Disclaimer: Harry Potter pertenece a J.K. Rowling


-Nommus: Sí, fue allí dónde lo vi. Creo que era en la parte dónde la gente decía que Scorpius era el hijo de Voldemort, a pesar de que Voldemort había muerto diecinueve años antes y Scorpius solamente tenía once.


Los Mundiales de Quidditch —leyó George con una enorme sonrisa.

—Menuda suerte —masculló Fred.

Cogieron todo lo que habían comprado y, siguiendo al señor Weasley, se internaron a toda prisa en el bosque por el camino que marcaban los faroles.

Oían los gritos, las risas, los retazos de canciones de los miles de personas que iban con ellos. La atmósfera de febril emoción se contagiaba fácilmente, y Harry no podía dejar de sonreír. Caminaron por el bosque hablando y bromeando en voz alta unos veinte minutos, hasta que al salir por el otro lado se hallaron a la sombra de un estadio colosal. Aunque Harry sólo podía ver una parte de los inmensos muros dorados que rodeaban el campo de juego, calculaba que dentro podrían haber cabido, sin apretujones, diez catedrales.

Will dio un silbido.

—Desde luego es grande —dijo.

—Hay asientos para cien mil personas —explicó el señor Weasley, observando la expresión de sobrecogimiento de Harry —. Quinientos funcionarios han estado trabajando durante todo el año para levantarlo. Cada centímetro del edificio tiene un repelente mágico de muggles. Cada vez que los muggles se acercan hasta aquí, recuerdan de repente que tenían una cita en otro lugar y salen pitando... ¡Dios los bendiga! —añadió en tono cariñoso, encaminándose delante de los demás hacia la entrada más cercana, que ya estaba rodeada de un enjambre de bulliciosos magos y brujas.

—¡Asientos de primera! —dijo la bruja del Ministerio apostada ante la puerta, al comprobar sus entradas—. ¡Tribuna principal! Todo recto escaleras arriba, Arthur, arriba de todo.

—¿Arriba del todo? —gimió Ron, sin querer pensar en todas esas escaleras que deberían subir.

—Mira el lado positivo —dijo Jake—. Si llueve seréis los primeros en notarlo.

Las escaleras del estadio estaban tapizadas con una suntuosa alfombra de color púrpura. Subieron con la multitud, que poco a poco iba entrando por las puertas que daban a las tribunas que había a derecha e izquierda. El grupo del señor Weasley siguió subiendo hasta llegar al final de la escalera y se encontró en una pequeña tribuna ubicada en la parte más elevada del estadio, justo a mitad de camino entre los dorados postes de gol.

—Sinceramente no podíais tener un lugar mejor —dijo James.

Contenía unas veinte butacas de color rojo y dorado, repartidas en dos filas. Harry tomó asiento con los demás en la fila de delante y observó el estadio que tenían a sus pies, cuyo aspecto nunca hubiera imaginado.

Cien mil magos y brujas ocupaban sus asientos en las gradas dispuestas en torno al largo campo oval.

—Ahora que lo pienso, todos los que nos hemos ido encontrando por ahí en el capítulo anterior estarán por ahí abajo —señaló Hermione.

Todo estaba envuelto en una misteriosa luz dorada que parecía provenir del mismo estadio. Desde aquella elevada posición, el campo parecía forrado de terciopelo. A cada extremo se levantaban tres aros de gol, a unos quince metros de altura. Justo enfrente de la tribuna en que se hallaban, casi a la misma altura de sus ojos, había un panel gigante.

Unas letras de color dorado iban apareciendo en él, como si las escribiera la mano de un gigante invisible, y luego se borraban. Al fijarse, Harry se dio cuenta de que lo que se leía eran anuncios que enviaban sus destellos a todo el estadio:

—¿Anuncios?

—Claro. Si en el fútbol hay anuncios, ¿por qué no debería de haberlos en el quidditch? —dijo Lily.

—Cierto. Pero se me hace raro —reconoció Harry. Al fin y al cabo él solamente había visto los partidos de Hogwarts, y ahí no habían anuncios. Algo lógico recordando que eran partidos escolares.

La Moscarda: una escoba para toda la familia: fuerte, segura y con alarma antirrobo incorporada ... Quitamanchas mágico multiusos de la Señora Skower: adiós a las manchas, adiós al esfuerzo ... Harapos finos, moda para magos: Londres, París, Hogsmeade...

Harry apartó los ojos de los anuncios y miró por encima del hombro para ver con quiénes compartían la tribuna. Hasta entonces no había llegado nadie, salvo una criatura diminuta que estaba sentada en la antepenúltima butaca de la fila de atrás.

Algunos se extrañaron por eso.

La criatura, cuyas piernas eran tan cortas que apenas sobresalían del asiento, llevaba puesto a modo de toga un paño de cocina y se tapaba la cara con las manos. Aquellas orejas largas como de murciélago le resultaron curiosamente familiares...

—¿Dobby? —soltó Harry confundido. ¿Qué hacía Dobby en ese lugar? ¿A lo mejor los elfos domésticos en libertad también podían conseguir entradas?

—¿Dobby? —preguntó Harry, extrañado.

—No cambias mucho, joven Potter —dijo Fred.

—Técnicamente eso es de hace unos pocos días, así que es lógico que no haya cambiado mucho —señaló Emily.

La diminuta figura levantó la cara y separó los dedos, mostrando unos enormes ojos castaños y una nariz que tenía la misma forma y tamaño que un tomate grande.

—Pues no va a ser Dobby —dijo Ginny.

No era Dobby... pero no cabía duda de que se trataba de un elfo doméstico, como había sido Dobby, el amigo de Harry, hasta que éste lo liberó de sus dueños, la familia Malfoy.

—¿El señor acaba de llamarme Dobby? —chilló el elfo de forma extraña, por el resquicio de los dedos. Tenía una voz aún más aguda que la de Dobby,

—Debe de ser una hembra —dijo Astoria.

apenas un chillido flojo y tembloroso que le hizo suponer a Harry (aunque era difícil asegurarlo tratándose de un elfo doméstico) que era hembra. Ron y Hermione se volvieron en sus asientos para mirar. Aunque Harry les había hablado mucho de Dobby, nunca habían llegado a verlo personalmente. Incluso el señor Weasley se mostró interesado.

—No es muy común ver elfos domésticos por ahí —se explicó el señor Weasley.

—Disculpe —le dijo Harry a la elfina —, la he confundido con un conocido.

—¡Yo también conozco a Dobby, señor! —chilló la elfina.

—Mira que casualidad —dijo Neville.

Se tapaba la cara como si la luz la cegara, a pesar de que la tribuna principal no estaba excesivamente iluminada—. Me llamo Winky, señor... y usted, señor... —En ese momento reconoció la cicatriz de Harry, y los ojos se le abrieron hasta adquirir el tamaño de dos platos pequeños —. ¡Usted es, sin duda, Harry Potter!

—Pues yo tenía dudas de que lo fueses —dijo Fred.

—Tendrás que darle las gracias a Winky, Gred.

—Cierto. Feorge. ¡Gracias, Winky!

—Sí, lo soy —contestó Harry.

—¡Dobby habla todo el tiempo de usted, señor! —dijo ella,

—¿Por qué no me extraña que lo haga? —murmuró Holly.

bajando las manos un poco pero conservando su expresión de miedo.

—¿Qué le ocurre? —preguntó Eli.

—Debe de tener miedo de las alturas —respondió Reg.

—Entonces, ¿qué hace ahí? —preguntó Hermione con el ceño fruncido.

—Su dueño le debe de haber pedido que le guardase sitio o algo así —dijo Astoria como si nada.

—¿Y le hace ir aún sabiendo que tiene miedo a las alturas? —exclamó la castaña con indignación.

—Granger, ¿qué es lo que no entiendes por elfo doméstico? —suspiró Daphne.

—Aunque sea su elfo doméstico no creo que...

—Mira, Granger. Primer lugar tienes una idea muy errónea de la relación entre amo y elfo doméstico. Antiguamente se trataba a los elfos domésticos con crueldad, pero no es el caso hoy en día. Los Malfoy son una rara excepción, pero la gran mayoría de las familias no trataríamos jamás a un elfo doméstico con crueldad.

