Disclaimer: Harry Potter es propiedad de J.K. Rowling


Sí, ya sé lo que diréis... ¿No se suponía que ahora tocaba un capítulo explicativo? Y yo diré: Es cierto, pero... Y vosotros: ¡Hazlo!... Y yo: Pero resulta que... Y vosotros: ¡Que lo hagas! Y yo me echaré a llorar en un rincón...

Pasando de la parida que acabo de escribir. Sé que en este capítulo Alan resolvería varias dudas, pero sinceramente me esta costando encontrar la forma de explicarlas. Así que, por ahora, lo dejaré un poco de lado para poder ir pensándolo con más calma y seguiré con la historia como estaba previsto.


Todos se reunieron para cenar. Alan esperaba que la gente le lanzase preguntas, pero para su sorpresa nadie lo hizo.

—Esto... ¿no tenéis dudas de ningún tipo? —preguntó.

—De tener tenemos... pero es que no sabemos exactamente que preguntar —respondió Hermione, tras unos segundos—. ¿Te importa si tardamos un poco?

Alan negó con la cabeza.

—Sin problemas.

Después de cenar, todos se sentaron en sus sitios.

—¿Quién lee ahora? —preguntó Fred.

—A ti, listillo —respondió George, dándole el libro.

Bagman y Crouch —leyó Fred.

Harry se desembarazó de Ron y se puso en pie. Habían llegado a lo que, a través de la niebla, parecía un páramo. Delante de ellos había un par de magos cansados y de aspecto malhumorado.

—Normal. Seguro que han estado toda la noche trabajando —dijo el señor Weasley.

Uno de ellos sujetaba un reloj grande de oro; el otro, un grueso rollo de pergamino y una pluma de ganso. Los dos vestían como muggles, aunque con muy poco acierto: el hombre del reloj llevaba un traje de tweed con chanclos hasta los muslos; su compañero llevaba falda escocesa y poncho.

Los que tenían más conocimiento sobre la cultura muggle rieron entre dientes.

—Buenos días, Basil —saludó el señor Weasley, cogiendo la bota y entregándosela en mano al mago de la falda, que la echó a una caja grande de trasladores usados que tenía a su lado. Harry vio en la caja un periódico viejo, una lata vacía de cerveza y un balón de fútbol pinchado.

—Hola, Arthur —respondió Basil con voz cansina—. Has librado hoy, ¿eh? Qué bien viven algunos... Nosotros llevamos aquí toda la noche... Será mejor que salgáis de ahí: hay un grupo muy numeroso que llega a las cinco y quince del Bosque Negro.

—¿Se refiere a la Selva Negra, en Alemania? —preguntó Hermione con asombro—. Porque de ser así, vaya si vienen de lejos.

Esperad... voy a buscar dónde estáis... Weasley... Weasley...

Consultó la lista del pergamino.

—Está a unos cuatrocientos metros en aquella dirección. Es el primer prado al que llegáis. El que está a cargo del campamento se llama Roberts. Diggory... segundo prado... Pregunta por el señor Payne.

—Gracias, Basil —dijo el señor Weasley, y les hizo a los demás una seña para que lo siguieran.

Se encaminaron por el páramo desierto, incapaces de ver gran cosa a través de la niebla. Después de unos veinte minutos encontraron una casita de piedra junto a una verja. Al otro lado, Harry vislumbró las formas fantasmales de miles de tiendas dispuestas en la ladera de una colina, en medio de un vasto campo que se extendía hasta el horizonte, donde se divisaba el oscuro perfil de un bosque. Se despidieron de los Diggory y se encaminaron a la puerta de la casita. Había un hombre en la entrada, observando las tiendas.

Nada más verlo, Harry reconoció que era un muggle, probablemente el único que había por allí.

—No sé si es muy buena idea dejar que un muggle este por allí —dijo Sally.

—Probablemente sepa sobre el mundo mágico —dijo Sirius, aunque no sonaba muy seguro.

Al oír sus pasos se volvió para mirarlos.

—¡Buenos días! —saludó alegremente el señor Weasley.

—Buenos días —respondió el muggle.

—¿Es usted el señor Roberts?

—Sí, lo soy. ¿Quiénes son ustedes?

—Los Weasley... Tenemos reservadas dos tiendas desde hace un par de días, según creo.

—Sí —dijo el señor Roberts, consultando una lista que tenía clavada a la puerta con tachuelas—. Tienen una parcela allí arriba, al lado del bosque. ¿Sólo una noche?

—¿Sólo una noche? —repitió James—. ¿Y si el partido dura más de una noche?

—Confiaba en que durase una noche como mucho —respondió Arthur—. Al fin y al cabo, que dure más es muy raro.

—Efectivamente —repuso el señor Weasley.

—Entonces ¿pagarán ahora? —preguntó el señor Roberts.

—¡Ah! Sí, claro... por supuesto... —Se retiró un poco de la casita y le hizo una seña a Harry para que se acercara—. Ayúdame, Harry —le susurró, sacando del bolsillo un fajo de billetes muggles y empezando a separarlos —. Éste es de... de... ¿de diez libras? ¡Ah, sí, ya veo el número escrito...! Así que ¿éste es de cinco?

—De veinte —lo corrigió Harry en voz baja, incómodo porque se daba cuenta de que el señor Roberts estaba pendiente de cada palabra.

—Es que creo que llamáis demasiado la atención —dijo Emily.

—¡Ah, ya, ya...! No sé... Estos papelitos...

—Pero si tampoco es tan difícil —dijo Lily—. Todos los billetes están enumerados. Simplemente hay que fijarse e ir sumando.*

—¿Son ustedes extranjeros? —inquirió el señor Roberts en el momento en que el señor Weasley volvió con los billetes correctos.

—Normal que se lo pregunte —dijo Will—. Un extranjero podría llegar a tener problemas con el dinero de otro país.

—¿Extranjeros? —repitió el señor Weasley, perplejo.

—No es el primero que tiene problemas con el dinero —explicó el señor Roberts examinando al señor Weasley—. Hace diez minutos llegaron dos que querían pagarme con unas monedas de oro tan grandes como tapacubos.

Varios abrieron los ojos con asombro.

—Al menos podían intentarlo un poco, ¿no? —dijo Remus.

—¿De verdad? —exclamó nervioso el señor Weasley. El señor Roberts rebuscó el cambio en una lata.

—El cámping nunca había estado así de concurrido —dijo de repente, volviendo a observar el campo envuelto en niebla—. Ha habido cientos de reservas. La gente no suele reservar.

—Al parecer la gente no disfruta de la naturaleza —dijo Tonks.

—¿De verdad? —repitió tontamente el señor Weasley, tendiendo la mano para recibir el cambio. Pero el señor Roberts no se lo daba.

—Empieza a sospechar —canturreó George Weasley.

—Sí —dijo pensativamente el muggle—. Gente de todas partes. Montones de extranjeros. Y no sólo extranjeros. Bichos raros, ¿sabe? Hay un tipo por ahí que lleva falda escocesa y poncho.

—¿Qué tiene de raro? —preguntó el señor Weasley, preocupado.

—El tipo de la falda escocesa ya es un buen punto —señaló Will.

—Es una especie de... no sé... como una especie de concentración — explicó el señor Roberts—. Parece como si se conocieran todos, como si fuera una gran fiesta.

—Creo que hubiese sido mucho más fácil explicarle todo a los encargados del campamento —dijo Regulus.

—Pero entonces habríamos puesto en peligro el Estatuto del Secreto —replicó Tonks.

—¿Y? En este caso habría sido lo mejor —señaló Regulus—. Os podríais haber ahorrado mucha seguridad anti-muggle y centrarla en otras cosas.

En ese momento, al lado de la puerta principal de la casita del señor Roberts, apareció de la nada un mago que llevaba pantalones bombachos.

