Disclaimer: Harry Potter es propiedad de J.K Rowling


Respondiendo a las preguntas:

-Sé que sonará cliché y que no voy a mojarme mucho, pero es que sinceramente me encantan las cuatro casas. Supongo que tengo más cariño hacia Ravenclaw y Hufflepuff que a las otras dos.

Por cierto, parece que Slytherin es la favorita por aquí, XD


Sabiendo que era su turno para leer, Neville cogió el libro y lo abrió por el nuevo capítulo.

—El Torneo de los Tres Magos.

—¿El Torneo de...? ¡Oh! ¡Ahora recuerdo que era el Cáliz de Fuego! —exclamó James.

—¿Qué es, papi? —preguntó Holly.

—Pues es...

—Seguro que se responde en los libros, cielo —respondió Lily.

—¿Sabes? Empiezo a sentir la frustración de no saber algo que otros sí saben —susurró Ron a Harry.

—Pero si eso lo vivimos constantemente con Hermione —señaló Harry.

—Pues también es verdad —admitió Ron.

Los carruajes atravesaron las verjas flanqueadas por estatuas de cerdos alados y luego avanzaron por el ancho camino, balanceándose peligrosamente bajo lo que empezaba a convertirse en un temporal.

—Ni por todo el oro del mundo aceptaría ir ese año por el lago —dijo Ginny—. Los de primero lo deben estar pasando fatal.

Pegando la cara a la ventanilla, Harry podía ver cada vez más próximo el castillo de Hogwarts, con sus numerosos ventanales iluminados reluciendo borrosamente tras la cortina de lluvia. Los rayos cruzaban el cielo cuando su carruaje se detuvo ante la gran puerta principal de roble, que se alzaba al final de una breve escalinata de piedra. Los que ocupaban los carruajes de delante corrían ya subiendo los escalones para entrar en el castillo. También Harry, Ron, Hermione y Neville saltaron del carruaje y subieron la escalinata a toda prisa, y sólo levantaron la vista cuando se hallaron a cubierto en el interior del cavernoso vestíbulo alumbrado con antorchas y ante la majestuosa escalinata de mármol.

—¡Caray! —exclamó Ron, sacudiendo la cabeza y poniéndolo todo perdido de agua—. Si esto sigue así, va a terminar desbordándose el lago. Estoy empapado... ¡Ay!

—¿Qué sucede ahora? —preguntó Tonks, perpleja. Por mucho que pensase, no se le ocurría una situación dónde, el primer día y en el vestíbulo, alguien pudiese recibir el más mínimo daño.

Un globo grande y rojo lleno de agua acababa de estallarle en la cabeza.

—Peeves —dijeron varios.

Empapado y farfullando de indignación, Ron se tambaleó y cayó contra Harry, al mismo tiempo que un segundo globo lleno de agua caía... rozando a Hermione. Estalló a los pies de Harry, y una ola de agua fría le mojó las zapatillas y los calcetines. A su alrededor, todos chillaban y se empujaban en un intento de huir de la línea de fuego.

—Imagino que no debe ser nada agradable, después de haberte mojado con la lluvia, que te empapen en el interior de un sitio.

Harry levantó la vista y vio, flotando a seis o siete metros por encima de ellos, a Peeves el poltergeist, una especie de hombrecillo con un gorro lleno de cascabeles y pajarita de color naranja. Su cara, ancha y maliciosa, estaba contraída por la concentración mientras se preparaba para apuntar a un nuevo blanco.

—¡PEEVES! —gritó una voz irritada—. ¡Peeves, baja aquí AHORA MISMO!

—¡Minnie! —exclamaron James y Sirius.

McGonagall les dirigió una mirada irritada.

Acababa de entrar apresuradamente desde el Gran Comedor la profesora McGonagall, que era la subdirectora del colegio y jefa de la casa de Gryffindor. Resbaló en el suelo mojado y para no caerse tuvo que agarrarse al cuello de Hermione.

Hermione, aunque ahora no había ocurrido nada, no pudo evitar poner una mueca.

—Discúlpeme, señorita Granger.

—No importa. Ha sido por culpa de Peeves, no suya, profesora —dijo Hermione.

—¡Ay! Perdón, señorita Granger.

—¡No se preocupe, profesora! —dijo Hermione jadeando y frotándose la garganta.

—¡Peeves, baja aquí AHORA! —bramó la profesora McGonagall, enderezando su sombrero puntiagudo y mirando hacia arriba a través de sus gafas de montura cuadrada.

—¡No estoy haciendo nada! —contestó Peeves entre risas, arrojando un nuevo globo lleno de agua a varias chicas de quinto, que gritaron y corrieron hacia el Gran Comedor—. ¿No estaban ya mojadas? ¡Esto son unos chorritos! ¡Ja, ja, ja!

—Bueno... tiene algo de lógica —dijo Will, un poco dubitativo.

—Aunque la tenga, no es algo que deba estar haciendo —replicó su hermana.

—Y dirigió otro globo hacia un grupo de segundo curso que acababa de llegar.

—¡Llamaré al director! —gritó la profesora McGonagall—. Te lo advierto, Peeves...

—Bueno, Peeves respeta a Dumbledore. Así que no es tan mala idea —dijo Sally.

—Y, en el fondo, la mayoría de broma de Peeves le hacen gracia —añadió Sirius.

Peeves le sacó la lengua, tiró al aire los últimos globos y salió zumbando escaleras arriba, riéndose como loco.

—¡Bueno, vamos! —ordenó bruscamente la profesora McGonagall a la empapada multitud—. ¡Vamos, al Gran Comedor!

—Cómo no se sequen pronto, el banquete va a ser muy divertido —dijo Charlie.

—Quién va a encontrar divertido esto, será la señora Pomfrey —señaló Bill con una mueca—. Como la gente empiece a resfriarse, va a tener mucho ajetreo los primeros días.

Harry, Ron y Hermione cruzaron el vestíbulo entre resbalones y atravesaron la puerta doble de la derecha. Ron murmuraba entre dientes y se apartaba el pelo empapado de la cara.

—Grandísima manera de empezar el curso —gruñó Ron.

El Gran Comedor, decorado para el banquete de comienzo de curso, tenía un aspecto tan espléndido como de costumbre, y el ambiente era mucho más cálido que en el vestíbulo. A la luz de cientos y cientos de velas que flotaban en el aire sobre las mesas, brillaban las copas y los platos de oro. Las cuatro largas mesas pertenecientes a las casas estaban abarrotadas de alumnos que charlaban. Al fondo del comedor, los profesores se hallaban sentados a lo largo de uno de los lados de la quinta mesa, de cara a sus alumnos. Harry, Ron y Hermione pasaron por delante de los estudiantes de Slytherin, de Ravenclaw y de Hufflepuff, y se sentaron con los demás de la casa de Gryffindor al otro lado del Gran Comedor, junto a Nick Casi Decapitado, el fantasma de Gryffindor. De color blanco perla y semitransparente, Nick llevaba puesto aquella noche su acostumbrado jubón, con una gorguera especialmente ancha que servía al doble propósito de dar a su atuendo un tono festivo y de asegurar que la cabeza se tambaleara lo menos posible sobre su cuello, parcialmente cortado.

—Buenas noches —dijo sonriéndoles.

—Dudo que estén de acuerdo con eso —dijo Emily.