—Aunque también opinamos que es demasiado cruel ordenarle que espere en un sitio así con miedo a las alturas —añadió Astoria.

—¿Y entonces?

—Cómo hemos supuesto, simplemente le esta guardando el lugar. Dudo que tarde mucho en aparecer —dijo Sirius.

—¿Cómo se encuentra? —preguntó Harry—. ¿Qué tal le sienta la libertad?

—¡Ah, señor! —respondió Winky, moviendo la cabeza de un lado a otro —, no quisiera faltarle al respeto, señor, pero no estoy segura de que le hiciera un favor a Dobby al liberarlo, señor.

—¿Vosotras no decíais algo sobre que es necesario que un elfo doméstico este con una familia para no morir o algo así? —preguntó Ginny a las hermanas Greengrass.

—Así es —asintió Astoria—. Los elfos domésticos poseen un gran poder mágico pero, curiosamente, son incapaces de crearlo por si mismos. Así que para evitar morir, se vinculan a una familia mágica y recogen magia del hogar para si mismos.

—Pues entonces ¿Dobby no estaría en peligro? —preguntó Harry con preocupación.

—No, Potter —negó Daphne—. Cómo ya hemos dicho los elfos domésticos tienen mucho poder mágico. Pasarían muchísimos años antes de que de verdad estuviese en peligro.

—¿Por qué? —se extrañó Harry —. ¿Qué le pasa?

—La libertad se le ha subido a la cabeza, señor —dijo Winky con tristeza —. Tiene raras ideas sobre su condición, señor. No encuentra dónde colocarse, señor.

—¿Por qué no? —inquirió Harry.

Winky bajó el tono de su voz media octava para susurrar:

—Pretende que le paguen por trabajar, señor.

—Bueno, eso es lógico —dijo Hermione.

—Llámame rara, pero creo que ayudarles a mantenerse con vida es un buen pago —dijo Holly.

—¿Y solo eso? "Te mantengo con vida, haz todo lo que yo diga". Porque a mí eso me parece abuso de poder —replicó Hermione.

—Claro que no —dijo Astoria cansinamente—. Como mi hermana ha comentado, el caso de Dobby no suele ser común. Por ejemplo, la elfina doméstica que nosotras tenemos. Tanny, tiene su propia habitación varios conjuntos de ropa para que se cambie todos los días.

—Creía que si le dabas la prenda a un elfo doméstico, este quedaba libre —señaló Ron.

—Solamente si especificas que es para eso —dijo Reg—. Al fin y al cabo, si no fuese así, cualquier elfo doméstico que fuese a lavar la ropa, quedaría libre al instante.

—¿Que le paguen? —repitió Harry, sin entender —. Bueno... ¿por qué no tendrían que pagarle?

La idea pareció espeluznar a Winky, que cerró los dedos un poco para volver a ocultar parcialmente el rostro.

—¡A los elfos domésticos no se nos paga, señor!

—Técnicamente si que lo hacen —dijo Will.

—explicó en un chillido amortiguado—. No, no, no. Le he dicho a Dobby, se lo he dicho, ve a buscar una buena familia y asiéntate, Dobby. Se está volviendo un juerguista, señor, y eso es muy indecoroso en un elfo doméstico. Si sigues así, Dobby, le digo, lo próximo que oiré de ti es que te han llevado ante el Departamento de Regulación y Control de las Criaturas Mágicas, como a un vulgar duende.

—Eso ha sido un ataque bastante gratuito a los duendes —dijo Regulus.

—Tampoco me extraña —dijo Cedric—. Mi padre trabaja en el Departamento de Regulación y Control de las Criaturas Mágicas, y más de una vez ha llegado tarde a casa por culpa de una pelea entre varios duendes borrachos.

—Bueno, ya era hora de que se divirtiera un poco —opinó Harry.

—La diversión no es para los elfos domésticos, Harry Potter —repuso Winky

—Antes de que digas algo, Granger —dijo Daphne al ver que Hermione abría la boca—, en eso se equivoca. Los elfos domésticos se pueden divertir sin problemas.

—Aunque eso no quiere decir que no se tomen en serio sus trabajos.

con firmeza desde detrás de las manos que le ocultaban el rostro —. Los elfos domésticos obedecen. No soporto las alturas, Harry Potter... —Miró hacia el borde de la tribuna y tragó saliva—. Pero mi amo me manda venir a la tribuna principal, y vengo, señor.

—¿Por qué te manda venir tu amo si sabe que no soportas las alturas? —preguntó Harry, frunciendo el entrecejo.

—Mi amo... mi amo quiere que le guarde una butaca, Harry Potter, porque está muy ocupado —dijo Winky, inclinando la cabeza hacia la butaca vacía que tenía a su lado—. Winky está deseando volver a la tienda de su amo, Harry Potter, pero Winky hace lo que le mandan, porque Winky es una buena elfina doméstica.

Aterrorizada, echó otro vistazo al borde de la tribuna, y volvió a taparse los ojos completamente. Harry se volvió a los otros.

—¿Así que eso es un elfo doméstico? —murmuró Ron—. Son extraños, ¿verdad?

—Dobby era aún más extraño —aseguró Harry.

—Después de leer al Dobby te creo —dijo Ron.

Ron sacó los omniculares y comenzó a probarlos, mirando con ellos a la multitud que había abajo, al otro lado del estadio.

—¡Sensacional! —exclamó, girando el botón de retroceso que tenía a un lado —. Puedo hacer que aquel viejo se vuelva a meter el dedo en la nariz una vez... y otra... y otra...

—Buen uso de los omniculares, Ron —rió Bill con diversión.

—Reconoce que nosotros también lo hubiésemos hecho —sonrió Charlie.

—Yo seguramente lo haría todavía —reconoció Tonks.

Hermione, mientras tanto, leía con interés su programa forrado de terciopelo y adornado con borlas.

—Antes de que empiece el partido habrá una exhibición de las mascotas de los equipos —leyó en voz alta.

—Es lo que siempre hacen antes de cada final —dijo Remus.

—Eso siempre es digno de ver —dijo el señor Weasley—. Las selecciones nacionales traen criaturas de su tierra para que hagan una pequeña exhibición.

Durante la siguiente media hora se fue llenando lentamente la tribuna. El señor Weasley no paró de estrechar la mano a personas que obviamente eran magos importantes. Percy se levantaba de un salto tan a menudo que parecía que tuviera un erizo en el asiento. Cuando llegó Cornelius Fudge, el mismísimo ministro de Magia, la reverencia de Percy fue tan exagerada que se le cayeron las gafas y se le rompieron.

Percy se sonrojo mientras sus hermanos se reían de él.

Muy embarazado, las reparó con un golpe de la varita y a partir de ese momento se quedó en el asiento, echando miradas de envidia a Harry, a quien Cornelius Fudge saludó como si se tratara de un viejo amigo.

Harry le dirigió una mirada de disculpa a Percy. Pero este le hizo un gesto para darle entender que no se preocupase. Y es que gracias a esos libros se estaba dando cuenta de que Cornelius Fudge no era tan impresionante como él había creído antes.

Ya se conocían, y Fudge le estrechó la mano con ademán paternal, le preguntó cómo estaba y le presentó a los magos que lo acompañaban.

—Ya sabe, Harry Potter —le dijo muy alto al ministro de Bulgaria, que llevaba una espléndida túnica de terciopelo negro con adornos de oro y parecía que no entendía una palabra de inglés—. ¡Harry Potter...! Seguro que lo conoce: el niño que sobrevivió a Quien- usted-sabe... Tiene que saber quién es...

El búlgaro vio de pronto la cicatriz de Harry y, señalándola, se puso a decir en voz alta y visiblemente emocionado cosas que nadie entendía.

—Será el ministro de Bulgaria, pero eso no me parece muy correcto —dijo Sally con el ceño fruncido.

—Sabía que al final lo conseguiríamos —le dijo Fudge a Harry cansinamente—. No soy muy bueno en idiomas; para estas cosas tengo que echar mano de Barty Crouch. Ah, ya veo que su elfina doméstica le está guardando el asiento.

