Disclaimer: Los personajes de Avengers no me pertenecen.

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2

Escape

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El sol dándole de lleno en los ojos le anunció que la mañana había llegado, radiante y fresca, a interrumpir sus dulces sueños. Bucky parpadeó, presa de la confusión del momento, y no tardó en levantarse de un jalón, arrastrando consigo la pierna que reposaba cómodamente sobre su torso.

— ¡Thor! ¡Quítate, idiota escandinavo!— gruñó a la vez que se levantaba del sofá que, al parecer, le había servido de cama durante toda la noche, arrepintiéndose al instante, pues casi se fue de cabeza al suelo, tambaleándose gracias a un mareo repentino que pareció mover toda la habitación.

Jamás en la vida volvería a embriagarse de esa manera.

Parpadeó una vez más, intentando ubicarse en tiempo y espacio. Estaba en una sala muy elegante pero hecha un desorden, con vasos de plástico en cada rincón y manchas extrañas por doquier; se acercó a la única salida que pudo encontrar cerca y tuvo que cerrar los ojos al ser cegado por el brillo de la mañana, intentando protegerse con un brazo de tan letal e inesperado ataque. Entonces, el aroma a agua salada y arena embotó sus sentidos, dándole una pista del lugar donde debía encontrarse: la casa de verano de los Stark, en East Hampton, una zona llena de riquillos mimados como Tony, pero también un excelente lugar donde ir de vacaciones.

Los recuerdos comenzaron a asaltarlo en ese momento, recordándole la graduación de Steve y los demás, la fiesta de Tony en la mansión de su familia en la ciudad y a alguien llevándolos a todos, ebrios y eufóricos, a los Hamptons a bordo de una limosina en mitad de la noche.

Eso había sido peligroso, son duda.

También recordaba un beso, el más dulce de su vida, dado por la chica de sus sueños, la bella Natasha Romanoff. Su vecina, su mejor amiga. El amor de su vida.

Recordaba, aún con unas copas de más, habérsele declarado, y que, aunque sorprendida, ella se había lanzado a sus brazos casi de inmediato, asegurándole tener los mismos sentimientos hacia él.

Con eso en mente sintió sus mejillas arder levemente, y se preguntó dónde estaría su ahora novia, mientras comenzaba a buscarla con la mirada por los alrededores. Sin embargo, la respuesta llegó sola cuando escuchó su risa, tan clara y suave como siempre, llegando hasta sus oídos junto al sonido de las olas rompiéndose en la arena.

Natasha reía, y parecía estar feliz.

Aumentando su resaca, Bucky salió de la casa con los pies descalzos, la camisa desabotonada y los pantalones por las caderas. Dónde había quedado el resto de su uniforme de cadete era todo un misterio que no le interesó resolver por el momento.

El sol lo cegó otra vez, y la arena calentó sus pies, pero la risa de su novia (que bien sonaba esa palabra ahora) se oía cada vez más cerca. Entonces alzó la vista y la vio, con su bonito cabello rojo brillando bajo el sol, todavía con el vestido de la noche anterior pero con las sandalias de tacón en la mano para poder hundir los pies en la arena mojada. Lucía hermosa, pero no iba sola.

Junto a Natasha, con la camisa celeste y los pantalones claros arremangados, iba Steve, su amigo Steven, con los pies descalzos también y las manos dentro de los bolsillos, el cabello rubio despeinado por el viento y los pronunciados pero suaves músculos marcados bajo la tela mojada de su ropa, riendo con Natasha. Riendo con su novia. Y sin él.

Eso no era extraño; Bucky los había visto reír juntos infinidad de veces, muchas de las cuales, admitía, había envidiado a su amigo por su capacidad de hacer reír a la bella pelirroja. Pero ya no lo envidiaba; no tenía porqué.

Nunca había competido con Steve; ambos eran muy diferentes, pero perfectos juntos. Sabía que Steve tampoco buscaba competir con él; su corazón era demasiado bondadoso como para siquiera contemplar la remota posibilidad. Antes de irse a la escuela militarizada, Bucky siempre había sido más popular, más ágil, más simpático, más fuerte, y, porqué no, más apuesto. Pero Steve había cambiado, y había cambiado mucho; ahora él era más fuerte, más ágil, más divertido e igual de popular y apuesto. Aun así, no podía verlo como una 'amenaza'. Steve nunca podría ser eso.

Nunca.

Tal vez sólo había imaginado esas miradas furtivas a Natasha, o esas sonrisas cargados de algo mucho más profundo que mera amistad. Sí, eso tenía que ser.

Steve no podía competir con él porque no estaba en su naturaleza.

Steve no podía querer a Natasha porque era su mejor amigo, casi su hermano.

Y los hermanos no se enamoraban de las novias de sus hermanos.

Y Steve no podía estar enamorado de Natasha, ¿verdad?

oOo

Natasha rió; rió con ganas, y Steve no se privó de escucharla hasta el hartazgo, maravillándose con ese dulce sonido del que rara vez podía disfrutar, a pesar de que estaba mal, de que no era correcto porque luego tenía que regresar a la realidad. Y dolía.

Apenas habían pasado unas horas desde que creyó que su corazón se rompía en cientos de pedazos y ya todo parecía haber vuelto a la normalidad. Solos Natasha y él, riendo mientras corrían tras el amanecer, igual que dos niños, como si los años nunca hubieran pasado para ellos y siguieran siendo esos adolescentes que se escurrían por la ventana del otro solo para hablar y reír de su dia.

Pero sí lo habían hecho.

— ¡Hey, chicos!

- ¡Bucky!

Natasha saltó de la arena y se colgó al cuello del Bucky con una sonrisa radiante adornándole el rostro, provocando que éste se desestabilizara ligeramente, soltando una risa igual de feliz antes de besarla. Y Steve no pudo evitar desviar el rostro, reprimiendo todos los sentimientos negativos que comenzaban a bullir en su interior con una sonrisa que era poco más que una mueca de dolor.

