Disclaimer: Los personajes de Avengers no me pertenecen.

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6

Egoísta

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Steve inspiró profundamente, moviendo las manos y aflojando las rodillas a la vez que cerraba los ojos, volviendo a respirar antes de olvidar cómo hacerlo.

Llevaba casi cinco años en la Armada y ya había adquirido una vasta experiencia en combate, armamento, estrategia y muchas otras tácticas útiles en el campo de batalla; más de una vez su vida había corrido peligro, y había perdido la cuenta de las pesadillas que a veces no le dejaban dormir durante la noche. Sin embargo, aún en el campo, en servicio activo, muy pocas veces se había sentido tan en peligro como en ése preciso momento. Su corazón latía tan fuerte que casi podía escucharlo retumbar en su cabeza, las manos le sudaban, le temblaban las rodillas cual títere de cuerdas y se sentía enfermo, enfermo y mareado. Quería regresar a casa, meterse bajo las cobijas y ya no salir, pero no podía dar marcha atrás. Después de todo, aunque seguía siendo incómodo, no sería la primera ni la última vez que debería hacer frente a aquello.

— ¿Capitán Rogers?

Alzó la vista de inmediato, dejando de admirar su propia imagen en el espejo.

— ¿Sí?

—Es hora, señor.

Steve ladeó la cabeza, respiró hondo e intentó sonreírle al joven asistente, enderezando la espalda mientras asentía.

Era hora de salir a hacer lo que mejor sabía, y lo que le había concedido un rango tan alto siendo sólo casi un principiante: tragarse su timidez natural y seducir a las masas. Venderse a sí mismo como publicidad para ayudar a sus compañeros marines.

Se levantó de un salto y se puso la elegante y condecorada chaqueta de lana verde sobre los hombros, acomodándose la corbata frente al espejo y peinándose el corto cabello rubio hacia atrás antes de cubrirlo con la gorra que lo distinguía como un oficial, dando un último visto bueno a su imagen para después girarse hacia la salida.

—Bien. Estoy listo— suspiró, alisando la tela de su ropa con las manos mientras una maquilladora se acercaba con una brocha, lista para darle otra capa de maquillaje a su rostro.

—Miren nada más a la diva...— escuchó decir tras cerrar los ojos para facilitarle el trabajo a la muchacha, frunciendo el ceño de inmediato— Si los chicos de Brooklyn te vieran ahora...

Steve se sobresaltó al reconocer esa voz, abriendo los ojos como platos y dándose la vuelta con presteza para buscar a su dueño, alejando cuidadosamente a la maquilladora.

Un joven moreno y apuesto le sonrió arrogantemente desde la puerta, jugando con la gorra entre sus fuertes manos antes de acercarse sin borrar la mueca burlona de su masculino rostro.

— ¿Bucky?

James Barnes amplió su sonrisa ya desde el centro de la habitación, impecable con su uniforme militar verde y el cabello prolijamente cortado y peinado con gel. Se volvió a poner la gorra y lo saludó como era debido frente a un oficial de rango superior, llevándose la mano izquierda a la sienes por un momento, para luego soltar la carcajada que apenas podía contener y extender los brazos a sus lados, invitándolo a que fuera él quien terminara de acortar la distancia.

—El mismo, y en una sola pieza— rió— ¡Hola, Hermano!

Steve rió también, mucho más relajado, y sin dudarlo corrió a abrazarlo, levantándolo unos centímetros del suelo debido a la emoción del momento, intercambiando sendas palmadas en la espalda con él para luego separarse y responder al olvidado saludo militar.

— ¿No estabas con tu pelotón en Kabul? ¿Cuándo regresaste? ¿Qué haces en Washington?— empezó a atiborrarlo de preguntas, hablando con más rapidez de la habitual; Bucky rió de lado y palmeó sus hombros con firmeza, mordiéndose el interior se la mejilla derecha mientras le acomodaba las solapas de la chaqueta como su madre solía hacer con su uniforme escolar, limpiándole unas motas de polvo invisible.

—Sí. Hace unas horas. Y estoy aquí para verte— comentó, sin dejar de expresar alegría con sus brillantes ojos oscuros— Tengo un permiso por dos semanas, y decidí que lo mejor era pasar por ti antes de ir a Brooklyn— informó, quitándose la gorra para guardarla bajo el brazo, divertido— Así que ahora podré ver con mis propios ojos cómo es tu nueva y elegante vida en la capital del país— sonrió con burla y fingió analizar la tela de la chaqueta de Steve soltando un suave silbido— Uh... Chanel. Ustedes los jefes no se privan de nada, ¿eh?

Steve rió entre dientes; luego recordó a sus asistentes y se separó de su amigo, mirándolos con una sonrisa.

— ¿Nos dan un minuto?— los dos jóvenes asistieron y se marcharon rápidamente, dejándolos a solas— ¿Y qué querías? En un minuto me codearé con las personas más ricas e influyentes del país. Debo lucir bien.

— ¿Bien? Bien presumido— canturreó el otro soldado, golpeándole el brazo a modo de broma— Te vi en las noticias cuando conociste al presidente... Que honor. Y hasta leí que son amigos...

El joven Rogers parpadeó como si rememorara el suceso, y luego frunció el ceño con seriedad, asintiendo de la misma forma.

—Por supuesto. Él es más grande admirador. Claro, siempre y cuando pueda seguir recaudando dinero para su guerra— contestó en el mismo tono sarcástico y locuaz.

—Y según dicen eres bueno en eso, ¿no?— se burló el sargento Barnes— "La cara visible de los combatientes en el extranjero"— murmuró, desplegando una pancarta invisible con sus manos— Porque te convertiste en héroe y hablas bonito ahora cenas caviar mientras que nosotros, con el mismo entrenamiento y habilidades, comemos carne fría y en lata todos los días. Los chicos de las tropas te adoran; en serio.

El Capitán lo miró, ya sin su acostumbrada sonrisa conciliadora. El tono de Bucky de pronto ya no le pareció el acostumbrado altanero y socarrón, sino uno más lleno algo de algo que parecía ser envidia, lo cual era extraño, por lo que Steve decidió pasarlo por alto y volver a sonreír.

Era Bucky Barnes, después de todo. El hombre perfecto, sin nada que envidiarle a nadie, mucho menos a él.

—Sí, claro... Por cierto, ¿cómo entraste?— usó su habilidad de convencimiento para cambiar el tema a otro menos agresivo, y James suavizó un poco más su expresión, cediendo casi al instante, aunque no del todo.

— ¿A tu exclusivo evento de millonarios? Dale las gracias a Coulson. Tienes poder con ese hombre.

— ¿Con Phil?

— ¡Ya y hasta lo llamas por su nombre! ¡Pero que influyente te has vuelto!— volvió a portarse como el Bucky de antes, divertido y bromista.

—Cállate— Steve, fiel a su forma de ser, no pudo evitar sonrojarse levemente, frunciendo el ceño al recordar algo— Oye, dijiste que pasabas por mí antes de ir a casa, ¿por qué? ¿Pasó algo?— El semblante de Bucky cambió de alegre a serio en un segundo, dándole muy mala espina— ¿Bucky?

—Capitán Rogers, lo esperan en el escenario— la voz del asistente, que se había asomado repentinamente por la puerta del camerino, interrumpió el momento, distrayendo a ambos del tema en cuestión.

—Sí, en seguida salgo— respondió Steve, volviendo a girarse hacia su mejor amigo a la espera de una inmediata respuesta.

—Hablaremos de esto luego— desestimó James, haciendo un gesto vago con la mano— Anda, no los hagas esperar allá afuera, estrellita.

— ¿Seguro?

—Sí. Haz lo tuyo y te esperaré en el bar. Después de tantos meses en el desierto necesito beber algo de buen alcohol. Y hay barra libre, así que no esperes encontrarme lúcido.

Steve rió de nuevo y asintió, sacudiendo las manos para destenzarse un poco más mientras seguía al asistente tras bambalinas, escuchando la misma molesta canción patriótica que emulaba aquellos viejos días de guerra de los años cuarenta. Se detuvo unos segundos para coger aire y aflojar los hombros, aunque realmente no era necesario. No era la primera vez que hacía aquello; se había pasado los últimos dos años de su vida en los mismo eventos, usando su carisma para recaudar dinero y seguir financiando una guerra que aún no comprendía. Apenas tenía veintitrés y ya era considerado toda una celebridad patriótica, quizá al lado del mismísimo Tío Sam, por sus discursos alentadores y su facilidad de convencimiento con el público, o al menos eso le había dicho Coulson al ofrecerle el empleo y un nuevo contrato por dos años más de servicio en el área de publicidad.

Había cambiado los desiertos por cenas elegantes, los irreverentes y malhablados soldados por políticos y magnates, y las extenuantes jornadas de vigilancia por unos cuantos minutos frente a algunas cámaras. Claro que era quien más salía ganando en ese asunto, pero asimismo a Steve le gustaba pensar que de verdad hacía algo útil por su país y sus compañeros, y en parte así era. Si asistía a todos esos eventos que detestaba, si reía con toda esa gente que no le agradaba, era para poder conseguir el dinero que haría la vida de los demás soldados mucho más llevadera mientras siguieran tan lejos de casa, consguirles mejores armas, mejor y más comida y equipos, o incluso algún pequeño lujo como algunas botellas de whisky o champagne, cigarrillos y hasta dulces; esas pequeñas cosas eran las que más se apreciaban cuando uno estaba tan lejos de casa y de sus seres queridos; él lo sabía a la perfección.