—Así que Winky es la elfina doméstica de Crouch —murmuró James pensativo—. Estaba pensando en que, si en nuestro tiempo, ni Dobby ni Winky son propiedad de los Malfoy ni de los Crouch, podríamos contratarlos nosotros.

—Eso estaría bien —dijo Lily—. Seguramente así tendrán una vida mucho mejor. ¡Incluso es posible que se acaben enamorando y teniendo hijos!

Harry fue asaltado por la repentina imagen de varios elfos domésticos en miniatura con la cara de Dobby.

Ha hecho bien, porque estos búlgaros quieren quedarse los mejores sitios para ellos solos... ¡Ah, ahí está Lucius!

—Oh, no —gimió Ron.

—Por Dios, que sea otro Lucius —suplicó Harry.

Harry, Ron y Hermione se volvieron rápidamente. Los que se encaminaban hacia tres asientos aún vacíos de la segunda fila, justo detrás del padre de Ron, no eran otros que los antiguos amos de Dobby: Lucius Malfoy, su hijo Draco y una mujer que Harry supuso que sería la madre de Draco.

—Menuda suerte que tenemos —gruñó Arthur.

Harry y Draco Malfoy habían sido enemigos desde su primer día en Hogwarts. De piel pálida, cara afilada y pelo rubio platino, Draco se parecía mucho a su padre. También su madre era rubia, alta y delgada, y habría parecido guapa si no hubiera sido por el gesto de asco de su cara, que daba la impresión de que, justo debajo de la nariz, tenía algo que olía a demonios.

—Esta casada con un Malfoy —dijo Sirius—. Es normal que tenga esa cara.

—También es verdad —admitió Harry.

—Venga, que no todos los Malfoy son malas personas —protestó Alan.

—Dime algún Malfoy que pueda ser clasificado como buena persona —le retó Sirius, mientras sonreía de lado. Como si algo así fuese posible.

—El hijo de Draco Malfoy, sin ir más lejos —dijo Alan—. Es un buen amigo de los Weasley, los Potter y varios más, mucho de ellos nacidos de muggles.

—Eso es el futuro. No sirve —protestó Sirius tras unos segundos de incómodo silencio.

—¡Ah, Fudge! —dijo el señor Malfoy, tendiendo la mano al llegar ante el ministro de Magia—. ¿Cómo estás? Me parece que no conoces a mi mujer, Narcisa, ni a nuestro hijo, Draco.

—¿Cómo está usted?, ¿cómo estás? —saludó Fudge, sonriendo e inclinándose ante la señora Malfoy—. Permítanme presentarles al señor Oblansk... Obalonsk... al señor... Bueno, es el ministro búlgaro de Magia, y, como no entiende ni jota de lo que digo, da lo mismo.

—Seguro que entiende todo lo que le dicen —comentó Luna.

Veamos quién más... Supongo que conoces a Arthur Weasley.

—De una forma muy interesante —dijo Bill, recordando la pelea entre ambos, dos libros atrás.

Fue un momento muy tenso. El señor Weasley y el señor Malfoy se miraron el uno al otro, y Harry recordó claramente la última ocasión en que se habían visto: había sido en la librería Flourish y Blotts, y se habían peleado.

Bill, Charlie y Percy volvieron a sacar la pancarta que habían hecho aparecer en el segundo libro. Esa dónde salía un hombre pelirrojo saltando sobre un hombre rubio, herido en el suelo.

Los fríos ojos del señor Malfoy recorrieron al señor Weasley y luego la fila en que estaba sentado.

—Por Dios, Arthur —dijo con suavidad

—A ver que gilipollez va a soltar ahora —gruñó Arthur.

—, ¿qué has tenido que vender para comprar entradas en la tribuna principal? Me imagino que no te ha llegado sólo con la casa.

—Por lo menos él ha conseguido las entradas honradamente —dijo James.

Fudge, que no escuchaba,

—Estoy bastante seguro de que si lo ha oído —dijo Neville.

—Ya. no me extrañaría —admitió su hermana.

dijo:

—Lucius acaba de aportar una generosa contribución para el Hospital San Mungo de Enfermedades y Heridas Mágicas, ha venido aquí como invitado mío.

—Ya sabemos como ha conseguido las entradas —dijo Lily.

—Aunque no creo que le hiciese falta —señaló Sally—. ¿Cuanto costaban las entradas para el partido?

—¿Para la final? Creo recordar que unos sesenta y cinco galeones las peores y las mejores unos ochenta y cinco —respondió Remus—. ¿Por?

—Porque creo que Lucius Malfoy habría podido pagar los... ¿dos cientos cincuenta y cinco? sí, dos cientos cincuenta y cinco galeones que costaba las entradas —dijo Sally.

—Imagino que era más por el hecho de estar en la tribuna principal que otra cosa —dijo Tonks.

—Cierto —dijo Sirius—. Pero recuerdo cuando en mi familia se daba una generosa contribución al ministerio. Normalmente no bajaba de los quinientos galeones, así que...

Mientras el resto de la sala se miraba, intentando procesar todo eso.

—¿C-cuanto ha dicho? —preguntó Ron en un susurro ronco.

—Creo que quinientos —respondió Harry, igual de aturdido. Si ya cincuenta galeones era considerado mucho dinero... ¡¿exactamente como de rica era la familia Black?!

Los más sorprendidos parecían ser los gemelos Black, Will y Emily.

—¡Ah... qué bien! —dijo el señor Weasley, con una sonrisa muy tensa.

El señor Malfoy observó a Hermione, que se puso algo colorada pero le devolvió la mirada con determinación. Harry comprendió qué era lo que provocaba aquella mueca de desprecio en los labios del señor Malfoy: los Malfoy se enorgullecían de ser de sangre limpia; lo que quería decir que consideraban de segunda clase a cualquiera que procediera de familia muggle, como Hermione.

—Creo que de segunda clase es ser muy generoso —dijo Hermione.

Sin embargo, el señor Malfoy no se atrevió a decir nada delante del ministro de Magia. Con la cabeza hizo un gesto desdeñoso al señor Weasley, y continuó caminando hasta llegar a sus asientos. También Draco lanzó a Harry, Ron y Hermione una mirada de desprecio, y luego se sentó entre sus padres.

—Asquerosos —murmuró Ron cuando él, Harry y Hermione se volvieron de nuevo hacia el campo de juego.

Un segundo más tarde, Ludo Bagman llegaba a la tribuna principal como si fuera un indio lanzándose al ataque de un fuerte.

—Por lo menos parece que alguien se lo está pasando genial —comentó Tonks.

—¿Todos listos? —preguntó. Su redonda cara relucía de emoción como un queso de bola grande—. Señor ministro, ¿qué le parece si empezamos?

—Sería gracioso que ahora Fudge dijese que no le apetece ver el partido y lo cancelé —dijo Fred.

—Llega a pasar eso y se arma un motín importante ahí mismo —señaló Percy Weasley.

—Cuando tú quieras, Ludo —respondió Fudge complacido.

Ludo sacó la varita, se apuntó con ella a la garganta y dijo:

—¡Sonorus! —Su voz se alzó por encima del estruendo de la multitud que abarrotaba ya el estadio y retumbó en cada rincón de las tribunas—. Damas y caballeros... ¡bienvenidos! ¡Bienvenidos a la cuadringentésima vigésima segunda edición de la Copa del Mundo de quidditch!

—Pues si que se han celebrado Copas de quidditch —dijo Harry con sorpresa. Imaginaba que tendría sus ediciones, pero más de cuatrocientas ni hablar.

Los espectadores gritaron y aplaudieron. Ondearon miles de banderas, y los discordantes himnos de sus naciones se sumaron al jaleo de la multitud. El enorme panel que tenían enfrente borró su último anuncio (Grageas multisabores de Bertie Bott: ¡un peligro en cada bocado!) y mostró a continuación:

BULGARIA: 0; IRLANDA: 0.

—Y ahora, sin más dilación, permítanme que les presente a... ¡las mascotas del equipo de Bulgaria!

Las tribunas del lado derecho, que eran un sólido bloque de color escarlata, bramaron su aprobación.

—Me pregunto qué habrán traído —dijo el señor Weasley, inclinándose en el asiento hacia delante—. ¡Aaah! —De pronto se quitó las gafas y se las limpió a toda prisa en la tela de la túnica —. ¡Son veelas!

