Disclaimer: Harry Potter es propiedad de J.K Rowling


Respondiendo a las preguntas anteriores:

-Pareja canon favorita de la saga y pareja canon menos favorita de la saga. Pues la verdad es que nunca me había parado a pensar cual podría ser mi pareja favorita canon. Diría que Ron y Hermione están ahí, aunque haya gente que no le guste. En cuanto a la más odiada, esta la tengo más fácil, Vernon y Petunia Dursley, porque estoy convencido de que si no hubiese sido por Vernon, Petunia habría cuidado decentemente de Harry, por mucho rencor que le guardase a Lily.

-Pareja out-canon favorita y pareja out-canon menos favorita. Para la favorita lo tengo claro. Sin duda son Harry y Luna. Definitivamente me hubiese encantado que hubieran acabado juntos en los libros. En cuanto a la menos favorita diría que es Draco y Hermione. Sé que hay algunos que les gusta, y puedo llegar a entender los motivos, pero sinceramente cada vez que veo algo de esta pareja, me imagino algo como esto:

-MALFOY: Apártate, asquerosa sangre sucia.

(Hermione se lleva una mano a su pecho por debajo de la ropa y pellizca su pezón, mientras que con la otra acaricia su entrepierna).

-HERMIONE: Sí, Malfoy. Sigue.

-HARRY y RON: ...

-MALFOY, CRABBE y GOYLE:...

-HARRY: Pues... esto se ha puesto incómodo.

-RON: ¿Vamos a...?

-MALFOY: Vamos con vosotros. Tengo la impresión de que correremos peligro en más de un sentido si nos quedamos aquí.

-CRABBE: Creo que el único que corre peligro aquí, eres tú.

-GOYLE: Chsss. Calla. Que nuestros personajes no hablan.

(Y esto es lo que pasa cuando dejas volar tu imaginación a las dos de la mañana).

-Mi opinión sobre la pareja Harry y Ginny. Como ya he dicho me habría encantado que Harry y Luna acabasen juntos en la serie original, pero eso no quiere decir que este en contra de esta pareja. En realidad me gusta bastante, y por supuesto no comparto esa idea de que Harry desarrollo sentimientos de la noche a la mañana por la hermana pequeña de su mejor amigo. Teniendo en cuenta de que habían pasado todo un verano juntos, es completamente plausible que Harry desarrollase sentimientos por Ginny, y no darse cuenta de que los tenía hasta que no vio a Ginny y a Dean besándose.


Aquí tendría que empezar a escribir el capítulo, pero como estoy de vacaciones sin internet, aprovecharé para contaros una situación que me ha ocurrido relacionado con mis fics.

Esto tiene que ver con uno de los primeros fics que escribí, La verdadera razón del nombre de Albus Severus Potter, dónde básicamente Harry le explicaba a su hijo los motivos por el cuál se llamaba de esa manera, acabando con un pequeño chiste. El caso es que en un momento dado Albus menciona que el segundo nombre de Lily es Luna en honor a Luna Lovegood. Pues hubo gente que me dijo que me había equivocado y que no era en honor a Luna, sino a Lunático (Remus) y que Rowling lo había confirmado. (Creo que dichos comentarios están por Potterfics y no aquí).

En ese momento yo no había visto ni oído nada acerca de Harry Potter en inglés, así que pensé "El apodo de Remus en inglés será Lunatic, y de ahí viene el "Luna". Así que escribí un segundo fanfic llamado Luna que "corregía ese error que había cometido en mi otro fic". Tiempo después me entere de que a Remus, en inglés, le llamaban Moony y que, efectivamente, Rowling había confirmado que el Luna de Lily venía en honor a Luna Lovegood.


—¡Muy bien! —exclamó Tonks, cogiendo el libro que Ginny tenía en sus manos—. Me toca... Alboroto en el Ministerio. ¡Vaya, no me gusta como suena!

—Con el tema de la Marca no me extraña lo más mínimo —dijo Remus de forma sombría.

El señor Weasley los despertó cuando llevaban sólo unas pocas horas durmiendo.

Si por mí fuese, nos habríamos ido al instante del sitio pensó Arthur. Imaginaba que su yo del libro había decidido que lo mejor es que los chicos descansasen un rato, tras semejante noche.

Usó la magia para desmontar las tiendas, y dejaron el cámping tan rápidamente como pudieron. Al pasar por al lado del señor Roberts, que estaba a la puerta de su casita, vieron que tenía un aspecto extraño, como de aturdimiento. El muggle los despidió con un vago «Feliz Navidad».

En otras circunstancias esas palabras habrían hecho reír a más de uno. Pero sabiendo todo lo que había pasado ese pobre muggle, a nadie le causaba la más mínima gracia.

—Se recuperará —aseguró el señor Weasley en voz baja, de camino hacia el páramo—. A veces, cuando se modifica la memoria de alguien, al principio se siente desorientado... y es mucho lo que han tenido que hacerle olvidar.