—¡Obliviate! —dijo bruscamente apuntando al señor Roberts con la varita.

—Cómo por ejemplo haber estado desmemorizando a gente varias veces al día como seguramente sucederá —dijo Regulus.

—En realidad Regulus tiene razón —murmuró Remus tras pensarlo un poco—. Por ley el ministro de magia debe hacerse conocer ante el Primer Ministro muggle, para evitar conflictos entre un lado y el otro.

El señor Roberts desenfocó los ojos al instante, relajó el ceño y un aire de despreocupada ensoñación le transformó el rostro. Harry reconoció los síntomas de los que sufrían una modificación de la memoria.

Harry y Ron se miraron, recordando a Lockhart.

—Aquí tiene un plano del campamento —dijo plácidamente el señor Roberts al padre de Ron—, y el cambio.

—Muchas gracias —repuso el señor Weasley.

El mago que llevaba los pantalones bombachos los acompañó hacia la verja de entrada al campamento. Parecía muy cansado. Tenía una barba azulada de varios días y profundas ojeras.

—Todo el asunto del mundial los debe de traer de cabeza —dijo Bill con una mueca de simpatía.

Los que trabajan en el Ministerio, aunque apenas habían tenido participación, asintieron totalmente de acuerdo.

Una vez que hubieron salido del alcance de los oídos del señor Roberts, le explicó al señor Weasley:

—Nos está dando muchos problemas. Necesita un encantamiento desmemorizante diez veces al día para tenerlo calmado.

—No creo que eso sea bueno para él —dijo Luna.

Y Ludo Bagman no es de mucha ayuda. Va de un lado para otro hablando de bludgers y quaffles en voz bien alta.

—Y con personajes como Bagman no creo que aporten mucho —añadió Neville.

La seguridad antimuggles le importa un pimiento. La verdad es que me alegraré cuando todo haya terminado. Hasta luego, Arthur.

Y, sin más, se desapareció.

—Creía que el señor Bagman era el director del Departamento de Deportes y Juegos Mágicos —dijo Ginny sorprendida—. No debería ir hablando de las bludgers cuando hay muggles cerca, ¿no os parece?

—Bagman siempre ha sido así —gruñó Alastor—. Me sorprende que aún tenga un puesto en el ministerio. De haber sido por mí, lo habría echado a patadas hacía tiempo por su falta de cuidado.

—Sí, es verdad —admitió el señor Weasley mientras los conducía hacia el interior del campamento—. Pero Ludo siempre ha sido un poco... bueno... laxo en lo referente a seguridad. Sin embargo, sería imposible encontrar a un director del Departamento de Deportes con más entusiasmo.

—Aunque, siendo francos, lo que tiene de entusiasmo lo pierde en profesionalidad —dijo Percy.

Él mismo jugó en la selección de Inglaterra de quidditch, ¿sabéis? Y fue el mejor golpeador que han tenido nunca las Avispas de Wimbourne.

—Eso es cierto —dijo George mientras Fred asentía.

Caminaron con dificultad ascendiendo por la ladera cubierta de neblina, entre largas filas de tiendas. La mayoría parecían casi normales. Era evidente que sus dueños habían intentado darles un aspecto lo más muggle posible, aunque habían cometido errores

—Veamos esos errores —dijo Will.

al añadir chimeneas, timbres para llamar a la puerta o veletas.

Los que conocían la cultura muggle se echaron a reír con ganas, mientras los otros se quedaban confundidos, sin entender que había de raro en todo eso.

Pero, de vez en cuando, se veían tiendas tan obviamente mágicas que a Harry no le sorprendía que el señor Roberts recelara. En medio del prado se levantaba una extravagante tienda en seda a rayas que parecía un palacio en miniatura, con varios pavos reales atados a la entrada.

—Si no fuese porque sé que los Malfoy no acamparían ni muertos, diría que esa tienda es suya —dijo Daphne—. Lucius Malfoy es un obsesivo con los pavos.

—¿Cómo sabes eso? —preguntó Ron de forma recelosa.

—Hemos asistido a varias reuniones entre varias familias y Malfoy siempre esta presumiendo de sus pavos reales —respondió Astoria.

Un poco más allá pasaron junto a una tienda que tenía tres pisos y varias torretas. Y, casi a continuación, había otra con jardín adosado, un jardín con pila para los pájaros, reloj de sol y una fuente.

—Siempre es igual —comentó el señor Weasley, sonriendo —. No podemos resistirnos a la ostentación cada vez que nos juntamos

—Creo que eso supera el límite de ostentación —señaló Harry.

. Ah, ya estamos. Mirad, éste es nuestro sitio.

Habían llegado al borde mismo del bosque, en el límite del prado, donde había un espacio vacío con un pequeño letrero clavado en la tierra que decía «Weezly».

—¿Weezly? —repitió George—. ¿Ahora nuestro apellido es Weezly?

—Claro que no, George —suspiró Molly.

Pero su hijo no le hizo caso.

—Encantado de conocerte. Soy George Weezly.

—¡Oh, que casualidad! Yo soy Fred Weezly.

Todos rieron la gracia a los gemelos.

—¡No podíamos tener mejor sitio! —exclamó muy contento el señor Weasley—. El estadio está justo al otro lado de ese bosque. Más cerca no podíamos estar. —Se desprendió la mochila de los hombros—. Bien —continuó con entusiasmo—, siendo tantos en tierra de muggles, la magia está absolutamente prohibida.

—Pues por ahora no es lo que parece —señaló Reg.

¡Vamos a montar estas tiendas manualmente! No debe de ser demasiado difícil: los muggles lo hacen así siempre...

—Bueno, los muggles, o bien saben montar tiendas, o tienen las instrucciones sobre como montarlas o directamente van acompañados de un profesional —señaló Sally.

Bueno, Harry, ¿por dónde crees que deberíamos empezar?

—Es inútil que me pregunte a mí, señor Weasley —se apresuró a decir Harry.

Harry no había acampado en su vida: los Dursley no lo habían llevado nunca con ellos de vacaciones, preferían dejarlo con la señora Figg, una vecina anciana. Sin embargo, entre él y Hermione fueron averiguando la colocación de la mayoría de los hierros y de las piquetas, y, aunque el señor Weasley era más un estorbo que una ayuda,

El hombre se sonrojo mientras Harry le mandaba una mirada de disculpa.

porque la emoción lo sobrepasaba cuando trataba de utilizar la maza, lograron finalmente levantar un par de tiendas raídas de dos plazas cada una.

Se alejaron un poco para contemplar el producto de su trabajo. Nadie que viera las tiendas adivinaría que pertenecían a unos magos, pensó Harry, pero el problema era que cuando llegaran Bill, Charlie y Percy serían diez.

—¿Por qué eso sería un problema? —preguntó Ron.

—Porqué son dos tiendas para diez personas —respondió Harry como si fuese obvio.

Ron puso los ojos en blanco.

—Somos magos, ¿recuerdas?

—Ya sé que so... ¡Ah! Están encantadas.

También Hermione parecía haberse dado cuenta del problema: le dirigió a Harry una risita cuando el señor Weasley se puso a cuatro patas y entró en la primera de las tiendas.

—Tú lo sabías —acusó Harry a Hermione.

—Es que era evidente —respondió Hermione.

—Estaremos un poco apretados —dijo—, pero cabremos. Entrad a echar un vistazo.

Harry se inclinó, se metió por la abertura de la tienda y se quedó con la boca abierta. Acababa de entrar en lo que parecía un anticuado apartamento de tres habitaciones, con baño y cocina.

—Vale, es mucho mejor de lo que me imaginaba —reconoció el chico Potter.

Curiosamente, estaba amueblado de forma muy parecida al de la señora Figg: las sillas, que eran todas diferentes, tenían cojines de ganchillo, y olía a gato.