—¡Pues cómo serán las malas! —contestó Harry,

—Pregúntaselo a los de primero que llegarán en un rato —dijo Ginny.

quitándose las zapatillas y vaciándolas de agua—. Espero que se den prisa con la Ceremonia de Selección, porque me muero de hambre.

La selección de los nuevos estudiantes para asignarles casa tenía lugar al comienzo de cada curso; pero, por una infortunada combinación de circunstancias, Harry no había estado presente más que en la suya propia. Estaba deseando que empezara.

—Sinceramente, creo que eres la única persona en todo Hogwarts que llega a cuarto año, y solamente ha estado en su propia selección —dijo James un poco sorprendido.

—Ni que yo planease quedarme fuera —murmuró Harry.

Justo en aquel momento, una voz entrecortada y muy excitada lo llamó:

—¡Eh, Harry!

Era Colin Creevey, un alumno de tercero para quien Harry era una especie de héroe.

—No solo para Colin. Para muchos, sobre todo más jóvenes que tú, eres un héroe —dijo Ginny.

—Ginny es un claro ejemplo de ello —señaló Bill.

Sus hermanos rieron mientras Ginny se sonrojaba y lo miraba con furia.

—Hola, Colin —respondió con poco entusiasmo.

—Podías ser un poco más educado con el pobre niño, Harry —le regañó Lily.

—Pero es que... —James y Sirius le mandaron una mirada de advertencia a Harry, indicándole que no continuará—. Lo entiendo, mamá. Procu... Seré más amable con él.

—Harry, ¿a que no sabes qué? ¿A que no sabes qué, Harry? ¡Mi hermano empieza este año! ¡Mi hermano Dennis!

—¡Ay, Dios! Colin 2.0 se acerca —dijo Will.

—¿Cuál es la diferencia entre ambos? —preguntó Regulus.

Will se encogió de hombros.

—¿Qué uno va con una cámara de fotos y el otro con una cámara de vídeo?

—Las cámaras de vídeo no funcionan en Hogwarts —señaló Hermione—. Hay demasiada magia en el ambiente.

—Pues entonces no sé... —Will lo pensó un momento—. A lo mejor Dennis escupe ácido o algo así.

—¿Es qué ahora los hermanos Creevey son mutantes o qué? —dijo Emily—. ¿Acaso en el futuro formarán parte de los X-Men?

—Pues eso sería un giro de la trama interesante —dijo Will.

—¿Se puede saber de qué estáis hablando? —preguntó Ron confundido, al igual que muchos en la sala.

—Oh... larga historia —dijo Emily, sonrojándose levemente.

—Eh... bien —dijo Harry.

—¡Está muy nervioso! —explicó Colin, casi saltando arriba y abajo en su asiento

—Creo que el nervioso es otro —dijo Jake.

—. ¡Espero que le toque Gryffindor! Cruza los dedos, ¿eh, Harry?

—Sí, vale —accedió Harry. Se volvió hacia Hermione, Ron y Nick Casi Decapitado—. Los hermanos generalmente van a la misma casa, ¿no?

—No tiene porque ser así —dijo Reg—. Sirius y yo somos hermanos. Pero él fue a Gryffindor y yo a Slytherin.

comentó. Estaba pensando en los Weasley, que eran siete y todos habían pertenecido a Gryffindor.

—No, no necesariamente —repuso Hermione—. La hermana gemela de Parvati Patil está en Ravenclaw, y son idénticas. Uno pensaría que tenían que estar juntas, ¿verdad?

—Cierto —respondió Harry, recordando a las gemelas Patil. Se extrañaba un poco que no lo hubiese recordado antes. Pero, teniendo en cuenta de que apenas había hablado con Parvati Patil y que prácticamente no había hablado nada con Padma Patil, en esos tres cursos, tampoco era tan extraño.

Harry miró la mesa de los profesores.

—No, no Harry —dijo Fred.

—Sabemos que el rasgo distintivo de los Ravenclaw es la inteligencia, pero no se encuentran en esa mesa —añadió George.

Había más asientos vacíos de lo normal. Hagrid, por supuesto, estaría todavía abriéndose camino entre las aguas del lago con los de primero; la profesora McGonagall se encontraría seguramente supervisando el secado del suelo del vestíbulo; pero había además otra silla vacía, y no caía en la cuenta de quién era el que faltaba.

—Snape, Snape, Snape, Snape... —murmuró James con los dedos cruzados.

—¿Dónde está el nuevo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras?

—¡Joder! —exclamó James.

—¡James! —le advirtió Lily.

—¿Cómo es que todavía no estás ahí? —le preguntó Tonks a Moody.

—¿Cómo quieres que sepa algo que todavía no ha ocurrido, Nymphadora? —replicó Moody, haciendo que el cabello de la chica cambiase a un rojo intenso.

—No me llames Nymphadora —susurró entre dientes.

preguntó Hermione, que también miraba la mesa de los profesores.

Nunca habían tenido un profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras que les durara más de un curso.

—Me sorprende que aún no hayan tratado de quitar Defensa Contra las Artes Oscuras del plan de estudio. ¡Si ningún profesor dura más de un curso! —exclamó Bill.

—De tratar, lo han tratado de hacer —dijo Dumbledore—. Por suerte Defensa Contra las Artes Oscuras es una asignatura importante. Por eso continua estando... aunque cada vez cuesta encontrar candidatos.

Con diferencia, el favorito de Harry había sido el profesor Lupin,

Remus le sonrió agradecido a Harry.

que había dimitido el curso anterior. Recorrió la mesa de los profesores de un lado a otro: no había ninguna cara nueva.

—¡A lo mejor no han podido encontrar a nadie! —dijo Hermione, preocupada.

—En caso de ser así, señorita Granger, el profesorado se turnaría para ir dando las clases —explicó McGonagall.

Harry examinó la mesa con más cuidado. El pequeño profesor Flitwick, que impartía la clase de Encantamientos, estaba sentado sobre un montón de cojines al lado de la profesora Sprout, que daba Herbología y que en aquellos momentos llevaba el sombrero ladeado sobre el lacio pelo gris. Hablaba con la profesora Sinistra, del departamento de Astronomía. Al otro lado de la profesora Sinistra estaba Snape, el profesor de Pociones, con su pelo grasiento, su nariz ganchuda y su rostro cetrino

Jake frunció un poco el ceño.

: la persona a la que Harry tenía menos aprecio en todo Hogwarts . El odio que Harry le profesaba sólo tenía parangón con el que Snape le profesaba a él, un odio que, si eso era posible, parecía haberse intensificado el curso anterior después de que Harry había ayudado a huir a Sirius ante las desmesuradas narices de Snape. Snape y Sirius habían sido enemigos desde que eran estudiantes.

—Más de tu padre que mío —dijo Sirius.

Al otro lado de Snape había un asiento vacío que Harry adivinó que era el de la profesora McGonagall. En la silla contigua, y en el mismo centro de la mesa, estaba sentado el profesor Dumbledore, el director: su abundante pelo plateado y su barba brillaban a la luz de las velas, y llevaba una majestuosa túnica de color verde oscuro bordada con multitud de estrellas y lunas. Dumbledore había juntado las yemas de sus largos y delgados dedos, y apoyaba sobre ellas la barbilla, mirando al techo a través de sus gafas de media luna, como absorto en sus pensamientos. Harry también miró al techo.