—¿Veelas? —preguntó Harry, confundido.

—Unas criaturas a las que no debes acercarte bajo ningún concepto —respondió su madre muy seriamente.

Harry tragó saliva. ¿Qué clase de criatura son esas veelas?

—¿Qué son vee...?

Pero un centenar de veelas acababan de salir al campo de juego, y la pregunta de Harry quedó respondida. Las veelas eran mujeres,

Harry se quedó confundido. ¿Por qué su madre no quería que estuviese cerca de unas veelas?

las mujeres más hermosas que Harry hubiera visto nunca...

Los que habían visto a una veela, asintieron completamente de acuerdo.

pero no eran (no podían ser) humanas. Esto lo desconcertó por un momento, mientras trataba de averiguar qué eran realmente: qué podía hacer brillar su piel de aquel modo, con un resplandor plateado; o qué era lo que hacía que, sin que hubiera viento, el pelo dorado se les abriera en abanico detrás de la cabeza. Pero en aquel momento comenzó la música, y Harry dejó de preguntarse sobre su carácter humano. De hecho, no se hizo ninguna pregunta en absoluto.

Las veelas se pusieron a bailar, y la mente de Harry se quedó totalmente en blanco, sólo ocupada por una suerte de dicha. En ese momento, lo único que en el mundo merecía la pena era seguir viendo a las veelas; porque, si ellas dejaban de bailar, ocurrirían cosas terribles...

—Esto empieza a ser un poco preocupante —dijo Ron.

A medida que las veelas aumentaban la velocidad de su danza, unos pensamientos desenfrenados, aún indefinidos, se iban apoderando de la aturdida mente de Harry. Quería hacer algo muy impresionante, y tenía que ser en aquel mismo instante. Saltar desde la tribuna al estadio parecía una buena idea... pero ¿sería suficiente?

—Es más que suficiente —aseguró Lily, algo pálida. Esperaba que esas condenadas veelas dejasen de bailar y seducir a su hijo.

—Pero, ¿qué es lo que esta pasando? —preguntó Harry, confundido.

—Las veelas son seres mágicos que, se dice, son un mestizaje entre las sirenas mediterráneas y las wilas polonesas* —respondió Luna con su tono soñador habitual—. Se dice que usan sus bailes y cantos para atraer a los hombres muggles hacia ellas.

—Sé que me voy a arrepentir de preguntarlo... ¿para qué lo hacían? —preguntó Jake.

—Copulaban con ellos para asegurar su descendencia, ya que las veelas solamente nacen mujeres, y después los devoraban.

—Sabía que me iba a arrepentir.

Harry también sentía que se estaba arrepintiendo de preguntar y, casi sin poderse imaginar, a esas mujeres comiéndose a personas.

—¿Y por qué solamente muggles? —preguntó Neville.

—Eso es fácil de responder —dijo Bill—. Si las veelas se mezclasen con alguien de sangre mágica, los descendientes ya no serían puras veelas, sino mestizos. Y las veelas le dan mucha importancia al linaje puro. Realmente es muy raro encontrar veelas mestizas.

—Harry, ¿qué haces? —le llegó la voz de Hermione desde muy lejos.

Cesó la música. Harry cerró los ojos y volvió a abrirlos. Se había levantado del asiento, y tenía un pie sobre la pared de la tribuna principal. A su lado, Ron permanecía inmóvil, en la postura que habría adoptado si hubiera pretendido saltar desde un trampolín.

Los dos chicos lucían muy avergonzados.

El estadio se sumió en gritos de protesta. La multitud no quería que las veelas se fueran, y lo mismo le pasaba a Harry.

—El efecto de las veelas es aterrador —dijo Ginny con sorpresa—. Siendo así, ¿las veelas no son demasiado peligrosas?

—No necesariamente. Son como los vampiros, quienes están clasificados como seres peligrosos por el hecho de que se alimentan de sangre —explicó Remus—. Al igual que ellos, a las veelas se le impusieron ciertas regulaciones para la convivencia entre magos y veelas. Por eso ahora suelen vivir en grupos.

Por supuesto, apoyaría a Bulgaria,

—Ten cuidado de que la señora Finnigan no aparezca y te hechice —dijo Fred.

y apenas acertaba a comprender qué hacía en su pecho aquel trébol grande y verde. Ron, mientras tanto, hacía trizas, sin darse cuenta, los tréboles de su sombrero.

—Creo que eso es malo —dijo Ron.

—Sí. Mira que destrozar algo que acabas de comprar solamente por esas —gruñó Hermione con veneno en la voz.

—Cierto. Eso ha salido de mi dinero... entonces es muy malo.

El señor Weasley, sonriendo, se inclinó hacia él para quitárselo de las manos.

—Lamentarás haberlos roto en cuanto veas a las mascotas de Irlanda —le dijo.

—¿Eh? —musitó Ron, mirando con la boca abierta a las veelas, que acababan de alinearse a un lado del terreno de juego.

Hermione chasqueó fuerte la lengua y tiró de Harry para que se volviera a sentar.

—¡Lo que hay que ver! —exclamó.

—Creo que Hermione esta un poco celosa —susurró Eli a Holly.

—Y ahora —bramó la voz de Ludo Bagman—tengan la bondad de alzar sus varitas para recibir a... ¡las mascotas del equipo nacional de Irlanda!

—Si son de Irlanda serán los...

—Eso creo —asintió Remus a las palabras de Tonks.

En aquel momento, lo que parecía ser un cometa de color oro y verde entró en el estadio como disparado, dio una vuelta al terreno de juego y se dividió en dos cometas más pequeños que se dirigieron a toda velocidad hacia los postes de gol. Repentinamente se formó un arco iris que se extendió de un lado a otro del campo de juego, conectando las dos bolas de luz. La multitud exclamaba «¡oooooooh!» y luego «¡aaaaaaah!», como si estuviera contemplando un castillo de fuegos de artificio. A continuación se desvaneció el arco iris, y las dos bolas de luz volvieron a juntarse y se abrieron: formaron un trébol enorme y reluciente que se levantó en el aire y empezó a elevarse sobre las tribunas. De él caía algo que parecía una lluvia de oro.

—¡Maravilloso! —exclamó Ron cuando el trébol se elevó sobre el estadio dejando caer pesadas monedas de oro que rebotaban al dar en los asientos y en las cabezas de la multitud. Entornando los ojos para ver mejor el trébol, Harry apreció que estaba compuesto de miles de hombrecitos diminutos con barba y chalecos rojos, cada uno de los cuales llevaba una diminuta lámpara de color oro o verde.

—¡Son leprechauns!

—Si era Irlanda, sería evidente que usarían leprechauns —sonrió Sirius.

—explicó el señor Weasley, alzando la voz por encima del tumultuoso aplauso de los espectadores, muchos de los cuales estaban todavía buscando monedas de oro debajo de los asientos.

—¡Aquí tienes! —dijo Ron muy contento, poniéndole a Harry un montón de monedas de oro en la mano —. ¡Por los omniculares! ¡Ahora me tendrás que comprar un regalo de Navidad, je, je!

—No servirá de nada, Ron —dijo Charlie, dejando escapar una carcajada.

—¿Cómo?

—El oro de los leprechauns se desvanece a las horas —explicó su hermano.

—Oh... Supongo que me quedo sin regalo de Navidad.

El enorme trébol se disolvió, los leprechauns se fueron hacia el lado opuesto al que ocupaban las veelas, y se sentaron con las piernas cruzadas para contemplar el partido.

—Y ahora, damas y caballeros, ¡demos una calurosa bienvenida a la selección nacional de quidditch de Bulgaria! Con ustedes... ¡Dimitrov!

Una figura vestida de escarlata entró tan rápido montada sobre el palo de su escoba que sólo se pudo distinguir un borrón en el aire. La afición del equipo de Bulgaria aplaudió como loca.

—¡Ivanova!

Una nueva figura hizo su aparición zumbando en el aire, igualmente vestida con una túnica de color escarlata.

—¡Zograf!, ¡Levski!, ¡Vulchanov!, ¡Volkov! yyyyyyyyy... ¡Krum!

Varios en la sala aplaudieron por respeto a la selección de Bulgaria.