Al final todo valdría la pena.

Salió a escena, cegado por los reflectores. Repartió sonrisas en todo momento y habló por cerca de quince minutos, destacando el importante trabajo que hacían las tropas en el extranjero, y lo imprescindible de seguir avanzando en Medio Oriente. Luego, de una forma divertida y amigable, invitó a todo mundo a hacer sus donaciones para ayudar al país y a sus soldados a llegar a casa con sus familias. Hubo un momento de aplausos y después interacción con el público, estrechando manos, sacándose fotos y respondiendo alguna que otra pregunta incómoda sobre su vida personal. No siempre un hombre tan joven lograba llegar tan pronto a lo más alto del rango militar, por lo que todo mundo creía que debía de tener algo especial, y Steve estaba empezando a convencerse de eso, aunque su servicio había acabado por reducirse a simple publicidad y promoción de la invasión en Medio Oriente.

Cerca de veinte minutos más después al fin pudo acercarse al bar, donde Bucky estaba junto a la barra, observando todo desde allí con atención.

Al verlo acercarse levantó su copa y sonrió.

—Bonito discurso— le dijo, ahogando una sonrisa maliciosa— Eres bueno en lo que haces... Incluso ya me convenciste de donar mis millones al ejército.

—Púdrete— Steve esbozó una sonrisa cansada y se sentó a su lado, pidiendo lo mismo que su amigo con una seña.

—Es broma. No gano tanto— James rió una vez más y se llevó la boquilla de su cerveza a los labios, haciendo que su mejor amigo soltara una risa carrasposa.

—No creas que yo si. El Departamento de Defensa se encarga de la mayoría de mis gastos. Y no pagó impuestos. Eso es lo que realmente me salva.

Bucky lo miró de refilón, dándole un rápido sorbo a su cerveza para luego esbozar una sonrisa sarcástica.

—Eso es lo que pasa cuando eres un héroe— ironizó, divertido— Dios, odiaría ser tú. Con tantos beneficios, viajes, fama, mujeres... Que asco de vida...

El capitán giró su taburete y brindó con su cerveza.

—No tienes idea...

— ¿Ahora bebes?

—Desde hace tiempo. Pero una es mi límite— aclaró Steve, riendo con la botella entre sus labios.

Barnes rió entre dientes.

—Eres un condenado vicioso, Steve... Por cierto, vi como varias ricachonas te hacían ojitos, niño rubio...— comentó en tono sugerente, alzando las cejas— Imagino que aprovechas todo esto de la fama con tantas mujeres hermosas dando vueltas por la Casa Blanca.

Steve, sin proponérselo, escupió el líquido de su boca al escuchar eso; se sonrojó hasta las orejas y desvió la vista mientras se limpiaba y pedía disculpas en voz baja. Entonces Bucky alzó las cejas con desconcierto, aún más divertido que antes.

—No es cierto...— murmuró, ahogando una carcajada con su puño cerrado, moviéndose como si fuera a levantarse de su a asiento una y otra vez, golpeando a Steve en la espalda y muslos— ¡¿Sigues siendo malditamente virgen?!

— ¡Cállate!— rogó el capitán, tan rojo como las cerezas de la barra— Yo no ando ventilando todas tus intimidades en eventos públicos— reprochó, claramente más avergonzado que molesto. Sin embargo sus ruegos a Bucky parecieron entrarle por un oído y salirle por el otro.

— ¡Oh, Steve! ¡Por favor dime que no...!— exclamó teatralmente— ¡Con tantas mujeres sueltas en Washington...! Yo ya me ligué a cuatro, ¡y acabo de llegar! ¡No es posible! ¡Alguien con tu fama podría tenerlas a todas si quisieras!

—Yo sólo me conformaría con una— dijo él en voz baja, desviando la mirada mientras su rostro volvía a su color natural.

— ¿Hablas de Potts? Porque escuché que acaba de comprometerse con un tal Henry... Harry... Algo.

Steve alzó la vista y rodó los ojos.

—Harold. Y no, no es Pepper. Ella y yo solo somos amigos. No hablaba de nadie en particular— mintió, aunque en su mente podía ver claramente la imagen de Natasha Romanoff— Pero dime, hace rato dijiste que pasabas por mí. ¿Para qué? ¿Adónde piensas llevarme? Porque te advierto que ahora soy una figura pública...

Le dio un trago rápido a su cerveza, sintiendo la mirada de Bucky sobre él, esperando obtener otra de sus burlas; no obstante, tardó unos segundos en volver a escuchar su voz, y cuando lo hizo no fue de la forma en que lo esperaba:

— ¿Has sabido algo de Tasha?— le soltó el sargento con cautela, casi como si tanteara el terreno. Steve lo miró por el rabillo del ojos y se enderezó para quitarse la chaqueta, notablemente incómodo con la pregunta.

—No desde hace tiempo— comentó, bajando con tristeza.

— ¿No te ha escrito?

—No que yo sepa— se encogió de hombros— Sigue molesta porque me opuse a su boda y no acepté ser su 'dama de honor'.

— ¿Y no sabes nada de tu madre e Iván?

Ante la insistencia de Bucky, Steve frunció el ceño, intrigado.

—Mamá me escribió hace unas semanas, desde Italia; le obsequié un crucero por Europa para su cumpleaños y pasará un mes allá. De Iván no sé nada, ¿por qué?— comenzó a inquietarse.

Bucky lo miró, asintiendo; bebió de su cerveza otra vez, suspiró y cerró los ojos un momento, como si pensara muy bien las palabras que diría a continuación y las escogiera con mucho cuidado.

— ¿Bucky?— apenas pudo escuchar su propia voz debido al volúmen de la música, pero James pudo identificar fácilmente la angustia que empezaba a hacerse presente en él.

—Natasha...— fue lo primero que dijo, haciendo una pausa que le heló la sangre— Ella y su esposo tuvieron un accidente mientras conducían de Manhattan a Brooklyn— musitó, cabizbajo, y el corazón de Steve se detuvo.

El joven capitán se levantó de un salto y cerró los ojos con dolor, sintiendo un nudo formándose en su garganta.

— ¿Le...le pasó a Natasha?— logró preguntar en un hilo de voz, temiendo a la respuesta, sobre todo al prolongado silencio de Bucky— ¡Contesta!

—Ella está bien— respondió su amigo, y Steve volvió a sentir el pulso, así como el aire inundando sus pulmones— Pero Alexei...

— ¿Qué con él?— a pesar de que no había sido su intención, la pregunta sonó brusca y desinteresada.

James Barnes suspiró pesadamente y se recargó sobre la barra, con aire indolente.

—Está muerto— fue todo lo que dijo.

oOo

El uniforme de servicio jamás se había sentido tan pesado sobre sus hombros, pero se esforzó por mantenerse firme. Era un día soleado, sin nubes en el cielo, y en el aire ya podía sentirse el suave aroma a flores, madera y hojas verdes, tan característico de la primavera en los suburbios de Brooklyn.

El chofer terminó de bajar las maletas y tanto Steve como Bucky le dieron las gracias en silencio, parándose sobre la vereda frente a la casa de los Romanoff.

Steve se sorprendió al ver que nada había cambiado con los años. El nogal frente al jardín de Natasha seguía ahí, igual que la casa de su amiga, tal y como la recordaba, en medio de la suya y la de los Barnes. La única gran diferencia entre sus recuerdos y la imagen que tenía frente a él era la gente vestida de negro y con expresión triste caminando por el pórtico, entrando y saliendo por la misma puerta roja por la que se había despedido de Iván antes de marcharse, dejando ver el movimiento del interior.

Habían pasado casi tres años desde que Steve se había parado en aquel mismo lugar por última vez; casi tres años sin ver ni tocar a Natasha, y en su cabeza aquel tiempo jamás le pareció más una eternidad.

Durante el viaje en tren Bucky lo había puesto parcialmente al tanto de la situación. Natasha se había casado con Alexei semanas después de acabar la preparatoria, y se había mudado con él a Moscú para bailar en el Ballet Ruso. Estaban de visita en el país cuando tuvieron el accidente en el que su coche explotó, con Alexei aún adentro, pero ella estaba a salvo, con algunas heridas menores pero bien. Aun así era angustiante pensar en ella, con sólo veintiún años y ya siendo una viuda, habiendo perdido a sus padres biológicos siendo una niña y ahora a su esposo, la persona que había elegido para amar por el resto de su vida por encima de todo. Incluso de él.

—Steve, ¿Crees que podría...?— la pregunta incompleta de Bucky captó su atención, regresándolo al presente y sacándolo de quelloss dolorosos recuerdos que quería enterrar en lo más profundo de su mente y no dejar salir jamás— Mi madre está en Maryland, me quedaré contigo si no te incomoda.

—No. Claro que no— dobló las rodillas y recogió su equipaje con una mano, avanzando en línea recta hasta la cerca de su casa. Bucky y él buscaron la llave que Sarah siempre escondía bajo una roca y dejaron las maletas en el vestíbulo de su casa, saliendo sin dilación hacia la residencia Romanoff, deteniéndose juntos en la entrada y tomándose un segundo antes de abrirse paso entre los invitados que comían y hablaban en voz baja.

Las personas que los vieron entrar se les quedaron viendo con sorpresa, altos, guapos y jóvenes, vestidos con el traje color verde que los distinguía como oficial y suboficial del Cuerpo de Marines de los Estados Unidos, cosa que a muchos (que Steve notó en su mayoría eran desconocidos, y por sus murmullos que hablaban en ruso) les debía llamar la atención teniendo en cuenta que Iván Petrovich había pertenecido al Ejército Rojo durante la Guerra fría, y en algún momento había sido acérrimo enemigo de la nación que ellos defendían.

