Fic navideño aunque no lo parezca al principio.

Advertencia: pequeños fragmentos de KageHina, porque sí y porque los amo. Intento de terror y asesinatos de esos que se ven en películas malas de miedo y de bajo presupuesto (pero denle una oportunidad, vale). Posible OoC como todo en la vida y en mis historias, porque a veces pasa, sorry not sorry.

Disclamer: todos los personajes son propiedad de Furudate-sensei.


Hotel Karasuno

– Oye, te reconozco. ¿No jugabas para el equipo de esta ciudad? Me parece haberte visto en la televisión, hace algunos años.

Osamu golpeo la nuca de su hermano con relativa fuerza al son de "¿Eres idiota? ¿No ves lo joven que es?". El botones les dedico una sonrisa a ambos antes de desaparecer por la puerta, más tuvo que regresarse en un segundo para decirle a sus huéspedes que no dudaran en llamarle a él o a algunos de sus compañeros si llegaban a necesitar algo.

– Disculpa – la voz del gemelo con gesto de seriedad (ese que había golpeado al otro) le detuvo cuando estaba por, segunda vez, largarse. – ¿Sabes si vinieron muchas escuelas a la concentración?

– Oh, a la ciudad vinieron varias creo, pero solo ustedes y otras dos más se hospedaron aquí – un asentimiento con la cabeza y una sonrisa fue toda la conversación que tuvieron después y el empleado finalmente pudo marcharse de la habitación.

El hotel Karasuno era un simple ryokan, ubicado en la zona comercial del distrito, y que estaba algo alejado de los demás establecimientos, por al menos una calle de distancia. Contaba con tres pisos más la planta baja y un pequeño anexo al otro extremo de un jardín, que ellos habían adoptado como oficina administrativa. No había mucho que desentonara con el estilo tradicional japonés salvo por el vestíbulo, que se parecía a uno de esos que habían visto en la vieja revista que Shimizu les llevo una vez para leer. No tenían grandes candelabros dorados con la forma de una araña y gotas de cristal, pero las paredes estaban tapizadas con papel de flores en colores ocres y cafés, tenían sillones de cuero negro cada varios metros, y macetas con azucenas silvestres de brillantes pétalos naranjos en casi cada rincón. La recepción era un pequeño mostrador de madera negra lustrada, que se alzaba delante de una fotografía enmarcada de unos cuervos surcando el cielo atiborrado de nubes.

Apenas había bajado el último escalón que conducía al primer piso, cuando uno de sus compañeros le intercedió.

– ¡Hinata! – era Yamaguchi quien le llamaba, una sonrisa se reflejaba en su rostro. – Tardaste ayudando con el equipaje extra de ese par. Los demás ya están esperando en el comedor.

– Ah, lo siento, Yamaguchi.

El otro le resto importancia con un gesto de mano y ambos se encaminaron al lugar de encuentro.

Al comedor se accedía por un pasillo al final del vestíbulo, del lado contrario a las escaleras y el pequeño montacargas averiado. Era una de las zonas más grandes del hotel, tenía al menos unas treinta mesas cuadradas, una barra para buffet y otra donde los comensales podían sentarse a beber o comer si así gustaban; todo dispuesto y decorado de manera occidental.

Al fondo, después de juntar tres mesas, se hallaban todos sus compañeros.

– Bien, ahora que la reina está aquí, ¿podemos comenzar ya?

Daichi, el líder de los adolescentes presentes, le envío una señal a su mano derecha, Sugawara, quien habiendo captado el mensaje propino un golpe a las costillas de su kohai más alto, ocasionando que el herido se ahogara con su propia saliva debido a la impresión.

El carraspeo de uno de los adultos llamo su atención. – Ya conocen la dinámica, cada uno tomara un palillo para decidir en qué piso o sector estarán, y luego tomaran uno de los papelillos para saber que habitación les corresponde.

