Disclaimer: Harry Potter es propiedad de J.K. Rowling
Respondiendo a las preguntas.
-Película favorita de la saga. El Prisionero de Azkaban. Aunque creo que es la película más corta de la saga (o en su defecto la segunda más corta) sencillamente me encantó todo el ambiente medio tétrico que se le fue dando. Y el efecto de los dementores que, al pasar por los sitios los congelaban, me pareció sublime y un buen añadido para estos seres.
-Película menos favorita de la saga. El Príncipe Mestizo. No sé si es por el hecho de que en la película parece que se centran mucho más en los amoríos adolescentes que en el misterio en si (cómo cuando Harry trata de encontrar las pruebas para demostrar que Malfoy es un mortífago o sobre el pasado de Voldemort), pero en muchos aspectos me decepciono bastante.
—Si no recuerdo mal, ahora es mi turno de leer —dijo Dumbledore mientras Tonks le entregaba el libro—. En el Expreso de Hogwarts.
—Parece que finalmente vamos a volver —comentó Neville.
—Sí. A ver si ahora nos enteramos de cuál es ese secreto que nos han estado ocultando —dijo Ron mirando a sus padres, hermanos mayores y profesores.
Cuando Harry despertó a la mañana siguiente, había en el ambiente una definida tristeza de fin de vacaciones.
—Volver a Hogwarts siempre es genial. Pero uno no puede evitar echar de menos su casa cuando esta ahí —comentó Bill de forma nostálgica.
Casi todos se mostraron de acuerdo con lo dicho por el mayor de los hermanos Weasley, sin embargo Harry no lo estaba. Él, aunque adoraba pasar el verano en casa de los Weasley, estaba ansioso para regresar a Hogwarts, ya que el chico consideraba que el fin de las vacaciones significaba volver a casa.
La copiosa lluvia seguía salpicando contra la ventana mientras él se ponía los vaqueros y una sudadera. Se vestirían con las túnicas del colegio cuando estuvieran en el expreso de Hogwarts.
—Eso es lo mejor —asintió Hermione—. Imaginaos las pintas que deberíamos llevar si fuésemos por el Londres muggle con las túnicas del colegio.
—Y más si tenemos en cuenta de que iríamos cargados con enormes baúles y con lechuzas en jaulas, algo no muy común para los muggles —añadió Ginny.
—¿Tú cómo sabes eso? —preguntó Ron con asombro.
Ginny rodó los ojos.
—Escucho, Ron.
Por fin él, Ron, Fred y George bajaron a desayunar. Acababan de llegar al rellano del primer piso, cuando la señora Weasley apareció al pie de la escalera, con expresión preocupada.
—¡Arthur! —llamó mirando hacia arriba —. ¡Arthur! ¡Mensaje urgente del Ministerio!
—¿Qué habrá ocurrido? —se preguntó el señor Weasley.
Harry se echó contra la pared cuando el señor Weasley pasó metiendo mucho ruido, con la túnica puesta del revés,
—A veces me sorprende tu capacidad para ver las cosas —dijo Ron—. Yo, seguramente, ni me habría dado cuenta de que papá llevaba la túnica al revés.
—Bueno, soy buscador. Tengo que ser capaz de percatarme del más mínimo detalle —dijo Harry.
y desapareció de la vista a toda prisa. Cuando Harry y los demás entraron en la cocina, vieron a la señora Weasley buscando nerviosa por los cajones del aparador («¡Tengo una pluma en algún sitio!», murmuraba) y al señor Weasley inclinado sobre el fuego, hablando con...
Para asegurarse de que los ojos no lo habían engañado, Harry los cerró con fuerza y volvió a abrirlos.
Algunos se quedaron confundidos, mientras que otros entendían que era lo que había sorprendido a Harry. Seguramente esa era la primera vez que veía en funcionamiento un Mensaje Flu.
Semejante a un enorme huevo con barba, la cabeza de Amos Diggory se encontraba en medio de las llamas.
—¿Qué? —exclamó Harry con asombro.
—Imagino que es tu primera vez viéndolo, ¿no? —Harry asintió ante las palabras de Charlie—. Pues bien, la Red Flu no solamente puede ser utilizada para transportar a una persona de un lugar a otro, sino que también puede ser utilizada para mandar una parte del cuerpo. Normalmente se suele mandar únicamente la cabeza, para así poder entregar mensajes a otras personas.
—¿Y eso no es peligroso? —preguntó Harry.
—No realmente —respondió su padre—. Aunque se mandé únicamente la cabeza, el cuerpo sigue conectado a ella. No sé como puede ser eso. Supongo que alguien que trabaje con temas relacionados con la Red Flu o el transporte mágico te puede responder.
Hablaba muy deprisa, completamente indiferente a las chispas que saltaban en torno a él y a las llamas que le lamían las orejas.
—... Los vecinos muggles oyeron explosiones y gritos, y por eso llamaron a esos... ¿cómo los llaman...?, «pocresías».
