Disclaimer: Los personajes de Avengers no me pertenecen.
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La decisión de Steve
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Steve aceleró el paso, casi hundiendo los pies en la arena cada que avanzaba un poco más. El amanecer apenas había despuntado y ya llevaba casi dos horas sin parar, corriendo solo por la playa, como si de esa forma pudiera huir de todo.
Tensó ligeramente los musculos de sus brazos flexionados y, con el sol acariciándole el rostro, se detuvo al fin tras atravesar el muelle; la respiración agitada y el pulso a tope le dictaron que necesitaba detenerse, y, cediendo al cansancio de su cuerpo, se dejó caer sobre la blanda arena, doblando las rodillas y recargándose en las palmas de las manos mientras contemplaba el brillo del amanecer reflejándose en el agua a través del Puente de Brooklyn, pensativo.
Aún repasaba una y otra vez sus decisiones; primero la de ir a la universidad, y luego la de enlistarse... Era la primera vez en muchos años que había reflexionado realmente sobre lo que quería hacer con su vida, y se había preguntado si era correcto lo que había hecho o debería haber seguido el consejo de su madre e ir a la universidad como él y Bucky tenían planeado. Quería ir a Georgetown; obtener su beca no había sido fácil y en verdad quería ser un médico que salvara vidas, pero sabía que no era correcto quedarse allí, deseando a la novia de su mejor amigo, una mujer que no lo quería como él a ella, destruyéndose poco a poco y destruyendo aquella amistad que tantos años le había costado forjar.
Amar a Natasha en silencio era lo más deshonesto que había hecho en su vida; odiaba ver a sus amigos juntos y tener que fingir ser felíz cuando sentía todo lo contrarario, odiaba mentirles en la cara para no lastimarlos, pero más odiaba sentirse entre la espada y la pared, deseando decir toda la verdad, pero al mismo tiempo no hacerlo.
Eso no era bueno; ni para él ni para nadie.
Recordó haber pensado eso cuando estaba en ese mismo lugar, solo una semana atrás, y dos marines pasaron delante de él, haciendo ejercicio. Un par de jóvenes, en buena forma física, que irradiaban una confianza serena.
«Si ellos pueden hacerlo, yo también», se había dicho, más por orgullo que por verlo como una solución a sus problemas. Él era igualmente fuerte y atlético, alto y fornido, a pesar de lo débil y pequeño que había sido desde niño. No obstante, aquello no salió de su mente.
Estudió la posibilidad un par de días, y al final tomó una decisión.
Así que se alistó en el Ejército, con la intención de empezar de cero, de buscar un nuevo comienzo luchando por su país, lejos de todo, lejos de las mentiras y el desamor. Su primera intención había sido incorporarse al Ejército de Tierra, ya que eran con los que se sentía más familiarizado, pero llegado el momento se había decidido por el Cuerpo de Marines. Supuso que, de un modo u otro, acabaría por portar un rifle de todos modos, pero lo que realmente lo había convencido fue que el oficial de reclutamiento del Ejército de Tierra estaba almorzando cuando pasó por la oficina, y por consiguiente no había podido atenderlo en ese preciso instante, mientras que el oficial de reclutamiento de soldados para el Cuerpo de Marines, cuya oficina se hallaba en la misma calle, justo en el edificio de enfrente, sí que estaba en su despacho. Al final, la decisión le había parecido más espontánea de lo que había planeado, pero firmó sobre la línea de puntos para prestar sus servicios durante cuatro años. Cuando el oficial le propinó una sonora palmada en la espalda y lo felicitó mientras lo dirigía a la puerta, Steve se sintió angustiado durante unos instantes al pensar en lo que acababa de hacer. Había muchas posibilidades de que muriera, pero eso, ¿era realmente malo? Se sintió tan egoísta que terminó por deshacerse de ese pensamiento y resignarse a su decisión.
Hacerse a la idea, luego de salir del Centro de Reclutamiento, no había sido difícil. Que su madre entendiera su posición, sin embargo, había resultado casi una hazaña. No sólo porque parecía no creer en sus razones de repentino sentido del deber patriótico (que de por sí era una mentira), sino porque se negaba a dejar ir a su único hijo a una muerte casi segura.
Sarah Rogers había llorado, suplicado y regañado por horas, hasta que, finalmente, comprensiva como siempre había sido con él, besó su frente con afecto y apretó sus manos entre las suyas.
—Stevie, no sé cuales sean tus razones para querer irte tan lejos de casa, pero ya perdí a tu padre por éste país. Tú debes jurarme que regresarás a salvo.
—Lo juro— le aseguró, a pesar de que era consciente de que muy probablemente estaba mintiéndole de nuevo.
— ¿Cuándo debes presentarte?
—El 30 de agosto.
Su madre lo abrazó con fuerza y acarició sus cabellos como cuando era pequeño, haciendo un notable esfuerzo por no volver a llorar.
—Huir nunca es la mejor respuesta— le dijo al oído; Steve la miró, confundido; su madre le devolvió la mirada, haciéndole entender que sabía de lo que hablaba.
Y por un segundo había vuelto a sentirse como un niño pequeño que intentaba esconderle alguna travesura que había hecho con Bucky.
—No estoy huyendo— aseveró, sabiendo también que, en parte, eso no era cierto.
Sarah negó con suavidad y acarició la tela de su camisa con afecto.
—Te conozco, Steven— le dijo con simpleza— Pero ya eres un hombre, y cualquier decisión que tomes voy a respetarla y fingir que estoy de acuerdo, porque eres mi hijo y te amo— carraspeó y se acomodó la ropa, besándolo una última vez en la mejilla para dar por acabado el tema— Voy a preparar la cena, cariño— y sin más se marchó a la cocina, y Steve solo la dejó ir. Su madre necesitaba tiempo a solas, y así había sido por tres días en los que apenas hablaban.