—Bueno, es para poco tiempo —explicó el señor Weasley, pasándose un pañuelo por la calva y observando las cuatro literas del dormitorio—. Me las ha prestado Perkins, un compañero de la oficina. Ya no hace cámping porque tiene lumbago, el pobre.

—Bueno, al menos vosotros la haréis servir —dijo James.

Cogió la tetera polvorienta y la observó por dentro.

—Necesitaremos agua...

—En el plano que nos ha dado el muggle hay señalada una fuente —dijo Ron,

Hermione frunció el ceño ante lo dicho por Ron, cosa que el pelirrojo notó.

—¿Qué sucede? —preguntó Ron confuso.

—Nada. Es solo no me ha llegado a gustar que llamases muggle al hombre de antes —respondió Hermione.

Ron puso los ojos en blanco.

—Es que es un muggle, Hermione.

—Lo sé —asintió Hermione—. Es que me ha parecido que... bueno...

—¿Lo decía como algo despectivo? —dijo Harry.

Hermione asintió.

—¡¿Qué?! —Ron puso una expresión de horror—. ¡¿De verdad te crees que despreciaría a alguien por ser muggle?!

—¡Ya sé que no lo harías! —exclamó Hermione rápidamente—. Pero hay veces...

—¿Hay veces qué? —gruñó Ron con molestia.

—Ron, deja que Hermione se explique —replicó su hermana. Aunque ella también miraba a Hermione con el ceño fruncido.

La castaña no sabía exactamente dónde meterse, así que su "hermano" acudió en su auxilio.

—Mira, Ron. Sé que no lo haces a propósito pero algunas veces, ojo solo algunas, cuando te explicamos algo sobre el mundo muggle actúas bueno, actúas como si los muggles fueran idiotas.

En ese momento la cara de Ron era digna de ser enmarcada.

—Pero... pero...

—No eres solamente tú —se apresuró a decir Hermione—. Muchos de los nacidos de magos que he visto actúan de la misma forma.

—Bueno, eso es lógico, ¿no? —dijo Luna—. Los que hemos crecido de una manera, encontramos raro lo que a otra gente le parece normal. Es cómo cuando la gente me tacha de loca cuando hablo acerca de los nargles.

—Pero es que los nargles no existen —suspiró Hermione.

—¿Y cómo lo sabes? —preguntó Luna tranquilamente.

—Bueno, nunca se ha probado que existiesen...

—Pues entonces las dos tenéis razón —interrumpió Harry—. Luna puede afirmar que existen porque nunca se ha probado su no-existencia. Mientras que tú puedes afirmar que no existen porque nunca se ha probado de que existiesen, ¿entendéis?

Hermione suspiró. Quería discutir con Harry, pero el argumento del chico era válido. Eso había sido un excelente ejemplo del gato de Schrödinger.

—Bueno —dijo en ese momento Ron—. Podemos dejar en paz el tema de las criaturas imaginarias de Luna y centraros en mi caso de Malfoyitis aguda.

Alan dejó escapar un resoplido. Malfoyitis aguda... no era la primera vez que Ron Weasley usaba esa palabra. La primera vez había sido cuando había pillado a su princesa con la cabeza de cierto rubio metida en su entrepierna.

—Tampoco exageres, Ron —dijo Hermione—. Simplemente piensa que los muggles tienen cosas distintas a los magos y no por eso tiene que ser ridículo.

Ron asintió, pensando en cambiar ese aspecto de su personalidad.

que había entrado en la tienda detrás de Harry y no parecía nada asombrado por sus dimensiones internas—. Está al otro lado del prado.

—Bien, ¿por qué no vais por agua Harry, Hermione y tú? —El señor Weasley les entregó la tetera y un par de cazuelas—. Mientras, los demás buscaremos leña para hacer fuego.

—Pero tenemos un horno —repuso Ron —. ¿Por qué no podemos simplemente...?

—¡La seguridad antimuggles, Ron! —le recordó el señor Weasley, impaciente ante la perspectiva que tenían por delante —. Cuando los muggles de verdad acampan, hacen fuego fuera de la tienda. ¡Lo he visto!

—Tengo la sensación de que simplemente quiere hacer fuego, señor Weasley —comentó Holly con diversión.

El hombre se sonrojo.

Después de una breve visita a la tienda de las chicas, que era un poco más pequeña que la de los chicos pero sin olor a gato, Harry, Ron y Hermione cruzaron el campamento con la tetera y las cazuelas.

Con el sol que acababa de salir y la niebla que se levantaba, pudieron ver el mar de tiendas de campaña que se extendía en todas direcciones.

Caminaban entre las filas de tiendas mirando con curiosidad a su alrededor. Hasta entonces Harry no se había preguntado nunca cuántas brujas y magos habría en el mundo; nunca había pensado en los magos de otros países.

—Normal. Saber que eres un mago es, ya de por si, sorprendente —dijo Lily con una sonrisa cariñosa. Ella, hasta su quinto año, no se había parado a pensar de verdad en los magos y brujas que vivían en otras partes del mundo.

Los campistas empezaban a despertar, y las más madrugadoras eran las familias con niños pequeños. Era la primera vez que Harry veía magos y brujas de tan corta edad.

—En realidad si vas un poco atento por el Callejón Diagon los verás —dijo Molly.

Un pequeñín, que no tendría dos años, estaba a gatas y muy contento a la puerta de una tienda con forma de pirámide, dándole con una varita a una babosa, que poco a poco iba adquiriendo el tamaño de una salchicha.

Algunos sonrieron mientras otros fruncían el ceño. ¿Qué hacía un niño pequeño con una varita mágica?

Cuando llegaban a su altura, la madre salió de la tienda.

—¿Cuántas veces te lo tengo que decir, Kevin? No... toques... la varita... de papá...

—Creo que en vez de decírselo, tendría que vigilarlo un poco más —dijo Tonks poniendo los ojos en blanco.

—No sé que decirte. Los niños suelen ser muy inquietos —replicó Sally—. Y más cuando le dices que no hagas nada.

¡Ay!

—¿Qué ha sucedido? —preguntó Molly algo preocupada.

Acababa de pisar la babosa gigante, que reventó.

Varios se echaron a reír.

El aire les llevó la reprimenda de la madre mezclada con los lloros del niño:

—¡Mamá mala!, ¡«rompido» la babosa!

Ahora todos reían al imaginarse la escena.

—Desde luego, que madre más mala —dijo Fred.

—Mira que romper la babosa de su hijo —añadió George.

Un poco más allá vieron dos brujitas, apenas algo mayores que Kevin. Montaban en escobas de juguete que se elevaban lo suficiente para que las niñas pasaran rozando el húmedo césped con los dedos de los pies.

Sirius sonrió con algo de nostalgia, recordando la fotografía que Lily le había mandado en una ocasión. En ella salía un Harry de apenas un año, volando de lado a lado con la escoba de juguete que le había regalado, a James persiguiéndole y a Lily riéndose en un lado.

La imagen de una familia feliz.

Una familia feliz que había sido destrozada por un malnacido.

Un mago del Ministerio que parecía tener mucha prisa los adelantó, y lo oyeron murmurar ensimismado:

—¡A plena luz del día! ¡Y los padres estarán durmiendo tan tranquilos! Como si lo viera...

—Entiendo que haya seguridad anti-muggle y todo eso. Pero ahora mismo todos los que hay por ahí son magos. No creo que importe esas cosas —dijo Will.

—Mejor prevenir que curar —dijo Remus.

Por todas partes, magos y brujas salían de las tiendas y comenzaban a preparar el desayuno. Algunos, dirigiendo miradas furtivas en torno de ellos, prendían fuego con sus varitas. Otros frotaban las cerillas en las cajas con miradas escépticas, como si estuvieran convencidos de que aquello no podía funcionar.