—Y...— sintió un ligero golpe en el brazo, y solo entonces se dio cuenta de que Bucky se había dejado caer sobre la playa, a su lado, pasando un brazo sobre los hombros de Natasha— ¿Qué hacían los nerds?

— ¡Nerd tú!— se apresuró a exclamar la chica pelirroja, lanzando un golpe certero a la pierna de Bucky, que soltó un quejido lastimero.

— ¡Tasha, tus golpes duelen!

—Pues aprende a comportarte, tarado.

— ¡Steve! ¡Tú debes ayudarme!

Él rió con voz queda. De nuevo eran solo tres amigos.

— ¿Y hacer que Natasha se enoje aún más? No, gracias.

Bucky emitió una risa carrasposa y se acomodó sobre la arena, con las manos tras la espalda y las piernas extendidas mientras Natasha recargaba la cabeza en su hombro, y los tres contemplaron el final del amanecer en silencio.

— ¿Pueden creer que se irán a la universida en solo unos meses?— volvió a hablar la única chica del trío, sentada en medio, estirando los brazos para abrazarlos a ambos, tal y como solía hacer de pequeña.

Su tacto fue cálido al principio, pero Steve no tardó en sentir como si tuviera una piedra en el estómago; así que, con mucho sigilo, procuró hacerse a un lado para recuperar su espacio.

—Si por mí fuera me quedaría aquí— gruñó Bucky, estirándose sobre la arena con pereza.

—Oh, vamos. Georgetown no está tan lejos de aquí, pueden regresar cuando quieran a verme.

—Eso es verdad— concordó su novio, lanzando un silbido— Todavía no puedo creer que me hayan aceptado— rió— A estas alturas ya me imaginaba en Irak, o en algún otro lugar de oriente... ¿Quién diría que entraría a Georgetown con los cerebritos como Steve?

— ¡Deja de decir eso!— lo reprendió su novia— Prometiste dejar de hablar de Irak.

Bucky frunció el ceño y se levantó.

—Sólo era un comentario, Tasha. No te enfades— dijo, abrazándola— Steve y yo decidimos ir a la universidad en lugar de enlistarnos. ¿No es así, hermano?

—Sí— respondió Steve, ligeramente ensimismado en sus propios pensamientos— Eso dijimos y lo cumpliremos.

—Lo sé, sólo... No vuelvas a decir cosas como esa, Bucky.

—Aunque todavía estamos a tiempo... ¡Auch! ¡Quieta, Tasha!

Natasha intentó volver a golpearlo y los dos forcejearon, rodaron sobre la arena entre juegos y risas y volviendo a besarse.

— ¿Qué les parece un paseo en bicicleta? Podemos usar las de Tony— dijo Steve de pronto, apresurándose a interrumpir la escena de forma inconsciente.

Sus amigos se separaron para mirarlo, aunque Natasha seguía a horcajadas sobre el cuerpo de Bucky, en una postura que hizo desear a Steve que la arena se lo tragara.

—Creo que es una buena idea— corroboró Bucky, recargándose sobre los codos para mirarlo— Hace mucho no paseamos los tres juntos en bicicleta. La última vez teníamos unos... ¿Qué? ¿Doce? Fue cuando le enseñamos a Steve a usarla.

—Esa fue la última vez que tú estuviste con nosotros, pero Nat y yo lo hacíamos cada vez que veníamos aquí— le soltó sin pensar, casi a modo de reproche.

Bucky lo miró fijamente, como si intentara descifrar su tono.

—No lo sabía— dijo al fin, encogiéndose de hombros— Supongo que me perdí de muchas cosas mientras estuve pateando traseros en la escuela militarizada.

Los tres rieron, deshaciéndose de toda tensión.

—Steve y yo nos las apañamos bien— rió Natasha, empujándolo suavemente con su hombro— Pero hay un problema; Tony no sabe andar en bicicleta, ¿recuerdan? Cuando le enseñamos a Steve los tres nos burlábamos de él.

—Sí, era gracioso— recordó Bucky— Hasta que Steve se volvió su amigo y no nos dejó seguir burlándonos.

—Es que no era justo— Steve sonrió también, levantándose y estirando una mano hacia Natasha— Será divertido.

—Yo voy— ella aceptó su mano con una sonrisa— ¡Será como cuando éramos niños!

—Tú sigues siendo una niña, Tasha.

— ¡Cállate, Barnes! No arruines el momento... ¡El último que llegue a la casa es un camarón podrido!

— ¡¿Qué?! ¡No se vale, Natasha!— gritó Steve, apresurándose a correr tras ella con sus zapatos atados al cuello.

— ¡Oigan, esperen!

Bucky se levantó de un salto y corrió tras sus amigos sobre la arena, con Natasha a la cabeza, los tres riendo como si hubieran vuelto a ser niños.

— ¡Que lentos están!— exclamó la chica pelirroja con burla; entonces Steve entrecerró los ojos y aceleró el paso, ganándoles a ambos y entrando primero a la casa de Tony, causando un gran alboroto con el sonido de sus pies descalzos sobre el parqué italiano de la señora Stark.

— ¡¿Quién es el lento ahora, eh?!— exclamó con diversión, segundos antes de que Natasha llegara tras él y se colgara a su espalda, riendo mientras enrollaba sus piernas a la cintura de Steve, haciendo que su amigo riera también, sonrojándose levemente.

— ¡Oye, hiciste trampa!— gritó Bucky tras ellos, recuperando el aire en la entrada. Natasha lo soltó rápidamente y Steve la ayudó a bajarse— Diablos... Has mejorado, Steven. ¿Seguro que no te inyectas esteroides o algo?