Mientras Bucky y él se movían entre la muchedumbre con sus gorras bajo el brazo, Steve notó que algunos invitados lo reconocieron, comenzando a murmurar en voz baja, incomodándolo. Si bien en esos últimos años se había acostumbrado a ser el centro de atención durante un evento, era difícil fingir que no le afectaba en una situación tan tensa y triste. Sin embargo, esa incomodidad desapareció cuando divisó el primer rostro conocido, apresurándose a ir tras ella y tocar su hombro para hacer que volteara.

— ¿Pepper?

Virginia se giró, sorprendida, y dejó la bandeja de comida que llevaba sobre un mueble

— ¿Steve?— tardó sólo un segundo en ponerse de puntas de pie parar abrazar a su viejo amigo, estrechándolo con añoranza— ¡Oh, por Dios! ¡¿Cómo estás?!— preguntó con emoción, separándose de él y así poder verlo mejor, limpiándose el rostro con una mano para sonreírle.

Steve correspondió su gesto y también la observó de pies a cabeza. El vestido negro que Pepper llevaba puesto y el cabello rubio (ahora un poco más rojizo) atado en un apretado moño de alguna forma la hacían verse distinta, mucho menos alegre y más madura de lo que la recordaba. Pero sus enormes ojos azules seguían teniendo aquella pícara chispa que no había olvidado, y que hacían de Pepper, Pepper.

—Bien, muchas gracias...― respondió, un poco apenado, mientras Virginia Potts torcía los labios con escepticismo.

— ¿Solo bien? ¡Mírate! ¡Pero si eres todo un soldado!— exclamó la chica, posando sus pequeñas y delicadas manos sobre las solapas de su uniforme, haciéndole dar una pequeña vuelta— Luces muy apuesto... ¿Y qué tal Washington? ¿Ya tienes novia?

Una risa burlona y carrasposa los interrumpió, haciendo que ambos voltearan hacia Bucky, que seguía parado muy cerca de ellos.

— ¿Novia, Steve? Él está casado con su elegante trabajo de oficina... Ya deja de hacerte ilusiones con él, Potts.

Pepper miró a Bucky con algo de sorpresa, pasando rápidamente a la molestia, frunciendo el ceño.

—Ah. Hola, Barnes. Así que aún no hiciste que nadie te asesinara... Bravo— expresó con elaborado sarcasmo, y su cambio de humor fue tan notorio que Steve, aún en medio de aquella triste situación, no pudo evitar reír, divirtiéndose aún más con la expresión furibunda de su mejor amigo.

—Hola, Potts— respondió éste al 'educado' saludo de Pepper hablando entre dientes; luego fingió analizarla cínicamente con la mirada, enarcando una ceja— Vaya, luces diferente... ¿Engordaste?

—Idiota— respondió ella, volviendo a abrazar a Steve y dándole la espalda adrede al otro soldado— Me alegra tanto que estés aquí, Steve... Te hemos visto en las noticias. Sí que luces guapo en uniforme— le guiñó un ojo con picardía y Steve se sonrojó— A Natasha le hará muy bien volver a verte...

Ante eso, el oficial tensó sus músculos, dudando en su fuero interno de que esa afirmación fuera cierta. Y entonces recordó.

Había llegado a la Estación Central con el tiempo justo, y al hacerlo rápidamente se subió a un taxi. No llevaba ningún equipaje, así que no debía preocuparse por nada más.

—Al 210 de Joralemon en Brooklyn, por favor. Y dese prisa.

El hombre lo miró por el espejo retrovisor y frunció sus tupidas cejas.

—Oiga, ¿usted no es...?

—Sí, soy yo. Por favor, conduzca.

—A la orden, Capitán.

El conductor lo llevó hasta el edificio municipal de Brooklyn, y Steve contuvo la respiración al ver a Natasha esperando afuera, más hermosa que nunca con aquel vestido blanco y el ramillete entre las manos. Ella se paró al ver el taxi y sonrió como una niña en una dulcería, paralizándole el corazón.

—Oh, ya veo porqué tenía tanto apuro— observó el taxista— Déjelo. No voy a cobrarle a un héroe nacional.

En otro momento Steve le hubiera dado las gracias de forma apropiada, pero había sido un largo viaje desde Washington hasta allí, y había ido con solo una idea en mente, y no dejaría que nada lo interrumpiera.

— ¡Viniste!— celebró su amiga, dándole un fuerte abrazo para luego tomar su mano— Ven, todos ya están esperando y eres mi dama de honor, así que no podíamos... ¿Qué pasa?— preguntó, confundida, cuando él se liberó de su agarre y se quedó quieto, con la mirada baja— ¿Steve?

—Natasha, no te cases— las palabras le salieron como una débil súplica que causaron el efecto esperado en su amiga.

— ¿Qué?

—Si lo haces te garantizo que te arrepentirás por el resto de ti vida. ¿Qué sabes de Alexei? ¿Hace cuánto lo conoces? ¿Cómo sabes si él podrá hacerte feliz?

Natasha lo escuchó en silencio, pero no tardó en fruncir el ceño, dando a entender que comprendía sus palabras, pero que no las aprobaba.

— ¡¿De qué demonios estás hablando?!— estalló, histérica, empezando a golpearle el hombro derecho con uno de sus dedos índices— ¡¿Qué pasa contigo, Steve?! ¡¿Cómo puedes decirme esto?! ¡Es el maldito día de mi boda!

— ¡Solo quiero hacerte entender que cometes un error!— bramó Steve, sujetándola por los hombros para obligarla a verlo a los ojos— Es... Es muy pronto. Aún eres demasiado joven para tomar una decisión como esta. Pero estás a tiempo... No te cases con él, Nat.

Natasha lo miró fijamente, quedándose muy quieta entre sus brazos; la mirada súbitamente anegada en lágrimas y el rostro inesperadamente contorcionado en un rictus de dolor.

Le dolió tanto causar esas expresiones en la siempre fuerte Natasha, pero Steve se abstuvo de envolverla en sus brazos o sabía que cedería sin remedio, y no podía hacerlo. No cuando había ido hasta allí con solo un propósito.

— ¿Por qué me haces esto en el día de mi boda?— sollozó su amiga, de verdad dolida y con la voz temblando— Yo debo... Alexei es lo mejor para mí. Él es como yo— dijo, volviendo a usar su insondable máscara de frialdad, la misma que Steve le había visto usar muchas veces en todos esos años, pero nunca dirigida hacia él— ¡Así que déjame en paz!— le gritó, empujándolo lejos con una fuerza increíble— ¡¿Qué diablos te pasa?!

Steve se tambaleó hacia atrás, teniendo que estirar la pierna derecha para no perder el equilibrio, y miró a Natasha como si no pudiera creer que se trataba de ella, completamente impactado.

—No estás enamorada de él— resolvió, entornando la mirada y hablando con suspicacia.

— ¿De qué demonios...?

—No lo amas— insistió— No hay amor en tus ojos cuando hablas de él... ¡Nat, no te cases si no lo amas!

— ¡Deja de decir eso!— gritó su amiga, cubriéndose la orejas para luego enderezarse y volver a mirarlo, volviendo a ser tan fría como siempre— Steve, no sé qué diablos pasa contigo— dijo, entre dientes—, pero ahora mismo quiero que lleves tu obstinado trasero ahí dentro, donde al menos una docena de personas me esperan, y te pares a mi lado, o te largues ahora mismo. Pero si te vas y no me apoyas en el maldito día más feliz de mi vida, juro que jamás volveré a hablarte— amenazó, con ése tono que hubiera hecho temblar a cualquiera, incluso a Steve en otros tiempos, pero no en esa ocasión, cuando había tanto en juego.

—Yo te quiero mucho, Nat. Mucho más de lo que te imaginas— admitió, endureciendo sus facciones tanto como su voz mientras se plantaba erguido frente a ella, pasando a ser el intimidante— Y porque te quiero no voy a ir a pararme junto a ti como si nada mientras cometes el peor error de tu vida— farfulló, enojado pero a la vez suplicante. Y Natasha lo miró, en verdad sorprendida por sus palabras, pero no tuvo tiempo a replicar— He venido hasta aquí desde Washington, pensando durante todo el viaje cómo decir esto, pero llegué a la conclusión de que no puedo seguir negándolo ni ocultándolo— empezó a hablar, volviendo a ser el Steve de siempre, cosa que su amiga notó con sorpresa— No quiero que te cases porque sé que no amas a ese chico; pero, sobre todo, no quiero que te cases, porque yo estoy...

— ¿Tasha?

Una tercera voz los interrumpió a ambos, rompiendo toda la atmósfera que habían creado. Natasha rápidamente se dio la vuelta, con su mejor cara de impasibilidad, y Steve sintió como si una piedra le hubiera caído en el estómago, posando sus ojos azules tras ella.

—Hola, Steve— saludó Clinton Barton, alzando la mano izquierda para emular el clásico saludo militar— Creí que no llegarías... ¿Por qué están aquí afuera?— sonrió— Natasha, los invitados esperan...— Cint le ofreció su brazo, ajeno a toda la tensión entre ellos. Y Natasha dudó durante un segundo, mirando a sus dos amigos alternativamente, haciendo que una chispa de esperanza naciera en el interior del soldado.

―Natasha, por favor...― le dijo, ignorando a Clint y extendiéndole una mano a su amiga, suplicante― No lo hagas.