Harry y Hermione se miraron, rodando los ojos.

Tres magos africanos enfundados en túnicas blancas conversaban animadamente mientras asaban algo que parecía un conejo sobre una lumbre de color morado brillante, en tanto que un grupo de brujas norteamericanas de mediana edad cotilleaba alegremente, sentadas bajo una destellante pancarta que habían desplegado entre sus tiendas, que decía: «Instituto de las brujas de Salem.» Desde el interior de las tiendas por las que iban pasando les llegaban retazos de conversaciones en lenguas extranjeras, y, aunque Harry no podía comprender ni una palabra, el tono de todas las voces era de entusiasmo.

—Normal. Están en la final de la Copa del Mundo —dijo James con los ojos brillantes de emoción.

—Eh... ¿son mis ojos, o es que se ha vuelto todo verde? —preguntó Ron.

No eran los ojos de Ron. Habían llegado a un área en la que las tiendas estaban completamente cubiertas de una espesa capa de tréboles, y daba la impresión de que unos extraños montículos habían brotado de la tierra. Dentro de las tiendas que tenían las portezuelas abiertas se veían caras sonrientes.

—Debe de ser la zona de Irlanda —dijo Jake.

De pronto oyeron sus nombres a su espalda:

—¡Harry!, ¡Ron!, ¡Hermione!

Era Seamus Finnigan, su compañero de cuarto curso de la casa Gryffindor.

Los Gryffindor de su curso sonrieron ante su aparición.

Estaba sentado delante de su propia tienda cubierta de trébol, junto a una mujer de pelo rubio cobrizo que debía de ser su madre, y su mejor amigo, Dean Thomas, también de Gryffindor.

—Cómo siempre esos dos juntos —dijo Neville, sin saber muy bien como sentirse. Por un lado siempre estaban Harry y Ron, y por el otro Seamus y Dean; y al final Neville siempre quedaba aislado del resto.

—¿Os gusta la decoración? —preguntó Seamus, sonriendo, cuando los tres se acercaron a saludarlos —. Al Ministerio no le ha hecho ninguna gracia.

—Imagino que no —bufó Percy.

—El trébol es el símbolo de Irlanda. ¿Por qué no vamos a poder mostrar nuestras simpatías —dijo la señora Finnigan—. Tendríais que ver lo que han colgado los búlgaros en sus tiendas. Supongo que estaréis del lado de Irlanda —añadió, mirando a Harry, Ron y Hermione con sus brillantes ojillos.

Se fueron después de asegurarle que estaban a favor de Irlanda, aunque, como dijo Ron:

—Cualquiera dice otra cosa rodeado de todos ésos.

—Yo creo que ese día os hacéis un corte en la zona de Irlanda y os linchan simplemente porque la sangre es roja —dijo Will.

—Me pregunto qué habrán colgado en sus tiendas los búlgaros —dijo Hermione.

—Vamos a echar un vistazo —propuso Harry, señalan do una gran área de tiendas que había en lo alto de la ladera, donde la brisa hacía ondear una bandera de Bulgaria, roja, verde y blanca.

En aquella parte las tiendas no estaban engalanadas con flora, pero en todas colgaba el mismo póster, que mostraba un rostro muy hosco de pobladas cejas negras.

—¿Y ese quién es? —preguntó Luna con curiosidad.

Ron la miró como si Luna fuese una extraterrestre.

—¿Qué quién es? ¡Es Krum, el buscador del equipo de Bulgaria!

—Ah... ya he dicho que el quidditch no me interesa mucho —respondió Luna tranquilamente.

—¿Y para que ir? —preguntó Harry—. A ver, no me malinterpretes, pero si algo no te interesa no creo que sea muy divertido estar ahí.

—Mi padre quería ir —respondió Luna—. En realidad a él tampoco le interesa mucho el quidditch, y solamente fue para sus investigaciones.

—¿Y no hubiera sido mejor quedarte en casa con tu madre o algo así? —preguntó Harry. En ese momento Ginny le dio un codazo y le dirigió una mirada de advertencia—. ¡Au! ¿Pero qué...? —En ese momento vio la expresión de Luna y se dio cuenta de lo que ocurría—. ¡Oh, Luna! Yo no... siento...

—Da igual —sonrió Luna, recuperando su antiguo humor—. Fue hace algunos años.

La fotografía, por supuesto, se movía, pero lo único que hacía era parpadear y fruncir el entrecejo.

—Es Krum —explicó Ron en voz baja.

—¿Quién? —preguntó Hermione.

—¡Krum! —repitió Ron—. ¡Viktor Krum, el buscador del equipo de Bulgaria!

—Parece que tiene malas pulgas —comentó Hermione, observando la multitud de Krums que parpadeaban, ceñudos.

—¿Malas pulgas? —Ron levantó los ojos al cielo—. ¿Qué más da eso? Es increíble.

—Creo que una cosa no quita la otra, Ron —comentó Bill.

Y es muy joven, además. Sólo tiene dieciocho años o algo así.

—Harry, tienes que superarlo —dijo James seriamente.

—Me gusta el quidditch, pero no me interesa jugar profesionalmente a él —replicó su hijo.

Es genial. Esperad a esta noche y lo veréis.

Ya había cola para coger agua de la fuente, así que se pusieron al final, inmediatamente detrás de dos hombres que estaban enzarzados en una acalorada discusión. Uno de ellos, un mago muy anciano, llevaba un camisón largo estampado.

—¿Por qué no estamos allí? —se lamentó Will.

El otro era evidentemente un mago del Ministerio: tenía en la mano unos pantalones de mil rayas y parecía a punto de llorar de exasperación.

—Tan sólo tienes que ponerte esto, Archie, sé bueno. No puedes caminar por ahí de esa forma: el muggle de la entrada está ya receloso.

—Me compré esto en una tienda muggle —replicó el mago anciano con testarudez —. Los muggles lo llevan.

—Las mujeres para ser concretos —sonrió Emily.

—Lo llevan las mujeres muggles, Archie, no los hombres. Los hombres llevan esto —dijo el mago del Ministerio, agitando los pantalones de rayas.

—No me los pienso poner —declaró indignado el viejo Archie—. Me gusta que me dé el aire en mis partes privadas, lo siento.

En ese momento a casi toda la sala le dio tal ataque de risa que tuvieron que detener la lectura media hora como mínimo.

A Hermione le dio tal ataque de risa en aquel momento que tuvo que salirse de la cola, y no volvió hasta que Archie se fue con el agua.

—Yo creo que ni hubiese vuelto —rió Tonks con lágrimas en los ojos a causa de la risa.

Volvieron por el campamento, caminando más despacio por el peso del agua. Por todas partes veían rostros familiares: estudiantes de Hogwarts con sus familias. Oliver Wood

—¡Ni graduado nos libramos de él! —exclamó George.

, el antiguo capitán del equipo de quidditch al que pertenecía Harry, que acababa de terminar en Hogwarts, lo arrastró hasta la tienda de sus padres para que lo conocieran, y le dijo emocionado que acababa de firmar para formar parte de la reserva del Puddlemere United.

—¿Ya? —preguntó Harry con algo de asombro.

—Tampoco es tan raro. Muchos representantes de diferentes equipos de quidditch suelen ir a las finales de la escuela para ver a los que están a punto de graduarse, y así conseguir nuevos jugadores —respondió Ginny.

—¿Y tú como sabes eso? —preguntó Charlie.

Ginny se sonrojo. No había dicho a nadie que le gustaría jugar profesionalmente al quidditch una vez se graduase.

—Lily, una compañera de cuarto, me comentó el año pasado que a su hermano lo habían fichado para los Tornados de Tutshill al graduarse de la escuela —respondió Ginny rápidamente.

