Arthur.
Si dicen que te dejan, envía a Pig inmediatamente con la respuesta, e iremos a recogerte el domingo a las cinco en punto. Si no te dejan, envía también a Pig e iremos a recogerte de todas maneras el domingo a las cinco.
—Me encanta que sea cual sea la respuesta, al final iréis a buscarlo —dijo Cedric.
Hermione llega esta tarde. Percy ha comenzado a trabajar: en el Departamento de Cooperación Mágica Internacional. No menciones nada sobre el extranjero mientras estés aquí a menos que quieras que te mate de aburrimiento.
—El consejo más valioso que le podías dar, sin duda —asintió Bill. Percy frunció el ceño.
Hasta pronto,
Ron
—¡Cálmate! —dijo Harry a la pequeña lechuza, que revoloteaba por encima de su cabeza gorjeando como loca (Harry supuso que era a causa del orgullo de haber llevado la carta a la persona correcta)
—Es que la pobre es muy energética —dijo Charlie, recordando la primera vez que había visto a la lechuza.
—. ¡Ven aquí! Tienes que llevar la contestación.
La lechuza revoloteó hasta posarse sobre la jaula de Hedwig, que le echó una mirada fría, como desafiándola a que se acercara más.
—Entiendo los sentimientos de Hedwig. Pig puede ser muy irritante —dijo Ron.
Harry volvió a coger su pluma de águila y un trozo de pergamino, y escribió:
Todo perfecto, Ron: los muggles me dejan ir. Hasta mañana a las cinco. ¡Me muero de impaciencia!
Harry
Plegó la nota hasta hacerla muy pequeña y, con inmensa dificultad, la ató a la diminuta pata de la lechuza, que aguardaba muy excitada. En cuanto la nota estuvo asegurada, la lechuza se marchó: salió por la ventana zumbando y se perdió de vista.
Harry se volvió hacia Hedwig.
—¿Estás lista para un viaje largo? —le preguntó. Hedwig ululó henchida de dignidad.
—Yo diría que si lo esta —dijo Holly.
—¿Puedes hacerme el favor de llevar esto a Sirius? —le pidió, cogiendo la carta—. Espera: tengo que terminarla.
Volvió a desdoblar el pergamino y añadió rápidamente una postdata:
Si quieres ponerte en contacto conmigo, estaré en casa de mi amigo Ron hasta el final del verano. ¡Su padre nos ha conseguido entradas para los Mundiales de quidditch!
Una vez concluida la carta, la ató a una de las patas de Hedwig, que permanecía más quieta que nunca, como si quisiera mostrar el modo en que debía comportarse una lechuza mensajera.
—Estaré en casa de Ron cuando vuelvas, ¿de acuerdo? —le dijo Harry.
Ella le pellizcó cariñosamente el dedo con el pico y, a continuación, con un zumbido, extendió sus grandes alas y salió volando por la ventana.
Harry la observó mientras desaparecía. Luego se metió debajo de la cama, tiró de la tabla suelta y sacó un buen trozo de tarta de cumpleaños. Se lo comió sentado en el suelo, disfrutando de la felicidad que lo embargaba: tenía tarta, mientras que Dudley sólo tenía pomelo; era un radiante día de verano; se iría de casa de los Dursley al día siguiente, la cicatriz ya había dejado de dolerle e iba a presenciar los Mundiales de quidditch. Era difícil, precisamente en aquel momento, preocuparse por algo. Ni siquiera por lord Voldemort.
—Fin del capítulo —anunció Molly.
Hola gente.
Capítulo cuatro subido. No sé, quizás algo flojillo este capítulo, pero llevaba varios días sin escribir nada y no quería regresar a mi oscuro pasado (entiéndase cuando subía un capítulo cada tres meses o algo así).
En fin, sin mucho que comentar ahora. Nos vemos en el siguiente episodio.
Se despide,
Grytherin18-Friki