Y tanto pensó Neville. Él había visto a su anterior profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras, Gilderoy Lockhart, ingresado en San Mungo por culpa de un encantamiento de borrado de memoria, y resultaba desconcertante ver lo mucho que había cambiado su actitud.

Al acercarse al punto donde se hallaban los trasladores oyeron voces insistentes. Cuando llegaron vieron a Basil, el que estaba a cargo de los trasladores, rodeado de magos y brujas que exigían abandonar el cámping lo antes posible.

—Eso sin mencionar las personas que ya se habrán ido —dijo Sirius.

—Y las personas que vendrán después —añadió James.

El señor Weasley discutió también brevemente con Basil, y terminaron poniéndose en la cola. Antes de que saliera el sol

—Pues entonces si que debisteis dormir poco —silbó Will.

cogieron un neumático viejo que los llevó a la colina de Stoatshead. Con la luz del alba, regresaron por Ottery St. Catchpole hacia La Madriguera, hablando muy poco porque estaban cansados y no pensaban más que en el desayuno.

—Dudo que tuviésemos ganas de hablar con todo lo que había ocurrido en las últimas horas y el cansancio acumulado —dijo Hermione—. Porque sinceramente dudo que hayamos podido dormir bien tras todo eso.

Cuando doblaron el recodo del camino y La Madriguera apareció a la vista, les llegó por el húmedo camino el eco de una persona que gritaba:

—¡Gracias a Dios, gracias a Dios!

Molly se estremeció. Imaginaba que para ella, el hecho de despertarse y ver la noticia de la Marca Tenebrosa en El Profeta, habría sido horrible.

La señora Weasley, que evidentemente los había estado aguardando en el jardín delantero, corrió hacia ellos, todavía calzada con las zapatillas que se ponía para salir de la cama, la cara pálida y tensa y un ejemplar estrujado de El Profeta en la mano.

La expresión de varios en la sala se ensombreció. Todos ellos eran personas que habían sufrido las consecuencias de la guerra contra Voldemort, y aún recordaban esa horrible sensación de abrir el periódico y encontrarse con una noticia horrible en él.

—¡Arthur, qué preocupada me habéis tenido, qué preocupada!

Le echó a su marido los brazos al cuello, y El Profeta se le cayó de la mano. Al mirarlo en el suelo, Harry distinguió el titular «Escenas de terror en los Mundiales de quidditch», acompañado de una centelleante fotografía en blanco y negro que mostraba la Marca Tenebrosa sobre las copas de los árboles.

—Estáis todos bien —murmuraba la señora Weasley como ida, soltando al señor Weasley y mirándolos con los ojos enrojecidos—. Estáis vivos, niños...

Molly no quería ni pensar lo que podría haber ocurrido.

Y, para sorpresa de todo el mundo, cogió a Fred y George y los abrazó con tanta fuerza que sus cabezas chocaron.

—Eso no es una sorpresa —murmuró Sally. Como madre comprendía como debía sentirse Molly. Si ella hubiese discutido con alguno de sus hijos, y luego hubiese ocurrido un accidente y sus hijos hubieran estado involucrados, ella también estaría muerta de nervios.

—¡Ay!, mamá... nos estás ahogando...

—¡Pensar que os reñí antes de que os fuerais! —dijo la señora Weasley, comenzando a sollozar—. ¡No he pensado en otra cosa! Que si os atrapaba Quien-vosotros-sabéis, lo último que yo os había dicho era que no habíais tenido bastantes TIMOS. Ay, Fred... George...

Fred y George se miraron, sin saber muy bien que decir. Estaban acostumbrados a una madre enojada, no a una llorosa.

—Vamos, Molly, ya ves que estamos todos bien —le dijo el señor Weasley en tono tranquilizador, arrancándola de los gemelos y llevándola hacia la casa—. Bill —añadió en voz baja—, recoge el periódico. Quiero ver lo que dice.

—¿Estás seguro de eso, papá? —preguntó Bill—. Porque existe el sesenta por ciento de posibilidades que el artículo lo haya escrito Skeeter.

Arthur suspiró.

—Desgraciadamente no hay más remedio que leer eso.

Una vez que hubieron entrado todos, algo apretados, en la pequeña cocina y que Hermione hubo preparado una taza de té muy fuerte para la señora Weasley, en el que su marido insistió en echar unas gotas de «whisky envejecido de Ogden»,

—Eso siempre ayuda —dijo Arthur.

Bill le entregó el periódico a su padre. Éste echó un vistazo a la primera página mientras Percy atisbaba por encima de su hombro.

—Me lo imaginaba —dijo resoplando el señor Weasley—. «Errores garrafales del Ministerio... los culpables en libertad... falta de seguridad... magos tenebrosos yendo por ahí libremente... desgracia nacional...» ¿Quién ha escrito esto? Ah, claro... Rita Skeeter.

—Lo que yo decía —dijo Bill.

—Siempre que ocurra algún incidente, Rita Skeeter va a estar en primera línea para "informar" —bufó Tonks.