Cerca de allí se encontraron con Ernie Macmillan, un estudiante de cuarto de la casa Hufflepuff, y luego vieron a Cho Chang, una chica muy guapa que jugaba de buscadora en el equipo de Ravenclaw.

Cedric levantó una ceja. No tenía ni idea de que a Harry le gustase Cho...

Esto será incómodo pensó el chico, preguntándose si debería contarle a Harry que él y Cho llevaban saliendo desde finales del curso pasado.

Cho Chang le hizo un gesto con la mano y le sonrió.

Al devolverle el saludo, Harry se volcó encima un montón de agua.

Harry se sonrojo mientras varios se reían. Ginny simplemente chasqueó la lengua, haciendo que Harry sonriese internamente.

Para que Ron dejara de reírse, Harry señaló a un grupo de adolescentes a los que no había visto nunca.

—Ahora no me digas que te conoces el rostro de todos los que estudian en Hogwarts —bufó Will—. Porque no te los conoces, ¿cierto?

—Conocermelos, conocermelos... no. Pero tampoco te voy a negar que me los conozca de pasada.

—¿Quiénes serán? —preguntó—. No van a Hogwarts, ¿verdad?

—Supongo que estudian en el extranjero —respondió Ron —. Sé que hay otros colegios, pero no conozco a nadie que vaya a ninguno de ellos. Bill se escribía con un chico de Brasil...

—¡Ah, sí! —exclamó Bill.

hace una pila de años... Quería hacer intercambio con él, pero mis padres no tenían bastante dinero. El chico se molestó mucho cuando se enteró de que Bill no iba a ir, y le envió un sombrero encantado que hizo que se le cayeran las orejas para abajo como si fueran hojas mustias.

Varios rieron, Bill el que más.

Harry se rió, y no confesó que le sorprendía enterarse de que existían otros colegios de magia.

—¿Y qué esperabas? ¿Qué todos los magos del mundo estudiasen en Hogwarts o qué? —preguntó Charlie con diversión.

—Ya lo he dicho antes. No había pensado que existían magos en otras partes del mundo —respondió Harry.

Al ver a representantes de tantas nacionalidades en el cámping, pensó que había sido un tonto al creer que Hogwarts sería el único.

Observó que Hermione no parecía nada sorprendida por la información. Sin duda, ella había tenido noticia de otros colegios de magia al leer algún libro.

—Si te interesa el tema, hay un par de libros que te podrían interesar —dijo Hermione—. Historia de las tres escuelas en Europa (la cuál también incluye Hogwarts) es un buen libro.

—Ya... en otro momento, Hermione —dijo Harry.

—Habéis tardado siglos —dijo George, cuando llegaron por fin a las tiendas de los Weasley.

—Nos hemos encontrado a unos cuantos conocidos —explicó Ron,

—Ya lo hemos visto —respondió George.

dejando la cazuela—. ¿Aún no habéis encendido el fuego?

—Papá lo está pasando bomba con los fósforos —contestó Fred.

—¿Por qué no me extraña? —suspiró Molly, mientras se preguntaba que eran los fósforos.

El señor Weasley no lograba encender el fuego, aunque no porque no lo intentara. A su alrededor, el suelo estaba lleno de fósforos consumidos, pero parecía estar disfrutando como nunca.

—¡Vaya! —exclamaba cada vez que lograba encender un fósforo, e inmediatamente lo dejaba caer de la sorpresa.

—¿De verdad? —comentó Jake con diversión—. Entiendo que se sorprenda la primera vez... ¿pero el resto?

—Papá es así —respondió Ginny.

—Déjeme, señor Weasley —dijo Hermione amablemente, cogiendo la caja para mostrarle cómo se hacía.

Al final encendieron fuego, aunque pasó al menos otra hora hasta que se pudo cocinar en él.

—Con magia habríamos tardado menos —murmuró Ron, antes de abrir los ojos—. ¡Pero el método muggle tampoco esta tan mal!

Sin embargo, había mucho que ver mientras esperaban.

Habían montado las tiendas delante de una especie de calle que llevaba al estadio, y el personal del Ministerio iba por ella de un lado a otro apresuradamente, y al pasar saludaban con cordialidad al señor Weasley.

—Vaya, si que tienes conocidos —comentó James.

Éste no dejaba de explicar quiénes eran, sobre todo a Harry y a Hermione, porque sus propios hijos sabían ya demasiado del Ministerio para mostrarse interesados.

Ron, Ginny, Fred y George miraron para otro lado, sonrojados.

—Ése es Cuthbert Mockridge, jefe del Instituto de Coordinación de los Duendes... Por ahí va Gilbert Wimple, que está en el Comité de Encantamientos Experimentales. Ya hace tiempo que lleva esos cuernos...

—En más de un sentido —murmuró Percy por lo bajo. En el poco tiempo que llevaba en el Ministerio de Magia, había oído varios rumores sobre las infidelidades de la señora Wimple con su marido.

Hola, Arnie... Arnold Peasegood es desmemorizador, ya sabéis, un miembro del Equipo de Reversión de Accidentes Mágicos... Y aquéllos son Bode y Croaker... son inefables...

—¿Inefables? —preguntó Harry.

—Ni idea. Solamente sé que trabajan en el Departamento de Misterios —respondió Arthur.

—¿Qué son?

—Inefables: del Departamentos de Misterios, secreto absoluto. No tengo ni idea de lo que hacen...

Al final consiguieron una buena fogata, y acababan de ponerse a freír huevos y salchichas cuando llegaron Bill, Charlie y Percy, procedentes del bosque.

—Suertudos —gruñeron todos los que habían tenido que madrugar.

—Ahora mismo acabamos de aparecernos, papá —anunció Percy en voz muy alta

—Al parecer Percy tampoco considera mucho la seguridad anti-muggles, ¿eh? —chinchó George.

Percy se sonrojo.

—. ¡Qué bien, el almuerzo!

Estaban dando cuenta de los huevos y las salchichas cuando el señor Weasley se puso en pie de un salto, sonriendo y haciendo gestos con la mano a un hombre que se les acercaba a zancadas.

—¡Ajá! —dijo—. ¡El hombre del día! ¡Ludo!

Ludo Bagman era con diferencia la persona menos discreta que Harry había visto hasta aquel momento, incluyendo al anciano Archie con su camisón.

—¿Hay algo menos discreto que eso? —preguntó Tonks con una ceja levantada.

—Supongo que sí... —respondió Remus—. ¿Qué se hubiese puesto un bikini de mujer?

La imagen que varios pensaron era tal que no sabían si morirse de la risa o de un ataque de pánico.

Llevaba una túnica larga de quidditch con gruesas franjas horizontales negras y amarillas, con la imagen de una enorme avispa estampada sobre el pecho.

—Una túnica de quidditch de las Avispas de Wimbourne —murmuró Tonks—. Sí, creo que eso es menos discreto que el camisón del viejo Archie.

Su aspecto era el de un hombre de complexión muy robusta en decadencia, y la túnica se le tensaba en torno de una voluminosa barriga que seguramente no había tenido en los tiempos en que jugaba en la selección inglesa de quidditch.

—Un poco difícil jugar ahí si tenía ese barrigón —dijo Neville.

Tenía la nariz aplastada (probablemente se la había roto una bludger perdida, pensó Harry)

—Correcto —dijo Arthur.

; pero los ojos, redondos y azules, y el pelo, corto y rubio, lo hacían parecer un niño muy crecido.

—¡Ah, de la casa! —les gritó Bagman, contento. Caminaba como si tuviera muelles en los talones, y resultaba evidente que estaba muy emocionado —. ¡El viejo Arthur! —dijo resoplando al llegar junto a la fogata—. Vaya día, ¿eh? ¡Vaya día! ¿A que no podíamos pedir un tiempo más perfecto? Vamos a tener una noche sin nubes... y todos los preparativos han salido sin el menor tropiezo... ¡Casi no tengo nada que hacer!