—¡Es él, es él! —gritó Ron, siguiendo a Krum con los omniculares. Harry se apresuró a enfocar los suyos.

Viktor Krum era delgado, moreno y de piel cetrina, con una nariz grande y curva y cejas negras y muy pobladas. Semejaba una enorme ave de presa. Costaba creer que sólo tuviera dieciocho años.

—Y recibamos ahora con un cordial saludo ¡a la selección nacional de quidditch de Irlanda! —bramó Bagman—. Les presento a... ¡Connolly!, ¡Ryan!, ¡Troy!, ¡Mullet!, ¡Moran!, ¡Quigley! yyyyyyyyy... ¡Lynch!

Volvieron a aplaudir, aunque esta vez con más ganas.

Siete borrones de color verde rasgaron el aire al entrar en el campo de juego. Harry dio vueltas a una ruedecilla lateral de los omniculares para ralentizar el movimiento de los jugadores hasta conseguir ver la inscripción «Saeta de Fuego» en cada una de las escobas y los nombres de los jugadores bordados en plata en la parte de atrás de las túnicas.

—Y ya por fin, llegado desde Egipto, nuestro árbitro, el aclamado Presimago de la Asociación Internacional de Quidditch: ¡Hasán Mustafá!

Entonces, caminando a zancadas, entró en el campo de juego un mago vestido con una túnica dorada que hacía juego con el estadio. Era delgado, pequeño y totalmente calvo salvo por el bigote, que no tenía nada que envidiar al de tío Vernon.

Cedric sonrió un poco, recordando el ataque de risa que había estado a punto de tener cuando Bagman, tras anunciar con tanto entusiasmo a los equipos de Bulgaria e Irlanda; había anunciado con el mismo entusiasmo la aparición del árbitro, y este había aparecido caminando tranquilamente.

Debajo de aquel bigote sobresalía un silbato de plata; bajo un brazo llevaba una caja de madera, y bajo el otro, su escoba voladora. Harry volvió a poner en velocidad normal sus omniculares y observó atentamente a Mustafá mientras éste montaba en la escoba y abría la caja con un golpe de la pierna: cuatro bolas quedaron libres en ese momento: la quaffle, de color escarlata; las dos bludgers negras, y (Harry la vio sólo durante una fracción de segundo, porque inmediatamente desapareció de la vista) la alada, dorada y minúscula snitch. Soplando el silbato, Mustafá emprendió el vuelo detrás de las bolas.

—¡Comieeeeeeeeenza el partido! —gritó Bagman—. Todos despegan en sus escobas y ¡Mullet tiene la quaffle! ¡Troy! ¡Moran! ¡Dimitrov! ¡Mullet de nuevo! ¡Troy! ¡Levski! ¡Moran!

—¿Qué acaba de suceder? —preguntó Harry, confundido.

—No esperes que esto sea como el quidditch de Hogwarts, hijo —respondió James—. Aquí si parpadeas un instante, fácilmente te pierdes tres o cuatro jugadas.

Aquello era quidditch como Harry no había visto nunca. Se apretaba tanto los omniculares contra los cristales de las gafas que se hacía daño con el puente. La velocidad de los jugadores era increíble: los cazadores se arrojaban la quaffle unos a otros tan rápidamente que Bagman apenas tenía tiempo de decir los nombres. Harry volvió a poner la ruedecilla en posición de «lento», apretó el botón de «jugada a jugada»

—Mala elección —dijo Sirius.

—¿Por? —preguntó Harry, confundido.

—Ahora lo verás —respondió su padrino.

que había en la parte de arriba y empezó a ver el juego a cámara lenta, mientras los letreros de color púrpura brillaban a través de las lentes y el griterío de la multitud le golpeaba los tímpanos. Formación de ataque «cabeza de halcón», leyó en el instante en que los tres cazadores del equipo irlandés se juntaron, con Troy en el centro y ligeramente por del ante de Mullet y Moran, para caer en picado sobre los búlgaros. Finta de Porskov, indicó el letrero a continuación, cuando Troy hizo como que se lanzaba hacia arriba con la quaffle, apartando a la cazadora búlgara Ivanova y entregándole la quaffle a Moran. Uno de los golpeadores búlgaros, Volkov, pegó con su pequeño bate y con todas sus fuerzas a una bludger que pasaba cerca, lanzándola hacia Moran. Moran se apartó para evitar la bludger, y la quaffle se le cayó. Levski, elevándose desde abajo, la atrapó.

—¡TROY MARCA!

—¿Qué? —exclamó Harry, sorprendido—. ¿No se supone que Levski acababa de recoger la quaffle?

—A eso me refería —dijo Sirius—. Si pones los omniculares en lento y jugada a jugada, lo único que harás es ver jugadas pasadas a cámara lenta.

—Tiene sentido —admitió Harry, molesto consigo mismo.

—bramó Bagman, y el estadio entero vibró entre vítores y aplausos —. ¡Diez a cero a favor de Irlanda!

—¿Qué? —gritó Harry, mirando a un lado y a otro como loco a través de los omniculares —. ¡Pero si Levski acaba de coger la quaffle!

—¡Harry, si no ves el partido a velocidad normal, te vas a perder un montón de jugadas! —le gritó Hermione, que botaba en su asiento moviendo los brazos en el aire mientras Troy daba una vuelta de honor al campo de juego.

Harry y Ron miraron a Hermione con sorpresa, quién se encogió en su sitio, avergonzada.

—Tú nunca te pones así en los partidos de la escuela, Hermione —señaló Ron.

—Bueno, no compares los partidos de la escuela con esto —se defendió Hermione—. Al fin y al cabo están jugando profesionales.

Harry miró por encima de los omniculares, y vio que los leprechauns, que observaban el partido desde las líneas de banda, habían vuelto a elevarse y a formar el brillante y enorme trébol. Desde el otro lado del campo, las veelas los miraban mal encaradas.

Enfadado consigo mismo, Harry volvió a poner la ruedecilla en velocidad normal antes de que el juego se reanudara.

Harry sabía lo suficiente de quidditch para darse cuenta de que los cazadores de Irlanda eran soberbios.

—Todos decían eso —asintió Daphne, recordando un par de artículos que había visto de pasada en El Profeta.

Formaban un equipo perfectamente coordinado, y, por las posiciones que ocupaban, parecía como si cada uno pudiera leer la mente de los otros. La escarapela que llevaba Harry en el pecho no dejaba de gritar sus nombres: «¡Troy... Mullet... Moran!» Al cabo de diez minutos, Irlanda había marcado otras dos veces, hasta alcanzar el treinta a cero, lo que había provocado mareas de vítores atronadores entre su afición, vestida de verde.

El juego se tomó aún más rápido pero también más brutal. Volkov y Vulchanov, los golpeadores búlgaros, aporreaban las bludgers con todas sus fuerzas para pegar con ellas a los cazadores del equipo de Irlanda, y les impedían hacer uso de algunos de sus mejores movimientos: dos veces se vieron forzados a dispersarse y luego, por fin, Ivanova logró romper su defensa, esquivar al guardián, Ryan, y marcar el primer tanto del equipo de Bulgaria.

—Bueno, Bulgaria por fin ha marcado —dijo Emily.

—¡Meteos los dedos en las orejas! —les gritó el señor Weasley cuando las veelas empezaron a bailar para celebrarlo.

Harry además cerró los ojos: no quería que su mente se evadiera del juego. Tras unos segundos, se atrevió a echar una mirada al terreno de juego: las veelas ya habían dejado de bailar, y Bulgaria volvía a estar en posesión de la quaffle.

—¡Dimitrov! ¡Levski! ¡Dimitrov! Ivanova... ¡eh! —bramó Bagman.

—¿Qué sucede? —preguntó Molly.

—¿La snitch? —dijo Percy.

Cien mil magos y brujas ahogaron un grito cuando los dos buscadores,

—Sí, es la snitch —dijo James con emoción.

—Que nadie la coja —murmuraron los gemelos Weasley. Todos lo miraron—. ¿Qué? —exclamó Fred.

—Recordad que hemos apostado a que Irlanda ganaba pero Krum cogía la snitch —explicó George—. Si Krum coge la snitch ahora, ganará Bulgaria. Y si Lynch coge la snitch, ganará Irlanda pero Krum no habrá atrapado la snitch.