—Llevo tiempo preguntándomelo —dijo Harry—. Pero, ¿quién es Rita Skeeter?

—Una reportera —respondió Percy.

—O más bien un intento de reportera —añadió Charlie.

—Básicamente se dedica a ridiculizar a personas en sus artículos periodísticos, usando la excusa de estar informando a las masas —explicó Bill.

—¡Esa mujer la tiene tomada con el Ministerio de Magia! —exclamó Percy furioso—. La semana pasada dijo que perdíamos el tiempo con nimiedades referentes al grosor de los calderos en vez de acabar con los vampiros.

—Creía que existían leyes contra eso —señaló Ron.

Ginny ahogó un grito.

—¡¿Tú conoces algunas leyes?! —exclamó.

Ron decidió ignorar a su hermana. Más que nada por el bien de su salud mental.

—Así es —asintió Percy, ignorando el grito de Ginny—. Según el...

—Mejor seguimos leyendo —se apresuró a decir Alan. No conocía muy bien a Percy Weasley. Pero si el hombre resultaba asemejarse algo a su hija, lo mejor era cortarle lo más pronto posible.

Como si no estuviera expresamente establecido en el parágrafo duodécimo de las Orientaciones para el trato de los seres no mágicos parcialmente humanos...

—Haznos un favor, Percy —le pidió Bill, bostezando—, cállate.

Percy bufó. Primero lo interrumpían en la vida real, y ahora en los libros.

—Me mencionan —dijo el señor Weasley, abriendo los ojos tras las gafas al llegar al final del artículo de El Profeta.

—¿Dónde? —balbuceó la señora Weasley, atragantándose con el té con whisky—. ¡Si lo hubiera visto, habría sabido que estabas vivo!

James estaba a punto de decir que aunque saliese el nombre del señor Weasley en El Profeta, no quería decir que estuviese bien, y quehabía posibilidades que se refiriese a que habían hallado su cuerpo. Pero antes de que abriese la boca, Lily le dio un codazo de advertencia en las costillas.

—No dicen mi nombre —aclaró el señor Weasley—. Escucha: «Si los magos y brujas aterrorizados que aguardaban ansiosamente noticias del bosque esperaban algún aliento proveniente del Ministerio de Magia, quedaron tristemente decepcionados. Un oficial del Ministerio salió del bosque poco tiempo después de la aparición de la Marca Tenebrosa diciendo que nadie había resultado herido, pero negándose a dar más información. Está por ver si su declaración bastará para sofocar los rumores que hablan de varios cadáveres retirados del bosque una hora más tarde.»

—¿Cadáveres? —chilló Emily.

—Conociendo a Skeeter, lo más seguro es que sean falsos —aclaró Remus.

Vaya, francamente... —dijo el señor Weasley exasperado, pasándole el periódico a Percy—. No hubo ningún herido, ¿qué se supone que tendría que haber dicho? «Rumores que hablan de varios cadáveres retirados del bosque...» Desde luego, habrá rumores después de ser publicado esto.

—Que seguramente es lo que estaba buscando —dijo Arthur.

Exhaló un profundo suspiro.

—Molly, voy a tener que ir a la oficina. Habrá que hacer algo.

—¡Pero si estás de vacaciones! —exclamó Molly, mirando a su marido. Este se encogió de hombros.

—Aunque así sea, van a necesitar toda la ayuda posible.

—Iré contigo, papá —anunció gravemente Percy—. El señor Crouch necesitará todas las manos disponibles. Y podré entregarle en persona mi informe sobre los calderos.

Salió aprisa de la cocina.

La señora Weasley parecía disgustada.

—¡Arthur, te recuerdo que estás de vacaciones! Esto no tiene nada que ver con la oficina. ¿No se las pueden apañar sin ti?

—Tengo que ir, Molly —insistió el señor Weasley—. Por culpa mía están peor las cosas.

—¿Y eso por qué? —preguntó Ginny con curiosidad.

—Por revelar información sin el consentimiento del jefe de su departamento —explicó Percy.

—Y aunque papá no hubiese dicho nada, Skeeter habría encontrado la manera de dejar mal al Ministerio —dijo Bill.

Me pongo la túnica y me voy...

—Señora Weasley —dijo de pronto Harry, sin poder con tenerse—, ¿no ha llegado Hedwig trayéndome una carta?

—Veo difícil haber recibido la carta y haberla mandado de vuelta en tan solo tres días —dijo Sirius—. Sobre todo teniendo en cuenta de que me muevo constantemente para no ser pillado.

—¿Hedwig, cariño? —contestó la señora Weasley como distraída—. No... no, no ha habido correo.

Ron y Hermione miraron a Harry con curiosidad. Harry les dirigió una significativa mirada y dijo:

—¿Te parece bien que deje mis cosas en tu habitación, Ron?

—Sí, claro... Subo contigo —respondió Ron de inmediato

—Por suerte Ron ha pillado rápidamente de que iba el asunto esta vez —dijo Fred.