—¿Pocresías? —repitió Hermione—. Imagino que se refiere a policías.
Arthur, tienes que ir para allá...
—Me pregunto que habrá ocurrido —dijo Sally—. ¿Creéis que tendrá que ver con lo pasado en los Mundiales?
—Lo dudo —respondió Lily—. Si fuese así, no mandarían a Arthur, quién no es auror.
—¡Aquí está! —dijo sin aliento la señora Weasley, poniendo en las manos de su marido un pedazo de pergamino, un tarro de tinta y una pluma estrujada.
—... Ha sido una suerte que yo me enterara —continuó la cabeza del señor Diggory—. Tenía que ir temprano a la oficina para enviar un par de lechuzas, y encontré a todos los del Uso Indebido de la Magia que salían pitando. ¡Si Rita Skeeter se entera de esto, Arthur...!
Arthur soltó un gemido de frustración. No llevaban ni una cuarta parte del libro y ya se había hartado del nombre de Rita Skeeter. Esperaba que no volviese a salir en lo quedaba.
—¿Qué dice Ojoloco que sucedió? —preguntó el señor Weasley, que abrió el tarro de tinta, mojó la pluma y se dispuso a tomar notas.
Ante el nombre de alguien que estaba en la sala, las miradas se dirigieron hacia él. Moody, que hasta ahora había estado escuchando la lectura con la cabeza baja, la levantó y fijo en el libro.
La cabeza del señor Diggory puso cara de resignación.
—Dice que oyó a un intruso en el patio de su casa. Dice que se acercaba sigilosamente a la casa, pero que los contenedores de basura lo cogieron por sorpresa.
—¿Para que iba alguien a atacarle? —preguntó Jake.
—Me he ganado muchos enemigos a lo largo de mi vida, chico —gruñó Moody.
—¿Qué hicieron los contenedores de basura? —inquirió el señor Weasley, escribiendo como loco.
—Por lo que sé, hicieron un ruido espantoso y prendieron fuego a la basura por todas partes
Varios miraron a Ojoloco Moody.
—Es un sistema de defensa que tengo —se limitó a explicar.
Varios se mordieron la lengua para no decirle al ex-auror que no podía estar encantando propiedades públicas del mundo muggle.
—explicó el señor Diggory—. Parece ser que uno de los contenedores todavía andaba por allí cuando llegaron los «pocresías».
El señor Weasley emitió un gruñido.
—¿Y el intruso?
—Ya conoces a Ojoloco, Arthur —dijo la cabeza del señor Diggory, volviendo a poner cara de resignación—. ¿Que alguien se acercó al patio de su casa en medio de la noche? Me parece más probable que fuera un gato asustado que anduviera por allí cubierto de mondas de patata.
—Gente como tú es la primera en morir, Diggory —gruñó Moody.
Pero, si los del Uso Indebido de la Magia le echan las manos encima a Ojoloco, se la ha cargado. Piensa en su expediente. Tenemos que librarlo acusándolo de alguna cosa de poca monta, algo relacionado con tu departamento. ¿Qué tal lo de los contenedores que han explotado?
—Sería una buena precaución —repuso el señor Weasley, con el entrecejo fruncido y sin dejar de escribir a toda velocidad—. ¿Ojoloco no usó la varita? ¿No atacó realmente a nadie?
Los que conocían mejor a Moody emitieron un bufido de incredulidad. Si Moody escuchaba el más mínimo ruido sospechoso fuera de su casa, se pondría a lanzar maleficios como un loco.
—Apuesto a que saltó de la cama y comenzó a echar maleficios contra todo lo que tenía a su alcance desde la ventana
Varios asintieron, de acuerdo con las palabras del señor Diggory.
—contestó el señor Diggory—, pero les costará trabajo demostrarlo, porque no hay heridos.
—Al menos algo bueno ha ocurrido —murmuró Emily.
—Bien, ahora voy —dijo el señor Weasley. Se metió en el bolsillo el pergamino con las notas que había tomado y volvió a salir a toda prisa de la cocina.
La cabeza del señor Diggory miró a la señora Weasley.
—Lo siento, Molly —dijo, más calmado—, siento haber tenido que molestaros tan temprano... pero Arthur es el único que puede salvar a Ojoloco, y se supone que es hoy cuando Ojoloco empieza su nuevo trabajo.
—¿Nuevo trabajo? —repitió Tonks—. No sabía que habías encontrado nuevo trabajo.
—Oh, así es. Alastor será el nuevo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras —contestó Dumbledore con un brillo en los ojos.
Los que todavía asistían a Hogwarts se quedaron sorprendidos. ¿Alastor "Ojoloco" Moody, considerado como el mejor cazador de magos tenebrosos del último siglo, sería su nuevo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras? Incluso personas como Daphne y Astoria, a quienes dicha asignatura les era indiferente, estaban interesadas en eso.