Al menos lo había entendido, y no se había enfadado por su repentino cambio de planes.
Steve se levantó y se sacudió la arena de sus shorts deportivos, emprendiendo el camino de regreso.
Tal vez se había equivocado, pero no culpaba a nadie por su decisión. Era consciente de que correría demasiado peligro en tan solo unos meses, pero, extrañamente, eso no le importaba. Tenía miedo, sí, pero estaba listo para enfrentarlo.
Quizá había madurado demasiado pronto, o tal vez sólo intentaba seguir convenciéndose de que hacía lo mejor para todo el mundo.
Corrió todo el camino de regreso, recorriendo el vecindario. Su madre no estaba cuando llegó a casa, pero el desayuno estaba listo y esperando por él sobre la mesa de la cocina. Steve comió los hotcakes con miel sentado sobre una alacena mientras leía en el New York Times una nota sobre las tropas en Afganistán. Las noticias no parecían ser muy alentadoras, pero sólo intentó ignorarlas cambiando de página.
Una vez limpia la mesa y los platos lavados, subió a su habitación, observando cada rincón de su casa con cierta nostalgia, como si estuviera viéndola por última vez, intentando guardar cada detalle, cada duela rota, cada mancha en las paredes o aroma en su memoria.
Pronto, tal vez, no podría volver a verlas.
Revisó su teléfono y solo después tomó una refrescante ducha mientras escuchaba las noticias en la radio. Salió con una toalla enrollada a la cintura y metió su ropa a la lavadora. Se vistió con unos cómodos pantalones de algodón deportivos y una camiseta a juego. Hizo su cama y se dejó caer sobre ella, tapándose el rostro con un antebrazo.
Su madre ya sabía que se había enlistado; ahora solo faltaban sus mejores amigos...
No sabía cómo se lo tomaría Natasha, pero sí sabía que Bucky se enfadaría, y mucho. De niños, y desde que Bucky le mostró el cofre con los 'tesoros' de la Segunda Guerra Mundial de su abuelo, el sueño de ambos se había convertido en crecer para ser soldados. Sus padres lo habían sido también, y los dos habían muerto en batalla como resultado, razón por la que Bucky y él habían desistido al final. Volar por los aires en Medio Oriente por una guerra que no comprendían no era algo muy atractivo para dos chicos de catorce; luego Bucky fue enviado a la escuela militarizada, sus notas habían subido y gracias a sus habilidades deportivas podía calificar para una beca, razón por la que, con diecisiete años y la promesa del sueño americano a la vuelta de la esquina, mediante cartas habían acordado entrar en la misma universidad para no volver a estar separados.
Claro que en ese entonces Steve no se imaginaba lo profundo de sus sentimientos por Natasha, ni lo que ella sentía por Bucky.
Suspirando para deshacerse de esos pensamientos, se sentó sobre la cama y buscó todos los folletos que le habían dado en el Centro de Reclutamiento dentro de la mesilla de noche, con promesas de un futuro brillante y una prometedora carrera, observándolos sin verlos realmente durante unos minutos. Suspirando otra vez, volvió a rescostarse y sacó el documento que lo condenaba a cuatro años de servicio al ejército, con su firma y la de aquel hombre que lo había palmeado con tanto orgullo. Siguió observando ese papel como si no creyera que lo tenía entre sus manos, y finalmente soltó un resoplido y lo dobló para guardarlo en el bolsillo de su pantalón de color negro, tapándose la cara con las manos para intentar ahogar un grito de frustración hasta que escuchó el timbre de la puerta, y esta siendo abierta con un gran estruendo.
— ¡Steve! Sabemos que estás en casa. ¡Baja!
Steve reconoció esa voz de inmediato y se levantó, bufando, mientras se pasaba una mano por el rostro, perezoso.
Salió de su habitación y se recargó en el barandal de la escalera, alzando una ceja mientras observaba a Bucky Barnes revisar su correo con gran emoción.
— ¿Qué haces?— inquirió, taciturno, bajando los últimos peldaños con pasos lentos.
Bucky soltó un bufido y pasó de una carta a la otra, buscando algo en específico.
—Que extraño. No te la han enviado...
— ¿Qué cosa?
Barnes alzó la vista; sonrió y sacó una carta del bolsillo de su sudadera. Steve la miró y casi de inmediato reconoció el escudo de la Universidad de Georgetown en la papelería.
— ¿Qué es eso?
—Son las asignaciones de dormitorios; reglamento del campus, blablablá— le sonrió, desdoblando el papel blanco como la nieve— Estoy en el Edificio Reed, habitación 214. Está cerca de la biblioteca y de la cafetería, así que es una ubicación excelente. Desquitó los dos mil dólares— apostilló; Steve leyó la carta y asintió a cada palabra— Creí que tú también recibirías la tuya en la correspondencia de hoy, y por eso vine a verte.
—No, no recibí nada— suspiró el chico de cabello rubio, tensándose ligeramente.
—Que extraño. Se supone que estas cosas debes saberla antes se presentarte al inicio del año... Tal vez te llegue con un retraso.
—Sí. Tal vez.
— ¡Steve!— Natasha llegó corriendo hasta su puerta abierta, vestida con unos sencillos shorts de jean, tenis cómodos y una camisola blanca, y se acercó a Bucky para que este la tomara por la cintura— Buenos días. ¿Bucky ya te dio las noticias?
—Hola, Nat. Sí, ya me las dio— musitó, desviando la mirada.
—Pero Steve aún no recibe su carta— añadió Bucky. Entonces Natasha pegó un bote y sonrió.
— ¡Oh! Acabo de encontrarme al cartero en la entrada y me dijo que se olvidó de dejar esta carta en tu puerta hace una hora— le informó, enseñándole un sobre idéntico al de Bucky, con el sello de la universidad al reverso.