Natasha dudó otra vez, y, por un segundo, el joven Rogers creyó que tomaría su mano y huiría con él a un lugar que ni siquiera sabía. Pero la voz confundida del joven arquero hizo que cortaran el contacto visual, asimismo logrando que Natasha endureciera mucho más su expresión.

― ¿Qué está pasando aquí? ¿Nat?

Toda la esperanza de que ella lo aceptara se esfumó cuando al fin rechazó su gesto para dirigirse hacia el edificio con paso firme.

―Nada― respondió a Clint, girándose una última vez a Steve antes de avanzar más.

— ¿Vendrás?— le preguntó con brusquedad, como si nada de lo anterior hubiera pasado— Aún no conoces a Alexei, y yo necesito una madrina— su tono era hueco, casi robótico, y no expresaba ninguna clase de emoción o sentimiento.

Y Steve bajó la mirada, concentrándose en sus brillantes zapatos negros por un instante, sintiendo como por segunda vez su corazón se rompía, haciendo eco en sus oídos.

—Ya dije todo lo que tenía que decir— mintió, sin ánimos para ser rechazado otra vez— Es tu decisión, pero aun así de verdad deseo que seas feliz...— murmuró, despidiéndose con una mirada indolente antes de darse la vuelta.

— ¿No vas a entrar?— preguntó Cint, sorprendido— Todos te esperan ahí adentro— Steve se giró hacia él y amagó con esbozar una de sus tímidas sonrisas, pero no pudo más que apenas mover las comisuras de sus labios hacia arriba.

—Tengo demasiado trabajo. Solo pasé a dejar mis mejores deseos— se excusó pobremente, jugando con su gorra militar entre sus manos— Pero serás un buen padrino sin mí.

Intentó volver a irse, pero de nuevo lo detuvieron:

— ¡Steve!— Natasha le gritó, soltando el brazo de su otro amigo para dar un paso hacia él, con el ceño fruncido y una mirada molesta— No puedes hacerme esto...Si te vas ahora juro que aquí se acaba nuestra amistad— advirtió, apretando los dientes con rabia, pero bajando la mirada a la vez, como si quisiera ocultarle algo en sus ojos.

Y Steve sonrió.

—Tal vez sea lo mejor— se dio la vuelta y volvió a andar, ignorando los gritos de Natasha a cada paso que daba.

— ¿Steve? ¡Steve!

— ¿Eh?— el aludido parpadeó, saliendo bruscamente de sus recuerdos por la mano de Pepper.

—Dije que Natasha estará muy feliz de volver a verte...

El soldado pestañeó una vez más y asintió vagamente, procurando no soltar una sonrisa triste antes los recuerdos.

—Por cierto, ¿dónde está ella?— preguntó Bucky. Pepper lo miró y luego paseó la vista por la sala de Iván, la misma donde él y sus dos mejores amigos habían jugado tantas tardes de lluvia, buscando algo por la mirada.

—Está por allá, con Iván y los padres de Alexei...

Steve siguió sus indicaciones con la mirada, pero su amigo fue más rápido y se plantó delante del sofa, tapándoles la vista.

―Te veré luego― se despidió Pepper, sujetando la bandeja que antes tenía en las manos para perderse entre la multitud.

Steve asintió con presteza y regresó la vista a sus amigos, que conversaban en voz baja; Bucky dijo algo y Natasha se levantó para abrazarlo y esconder el rostro en su hombro, haciendo que Steve sintiera algo removiéndose en su estómago. Los dos estuvieron abrazados por un buen rato hasta que él se separó y le dijo otra cosa que la hizo limpiarse las lágrimas del rostro y sonreír. Entonces volvió a hablarle al oído, y Natasha automáticamente miró en su dirección, con los ojos llenos de lágrimas nuevamente.

Y Steve sintió como si le faltara al aire; la lengua se le pegó al paladar y sus manos empezaron a sudar copiosamente, haciéndole sentirse como un chiquillo asustado antes esos profundos ojos verdes que cada vez que lo miraban parecían ser capaces de atravesarle el alma y descubrir todos sus secretos.

De nuevo volvía a sentir aquella inexplicable sensación de vulnerabilidad y exposición que no había sentido en años; la misma que había sentido la primera vez que había visto a aquella niña de rizos pelirrojos mudándose a la casa de al lado, y cada día que había pasado a su lado.

— ¿Steve?— la voz de Natasha le salió quebrada y llena de dolor, pero aun así había un tinte de alegría en ella. Steve apenas había tenido tiempo de reaccionar cuando su vieja amiga corrió a sus brazos, y de pronto sintió como si el tiempo no hubiera pasado, estrechando aquel cuerpo cálido y menudo contra el suyo, que era mucho más fuerte y firme que cuando era un adolescente, pero seguía temblando como entonces por aquel suave tacto.

Cerró los ojos con fuerza y aspiró aquel mismo aroma a fresas que tanto recordaba; estrechó un poco más su abrazo alrededor de la diminuta cintura de su mejor amiga y aspiró su olor una vez más, haciendo de cuenta, por un instante, que todo era igual que antes.

Pero no era así.

El tiempo había pasado, y él había cambiado; Natasha tampoco era la misma adolescente que esperaba fuera del edificio municipal. Ninguno era el mismo de antes, pero aquel sentimiento que sin duda compartían desde el primer día seguía allí, inexorablemente entre ambos.

Natasha fue quien se separó primero, mirándolo fijamente, recorriendo los rasgos de su rostro con sus dedos, como si quisiera memorizar cada cambio que lo había azotado en esos años, reconocer que realmente se trataba de él y no de otra persona o un sueño. Y Steve vio la enorme tristeza que embargaba sus apagados ojos verdes, y deseó poder sentir todo ese dolor en su lugar para volver a ver aquella sonrisa despreocupada y hasta maliciosa que tanto había amado antes. En ese momento reaccionó, y con sus pulgares limpió las mejillas de Natasha, tomando su rostro entre sus manos para acercarse a ella y, bajando la cabeza, besar su frente para volver a abrazarla.

—Nat... Lo siento tanto...— le dijo, abrazándola una vez más y frunciendo el ceño— Debiste haberme dicho... De haber sabido yo... Hubiera estado aquí desde mucho antes.

Escuchó a la joven rusa hipar suavemente, y sintió sus pequeñas manos deslizándose por su espalda hasta afianzarse con fuerza tras sus hombros; luego Natasha lo empujó con mucha lentitud, separando sus cuerpos mientras negaba en silencio, pero aun así manteniéndose muy cerca.

—Creí que...— se sorbió la nariz y bajó la cabeza, escondiendo la mirada tras una larga y lacia cortina de cabellos pelirrojos— Creí que seguías molesto conmigo, y...

—Shh...— Steve la abrazó nuevamente y le besó la coronilla, estrechándola tan fuerte como podía sin hacerle daño— Nunca estuve molesto. Yo sólo...— suspiró, besándole la frente una vez más y cerrando los ojos un momento— Ya no importa... Todo está olvidado ahora, ¿de acuerdo?

Natasha alzó la vista, ya sin esconder su mirada abrumada, y asintió, aferrándose a la tela de la espalda de su chaqueta.

―Tenía miedo― confesó después de un rato, en un susurro apenas audible, y Steve la estrechó aún más fuerte— Oh, Steve... ¿Por qué todos a quiénes amo se van? Mi familia, mis padres, Alexei, tú...— sollozó, y al soldado se le encogió el estómago por su tono tan dolido y triste— ¿Qué hay de malo en mí?

—No digas eso, Nat— le reprochó con el ceño fruncido, separándose para mirarla a los ojos, tomando su rostro entre sus manos con tanta suavidad como si fuera de cristal. Y todo lo demás pasó a un segundo plano— No hay nada de malo en ti, ¿oíste? Y yo no te dejé. Estoy aquí...— refutó con calma, acariciándole las mejillas con sus pulgares― Ya no llores... ¿Quieres ver quién también vino a verte?― le dijo mientras esforzaba una sonrisa dulce, metiendo una mano en su bolsillo y sacando un muñeco de trapo, con cabellos de lana amarilla y botones celestes como ojos; Natasha se limpió las lágrimas y sonrió débilmente ante la graciosa cara que puso Steve— ¡Tadán!— rió, moviendo la cabeza del tétrico muñeco vudú— Hola, Nat. ¡Vine a devorar tus deliciosos intenstinos!— rió nuevamente, hablando con voz chillona, y riendo aún más ante la suave risa de su amiga.

—Steve júnior... Lo recordaste— le sonrió ella, tomando el muñeco de trapo entre sus manos mientras volvía a limpiarse los ojos para mirarlo con atención y los labios fruncidos— Lo hice cuando tenía unos diez años... Creí que lo habías tirado porque era horrorozo.

—Es horrorozo— corroboró Steve, esbozando una nueva sonrisa— Y maligno. Es un muñeco del diablo y me dio miedo tirarlo, pero no te lo dije porque quería que pensaras que era valiente como Bucky— admitió, haciendo que Natasha soltara una risilla ahogada— Pero, del infierno o no, se ha convertido en mi amuleto de la suerte, ¿sabes?— le dijo, divertido— Lo he tenido conmigo cada día desde que me enlisté, y hasta ahora nadie me ha disparado. Me ha dado suerte. Y también algunas pesadillas... Muchas, en realidad.

Natasha rió un poco más abiertamente y abrazó al muñeco contra su pecho.

— ¿De verdad lo conservante todos estos años?