Algunos asintieron, recordando como algunos capítulos atrás Ron no había captado a la primera el intento de Hermione de evitar oír la bronca que la señora Weasley estaba a punto de lanzar contra los gemelos.

—. Hermione...

—Voy con vosotros —se apresuró a contestar ella,

—Ni creáis que me vais a dejar sola.

—Nunca lo haríamos.

y los tres salieron de la cocina y subieron la escalera.

—¿Qué pasa, Harry? —preguntó Ron en cuanto cerraron tras ellos la puerta de la habitación de la buhardilla.

—Hay algo que no os he dicho —explicó Harry—: cuando desperté el domingo por la mañana, la cicatriz me volvía a doler.

La reacción de Ron y Hermione fue muy parecida a como se la había imaginado en su habitación de Privet Drive.

—Por algo son mis mejores amigos —sonrió Harry, mientras Ron y Hermione asentían.

Hermione ahogó un grito y comenzó de inmediato a proponer cosas, mencionando varios libros de consulta y a todo el mundo al que se podía recurrir, desde Albus Dumbledore a la señora Pomfrey, la enfermera de Hogwarts.

—Dudo que Poppy, por muy eficaz que sea, pueda hacer algo con ese tema —dijo Dumbledore.

Ron se había quedado atónito.

—Pero... él no estaba allí... ¿o sí? ¿Estaba por allí Quien-tú-sabes? Quiero decir... la anterior vez que te dolió la cicatriz era porque él estaba en Hogwarts, ¿no?

—Estoy seguro de que esta vez no estaba en Privet Drive —dijo Harry—. Pero yo había estado soñando con él... con él y Peter... ya sabéis, Colagusano.

—Sabemos quién es —dijo Hermione.

—Demasiado bien —gruñó Ron.

Ahora no puedo recordar todo el sueño, pero sí me acuerdo de que hablaban de matar... a alguien.

Había vacilado un momento antes de decir «me», pero no quiso ver a Hermione aún más asustada de lo que ya estaba.

—Creo que eso fue lo mejor —asintió Hermione.

—Sólo fue un sueño —afirmó Ron para darle ánimos—. Una pesadilla nada más.

Aunque ahora creo lo contrario pensó Ron.

—Sí... pero ¿seguro que no fue nada más? —replicó Harry, mirando por la ventana al cielo, que iba poniéndose más brillante—. Es extraño, ¿no? Me duele la cicatriz, y tres días después los mortífagos se ponen en marcha y el símbolo de Voldemort aparece en el cielo.

—Es demasiado extraño —asintió Frank con expresión pensativa.

—¡No... pronuncies... ese... nombre! —dijo Ron entre sus dientes apretados.

—¿Y recordáis lo que dijo la profesora Trelawney al final de este curso? —siguió Harry, sin hacer casó a Ron.

—¿Por qué sigo insistiendo en ese tema, si sé que no me hará caso? —se lamentó Ron.

La profesora Trelawney les daba clase de Adivinación en Hogwarts.

—Gracias, no nos acordábamos de eso —dijo Regulus con sarcasmo.

—¿Por qué los libros están escritos de esta manera? —preguntó Eli—. Me refiero a que nos recuerdan cosas que hemos leído antes.

Alan se encogió de hombros.

—Francamente nosotros tampoco tenemos idea de porque están escritos así.

Del rostro de Hermione desapareció la expresión de terror, y lanzó un resoplido de burla.

—Harry, ¡no irás a prestar atención a lo que dijo aquel viejo fraude!

—No me acostumbro a ver a Hermione hablando mal de un profesor —susurró George a Fred.

—Tú no estabas allí —contestó Harry —. No la oíste. Aquella vez fue diferente. Ya te lo conté, entró en trance. En un trance de verdad. Y dijo que el Señor Tenebroso se alzaría de nuevo... más grande y más terrible que nunca ... y que lo lograría porque su vasallo iba a regresar con él. Y aquella misma noche escapó Colagusano.

—Por mucho que no confíes en la adivinación, tienes que admitir que eso es demasiada casualidad —señaló Ginny a Hermione.

Esta asintió con el ceño fruncido.

Se hizo un silencio durante el cual Ron hurgaba, sin darse cuenta, en un agujero que había en la colcha de los Chudley Cannons.

—Ronald Weasley, deja de estropear tu colcha —regañó Molly.

—Pero si en el libro pone que lo hago sin darme cuenta —protestó Ron.

—¿Por qué preguntaste si había llegado Hedwig, Harry? —preguntó Hermione—. ¿Esperas carta?

—Le escribí a Sirius contándole lo de mi cicatriz —respondió Harry, encogiéndose de hombros—. Espero su respuesta.

—¡Bien pensado! —aprobó Ron, y su rostro se alegró un poco—. ¡Seguro que Sirius sabe qué hay que hacer!

—Por mucho que mi familia haya estado muy involucrada con las Artes Oscuras, dudo que tengan información acerca de cicatrices hechas por la maldición asesina —dijo Sirius.