Detrás de él pasó a toda prisa un grupo de magos del Ministerio muy ojerosos, señalando los indicios distantes pero evidentes de algún tipo de fuego mágico que arrojaba al aire chispas de color violeta, hasta una altura de seis o siete metros.

—Diría algo, pero ya me imagino que el señor Bagman no se ocuparía de algo así —dijo Emily.

Percy se adelantó apresuradamente con la mano tendida. Aunque desaprobaba la manera en que Ludo Bagman dirigía su departamento, quería causar una buena impresión.

—Lameculos. Tos, tos —dijo George.

—Sabes que debes toser y no decir la palabra, ¿verdad? —señaló Bill mientras Percy fulminaba a George con la mirada.

—¡Ah... sí! —dijo sonriendo el señor Weasley—. Éste es mi hijo Percy, que acaba de empezar a trabajar en el Ministerio... y éste es Fred... digo George, perdona... Fred es este de aquí... Bill, Charlie, Ron... mi hija Ginny... y los amigos de Ron: Hermione Granger y Harry Potter.

Bagman apenas reaccionó al oír el nombre de Harry, pero sus ojos se dirigieron como era habitual hacia la cicatriz que Harry tenía en la frente.

Harry hizo una mueca, pero no dijo nada. Ya estaba acostumbrado.

—Éste es Ludo Bagman —continuó presentando el señor Weasley—. Ya lo conocéis: gracias a él hemos conseguido unas entradas tan buenas.

Bagman sonrió e hizo un gesto con la mano como diciendo que no tenía importancia.

—¿No te gustaría hacer una pequeña apuesta, Arthur? —dijo con entusiasmo, haciendo sonar en los bolsillos de su túnica negra y amarilla lo que parecía una gran cantidad de monedas de oro

—¿Apuestas? —Molly entrecerró los ojos—. Espero que no se te ocurra aceptar, Arthur Weasley.

Arthur se encogió un poco en su sitio ante la mirada fulminante de su esposa.

—Si solo es una apuesta pequeñita...

—¡He dicho que no! Lo que nos faltaba, como vamos tan bien de dinero —gruñó la mujer.

—Además, dudo que ni siquiera sean legales —gruñó Moody.

—. Roddy Pontner ya ha apostado a que Bulgaria marcará primero, y yo me he jugado una buena cantidad, porque los tres delanteros de Irlanda son los más fuertes que he visto en años... Y Agatha Timms se ha jugado la mitad de las acciones de su piscifactoría de anguilas a que el partido durará una semana.

—La primera apuesta no esta mal —dijo James.

—Pero la segunda es bastante arriesgada —añadió Sirius.

—Eh... bueno, bien —respondió el señor Weasley—. Veamos... ¿un galeón a que gana Irlanda?

Molly entrecerró los ojos, haciendo que su marido se encogiese más en el sitio. Luego simplemente suspiró.

—Mientras sea solamente un galeón.

—¿Un galeón? —Ludo Bagman parecía algo decepcionado, pero disimuló—. Bien, bien... ¿alguna otra apuesta?

—Ni se os ocurra —gruñó la señora Weasley.

—Son demasiado jóvenes para apostar —dijo el señor Weasley —. A Molly no le gustaría...

Molly asintió, feliz de que Arthur fuese lo suficientemente consciente del asunto.

—Apostaremos treinta y siete galeones, quince sickles y tres knuts a que gana Irlanda —declaró Fred,

—¡FREDERICK FABIAN WEASLEY! ¡GEORGE GIDEON WEASLEY! ¡¿QUÉ OS ACABÓ DE DECIR?! —rugió Molly fulminando a sus hijos con la mirada.

—Técnicamente nos lo has dicho aquí, no allí —apuntó Fred, pero se calló ante la mirada mortífera de su madre.

—Me da igual cuando os lo dijese. ¡¿Cómo se os ocurre apostar?! ¡Y ni siquiera sois mayores de edad!

—Pero ese es nuestro dinero —protestó George—. Podemos hacer lo que queramos con él.

—¿Y ese dinero quién os lo ha dado, eh? —espetó Molly. Arthur le puso un mano sobre el brazo.

—Molly, cariño. Aunque ese dinero se lo hemos ido dando nosotros, ahora es de ellos —dijo el señor Weasley.

Molly parecía dispuesta a gritar a su marido, pero Harry intervino.

—Señora Weasley, es posible que el señor Weasley no permita la apuesta. Así que esperemos un poco —dijo. Molly asintió.

al tiempo que él y George sacaban todo su dinero en común—, pero a que Viktor Krum coge la snitch.

Cedric tuvo que ocultar un ataque de risa. ¿Es que los gemelos Weasley eran adivinos o qué?

—Eso si que es una apuesta arriesgada —dijo Remus con un silbido—. Mucho más que el tipo que ha apostado que el partido duraría una semana.

¡Ah!, y añadiremos una varita de pega.

Daphne abrió los ojos con asombro.

—Eso ha estado bien —admitió—. Ya no es el hecho de semejante apuesta, dónde si ganáis, por casualidad, conseguiréis un montón de dinero. Si no que además estáis promocionando vuestro producto a un futuro comprador, quién, a su vez, puede promocionaros a otras personas.

—Se nota que el sombrero os quería mandar a Slytherin —dijo Astoria con cierta admiración.

—¡No le iréis a enseñar al señor Bagman semejante porquería! —dijo Percy entre dientes.

Pero Bagman no pensó que fuera ninguna porquería.

Fred y George, en un alarde de madurez, le sacaron la lengua a su hermano mayor.

Por el contrario, su rostro infantil se iluminó al recibirla de manos de Fred, y, cuando la varita dio un chillido y se convirtió en un pollo de goma, Bagman prorrumpió en sonoras carcajadas.

—¡Estupendo! ¡Hacía años que no veía ninguna tan buena! ¡Os daré por ella cinco galeones!

—De acuerdo, Mejor de lo que me esperaba y todo —admitió Reg.

Percy hizo un gesto de pasmo y desaprobación.

—Muchachos —dijo el señor Weasley—, no quiero que apostéis... Eso son todos vuestros ahorros. Vuestra madre...

—¡No seas aguafiestas, Arthur! —bramó Ludo Bagman,

Molly soltó un gruñido tan grave que casi parecía una bestia. Algo les decía que si Ludo Bagman terminaba por ahí, no duraría ni unos segundos entero.

haciendo tintinear con entusiasmo las monedas de los bolsillos—. ¡Ya tienen edad de saber lo que quieren! ¿Pensáis que ganará Irlanda pero que Krum cogerá la snitch? No tenéis muchas posibilidades de acertar, muchachos. Os ofreceré una proporción muy alta. Así que añadiremos cinco galeones por la varita de pega y...

El señor Weasley se dio por vencido cuando Ludo Bagman sacó una libreta y una pluma del bolsillo y empezó a anotar los nombres de los gemelos.

—¡Arthur! —exclamó Molly.

—Lo siento, cariño. Pero tampoco puedo ir diciéndoles siempre lo que tienen y no tienen que hacer —dijo Arthur.

—¡Gracias! —dijo George, tomando el recibo de pergamino que Bagman le entregó y metiéndoselo en el bolsillo delantero de la túnica.

Bagman se volvió al señor Weasley muy contento.

—¿Podría tomar un té con vosotros? Estoy buscando a Barty Crouch. Mi homólogo búlgaro está dando problemas, y no entiendo una palabra de lo que dice. Barty sí podrá: habla ciento cincuenta lenguas.

—¿El señor Crouch? —dijo Percy, abandonando de pronto su tieso gesto de reprobación y estremeciéndose palpablemente de entusiasmo —. ¡Habla más de doscientas! Habla sirenio, duendigonza, trol...

—¿El trol es considerado una lengua? —preguntó Regulus.