— ¿Bromeas?— Steve frunció el ceño, fingiéndose ofendido— Es como una parte de mí, y lo quiero de regreso, eh— rió en voz baja, negando con la cabeza— Siempre fuiste una niña tan extraña...

—Cállate. Yo no era extraña; me gustaban las muñecas vudú, ¿qué con eso?— Natasha le golpeó el brazo, y por un segundo volvieron a ser esos dos chicos que caminaban juntos todas las tardes a la salida de la escuela; los amigos de siempre.

Se miraron a los ojos otra vez, y de nuevo fue como si el tiempo se hubiera congelado a su alrededor.

—Natalia— una mujer bajita, de apagados ojos azules y con un chal negro cubriendo su cabeza se acercó a Natasha, interrumpiendo el momento al tocar su brazo y hacer que se separaran, diciéndole unas cuantas palabras en ruso que ella respondió con un leve movimiento de cabeza, girándose hacia Steve otra vez con una mirada de disculpa.

—Llegó el sacerdote. Tengo que...

—Sí, está bien— Steve movió la cabeza y Natasha apretó su mano, sonriendo una última vez antes de alejarse con la mujer que debía ser la madre de Alexei mientras él se giraba y empezaba a buscar otro rostro familiar entre los presentes.

Bucky hablaba con una chica que debía ser una amiga de Natasha, no vio a Pepper por ningún lado y no conocía a nadie más. La mayoría de las personas hablaban en ruso, y parecían murmurar algo acerca de él, así que, un tanto incómodo, se dirigió a la salida, tomando una profunda bocanada de aire al pisar el pórtico, como si acabara de emerger luego de horas bajo el agua.

― ¡Hey!

Lo primero con lo que se topó fuera fue con la bonita sonrisa de Pepper Potts en el porche de los Romanoff, con un vaso de soda en una mano y la otra llena de canapés de salmón y algunos dulces. Una rara combinación.

―Hey― respondió casi sin ganas, caminando hacia ella con pasos lentos y cansados― Te perdí allá dentro. Creí que tal vez te habías ido.

―Oh, no. Sólo tenía hambre― sonrió su amiga, metiéndose un bocadillo entero a la boca― Asalté la cocina y me salí. Es extraño estar rodeada de tantos rusos...

―Sí, te entiendo― suspiró él, queriendo sacarle un caramelo de la mano, haciendo que Pepper lo mirara como si hubiera intentado robarle, casi a punto de gruñirle, cosa que le hizo reír con gracia.

―Si tienes hambre hay comida dentro.

―Ya. Sólo quería un bocado, no me asesines por eso― se burló, molestándola.

—Lo siento, pero en verdad estoy hambrienta― Pepper le enseñó la lengua y siguió comiendo, deteniéndose tras unos segundos― ¿Qué pasó? ¿Te abruma causar conmoción entre los rusos?

—Así fue— suspiró, aflojándose la ajustada corbata marrón claro mientras se recargaba en el barandal de madera pintada de blanco— Casi tuve que salir corriendo...

—Eso noté— rió la chica, dejando su comida sobre la madera y quitándose los zapatos negros de dos patadas para dar un salto y sentarse sobre el mismo barandal, acomodándose la falda del vestido— ¿Sabes? No me sorprendió no verte en la boda de Natasha...— comentó, mirando fijamente a Steve— Aunque, no sé, creí que te aparecerías gritando para oponerte como en esas tontas comedias románticas— rió otra vez y Steve frunció el ceño, echándose ligeramente hacia atrás— ¡No me veas así, Capitán América! Se nota que aún estás hasta los huesos por ella...

—No me llames así— refunfuñó, torciendo los labios y obviando el tema de sus sentimientos por Natasha— No sé para qué Tony le dijo a la prensa que de niño me llamaban así... Es odioso.

—Es simple: porque es un idiota. Y haría cualquier cosa por hacer del mundo un circo...— dijo Pepper, haciéndole reír en voz baja— Lo sé muy bien. Ahora trabajo para él.

Steve la miró, sorprendido.

— ¿Desde cuándo?

—Hace casi un año. Después de salir de la universidad me dio el empleo.

—No lo sabía— admitió el joven, revolviéndose el cabello rubio— ¿Eres su abogada?

Pepper frunció el ceño e hizo una graciosa mueca, moviendo su fleco rubio de un lado a otro.

—Su asistente personal, en realidad— bufó, encogiéndose de hombros— No terminé mi carrera. Mi banco quebró, mi fondo universitario se esfumó y ahora tengo que trabajar para pagar todos mis créditos universitarios y ahorrar algo si quiero graduarme...

—Oh, lo lamento― Steve chasqueó la lengua y tocó el brazo de su amiga con afecto― La crisis es pasajera, pero de verdad lo siento...

— ¿Porque perdí mi dinero o porque tengo que soportar a Tony para sobrevivir?— preguntó Virginia, divertida, haciendo que Steve riera una vez más.

—Por las dos. Pero creo que más por tener que soportar a Tony...

—Gracias. Pero en realidad no es tan malo... Solo me ocupo de ordenar su papeleo, comprar su café, pasear a su perro, elegir sus trajes, limpiar su casa, despedir gente, ocultar sus escándalos de la prensa, llevar su ropa a la lavandería...bueno, básicamente me he convertido en su madre. Pero las prestaciones son muy buenas— aseveró, haciendo énfasis en eso.

―Y que lo digas. Yo detesto mi trabajo, pero tiene sus beneficios. Transporte, alojamiento; y no pago impuestos.

―Por los malos trabajos con excelentes remuneraciones― rió Pepper, alzando su bebida, haciendo que Steve brindara con una copa invisible.

―Salud— bromeó, reparando en el anillo que tenía en la mano derecha― Ah, con todo esto se me había olvidado felicitarte por tu casamiento— comentó— Felicidades.

Pepper soltó una risita nerviosa y acarició su dedo.

—Gracias... ¿Puedes creerlo?— preguntó, alzando la mano para enseñarle el discreto pero bonito anillo de compromiso que llevaba en el anular— Porque yo aún no. Es todo tan repentino... En unas semanas seré la señora de Harold Hogan... Por cierto, la boda será el 10 de septiembre, y estás más que invitado, así que no hagas planes.

Steve rió entre dientes y clavó la vista al otro lado de la calle, justamente en el jardín de la señora McIntire, de donde él y Bucky solían robar flores cada día de San Valentín para sus madres y Natasha, perdiéndose durante unos segundos en esos recuerdos plagados de añoranza.

—Liberaré mi agenda para entonces— le sonrió de nuevo— Casi me caigo de la silla cuando Tony te felicitó por televisión... ¿Cómo lo conociste?

— ¿A Harold?— el soldado asintió, y Virginia resopló el fleco de cabello rojizo que caía por su frente— No vas a creerlo, pero es el chofer y guardaespaldas de Tony.

—Oh, oh— Steve tuvo que morderse la lengua para no reír— Si se conocieron gracias a Tony Stark no habrá forma de que se libren de él ahora...

—Ni me lo recuerdes— suspiró la chica— Ya se autonombró como nuestro padrino de bodas y está eligiendo el nombre de nuestros hijos— bufó, frunciendo el ceño, y esa vez Steve no pudo reprimir la carcajada.

—Déjame adivinar: Anthony si es niño...

—Y Antonia si es niña— gruñó Pepper, tocándose el abdomen inconscientemente— En verdad espero que no sea niña o estoy segura de que 'tío Tony' intentará seducirla apenas tenga la edad suficiente para entrar en los bares.

Steve soltó otra carcajada, pero la silenció súbitamente al caer en cuenta de algo, abriendo los ojos con verdadera sorpresa, alzando una mano para señalar la de Pepper, que seguía acariciándole el vientre.

— ¿Estás...?— parpadeó, sin habla, y Pepper Potts pareció darse cuenta de su error, ya que se sonrojó al instante.

— ¡Chist!— exclamó, intentando cubrirle la boca con sus pequeñas manos— Se suponía que era un secreto, y hasta había logrado que Tony cerrara la boca... ¡Que tonta!

—Ya, ya. No es nada malo— le sonrió Steve, tomándola de las manos para quitarlas de sus labios.

Pepper bufó.

—Díselo a mis padres...

— ¿No les dijiste?

— ¡Dios, no! ¡¿Estás loco?!— se horrorizó la chica, más sonrojada que antes— ¡Me matarían si supieran! Luego de matar a Happy, claro. Y por favor, promete que no se lo dirás a nadie más...

Steve reprimió otra sonrisa, procurando mantenerse serio.

—Lo prometo. Pero un hijo es una gran bendición siempre, Pep— le guiñó un ojo, y su amiga sonrió.

— ¡¿Estás embarazada?!

La sonrisa en el rostro de Pepper desapareció al instante mientras ella y Steve se daban la vuelta, observando al recién llegado con algo de sobresalto.

Sin embargo, Clinton Francis Barton solo les sonrió, acercándose a ellos con las manos metidas en los pantalones de su traje negro que parecía ser de diseñador.

— ¡Rayos!— les sonrió, acercándose a ellos para estrechar la mano de Steve— Felicidades a ambos. Cap, eres todo un semental, ¿eh?— rió, divertido— Y supongo que van a casarse o algo así...

— ¡¿Qué?! ¡No, no, no ,no, no!— aclaró Pepper, bajándose de su asiento de un salto— Sí estoy embarazada, pero no de Steve— aclaró— Y te ruego que no digas nada, Clint.

—Pero, ¿cómo? ¿Ustedes no estaban saliendo o...?