—Esperaba que regresara enseguida —dijo Harry.

—Pero no sabemos dónde está Sirius... Podría estar en África o ve a saber dónde, ¿no? —opinó sensatamente Hermione—. Hedwig no va a hacer un viaje así en pocos días.

—Así es —asintió Luna.

—Sí, ya lo sé —admitió Harry, pero sintió un peso en el estómago al mirar por la ventana y no ver a Hedwig.

—Vamos a jugar a quidditch en el huerto, Harry —propuso Ron—. Vamos, seremos tres contra tres. Jugarán Bill, Charlie, Fred y George... Puedes intentar el «Amago de Wronski»...

—Después de todo lo ocurrido, ¿aún queréis jugar? —preguntó Lily con sorpresa.

—Pues claro —respondieron su hijo y sus amigos.

—Ron —dijo Hermione, en tono de «no creó que estés siendo muy sensato»

—Es que no lo esta siendo —dijo Hermione.

—, Harry no tiene ganas de jugar a quidditch justamente ahora...

—Pues claro que quiero —dijo Harry, mirando a Hermione como si estuviese loca.

Está preocupado y cansado. Deberíamos ir todos a dormir.

—Sí que me apetece jugar a quidditch —la contradijo Harry—. Vamos, cogeré mi Saeta de Fuego.

Hermione abandonó la habitación, murmurando algo que sonó más o menos cómo a: «¡Hombres!»

Ni Percy ni su padre pararon mucho en casa durante la semana siguiente. Se marchaban cada mañana antes de que se levantara el resto de la familia, y volvían cada noche después de la cena.

Varios suspiraron. Eso sonaba demasiado a los días de la guerra contra Voldemort.

—Es un absoluto caos —contaba Percy dándose tono, la noche antes del retorno a Hogwarts—. Me he pasado toda la semana apagando fuegos. La gente no ha dejado de enviarnos vociferadores y, claro, si no se abren enseguida, estallan. Hay quemaduras por todo mi escritorio, y mi mejor pluma quedó reducida a cenizas.

Percy suspiró. Esa pluma se la había regalado Penélope cuando se graduaron de la escuela.

—¿Por qué envían tantos vociferadores? —preguntó Ginny mientras arreglaba con celo su ejemplar de Mil y una hierbas y hongos mágicos sobre la alfombrilla que había delante de la chimenea de la sala de estar.

—Para quejarse de la seguridad en los Mundiales —explicó Percy

—Eso era de suponer —dijo Tonks.

—. Reclaman compensaciones por los destrozos en sus propiedades. Mundungus Fletcher nos ha puesto una demanda por una tienda de doce dormitorios con jacuzzi,

—Esta mintiendo, fijo —dijo Arthur.

pero lo tengo calado: sé a ciencia cierta que estuvo durmiendo bajo una capa levantada sobre unos palos.

—Algo típico del viejo Fletcher —suspiró James con cierta nostalgia.

—Ese Mundungus Fletcher me suena de algo —murmuró Harry—. ¿No es el que intentó echarle un malefició al señor Weasley por la espalda hace un par de años? Ya sabéis —añadió, al ver las caras de confusión—, salió en el segundo libro.

Lily cogió el segundo libro, sacudió la varita por encima de la portada y las páginas empezaron a avanzar hasta detenerse en una en particular.

—...Y el viejo Mundungus Fletcher intentó hacerme un maleficio cuando le volví la espalda. ¿Cómo puedes acordarte de esto? —preguntó Lily con asombro.

Harry se encogió de hombros, sin saber muy bien que decir.

La señora Weasley miró el reloj de pared del rincón. A Harry le gustaba aquel reloj. Resultaba completamente inútil si lo que uno quería saber era la hora, pero en otros aspectos era muy informativo. Tenía nueve manecillas de oro, y cada una de ellas llevaba grabado el nombre de un miembro de la familia Weasley. No había números alrededor de la esfera, sino indicaciones de dónde podía encontrarse cada miembro de la familia; indicaciones tales como «En casa», «En el colegio» y «En el trabajo», pero también «Perdido», «En el hospital» «En la cárcel» y, en la posición en que en los relojes normales está el número doce, ponía «En peligro mortal».

—Desde luego ese reloj es útil —dijo James—. ¿De dónde lo sacasteis?

—Fue un regalo de mis hermanos por nuestra boda —respondió Molly—. Cada vez que nacía uno de nuestros hijos, mágicamente se añadía una manecilla nueva.

Ocho de las manecillas señalaban en aquel instante la posición «En casa», pero la del señor Weasley, que era la más larga, aún seguía marcando «En el trabajo». La señora Weasley exhaló un suspiro.

—Vuestro padre no había tenido que ir a la oficina un fin de semana desde los días de Quién-vosotros-sabéis

—No fueron buenos días —admitió Arthur.

—explicó—. Lo hacen trabajar demasiado. Si no vuelve pronto se le va a echar a perder la cena.