—Lo es —confirmó Dumbledore.

—Todo el mundo es capaz de hablar trol —lo interrumpió Fred con desdén—. No hay más que señalar y gruñir.

Varios rieron.

—Cierto. Pero también hay que tener cuidado con la entonación de los gruñidos —dijo el director con un brillo divertido en los ojos.

Percy le echó a Fred una mirada muy severa y avivó el fuego para volver a calentar la tetera.

—¿Sigue sin haber noticias de Bertha Jorkins, Ludo? —preguntó el señor Weasley, mientras Bagman se sentaba sobre la hierba, entre ellos.

—No ha dado señales de vida —repuso Bagman con toda calma —. Ya volverá. La pobre Bertha... tiene la memoria como un caldero lleno de agujeros y carece por completo de sentido de la orientación. Pongo las manos en el fuego a que se ha perdido. Seguro que regresa a la oficina cualquier día de octubre pensando que todavía es julio.

—No creo que nadie sea tan despistado —dijo Luna.

—¿No crees que habría que enviar ya a alguien a buscarla?

—Más bien debieron mandar a gente a buscarla hacía tiempo —dijo Lily.

—Pero sabemos que es inútil —replicó James.

—sugirió el señor Weasley al tiempo que Percy le entregaba a Bagman la taza de té.

—Es lo mismo que dice Barty Crouch —contestó Bagman, abriendo inocentemente los redondos ojos —. Pero en este momento no podemos prescindir de nadie.

—También tiene razón —admitió Tonks.

¡Vaya! ¡Hablando del rey de Roma! ¡Barty!

—Eso si que casualidad —dijo Neville.

Junto a ellos acababa de aparecerse un mago que no podía resultar más diferente de Ludo Bagman, el cual se había despatarrado sobre la hierba con su vieja túnica de las Avispas. Barty Crouch era un hombre mayor de pose estirada y rígida que iba vestido con corbata y un traje impecablemente planchado. Llevaba la raya del pelo tan recta que no resultaba natural, y parecía como si se recortara el bigote de cepillo utilizando una regla de cálculo. Le relucían los zapatos.

—Ostia puta. ¿Este tío es la perfección en persona o qué? —soltó Bill con asombro.

Sin embargo Sirius, Sally y sus hijos no pudieron evitar fruncir el ceño, recordando que Barty Crouch había sido quién había mandado a Sirius a Azkaban sin juicio.

Harry comprendió enseguida por qué Percy lo idolatraba: Percy creía ciegamente en la importancia de acatar las normas con total rigidez, y el señor Crouch había observado de un modo tan escrupuloso la norma de vestir como muggles que habría podido pasar por el director de un banco. Harry pensó que ni siquiera tío Vernon se habría dado cuenta de lo que era en realidad.

—Y eso que tío Vernon tiene una especie de radar para detectar las cosas mágicas —dijo Harry. Nadie sabía si lo decía en serio o en broma.

—Siéntate un rato en el césped, Barty —lo invitó Ludo con su alegría habitual, dando una palmada en el césped, a su lado.

—No, gracias, Ludo —dijo el señor Crouch, con una nota de impaciencia en la voz —. Te he buscado por todas partes. Los búlgaros insisten en que tenemos que ponerles otros doce asientos en la tribuna...

—¿Conque era eso lo que querían? —se sorprendió Bagman—. Pensaba que ese tío me estaba pidiendo doscientas aceitunas.

—¿Para que alguien iba a pedir doscientas aceitunas? —preguntó Ron con asombro.

—¿Para que alguien iba a pedir aceitunas para empezar? —añadió Will.

—Adivino, no te gustan las aceitunas —dijo Astoria.

—Ni un poco.

¡Qué acento tan endiablado!

—Señor Crouch —dijo Percy sin aliento, inclinado en una especie de reverencia que lo hacia parecer jorobado

Hubieron un par de risitas.

—, ¿querría tomar una taza de té?

—¡Ah! —contestó el señor Crouch, mirando a Percy con cierta sorpresa—. Sí... gracias, Weatherby.

Ahora casi todos reían a carcajadas.

—Percy, ¿desde cuando te has cambiado el apellido? —preguntó Charlie entre risas.

Percy enrojeció.

—Primero fue Weasley, después Weezly y ahora Weatherby —rió Ron.

—¡Venga, ya es suficiente! —exclamó Percy con la cara roja.

—¿Por qué no le has dicho que tu apellido no es ese? —preguntó Tonks.

—Nunca encontré el momento —respondió Percy—. Además me parece una falta de respeto corregirle.

—Pues a mí me parecer una mayor falta de respeto no saber ni siquiera el apellido de tu subordinado —dijo Luna.

A Fred y a George se les atragantó el té de la risa. Percy, rojo como un tomate, se encargó de servirlo.

—Ah, también tengo que hablar contigo, Arthur —dijo el señor Crouch, fijando en el padre de Ron sus ojos de lince —. Alí Bashir está en pie de guerra. Quiere comentarte lo del embargo de alfombras voladoras.

Arthur se frotó las sienes con las manos.

El señor Weasley exhaló un largo suspiro.

—Justo esta semana pasada le he enviado una lechuza sobre este tema. Se lo he dicho más de cien veces: las alfombras están definidas como un artefacto muggle en el Registro de Objetos de Encantamiento Prohibidos. ¿No habrá manera de que lo entienda?

—Al parecer no —gruñó.

—Creo que no —reconoció el señor Crouch, tomando la taza que le tendía Percy—. Está desesperado por exportar a este país.

—Bueno, nunca sustituirán a las escobas en Gran Bretaña, ¿no os parece? —observó Bagman.

—Tiene un punto —dijo James—. Prácticamente todas las familia mágicas de Gran Bretaña tienen una escoba.

—Alí piensa que en el mercado hay un hueco para el vehículo familiar

—Si lo piensas tampoco vendría tan mal —dijo Lily.

—Pero habría que hacer docenas de modificaciones a las leyes —señaló Sally.

—Lo sé. Lo sé.

repuso el señor Crouch —. Recuerdo que mi abuelo tenía una Axminster de doce plazas. Por supuesto, eso fue antes de que las prohibieran.

Lo dijo como si no quisiera dejar duda alguna de que todos sus antepasados habían respetado escrupulosamente la ley.

—Pero acerca de mandar a la gente a Azkaban sin juicio mejor no hablamos, ¿no? —gruñó Sirius.

—¿Así que has estado ocupado, Barty? —preguntó Bagman en tono jovial.

—Bastante —contestó secamente el señor Crouch —. No es pequeña hazaña organizar trasladores en los cinco continentes, Ludo.

—Supongo que tanto uno como otro os alegraréis de que esto acabe —comentó el señor Weasley.

—Creo que más de uno se alegrará de eso —dijo Hermione.

Ludo Bagman se mostró muy asombrado.

—¿Alegrarme? Nunca lo he pasado tan bien...

—Al parecer Bagman no es de la opinión de todos —dijo Eli.

y, además, no se puede decir que no nos quede de qué preocuparnos. ¿Verdad, Barty? Aún hay mucho que organizar, ¿verdad?

El señor Crouch levantó las cejas mirando a Bagman.

—Hemos acordado no decir nada hasta que todos los detalles...

—¡Ah, los detalles! —dijo Bagman, haciendo un gesto con la mano para echar a un lado aquella palabra como si fuera una nube de mosquitos —. Han firmado, ¿no es así? Se han mostrado conformes, ¿no es así? Te apuesto lo que quieras a que muy pronto estos chicos se enterarán de algún modo. Quiero decir que, como es en Hogwarts donde va a tener lugar...

—¿Se puede saber de que esta hablando? —preguntó Ron.

—Lo sabrá en su debido momento, señor Weasley —respondió McGonagall.