Steve y Pepper se miraron, luego a Clint Barton y ambos negaron con la cabeza, horrorizados.

—Mejor regreso adentro. Estás advertido. Ni una palabra— amenazó la muchacha rubia al joven Barton antes de recoger sus zapatos y regresar a la casa de Natasha, dejando a ambos a solas.

Clint suspiró y Steve se permitió observarlo un poco mejor. Había crecido bastante desde la última vez que lo había visto, cuando tenía solo dieciocho; ahora, tres años después, estaba casi tan alto y fornido como él, su cabello rubio estaba un poco más oscuro pero igual de corto y su piel un poco más bronceada, pero sus ojos azules y sagaces seguían siendo los mismos, así como esa sonrisa que siempre parecía ocultar algún que otro pensamiento inadecuado para la situación.

Clint pareció analizar su apariencia también y se acomodó a su lado, casi pegado a él, como si deseara medir fuerzas. Y sí, en efecto realmente seguía sacándole al menos diez centímetros, cosa que pareció disgustarle.

—También me da gusto volver a verte, Clint— le sonrió el soldado, intentando sentirse un poco menos incómodo frente a sus ojos penetrantes.

Barton, como respuesta, parpadeó y se movió un paso, volviendo a sonreír.

—Ah, se me olvidó decir hola. Hola, Steve. Me da gusto que regresaras...― dijo, y Steve lo miró, percibiendo una clara inflexión de ironía en su voz. No obstante, no estaba sorprendido.

Desde que tenían diez y ocho años y había conocido a Clint a través de Natasha, supo que, aunque siempre se portaba simpático con él, no le agradaba del todo al peculiar arquero. Realmente no había que ser un genio para darse cuenta de ello. Nunca se había preguntado la razón, pero de pronto creyó que era más que evidente: Natasha, lo único que ambos tenían en común.

—Te vi en los Juegos Olímpicos— comentó, arreglandose la corbata que se había desanudado con Pepper— Ganaste la de oro. Felicidades.

—Gracias. Y yo te he visto en la tele. Ahora eres el patriota del país. Felicidades.

—Ah... Eso. No es... Gracias— Steve se pasó una mano por el cuello, bajándola por su costado para meterla en el bolsillo del pantalón, adquiriendo una pose un poco más casual— Supe que también te va bien. Eres un deportista de élite, desde los...¿qué? ¿Dieciséis? Y apenas tienes veinte. Eso es excelente.

—Catorce— corrigió el chico, indiferente— Y acabo de cumplir veintiuno.

—Ah... Claro.

El silencio que siguió a continuación no hizo más que volver aún más incómoda y tensa la situación entre ambos. Le gustaba pensar que estaba equivocado, pero desde que se conocían Clint y él, aunque mantenían una relación de cordial amistad, jamás sabían qué decir cuando estaban a solas.

—Natasha se ve bastante tranquila, ¿no crees?― comentó el más joven de pronto, sacando un cigarrillo para sostenerlo entre los labios mientras lo encendía, ofreciéndole uno a Steve, que éste rechazó con un gesto.

― ¿A qué te refieres?

Clint lanzó el humo de la primera pitada al aire y jugó con su encendedor de halcón, dejando su pregunta en el aire por varios segundos.

―No lo sé, es decir, no pareciera que acaba de perder a su esposo. Alexei está muerto y ella solo se comporta como cuando terminó conmigo...

Steve frunció el ceño y rápidamente miró a Barton, pensando que había escuchado mal. Sin embargo, el rostro serio del otro muchacho no parecía estar mintiendo para burlarse de él.

— ¿Natasha y tú...?— inquirió con cautela e incredulidad que apenas pudo disimular.

—Sí— Clint sonrió de lado y miró hacia la calle por unos segundos, haciendo que algo se retorciera en el estómago del soldado— ¿No te lo dijo? Fue hace unos años, poco después de que Bucky la dejara y tú y él se fueran. No duró mucho pero sí fue algo muy intenso, ¿entiendes?

Steve se sintió enrojecer de pies a cabeza, así como un nudo en la garganta.

—Ella nunca lo mencionó— murmuró, sin poder esconder sus celos y enojo.

Clint Barton soltó una risilla y se encogió de hombros.

—No me sorprende. Sabes cómo es Natasha. Odia los cambios. Prefiere aparentar que nada pasó para fingir que nada ha cambiado. Así fue con nosotros.

—Por eso estabas distante con ella... Me lo decía en sus cartas.

—Más o menos. En realidad fue más complicado que eso. Pero es una larga historia que no discutiré contigo― su tono de voz de pronto se volvió hostil, y Steve, con algo de sorpresa, lo notó, pero intentó ignorarlo.

—Está bien; lo entiendo...

—No, no entiendes nada— refutó Clint, arrojando su cigarrillo al piso para extinguirlo con un pie, molesto— Si entendieras algo de la vida no hubieses tenido cara para presentarme hoy— continuó— No te agradaba Alexei, ni siquiera lo conociste porque jamás te presentaste en su boda. O sí lo hiciste, pero solo para intentar robarte a la novia.

—Yo no...— Steve quiso protestar, pero pronto descubrió que no podía sostener la mirada molesta y acusadora de Clint— No quise robarme nada— repuso intentando mantener la calma, frunciendo el ceño— Y no vine por Alexei, sino por Natasha, como imagino que tú lo hiciste.

—Es cierto— concordó el arquero olímpico, encogiéndose de hombros para volver a meterse las manos a los bolsillos y suspirar con despiste— No me lo tomes a mal, pero si de verdad te importara, tanto tú como tu amigo se hubieran quedado junto a ella en el maldito día más feliz de su vida— resolvió, en tono neutro y monocorde— Eso hice yo. Eso hubiera hecho un verdadero amigo.

Steve, a pesar de que aún no comprendía el reproche de Clint, se sintió ofuscado y molesto por su tenue insinuación de que no le importaba Natasha, lo que hizo que la sangre le hirviera, y toda actitud calmada se fuera de paseo.

—No, un verdadero amigo hubiera hecho lo posible porque ella fuera feliz— contraatacó, frunciendo el ceño— Yo fue hasta ése lugar intentando hacer que Natasha entrara en razón y no se casara con un sujeto al cual apenas había conocido, no amaba, y que nunca hubiera podido hacerla feliz.

— ¿Y cómo sabes que ella no lo era si no la has visto en años?— inquirió Barton, frunciendo el ceño— La dejaste, Rogers. Te escondiste tras un escritorio para no verla durante años y ahora tienes el descaro de venir al funeral de su esposo, del mismo que querías que dejara en el altar porque, según tú, no estaba enamorada de él. Pues te informo algo: aunque te pese, Natasha fue perfectamente capaz de seguir sin ti.

—Yo nunca dije que debía ser de otra forma— respondió Steve, dejando entrever, sin proponérselo, muchos más sentimientos de los que hubiese querido— Si ella en verdad fue feliz me alegro. Pero si tú la conocieras tanto como yo habrías sabido que no estaba enamorada de ése sujeto— insistió, endureciendo el tono. Y vio que Clint quiso protestar, pero, al parecer dándole la razón, decidió no hacerlo.

—Sea como fuere— continuó, después de un rato de mirar las orquídeas de Iván en silencio—, equivocada o no, si Alexei era lo que Natasha eligió ni tú ni yo podíamos meternos en medio, independientemente de nuestros sentimientos, por su felicidad— suspiró y encendió otro cigarrillo, sacando las llaves de su auto para darle la espalda y caminar hacia las escaleras del porche, dispuesto a marcharse.

Y, de repente, Steve lo comprendió todo, y lo vio más claro que nunca. Clint no lo odiaba, pero desde niños, y sin darse cuenta, también había sido un obstáculo entre la joven rusa y él, tal y como lo había sido Alexei. Siempre acaparando la atención de Natasha, compitiendo, de forma inconsistente, con el joven Barton. Porque Clint también la quería, quizá tanto como él, y se sintió muy tonto por no haberlo notado antes.

Suspiró con cansancio y miró la espalda ancha del otro chico contraerse al caminar, hablando sin darse cuenta:

—Si aún la amas deberías decírselo— murmuró entre dientes; Clint se detuvo, alzó la cabeza para mirarlo y sonrió, dándole una última pitada a su cigarrillo antes de descartarlo.

—Ella lo sabe, pero aquí el problema es que no siente lo mismo. Así como tampoco lo sintió con Alexei... Natasha sólo ha amado a una persona en toda su vida, y es demasiado terca para aceptarlo— dijo, y despidiéndose con una mano se fue, dejando a Steve más pensativo que nunca.

oOo

Más tarde, esa misma noche, Steve despertó en la penumbra de su habitación, sobresaltado y con la camisa y el cabello empapados en sudor mientras desesperadamente buscaba el fusil bajo su almohada, tardando unos cuantos segundos en darse cuenta de que ya no estaba en el campo. En algún momento, después del funeral, se había quedado dormido en su vieja cama, con los documentos que debía firmar encima.

Con eso en mente suspiró con alivio. Intentó volver a regularizar su respiración dando una profunda bocanada de aire y se sentó sobre la cama, recogiendo los papeles de la oficina para después suspirar y taparse la cara con las manos, dejándose caer una vez más sobre la cómoda colcha.

Eran comunes las noches en que olvidaba que ya no estaba en servicio, se levantaba de un salto y buscaba su rifle bajo la almohada antes de recordar que estaba de regreso en casa, a salvo de cualquier enemigo que buscara asesinarlo en medio de la noche. Entonces palpaba sus placas e intentaba volver a conciliar el sueño, pensando en Bucky, Sam, Thor y todos los amigos que seguían en combate, intentando que la culpa no lo invadiera.