Al principio, cuando comenzaron a trabajar en aquel hotel, solían pelearse por quien atendería tal o cual habitación. Los clientes no siempre eran amables y la mayoría no gozaba de una gran paciencia para lidiar con ellos. Shimizu, Yachi, Takeda y Ukai, al encargarse mayormente de las tareas de cocina y aseo del jardín, se libraban del trato directo con huéspedes, salvándose del despotismo que estos podían llegar a tener para con los empleados. A lo largo del año no eran tan necesario aquel juego porque pocas personas iban a vacacionar a Karasuno, pero desde hace unos años la preparatoria de la ciudad había comenzado a realizar concentraciones de voleibol en las fechas de receso decembrino, y casi siempre debían hospedar a alguna escuela.

Aquel año les tocaban tres.

Sobre la mesa un platillo de porcelana se encontraba con los papelillos y justo a este, un vaso con los palillos. De uno en uno, de mayor a menor, fueron cogiendo su respectivo conjunto, con Shimizu anotando que le había todo a cada quien.

– ¡Oh, nos tocan habitaciones conjuntas, Kageyama!

– Genial – comento el aludido en un suspiro, mientras rodaba los ojos.

– Eh, que yo sé que te encanta trabajar cerca de mí.

– Ustedes dos, no empiecen – les detuvo Ennoshita al ver brillar en los orbes de Kageyama las intenciones de proferir insultos y gritos. El de hebras azabaches dejo salir un bufido antes de murmurar entre dientes.

– Muy bien, ahora acomodemos las mesas, después de cenar podremos volver a juntarnos y cantarle feliz cumpleaños a Kageyama – tal vez Suga no fuera el líder del grupo, pero todos solían hacerle caso a sus órdenes, con excepción de los dos adultos. Las mesas fueron puestas en su respectivo sitio tal como se ordeno, y todos salieron del comedor, dispersándose al tocar el vestíbulo; unos tomaron asiento en los sofás, otros se dirigieron al jardín, y otros subieron las escaleras, para rondar los pasillos por si algún cliente salía a buscarles.

En unas horas se volverían a encontrar y tendrían una de sus primeras celebraciones navideñas.

...

– ¿Eso es un chupetón?

Osamu golpeo a su hermano, por vaya uno a saber cuánta vez en aquella mañana. Hinata sentía como su rostro se teñía de distintas tonalidades de bermellón mientras dejaba las toallas limpias que había ido a entregar, y colocaba en su carrito las utilizadas la noche anterior.

La noche anterior.

Vio las marcas al despuntar el alba, pero se había confiando pensando que desaparecían en poco tiempo o que nadie las notaría demasiado, y se había enfundado una de las playeras con el logo del hotel que dejaban ver perfectamente su cuello. Era obvio que no se habían ido, y que no eran tan sutiles como había querido pensar.

Estaba acostumbrado, en parte, a las personas imprudentes (él mismo era uno, además, trabajaba-convivía día y noche con Tanaka y Nishinoya), así que no se avergonzaba realmente de la pregunta hecha en voz tan alta. Su vergüenza se debía más al hecho de las miradas de los otros dos huéspedes (los reconocía como los que ocupaban la habitación de la que se encargaba Kageyama) que habían ido a pasar la mañana con el par de gemelos, y que se habían fijado en su persona ante las palabras del joven de rubios cabellos. Atsumu, cree recordar que se llama.

– Oh, lo siento, no quería incomodarte – era lo que decía, pero a Hinata le costaba creerle por la sonrisa socarrona que danzaba en sus labios, aun cuando se acariciaba la zona atacada por su hermano.

Balbuceo un "no te preocupes" antes de huir del cuarto al observar como los labios del huésped volvían a abrirse con intención de soltar alguna otra imprudencia, seguramente. Ya en la puerta, les recordó a los cuatro jóvenes que la cena sería a las siete, y que por favor anunciaran en recepción su llegada al volver de la concentración de aquel día.

Una vez cerrada la puerta, le pareció escuchar un "idiota" provenir de tres voces diferentes.

– ¿Y a ti qué te pasa?

Si había alguien con quien no quería encontrarse justo después de dejar la habitación de la vergüenza, era Kageyama. Los ojos azules como una noche sin estrellas se clavaron en su rostro, provocando que el molesto sonrojo que no quería desaparecer, aumentara y volviera visibles las pequeñas pecas que tenía pintadas en el puentecillo de la nariz.