¿Por qué tendría que escoger esta noche...?
—No importa, Amos —repuso la señora Weasley—. ¿Estás seguro de que no quieres una tostada o algo antes de irte?
—Eh... bueno —aceptó el señor Diggory.
La señora Weasley cogió una tostada untada con mantequilla de un montón que había en la mesa de la cocina, la puso en las tenacillas de la chimenea y se la acercó al señor Diggory a la boca.
—«Gacias» —masculló éste, y luego, haciendo «¡plin!», se desvaneció.
—Vaya. Ya suena sorprendente solamente leyéndolo. No puedo imaginármelo como sería verlo —dijo Harry.
Harry oyó al señor Weasley despidiéndose apresuradamente de Bill, Charlie, Percy y las chicas. A los cinco minutos volvió a entrar en la cocina, con la túnica ya bien puesta y pasándose un peine por el pelo.
—Será mejor que me dé prisa. Que tengáis un buen trimestre, muchachos —les dijo el señor Weasley a Harry, Ron y los gemelos, mientras se echaba una capa sobre los hombros y se disponía a desaparecerse—. Molly, ¿podrás llevar tú a los chicos a la estación de King's Cross?
—No creo que haya ningún problema —respondió Molly—. Además, como último recurso, siempre podemos recurrir a la Aparición conjunta. Aunque preferiría evitarlo lo máximo posible.
—Por supuesto que sí —asintió ella —. Tú cuida de Ojoloco, que ya nos arreglaremos.
Al desaparecerse el señor Weasley, Bill y Charlie entraron en la cocina.
—¿Alguien mencionó a Ojoloco? —preguntó Bill—. ¿Qué ha hecho ahora?
—Retrocede una líneas —dijo Fred.
—Dice que alguien intentó entrar anoche en su casa —explicó la señora Weasley.
—¿Ojoloco Moody? —dijo George pensativo, poniéndose mermelada de naranja en la tostada—. ¿No es el chiflado...?
George le mandó una mirada nerviosa a Moody, pero este le ignoro por completo. ¡La de veces que le habían llamado loco!
—Tu padre tiene muy alto concepto de él —le recordó severamente la señora Weasley.
—Sí, bueno, papá colecciona enchufes, ¿no?
—¿Y hay algún problema con ello? —preguntó Arthur, mirando a su hijo.
—Ninguno —se apresuró a responder Fred.
—comentó Fred en voz baja, cuando su madre salió de la cocina—. Dios los cría...
—Ningún problema —volvió a decir Fred.
—Moody fue un gran mago en su tiempo —afirmó Bill.
—Es un viejo amigo de Dumbledore, ¿verdad? —dijo Charlie.
—Pero Dumbledore tampoco es lo que se entiende por normal, ¿a que no? —repuso Fred
—Considero que la normalidad esta muy sobrevalorada —dijo Dumbledore—. Así que, en cierto modo, es un honor que no me considere normal, señor Weasley.
—Eh... ya —murmuró Fred, sin saber muy bien que decir.
—. Bueno, ya sé que es un genio y todo eso...
—¿Quién es Ojoloco? —preguntó Harry.
—Me sorprende que no lo preguntases antes —dijo Holly—. Sobre todo teniendo en cuenta de que Ojoloco no es un nombre muy común.
—Está retirado, pero antes trabajaba para el Ministerio —explicó Charlie —. Yo lo conocí un día en que papá me llevó con él al trabajo. Era un auror: uno de los mejores... un cazador de magos tenebrosos —añadió, viendo que Harry seguía sin entender—. La mitad de las celdas de Azkaban las ha llenado él.
—Increíble —silbó Will.
—Para todo joven auror, Ojoloco Moody es un gran referente —explicó Tonks.
Pero se creó un montón de enemigos... sobre todo familiares de los que atrapaba...
—Eso es algo habitual en la carrera de auror —dijo Moody—. Tenedlo en cuenta si decidís dedicaros a esto en el futuro.
y, según he oído, en su vejez se ha vuelto realmente paranoico. Ya no confía en nadie. Ve magos tenebrosos por todas partes.
—Hay que ser precavido en esa vida, Weasley —gruñó Moody.
—¿Precavido? Yo diría más bien paranoico —susurró Sirius a Remus y a James.
Bill y Charlie decidieron ir a despedirlos a todos a la estación de King's Cross, pero Percy, disculpándose de forma exagerada, dijo que no podía dejar de ir al trabajo.
—En estos momentos no puedo tomarme más tiempo libre —declaró—. Realmente el señor Crouch está empezando a confiar en mí.
—Sí, ¿y sabes una cosa, Percy? —le dijo George muy serio—. Creo que no tardará en aprenderse tu nombre.
Percy fulminó a George con la mirada, mientras el resto reía.
—Tienes razón, George —dijo Fred, seriamente—. Dentro de poco empezará a llamarle Weezly.