—Tú eres un mal perdedor— se burló él, haciendo que Natasha volviera a reír.

—Todos son perdedores. ¿Quieren largarse de mi casa y dejarme dormir?— gruñó Tony Stark, alzando la cabeza, que estaba cubierta por una pantalla de lámpara, desde el costoso sofá de la sala— Madonna tiene una mansión a dos casas de aquí, ¿por qué no van a acosarla o algo?

— ¡Yo no hice trampa, fue Loki!— gritó el fornido joven rubio que dormía al otro lado del sillón, levantándose tan súbitamente que asustó a todo el mundo— Oh... Hola, amigos— murmuró en un inglés tenso a la vez que intentaba peinar las ebras de cabello que salían disparadas en todas direcciones— Esa sí que fue una fiesta vikinga, ¿eh?

— ¡Quítate, grandote!— gruñó Tony, empujándolo del sillón para estirarse con pereza— ¿Qué hora es?

—Casi las siete— respondió Steve, paseándose por la sala mientras recogía.

— ¡¿Las siete?! Nunca en mi vida me había levantado antes de las nueve... Ni siquiera cuando íbamos a la escuela... Deja eso, Capi. Es trabajo del personal.

—Yo puedo hacerlo. Además nosotros hicimos todo este desastre.

—Como quieras, pero deja de ser tan comedido o te vomitaré encima— advirtió, y Steve se detuvo— ¿Dónde están los demás?

—María y Pepper duermen arriba, Thor y tú aquí, creo que Clint y Jane se desmayaron junto a la piscina, y los demás se fueron al amanecer— contestó Natasha, tirando varios vasos al piso para sentarse sobre la mesilla de café— Fue una buena fiesta.

—Es el sello de garantía Stark— sonrió Tony, tambaleándose hacia atrás, logrando que la pantalla cayera de su cabeza— Maldición... Siento como si cientos de diminutos duendes vomitaran en mi cerebro...

— ¿Qué tienes con el vómito, Stark?— rió Bucky. Tony lo miró, pero antes de responder giró la cabeza y vomitó sobre la alfombra, causando el asco general.

—Ugh... El amigo Stark parece estar enfermo... ¿Quién quiere desayunar huevos?— Thor se levantó de un salto, vistiendo solo sus calzoncillos con dibujos de pequeños rayos amarillos, y caminó hacia la cocina, saltando sobre el vómito de Tony— También te prepararé un poco de sopa, amigo Tony— comentó, en tono comprensivo mientras posaba una de sus enormes manos en la espalda del chico—. Receta de Asgard, mi pueblo natal en Noruega. Sólo necesito un poco de krill, vejiga de cordero y tripas de cabra...

Como respuesta, Tony volvió a vomitar sobre la alfombra, haciendo que Thor se levantara de un salto, gritando mientras salía de la habitación hacia un lugar desconocido.

— ¡Pronto! ¡Amigo Tony necesita tripas de cabra!

Tony dobló su cuerpo y vomitó por tercera vez.

— ¡Te odio!— gritó entre arcadas, lanzando una estatuilla de bronce en la dirección en que Thor había desaparecido.

—Será mejor que nos larguemos antes de que nos hagan limpiar el vómito de Stark— susurró Bucky, empujando a sus amigos hacia la salida.

—Pero Tony está enfermo— se resistió Steve, mostrándose preocupado.

—Eso se llama resaca. Vayámonos de aquí. Eh, Tony, creo que iremos a acosar a Madonna— le dijo. El dueño de casa sólo levantó el pulgar derecho, manteniendo la cabeza baja— Corran, corran.

Los tres salieron de la casa hacia la cochera. La familia de Tony tenía al menos una docena de autos y motocicletas de colección guardados en una habitación más grande que todo Manhattan; Steve los conocía de memoria, y no se impresionó en absoluto, mientras que Bucky no dejaba de pasearse de un lado a otro como niño en una dulcería. Cada ejemplar podía valer más dinero del que vería en su vida, pero lo más valioso para el joven Rogers estaba detrás de todos ellos, acomodadas en un rincón, como si estuvieran abandonadas, y en parte así era.

— ¡Las encontré!— exclamó con alegría, enseñándoles las bicicletas, antiguas pero perfectamente cuidadas, que se escondían detrás de tanto lujo. El diseño era extraño, y tal vez databa de los años cuarenta o cincuenta; tal vez habían pertenecido al abuelo o al padre de Tony y tenían una historia. Quizá por eso a Steve le gustaban tanto.

—Tienen todo ese dinero, ¿y conservan esas viejas bicicletas?— Bucky frunció el ceño y se colgó de Steve— Deben tener como cien años. Los ricos son muy raros...

—A mí y a Steve nos encantan— apostilló Natasha, deslizándose entre ellos— Son clásicas.

—Y sólo son dos— observó su novio— Sé que toda mi vida reprobé en matemáticas, pero, ¿no necesitaremos tres?

Steve y Natasha se miraron y sonrieron, cómplices.

— ¿Sabes lo que eso significa, Nat?— Steve la rodeó y sacó una de las bicicletas, rodándola hacia la salida. Ella sonrió una vez más y como si le hubiera dado una orden corrió hasta él, subiéndose al manubrio. Steve correspondió su sonrisa y se montó en el asiento del conductor.

— ¡Oigan!

— ¡Veamos quién llega primero a la colina, Barnes!— exclamó la chica.

Todo fue como un sueño despierto. El sol, los juegos, las risas, Steve de nuevo sintió que nada había cambiado, y quiso conservar esa sensación, pero era imposible.

El solo mirar la sonrisa de Natasha, sentada sobre el manubrio de su bicicleta, con el viento despeinando su bonito cabello pelirrojo y el sol bañando su piel, hacía que olvidara que ya no eran esos niños sin preocupaciones ni problemas; que olvidara que todo había cambiado.