– ¡N-Nada! – paso junto a él como una exhalación, sin querer voltear a ver de nuevo su rostro. Kageyama dirigió una mirada a la habitación de la que el pequeño colorín recién había salido, mientras el otro se perdía con su carrito al cruzar en una esquina.

...

Nishinoya y Tanaka les observaban mientras se dirigían a sus habitaciones.

Era ya veinticuatro de diciembre, los clientes habían cenado hace algunas horas la comida especial de noche buena que el hotel ofrecía y se habían retirado ya todos a sus respectivos dormitorios, estando cerca de tocar las doce de la noche. Faltaba apenas una media hora.

Sus estómagos rugían de hambre cuando se detuvieron en el pasillo que les correspondía.

– ¿Seguros que quieren compartir habitación?

– Sí, chicos, podrían cambiar a otras, ocuparemos esa después.

El peculiar dúo compartió una mirada antes de negar con sincronía. Sus superiores suspiraron para posteriormente desearles suerte en su noche e internarse en los cuartos que les tocaban. Shouyo y Tobio se mantuvieron clavados en su posición unos segundos, cada uno observando una puerta diferente.

Giraron sobre sus talones, quedando de frente a la puerta que ellos mismos traspasarían en momentos. Tomaron una respiración profunda, contando hasta diez. Los de Kageyama se encajaron en la rendija de la corredera y jalo hacia la derecha, abriéndola.

– Eh, ¿hola?

Shouyo creía recordar que ese chico de hebras grisáceas se llamaba Ginjima, había leído su nombre en una lista con los miembros de cada equipo escolar. Parecía un buen chico.

Kageyama cerró la puerta tras ellos pasar.

– ¿Necesitabas un amigo para venir a verme, dulzura? – Tobio estuvo a punto de gruñir. Desde la noche pasada, había notado como aquel rubio decolorado le rodeaba y llenaba de coqueteos nada sutiles a la mota de cabellos naranjas que se encontraba a su lado, provocando en el pequeño sonrojos que solo hacían burbujear la ira en sus entrañas. Tsukishima soltando burlas al respecto durante todo el día no había ayudado a menguar su humor.

Si algo le calmaba en esos instantes, era ver como las comisuras de aquella sonrisa estúpida temblaban con nerviosismo, el cómo los ojos brillaban con preocupación y el cuerpo se tensaba en espera de atacar o correr. Kageyama conocía bien el sentimiento.

– Atsumu-kun… ¿recuerdas que dijiste creer haberme visto antes? – el aludido asintió, mientras sus ojos (y los de los demás huéspedes) permanecían clavados en las manos de ambos jóvenes. – Sí era yo. Ese chico que viste en las transmisiones de partidos. Vine junto a mi equipo como a una celebración, nuestro entrenador nos pago varias noches para poder disfrutar nuestra victoria en las nacionales, y ahora… Bueno, digamos que podemos chequear nuestra llegada en recepción, pero no podemos irnos.

– ¿Qué?

Atsumu había pensado que aquel chico de pelirrojos rizos era bastante lindo. Le había llamado la atención en el instante en que había colocado un pie en aquel hotel. Pero ahora, el mismo chico estaba en su habitación, acompañado de otro más alto, ambos con cuchillos de cocina en mano y sonrisas escalofriantes, mientras le contaba algo que parecían desvaríos de una persona ebria.

– Atsumu siempre ha tenido gustos extraños – el ultimo huésped (Kageyama le había dicho a Shouyo que se llamaba Suna), se había levantado del futón y se acerco hasta quedar frente a los dos empleados. – Muy bien, esta broma de mal gusto termino. Lárguense de aquí o llamaremos a la policía.

Ambos trabajadores se miraron entre sí, para luego volver a observar a sus clientes.

– En serio quisiéramos no tener que hacer esto.