— ¡Hey! Ahí está— sonrió su mejor amigo, separándose de su novia para tomar el sobre antes de que Steve pudiera alcanzarlo— Espero que nos toque en la misma habitación... O aunque sea en el mismo dormitorio— sonrió, terminando de abrir el sobre ante los azorados ojos de Steve.
—Bucky, dame eso, por favor— pidió de inmediato, extendiendo la mano con alarma, gesto que el otro ignoró deliberadamente.
—No seas nena, Steve. Ahora te lo doy, pero quiero leerlo primero.
—Bucky, dámelo— pidió por segunda vez, siendo nuevamente ignorado por Bucky, que sacó la carta del sobre y desplegó el papel con una sonrisa.
— ¿Un cheque? Que extraño que los de Georgetown te envíen dinero; usualmente te lo quitan... A ver...
— ¡Bucky!— Steve movió su mano en el aire para arrebatarle la misiva, pero su amigo fue más rápido y le dio la espalda para impedirle alcanzarlo.
—"Estimado señor Steven Grant Rogers, lamentamos su decisión de abandonar nuestra institución, pero respetamos sus razones y le deseamos buena suerte durante su servicio militar..."— leyó el joven Barnes, deteniéndose paulatinamente hasta hacer una breve pausa— "Adjuntamos el cheque que nos había sido enviado a modo de pago por su alojamiento y material de estudio..."— Bucky se detuvo de nuevo y miró a su amigo con ojos bien abiertos— ¿Qué significa eso de 'Buena suerte con su servicio militar', Steve?
El aludido pasó saliva y de una vez le arrebató el cheque y la carta.
—Esa es mi correspondencia— dijo, de modo evasivo— No tenías ningún derecho a...
—No lo hiciste— lo interrumpió Bucky, negando compulsivamente con la cabeza— No, no, no, no. No pudiste ser tan estúpido...
— ¿Steve?— la voz de Natasha tembló ligeramente— ¿Qué pasó con Georgetown? ¿Qué quiere decir con eso del servicio militar?
El aludido los enfrentó a ambos. La confusión bailaba en el rostro de Natasha, mientras que Bucky parecía perdido en algún rincón de su mente, demasiado turbado como para hacer o decir algo.
Tomó aire profundamente y se decidió a hablar.
—No iré a Washington— les dijo, apretando el cheque en su puño.
— ¿Qué? ¿Por qué?
Steve suspiró pesadamente y se pasó una mano por el cuello mientras cerraba la puerta. Dándole la espalda a sus amigos suspiró una vez más y presionó el picaportes en su mano con fuerza.
—Yo... Me enlisté en el Cuerpo de Marines.
Silencio.
Ninguno reaccionó, a pesar de que Steve sabía que lo habían oído. Y sin duda aquel silencio era mucho peor que cualquier clase de reproche.
—Es broma, ¿verdad?— Natasha fue la primera en volver a hablar— Porque si es así no tiene la menor gracia.
—No es broma— aseveró, enfrentándola con la frente en alto mientras sacaba su carta de reclutamiento del bolsillo— Debo presentarme en Camp Lejeune en tres semanas.
Sus amigos enfocaron la mirada en el documento, mirándolo con ojos desorbitados.
De nuevo silencio.
Steve odiaba los silencios prolongados.
—Dijiste que iríamos los dos juntos a Washington— Bucky apretó los puños y habló sin levantar la mirada de nuevo— Acordamos ir a la universidad y seguir juntos como cuando éramos niños... ¡¿Por qué lo hiciste?! ¡¿Acaso quieres morir?!
Guardó silencio. Nunca le diría sus razones. Simplemente no podía. Bucky y Natasha debían conformarse con su decisión.
—Ése es mi problema.
— ¡Claro que no! ¡Somos mejores amigos!
—Si somos amigos entonces les pido que respeten mi decisión— fue todo lo que les dijo, abriendo la puerta para indicarles que salieran con demasiada brusquedad— Ahora estoy cansado. Ya no quiero hablar.
—Steve...— la voz de Bucky hizo que volviera a girarse— No puedes hablar en serio.
Steve soltó un bufido cargado de frustración y se hizo el cabello hacia atrás.
—Es la verdad. Fue mi decisión, y si ustedes no pueden entenderlo, váyanse— cortó a Bucky, fingiéndose ofendido para ocultar el dolor que realmente sentía— Tengo muchas cosas que hacer. Me iré en tres semanas. Si quieren apoyarme, bien. Y si no me da...— su discurso se vio interrumpido por un golpe que lo desestabilizó. Natasha, su mejor amiga, una chica de solo dieciséis años, lo había golpeado en la nariz con la parte baja de su palma, haciéndole sangrar y causándole un dolor tan fuerte que le llenó los ojos de lágrimas.
¿Desde cuándo su pequeña y menuda amiga golpeaba así?
— ¡Pues entonces vete!— le gritó ella, con la voz cargada de rabia— ¡Tú no eres Steve! ¡Vete, idiota!
Natasha se dio la vuelta y salió dando un portazo. Bucky miró a su mejor amigo una vez más pero no tardó en seguirla.
Steve sólo se sostuvo la nariz y los vio marcharse, haciendo de tripas corazón para no correr a pedirles perdón mientras subía las escaleras.
oOo
Se pasó el resto del día encerrado en su habitación, mirando las fotografías de él y sus amigos pegadas al techo sobre su cama.
La cena con su madre transcurrió en un tenso silencio, plagado de comentarios banales y sonrisas forzadas por parte de ambos. Sabía que ella estaba triste, también que intentaba disimularlo, y eso era mucho peor que escuchar sus gritos enojados o verla llorar por su culpa. Saber que estaba reprimiéndose para no hacer que se sintiera aún peor sólo lograba todo lo contrario.