Por obra de encantamiento, tenía exactamente el mismo aspecto que el cielo al aire libre, aunque nunca lo había visto tan tormentoso como aquel día. Se arremolinaban en él nubes de color negro y morado. Después de oír un trueno, Harry vio que un rayo dibujaba en el techo su forma ahorquillada.

—¡Que se den prisa! —gimió Ron, al lado de Harry —. Podría comerme un hipogrifo.

—Siempre te puedes comer un hipogrifo —señaló Ginny.

No había acabado de pronunciar aquellas palabras cuando se abrieron las puertas del Gran Comedor y se hizo el silencio. La profesora McGonagall marchaba a la cabeza de una larga fila de alumnos de primero, a los que condujo hasta la parte superior del Gran Comedor, donde se encontraba la mesa de los profesores. Si Harry, Ron y Hermione estaban mojados, lo suyo no era nada comparado con lo de aquellos alumnos de primero. Más que haber navegado por el lago, parecían haberlo pasado a nado.

—Definitivamente como me alegro haber ido un año antes —murmuró Astoria.

Temblando con una mezcla de frío y nervios, llegaron a la altura de la mesa de los profesores y se detuvieron, puestos en fila, de cara al resto de los estudiantes. El único que no temblaba era el más pequeño de todos,

—Mirad, el más pequeño y el más valiente —dijo Sirius—. Ese acaba en Gryffindor fijo.

un muchacho con pelo castaño desvaído que iba envuelto en lo que Harry reconoció como el abrigo de piel de topo de Hagrid.

—O simplemente no se veía su temblor por estar tapado con el abrigo de Hagrid —señaló Reg.

El abrigo le venía tan grande que parecía que estuviera envuelto en un toldo de piel negra. Su carita salía del cuello del abrigo con aspecto de estar al borde de la conmoción.

—Sí. Definitiva,ente esta igual de nervioso que el resto —dijo Daphne.

Cuando se puso en fila con sus aterrorizados compañeros, vio a Colin Creevey,

—Seguro que debe de ser Dennis —dijo Charlie.

levantó dos veces el pulgar para darle a entender que todo iba bien y dijo sin hablar, moviendo sólo los labios: «¡Me he caído en el lago!» Parecía completamente encantado por el accidente.

—No hay nada mejor que caerte dentro de un lago oscuro, en medio de una tormenta —dijo Bill, mientras rodaba los ojos.

Entonces la profesora McGonagall colocó un taburete de cuatro patas en el suelo ante los alumnos de primero y, encima de él, un sombrero extremadamente viejo, sucio y remendado. Los de primero lo miraban, y también el resto de la concurrencia. Por un momento el Gran Comedor quedó en silencio. Entonces se abrió un desgarrón que el sombrero tenía cerca del ala, formando como una boca, y empezó a cantar:

—Ahora que lo pienso, Harry ha tenido mucha suerte —dijo Fred—. Se ha ahorrado dos años de escuchar al sombrero cantar... o lo que sea que haga.

—Cierto —asintió George—. Por cierto, Neville.

—¿Qué? —preguntó Neville.

—Tienes que cantar.

—No pienso cantar.

Hace tal vez mil años

que me cortaron, ahormaron y cosieron.

Había entonces cuatro magos de fama

de los que la memoria los nombres guarda:

El valeroso Gryffindor venía del páramo;

el bello Ravenclaw, de la cañada;

del ancho valle procedía Hufflepuff el suave,

y el astuto Slytherin, de los pantanos.

Compartían un deseo, una esperanza, un sueño:

idearon de común acuerdo un atrevido plan

para educar jóvenes brujos.

Así nació Hogwarts, este colegio.

Luego, cada uno de aquellos fundadores

fundó una casa diferente

para los diferentes caracteres

de su alumnado.

Para Gryffindor

el valor era lo mejor;

para Ravenclaw,

la inteligencia.

Para Hufflepuff el mayor mérito de todos

era romperse los codos.

El ambicioso Slytherin

ambicionaba alumnos ambiciosos.

Estando aún con vida

se repartieron a cuantos venían,

pero ¿cómo seguir escogiendo

cuando estuvieran muertos y en el hoyo?

Fue Gryffindor el que halló el modo:

me levantó de su cabeza,

y los cuatro en mí metieron algo de su sesera

para que pudiera elegiros a la primera.

Ahora ponme sobre las orejas.

No me equivoco nunca:

echaré un vistazo a tu mente

¡y te diré de qué casa eres!

En el Gran Comedor resonaron los aplausos cuando terminó de cantar el Sombrero Seleccionador.

—No es la misma canción de cuando nos seleccionó a nosotros —comentó Harry, aplaudiendo con los demás.

—Canta una canción diferente cada año —dijo Ron—. Tiene que ser bastante aburrido ser un sombrero, ¿verdad? Supongo que se pasa el año preparando la próxima canción.

—Pues también podía pasarse el año mejorando sus dotes de cantante —murmuró George.

La profesora McGonagall desplegaba en aquel momento un rollo grande de pergamino.

—Cuando pronuncie vuestro nombre, os pondréis el sombrero y os sentaréis en el taburete —dijo dirigiéndose a los de primero—. Cuando el sombrero anuncie la casa a la que pertenecéis, iréis a sentaros en la mesa correspondiente. ¡Ackerley, Stewart!

Un chico se adelantó, temblando claramente de la cabeza a los pies, cogió el Sombrero Seleccionador, se lo puso y se sentó en el taburete.

Todos se inclinaron hacia delante, esperando saber cuál sería la primera casa en recibir un nuevo miembro.

—¡Ravenclaw! —gritó el sombrero.

—¡Somos los primeros! —exclamó Holly feliz, mientras Luna sonreía.

Stewart Ackerley se quitó el sombrero y se fue a toda prisa a sentarse a la mesa de Ravenclaw, donde todos lo estaban aplaudiendo. Harry vislumbró a Cho, la buscadora del equipo de Ravenclaw, que recibía con vítores a Stewart Ackerley cuando se sentaba. Durante un fugaz segundo, Harry sintió el extraño deseo de ponerse en la mesa de Ravenclaw.

Harry sintió sus mejillas enrojece mientras otros reían.

—¡Baddock, Malcolm!

—¡Slytherin!

—Nos llevamos al segundo —dijo Jake.

La mesa del otro extremo del Gran Comedor estalló en vítores. Harry vio cómo aplaudía Malfoy cuando Malcolm se reunió con ellos. Harry se preguntó si Baddock tendría idea de que la casa de Slytherin había dado más brujos y brujas oscuros que ninguna otra.

—Si es Slytherin, mínimo uno de sus padres es mago —dijo James—. Así que seguramente lo sabe.

Fred y George silbaron a Malcolm Baddock mientras tomaba asiento.

—Fred. George —les regañó Molly.

—¡Branstone, Eleanor!

—¡Hufflepuff!

—Y el bronce es para Hufflepuff —exclamó Tonks—. Los de Gryffindor habéis salido perdiendo esta vez.

—¿Desde cuando era una competencia? —preguntó Remus, confundido.

—Pues... Mejor seguimos leyendo.

—¡Cauldwell, Owen!

—¡Hufflepuff!

—Y ya van dos —sonrió Eli.

—¡Creevey, Dennis!