—Desde luego lo tenéis jodido —dijo Will.

Krum y Lynch, cayeron en picado por en medio de los cazadores, tan veloces como si se hubieran tirado de un avión sin paracaídas. Harry siguió su descenso con los omniculares, entrecerrando los ojos para tratar de ver dónde estaba la snitch...

—La snitch no esta allí —advirtió Charlie.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Jake.

—Harry ha demostrado ser un buscador formidable. Si él no ha podido localizar la snitch, encima usando omniculares, es que sencillamente no estaba allí —explicó el pelirrojo.

—¡Se van a estrellar! —gritó Hermione a su lado.

Y así parecía... hasta que en el último segundo Viktor Krum frenó su descenso y se elevó con un movimiento de espiral.

Amago de Wronski —dijo Reg.

Lynch, sin embargo, chocó contra el suelo con un golpe sordo que se oyó en todo el estadio. Un gemido brotó de la afición irlandesa.

—¡Tonto! —se lamentó el señor Weasley—. ¡Krum lo ha engañado!

—¡Tiempo muerto! —gritó la voz de Bagman—. ¡Expertos medimagos tienen que salir al campo para examinar a Aidan Lynch!

—Estará bien, ¡sólo ha sido un castañazo! —le dijo Charlie en tono tranquilizador a Ginny, que se asomaba por encima de la pared de la tribuna principal, horrorizada—. Que es lo que andaba buscando Krum, claro...

—Imagino que querría utilizar el tiempo muerto para tratar de localizar la snitch dorada —dijo Neville.

Harry se apresuró a apretar el botón de retroceso y luego el de «jugada a jugada» en sus omniculares, giró la ruedecilla de velocidad, y se los puso otra vez en los ojos.

Vio de nuevo, esta vez a cámara lenta, a Krum y Lynch cayendo hacia el suelo. Amago de Wronski: un desvío del buscador muy peligroso, leyó en las letras de color púrpura impresas en la imagen. Vio que el rostro de Krum se contorsionaba a causa de la concentración cuando, justo a tiempo, se frenaba para evitar el impacto, mientras Lynch se estrellaba, y comprendió que Krum no había visto la snitch: sólo se había lanzado en picado para engañar a Lynch y que lo imitara.

—¿Esa jugada no debería estar prohibida? —preguntó Hermione—. Es demasiado peligrosa, tanto para un lado como para el otro.

—En realidad en ningún momento se toca al buscador rival, así que no es ilegal —respondió Ginny.

Harry no había visto nunca a nadie volar de aquella manera.

Krum no parecía usar una escoba voladora: se movía con tal agilidad que más bien parecía ingrávido

—Quiero ver volar a Krum —murmuró James—. Si aparece aquí, le podemos pedir que nos enseñe como vuela.

—¿Y para que iba a aparecer ese chico aquí? —preguntó Lily, sorprendida.

. Harry volvió a poner sus omniculares en posición normal, y enfocó a Krum, que volaba en círculos por encima de Lynch, a quien en esos momentos los medimagos trataban de reanimar con tazas de poción. Enfocando aún más de cerca el rostro de Krum, Harry vio cómo sus oscuros ojos recorrían el terreno que había treinta metros más abajo. Estaba aprovechando el tiempo para buscar la snitch sin la interferencia de otros jugadores.

Finalmente Lynch se incorporó, en medio de los vítores de la afición del equipo de Irlanda, montó en la Saeta de Fuego y, dando una patada en la hierba, levantó el vuelo. Su recuperación pareció otorgar un nuevo empuje al equipo de Irlanda. Cuando Mustafá volvió a pitar, los cazadores se pusieron a jugar con una destreza que Harry no había visto nunca.

En otros quince minutos trepidantes, Irlanda consiguió marcar diez veces más.

—¿Ya han marcado diez veces? —exclamó Sally.

—Pues empiezo a creer que los gemelos ganarán la apuesta —dijo Emily.

Ganaban por ciento treinta puntos a diez, y los jugadores comenzaban a jugar de manera más sucia.

Cuando Mullet, una vez más, salió disparada hacia los postes de gol aferrando la quaffle bajo el brazo, el guardián del equipo búlgaro, Zograf, salió a su encuentro. Fuera lo que fuera lo que sucedió, ocurrió tan rápido que Harry no pudo verlo, pero un grito de rabia brotó de la afición de Irlanda, y el largo y vibrante pitido de Mustafá indicó falta.

—Y Mustafá está reprendiendo al guardián búlgaro por juego violento... ¡Excesivo uso de los codos!

—Le ha debido de dar un codazo en la cara o algo así —supuso Ron.

—informó Bagman a los espectadores, por encima de su clamor—. Y... ¡sí, señores, penalti favorable a Irlanda!

Los leprechauns, que se habían elevado en el aire, enojados como un enjambre de avispas cuando Mullet había sufrido la falta, se apresuraron en aquel momento a formar las palabras: «¡JA, JA, JA!».

—Tengo que decir que los leprechauns tienen bastante mala leche —dijo Will.

Las veelas, al otro lado del campo, se pusieron de pie de un salto, agitaron de enfado sus melenas y volvieron a bailar.

—Eso ha sido un momento muy película de Broadway —dijo Will.

—¿El qué? —preguntó Ginny.

—Es algo que sucede en ocasiones en esas películas —explicó Emily—. Cuando dos bandos están a punto de empezar a pelear, y en vez de luchar como tal empiezan a cantar y a bailar.

—¿Para qué?

—Ni idea.

Todos a una, los chicos Weasley y Harry se metieron los dedos en los oídos; pero Hermione, que no se había tomado la molestia de hacerlo, no tardó en tirar a Harry del brazo. Él se volvió hacia ella, y Hermione, con un gesto de impaciencia, le quitó los dedos de las orejas.

—Creo que va a ser divertido —dijo Sirius. Con las veelas por ahí, se podía imaginar cualquier cosa.

—¡Fíjate en el árbitro! —le dijo riéndose.

Harry miró el terreno de juego. Hasán Mustafá había aterrizado justo delante de las veelas y se comportaba de una manera muy extraña: flexionaba los músculos y se atusaba nerviosamente el bigote.

Casi todos se echaron a reír, aunque el árbitro les daba cierta lástima.

—¡No, esto sí que no! —dijo Ludo Bagman, aunque parecía que le hacía mucha gracia—. ¡Por favor, que alguien le dé una palmada al árbitro!

Un medimago cruzó a toda prisa el campo, tapándose los oídos con los dedos, y le dio una patada a Mustafá en la espinilla.

—Joder, suerte que ha dicho una palmada —dijo Bill—. Llega a decirle que le den una patada y lo apuñalan.

Mustafá volvió en sí. Harry, mirando por los omniculares, advirtió que parecía muy embarazado y que les estaba gritando a las veelas, que habían dejado de bailar y adoptaban ademanes rebeldes.

—Y, si no me equivoco, ¡Mustafá está tratando de expulsar a las mascotas del equipo búlgaro! —explicó la voz de Bagman —. Esto es algo que no habíamos visto nunca...

—Esas cosas solamente podían ocurrir en la final —dijo Remus.

¡Ah, la cosa podría ponerse fea...!

Y, desde luego, se puso fea: los golpeadores del equipo de Bulgaria, Volkov y Vulchanov, habían tomado tierra uno a cada lado de Mustafá, y discutían con él furiosamente señalando hacia los leprechauns, que acababan de formar las palabras: «¡JE, JE, JE!». Pero a Mustafá no lo cohibían los búlgaros: señalaba al aire con el dedo, claramente pidiéndoles que volvieran al juego, y, como ellos no le hacían caso, dio dos breves soplidos al silbato.

—A ver, entiendo que este molesto con las veelas —dijo Sally—. ¡Pero es que los leprechauns tampoco son unos santos!

—¡Dos penaltis a favor de Irlanda! —gritó Bagman, y la afición del equipo búlgaro vociferó de rabia—. Será mejor que Volkov y Vulchanov regresen a sus escobas... Sí... ahí van... Troy toma la quaffle...