Cuando terminaron, Steve se apresuró a recoger los trastos para lavarlos como todas las noches, pero su madre lo detuvo.
—Déjalo, cariño— le dijo, colocando una mano sobre su antebrazo.
—Pero yo siempre me encargo de los platos— refutó, frunciendo las cejas con desconcierto. Sin embargo, Sarah negó en silencio y con cuidado bajó su brazo, comenzando a recoger ella.
—Está bien, Stevie. Yo me encargo— le sonrió, dándole la espalda— Debes estar cansado, hijo. Vete a la cama.
No fue una orden, pero aun así no pudo negarse, ni sentirse menos miserable por hacer sufrir a su madre, la única familia que le quedaba, y a sus dos mejores amigos, de la misma manera.
Se echó otra vez sobre la cama y se cubrió el rostro con el antebrazo, soltando un largo y sonoro suspiro. El móvil vibró junto a él después de unos minutos y Steve se tomó su tiempo para mirarlo, quitándose el brazo del rostro para leer el mensaje.
"Steve, hermano, sé que estás molesto, y yo también, pero necesitamos hablar. Natasha no deja de gritarme y de verdad necesito entenderte. Llámame, o dime algo... Bucky"
Steve suspiró y arrojó el aparato lejos, sintiéndose como un verdadero idiota.
No quería hablar con Bucky; no quería darle explicaciones porque temía terminar hablando de más, haciendo que su mejor amigo lo odiara para siempre. Tampoco con Natasha, pues en parte estaba yéndose para olvidarla. No podía hablar con las dos únicas personas en el mundo que de verdad lo comprendían, pero al mismo tiempo necesitaba hacerlo con alguien o su cabeza explotaría. Pero, ¿con quién?
Se levantó y observó los números brillantes del reloj. Las once en punto. Buscó su móvil a tientas y lo encontró en un rincón, casi hecho pedazos; soltó un resoplido maldiciendo su mala suerte y se sentó en la cama.
Tal vez podría esperar al día siguiente... Negó con la cabeza y se despeinó el usualmente prolijo cabello rubio. Necesitaba hablar con alguien o se volvería loco. Pero, de nuevo, ¿con quién?
No necesitó pensarlo mucho más. Tomó una sudadera que descansaba sobre su escritorio y salió por la ventana, procurando no hacer demasiado ruido para no despertar a su madre. Desde el tejado pudo ver que la luz de Natasha seguía encendida, y tuvo que luchar con todas sus fuerzas por no ir a buscarla.
Necesitaba hablar con alguien a quien pudiera decirle la verdad sin temer a herir a otros.
Llegó al suelo con ayuda del árbol junto a su ventana, se cubrió la cabeza con la capucha de la sudadera y metió las manos en los bolsillos, saliendo del jardín de su madre. Caminó unas cuantas calles con pasos ligeros y finalmente se detuvo frente a una casa de paredes blancas.
Se sentía extraño estar en ese lugar, debajo de su ventana en medio de la noche, cubierto hasta la cabeza con una sudadera como un acosador, arrojando piedritas al vidrio, sin obtener respuesta, pero ya había ido hasta allí y no podía dar un paso atrás.
— ¡Virginia!— llamó en un grito moderado, usando las manos a modo de pantalla, pero no hubo respuesta— ¡Pepper!— exclamó y esperó, pero de nuevo no sucedió nada.
Estaba a punto de darse por vencido cuando vio una luz encendiéndose detrás de las cortinas y casi al instante escuchó el sonido de la ventana al correrse hacia arriba, viendo una cabeza de alborotados cabellos rubios-rojizos asomándose por ella.
— ¿Steve?— Steve se deshizo de la gorra de su sudadera para descubrir su rostro; Pepper parpadeó y se talló los ojos con confusión— Son casi las doce, ¿qué haces aquí? ¿Pasó algo?
Él se sonrojó y bajó la vista, pasándose una mano por el cuello con nerviosismo.
—Lo siento...— murmuró, apenado; alzó la mirada un momento y no pudo evitar sonreír al ver como Pepper se sentaba en el alfeizar de la ventana, con su enorme pijama de color rosa bailando en todas direcciones— ¿Quieres...? ¿Quieres salir un rato?— preguntó, dudoso ante su mirada de sorpresa— No tienes que venir si no...
—Espera un momento— Pepper lo silenció con una seña y volvió a meterse en la habitación, cerrando la ventana y apagando la luz. Steve abrió los párpados con confusión y dio un paso hacia atrás, turbado. Iba a marcharse de nuevo cuando escuchó una puerta abrirse, y no tardó en sentir una mano ejerciendo una pequeña presión en su brazo derecho.
—Demos un paseo— le susurró Virginia, llevándoselo del jardín de su casa.
—Si quieres— Steve se encogió de hombros y no se resistió.
Pepper llevaba unos pantalones holgados y una blusa blanca y ajustada encima, y había atado su largo y enmarañado cabello rubio en una coleta alta, pero seguía luciendo bonita. Steve no pudo evitar notar las curvas que antes no había visto pero que estaban allí, y se sonrojó ligeramente al hacerlo, optando por desviar la vista de inmediato.
Conocía a Pepper desde el jardín de niños, cuando en el primer día Bucky había metido las puntas de sus largas trenzas rubias en un bote de pintura. Pepper había llorado durante toda la mañana, y Steve se había sentido tan culpable por haberse reído que le obsequió el chocolate que su madre siempre enviaba con su almuerzo. Y esa había sido la primera vez que una chica le había sonreído. Bucky pareció odiarla desde entonces, pero Steve y Pepper habían mantenido siempre una relación muy cordial y amistosa. No eran amigos propiamente, pero solían pasar algún tiempo juntos en la biblioteca o durante el almuerzo cuando iban en secundaria. En preparatoria, Pepper había comenzado a juntarse con Tony Stark y Maria Hill, así que eran contadas las ocasiones en que se veían. Sin embargo, desde el inicio del verano Steve había encontrado en ella una compañía muy agradable y reconfortante.