Algunos se inclinaron hacia delante para prestar más atención. Dado que el nombre de Dennis Creevey había salido antes, tenían ganas de saber en que casa acabaría.

El pequeño Dennis Creevey avanzó tambaleándose y se tropezó en el abrigo de piel de topo de Hagrid al mismo tiempo que éste entraba furtivamente en el Gran Comedor a través de una puerta situada detrás de la mesa de los profesores. Unas dos veces más alto que un hombre normal y al menos tres veces más ancho, Hagrid, con su pelo y barba largos, enmarañados y renegridos, daba un poco de miedo. Una impresión falsa, porque Harry, Ron y Hermione sabían que Hagrid tenía un carácter muy bondadoso.

—Cierto. Pasa algo similar con sus mascotas. Las que tienen el nombre más feroz, son muy tranquilas y, las que tienen un nombre normal, son las más peligrosas —dijo Charlie.

Les guiñó un ojo mientras se sentaba a un extremo de la mesa de los profesores, y observó cómo Dennis Creevey se ponía el Sombrero Seleccionador. El desgarrón que tenía el sombrero cerca del ala volvió a abrirse.

—¡Gryffindor! —gritó el sombrero.

Los de Gryffindor, que eran la mayoría, celebraron la entrada de su primer miembro en esa selección.

Harry aplaudió con los demás de la mesa de Gryffindor cuando Dennis Creevey, sonriendo de oreja a oreja, se quitó el sombrero, lo volvió a poner en el taburete y se fue a toda prisa junto a su hermano.

—¡Colin, me caí! —dijo de modo estridente, arrojándose sobre un asiento vacío—. ¡Fue estupendo!

—¿Cómo va a ser estupendo haberse caído? —preguntó Emily, confusa.

¡Y algo en el agua me agarró y me devolvió a la barca!

—Debe de haber sido el calamar gigante —supuso James.

—¡Tranqui! —repuso Colin, igual de emocionado—. ¡Seguramente fue el calamar gigante, Dennis!

—¡Vaya! —exclamó Dennis, como si nadie, en sus mejores sueños, pudiera imaginar nada mejor que ser arrojado al agua en un lago de varias brazas de profundidad, por una sacudida en medio de una tormenta, y ser sacado por un monstruo marino gigante.

—Hombre, de seguro que no es algo que te imaginarías que sucediera —dijo Bill—. Sobre todo si vienes de familia muggle.

—¡Dennis!, ¡Dennis!, ¿has visto a ese chico? ¡El del pelo negro y las gafas!, ¿lo ves? ¿A que no sabes quién es, Dennis?

Harry, aunque en ese momento no estaba ahí, se aplastó el flequillo contra la frente para ocultar su cicatriz.

Harry miró para otro lado y se fijó en el Sombrero Seleccionador, que en aquel instante estaba ocupándose de Emma Dobbs.

La Selección continuó.

Algunos se deprimieron, ya que querían saber que casa conseguiría más miembros ese año.

Chicos y chicas con diferente grado de nerviosismo en la cara se iban acercando, uno a uno, al taburete de cuatro patas, y la fila se acortaba considerablemente conforme la profesora McGonagall iba llamando a los de la ele.

—¡Vamos, deprisa! —gimió Ron, frotándose el estómago.

—Lo mejor de todo es que seguro que se ha hinchado a golosinas en el tren —dijo Ginny.

—Eso no es cierto —replicó Ron.

Harry y Hermione se miraron, pensando ambos lo mismo: Ginny tenía razón.

—¡Por favor, Ron! Recordad que la Selección es mucho más importante que la comida —le dijo Nick Casi Decapitado, al tiempo que «¡Madley, Laura!» se convertía en miembro de la casa Hufflepuff.

—Y un nuevo miembro —sonrió Tonks.

—Por supuesto que sí, si uno está muerto —replicó Ron.

—En serio, Ronald. Tienes la variedad emocional de una cucharilla de té —dijo Hermione, poniendo los ojos en blanco.

—¡Pero si no he dicho nada! —exclamó Ron.

—Neville, sigue por favor —le pidió Harry al chico.

Neville, que ya conocía las peleas de esos dos, asintió.

—Espero que la remesa de este año en nuestra casa cumpla con los requisitos —comentó Nick Casi Decapitado, aplaudiendo cuando «¡McDonald, Natalie!»* llegó a la mesa de Gryffindor—. No queremos romper nuestra racha ganadora, ¿verdad?

—Cierto. Slytherin ya nos supero seis años consecutivos —dijo Sirius—. No podemos ser menos.

—Tú ni siquiera estás ahí —replicó Remus.

Gryffindor había ganado los tres últimos años la Copa de las Casas.

—¡Pritchard, Graham!

—¡Slytherin!

—¡Quirke, Orla!

—¡Ravenclaw!

Por último, con «¡Whitby, Kevin!» («¡Hufflepuff!»), la Ceremonia de Selección dio fin. La profesora McGonagall cogió el sombrero y el taburete, y se los llevó.

—Se acerca el momento —dijo Ron cogiendo el tenedor y el cuchillo y mirando ansioso su plato de oro.

—De verdad, Ron. A veces pienso que tienes una pierna hueca o algo así —dijo Hermione.

—¿Una pierna hueca? Yo creía que en su estómago había un agujero negro —señaló Harry.

El profesor Dumbledore se puso en pie. Sonreía a los alumnos, con los brazos abiertos en señal de bienvenida.

—Tengo sólo dos palabras que deciros —dijo, y su profunda voz resonó en el Gran Comedor—: ¡A comer!

—¡Obedecemos! —dijeron Harry y Ron en voz alta

—No, espera. Si al final va a resultar que Harry también tiene una pierna hueca —dijo Ginny.

, cuando por arte de magia las fuentes vacías de repente aparecieron llenas ante sus ojos.

Nick Casi Decapitado observó con tristeza cómo Harry, Ron y Hermione llenaban sus platos de comida.

—¡Ah, «esdo esdá me'or»! —dijo Ron con la boca llena de puré de patata.

—No hables con la boca llena, Ron —le regañó Molly.

—Tenéis suerte de que haya banquete esta noche, ¿sabéis? —comentó Nick Casi Decapitado—. Antes ha habido problemas en las cocinas.

—¿«Po' gué»? ¿«Gué ha sudedido»? —dijo Harry, con la boca llena con un buen pedazo de carne.

—Tú tampoco hables con la boca llena, Harry —regañó Lily.

—Peeves, por supuesto —explicó Nick Casi Decapitado, moviendo la cabeza, que se tambaleó peligrosamente. Se subió la gorguera un poco más—. Lo de siempre, ya sabéis. Quería asistir al banquete. Bueno, eso está completamente fuera de cuestión, porque ya lo conocéis: es un salvaje; no puede ver un plato de comida y resistir el impulso de tirárselo a alguien.

—El bueno de Peeves —dijo James, como si el hecho de tirar un plato lleno de comida a alguien fuese de lo más normal.

Celebramos una reunión de fantasmas al respecto. El Fraile Gordo estaba a favor de darle una oportunidad, pero el Barón Sanguinario... más prudentemente, a mí parecer... se mantuvo en sus trece.

—La decisión del Barón Sanguinario me parece la más correcta. Peeves es el típico que le das la mano y te agarra el brazo entero —dijo Sally.