— ¡Ríndete, Barnes!— la risa de Natasha volvió a sacarlo de sus pensamientos. Ella se aferró con más fuerza al volante de metal y enderezó la espalda, levantando los brazos al viento— ¡Más rápido, Steve!

El río. ¿Cómo no hacerlo? La sonrisa de Natasha era capaz de iluminar todo su día. La amaba, aunque doliera.

Su amor era incondicional, pero no correspondido.

Deshaciéndose de esos pensamientos siguió pedaleando hasta que los tres dejaron las enormes casas atrás, internándose en un bello camino boscoso. Comieron en la playa y bromearon como si la noche anterior no hubiera existido. Pasearon los tres juntos, hablando de todo lo que no pudieron hablar antes, recordando anécdotas y confesando sus planes a futuro. Steve y Bucky estudiarían Medicina y Administración, respectivamente, en Georgetown luego de que los aceptaran a ambos; Natasha debía pasar dos años más en la preparatoria, pero tenía pensado perfeccionarse para bailar en los escenarios más grandes del mundo. Steve y Bucky estuvieron de acuerdo en que sería la mejor.

Conversaron acerca de todos los temas habidos y por haber, hasta que el sol comenzó a descender y decidieron parar a descansar en la pradera, extendiendo una manta que Bucky había llevado consigo de la sala de los Stark. Y los tres se sentaron, en silencio después de haberse quedado sin nada que decir.

—Los extrañaré mucho cuando se vayan— susurró Natasha, descansando su cabeza de cabellos rojos sobre los muslos de Steve mientras Bucky descansaba la suya sobre los de ella.

Steve no dijo nada, solo se limitó a jugar con la hebras color fuego. Amaba su cabello pelirrojo desde que la había conocido.

—Pero volveremos todos los fines de semana— aseguró Bucky, enredando los dedos en las frescas briznas de hierba que rodeaban la manta— ¿Verdad, Steve?

—Por supuesto, Nat. Cada fin de semana y día festivo hasta que puedas unírtenos. No te librarás de nosotros tan fácil— intentó sonreírle, pero no pudo hacerlo. No como siempre, al menos— En especial de Bucky.

—Claro que no— su amigo se levantó de los muslos de su novia y la besó en los labios. Steve solo desvió la mirada, tensando los músculos de su cuerpo.

Natasha guardó silencio.

—Deben prometer que, pase lo que pase, siempre seremos amigos— les soltó. Ellos la miraron, y Bucky sonrió, tomando la mano de su novia para besarla en el dorso con devoción.

—Pues quizás hasta seamos esposos— bromeó el joven Barnes, haciéndola reír, pero también causando que Steve sintiera como si le hubieran echado un balde de agua fría encima.

Esposos... La palabra resonó en su mente y caló en lo más profundo de su ser. Sabía que Natasha no lo había elegido, pero la idea de que algún día la perdería para siempre volvió a desestabilizarlo. Ya fuera por Bucky u otro hombre, no lo toleraría. Pero tampoco soportaba pensar en obligarla a estar a su lado sin amarlo. La quería demasiado para ser feliz a costa de su infelicidad.

— ¿Steve?

Parpadeó, mirándola; tan joven y hermosa, llena de vida y sueños.

Y supo que sus sentimientos eran verdaderos, y que jamás morirían a pesar de que nunca fueran correspondidos.

—Por supuesto— sonrió, procurando que el dolor no se vislumbrara en su voz— Amigos para siempre...

oOo


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—No responde— bufó Natasha, recargándose contra la taquilla del cine, cruzándose de brazos con su móvil todavía en la mano.

—Tal vez no escuchó su teléfono— respondió Pepper, sonriendo como siempre— Ya sabes lo distraído que es...

—Tal vez. Pero tengo un mal presentimiento... Steve se ha portado muy extraño últimamente.

—También lo he notado— suspiró la chica de cabello rubio, acomodándose junto a ella— Sus ojos ya no brillan como antes. Parece como si estuviera triste, ¿no crees?

Natasha la miró, abriendo los ojos con curiosidad reflexiva. Separó los labios para decir algo pero se vio interrumpida.

— ¡Hey, Tasha!

— ¡Bucky!— rió cuando su novio la alzó por la citura y le hizo dar varias vueltas. Los dos sonrieron y después se besaron apasionadamente, causando que Pepper Potts tuviera que aclararse la garganta para recordarles su presencia.

—Oh, hola Pepper. ¿De nuevo dejaste tus pechos en casa?

Natasha lo golpeó por el comentario fuera de lugar, mas Pepper solo esbozó una sonrisa que pretendía ser encantadora.

—Hola, Bucky. Sí, los dejé en el mismo lugar donde tú dejaste tu cerebro sin estrenar.

Bucky borró su sonrisa y su novia soltó una carcajada.

—Jah... Qué graciosa...

—Sí que lo es— secundó Steve, llegando detrás de su amigo, con las manos escondidas en los bolsillos de sus pantalones negros; su cabello usualmente prolijo estaba completamente despeinado, y dos sombras oscuras remarcaban sus apagados ojos azules— Pep, eres la mejor.

Alzó una mano que ella no dudó en chocar con una sonrisa.

—Gracias, Steve— de pronto, los ojos de Steve volvieron a brillar por un momento— ¿Entramos?

—Por mí está bien— secundó Bucky, ceñudo— ¿Qué quieren ver?

— ¡Spider Man 2!— exclamaron Pepper y Steve al unísono, compartiendo una sonrisa cómplice que no pasó desapercibida por Natasha.

—Vaya, te ves mucho más animado, Steve— observó en voz baja; él sólo se encogió de hombros, bajando la cabeza como si evitara mirarla.

—También lo noté— secundó Bucky, codeando a su amigo— Me alegro por ti. Ya estaba harto de notarte tan triste.