Caminaron lado a lado en silencio durante un buen rato, llegando hasta un parque, en donde corrieron a sentarse sobre unas hamacas, meciéndose suavemente. La noche era agradable y llevaba a ellos un poco de alivio después de un día caluroso y húmedo.
—Por cierto, el otro día no te lo dije, pero supe que irás a Harvard. Felicidades— Steve rompió el hielo con esa frase. Pepper se giró a él y asintió.
—Gracias. Harvard tiene una de las mejores escuelas de leyes— sonrió— Supe que tú irás a Georgetown. También es una excelente escuela. Felicidades. ¿Qué estudiarás?
El joven Rogers suspiró y meció su columpio con los talones, clavando la vista en el suelo.
—Pepper... Ya no voy a ir a Georgetown— confesó. La chica parpadeó y lo miró fijamente, pidiéndole que continuara con la mirada; ante eso, Steve desvió la suya al cielo estrellado y suspiró, indeciso— Yo... Me enlisté en el cuerpo de Marines.
Pepper bajó la vista y soltó un ligero silbido, pero se mantuvo en silencio. Steve ya estaba preparándose para ser regañado, pero ella solo suspiró y extendió una mano para tomar la suya y apretarla con gesto amistoso.
—Vaya... Eso sí no me lo esperaba— confesó, brindándole una bonita sonrisa.
— ¿No estás enfadada?— inquirió Steve, verdaderamente sorprendido.
— ¿Por qué habría de estarlo? Es tu decisión— contestó Virginia, encogiéndose de hombros— No cambiaría nada si te pido que no vayas, ¿verdad? ¿De qué sirve protestar entonces?— dijo, soltando un suspiro ahogado. Él asintió y alzó la vista hacia el frente, envolviendo la pequeña mano de Pepper con las suyas.
—Eres la primer persona que no me grita— sonrió, haciéndola sonreír también.
—Y no sabes lo mucho que me está costando— admitió— ¿Natasha y Bucky lo saben?
Steve borró su sonrisa al instante y bajó la cabeza, asintiendo. Sus manos presionaron los dedos de Pepper, pero ella no se apartó.
— ¿Se enojaron contigo?
—Yo diría.
—Creo que era de esperarse— ella volvió a suspirar, meciéndose lentamente con los pies— No te preocupes. Ya se les pasará; sólo deben digerirlo...
—Eso creo.
Los dos guardaron un pequeño silencio, dejando escuchar solo el chirrido de las cadenas del columpio entre ellos.
—Y...— Pepper volvió a hablar tras varios minutos de contemplar las estrellas, haciendo que Steve de nuevo enfocara sus ojos azules en ella— ¿Eso es lo que realmente quieres?— preguntó, mirándolo fijamente.
Él parpadeó y le regresó la mirada. Había pensado en responder un fuerte y claro 'Sí', pero ya había mentido tanto ese día que optó por, al menos, decirle la verdad a Pepper.
—No lo sé.
Era cierto. Le gustaba ayudar a las personas, pero no sabía si tenía madera de soldado, aunque de cualquier forma ya era demasiado tarde para pensar en eso.
Los dos guardaron silencio nuevamente. Steve estiró una mano para recoger una roca y la arrojó al contenedor de basura, oyendo el ruido de la piedra al chocar contra el fondo. Las estrellas brillaban en el cielo, y las luces de las casas alineadas a lo largo de la calle le recordaron los destellos de las linternas en campo abierto.
— ¿Te importa si te pregunto qué es lo que te impulsó a enlistarte en el Cuerpo de Marines? Ya que no sabes si es lo que realmente quieres o no.
Steve necesitó un segundo para pensar cómo contestar Ia esa pregunta sin nombrar a Natasha, y movió su columpio de un lado a otro.
—Creo que lo más sensato es decir que en éste momento es lo que necesito hacer.
Ella aguardó a que añadiera algo más, pero cuando no lo hizo, se limitó a asentir con la cabeza.
— ¿Y se supone que deba creerte eso? Es obvio que te vas por Natasha, Steve. No intentes engañarme.
El aludido se sobresaltó ligeramente y volvió a mirarla. Pepper era la clase de persona que nunca hablaba mal de nadie. Su interés por los demás le parecía refrescante y maduro, y no le sorprendió en absoluto que fuera la única en conocer sus verdaderas razones. Formaba parte de esa cualidad indefinible que había notado desde el principio en su personalidad, una manera de ser que la hacía destacar del resto, incluso de Natasha.
—En parte— suspiró, derrotado— Pero no es solo por ella. Es más que nada por mí. Para olvidarme de estos sentimientos que solo me lastiman.
Pepper asintió. Steve pudo ver en sus ojos azules que estaba mordiéndose la lengua para no añadir nada más y agradeció enormemente ese gesto.
Entonces Virginia Potts le sonrió, y se dio cuenta de que se sentía cómodo hablando con ella. Resultaba fácil y natural, a diferencia de lo que le ocurría con mucha gente, incluso, a veces, últimamente, con sus mejores amigos.
— ¿Y cuándo te vas?
—Tres semanas. Debo presentarme para la instrucción elemental en Camp Lejeune, Carolina del Norte.
—Vaya... Tres semanas... Hay tan poco tiempo y tantas cosas por decir, Steve— le dijo con voz llana y después de lanzarle una última, indescifrable mirada, se levantó y se dio la media vuelta. Su tono era sosegado y neutro y su rostro no registró cambio alguno; él la miró sin comprender
—¿De qué hablas?— le preguntó Steve, irguiendo la espalda, turbado. Sus ojos traslucían la confusión que las palabras de Pepper le habían provocado. ¿Qué quería decir con aquello?
—Deberíamos regresar ya.