– ¿De qué carajos hablas? Sólo lárguense…

Suna cayó. Kageyama había enredado su pierna derecha con la de él, catapultándolo hacia atrás, tomándole del cuello de la playera que portaba, ejerciendo su peso en ese punto mientras caía, para luego posicionar su cuerpo sobre el largo tronco del castaño. Probablemente el huésped quiso hablar, sus labios se separaron para emitir una exclamación, un improperio o súplica quizás, pero la hoja de acero que Shimizu había afilado aquella misma mañana se incrustó en su pecho. Con brusquedad, con violencia, resonando en el dormitorio el sonido de la carne al ser cortada, los huesos chocando con el arma, y el gorgoreo de la sangre al escapar como una tos por la boca de la víctima.

El aire escaseo en un segundo. Los tres huéspedes boquearon en búsqueda de oxigeno, observaron el cuerpo de su compañero, que empezaba a volverse más pálido de lo normal, mientras la sangre empapaba su espalda y pecho. No perdieron detalle de cómo su atacante le liberaba de su peso, colocándose en pie y limpiando su cuchillo en la tela de sus vaqueros oscuros.

– No te quedas ahí parado, idiota – le asesto un golpe con el mango del arma al pelirrojo, quien exclamo en queja, despegando por fin sus inquietantes ojos de los presentes, para clavarlos en el más alto.

Osamu y Atsumu eran de sangre caliente. La discusión frente a ellos les trajo a la realidad, activando en ellos el instinto primitivo de atacar. De comer antes de ser comido.

Se lanzaron al ataque, derribando a ambos perpetradores y provocando un ruido sordo sobre el suelo. Hinata se retorcía bajo el robusto cuerpo de uno de los gemelos, sus brazos estaban aprisionados, el mango del cuchillo que portaba en su derecha impactaba continuamente contra el suelo ante la frustración de no poder atacar. Kageyama estaba en la misma posición, forcejando e intentando lanzar algún golpe en cualquier dirección con tal de asestarle al otro.

El huésped restante, Ginjima, escapo de su letargo al observar a sus amigos aprisionar a aquellos dos asesinos. Corrió hacia la puerta, el objetivo se encontraba claro en su mente. Debía buscar a los demás, a su entrenador o a su capitán, y llamar la policía. Atsumu y Osamu podrían incapacitar a aquel par, pero luego tendrían que correr, tal vez dejar sus cosas atrás y solo llevarse las billeteras y móviles. ¿Podría hacerlo sin alertar a los otros empleados? No sabía si alguien más estaba confabulado con esos dos, pero no debía arriesgarse.

Lamentablemente, no llego a cruzar la puerta.

Otro adolescente, más alto que él mismo, le intercedió en lo que la corredera fue abierta. El sujeto dirigió una mirada a su espalda, a ambos gemelos y asesinos forcejando en el suelo. Y entonces rió.

– ¿En serio no pueden ni hacer algo tan simple?

– ¡Cállate! – gritaron ambos retenidos a la vez.

– Bien, solo por este año, les ayudare – los dos que estaban clavados contra el suelo volvieron a gritar en su dirección, exclamando que no le necesitaban. El joven les ignoro, cogiendo de la playera a Ginjima, e incrustando su propio cuchillo en la base de las costillas, antes de que pudiera reaccionar. – Yo me encargaré de este, ustedes terminen antes del amanecer.

Arrastrando el cuerpo que se había congelado del pánico y el dolor, desapareció por el pasillo. No lo admitirían en voz alta, ni de coña, pero los dos le agradecían a Tsukishima por la distracción que había creado.

Atsumu, sorprendido por la repentina aparición del rubio, había aflojado su agarre sobre Kageyama. El azabache aprovecho el descuido, clavando sin contemplaciones la hoja en el bajo vientre de su víctima, obligándole a caer a un lado, llevándose las manos a la herida mientras gritaba improperios.