El Barón Sanguinario era el fantasma de Slytherin, un espectro adusto y mudo cubierto de manchas de sangre de color plateado. Era el único en Hogwarts que realmente podía controlar a Peeves.

—Bueno, es que no hay muchas ganas de ir contra el Barón Sanguinario —repuso Reg con un ligero temblor.

—Sí, ya nos pareció que Peeves estaba enfadado por algo —dijo Ron en tono enigmático

—No mientas, Ron —dijo Bill—. Hasta que Nick no habló, no te diste cuenta de que Peeves estaba enfadado.

—. ¿Qué hizo en las cocinas?

—¡Oh, lo normal! —respondió Nick Casi Decapitado, encogiéndose de hombros—. Alborotó y rompió cosas. Tiró cazuelas y sartenes. Lo encontraron nadando en la sopa.

—Lo típico —dijeron Fred y George a la vez.

A los elfos domésticos los sacó de sus casillas...

Esto no va a acabar bien pensaron varios, mirando a Hermione.

¡Paf!

Hermione acababa de golpear su copa de oro. El zumo de calabaza se extendió rápidamente por el mantel, manchando de color naranja una amplia superficie de tela blanca, pero Hermione no se inmutó por ello.

—¿Aquí hay elfos domésticos? —preguntó, clavando los ojos en Nick Casi Decapitado, con expresión horrorizada—. ¿Aquí, en Hogwarts?

—¿Y qué te esperabas? ¿Qué fuese Filch el que limpiase y cocinase para todos? —preguntó Daphne, poniendo los ojos en blanco.

—Si llega a ser Filch el que cocina, la mayoría habríamos muerto envenenados el primer día —dijo Astoria.

—Claro que sí —respondió Nick Casi Decapitado, sorprendido de la reacción de Hermione—. Más que en ninguna otra morada de Gran Bretaña, según creo. Más de un centenar.

—¡Si nunca he visto a ninguno! —objetó Hermione.

—Es que se pasan la mayor parte del tiempo en las cocinas —aclaró James.

—Bueno, apenas abandonan las cocinas durante el día —explicó Nick Casi Decapitado—. Salen de noche para hacer un poco de limpieza... atender los fuegos y esas cosas... Se supone que no hay que verlos. Eso es lo que distingue a un buen elfo doméstico, que nadie sabe que está ahí.

Hermione lo miró fijamente.

—Pero ¿les pagan? —preguntó—. Tendrán vacaciones, ¿no? Y... y baja por enfermedad, pensiones y todo eso...

—Bueno, ciertamente he tratado de convencer a los elfos domésticos de la escuela para que tuviesen una paga, vacaciones y bajas por enfermedad —dijo Dumbledore—. Pero todos ellos me lo han rechazado. Y tampoco es plan para forzarles ha aceptar algo que no quieren.

Nick Casi Decapitado se rió con tantas ganas que la gorguera se le bajó y la cabeza se le cayó y quedó colgando del fantasmal trocito de piel y músculo que todavía la mantenía unida al cuello.

—¿Baja por enfermedad y pensiones? —repitió, volviendo a colocarse la cabeza sobre los hombros y asegurándola de nuevo con la gorguera—. ¡Los elfos domésticos no quieren bajas por enfermedad ni pensiones!

Dímelo a mí pensó Dumbledore. En su día, cuando se lo propuso a los elfos domésticos con una sonrisa, estos le miraron como si el director acabase de anunciar que había matado a toda su familia... con una sonrisa.

Hermione miró su plato, que estaba casi intacto, puso encima el tenedor y el cuchillo y lo apartó de ella.

Sabíamos que esto iba a acabar mal.

—«Vabos, He'mione» —dijo Ron, rociando sin querer a Harry con trocitos de budín de Yorkshire

Harry hizo una mueca.

—. «Va'a», lo siento, «Adry». —Tragó—. ¡Porque te mueras de hambre no vas a conseguir que tengan bajas por enfermedad!

—Esclavitud —dijo Hermione, respirando con dificultad —. Así es como se hizo esta cena: mediante la esclavitud.

—Granger, no me obligues a repetirte otra vez lo mismo —suspiró Daphne.

—Ya sé, ya sé —dijo Hermione—. Seguramente querré investigar un poco. Y en cuanto lea lo que me has dicho...

—Pues buena suerte —dijo Astoria—. Apenas hay libros que traten el tema de los elfos domésticos. Así que, en realidad, hay muchos magos que creen que los elfos domésticos son esclavos en vez de sirvientes.

Y se negó a probar otro bocado.

La lluvia seguía golpeando con fuerza contra los altos y oscuros ventanales. Otro trueno hizo vibrar los cristales, y el techo que reproducía la tormenta del cielo brilló iluminando la vajilla de oro justo en el momento en que los restos del plato principal se desvanecieron y fueron reemplazados, en un abrir y cerrar de ojos, por los postres.

—¡Tarta de melaza, Hermione! —dijo Ron, dándosela a oler—. ¡Bollo de pasas, mira! ¡Y pastel de chocolate!

Pero la mirada que le dirigió Hermione le recordó hasta tal punto la de la profesora McGonagall que prefirió desistir.

—Minnie, eres contagiosa —dijo James.

—No me llames así, señor Potter —gruñó McGonagall.

Una vez terminados los postres y cuando los últimos restos desaparecieron de los platos, dejándolos completamente limpios, Albus Dumbledore volvió a levantarse. El rumor de charla que llenaba el Gran Comedor se apagó al instante, y sólo se oyó el silbido del viento y la lluvia golpeando contra los ventanales.

—¡Bien! —dijo Dumbledore, sonriéndoles a todos—. Ahora que todos estamos bien comidos —Hermione lanzó un gruñido

—Más bien casi todos —susurró Fred a George.

—, debo una vez más rogar vuestra atención mientras os comunico algunas noticias: El señor Filch, el conserje, me ha pedido que os comunique que la lista de objetos prohibidos en el castillo se ha visto incrementada este año con la inclusión de los yoyós gritadores, los discos voladores con colmillos y los bumeranes-porrazo. La lista completa comprende ya cuatrocientos treinta y siete artículos,

—¿Pero existen tantos? —preguntó Holly con asombro.

según creo, y puede consultarse en la conserjería del señor Filch.

La boca de Dumbledore se crispó un poco en las comisuras. Luego prosiguió:

—Como cada año, quiero recordaros que el bosque que está dentro de los terrenos del castillo es una zona prohibida a los estudiantes

—Y creo que algunos deberían prestar atención a esa norma —dijo Lily, mirando a su hijo.

. Otro tanto ocurre con el pueblo de Hogsmeade para todos los alumnos de primero y de segundo. Es también mi doloroso deber informaros de que la Copa de quidditch no se celebrará este curso.

—¡¿Qué?! —exclamaron algunos.

—Bueno, con el Torneo de los Tres Magos, no me extraña —dijo Remus.

—¿Pero que es el Torneo de los Tres Magos? —preguntó Ron.

—Seguro que se explica ahora —respondió Percy.

—¿Qué? —dijo Harry sin aliento.

Miró a Fred y George, sus compañeros del equipo de quidditch. Le decían algo a Dumbledore moviendo sólo los labios, sin pronunciar ningún sonido, porque debían de estar demasiado consternados para poder hablar.

—Pues si nosotros estamos así, imagínate si Wood llega a estar allí —dijo Fred.

—Cae fulminado al suelo —dijo George.