Steve se quedó en su lugar, confuso, sorprendido, pero cuando ella comenzó a caminar, se levantó. Recogió la sudadera que yacía en el suelo, y abandonó el lugar. No se dijeron nada más durante el trayecto a casa de Pepper. El silencio era tan denso, que a Steve le recordó a aquellos días de primaria, antes de conocer a Natasha, en los que hablar con una niña era más difícil que cruzar el Mississippi nadando. Si bien no tenso, el ambiente entre ellos se había tornado incómodo. Caminaron en silencio, esquivando miradas, intercambiando comentarios vacíos de vez en cuando para después volverse a sumergir en sus propios pensamientos.
Miró a su alrededor. El vecindario estaba prácticamente desierto a esa hora, y un sutil viento soplaba de vez en cuando. Las pocas personas que por ahí andaban se movían inmersas en sus propios asuntos, completamente ajenas a todo a su alrededor. En la acera de enfrente, una mujer mayor paseaba a su perro con aire distraído, sin reparar en ellos, y, más adelante, un par de chicas jóvenes disfrutaban de un helado nocturno mientras charlaban animadamente.
Llegaron a casa de los Potts unos minutos antes de las 12:30. Era una casa blanca de dos pisos, pequeña y tradicional, con un pequeño jardín al frente. Se detuvieron justo en la entrada sin mayor preámbulo. Finalmente, tras varios minutos, Steve vio a Pepper morderse el labio inferior al enfrentar su mirada e inmediatamente bajó la vista, ligeramente turbado ante aquellos enormes y expresivos ojos azules.
—Así que...— comenzó ella— ¿Ésta es la despedida?
—No— Steve volvió a mirarla, frunciendo el ceño con intriga— Aún tengo tres semanas. Si quieres, uno de estos días podemos ir al cine, o...— comenzó a recitar, viéndose interrumpido por los rápidos movimientos de la chica.
Pepper lo tomó por la camisa y unió sus labios en un inesperado pero suave y tierno beso. Steve abrió los ojos con sorpresa al instante, quedándose casi tieso. Jamás había besado, y mucho menos lo habían besado. Los labios de Pepper eran cálidos y suaves, y sabían a fresa, tal y como siempre imaginó que sabrían los de Natasha. Y con eso en mente, sin darse cuenta cerró los ojos y empezó a corresponderle poco a poco, hasta que, tan súbitamente como lo había besado, Pepper se separó y lo abrazó con fuerza, transmitiéndole tal sentimiento de preocupación que Steve no pudo sino corresponder su gesto con la misma intensidad.
—Me gustas mucho, Steve. Siempre me has gustado; desde el jardín de niños, cuando me diste tu chocolate y dijiste que mis trenzas seguían luciendo bonitas con las puntas verdes— confesó, dejándolo atónito.
—Pepper...— no sabía cómo responder a eso. Hace un año Sharon Carter le había hecho una confesión similar, y Natasha se había encargado de responderla por él. Le agradaba Sharon, pero no de esa manera, y Pepper... ¿Pepper sí? Caviló la respuesta por varios segundos que se le hicieron eternos.
Pepper era divertida, hermosa, extrovertida, y en pocos días se había acercado a ella como no había sucedido con otra chica que no fuera Natasha. Su compañía le resultaba muy cómoda y agradable, incluso, a veces, más reconfortante que la de su mejor amiga. Le gustaba estar con Pepper, pero, ¿de qué modo?
—Yo...
—Está bien— lo cortó la chica, colocando dos dedos sobre sus labios— De cualquier forma, siempre supe lo que sentías por Natasha, así que ya estoy resignada, pero ahora que sé que no voy a perderte por ella, sino por una guerra, tenía que decírtelo... Vas a irte— hipó, hundiendo el rostro en su pecho— Y tal vez no tenga otra oportunidad de decirlo, y eso...— Pepper soltó un sollozo ahogado y se alejó un poco— Sé que no puedes corresponderme, pero sólo quería... Necesitaba que lo supieras.
Steve la miró, suavizando sus facciones, y llevó sus manos a las mejillas de la chica, sin importarle lo torpe de sus movimientos. De pronto vio a Pepper como a sí mismo, sufriendo por un amor que sabía que nunca sería correspondido, pero aun así amando con intensidad y sin esperar nada a cambio. Eso lo conmovió como nunca.
Sin darse cuenta la atrajo hacia sí y en un extraño impulso fue él quien la besó de nuevo. Pepper se tensó, pero no tardó en colocar sus pequeñas y cálidas manos alrededor de su cuello, abrazándose a él mientras duraba ese beso.
—Gracias por quererme de esa forma— le dijo Steve cuando se separó en busca de aire, desde lo más profundo de su corazón. Ella pegó la frente a la suya aún a pesar de la considerable diferencia de alturas y acarició los cabellos de su nuca con afecto.
—Steve... Yo quiero... Me gustaría pasar este tiempo que nos queda contigo— le soltó, abrazándolo una vez más— No quiero que te sientas obligado a nada. Sólo como amigos, y...
Steve la sujetó por las mejillas, silenciándola con otro beso.
—Me encantará pasar estas tres semanas contigo— le dijo, y ella sonrió.
Sabía que no la amaba, pero se sentía tan solo sin el apoyo de sus dos mejores amigos que ni siquiera lo pensó.
Pepper le transmitía una serenidad que pocas veces había experimentado con otra persona, y, por un segundo, quiso creer que eso era suficiente.
oOo
El sol de la tarde le daba de lleno en los ojos, molestándole, mas no lo suficiente para hacerlo moverse de su cómoda posición. Una brisa cálida pero agradable le acariciaba el rostro y jugaba con las hebras más largas de su cabello castaño, mientras él solo seguía allí, sentado sobre la pista de concreto, con una botella en la mano y una expresión ausente, solo manteniendo la vista fija en algún punto del cielo anaranjado.