Hinata también aprovecho el momento. Si la concentración de su captor no se había visto mermada ante la aparición de Tsukishima y el "rapto" de su amigo, si había deshecho cualquier presión sobre el diminuto cuerpo del empleado al ver a su hermano desplomarse con una brecha en el estomago y una mancha en su playera que cada vez se hacía más grande. Tenía un bonito rostro, con facciones serias e idénticas al otro, parpados caídos y delgados labios que se separaron (seguramente para exclamar el nombre de su gemelo herido) antes de que el cuchillo del pelirrojo entrara por su ojo izquierdo.

– ¡SAMU!

El cuerpo sin vida cayó al suelo, permitiéndole a Shouyo por fin levantarse. Había caído de perfil, por lo que tuvo que dar un ligero empujón para colocarlo boca arriba y poder sentarse sobre su abdomen. Recupero el cuchillo, que había permanecido clavado en aquella cuenca; un ojo fue extraído sin ser verdaderamente la intención y tuvo que arrojarlo lejos, para poder tener la punta del arma libre. Ya luego iría a por él y lo uniría al cuerpo.

Kageyama permanecía en su posición después de ser despojado del peso y agarre de su objetivo. Se coloco en pie cuando observo que aquel rubio finalmente se detenía. Había comenzado a arrastrarse en el momento en que había caído su hermano, tratando de alejarse de ambos monstruos, yendo a parar contra la pared al final de la habitación. Kageyama camino paralelo al pequeño camino de sangre que había dejado el otro.

– ¿Por qué hacen esto, joder? – pregunto con un hilo de voz. El dolor se extendía por todo su abdomen como pequeños pinchazos de aguja, probablemente se había abierto la herida aún más por el esfuerzo. Nada de eso le importaba en realidad. Solo podía prestar atención al cuerpo inerte de su hermano, que seguía siendo brutalmente acuchillado incluso después de muerto.

– Ojala tuviera una respuesta.

Atsumu no tenía fuerzas. Los brazos estaban adoloridos de arrastrarse más la pérdida de sangre. Bajo los ojos comenzaban a formarse bolsas oscuras, y las cejas temblaban cuando Kageyama cubrió la boca con su mano izquierda, rebanando la carótida posteriormente, llenando su rostro de escupitajos de sangre. Sintió la última exhalación del cuerpo en sus dedos.

Había pensado en una muerte más lamentable. Tal vez jugar un poco al gato y al ratón. Verle chillar de dolor al encajar su cuchillo en sus partes nobles, o cortar uno a uno sus dedos hasta que quedará afónico de tanto gritar. Le había presumido a Hinata que era un colocador muy bueno, ¿no es así? Él no era especialmente vengativo, pero aquel rubio se merecía algo más doloroso por estar revoloteando alrededor de su idiota.

Se alejo del cuerpo, regresando sobre sus pasos hacia su compañero, quien también se despegaba de su víctima poniéndose de pie.

– ¿No crees que exageraste, idiota?

– Oh vamos, tú querías hacerle algo peor al otro.

El pecho del gemelo de Hinata tenía múltiples brechas de haber impactado con fuerza su cuchillo. Algunas heridas ya no sangraban, porque ya no había sangre en el cuerpo, toda se encontraba embadurnada en el piso debajo de este.

Tenía razón, Kageyama quería hacer algo peor. Pero habían perdido valiosos minutos en el forcejo, y debían correr si querían llegar a tiempo.

– ¿Qué habitación sigue?

– Uh, la 319, creo.

– Ah, esa es la del sujeto que se comporto infantil conmigo, ¿no?

– Sí, su compañero lo llamo Oikawa-san… creo.

– ¡Espera, idiota! ¡No salgas con la cara llena de sangre!

Le detuvo antes de que pudiera terminar de abrir la puerta. Camino en dirección al equipaje de los, ahora, fallecidos cuerpos, tomando dos playeras y volviendo hacia Hinata, para restregar la tela sobre su rostro en un intento de limpiarle las manchas rojas de sus mejillas, frente y mentón, mientras el más bajo reía e insultaba ante su brusco actuar. El mismo proceso lo aplicaba en su propia cara, con más delicadeza.

En las paredes del hotel reverbero el sonido de las campanadas que anunciaban la media noche.

Carajo.