Las risas se incrementaron y, ahora, Percy fulminó a Fred con la mirada.
La señora Weasley tuvo que habérselas con el teléfono de la oficina de correos del pueblo para pedir tres taxis muggles ordinarios que los llevaran a Londres.
Los que habían vivido con muggles se miraron. Algo les decía que la cosa no sería fácil... para los taxistas.
—Arthur intentó que el Ministerio nos dejara unos coches —le susurró a Harry la señora Weasley en el jardín de delante de la casa, mientras observaban cómo los taxistas cargaban los baúles—. Pero no había ninguno libre...
—Normal. El año pasado fue porque yo, el infame Sirius Black, me había fugado de Azkaban para asesinar a mi ahijado —dijo Sirius.
Éstos no parecen estar muy contentos, ¿verdad?
Harry no quiso decirle a la señora Weasley que los taxistas muggles no acostumbraban transportar lechuzas nerviosas, y Pigwidgeon estaba armando un barullo inaguantable. Por otro lado, no se pusieron precisamente más contentos cuando unas cuantas bengalas fabulosas del doctor Filibuster, que prendían con la humedad, se cayeron inesperadamente del baúl de Fred al abrirse de golpe. Crookshanks se asustó con las bengalas, intentó subirse encima de uno de los taxistas, le clavó las uñas en la pierna, y éste se sobresaltó y gritó de dolor.
Aunque lo sentían por el pobre taxista, no pudieron evitar reír al imaginar la escena.
El viaje resultó muy incómodo porque iban apretujados en la parte de atrás con los baúles. Crookshanks tardó un rato en recobrarse del susto de las bengalas, y para cuando entraron en Londres, Harry, Ron y Hermione estaban llenos de arañazos.
La chica se sonrojo y les mandó una mirada de disculpa a sus mejores amigos.
Fue un alivio llegar a King's Cross, aunque la lluvia caía aún con más fuerza y se calaron completamente al cruzar la transitada calle en dirección a la estación, llevando los baúles.
Harry ya estaba acostumbrado a entrar en el andén nueve y tres cuartos. No había más que caminar recto a través de la barrera, aparentemente sólida, que separaba los andenes nueve y diez. La única dificultad radicaba en hacerlo con disimulo, para no atraer la atención de los muggles.
—Bueno, también esta el hecho de que un elfo doméstico te selle la entrada en las narices —añadió George con amabilidad.
Aquel día lo hicieron por grupos. Harry, Ron y Hermione (los más llamativos, porque llevaban con ellos a Pigwidgeon y a Crookshanks) pasaron primero: caminaron como quien no quiere la cosa hacia la barrera, hablando entre ellos despreocupadamente, y la atravesaron... y, al hacerlo, el andén nueve y tres cuartos se materializó allí mismo.
—Hombre, sería raro que se materializase otra cosa —dijo Holly.
El expreso de Hogwarts, una reluciente máquina de vapor de color escarlata, ya estaba allí, y de él salían nubes de vapor que convertían en oscuros fantasmas a los numerosos alumnos de Hogwarts y sus padres, reunidos en el andén. Harry, Ron y Hermione entraron a coger sitio, y no tardaron en colocar su equipaje en un compartimiento de uno de los vagones centrales del tren. Luego bajaron de un salto otra vez al andén para despedirse de la señora Weasley, de Bill y de Charlie.
—Quizá nos veamos antes de lo que piensas —le dijo Charlie a Ginny, sonriendo, al abrazarla.
—¿A que te refieres? —preguntó Ginny con curiosidad.
—Secreto —respondió su hermano.
—¿Por qué? —le preguntó Fred muy interesado.
—Ya lo verás —respondió Charlie—. Pero no le digas a Percy que he dicho nada, porque, al fin y al cabo, es «información reservada, hasta que el ministro juzgue conveniente levantar el secreto».
—Pues entonces no digas nada —gruñó Percy.
—Sí, ya me gustaría volver a Hogwarts este año —dijo Bill con las manos en los bolsillos, mirando el tren con nostalgia.
—¿Por qué? —quiso saber George, intrigado.
—Porque vais a tener un curso muy interesante —explicó Bill, parpadeando—. Quizá podría hacer algo de tiempo para ir y echar un vistazo a...
—Señor Weasley —gruñó McGonagall.
—¿A qué?
Pero en aquel momento sonó el silbato, y la señora Weasley los empujó hacia las puertas de los vagones.
—Gracias por la estancia, señora Weasley —dijo Hermione después de que subieron al tren, cerraron la puerta y se asomaron por la ventanilla para hablar con ella.
—Sí, gracias por todo, señora Weasley —dijo Harry.
—El placer ha sido mío —respondió ella—. Os invitaría también a pasar la Navidad, pero... bueno, creo que preferiréis quedaros en Hogwarts, porque con una cosa y otra...
—Usted también no —suspiró McGonagall.
Molly se sonrojo.