Si algo había aprendido James Barnes en la escuela militarizada era a siempre mantener el control. Por esa razón se mostraba tranquilo a pesar de saber que su mejor amigo estaba enfilándose a una muerte casi segura en el Medio Oriente, y de que por dentro se moría de ganas por golpearlo como Natasha había hecho.
Estaba molesto, furioso y decepcionado. Pero también tenía miedo.
Dudaba que Steve estuviera hecho para el campo de batalla; su corazón era demasiado bondadoso y sensible para soportar las atrocidades que sucedían todos los días al otro lado del mundo. Steve no era como él, no era un guerrero nato, no sabía lo que era el entrenamiento militar ni entendía el hecho de que siempre debes priorizar tu vida antes que la de tu enemigo.
Si alguien, fuera hombre, mujer o niño, amenazaba su existencia, Bucky sabía que presionaría el gatillo sin dudar, pero Steve no. Él dudaría, vacilaría porque lastimar a otros simplemente no estaba en su naturaleza, y en esos segundos de indecisión acabarían con él sin sin piedad, porque la guerra no era para personas blandas o piadosas, personas como Steve Rogers, que habían nacido para ayudar a los demás, no para hacerles daño. Quizá era eso lo que más le preocupaba.
Steve era un chico alegre, educado, religioso y con tantos valores morales como un hombre criado en los años cuarenta; era muy listo también, y había logrado gantizarse un buen futuro luego de años de esfuerzo y trabajo duro. No era un asesino, y Bucky dudaba que se convirtiera en uno aunque su vida dependiera de ello; no poseía maldad alguna, así como resentimiento o cualquier clase de sentimiento negativo. Entonces, ¿qué lo había llevado a tomar una decisión tan determinante como esa? ¿Por qué alguien como Steve pondría su vida voluntariamente en riesgo si no había ninguna causa justa de por medio? Por más que lo pensaba no lograba encontrarle una explicación lógica, y estaba hartándose de la duda.
Se llevó la botella de cerveza a los labios y clavó la vista en el atardecer otra vez, luego la enfocó en los chicos que patinaban a su alrededor. Steve, Natasha y él solían ir a ese mismo parque de niños; tenía varias cicatrices que lo demostraban. No es que fuera malo sobre unos patines o un skate, pero nunca había sido alguien demasiado juicioso cuando se trataba de su seguridad. En cambio Steve... Él siempre había sido la viva imagen de la sensatez y el recato, la voz de su conciencia, el bueno del grupo, aquel al que todo el mundo quería y respetaba, pero no era alguien fuerte. Sus sentimientos positivos le impedían alzarse contra el mundo cuando éste le escupía en la cara; alguien como Steve no estaba listo para enfrentar la maldad que existía en él.
El mundo lo devoraría, y Bucky no podía permitirlo.
— ¡Hey! Pero si es el chico "B"— dijo una voz masculina pero algo chillona, a la vez que las ruedas de un skate se detenían junto a él, interrumpiendo el hilo de sus pensamientos— Es extraño encontrarte solo. ¿En dónde perdiste al Capi y a la Rojita?
—Largo, Stark— ni siquiera miró al otro chico. Le dio otro sorbo a su cerveza y siguió contemplando el atardecer en silencio.
—Ya. Así que estás de malas. Me sorprende de ti— contestó Tony Stark con ironía, dejándose caer a su lado, inclinándose hacia atrás para recargar el peso de su cuerpo sobre las palmas.
— ¿Qué quieres?
— ¿De dónde sacasta la cerveza?
Bucky se encogió de hombros.
—Solo fui y la pagué. Nadie me pidió identificación.
—Eso debe ser porque eres un mastodonte que aparenta ser mucho más viejo de lo que realmente es— repuso Stark, sacando un Milky Way de su chaqueta para a abrirlo y darle una mordida— Podría pedirte que me compres una.
—Olvídalo— Bucky se terminó su bebida y jugó con la botella por un rato, esperando a que Tony se fuera, pero, como no lo hizo, se decidió a ignorarlo.
—Por cierto, supe lo de el Capi.
Bucky lo miró, interrogante.
— ¿De qué hablas?
—Que pasó de ser un tonto patriota a carne de cañón nacional— respondió Tony, embarrándose chocolate sobre el mentón sin querer. Bucky se giró a verlo y enarcó una ceja.
Stark siempre había tenido una forma muy particular de decir las cosas, como si los que pudieran escucharlo le importaran un bledo. Eso era divertido en cierta medida, pero no en esa ocasión.
— ¿Cómo lo supiste? Yo apenas me enteré ayer.
—Tengo mis contactos.
—...
—Está bien, estaba en el centro cuando lo vi salir de una oficina de reclutamiento— confesó con una sonrisa— Envié a mi chofer Harold a que averiguara y ¡pum! Descubrí toda la verdad antes que todos. ¿Qué tal?
Bucky rodó los ojos y chasqueó la lengua.
—Ya da igual. No hay nada que podamos hacer, ¿o sí?— murmuró entre dientes, acabándose su cerveza en silencio.
—Eso parece— Tony se encogió de hombros y empezó a jugar con las ruedas de su skate— ¿Sabes? Hubiera jurado que tú serías el primer desquiciado en enlistarse; con eso de que siempre fuiste un bravucón y estuviste en la escuela militarizada...— dijo, ahogando una risilla— Al Capi siempre me lo imaginé como un aburrido doctor que se casaría con la Rojita y viviría apaciblemente en los suburbios con sus seis o siete hijos, alimentando patos todas las tardes en el banquillo de un parque.
—Natasha es mi novia— le recordó fríamente, y Tony expresó una ligera sonrisita nasal.
—Bueno, es cierto. Pero antes de que regresaras todos creíamos que Steve estaba enamorado de ella y no tardaba en declararse.