– Tobio – centro sus orbes en el más bajo. Hinata seguía teniendo sangre las mejillas pero el carmín que denotaba en ellas no era por el líquido vital. Sus ojos poseían aquel brillo que le había visto infinidad de veces, y que instantáneamente le transportaba a la época en que podían jugar en una cancha de verdad, no en la improvisada que tenían en el patio. – Feliz navidad.

Incluso con los hechos ocurridos hace unos minutos, Shouyo lucía como la criatura más adorable del mundo con aquella sonrisa.

– Feliz navidad, Shouyo – tiro la playera a un lado. Enterró los dedos en los suaves rizos de la nuca, acercando la cabeza del más bajo a la par que él se agachaba.

La boca de Hinata sabía a dulce.

...

– Muy bien, esos deben ser todos – anuncio Takeda a Ukai, cuando el último cadáver fue depositado en la parte trasera de la camioneta.

Keinshin asintió antes de poner en marcha el motor y salir del garaje. Los doce chicos se quedaron en el murillo que dividía el jardín del pequeño estacionamiento con el que contaban. Shimizu y Takeda se subían a dos de los buses que habían traído a las escuelas, irían a dejarlas en algún vertedero de autos, y luego volverían por el otro. Ukai abandonaría a los cuerpos en alguna parte de la montaña.

Eran tan solo las cuatro y cincuenta de la mañana. Dentro de nada saldría el sol y finalmente amanecería.

– ¿No sería mejor que al menos algunos de ellos se quedarán?

– Ciertamente nos haría más fácil el trabajo tener a más por aquí – secundo Kinnoshita a las palabras de Hinata. Yamaguchi, Narita y Asahi también asintieron.

– ¿En serio quieren que alguien más tenga que pasar por esto? – hablo Ennoshita.

– No – fue la respuesta de todos, incluso aquellos a quienes no iba dirigida la pregunta.

– Me pregunto por qué seguimos teniendo buenas referencias – nadie respondió, pero algunos rieron ante la broma de Nishinoya.

Yachi les observaba a sus espaldas, mientras acariciaba los mechones de la coleta que descansaba sobre su hombro. El cabello le había crecido con los años, Hitoka había querido cortárselo en numerosas ocasiones, quería volverlo a tener como en su primer año de preparatoria, pero los chicos siempre la convencían de dejárselo, porque le quedaba bien. Kiyoko sí se lo había cortado un poco, lucía bien, le hacía ver más madura. Takeda y Ukai ya estaban cerca de la treintena, ambos habían cambiado también su apariencia. Y los muchachos…

Meneo la cabeza, despejando aquellos pensamientos que no tenían ya sentido. Ellos no habían estado aquella vez, no sabía si habrían podido siquiera ayudar de haber estado. El equipo seguía repitiendo que no era su culpa, que se alegraban de que no fueran ellos. Pero el remordimiento pesaba.

No podían volver a dejarlos, no lo harían. Los querían demasiado.

Alzo su rostro al cielo, donde el astro rey comenzaba a hacer su aparición en aquel día que se presagiaba nevado.

– Feliz navidad, chicos.

– Feliz navidad, Yachi-san.

Oh, como los quería.


Lamento traerles sangre y terror barato en las fiestas (?)

Mi papá me dio una playlist de rock viejito para escuchar mientras trabajaba, y entre las canciones estaba la siempre perfecta "Hotel California", que sí, fue la que ocasiono la inspiración para esta historia. Y mejor publicarla tarde que no publicar, right? Que aún sigue siendo navidad, al menos en este lado del mundo.

Amo a Inarizaki, a todos, y en especial al grupillo de segundo, pero ellos fueron los primeros que me vinieron a la mente mientras escribía. De hecho, escribí como tres veces el inicio de esta historia, y al final ninguno quedo hasta que llego está.

Si alguien le interesa, las tres escuelas que se hospedaron en el hotel eran: Inarizaki, Aoba Johsai, y la Shiratorizawa (me agradan la mayoría de todos, I swear).

Y bueno, me disculpo por los errores que pueda haber.

¡Felices fiestas, amigos! Eso es todo por ahora.