—Bueno, papá piensa que tiene que compensar de alguna manera el error que cometió el día del partido, ¿no? —repuso Percy—. A decir verdad, fue un poco imprudente al hacer una declaración pública sin contar primero con la autorización del director de su departamento...

—Cómo si hubiese tenido más opción —bufó Ron.

—¡No te atrevas a culpar a tu padre por lo que escribió esa miserable de Skeeter! —dijo la señora Weasley, estallando de repente.*

—Si papá no hubiera dicho nada, la vieja Rita habría escrito que era lamentable que nadie del Ministerio informara de nada —intervino Bill,

Percy tenía que admitir que su hermano tenía razón en ese punto.

que estaba jugando al ajedrez con Ron—. Rita Skeeter nunca deja bien a nadie. Recuerda que en una ocasión entrevistó a todos los rompedores de maldiciones de Gringotts, y a mí me llamó «gilí del pelo largo».

Varios ahogaron una risita ante ese apodo.

—Bueno, la verdad es que está un poco largo, cielo —dijo con suavidad la señora Weasley—. Si me dejaras tan sólo que...

—No, mamá.

—Deja de intentarlo, mamá. Bill nunca va a dejar que se lo cortes —dijo Charlie con diversión.

La lluvia golpeaba contra la ventana de la sala de estar. Hermione se hallaba inmersa en el Libro reglamentario de hechizos, curso 4º, del que la señora Weasley había comprado ejemplares para ella, Harry y Ron en el callejón Diagon. Charlie zurcía un pasamontañas a prueba de fuego. Harry, que tenía a sus pies el equipo de mantenimiento de escobas voladoras que le había regalado Hermione el día en que cumplió trece años, le sacaba brillo a su Saeta de Fuego.

—¡Por Dios, Harry! ¡Eso hazlo en privado! —exclamó Sirius "escandalizado".

—¿El qué? ¿Sacar brillo a mi escoba? —preguntó Harry, confundido.

Lily le dio una colleja a Sirius.

—¡No corrompas a mi hijo, Black!

Fred y George estaban sentados en un rincón algo apartado, con las plumas en la mano, cuchicheando con la cabeza inclinada sobre un pedazo de pergamino.

Varios le dirigieron miradas sospechosas a los gemelos Weasley.

—¿Qué andáis tramando? —les preguntó la señora Weasley de pronto, con los ojos clavados en ellos.

—Son deberes —explicó vagamente Fred.

—No digas tonterías. Todavía estáis de vacaciones —replicó la señora Weasley.

—Existen algo llamado deberes de verano, mamá —respondió George.

—Una vez pasado los TIMO, ya no tenéis deberes, señor Weasley —replicó McGonagall.**

—Sí, nos hemos retrasado bastante —repuso George.

—Pues menudo retraso, ¿no? —dijo Will.

—No estaréis por casualidad redactando un nuevo cupón de pedido, ¿verdad? —dijo con recelo la señora Weasley—. Espero que no se os haya pasado por la cabeza volver a las andadas con los «Sortilegios Weasley».

Fred y George se miraron. Por supuesto que eso tenía que ver con Sortilegios Weasley.

—¡Mamá! —dijo Fred, levantando la vista hacia ella, con mirada de dolor—. Si mañana se estrella el expreso de Hogwarts y George y yo morimos, ¿cómo te sentirías sabiendo que la última cosa que oímos de ti fue una acusación infundada?

Casi todos rieron por el comentario de Fred.

—Mira que eres basto —rió su gemelo.

Todos se rieron, hasta la señora Weasley.

—¡Ya viene vuestro padre! —anunció repentinamente, al volver a mirar el reloj.

La manecilla del señor Weasley había pasado de pronto de «En el trabajo» a «Viajando». Un segundo más tarde se había detenido en la indicación «En casa», con las demás manecillas, y lo oyeron en la cocina.

—Hogar, dulce hogar —suspiró el señor Weasley.

—¡Voy, Arthur! —dijo la señora Weasley, saliendo a toda prisa de la sala.

Un poco después el señor Weasley entraba en la cálida sala de estar, con su cena en una bandeja. Parecía reventado de cansancio.

—Con todo lo ocurrido en esos días, no me extraña lo más mínimo que este así —dijo Arthur.

—Bueno, ahora sí que se va a armar la gorda —dijo, sentándose en un butacón junto al fuego, y jugueteando sin entusiasmo con la coliflor un poco mustia de su plato—. Rita Skeeter se ha pasado la semana husmeando en busca de algún otro lío ministerial del que informar en el periódico, y acaba de enterarse de la desaparición de la pobre Bertha,

—Pues siendo como es Skeeter, me sorprende que no lo descubriese antes —reconoció Bill.

así que ya tiene titular para El Profeta de mañana. Le advertí a Bagman que debería haber mandado a alguien a buscarla hace mucho tiempo.

—Aunque no hubiese servido de mucho —murmuró Harry.

—El señor Crouch lleva semanas diciendo lo mismo —se apresuró a añadir Percy.