—Para levantarse poco después y montar un motín —añadió Harry.

Dumbledore continuó:

—Esto se debe a un acontecimiento que dará comienzo en octubre y continuará a lo largo de todo el curso, acaparando una gran parte del tiempo y la energía de los profesores... pero estoy seguro de que lo disfrutaréis enormemente. Tengo el gran placer de anunciar que este año en Hogwarts...

Pero en aquel momento se escuchó un trueno ensordecedor, y las puertas del Gran Comedor se abrieron de golpe.

—Pues vaya casualidad que justo se vaya ha hacer un gran anuncio. las puertas se abran de golpe —dijo Will.

En la puerta apareció un hombre que se apoyaba en un largo bastón y se cubría con una capa negra de viaje.

—Supongo que debes de ser tú —dijo Tonks, mirando a Moody.

—Dado que soy el único que falta ahí, es de suponer que soy yo —gruñó Moody.

Todas las cabezas en el Gran Comedor se volvieron para observar al extraño, repentinamente iluminado por el resplandor de un rayo que apareció en el techo. Se bajó la capucha, sacudió una larga melena en parte cana y en parte negra, y caminó hacia la mesa de los profesores.

Un sordo golpe repitió cada uno de sus pasos por el Gran Comedor. Llegó a un extremo de la mesa de los profesores, se volvió a la derecha y fue cojeando pesadamente hacia Dumbledore. El resplandor de otro rayo cruzó el techo. Hermione ahogó un grito.

Aquella luz había destacado el rostro del hombre,

Algunos miraron a Moody de reojo. Uno de los motivos por el cuál no le prestaban demasiada atención, era justamente por su rostro.

y era un rostro muy diferente de cuantos Harry había visto en su vida. Parecía como labrado en un trozo de madera desgastado por el tiempo y la lluvia, por alguien que no tenía la más leve idea de cómo eran los rostros humanos y que además no era nada habilidoso con el formón. Cada centímetro de la piel parecía una cicatriz. La boca era como un tajo en diagonal, y le faltaba un buen trozo de la nariz.

—Esas cicatrices no son más que recuerdos de mis tiempos como auror —dijo Moody.

Pero lo que lo hacía verdaderamente terrorífico eran los ojos.

Uno de ellos era pequeño, oscuro y brillante. El otro era grande, redondo como una moneda y de un azul vívido, eléctrico. El ojo azul se movía sin cesar, sin parpadear, girando para arriba y para abajo, a un lado y a otro, completamente independiente del ojo normal... y luego se quedaba en blanco, como si mirara al interior de la cabeza.

En ese momento el ojo de Moody hizo lo mismo. Varios lo miraron con una mezcla de fascinación y repelús.

El extraño llegó hasta Dumbledore. Le tendió una mano tan toscamente formada como su cara, y Dumbledore la estrechó, murmurando palabras que Harry no consiguió oír. Parecía estar haciéndole preguntas al extraño, que negaba con la cabeza, sin sonreír, y contestaba en voz muy baja. Dumbledore asintió también con la cabeza, y le mostró al hombre el asiento vacío que había a su derecha.

El extraño se sentó y sacudió su melena para apartarse el pelo entrecano de la cara; se acercó un plato de salchichas, lo levantó hacia lo que le quedaba de nariz y lo olfateó. A continuación se sacó del bolsillo una pequeña navaja, pinchó una de las salchichas por un extremo y empezó a comérsela. Su ojo normal estaba fijo en la salchicha, pero el azul seguía yendo de un lado para otro sin descanso, moviéndose en su cuenca, fijándose tanto en el Gran Comedor como en los estudiantes.

La sala se quedó en silencio. La mayoría pensaba lo mismo, que ese momento iba a ser una experiencia inolvidable para todos los estudiantes.

—Os presento a nuestro nuevo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras —dijo animadamente Dumbledore, ante el silencio de la sala—: el profesor Moody.

Lo normal era que los nuevos profesores fueran recibidos con saludos y aplausos, pero nadie aplaudió aquella vez, ni entre los profesores ni entre los alumnos, a excepción de Hagrid y Dumbledore. El sonido de las palmadas de ambos resonó tan tristemente en medio del silencio que enseguida dejaron de aplaudir. Todos los demás parecían demasiado impresionados por la extraña apariencia de Moody para hacer algo más que mirarlo.

Moody no dijo ni hizo nada. Ya estaba acostumbrado a ese trato cuando se topaba por primera vez con alguien.

—¿Moody? —le susurró Harry a Ron—. ¿Ojoloco Moody? ¿Al que tu padre ha ido a ayudar esta mañana?

—Debe de ser él —dijo Ron, con voz asustada.

—¿Qué le ha ocurrido? —preguntó Hermione en voz muy baja—. ¿Qué le pasó en la cara?

—No lo sé —contestó Ron, observando a Moody con fascinación.

—Perfecto, Ron. Un segundo estás asustado y al siguiente fascinado —dijo Ginny, poniendo los ojos en blanco.

Moody parecía totalmente indiferente a aquella fría acogida. Haciendo caso omiso de la jarra de zumo de calabaza que tenía delante, volvió a buscar en su capa de viaje, sacó una petaca y echó un largo trago de su contenido.

Tonks puso los ojos en blanco.

—Sabes que no te va a pasar nada por beber de la jarra, ¿cierto?

—Con ese pensamiento, morirás pronto —gruñó Moody.

Al levantar el brazo para beber, la capa se alzó unos centímetros del suelo, y Harry vio, por debajo de la mesa, parte de una pata de palo que terminaba en una garra.

Dumbledore volvió a aclararse la garganta.

—Como iba diciendo —siguió, sonriendo a la multitud de estudiantes que tenía delante, todos los cuales seguían con la mirada fija en Ojoloco Moody—, tenemos el honor de ser la sede de un emocionante evento que tendrá lugar durante los próximos meses, un evento que no se celebraba desde hacía más de un siglo. Es un gran placer para mí informaros de que este curso tendrá lugar en Hogwarts el Torneo de los tres magos.

—¡Se está quedando con nosotros! —dijo Fred en voz alta.

Repentinamente se quebró la tensión que se había apoderado del Gran Comedor desde la entrada de Moody. Casi todo el mundo se rió, y Dumbledore también, como apreciando la intervención de Fred.

—No me estoy quedando con nadie, señor Weasley —repuso—, aunque, hablando de quedarse con la gente, este verano me han contado un chiste buenísimo sobre un trol, una bruja y un leprechaun que entran en un bar...

La profesora McGonagall se aclaró ruidosamente la garganta.

—Eh... bueno, quizá no sea éste el momento más apropiado...

—¡No! ¡Queremos saber cuál es el chiste! —exclamaron varios.

—En el descanso puedo contarlo —dijo Dumbledore.

No, es verdad —dijo Dumbledore—. ¿Dónde estaba? ¡Ah, sí, el Torneo de los tres magos! Bien, algunos de vosotros seguramente no sabéis qué es el Torneo de los tres magos, así que espero que los que lo saben me perdonen por dar una breve explicación mientras piensan en otra cosa. El Torneo de los tres magos tuvo su origen hace unos setecientos años, y fue creado como una competición amistosa entre las tres escuelas de magia más importantes de Europa: Hogwarts, Beauxbatons y Durmstrang. Para representar a cada una de estas escuelas se elegía un campeón, y los tres campeones participaban en tres pruebas mágicas. Las escuelas se turnaban para ser la sede del Torneo, que tenía lugar cada cinco años, y se consideraba un medio excelente de establecer lazos entre jóvenes magos y brujas de diferentes nacionalidades... hasta que el número de muertes creció tanto que decidieron interrumpir la celebración del Torneo.