—No estoy triste. Solo...

—Sí, sí, preocupado por la universidad— lo cortó su amigo— Bien, como tú digas... Volviendo a lo importante, ¿Tasha, tú qué película prefieres?

— ¿Hum? ¡Oh! Esa está bien— dijo sin darle importancia, viendo a Steve y a Pepper intercambiar algunos comentarios.

—Entonces iré a comprar los boletos.

—Yo iré por palomitas dulces— informó Pepper.

—Te acompaño— se apresuró a ofrecerse Steve, y la chica le sonrió como respuesta.

—Voy con ustedes— dijo Natasha, y su amigo alzó la vista para mirarla por primera vez en la noche, sombrío como nunca había sido.

—No es necesario— la detuvo, volviendo a mirar sus pies. Natasha parpadeó y no insistió; estaba demasiado turbada para hacerlo.

—Claro— le sonrió.

Steve pasó por su lado y se detuvo un momento.

—Veré si tienen tus chocolates, Nat— le dijo, con aparente desinterés, caminando detrás de Pepper de inmediato.

La película no estuvo mal, aunque no le gustaban las de ciencia ficción, y no había entendido para nada porqué al protagonista le salían telarañas de las muñecas. Eso no tenía sentido; sin embargo, Pepper y Steve parecían dos niños exaltados, saltando sobre sus butacas, riendo y aplaudiendo cuando los créditos aparecieron al final.

Era extraño ver a Steve comportándose como... Steve, con otra persona que no fuera ella.

—Fue la mejor película de todos los tiempos— exclamó su amigo cuando los cuatro salían del cine, con la excitación todavía a flor de piel— ¡¿Quién iba a pensar que Harry Osborn descubriría el secreto de Peter?!

— ¡Ni en un millón de años!— exclamó Pepper; ella y Steve rieron y siguieron caminando delante de Bucky y Natasha, que los seguían tomados de la mano y en silencio— Y la pelea final... ¡Dios! Quisiera verla de nuevo...

—Siempre podemos regresar.

—Esos dos tienen mucho en común, ¿no crees? ¿Tasha?

Natasha parpadeó y giró la cabeza hacia su novio.

— ¿Qué?— preguntó, distraída. Bucky arqueó las cejas y se separó un poco.

—Dije que Potts y Steve harían buena pareja.

—Oh, no lo creo— repuso con rapidez, negando en voz baja.

— ¡Oh, vamos! Sólo míralos. Son tan... rubios, apuestos, con ojos azules y angelicales. Se ven tan encantadores juntos que me empalagan...

Natasha lo miró por un segundo, luego miró a Pepper y a Steve reír una vez más antes de que ella se aferrara al brazo de su amigo y siguiera caminando a su lado.

—No son tan lindos— bufó, desviando la mirada. Bucky ahogó una carcajada y la abrazó por los hombros, pegándola a su cuerpo.

—No estés celosa. Siempre seguirá siendo nuestro mejor amigo...

— ¡Yo no estoy celosa!— refutó sin darse cuenta, causando que Steve y Pepper se giraran a verla, curiosos.

— ¿Qué pasa?— inquirió el chico de cabello rubio, arqueando una ceja. Natasha se sonrojó furiosamente y desvió la mirada, fingiendo demencia.

— ¡Nada, nada! Ya sabes como es Natasha de temperamental— rió Bucky, besando la mejilla izquierda de su novia. Steve elevó su ceja un poco más y Pepper soltó una risita divertida.

—Está bien... Aquí nos despedimos. Voy a acompañar a Pepper a su casa.

—Steve, no es necesario— pidió la chica, pero él la silenció con una seña.

—No voy a dejarte ir sola— se excusó. La chica le brindó una bonita sonrisa como agradecimiento mientras Natasha observaba a su amigo con sorpresa.

—Pero tu casa queda en dirección opuesta— recalcó.

—No importa. La noche está agradable para caminar. ¿Vamos, Pepper?

La muchacha asintió y se despidió de los demás con una seña antes de volver a sujetar el brazo de Steve y empezar a alejarse con él.

— ¿Crees que sea ella?— preguntó Bucky cuando estuvieron solos, sobresaltándola.

— ¿De qué hablas?

—La chica que Steve ama. ¿Qué creías? ¿Qué no me había dado cuenta de que mi mejor amigo ha estado deprimido a causa de una chica? Creo que es bastante obvio.

Natasha se quedó callada.

— ¿Crees que sea Pepper?

— ¿Quién más? ¿No viste como le brillaron los ojos al verla?— Bucky rió de lado, pasando un brazo sobre sus hombros— Yo creo que está deprimido porque Potts irá a Hardvard. Ya sabes como es nuestro Capitán de tímido.

—Los ojos le brillaron al verla— repitió ella en voz baja, guardando silencio el resto del camino.

oOo


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—Steve, ¿eres tú?

Steve cerró la puerta con un pie y dejó la llave dentro del tazón junto a la entrada, quitándose la chaqueta y colgándola.

—Sí, mamá.

La señora Rogers salió de la cocina y sonrió a su único hijo, acercándose a él para colocar una mano en su mejilla. Él bajó la cabeza y le permitió depositar un beso en su frente.

—Llegas tarde, cariño. ¿Dónde estabas?

—Sí, lo sé. Lo siento; fuimos al cine y después acompañé a Pepper hasta su casa y se me pasó el tiempo hablando con ella.

Su madre le sonrió una vez más y asintió.

—Está bien, pero sabes que debes avisar. Natasha te llamó tres veces. Dijo que no atendías tu teléfono.

Steve parpadeó, sorprendido, y revisó su móvil como si acabara de recordar que lo tenía encima. Tenía siete llamadas de Natasha y una de Bucky.