—Crouch tiene suerte de que Rita no se haya enterado de lo de Winky —dijo el señor Weasley irritado—. Habríamos tenido una semana entera de titulares a propósito de que encontraran a su elfina doméstica con la varita con la que se invocó la Marca Tenebrosa.

—No quiero ni imaginármelo —gimió el señor Weasley. Ni siquiera había vivido eso, y ya le estaba doliendo la cabeza.

—Creía que todos estábamos de acuerdo en que esa elfina, aunque sea una irresponsable, no fue quien convocó la Marca —replicó Percy, molesto.

—¡Si te interesa mi opinión, el señor Crouch tiene mucha suerte de que en El Profeta nadie sepa lo mal que trata a los elfos! —dijo enfadada Hermione.

—Dudo que El Profeta se interese mucho en eso —dijo Daphne.

—¡Mira por dónde! —repuso Percy—. Hermione, un funcionario de alto rango del Ministerio como es el señor Crouch merece una inquebrantable obediencia por parte de su servicio.

—¡Por parte de su esclava, querrás decir! —contestó Hermione, elevando estridentemente la voz—. Porque a Winky no le pagaba, ¿verdad?

—Ya sé que eso, técnicamente, no es cierto —exclamó Hermione, antes de que alguien dijese algo.

—¡Creo que será mejor que subáis todos a repasar vuestro equipaje! —dijo la señora Weasley, terminando con la discusión—. ¡Vamos, todos, ahora mismo...!

—Buen movimiento —susurró Arthur a Molly. Estaba bastante seguro que lo último que quería oír era a Hermione y a Percy discutiendo.

Harry guardó su equipo de mantenimiento de escobas voladoras, se echó al hombro la Saeta de Fuego y subió la escalera con Ron. La lluvia sonaba aún más fuerte en la parte superior de la casa, acompañada del ulular del viento, por no mencionar los esporádicos aullidos del espíritu que habitaba en la buhardilla. Pigwidgeon comenzó a gorjear y zumbar por la jaula cuando ellos entraron. La vista de los baúles a medio hacer parecía haberlo excitado.

—Échale unas chucherías lechuciles —dijo Ron, tirándole un paquete a Harry—. Puede que eso lo mantenga callado.

—Bueno, normalmente lo hace —dijo Ron.

Harry metió las chucherías por entre las barras de la jaula de Pigwidgeon y volvió a su baúl. La jaula de Hedwig estaba al lado, aún vacía.

—Ya ha pasado más de una semana —comentó Harry, mirando la percha desocupada de Hedwig—. No crees que hayan atrapado a Sirius, ¿verdad, Ron?

—Imposible. Habría salido en la portada de El Profeta —dijo Alice.

—No, porque habría salido en El Profeta —contestó Ron—. El Ministerio estaría muy interesado en demostrar que son capaces de coger a alguien, ¿no te parece?

—Últimamente el Ministerio esta teniendo muy mala racha con eso, ¿no creéis? —dijo Holly—. Se les escapa la persona que conjuró la Marca Tenebrosa, los mortífagos que estaban atacando el campamento consiguen huir sin ser atrapados, tío Sirius lleva más de un año en fuga... Desde luego no están teniendo suerte en ese aspecto.

—Sí, supongo...

—Mira, aquí tienes lo que mi madre te compró en el callejón Diagon. También te sacó un poco de oro de la cámara acorazada... y te ha lavado los calcetines.

—Los calcetines son lo más importante —asintió Fred con seriedad.

—¿Tú has lavado los tuyos, Freddie? —preguntó George.

—Por supuesto, Georgie.

Con cierto esfuerzo puso una pila de paquetes sobre la cama plegable de Harry, y dejó caer al lado la bolsa de dinero y el montón de calcetines. Harry empezó a desenvolver las compras. Además del Libro reglamentario de hechizos, curso 4º , de Miranda Goshawk, tenía un puñado de plumas nuevas, una docena de rollos de pergamino y recambios para su equipo de preparar pociones: ya casi no le quedaba espina de pez-león ni esencia de belladona.

Estaba metiendo en el caldero la ropa interior

—Buen sitio para guardar los calzoncillos —rió James, haciendo sonrojar a su hijo.

cuando Ron, detrás de él, lanzó un resoplido de disgusto.

—¿Qué se supone que es esto?

Había cogido algo que a Harry le pareció un largo vestido de terciopelo rojo oscuro. Alrededor del cuello tenía un volante de puntilla de aspecto enmohecido, y puños de puntilla a juego.

—¡Oh! Creo que ya sé lo que es —dijo la señora Weasley.

—¿Qué es, mamá? —preguntó Ron.

—Ahora verás.

Llamaron a la puerta y entró la señora Weasley con unas cuantas túnicas de Hogwarts recién lavadas y planchadas.

—Aquí tenéis —dijo, separándolas en dos montones—. Ahora lo que deberíais hacer es meterlas con cuidado para que no se arruguen.

—Mamá, me has puesto un vestido nuevo de Ginny —dijo Ron, enseñándoselo.