—¿Muertes? —exclamó Eli.

—¿El número de muertes? —susurró Hermione, algo asustada.

Pero la mayoría de los alumnos que había en el Gran Comedor no parecían compartir aquel miedo: muchos de ellos cuchicheaban emocionados, y el mismo Harry estaba más interesado en seguir oyendo detalles sobre el Torneo que en preocuparse por unas muertes que habían ocurrido hacía más de cien años.

—Que hayan ocurrido hace más de cien años, no significa que no debas preocuparte —dijo Lily.

—En todo este tiempo ha habido varios intentos de volver a celebrar el Torneo —prosiguió Dumbledore—, ninguno de los cuales tuvo mucho éxito. Sin embargo, nuestros departamentos de Cooperación Mágica Internacional y de Deportes y Juegos Mágicos han decidido que éste es un buen momento para volver a intentarlo. Hemos trabajado a fondo este verano para asegurarnos de que esta vez ningún campeón se encuentre en peligro mortal.

—Me encanta que las escuelas mágicas estuviesen de acuerdo para crear un torneo, dónde los alumnos estuviesen en peligro mortal —susurró Emily.

—Bueno, eran otros tiempos —dijo Will.

—Pero aún así...

En octubre llegarán los directores de Beauxbatons y de Durmstrang con su lista de candidatos, y la selección de los tres campeones tendrá lugar en Halloween.

De repente Harry tuvo una premonición terrible. Para él Halloween, o más bien el treinta y uno de octubre, tenía un significado de mala suerte. Sus padres habían muerto cuando tenía un año, en su primer curso de Hogwarts casi muere a manos de un trol, en segundo hubo el primer ataque del basilisco y, en tercero, Sirius Black se había colado furtivamente en la escuela y atacado el retrato de la Señora Gorda. Y por si fuera poco, Harry aún estaban esos Halloween que había pasado con los Dursley, dónde Dudley y sus amigotes se ensañaban con él.

Un juez imparcial decidirá qué estudiantes reúnen más méritos para competir por la Copa de los tres magos, la gloria de su colegio y el premio en metálico de mil galeones.

—¡Yo voy a intentarlo! —dijo entre dientes Fred Weasley,

—Ni se te ocurra, Frederick —dijo Molly.

—Pero, mamá...

—Ni mamá, ni nada. Ninguno de vosotros vais a participar, punto —dijo la señora Weasley, mirando a sus hijos.

—Déjalo, Molly —Arthur puso una mano sobre el hombro de su esposa—. Aunque quieran no podrán participar —le susurró al oído.

con la cara iluminada de entusiasmo ante la perspectiva de semejante gloria y riqueza. No debía de ser el único que se estaba imaginando a sí mismo como campeón de Hogwarts. En cada una de las mesas, Harry veía a estudiantes que miraban a Dumbledore con expresión de arrebato, o que cuchicheaban con los vecinos completamente emocionados. Pero Dumbledore volvió a hablar, y en el Gran Comedor se hizo otra vez el silencio.

Dumbledore hizo una mueca. Estaba bastante seguro que sus siguientes palabras no serían del agrado de todo.

—Aunque me imagino que todos estaréis deseando llevaros la Copa del Torneo de los tres magos —dijo—, los directores de los tres colegios participantes, de común acuerdo con el Ministerio de Magia, hemos decidido establecer una restricción de edad para los contendientes de este año. Sólo los estudiantes que tengan la edad requerida (es decir, diecisiete años o más) podrán proponerse a consideración.

—¡¿Qué?! —exclamaron Fred y George, de forma indignada.

—Entiendo que se haga una restricción de edad —dijo Tonks—. Pero, no creo que sea la mejor contra-medida. Que tenga diecisiete no significa que tengan el talento suficiente.

Ésta —Dumbledore levantó ligeramente la voz debido a que algunos hacían ruidos de protesta en respuesta a sus últimas palabras, especialmente los gemelos Weasley, que parecían de repente furiosos— es una medida que estimamos necesaria dado que las tareas del Torneo serán difíciles y peligrosas, por muchas precauciones que tomemos, y resulta muy improbable que los alumnos de cursos inferiores a sexto y séptimo sean capaces de enfrentarse a ellas. Me aseguraré personalmente de que ningún estudiante menor de esa edad engañe a nuestro juez imparcial para convertirse en campeón de Hogwarts. —Sus ojos de color azul claro brillaron especialmente cuando los guiñó hacia los rostros de Fred y George, que mostraban una expresión de desafío—. Así pues, os ruego que no perdáis el tiempo presentándoos si no habéis cumplido los diecisiete años. Las delegaciones de Beauxbatons y Durmstrang llegarán en octubre y permanecerán con nosotros la mayor parte del curso. Sé que todos trataréis a nuestros huéspedes extranjeros con extremada cortesía mientras están con nosotros, y que daréis vuestro apoyo al campeón de Hogwarts cuando sea elegido o elegida. Y ya se va haciendo tarde y sé lo importante que es para todos vosotros estar despiertos y descansados para empezar las clases mañana por la mañana. ¡Hora de dormir! ¡Andando!

—Creo que con toda esta noticia del torneo, muy pocos van a dormir bien —murmuró Regulus.

Dumbledore volvió a sentarse y siguió hablando con Ojoloco Moody. Los estudiantes hicieron mucho ruido al ponerse en pie y dirigirse hacia la doble puerta del vestíbulo.

—¡No pueden hacer eso! —protestó George Weasley, que no se había unido a la multitud que avanzaba hacia la salida sino que se había quedado quieto, de pie y mirando a Dumbledore—. Nosotros cumpliremos los diecisiete en abril: ¿por qué no podemos tener una oportunidad?

—Fue la medida que se tomo, señor Weasley —dijo McGonagall con la mirada seria—. Por supuesto que se ha tomado en consideración el hecho de que haya alumnos menores de diecisiete años que tengan el nivel suficiente para participar. Pero siendo objetivos, esos están en la minoría.

—No me van a impedir que entre —aseguró Fred con testarudez, mirando a la mesa de profesores con el entrecejo fruncido—. Los campeones tendrán que hacer un montón de cosas que en condiciones normales nunca nos permitirían. ¡Y hay mil galeones de premio!

—Sinceramente, no creo que mil galeones sea suficiente recompensa por jugarte la vida —murmuró Hermione.

—Sí —asintió Ron, con expresión soñadora—. Sí, mil galeones...

—Vamos —dijo Hermione—, si no nos movemos nos vamos a quedar aquí solos.

Harry, Ron, Hermione, Fred y George salieron por el vestíbulo; los gemelos iban hablando de lo que Dumbledore podía hacer para impedir que participaran en el Torneo los menores de diecisiete años.

—¿Quién es ese juez imparcial que va a decidir quiénes serán los campeones? —preguntó Harry.

—No lo sé —respondió Fred

En realidad ya lo sabéis pensó Bill con diversión.

—, pero es a él a quien tenemos que engañar. Supongo que un par de gotas de poción envejecedora podrían bastar, George...