—Olvidé sacarlo de silencio después de salir del cine— se encogió de hombros y caminó hacia las escaleras.

— ¿No quieres que te haga algo de cenar?

—Mnah. Estoy cansado— suspiró, encogiéndose de hombros— Me voy a la cama. Mañana temprano iré con Bucky a correr al puerto. Buenas noches.

—Buenas noches, Stevie— sonrió su madre— Oh, y tal vez deberías llamar a Natasha. Se oía un poco molesta cuando habló por tercera vez...

Él se detuvo a mitad de las escaleras y sonrió de lado, negando suavemente con la cabeza.

—Tal vez mañana.

Subió los escalones que faltaban de dos en dos y se encerró en su habitación, dejándose caer de espaldas sobre la cama mientras revisaba su celular.

"¿Y qué pasó? ¿Sí te ligaste a la santurrona Potts? Es ella, verdad?

Llámame!

Bucky ".

Bufó y presionó la tecla para responder:

"Eres un idiota. No sé a qué te refieres. Y no hables así de Pepper; ella es genial."

El teléfono no tardó en sonar con la respuesta de su amigo:

"¡Sabía que te gustaba! Cuéntame los detalles sucios. ¿Sí te la ligaste?"

Steve suspiró, derrotado, y volvió a escribir.

"Hasta mañana, Bucky. Seis en punto"

Cerró los ojos y escuchó que su teléfono sonaba pero no hizo caso, sólo se dio vuelta sobre la cama y procuró dormir, ignorando el incesante sonido.

— ¿Steve?

— ¿Eh?

— ¡Despierta!

— ¡Jesucristo! ¡¿Qué pasa?!

— ¡Soy yo, Natasha!

— ¿Nat?— susurró Steve, restregándose los ojos, somnoliento— ¿Qué...? ¿Estoy soñando de nuevo?

Ella lo miró, arqueando una ceja.

—No... ¿Tú sueñas conmigo?— inquirió, divertida, y aún en la oscuridad podía ver las mejillas encendidas de su amigo.

— ¡N-No! Claro que no. Yo...

—Solo era una broma, Steve. Deja de sonrojarte como una niña.

—Que graciosa— Steve se acomodó bajo las mantas, con las rodillas separadas, y ahogó un bostezo— ¿Qué quieres? No se me aparecerá Bucky ahora, o sí?

Natasha rió bajito, moviendo sus rizos pelirrojos de un lado a otro.

— ¿Qué haces en mi habitación a éstas horas?

—No respondías a mis llamadas, y quería asegurarme de que habías llegado a salvo— se excusó, encogiéndose de hombros— No sé qué te sorprende tanto. Antes hacíamos esto todo el tiempo.

—Antes no tenías un novio— respondió automáticamente, sin darse cuenta; Natasha desvió la mirada— Lo siento, yo no...

— ¿Te molesta que Bucky y yo salgamos?— le espetó, haciéndole sonrojarse— ¿Es eso, verdad? Crees que te dejamos de lado, por eso actúas tan extraño.

— ¡Claro que no!— negó categóricamente, escandalizado.

— ¿Entonces? ¿Qué es lo que te pasa?— insistió, sentándose frente a él en la cama.

Él bufó y se pasó una mano por el corto cabello rubio.

—No me pasa nada— anunció, casi con brusquedad aunque no había sido esa su intención— Voy a empezar a cerrar mi ventana con seguro. Ahora, por favor, déjame dormir. Mañana me levanto temprano— dijo, dándose la vuelta para cubrirse con las mantas.

Sin embargo, Natasha no se movió.

— ¿Te gusta Pepper?— le soltó de pronto y sin rodeos. Steve parpadeó con confusión y volvió a sentarse de un salto.

— ¿Qué?

—Ella te gusta— afirmó su amiga, frunciendo el ceño— ¿Es eso lo que en verdad te molesta? ¿Que ya no vas a verla porque se irá a Harvard? Steve, ¿por qué no me lo dijiste?

— ¡¿De qué estás hablando?! No me gusta Pepper. Es decir, sí me gusta, pero no de la forma en que...

— ¡Lo ves! Ella te gusta.

Steve soltó un resoplido cargado de frustración, frunciendo en ceño también.

—Sí, me gusta. ¿Contenta? Ahora vete, por favor. Quiero dormir— Steve volvió a darse la vuelta y a cubrirse la cabeza con las sábanas, molesto.

— ¡Está bien! ¡No tienes que ser tan grosero, Steven!

— ¡Yo no soy grosero!— se defendió, enfrentándola una vez más— ¡Tengo sueño!

— ¡Bien! ¡No vuelvo a preocuparme por ti!

— ¡Bien! ¡No lo hagas!

Volvió a recostarse y ella se levantó de la cama, arrojándole una almohada en el camino.

— ¡Idiota malagradecido!

— ¡Loca!

Se miraron, enfadados por un momento, pero no tardaron en comenzar a reír como si nada hubiera pasado.

—Ven aquí— Steve hizo espacio en su cama y ella no dudó en acomodarse, pegando su cabeza a la suya.

—Odio no poder enojarme contigo. Con Bucky es distinto. Él me hace enfadar y puedo estar días sin hablarle— bufó ella, y Steve rió. Luego los dos guardaron silencio por un rato, silencio que fue roto por Steve.

— ¿Lo quieres mucho, verdad?

Ella volvió a mirarlo a los ojos, con determinación.

—Lo amo— afirmó, y ahora fue el turno de Steve de desviar el rostro con dolor, aunque intentó disimularlo— Es una sensación muy extraña... No puedo dejar de pensar en él, de querer verlo y hablarle. Es... Eso es estar enamorada, creo. ¿Te ha pasado?

Él giró la cabeza un poco más, nervioso.

Era el momento de hablar con la verdad y soltar lo que se había guardado desde el día de la graduación.