A partir de aquel instante el juego alcanzó nuevos niveles de ferocidad. Los golpeadores de ambos equipos jugaban sin compasión: Volkov y Vulchanov, en especial, no parecían preocuparse mucho si en vez de a las bludgers golpeaban con los bates a los jugadores irlandeses.

—Creo que más bien iban a por ellos —dijo Cedric.

Dimitrov se lanzó hacia Moran, que estaba en posesión de la quaffle, y casi la derriba de la escoba.

—¡Falta! —corearon los seguidores del equipo de Irlanda todos a una, y al levantarse a la vez, con su color verde, semejaron una ola.

—¡Falta! —repitió la voz mágicamente amplificada de Ludo Bagman —. Dimitrov pretende acabar con Moran... volando deliberadamente para chocar con ella... Eso será otro penalti... ¡Sí, ya oímos el silbato!

Los leprechauns habían vuelto a alzarse en el aire, y formaron una mano gigante que hacía un signo muy grosero dedicado a las veelas que tenían enfrente. Entonces las veelas perdieron el control.

—Ay, Dios que se lía —gimió Lily.

—Ahora vais a ver porque las veelas pueden resultar ser un problema —dijo Bill.

Se lanzaron al campo y arrojaron a los duendes lo que parecían puñados de fuego. A través de sus omniculares, Harry vio que su aspecto ya no era bello en absoluto. Por el contrario, sus caras se alargaban hasta convertirse en cabezas de pájaro con un pico temible y afilado, y unas alas largas y escamosas les nacían de los hombros.

—¿Qué les ha ocurrido? —preguntó Ron, sorprendido.

—Ese, hijo, es el verdadero aspecto de una veela —explicó Arthur—. Normalmente se muestran como mujeres hermosas, pero una vez se enfadan y dejan escapar su verdadera naturaleza... no es agradable.

De repente Harry ya podía imaginarse a las veelas comiendo personas. Sí, definitivamente estaba feliz sin haber sabido eso.

—¡Por eso, muchachos —gritó el señor Weasley para hacerse oír por encima del tumulto—, es por lo que no hay que fijarse sólo en la belleza!

—Buen consejo, Arthur —sonrió Molly.

Los magos del Ministerio se lanzaron en tropel al terreno de juego para separar a las veelas y los leprechauns, pero con poco éxito. Y la batalla que tenía lugar en el suelo no era nada comparada con la del aire.

—Básicamente son dos espectaculos en uno —dijo Will casi excitado.

Harry movía los omniculares de un lado para otro sin parar porque la quaffle cambiaba de manos a la velocidad de una bala.

—Levski ... Dimitrov... Moran... Troy... Mullet... Ivanova... De nuevo Moran... Moran... ¡Y MORAN CONSIGUE MARCAR!

Pero apenas se pudieron oír los vítores de la afición irlandesa, tapados por los gritos de las veelas, los disparos de las varitas de los funcionarios y los bramidos de furia de los búlgaros.

—Desde luego esa final sería difícil de olvidar —comentó Tonks.

El juego se reanudó enseguida: primero Levski se hizo con la quaffle, luego Dimitrov...

Quigley, el golpeador irlandés, le dio a una bludger que pasaba a su lado y la lanzó con todas sus fuerzas contra Krum, que no consiguió esquivarla a tiempo: le pegó de lleno en la cara.

—¡Ouch! Eso ha tenido que doler.

La multitud lanzó un gruñido ensordecedor. Parecía que Krum tenía la nariz rota, porque la cara estaba cubierta de sangre, pero Mustafá no hizo uso del silbato.

—¡Venga ya! ¡El pobre chico no puede volar en esas condiciones! —exclamó Sally.

La jugada lo había pillado distraído, y Harry no podía reprochárselo: una de las veelas le había tirado un puñado de fuego, y la cola de su escoba se encontraba en llamas.

—Siendo así encuentro normal que no pitase —dijo Emily.

Harry estaba deseando que alguien interrumpiera el partido para que pudieran atender a Krum. Aunque estuviera de parte de Irlanda, Krum le seguía pareciendo el mejor jugador del partido. Obviamente, Ron pensaba lo mismo.

—¡Esto tiene que ser tiempo muerto!

Algunos asintieron.

No puede jugar en esas condiciones, míralo...

—¡Mira a Lynch! —le contestó Harry.

El buscador irlandés había empezado a caer repentinamente, y Harry comprendió que no se trataba del «Amago de Wronski»: aquello era de verdad.

Todos se echaron hacia delante.

—¡Ha visto la snitch! —gritó Harry—. ¡La ha visto! ¡Míralo!

Sólo la mitad de los espectadores parecía haberse dado cuenta de lo que ocurría. La afición irlandesa se levantó como una ola verde, gritando a su buscador... pero Krum fue detrás.

—¡Vamos Krum! —gritaron los gemelos Weasley—. ¡Tú puedes atrapar la snitch!

Harry no sabía cómo conseguía ver hacia dónde se dirigía. Iba dejando tras él un rastro de gotas de sangre, pero se puso a la par de Lynch, y ambos se lanzaron de nuevo hacia el suelo...

—¡Van a estrellarse! —gritó Hermione.

—¡Nada de eso! —negó Ron.

—¡Lynch sí! —gritó Harry.

Y acertó. Por segunda vez, Lynch chocó contra el suelo con una fuerza tremenda, y una horda de veelas furiosas empezó a darle patadas.

—No quiero estar en la posición de ese tipo —dijo Charlie con una mueca.

—La snitch, ¿dónde está la snitch? —gritó Charlie, desde su lugar en la fila.

—¡La tiene...! ¡Krum la tiene...! ¡Ha terminado! —gritó Harry.

—¡Krum tiene la snitch! —chillaron los gemelos Weasley mientras se abrazaban, tirando George el libro—. ¡Krum tiene la snitch!

—¡Un momento! —exclamó Tonks—. ¿Al final cuanto han quedado? —Empezó ha hacer cálculos, pero rápidamente los desechó de su cabeza—. ¡Lee de una vez, George!

Krum, que tenía la túnica roja manchada con la sangre que le caía de la nariz, se elevaba suavemente en el aire, con el puño en alto y un destello de oro dentro de la mano.

El tablero anunció «BULGARIA: 160; IRLANDA: 170»

—¡Ganamos! ¡Ganamos! ¡GANAMOS! —gritaron los gemelos Weasley, iniciando una especie de baile extraño.

El resto estaba sorprendido.

—No puedo creerme que ganarán la apuesta —comentó Hermione—. ¿Cuanto dinero habrán conseguido?

—Ni idea. Pero mucho seguro que sí —dijo Neville—. Al fin y al cabo es un resultado que nadie se esperaría.

Al final tuvieron que pasar varios minutos hasta que los ánimos se calmaron. George volvió a retomar el libro.

a la multitud, que no parecía haber comprendido lo ocurrido. Luego, despacio, como si acelerara un enorme Jumbo, un bramido se alzó entre la afición del equipo de Irlanda, y fue creciendo más y más hasta convertirse en gritos de alegría.

—¡IRLANDA HA GANADO! —voceó Bagman, que, como los mismos irlandeses, parecía desconcertado por el repentino final del juego —. ¡KRUM HA COGIDO LA SNITCH, PERO IRLANDA HA GANADO! ¡Dios Santo, no creo que nadie se lo esperara!

—¡Nosotros sí!

—¿Y para qué ha cogido la snitch? —exclamó Ron, al mismo tiempo que daba saltos en su asiento, aplaudiendo con las manos elevadas por encima de la cabeza —. ¡El muy idiota ha dado por finalizado el juego cuando Irlanda les sacaba ciento sesenta puntos de ventaja!

—Sabía que nunca conseguirían alcanzarlos —le respondió Harry, gritando para hacerse oír por encima del estruendo, y aplaudiendo con todas sus fuerzas —: los cazadores del equipo de Irlanda son demasiado buenos. Quiso terminar lo mejor posible, eso es todo...

—Intentó que la derrota fuese lo menos humillante posible —murmuró Ginny.

—Ha estado magnífico, ¿verdad? —dijo Hermione, inclinándose hacia delante para verlo aterrizar, mientras un enjambre de medimagos se abría camino hacia él entre los leprechauns y las veelas, que seguían peleándose

—Al final ni siquiera el final del partido ha conseguido calmar los ánimos —dijo Regulus.