A veces, Steve se sentía incómodo con su vida. No extrañaba el miedo y la incertidumbre del campo de batalla, pero sí la camaradería, la lealtad y la sensación de poder ayudar a otros compatriotas en apuros, de salvar vidas. Aunque amaba a sus país, no le importaban los intereses del gobierno; su único objetivo dentro y fuera de la guerra había sido siempre el de regresar a la mayor cantidad posible de soldados con sus familias, como escolta, francotirador o como parte del cuerpo de rescate. Su vocación era la de ayudar, no la de pelear por algo que nadie comprendía del todo. El 9/11 estaba demasiado lejos ya, y aunque seguía siendo una herida abierta en los corazones de todo americano, Steve le veía poco sentido a invadir toda una nación por algo que aún no estaba muy claro. Había vivido casi dos años entre losa árabes, reído con ellos, compartiendo momentos muy gratos con las personas que se suponía querían hacerle daño. Claro que no todo había sido color de rosa, ya que muchas veces se había topado con personas aún más malvadas de lo alguna vez había imaginado, pero, aun así, a pesar de que los talibanes existían por todo Medio Oriente, eran más las personas de buen corazón, las que sufrían mucho más con el enemigo en casa. Con el tiempo había aprendido que la pelea era también por ellos.

Todavía algo adormilado, observó la hora en la brillante pantalla de su celular, que marcaba las 20:15, lo que significaba que llevaba al menos unas cuatro horas dormido. Quizá a causa del cansancio del viaje y las emociones del día ni siquiera se había dado cuenta de cuándo se había rendido ante el cansancio. Recordaba vagamente regresar a su casa con Bucky, hablar por teléfono con su madre y encerrarse a trabajar, como hacía cada vez que se sentía fuera de eje; el resto era borroso.

No obstante, seguía cansado, así que, dándose vuelta sobre la cama, apretó las placas en su cuello y cerró los ojos, intentando conciliar el sueño de nuevo. Y de pronto algo le hizo eco en los oídos; eran gritos acallados por el sonido de un tiroteo, disparos zumbando en su cabeza, como si estuviera de regreso en Kosovo o Bagdad, y entonces, ni lento ni perezoso, abrió los ojos como platos y decidió que sería inútil volver a tratar de dormir.

Se levantó de la cama, encendió la ducha y buscó algo de ropa cómoda en el clóset, sacando unos pantalones deportivos negros, una camiseta blanca de la Armada y una sudadera azul con el logo de Georgetown que había comprado durante un viaje para conocer la universidad. Por hábito dobló el uniforme verde de servicio cuidadosamente, a pesar de que debía ponerlo a lavar, y lo acomodó a los pies de la cama, junto a los zapatos de cuero. Se duchó rápido, como solía hacerlo en el campamento, y se puso unos tenis que encontró bajo la cama antes de salir de su habitación, sorprendiéndose al encontrar todas las luces de la casa apagadas.

— ¿Bucky?— llamó con cautela, encendiendo las lámparas del corredor, pero no hubo respuesta— Bucky, ¿dónde estás?

Ahogando un bostezo, bajó a la cocina y abrió la heladera por acto reflejo, a pesar de que estaba vacía, torciendo los labios con disgusto para volver a cerrarla con un suave movimiento de muñeca. Encendió el resto de las luces, encontrando una carta de puño y letra de su amigo pegada a la puerta del refrigerador con imanes.

"Salí a dar una vuelta con Tasha para intentar animarla un poco. Íbamos a invitarte pero te veías en verdad cansado... Te dejamos unas hamburguesas que hizo Iván en el microondas. ¡Te veré más tarde, cariño! Bucky.", decía el papel, y al leerlo el soldado enarcó una ceja, pero nada más.

Bucky estaba con Natasha, los dos solos, de paseo y sin Alexei en medio...

—Idiota— se reprendió a sí mismo, recordándose que su amiga estaba de duelo, y que Bucky no sería capaz de insinuársele bajo esas circunstancias.

Debía dejar de lado esas ideas que en nada le ayudaban.

Buscó las hamburguesas en el microondas y preparó un plato; buscó unos cubiertos y se sentó a la mesa pero finalmente decidió que había perdido el apetito, o que al menos no quería comer solo, así volvió a recoger todo se puso la sudadera, escribiendo otra nota al reverso de la de Bucky.

"Me hubieran despertado. Fui a comer fuera. Steve", escribió, dejándola sobre la mesa antes de tomar su juego de llaves y salir, no muy seguro de adónde iría, pero sí de con quién.

Caminó por las calles que los habían visto crecer a él y sus amigos, observando cada baldosa, cada rajadura en el pavimento y árbol con añoranza hasta llegar a esa casa de paredes blancas que conocía tan bien, quitándose la capucha de la sudadera para alzar la vista y contemplarla mejor, decidiendo que en nada había cambiado, tampoco la luz encendida de la primera habitación del segundo piso. Sin embargo, durante varios segundos, Steve se debatió entre si tocar la puerta o llamar a su vieja manera, y acabó por contener una risa divertida mientras buscaba una piedra pequeña entre el césped, arrojándola hacia la ventana donde había luz al encontrar la indicada.

— ¡Pepper!— llamó con un grito moderado, como si fuera un adolescente en medio de una travesura.

Y por un momento volvió a ser el adolescente de antes.

— ¡Pep! ¡Soy yo!— exclamó tras no obtener respuesta luego de la cuarta piedrita, y al instante alguien corrió las cortinas, y un hombre joven con cara de sorpresa se asomó, buscando con la mirada hasta dar con él, entornando sus ojos oscuros y pequeños con confusión mientras se revolvía el corto cabello castaño con una mano perezosa y abría la ventana, algo turbado.

— ¿Sí? ¿Se te ofrece algo?— le preguntó, un poco somnoliento.

Steve se sonrojó hasta los huesos, completamente abochornado.

—Yo...Amm... Lo siento. Lamento haberlo molestado, pero estaba buscando a una vieja amiga que vivía en esta casa. No sabía que su familia se había mudado... De verdad lo lamento, señor.

El hombre parpadeó, un poco menos confundido, y se recargó contra la ventana, con aire más casual.

— ¿Buscas a Pepper?— preguntó, un tanto divertido, haciendo que Steve frunciera el ceño. Ahora el confundido era él.

—Sí...— contestó, alargando inconscientemente la letra i— ¿La conoce?

— ¿Que si la conozco? ¡Por supuesto que la conozco!— rió el joven— Soy su prometido, Harold Hogan, un placer. Pero los amigos me dicen Happy— le sonrió— Y tú debes ser Steven. Vaya, no te reconocí sin tu uniforme... Es un verdadero placer conocerte.

Steve parpadeó, sacudiendo la cabeza para despejarse.

—Gracias. Igualmente— respondió, pasándose una mano por la nuca, un tanto apenado— Harold...

—Happy.

—Happy— se corrigió Steve— No quiero molestar, y sé que ya es tarde, pero ¿está Pepper? Me gustaría hablar con ella...

— ¿Huh? Oh, sí, claro. ¡Cariño! ¡Visitas!— gritó hacia dentro de la casa, luego volvió a girarse hacia Steve, sonriendo en el acto— Oye, pareces más alto en persona...o tal vez sea impresión mía.

—Sí, bueno, yo...

— ¿Steve?— la ventana junto a la de Happy se abrió, y Pepper se asomó, sonriendo al verlo en su patio— Hola de nuevo. Después de que te dejé con Clint ya no te vi en el funeral... Por cierto, ¿ya conociste a Happy?

— ¡Ya lo hizo, amor!— exclamó el aludido desde la otra ventana, esbozando una sonrisa que Pepper le regresó.

Steve solo se rascó la coronilla, un poco sobrepasado por la inusual situación.

—Eh... Sí. Es muy agradable— sonrió, un tanto incómodo— Pepper, me preguntaba si querías dar un paseo, pero creo que no ahora no puedes, así que no imp...

— ¿Vienes a invitarla a dar un paseo nocturno?— preguntó Happy, y Steve sudó frío— Suena divertido.

—Como en los viejos tiempos— rió su amiga, desencajándolo un poco más— Steve solía arrojar piedritas a mi ventana e invitarme a caminar cuando tenía insomnio— le dijo a su prometido, divertida.

—En ese caso deberías ir, cariño.

— ¿Seguro?

—Por supuesto— comenzaron a hablar como si él no estuviera ahí, incomodándolo aún más— Además ya acabó tu hora de trabajo.

—Lo sé. Pero Tony quiere que le diga qué zapatos usar en la reunión que tiene mañana por video conferencia... Steve, ¿me esperas un momento?

— ¿Eh? Oh, claro. Ve.

Se quedó parado bajo la ventana mientras Pepper desaparecía de nuevo dentro de la casa. Sin embargo, Happy Hogan se quedó en el mismo lugar, mirándolo con una sonrisa que no hacía más que incomodarlo a cada momento.

—Bonita noche— comentó el hombre de cabello oscuro, sin una pizca de malicia o sarcasmo en su voz, cosa que le sorprendió.

—Sí... ¿Sabes, Happy? Puedes venir si quieres. Pepper y yo solo daremos unas vueltas...no es nada...

—Oh, no— negó él, apoyándose un poco más sobre el marco de la ventana— Ella me dijo que hace mucho no hablaba contigo y deben tener muchas cosas de qué platicar. No quiero incomodarlos con mi presencia.