—No... No lo creo— mintió, levantándose con nerviosismo— Y ya deberías irte o alguien podría...

—Steve— Natasha apresó sus mejillas entre sus manos y lo obligó a mirarla a los ojos— Si algo anda mal... Sabes que puedes contar conmigo, ¿verdad?— El corazón de Steve dio un vuelco, y sus mejillas enrojecieron al instante; no podía evitar sentirse feliz ante la menor esperanza, pero nunca tardaba en regresar a la realidad— Para eso están los amigos.

Él suspiró y alzó la vista al techo, sintiéndose tan frío como un témpano de hielo mientras dejaba que Natasha se deslizara de sus brazos.

—Para eso están los amigos— repitió, sintiéndose más vacío que nunca.

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—Me alegra que me llamaras— sonrió Virginia Potts, dando un elegante saltito para esquivar una baldosa rota.

Steve la miró; lucía en verdad bonita con ese vestido sin mangas de color amarillo, hacía resaltar su bonito cabello rubio y sus enormes ojos azules.

—Me alegra que aceptaras venir— contestó, esbozando una tímida sonrisa— No quería hacer mal tercio con Nat y Bucky, y como dijiste que te gustaban las historietas de inmediato pensé en ti.

— ¿Bromeas? Esto no es gratis. Tendrás que comprarme algún número de edición especial por haberte acompañado.

El muchacho rió de lado y le abrió la puerta de la tienda, metiendo las grandes manos en los bolsillos traseros de sus jeans luego.

Virginia, o 'Pepper', era, sin duda, una chica muy divertida y entusiasta, y ese día brillaba como el sol; no paró de correr por todos lados, revisando historietas, leyendo algunas y observándolo todo a su alrededor. Steve descubrió que le gustaba mucho su compañía. Más allá de que fuera realmente linda, le gustaba estar con ella.

Pero Pepper no era Natasha, y odió hacer esa comparación.

Sabía que Natasha no podía ser más que una amiga en su vida, y que debía olvidarla; era egoísta, pero por eso había comenzado a salir con la joven Potts.

Quizá, si se esforzaba lo suficiente, podría llegar a quererla tanto que olvidaría a Natasha.

— ¡Steve, tienes que ver esto!

La pequeña y cálida mano de Pepper tomó la suya y empezó a llevarlo de un lado a otro sin descanso, y por unas horas Steve se permitió divertirse sin preocupaciones y disfrutar del paseo. Compraron historietas, rieron como dos niños y hablaron de sus planes para la universidad como dos grandes amigos.

Era innegable que se sentían muy cómodos el uno con el otro. Cuando terminaron de recorrer la convención la invitó a comer. No estaban oficialmente en una cita, pero a ninguno pareció preocuparle. Bromearon y rieron aún más durante la comida, y solo dejaron de hacerlo cuando llegó la hora de regresar.

— ¿Y bien?

Steve miró a Pepper con confusión y ella le sonrío, apretando su brazo mientras seguían caminando hacia la estación del metro.

— ¿Qué cosa?

— ¿Desde cuándo?

— ¿Desde cuándo qué, Pepper?— preguntó, aún más confundido.

— ¿Desde cuándo te gusta Natasha, Steve Rogers?

Steve se detuvo de sopetón y abrió los ojos, con el rostro tan pálido como el papel.

— ¿Quién te...?— balbuceó, mirando hacia ambos lados, como si se asegurara de que nadie podía escucharlos; luego se aclaró la garganta y miró al suelo, haciendo círculos sobre el concreto con un pie— Eso... Eso, no es verdad. Natasha es mi mejor amiga, y la novia de mi otro mejor amigo, y ella...

—Y ella te gusta— culminó la chica, con una sonrisa triunfal.

— ¡No!

—No lo niegues, yo lo sé.

—Pepper...

— ¡Oh, vamos, Steve! Si pudieras ver tu cara cada vez que la miras, o como te paralizas cuando está cerca, no lo negarías.

—No es...

Pepper negó con la cabeza y lo silenció con un gesto.

—Mira, sé que no soy nadie para decirte lo que tienes que hacer, pero, si me preguntas, yo creo que debes decírselo.

Steve abrió la boca para negarlo todo, pero se arrepintió a último momento, y bajó los hombros, completamente derrotado. Necesitaba decírselo a alguien. ¿Qué ganaba con seguir negándolo?

—No puedo...— admitió en voz baja, saltándose del brazo de Pepper para dejarse caer sobre una banca de concreto. Ella lo miró y no tardó en sentarse a su lado.

— ¿Por qué? ¿Por Barnes?— preguntó con cautela, colocando una mano sobre su rodilla izquierda; Steve asintió, cabizbajo.

—Steve... Te vas a ir a la universidad en unas semanas. No eres tonto, ¿no crees que Natasha merece saber lo mucho que la quieres?

—Pepper, no lo sé...

—Piénsalo. Tal vez a James le duela, pero tú no puedes ser el único que sufra en esta historia. Natasha debe poder elegir. No puedes huir para siempre de lo que sientes por ella, ¿o sí?

— ¿Huir?— repitió, mirándola fijamente.

—Sólo es un decir— Pepper le sonrió y presionó un poco más su rodillo en gesto amistoso— Sólo te irás a Washington, a dos horas de aquí; ¿no crees que deberías ir un poco más lejos para escapar de tus sentimientos?— bromeó, alzando el rostro para besar su mejilla— Eres un gran chico, Steve, y Natasha debería estar loca para preferir al idiota de Barnes sobre ti.

Él sonrió y la miró de soslayo, divertido.

—De verdad no te agrada Bucky, ¿no?

—Ni un poco— Pepper frunció la nariz— Pero eso no es importante. Estas cosas siempre se saben tarde o temprano...