—Lo siento... Pero parece tan divertido dejarlos con la intriga.
—¡Mamá! —se quejaron Ron, Ginny, Fred y George.
—¡Mamá! —exclamó Ron enfadado—. ¿Qué es lo que sabéis vosotros tres y nosotros no?
—Esta noche os enteraréis, espero —contestó la señora Weasley con una sonrisa—. Va a ser muy emocionante... Desde luego, estoy muy contenta de que hayan cambiado las normas...
—¿Qué normas? —preguntaron, Harry, Ron, Will, Fred, George, Regulus, Jake, Sirius y James.
Aunque habían algunos que, gracias al título del libro, tenían una idea de lo que se estaba cociendo en Hogwarts.
—¿Qué normas? —preguntaron Harry, Ron, Fred y George al mismo tiempo.
Varios rieron por la coincidencia.
—Seguro que el profesor Dumbledore os lo explicará... Ahora, portaos bien, ¿eh? ¿Eh, Fred? ¿Eh, George?
—¿Por qué nosotros? —se quejaron los gemelos Weasley.
El tren pitó muy fuerte y comenzó a moverse.
—¡Decidnos lo que va a ocurrir en Hogwarts! —gritó Fred desde la ventanilla cuando ya las figuras de la señora Weasley, de Bill y de Charlie empezaban a alejarse—. ¿Qué normas van a cambiar?
—Dudo que vayan a responderte —dijo Emily.
Pero la señora Weasley tan sólo sonreía y les decía adiós con la mano. Antes de que el tren hubiera doblado la curva, ella, Bill y Charlie habían desaparecido.
—Y al final no nos enteramos de que normas habían cambiado —dijo Ron.
—Seguramente nos enteremos en el banquete de bienvenida —le consoló Harry.
Harry, Ron y Hermione regresaron a su compartimiento. La espesa lluvia salpicaba en las ventanillas con tal fuerza que apenas distinguían nada del exterior. Ron abrió su baúl, sacó la túnica de gala de color rojo oscuro y tapó con ella la jaula de Pigwidgeon para amortiguar sus gorjeos.
—Pues al final la túnica va a servir para algo y todo —murmuró Ron.
—Bagman nos quería contar lo que va a pasar en Hogwarts —dijo malhumorado, sentándose al lado de Harry. En los Mundiales, ¿recordáis?
—¡Ah, sí! —asintió Neville.
Pero mi propia madre es incapaz de decir nada. Me pregunto qué...
—Porque no es algo que necesitéis saber —dijo Percy.
—¡Shh! —susurró de pronto Hermione, poniéndose un dedo en los labios y señalando el compartimiento de al lado.
Los tres aguzaron el oído y, a través de la puerta entreabierta, oyeron una voz familiar que arrastraba las palabras.
Casi todos hicieron una mueca de disgusto.
—¿Por qué tenemos que toparnos con ese gilipollas tan pronto? —gruñó Ron.
—... Mi padre pensó en enviarme a Durmstrang antes que a Hogwarts.
—Lástima que se quedase en Hogwarts —suspiró Daphne con decepción—. Me habría librado de un imbécil como compañero de clase.
Conoce al director. Bueno, ya sabéis lo que piensa de Dumbledore: a ése le gustan demasiado los sangre sucia... En cambio, en el Instituto Durmstrang no admiten a ese tipo de chusma. Pero a mi madre no le gustaba la idea de que yo fuera al colegio tan lejos.
Las madres de la sala, podían entender a la señora Malfoy.
Mi padre dice que en Durmstrang tienen una actitud mucho más sensata que en Hogwarts con respecto a las Artes Oscuras. Los alumnos de Durmstrang las aprenden de verdad: no tienen únicamente esa porquería de defensa contra ellas que tenemos nosotros...
—Creo que a Malfoy se le olvida el detalle de que las Artes Oscuras también pueden ser usadas en su contra —señaló Luna.
—Y no solo eso. Si no se emplean con precaución, muchas de las Artes Oscuras se pueden volver contra su usuario —añadió Reg.
Hermione se levantó, fue de puntillas hasta la puerta del compartimiento y la cerró para no dejar pasar la voz de Malfoy.
—Así que piensa que Durmstrang le hubiera venido mejor, ¿no? —dijo irritada—. Me gustaría que lo hubieran llevado allí. De esa forma no tendríamos que aguantarlo.
—No sé puede tener todo lo bueno en esta vida, Granger —dijo Daphne con resignación.
—¿Durmstrang es otra escuela de magia? —preguntó Harry.
—Hombre, por lo que ha dicho Malfoy, yo diría que sí —respondió Ginny con burla
—Muy graciosa, señorita Weasley —replicó Harry.
Ginny le sacó la lengua y Harry tuvo el repentino impulso de abrazarla para atraerla hacia él.
—Sí —dijo Hermione desdeñosamente—, y tiene una reputación horrible. Según el libro Evaluación de la educación mágica en Europa, da muchísima importancia a las Artes Oscuras.