—Se equivocaron.
—Sí, puede ser... En fin. Él siempre se perfiló para ser el clásico hombre de familia vestido de traje que llega a su casa en la tarde, es recibido por su esposa con un martini y una pipa en sus manos y un perro que le trae las pantuflas. Realmente nadie se esperaba algo así de él, sobre todo habiendo conseguido una beca para estudiar en la universidad. ¿Por qué lo haría? Tiene demasiado que perder y ese tipo de cosas no son propias de alguien como él. Tú eras el pendenciero, fanfarrón e impulsivo. Es como si los papeles se hubieran invertido.
Bucky alzó las cejas con fastidio y lo fulminó con la mirada.
— ¿Fanfarrón e impulsivo? ¿Y qué hay de ti, señor 'soy el maldito dueño del mundo'?
—Yo soy un niño prodigio; inteligente, refinado, educado, apuesto, popular, el único heredero de un imperio multimillonario y la envidia de muchos mortales. Puedo ser todo lo fanfarrón e impulsivo que quiera— contestó Tony con suficiencia— No me odies porque no puedes ser como yo.
El joven Barnes volvió a mirarlo; enarcó una ceja y sonrió de lado, negando en silencio.
—Siempre fuiste solo un ricachón engreído y bocafloja.
—Gracias— dijo Tony, inclinando la cabeza con gracia mientras daba vuelta su skate para inspeccionar la tabla— Por cierto, supe que conseguiste entrar a Georgetown. No tengo idea de cómo demonios lo hiciste con tu cerebro de cavernícola, pero felicidades.
—Cierra la boca— gruñó Bucky, mirándolo en son de amenaza— Si tu coeficiente es tan alto como dicen, y si tú no fueras tan idiota, de seguro ya hubieras terminado la universidad o dos o tres doctorados.
— ¿Y perderme la maravillosa etapa de la preparatoria? Olvídalo.
Bucky rió entre dientes. Para nadie era un secreto que Tony Stark era una especie de prodigio, un niño genio que aun así había decidido mantener su educación a un ritmo normal para su edad, a pesar de que desde que Bucky lo conocía se quejaba de aburrirse en clase.
— ¿Y qué harás ahora?
Tony lo miró fijamente con sus ojos azules y se encogió de hombros.
—No lo sé. Iré a Oxford o Cambridge. Tal vez a Princeton. Aún no lo decido, solo sé que quiero estudiar ingeniería.
—Suena bien.
— ¿Y tú?
— ¿Yo qué?
— ¿Qué harás?
—Estudiaré Administración, creo.
—Vaya...
— ¿Qué?
—No lo sé, es que no tienes la clásica imagen del aburrido ejecutivo de una compañía. Y yo sé de ejecutivos aburridos. Ellos prácticamente debían cuidar de mí cuando mi padre me llevaba al trabajo.
—Que triste historia.
—Es solo una de las veintisiete millones que tengo. Si quieres puedo contarte de cuando mi padre mató a mi conejo con una pelota de tenis.
—Paso.
—Bah, nadie quiere escuchar mis historias.
El joven Barnes esbozó una ligera sonrisa. Los dos guardaron silencio un momento mientras el sol seguía escondiéndose en el horizonte.
Tony y él realmente nunca habían hablado mucho en todos los años que habían sido compañeros de escuela. Sí se habían peleado a golpes algunas veces durante el sexto año a causa de la gran bocota de Stark, pero aun así no había resentimiento entre ellos. De alguna forma se respetaban mutuamente.
—Hubieras sido un buen soldado...— dijo Tony mientras se estiraba con pereza.
—Supongo.
—Es cierto. Siempre creí que tenías todo lo necesario para eso. Ya sabes, grandes músculos, actitud pendenciera y poco cerebro... Apuesto a que serías bueno. Incluso mejor que Steve— comentó el heredero Stark mientras se levantaba de su cómoda posición y arrojaba su skate sobre el pavimento, colocando un pie sobre la tabla—. Es más, creo que los dos hubieran hecho un equipo invensible de haber decidido ir juntos... En fin. Se hace tarde y tengo una cena de caridad en las Industrias Stark— anunció— ¿Quién diría que yo terminaría siendo un filántropo...? Todo sea por reducir impuestos. Saluda al Capi y a tu novia de mi parte. Y dile a ese idiota que no se le ocurra morir o me aburriré bastante por el resto de mi vida...
Bucky giró el cuello y se preparó para responderle cuando su teléfono sonó en el bolsillo de su sudadera.
— ¿Nat? No, aún no he hablado con él... ¡Yo no le llené la cabeza a nadie!— refunfuñó— ¡Claro que no es mi cul...! ¿Hola? Diablos— bufó, recostándose sobre el concreto— No fue mi culpa— susurró al aire— Fue decisión de Steve.
Suspiró y acomodó los brazos tras la cabeza, perezoso.
Si Steve había decidido morir bien; él no podía hacer nada.
Sin embargo... ¿Qué clase de persona dejaba a su mejor amigo, su hermano, dirigirse voluntariamente hacia un desastre casi seguro? A Steve, que siempre había estado a su lado, que lo había apoyado tras la muerte de su padre, que se había quedado noches enteras junto a su cama en esas raras ocasiones en las que caía enfermo. A Steve, que siempre se metía en problemas por su culpa, pero que nunca lo había echado de cabeza, que siempre le pasaba la tarea o le enseñaba cómo hacerla, que le había enseñado a leer con sus libros de Jorge el Curioso para que los demás niños no se burlaran de él. A Steve Grant Rogers, que a pesar de los años y todas las estupideces que había hecho siempre estuvo a su lado para recoger los escombros.
No, no podía dejarlo morir.
Debía hacer algo por Steve, aunque todavía no sabía qué.
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Continuará…
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N del A:
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H.S.