Dumbledore negó con la cabeza, divertido. Estaba seguro que ese día vería muchas pociones envejecedoras en curso.

—Pero Dumbledore sabe que no tienes la edad —dijo Ron.

—Ya, pero él no es el que decide quién será el campeón, ¿no? —dijo Fred astutamente

—¿Y no sé te ha ocurrido la idea de que Dumbledore diga "Ese no tiene diecisiete años"? —preguntó Emily con asombro.

—Esto...

—Lo suponía.

—. Me da la impresión de que cuando ese juez sepa quién quiere participar escogerá al mejor de cada colegio y no le importará mucho la edad.

Dumbledore tenía que admitir que Fred tenía razón. Al fin y al cabo, el Cáliz de Fuego era un objeto mágico, no una persona.

Dumbledore pretende que no lleguemos a presentarnos.

—¡Pero ha habido muertos! —señaló Hermione

—Algo que deberíais tener muy en cuenta —dijo Eli.

con voz preocupada mientras atravesaban una puerta oculta tras un tapiz y comenzaban a subir otra escalera más estrecha.

—Sí —admitió Fred, sin darle importancia—, pero eso fue hace años, ¿no? Además, ¿es que puede haber diversión sin un poco de riesgo?

—¡Sí! —dijeron varios.

¡Eh, Ron!, y si averiguamos cómo engañar a Dumbledore, ¿no te gustaría participar?

—¿Qué te parece ? —le preguntó Ron a Harry—. Estaría bien participar, ¿no? Pero supongo que elegirán a alguien mayor... No sé si estamos preparados...

Varios miraron incredulamente a Ron.

—Ron, sinceramente, si hay alguien por aquí que tenga posibilidades de participar en el Torneo del los Tres Magos, y encima salir victoriosos, sois vosotros tres —dijo Charlie, señalando a Ron, Hermione y Harry.

—Yo, desde luego, no lo estoy —dijo desde detrás de Fred y George la voz triste de Neville—. Supongo que a mi abuela le gustaría que lo intentara. Siempre me dice que debería mantener alto el honor de la familia.

Frank resopló.

—Ya te lo he dicho, y te lo vuelvo a decir. No hace falta que te esfuerces en complacer a tu abuela. Simplemente sé tú mismo.

Tendré que... ¡Ay!

Neville acababa de hundir un pie en un peldaño a mitad de la escalera.

Neville se sonrojo. Era patético que alguien que llevaba tres años asistiendo a Hogwarts, se quedara atrapado en uno de esos peldaños.

—Vaya, me recuerda a alguien —dijo Frank mirando a Alice.

Esta se sonrojo y le dio un golpe suave en el hombro.

—Si no hubiese sido por ese escalón, seguramente ni nos habríamos conocido —dijo Alice, enrojecida.

En Hogwarts había muchos escalones falsos como aquél. Para la mayor parte de los estudiantes que llevaban cierto tiempo en Hogwarts, saltar aquellos escalones especiales se había convertido en un acto inconsciente, pero la memoria de Neville era nefasta. Entre Harry y Ron lo agarraron por las axilas y le liberaron el pie, mientras una armadura que había al final de la escalera se reía con un tintineo de sus piezas de metal.

—Esas armaduras son un encanto —dijo Alice son sarcasmo.

—¡Cállate! —le dijo Ron, bajándole la visera al pasar.

Fueron hasta la entrada de la torre de Gryffindor, que estaba oculta tras el enorme retrato de una señora gorda con un vestido de seda rosa.

—¿La contraseña? —preguntó cuando los vio aproximarse.

—«¡Tonterías!» —respondió George—. Es lo que me ha dicho abajo un prefecto.

—Anda que menuda contraseña —dijo Astoria—. Seguramente habrá malentendidos en el futuro.

El retrato se abrió hacia ellos para mostrar un hueco en el muro, a través del cual entraron. Un fuego crepitaba en la sala común de forma circular, abarrotada de mesas y de butacones mullidos. Hermione dirigió una mirada sombría a las alegres llamas, y Harry la oyó murmurar claramente «esclavitud» antes de volverse a ellos para darles las buenas noches y desaparecer por la puerta hacia el dormitorio de las chicas.

Harry, Ron y Neville subieron por la última escalera, que era de caracol, para ir a su dormitorio, que se hallaba al final de la torre. Pegadas a la pared había cinco camas con dosel de color carmesí intenso, cada una de las cuales tenía a los pies el baúl de su propietario. Dean y Seamus se metían ya en la cama. Seamus había colgado la escarapela del equipo de Irlanda en la cabecera de la suya

—Esa escarapela estará ya hecha un asco —dijo Will.

, y Dean había clavado con chinchetas el póster de Viktor Krum sobre la mesita de noche. El antiguo póster del equipo de fútbol de West Ham estaba justo al lado.

—Está pirado —comentó Ron suspirando y moviendo la cabeza de lado a lado ante los futbolistas de papel.

Harry y Neville rodaron los ojos, recordando las discusiones entre fútbol y quidditch que solían tener esos dos.

Harry, Ron y Neville se pusieron el pijama y se metieron en la cama.

Alguien (un elfo doméstico, sin duda) había colocado calentadores entre las sábanas.

—Seguro que Hermione quitará los suyos de su cama —susurró Ron a Harry.

—Tenlo por contado.

Era muy placentero estar allí, en la cama, y escuchar la tormenta que azotaba fuera.

—Podría presentarme —dijo Ron en la oscuridad, medio dormido—, si Fred y George descubren cómo hacerlo... El Torneo... nunca se sabe, ¿verdad?

—Supongo que no... —Harry se dio la vuelta en la cama y una serie de nuevas imágenes deslumbrantes se le formaron en la mente: engañaba a aquel juez imparcial y le hacía creer que tenía diecisiete años... Lo elegían campeón de Hogwarts... Se hallaba en el campo, con los brazos alzados delante de todo el colegio, y sus compañeros lo ovacionaban... Acababa de ganar el Torneo de los tres magos, y de entre la borrosa multitud se destacaba claramente el rostro de Cho, resplandeciente de admiración...

Harry se sonrojo.

Harry sonrió a la almohada, contento de que Ron no pudiera ver lo que él veía.

—Fin del capítulo —anunció Neville.

—Pues me parece que nos tomaremos un descanso —anunció Dumbledore.


*: Dato curioso para aquel que no lo sepa: Natalie McDonald esta basada en una chica canadiense también llamada Natalie McDonald, que era fan de Harry Potter y padecía de leucemia terminal. Su madre (o una amiga de esta si no recuerdo mal) le escribió una carta a J.K Rowling, pidiéndole que le escribiese una carta a Natalie. Rowling no recibió la carta hasta después de unas vacaciones y al mandarle la carta a Natalie, se enteró de que esta había muerto. Así que, como homenaje, la agregó a los libros como un personaje más del universo de Harry Potter.


Hola gente.

Décimo cuarto capítulo con todos vosotros. Un capítulo algo más largo que los anteriores, aunque una parte de él sea explicaciones y demás. Motivo por el cuál he tardado algo más en subirlo.

En fin, espero que os haya gustado.

Se despide,

Grytherin18-Friki.

PD: Si os diesen la oportunidad de asistir a Hogwarts pero, a cambio, tuvieseis que ser hijo/a de Dolores Umbridge ¿aceptaríais?