—Me sorprende que una escuela enseñé magia oscura como si nada —dijo Holly.
—Creo que he oído algo sobre ella —comentó Ron pensativamente—. ¿Dónde está? ¿En qué país?
—Ni idea. Seguramente por el norte de Europa —respondió Bill.
—Bueno, nadie lo sabe —repuso Hermione, levantando las cejas.
—Eh... ¿por qué no? —se extrañó Harry.
—Hay una rivalidad tradicional entre todas las escuelas de magia. A las de Durmstrang y Beauxbatons les gusta ocultar su paradero para que nadie les pueda robar los secretos —explicó Hermione con naturalidad.
—¡Vamos! ¡No digas tonterías! —exclamó Ron, riéndose—. Durmstrang tiene que tener el mismo tamaño que Hogwarts. ¿Cómo van a esconder un castillo enorme?
—¡Pero si también Hogwarts está oculto!
—¿De verdad? —preguntó Ron con asombro—. Primera noticia.
—Pues creo que era un poco evidente que el castillo estaba oculto, Ron —dijo Ginny mientras sacudía su cabeza.
—dijo Hermione, sorprendida—. Eso lo sabe todo el mundo. Bueno, todo el mundo que ha leído Historia de Hogwarts.
—No falta que hace. Cualquiera se puede imaginar que la escuela esta oculta —dijo Astoria.
Ron y Harry se sonrojaron. Ninguno de los dos se había parado nunca a pensar que la escuela podría estar oculta a ojos de los intrusos.
—Sólo tú, entonces —repuso Ron—. A ver, ¿cómo han hecho para esconder un lugar como Hogwarts?
—Está embrujado —explicó Hermione—. Si un muggle lo mira, lo único que ve son unas ruinas viejas con un letrero en la entrada donde dice: «MUY PELIGROSO. PROHIBIDA LA ENTRADA.»
—Y no es lo único que tiene —explicó Dumbledore—. También esta encantada para que sea inmarcable con un mapa. Además de que el pueblo posee fuerzas defensas anti-muggles y, tanto el bosque, como el lago, como las montañas son fuertes disuasorios para todo aquel que traté de llegar a Hogwarts a través de ellos.
—¿Así que Durmstrang también parece unas ruinas para el que no pertenece al colegio?
—Posiblemente —contestó Hermione
—Creo que recordar que no —murmuró el director de forma pensativa—. Sin embargo tiene otras defensas.
, encogiéndose de hombros—. O podrían haberle puesto repelentes mágicos de muggles, como al estadio de los Mundiales. Y, para impedir que los magos ajenos lo encuentren, pueden haberlo convertido en inmarcable.
—¿Cómo?
—Bueno, se puede encantar un edificio para que sea imposible marcarlo en ningún mapa.
—Eh... si tú lo dices... —admitió Harry.
—No lo digo yo. Lo dicen los libros —dijo Hermione.
—Pero creo que Durmstrang tiene que estar en algún país del norte —dijo Hermione reflexionando—. En algún lugar muy frío, porque llevan capas de piel como parte del uniforme.
—¡Ah, piensa en las posibilidades que eso tiene! —dijo Ron en tono soñador—. Habría sido tan fácil tirar a Malfoy a un glaciar y que pareciera un accidente...
—Creo recordar que Durmstrang tiene encantamientos por si algo así sucede, señor Weasley —apuntó Dumbledore.
—Oh, ya —respondió Ron, sonrojado.
Es una pena que su madre no quisiera que fuera allí.
La lluvia se hacía aún más y más intensa conforme el tren avanzaba hacia el norte.
—Pues menuda gracia para los de primero si tienen que atravesar el lago con ese tiempo —murmuró Eli. Fue una suerte que, en su día, apenas había llovido.
El cielo estaba tan oscuro y las ventanillas tan empañadas que hacia el mediodía ya habían encendido las luces. El carrito de la comida llegó traqueteando por el pasillo, y Harry compró un montón de pasteles en forma de caldero para compartirlos con los demás.
—¿Cuanto tiempo llevará trabajando esa mujer ahí? —preguntó James de repente.
—¿A qué viene eso? —le preguntó Remus, confundido.
—Nada. Solamente que ya estaba en nuestra época y, por entonces, no era exactamente una jovencita —respondió James.
—¿Os imagináis que, la señora del carrito, es en realidad un demonio? —dijo Sirius.
La idea era tan absurda, que todos se echaron a reír.
—Con garras afiladas —asintió Remus.
—Y sus empanadas de calabaza son en realidad explosivos disfrazados —añadió James, con lágrimas en los ojos.
Varios de sus amigos pasaron a verlos a lo largo de la tarde, incluidos Seamus Finnigan, Dean Thomas y Neville Longbottom, un muchacho de cara redonda extraordinariamente olvidadizo que había sido criado por su abuela, una bruja de armas tomar.