—Tal vez no. Quizá ellos se casen y yo me haga a la idea. Nadie tiene porqué sufrir por mi culpa.

—Y si eso pasa, ¿no sufrirás tú?— ella negó en silencio— Puedes esconderte, pero no escapar de lo que sientes.

—Puedo intentarlo.

—No. No puedes.

Steve soltó un resoplido y se echó hacia atrás, fatigado.

—Natasha lo ama, Pep. Yo no puedo competir con eso. Y si le digo... Si la obligo a elegir la perderé para siempre, incluso como amiga. Y a Bucky. Él es como un hermano para mí. Moriría antes de hacerle daño.

Pepper ladeó el rostro y lo miró, comprensiva, volviendo a besar su mejilla.

—Tienes un corazón de oro, Steve... O eres muy tonto— Steve sólo rió y se encogió de hombros— Entonces, ¿qué vas a hacer?

—No lo sé— admitió, pensativo— Ir a la universidad, ocuparme en otras cosas.

— ¿Y crees que así la olvidarás?

—Puedo intentarlo— repitió.

—Entonces tendrás que ir más lejos que Georgetown para intentarlo— se burló, soltando una pequeña carcajada que Steve no correspondió.

—Tal vez...— murmuró, pensativo.

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No había dejado de pensar en eso durante días.

Alguna vez había escuchado que el tiempo y la distancia lo curaban todo; pues bien, tenía el tiempo, solo necesitaba la distancia. En eso Pepper tenía la razón; nunca podría escapar de sus sentimientos en Georgetown, donde constantemente vería a Bucky y la culpa no lo dejaría tranquilo.

No. Debía irse más lejos.

No recordaba haberse enamorado antes de Natasha. No al menos con esa clase de sentimiento especial que parecía agitar todo su mundo y desestabilizar sus emociones. Ella era su mejor amiga, su compañera y confidente.

Sabía que nunca podría encontrar a nadie igual.

Nunca había sido un niño popular en la escuela; ser demasiado pequeño y frágil lo había convertido en la burla de los demás, en el niño que todos rechazaban y del que los mayores se burlaban; así conoció a Bucky Barnes, un niño fuerte y rozagante, de salud inmejorable y habilidad notoria. Bucky era todo lo que un niño debía ser desde su más tierna infancia, lo que Steve deseaba ser, aunque eso jamás provocó que sintiera alguna clase de envidia o enojo. Siempre había sido muy creyente, y sabía que Dios los había hecho distintos por una razón. Durante años el había sido su único amigo, hasta que los dos conocieron a Natasha.

Cuando Bucky le faltó por primera vez en su vida, Steve se unió mucho más a ella; quizá así había comenzado todo. Ella lo convenció de cubrir ese hueco vacío con ejercicios y entrenamientos, así sus debilidades se convirtieron en fortalezas, y su cuerpo se hizo fuerte, pleno y más saludable que nunca.

Se había convertido de un niño débil y enclenque en un joven fornido y muy atractivo; dueño de los ojos azules más expresivos de todo Nueva York y la sonrisa más cálida del mundo. Tenía el rostro y cuerpo de un galán de cine, pero también un gran corazón y una timidez natural que impedían que se convirtiera en un engreído fanfarrón. Steve nunca se reía de nadie, ni juzgaba; Natasha le decía que era una especie en extinción, lo que siempre hacía que se sonrojara hasta las orejas.

Natasha Romanoff... La única chica a la que había amado desde aquel día cuando la vio pararse frente a él con sus rizos pelirrojos y su vestido celeste; su mejor amiga, y la que amaba a su otro mejor amigo. Ser aceptado en la Escuela de Medicina de Georgetown no había sido casualidad; siempre había sabido que quería ayudar a las personas, y Georgetown quedaba cerca de su casa, dándole la posibilidad de seguir manteniéndose cerca de Natasha. Sin embargo, los hechos recientes lo cambiaban todo.

Apenas habían pasado dos meses desde que lo supo, y, aunque procuraba siempre sonreírles, no podía negar que dolía verlos juntos. Pero dolía mucho más la idea de meterse entre ellos y arruinar para siempre la amistad que los tres tenían. ¿Qué podía hacer para olvidarla?

Ya no podía permanecer cerca de ella, conteniéndose ante el impulso de abrazarla y confesar sus sentimientos. Y luego Pepper, sin saberlo, le dio la solución.

Debía apartarse, tragarse sus sentimientos y procurar la felicidad de sus dos mejores amigos.

Había tomado una decisión, y ya nada podía hacerle volver atrás, así que cerró los puños, ansioso, y paseó el peso de su cuerpo de un lado a otro, sin poder disimular la inseguridad de su rostro pero intentando mostrar serenidad.

No podría olvidar a Natasha Romanoff, nunca, pero al menos podía mantenerse alejado, por su bien y el de Bucky.

— ¿Y bien, muchacho?

Miró al hombre fijamente por un segundo y volvió a bajar la vista.

—Yo...— titubeó, volviendo a abrir y cerrar las manos con indecisión; en ese momento el sonido de su móvil lo distrajo. Se disculpó con el hombre y observó la fotografía de su mejor amiga brillando en la pantalla; sin embargo apagó el aparato y volvió la vista al frente, asintiendo con convicción— Firmaré— sentenció. El hombre le dedicó una sonrisa plagada de orgullo cuando le entregó los papeles, alzando una mano hasta su frente para emular un saludo militar.

—Bienvenido al Cuerpo de Marines de los Estados Unidos— le dijo, estrechando su mano con firmeza— Esta ha sido una decisión muy valiente. Tu país está muy orgulloso de ti, hijo.

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Continuará…

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N del A:

Gracias por leer, en especial a quiénes dejaron sus reviews.

Qué les pareció el capítulo? Haganme saber si debo seguir publicando.

Hasta la próxima!

H.S.