—Me apuesto lo que quieras a que los leprechauns han aprovechado el resultado para volver a molestar a las veelas —dijo Holly.

—. Está hecho una pena...

Harry volvió a mirar por los omniculares. Era difícil ver lo que ocurría en aquel momento, porque los leprechauns zumbaban de un lado para otro por el terreno de juego, pero consiguió divisar a Krum entre los medimagos. Parecía más hosco que nunca, y no les dejaba ni que le limpiaran la sangre. Sus compañeros lo rodeaban, moviendo la cabeza de un lado a otro y con aspecto abatido. A poca distancia, los jugadores del equipo de Irlanda bailaban de alegría bajo una lluvia de oro que les arrojaban sus mascotas. Por todo el estadio se agitaban las banderas, y el himno nacional de Irlanda atronaba en cada rincón. Las veelas recuperaron su aspecto habitual, nuevamente hermosas, aunque tristes.

—«Vueno», hemos luchado «vrravamente» —dijo detrás de Harry una voz lúgubre. Miró hacia atrás: era el ministro búlgaro de Magia.

—Pues al final Luna tenía razón —dijo Neville—. Entendía el inglés desde el principio.

—¡Usted habla nuestro idioma! —dijo Fudge, ofendido —. ¡Y me ha tenido todo el día comunicándome por gestos!

—«Vueno», eso fue muy «divertida» —dijo el ministro búlgaro, encogiéndose de hombros.

—Eso no puedo discutírselo —dijo Sirius, imaginándose a Fudge gesticulando como un loco para que la gente lo entendiese. Ojala pudiese verlo algún día...

—¡Y mientras la selección irlandesa da una vuelta de honor al campo, escoltada por sus mascotas, llega a la tribuna principal la Copa del Mundo de quidditch! —voceó Bagman.

A Harry lo deslumbró de repente una cegadora luz blanca que bañó mágicamente la tribuna en que se hallaban, para que todo el mundo pudiera ver el interior. Entornando los ojos y mirando hacia la entrada, pudo distinguir a dos magos que llevaban, jadeando, una gran copa de oro que entregaron a Cornelius Fudge, el cual aún parecía muy contrariado por haberse pasado el día comunicándose por señas sin razón.

—Sin razón no ha sido —dijo Will—. Ha conseguido divertir al ministro búlgaro.

—Dediquemos un fuerte aplauso a los caballerosos perdedores: ¡la selección de Bulgaria! —gritó Bagman.

Y, subiendo por la escalera, llegaron hasta la tribuna los siete derrotados jugadores búlgaros. Abajo, la multitud aplaudía con aprecio. Harry vio miles y miles de omniculares apuntando en dirección a ellos.

Uno a uno, los búlgaros desfilaron entre las butacas de la tribuna, y Bagman los fue nombrando mientras estrechaban la mano de su ministro y luego la de Fudge. Krum, que estaba en último lugar, tenía realmente muy mal aspecto. Los ojos negros relucían en medio del rostro ensangrentado. Todavía agarraba la snitch. Harry percibió que en tierra sus movimientos parecían menos ágiles. Era un poco patoso y caminaba cabizbajo. Pero, cuando Bagman pronunció el nombre de Krum, el estadio entero le dedicó una ovación ensordecedora.

—Desde luego se la mereció —dijo Daphne.

—¡Vosotras dos visteis el partido! —acusó Ron a las hermanas Greengrass.

—Muy bien, Weasley. Has tardado en darte cuenta.**

Y a continuación subió el equipo de Irlanda. Moran y Connolly llevaban a Aidan Lynch. El segundo batacazo parecía haberlo aturdido, y tenía los ojos desenfocados. Pero sonrió muy contento cuando Troy y Quigley levantaron la Copa en el aire y la multitud expresó estruendosamente su aprobación. A Harry le dolían las manos de tanto aplaudir.

Al final, cuando la selección irlandesa bajó de la tribuna para dar otra vuelta de honor sobre las escobas (Aidan Lynch montado detrás de Connolly, agarrándose con fuerza a su cintura y todavía sonriendo como aturdido), Bagman se apuntó con la varita a la garganta y susurró: ¡Quietus!

—Se hablará de esto durante años

—De eso estoy seguro —asintió James.

—dijo con la voz ronca —. Ha sido un giro verdaderamente inesperado. Es una pena que no haya durado más... Ah, ya... ya... ¿Cuánto os debo?

Fred y George acababan de subirse sobre los respaldos de sus butacas y permanecían frente a Ludo Bagman con una amplia sonrisa y la mano tendida hacia él.

—¡Fin del capítulo! —anunció George con una sonrisa que le casi le partía la cara por la mitad.

—¡Muy bien! —exclamó la señora Weasley—. ¡Todo el mundo a la cama! ¡A dormir!


*: Básicamente he modificado un poco a las veelas, ya que lo que he encontrado acerca de ellas decía que posiblemente estuviesen basadas en las wilas de Polonia. Así que las he combinado con las sirenas mediterráneas (que como podéis suponer son las sirenas de la mitología griega), y creado a las veelas en si. En cuanto al hecho de que devoraban personas, he estado a punto de no ponerlo. Pero después he pensado si existen vampiros que chupan la sangre, ¿por qué no veelas que comen personas? Y así ha sido. Por supuesto con las leyes mágicas actuales, dicha actividad ha sido severamente restringida y las veelas han pasado a alimentarse con más normalidad (cosa que podían hacer desde el principio, pero el sabor de la carne humana era demasiado irresistible)...

**: Tengo que admitir que no me acordaba, pero las hermanas Greengrass vienen después de la final de quidditch.


Hola gente.

Noveno capítulo subido. La verdad es que este capítulo lo termine de escribir anoche, pero como ya era tarde pase de subirlo.

En un principio había puesto que las veelas eran criaturas, pero luego de mirar un poco por ahí, me di cuenta de que los no-humanos parecen estar clasificados en tres grupos: seres, criaturas y espíritus.

Aunque apenas he encontrado nada de ellos (aunque solamente he revisado la wiki en español), imagino que están divididos de las siguiente forma:

-Seres: vampiros, elfos domésticos, etc. Básicamente seres con apariencia y/o inteligencia humana.

-Criaturas: dragones, hipogrifos... Pues lo que vendría a ser el resto.

-Espíritus: Fantasmas, poltergeist...

Así que las veelas entrarían en la clasificación de seres.

En fin, ahora yendo a las preguntas que hice el capítulo anterior: me ha sorprendido un poco, porque sinceramente creía que los más escogidos serían Snape y Hermione. Aunque tengo que reconocer que entendería que Hermione fuese escogida por muchos (aunque ni de coña la considero tan especial y alucinante como he leído por ahí). Y lo digo en serio, parece que Hermione sea una especie de deidad suprema o algo así. No niego que Hermione fuese de mucha ayuda y que muchos problemas se resolvieron con su ayuda. Pero de ahí considerar que ni Harry ni Ron podrían haber hecho nada de nada sin Hermione, creo que es pasarse un poco...

Pues hablando de mis personajes favoritos, en el caso del femenino tengo bastante claro que es Luna. Y en cuanto a los masculinos, estoy divido entre tres: Harry, Ron y Neville. En el caso de Harry es porque ha sido el protagonista durante siete libros y le he acabado pillando mucho cariño; con Neville es por su increíble cambio a lo largo de la serie (sobre todo en los últimos libros) y en el caso de Ron es porque considero que su presencia era muy importante para el trío y no se le da el reconocimiento que creo que se merece (esto es gracioso porque, seguramente gracias a un fic mío, muchos consideran que odio a Ron o algo así, XD)

Después de leer un poco sobre vuestras opiniones respeto al personaje de Cho Chang, puedo llegar a entender mejor el odio que genera. Aunque sigo sin compartirlo, XD.

En fin, espero que el capítulo os haya gustado.

Se despide,

Grytherin18-Friki

PD: Se nota que hemos llegado a esa época en que tengo que ponerme el ventilador por las mañanas para no asarme de calor, XD.

PD2: ¿El personaje masculino que más odiáis? ¿Y el femenino?

PD3: ¿Qué pensáis del personaje de Severus Snape?