—Dímelo a mí —dijo Frank Longbottom, mientras palmeaba el hombro de Neville—. Sé lo duro que es vivir con ella.
Seamus aún llevaba la escarapela del equipo de Irlanda. Parecía que iba perdiendo su magia poco a poco, y, aunque todavía gritaba «¡Troy!, ¡Mullet!, ¡Moran!», lo hacía de forma muy débil y como fatigada.
—Sonará raro. Pero siento pena por la escarapela —dijo Holly.
Después de una media hora, Hermione, harta de la inacabable charla sobre quidditch,
—Me sorprende que aguantases media hora —dijo Lily.
se puso a leer una vez más el Libro reglamentario de hechizos, curso 4º, e intentó aprenderse el encantamiento convocador.
Mientras revivían el partido de la Copa, Neville los escuchaba con envidia.
—Mi abuela no quiso ir —dijo con evidente tristeza—. No compró entradas.
Frank gruñó por lo bajo. Vale que a su madre no le interesase el quidditch, pero al menos podría haber comprado entradas para que su único nieto vaya al partido. Aunque, con lo ocurrido esa noche, casi era mejor que Neville se hubiese quedado en casa.
Supongo que habrá sido impresionante...
—Lo fue —asintió Ron —. Mira esto, Neville...
Revolvió un poco en su baúl, que estaba colgado en la rejilla portaequipajes, y sacó la miniatura de Viktor Krum.
—¡Vaya! —exclamó Neville maravillado, cuando Ron le puso a Krum en su rechoncha mano.
—Lo vimos muy de cerca, además —añadió Ron—, porque estuvimos en la tribuna principal...
—Por primera y última vez en tu vida, Weasley.
—Ya tardaba en aparecer para incordiar —dijo Will, entornando los ojos.
Draco Malfoy acababa de aparecer en el vano de la puerta. Detrás de él estaban Crabbe y Goyle, sus enormes y brutos amigotes,
—¿Por qué se siguen refiriendo como amigos? Es evidente que hacen más la función de sirvientes o guardaespaldas —dijo Emily.
que parecían haber crecido durante el verano al menos treinta centímetros cada uno.
—Cada vez estoy más convencido que esos dos son medio trols o algo así —dijo George.
Evidentemente, habían escuchado la conversación a través de la puerta del compartimiento, que Dean y Seamus habían dejado entreabierta.
Al menos esta vez no fue culpa mía pensó Neville.
—No recuerdo haberte invitado a entrar, Malfoy —dijo Harry fríamente.
—Pero si te invitó a que te vayas —añadió.
—¿Qué es eso, Weasley? —preguntó Malfoy, señalando la jaula de Pigwidgeon. Una manga de la túnica de gala de Ron colgaba de ella balanceándose con el movimiento del tren, y el puño de puntilla de aspecto enmohecido resaltaba a la vista.
—¡Oh, no! —se lamentó Ron. De todas las personas posibles para ver esa túnica, que fuese justamente Malfoy...
Ron intentó ocultar la túnica, pero Malfoy fue más rápido: agarró la manga y tiró de ella.
—Al final ser buscador le va a servir y todo —dijo Charlie.
—¡Mirad esto! —exclamó Malfoy, encantado, enseñándoles a Crabbe y a Goyle la túnica de Ron—. No pensarás ponerte esto, ¿eh, Weasley? Fueron el último grito hacia mil ochocientos noventa...
Ron apretó fuertemente sus puños. Si Malfoy se le ponía delante justo ahora, estaría más que encantado en saludarle "cariñosamente" con sus nudillos.
Hermione, intuyendo los pensamientos de Ron, tomó su mano derecha entre sus manos y se la apretó. Al instante el pelirrojo se relajó un poco.
—¡Vete a la mierda, Malfoy! —le dijo Ron, con la cara del mismo color que su túnica cuando la desprendió de las manos de Malfoy.
Malfoy se rió de él sonoramente. Crabbe y Goyle se reían también como tontos.
—¿Así que vas a participar, Weasley?
—Cómo no. Él ya lo sabe —dijo Bill, poniendo los ojos en blanco.
¿Vas a intentar dar un poco de gloria a tu apellido? También hay dinero, por supuesto. Si ganaras podrías comprarte una túnica decente...
—¿De qué hablas? —preguntó Ron bruscamente.
—¿Vas a participar? —repitió Malfoy—. Supongo que tú sí, Potter. Nunca dejas pasar una oportunidad de exhibirte, ¿a que no?
—Me huele a que alguien tiene celos —dijo Neville.
—Malfoy, una de dos: explica de qué estás hablando o vete —dijo Hermione con irritación, por encima de su Libro reglamentario de hechizos, curso 4º.
Una alegre sonrisa se dibujó en el pálido rostro de Malfoy.
—Me parece que no ha sido buena idea decirle eso —dijo Luna.