—Ludo, te recuerdo que tenemos que buscar a los búlgaros —dijo de forma cortante el señor Crouch —. Gracias por el té, Weatherby.

Le devolvió a Percy la taza, que continuaba llena, y aguardó a que Ludo se levantara. Apurando el té que le que daba, Bagman se puso de pie con esfuerzo acompañado del tintineo de las monedas que llevaba en los bolsillos.

—¡Hasta luego! —se despidió—. Estaréis conmigo en la tribuna principal. ¡Yo seré el comentarista! —Saludó con la mano; Barty Crouch hizo un breve gesto con la cabeza, y tanto uno como otro se desaparecieron.

—¿Qué va a pasar en Hogwarts, papá? —preguntó Fred de inmediato—. ¿A qué se referían?

—¿De verdad crees que te lo dirá? —preguntó Jake.

—Por probar no pierdo nada —respondió Fred.

—No tardaréis en enteraros —contestó el señor Weasley, sonriendo.

—Es información reservada, hasta que el ministro juzgue conveniente levantar el secreto —añadió Percy fríamente

—Venga, no seas aguafiestas, Percy —dijo Charlie.

—Pero si vosotros también lo sabéis —replicó Percy.

—Ya. Pero es que nosotros nos hacemos querer —dijo Bill.

—. El señor Crouch ha hecho lo adecuado al no querer revelar nada.

—Cállate, Weatherby —le espetó Fred.

—Mira, ahí tienes un buen motivo por el cual deberías de haberle dicho a Crouch que tu apellido era Weasley y no Weatherby —señaló Tonks.

Conforme avanzaba la tarde la emoción aumentaba en el cámping, como una neblina que se hubiera instalado allí. Al oscurecer, el aire aún estival vibraba de expectación, y, cuando la noche llegó

—Ya casi es la hora —dijo James con emoción. Casi parecía ser él el que iba a ver el partido.

como una sábana a cubrir a los miles de magos, desaparecieron los últimos vestigios de disimulo: el Ministerio parecía haberse resignado ya a lo inevitable y dejó de reprimir los ostensibles indicios de magia que surgían por todas partes.

—Sinceramente me sorprende que lo hubiesen intentado desde el principio —dijo Sally—. Era evidente que no lo lograrían. Sobre todo con tantos magos de tantas partes del mundo.

Los vendedores se aparecían a cada paso, con bandejas o empujando carros en los que llevaban cosas extraordinarias: escarapelas luminosas (verdes de Irlanda, rojas de Bulgaria) que gritaban los nombres de los jugadores; sombreros puntiagudos de color verde adornados con tréboles que se movían; bufandas del equipo de Bulgaria con leones estampados que rugían realmente; banderas de ambos países que entonaban el himno nacional cada vez que se las agitaba; miniaturas de Saetas de Fuego que volaban de verdad y figuras coleccionables de jugadores famosos que se paseaban por la palma de la mano en actitud jactanciosa.

—Ya por eso vale la pena haber ido hasta allí —dijo Eli, preguntándose que habría comprado ella.

—He ahorrado todo el verano para esto —le dijo Ron a Harry mientras caminaban con Hermione entre los vendedores, comprando recuerdos. Aunque Ron se compró un sombrero con tréboles que se movían y una gran escarapela verde, adquirió también una figura de Viktor Krum, el buscador del equipo de Bulgaria. La miniatura de Krum iba de un lado para otro en la mano de Ron, frunciendo el entrecejo ante la escarapela verde que tenía delante.

—Seguramente se estará preguntando porque no llevas la de Bulgaria —dijo Neville.

—¡Vaya, mirad esto! —exclamó Harry, acercándose rápidamente hasta un carro lleno de montones de unas cosas de metal que parecían prismáticos excepto en el detalle de que estaban llenos de botones y ruedecillas.

—Son omniculares —explicó el vendedor con entusiasmo —. Se puede volver a ver una jugada... pasarla a cámara lenta, y si quieres te pueden ofrecer un análisis jugada a jugada. Son una ganga: diez galeones cada uno.

—No sé si ganga es la palabra que usaría para describirlo —dijo Lily.

—Bueno, Lily. Podía ser más caro de lo es —señaló Sirius.

—Ahora me arrepiento de lo que he comprado —reconoció Ron, haciendo un gesto desdeñoso hacia el sombrero con los tréboles que se movían y contemplando los omniculares con ansia.

—Ten cuidado que la señora Finnigan no te oiga —bromeó Will.

—Deme tres —le dijo Harry al mago con decisión.

—Harry...

—En serio, no hace falta...

Protestaron Ron y Hermione. Pero Harry les dirigió una mirada.

—Dejadme comprar lo que yo quiera.

—No... déjalo —pidió Ron, poniéndose colorado. Siempre le cohibía el hecho de que Harry, que había heredado de sus padres una pequeña fortuna, tuviera mucho más dinero que él.

Ron se dio cuenta de que, gracias a esos libros, cada vez le importaba menos que Harry tuviese más dinero que él.

—Es mi regalo de Navidad —le explicó Harry, poniéndoles a él y a Hermione los omniculares en la mano —. ¡De los próximos diez años!

—Pues los próximos diez años te van a salir baratos —rió Emily.

—Conforme —aceptó Ron, sonriendo.

—¡Gracias, Harry! —dijo Hermione —. Yo compraré unos programas...

—Cómo no —dijeron Harry y Ron.

Con los bolsillos considerablemente menos abultados, regresaron a las tiendas. Bill, Charlie y Ginny llevaban también escarapelas verdes, y el señor Weasley tenía una bandera de Irlanda. Fred y George no habían comprado nada porque le habían entregado todo el dinero a Bagman.

Molly frunció el ceño, pero no dijo nada. Ya se darían cuenta ellos del error que habían cometido apostando. Y encima con una apuesta como esa.

Y entonces se oyó el sonido profundo y retumbante de un gong al otro lado del bosque, y de inmediato se iluminaron entre los árboles unos faroles rojos y verdes, marcando el camino al estadio.

—¡Ya es la hora! —anunció el señor Weasley, tan impaciente como los demás—. ¡Vamos!

—Fin del capítulo —dijo Fred—. Espera... eso quiere decir que a George le toca leer.

—¡Me toca leer la final! —exclamó George, arrebatándole el libro a su hermano—. ¡Trae para aquí!


*: Esto me recuerda a algo que vi... no sé si un vídeo o algo así, que había un momento en el que decían algo así como: "Esto no pasaría si en Hogwarts enseñarán matemáticas básicas", y leyendo esa parte solamente puedo estar de acuerdo XD

**: Para los que no lo sepáis el gato de Schrödinger fue un experimento imaginario concebido por un físico austriaco llamado Erwin Schrödinger, en dónde se metía a un gato dentro de una caja opaca, junto a una botella de gas venenoso y un dispositivo el cual contenía una partícula radioactiva, con una probabilidad del 50% en desintegrarse pasado cierto tiempo y romper la botella con el veneno. Una vez pasado ese tiempo, abrirían esa caja para ver si el gato seguía vivo o no, pero hasta que eso pasase se consideraba que el gato estaba vivo y muerto al mismo tiempo.

Con el ejemplo del libro Harry quiere decir que hasta que no se probase de verdad la existencia o la no existencia de los nargles, estos existían y no al mismo tiempo.


Hola gente.

Octavo capítulo. En fin, como ya os he dicho he tenido ciertos problemas a la hora de escribir el capítulo de las preguntas y al final le he dejado apartado.

Bueno, como veis este capítulo ha sido más largo, así que hay mucho más contenido. Espero que os haya gustado.

Se despide,

Grytherin18-Friki

PD: ¿Cuál es vuestro personaje masculino favorito? ¿Y el femenino?

PD2: ¿Alguien podría explicarme porque tanto odio al personaje de Cho Chang?