—Oh. Gracias. Por cierto, felicidades por el bebé.

—Gracias. Eres buena persona, Steven.

—Gracias. Creo.

—Lo digo en serio. A cualquier otro que arrojara piedras a mi ventana en mitad de la noche buscando a mi mujer le rompería la cara— Steve sudó frío de nuevo, entre asustado e incómodo— Pero tú me caes bien. Y Pepper te quiere mucho. Además sé que no intentarás nada con ella porque estás enamorado de esa chica... ¿Cuál era su nombre...?— Steve frunció el ceño, palideciendo en el acto— ¡Pep! ¡¿Cómo se llamaba la chica pelirroja del funeral?! ¡La enamorada de Steve!— gritó hacia dentro de la casa, y varios perros de la cuadra comenzaron a ladrar. Asmismo, Steve sintió como toda la sangre de su cuerpo le subía hasta las orejas, haciendo que repentinamente sintiera un calor asfixiante.

— ¡Natasha!— escuchó la voz de su amiga responderle desde algún lugar.

— ¡Ah, sí! Es Natasha— rió Happy, victorioso— Creí que era Natalie o algo así... No estaba muy lejos...Por cierto, ella es linda...

—Sí... ¿Pepper está lista, o...?

En ese momento se abrió la puerta y por ella salió una presurosa Virginia, poniéndose un abrigo de lana a la carrera, llegando hasta él y dándole un beso en la mejilla.

—Hola, Steve— le sonrió— Lamento la demora, pero cada noche debo leerle la agenda del día siguiente a Tony, elegir y combinar sus trajes y zapatos y asegurarme de que se meta a la cama y no se vaya de por ahí de parranda...

—Suerte con eso.

—Ni lo menciones. Me convertí en su madre— suspiró y después alzó la vista, mirando a su esposo— ¡Happy, métete a la casa!

—Lo sé, amor. Sólo quería asegurarme de que todos estuvieran bien.

—Lo estamos, cariño. Regresa a la cama. Tony dijo que quería que lo llamaras antes de que se duerma. Que no puede hacerlo si no le das las buenas noches.

—Ah, sí. Apenas vamos por el capítulo seis de Harry Potter y el Misterio del Príncipe— rió, y Pepper también— Bueno, lo llamaré. No regreses tarde, cariño.

— ¡Claro que no! ¡Descansa! ¡Te amo!

— ¡Te amo! Adiós Steve. Fue un verdadero placer conocerte.

—Adiós, Happy. Saluda a Tony.

—Claro. Oh, y suerte con Natasha... No quiero ser irrespetuoso, pero ahora que ya es viuda el camino está despejado, ¿o no?

—Cariño...

—Mejor ya llamo a Tony. Buenas noches— les sonrió una última vez y cerró la ventana, dejándolos a solas.

Steve entonces soltó un bufido y relajó los hombros, mirando a su amiga con reproche.

—No puedo creer que le hayas dicho sobre Natasha.

—Oye, ése fue Tony— se defendió ella, riendo mientras tomaba su brazo para comenzar a caminar en dirección al centro de Brooklyn— Y no te preocupes por Happy. Le gusta jugar con las personas, pero es de confianza.

—Me alegra saberlo— rió él, guardando las manos en las bolsas de sus pantalones y guardando silencio por casi una calle— Me cae bien, pero creo que pasa demasiado tiempo con Stark.

Pepper lo miró y soltó una carcajada.

—Es lo mismo que yo digo. Lo desfachatado se pega.

Ahora fue Steve el que rió, doblando en la esquina, en dirección a la avenida con su amiga aún sujeta a su brazo.

Compraron helado y regresaron al vecindario, al mismo parque que visitaban de adolescentes. Se sentaron en los columpios y Pepper se desternilló de risa cuando Steve apenas cupo en uno debido a su cuerpo alto y fornido. Así que acabaron sentándose en una banca junto a los juegos.

Platicaron de todo; lo sucedido en los años luego de la graduación, sobre sus respectivos empleos y los planes a futuro, pero sobre todo, sobre Steve y su vida como marine, sus viajes, sus anécdotas tanto graciosas como tristes; sus miedos en el campo de batalla y los de Pepper ahora que sería madre. Luego hablaron de Natasha, su boda y posterior pérdida, y Steve le contó sobre su curiosa plática con Clint Barton.

—Siempre ha estado enamorado de ella— informó la joven, encogiéndose de hombros— Eso era evidente.

Steve soltó un ligero sonido afirmatorio, sin admitir que en realidad nunca se había dado cuenta.

—Ellos salieron.

—Lo sé. Estaban juntos cuando volví para Acción de Gracias en mi primer año. Realmente hacían una bonita pareja— observó, ahogando un bostezo.

— ¿Y qué pasó?

—No lo sé. Yo estaba en Boston— se encogió de hombros— Supongo que ella no estaba tan enamorada como él...

—Clint aún la ama.

—Y por eso sigue a su lado.

Esas palabras calaron profundo en Steve, haciendo que Pepper lo notara de inmediato.

— ¡Oh! Bueno, lo que quise decir fue que a veces el amor es...

—Está bien— la cortó el soldado, encogiéndose de hombros— Supongo que tienes razón.

—Bueno, tú también estuviste junto a ella todo éste tiempo; aunque no fuera de forma presente siempre la acompañaste.

—Y luego desaparecía. Un buen amigo se habría quedado, como dijo Clint. Yo debí tragarme mi dolor y estar junto a ella el día de su boda...

—Estabas herido. Nadie puede ocuparte por eso— Pepper apretó su mano con comprensión.

—No lo sé. Eso no justifica que haya tratado de cancelar la boda.

—Ummm... ¿Sabes algo? Fue una boda extraña... Algo fría y robótica. Pero bueno, nunca antes había ido a una boda rusa. Pero ya no hablemos de eso. ¿Qué hay de ti? Debe haber una larga fila de supermodelos esperándote en Washington, ¿verdad?

Steve miró al frente y rió con voz queda.

—No en realidad— sonrió, sonrojándose levemente.

— ¡Oh, vamos! Debes tener al menos una novia escondida por ahí...

—Si tuviera una novia no la escondería.

Virginia Potts apretó los labios y movió la cabeza, dándole la razón.

— ¿Cuándo dejarás de ser tan santurrón?— bufó, fingiéndose exasperada— ¿Al menos una amante, algún 'roce ocasional'?

—No.

— ¡¿Y qué has estado haciendo todos estos años, Steven?!

El aludido se encogió de hombros, incómodo.

—Estuve ocupado...

Pepper torció los labios con falso disgusto y ahogó una pequeña sonrisa elegantemente con el dorso de su mano. Luego guardó silencio y analizó a Steve cuidadosamente con la mirada.

—Aún la amas, ¿no es así?— preguntó con suavidad, tocándole la rodilla con afecto— Por eso no sales con nadie.

Ante su pregunta tan obvia el joven soldado soltó un pesado suspiro y asintió con algo de pena, regresando la vista al frente.

— ¿Qué caso tiene negarlo?— se lamentó, frotándose las manos con nerviosismo.

—Pero si ya decidiste dejarla atrás, ¿por qué no seguiste con tu vida, Steve?

—Es complicado...

— ¿Aún la esperas?— le soltó de pronto, dejándolo sin palabras.

¿Aún esperaba que Natasha descubriera mágicamente sus sentimientos y correspondiera a ellos? En su mente, eso tenía mucha lógica, pero dicho por Pepper le pareció casi absurdo. Él no se lo diría. Nunca. No mientras Bucky aún estuviera en medio. Steve sabía que su amigo aún amaba a Natasha, aunque por fuera lo disimulara. No podía contra eso.

—No es eso...

—Oh, Steve, no sabes mentir— refutó la joven rubia, entornando la mirada— Y no quiero que pienses que apoyo las locuras que dice Happy, que usualmente salen de Tony, pero, no sé, quizá ahora que Natasha es libre de nuevo, ustedes puedan...

— ¿Qué? ¿Salir?— la interrumpió él, esbozando una sonrisa triste— No. No sería correcto. Bucky...

— ¡Olvida a ése idiota!— estalló su amiga, sorprendiéndolo con su intensidad— Steve, se trata de tu felicidad, y sé que eres tal vez la persona más noble del mundo, ¿pero no podrías, aunque sea por una sola vez, ser un egoísta? Ya renunciaste a ella una vez; dos, de hecho. Por una vez no pienses en los demás antes que en ti mismo, ¿quieres?— mientras le decía eso, Pepper le sujetó la cara entre sus pequeñas y suaves manos para obligarlo a mirarla a los ojos y así hablar seriamente— Y si todo falla, Sharon Carter aún sigue interesada en ti...— comentó, quitándole hierro al asunto.

Steve rió y desvió el rostro, levantándose junto a Pepper para emprender el camino de regreso, dejando de lado el tema de Natasha mientras hablaban sobre visitarlo en Washington antes de la boda. Pero aunque la escuchaba atentamente y en silencio, no podía dejar de pensar en sus palabras.

No podía dejar de pensar que, tal vez, Pepper tenía razón y era hora de ser un poco egoísta.

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Continuará...

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N del A:

Hola!

Lamento la tardanza, por eso publiqué un capítulo largo, aunque tuve que dividirlo porque era demasiado extenso y todavía faltaba terminarlo.

En el próximo prometo lemon.

Gracias a Romanogers 2015-2016, lamento no publicar el lemon aún.

Actualizaré de nuevo en la semana, y espero sus rr.

Saludos!

H.S.