—Ya me doy cuenta —asintió Hermione.
—¡No me digas que no lo sabéis! —dijo muy contento—. ¿Tú tienes en el Ministerio a un padre y un hermano, y no lo sabes? Dios mío, mi padre me lo dijo hace un siglo... Cornelius Fudge se lo explicó. Pero, claro, mi padre siempre se ha relacionado con la gente más importante del Ministerio... Quizá el rango de tu padre es demasiado bajo para enterarse, Weasley. Sí... seguramente no tratan de cosas importantes con tu padre delante.
Ron respiró hondo.
—¿Cuanto hay que pagar para romperle la cara a Malfoy? —preguntó Ron.
—Ni idea. Pero si hace falta te ayudo —respondió Harry.
Volviendo a reírse, Malfoy hizo una seña a Crabbe y Goyle, y los tres se fueron. Ron se puso en pie y cerró la puerta corredera del compartimiento dando un portazo tan fuerte que el cristal se hizo añicos.
—¡Ronald! —le regañó Molly.
Ron se encogió de hombros.
—Aún no he hecho nada —dijo.
—¡Ron! —le reprochó Hermione. Luego sacó la varita y susurró—: ¡Reparo! —Los trozos se recompusieron en una plancha de cristal y regresaron a la puerta.
—Bueno... ha hecho como que lo sabe todo y nosotros no —dijo Ron con un gruñido—
—Sabes que de verdad lo sabe, ¿no? —señaló Hermione.
Ron suspiró y asintió. Por supuesto que se daba cuenta que Malfoy no se estaba marcando un farol.
. «Mi padre siempre se ha relacionado con la gente más importante del Ministerio...» Mi padre podría haber ascendido cuando hubiera querido... pero prefiere quedarse donde está...
Arthur no dijo nada. En realidad su hijo tenía razón, pero ya que Arthur amaba todo lo relacionado con lo muggle, ya estaba bien allí dónde estaba.
—Por supuesto que sí —asintió Hermione en voz baja—. No dejes que te moleste Malfoy, Ron.
—¿Él? ¿Molestarme a mí? ¡Como si pudiera! —replicó Ron cogiendo uno de los pasteles en forma de caldero que quedaban y aplastándolo.
Nadie dijo nada, pero era evidente que Ron estaba muy molesto por el encuentro con Malfoy.
A Ron no se le pasó el malhumor durante el resto del viaje. No habló gran cosa mientras se cambiaban para ponerse la túnica del colegio, y seguía sonrojado cuando por fin el expreso de Hogwarts aminoró la marcha hasta detenerse en la estación de Hogsmeade, que estaba completa mente oscura.
—Menuda forma de acabar el viaje —murmuró Ron.
Cuando se abrieron las puertas del tren, se oyó el retumbar de un trueno.
Hermione envolvió a Crookshanks con su capa, y Ron dejó la túnica de gala cubriendo la jaula de Pigwidgeon antes de salir del tren bajo el aguacero con la cabeza inclinada y los ojos casi cerrados. La lluvia caía entonces tan rápida y abundantemente que era como si les estuvieran vaciando sobre la cabeza un cubo tras otro de agua helada.
—Definitivamente no me gustaría estar en el lugar de los de primer año —dijo Jake, mostrándose de acuerdo con las palabras que Eli había dicho antes.
—¡Eh, Hagrid! —gritó Harry, viendo una enorme silueta al final del andén.
—¿Todo bien, Harry? —le gritó Hagrid, saludándolo con la mano—. ¡Nos veremos en el banquete si no nos ahogamos antes!
—Seguro que eso ha tranquilizado a los de primer año —dijo Sally, poniendo los ojos en blanco.
Era tradición que los de primero llegaran al castillo de Hogwarts atravesando el lago con Hagrid.
—¡Ah, no me haría gracia pasar el lago con este tiempo! —aseguró Hermione enfáticamente, tiritando mientras avanzaban muy despacio por el oscuro andén con el resto del alumnado.
Cien carruajes sin caballo los esperaban a la salida de la estación.
—En realidad si tienen caballo —se limitó a decir Luna con una pequeña sonrisa.
Harry, Ron, Hermione y Neville subieron agradecidos a uno de ellos, la puerta se cerró con un golpe seco y un momento después, con una fuerte sacudida, la larga procesión de carruajes traqueteaba por el camino que llevaba al castillo de Hogwarts.
—Fin del capítulo —anunció el director.
Hola gente,
Y capítulo décimo tercero subido. Otro capítulo corto, pero bueno así es en los libros.
Hay algunos que me habéis preguntado porque Snape no esta aquí. ¿Habéis visto como es Snape en los libros? Sí lo meto aquí, lo más probable es que varios (James y Sirius a la cabeza) vayan a reventarle la cabeza.
En fin, espero que os haya gustado.
Se despide,
Grytherin18-Friki
PD: ¿Casa favorita de Hogwarts?