—Yo no me pongo eso ni muerta —dijo Ginny.***

—Por supuesto que no te he puesto ningún vestido de Ginny —negó la señora Weasley—. En vuestra lista de la escuela dice que este curso necesitaréis túnicas de gala... túnicas para las ocasiones solemnes.

—¡¿Túnica de gala?! —exclamó Ron con disgusto—. ¿Para qué quiero una túnica de gala?

—Para las ocasiones solemnes —respondió George.

—Tienes que estar bromeando —dijo Ron, sin dar crédito a lo que oía—. No voy a ponerme eso, de ninguna manera.

—¡Todo el mundo las lleva, Ron! —replicó enfadada la señora Weasley—. ¡Van todos así! ¡Tu padre también tiene una para las reuniones importantes!

—Aunque no es algo como eso —murmuró Arthur.

—Arthur, ¿decías algo?

—Nada, cielo mío.

—Antes voy desnudo que ponerme esto —declaró Ron, testarudo.

—Por Dios, Ron. No nos condenes a semejante horror —exclamó Fred, llevándose de forma dramática las manos a los ojos.

—Aunque hay alguien que si lo disfrutaría si Ron fuese desnudo —replicó George.

—Cierto. Esa señorita...

-... H.G estaría...

—... ¡más que feliz de ver a nuestro hermanito desnudo! —exclamaron ambos.

—¡Yo no estaría feliz de ver a Ron desnudo! —exclamó Hermione con las mejillas sonrojadas.

—¡Ah! Pero no estábamos hablando de ti, querida Hermione —replicó Fred.

—¿Y de quién, entonces? —preguntó Hermione con los brazos cruzados.

—De una tal Helena...

—... Greenway.

—¡Os lo acabáis de inventar!

—¡Que va!

—Bueno, puede ser... ¡Pero de verdad existe una Helena Greenway en nuestro curso!

Hermione suspiró, frotándose la sien con las manos.

—Por favor, Tonks. Continua.

No seas tonto —repuso la señora Weasley—. Tienes que tener una túnica de gala: ¡lo pone en la lista! Le compré otra a Harry... Enséñasela, Harry...

Con cierta inquietud, Harry abrió el último paquete que quedaba sobre la cama. Pero no era tan terrible como se había temido, al menos su túnica de gala no tenía puntillas; de hecho, era más o menos igual que las de diario del colegio, salvo que era verde botella en vez de negro.

—Esa esta bien —gruñó Ron.

—Pensé que haría juego con tus ojos, cielo —le dijo la señora Weasley cariñosamente.

—¡Bueno, ésa está bien! —exclamó Ron, molesto, observando la túnica de Harry—. ¿Por qué no me podías traer a mí una como ésa?

—Porque... bueno, la tuya la tuve que comprar de segunda mano, ¡y no había mucho donde escoger! —explicó la señora Weasley, sonrojándose.

—Tenía que habérmelo imaginado —murmuró Ron para él.

Harry apartó la vista. De buena gana les hubiera dado a los Weasley la mitad de lo que tenía en su cámara acorazada de Gringotts, pero sabía que jamás lo aceptarían.

—Por supuesto que no —negó rápidamente Arthur—. No podríamos aceptar eso.

—No pienso ponérmela nunca —repitió Ron testarudamente—. Nunca.

—Bien —contestó su madre con brusquedad —. Ve desnudo. Y, Harry, por favor, hazle una foto. No me vendrá mal reírme un rato.

—Mejor ponte la túnica —susurró Harry a Ron. Este abrió la boca, indignado—. O vamos a tener que dar muchas explicaciones de porque te estoy fotografiando desnudo...

Ron cerró los ojos.

—Bien mirado, la túnica tampoco parece tan mala.

Salió de la habitación dando un portazo. Oyeron detrás de ellos un curioso resoplido. Pigwidgeon se acababa de atragantar con una chuchería lechucil demasiado grande.

Ron suspiró.

—¿Por qué ninguna de mis cosas vale para nada? —dijo Ron furioso, cruzando la habitación para quitársela del pico.

—Fin del capítulo —anunció Tonks.


*: Esto me ha hecho mucha gracia. Si ya habéis leído los libros, sabréis a lo que me refiero.

**: Imagino que debe de ser algo así, teniendo en cuenta de que en el anterior libro Harry salía haciendo los deberes cuando estaba todavía en las vacaciones de verano.

***: Creo que es lo que decía Ginny en la película del Cáliz de Fuego, en el doblaje en España.


Hola gente.

Capítulo número doce subido. Un capítulo corto la verdad.

Bueno, como ya dije en otras series, he estado de vacaciones durante dos semanas y por eso apenas he podido hacer algo. Pero ya estoy de vuelta, así que podemos continuar con la serie (y con las demás).

La verdad es que no tengo mucho que comentar, así que espero que os haya gustado.

Se despide,

Grytherin18-Friki.

PD: ¿Cuál es la película favorita de la saga? ¿Y la que menos?