Disclaimer: Los personajes de Avengers no me pertenecen.

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7

Bucky, Natasha y Steve

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Steve acomodó el brazo sobre la ventanilla, dejando que el viento despeinara sus cortos cabellos rubios y entumeciera su rostro, viendo el mar que bordeaba la carretera como una enorme masa oscura sin final, apenas iluminada por los últimos vestigios de la luz de luna.

Miró a su lado; James Barnes conducía el Mustang de su padre en silencio, concentrándose únicamente en el camino, aparentando tranquilidad, pero Steve lo conocía demasiado bien como para poder ver a través de él. Bucky seguía allí, siendo su mejor amigo, con su enorme sonrisa y sus bromas, pero a pesar de lucir como el Bucky de siempre, algo en él no encajaba. Al menos para Steve.

Había vivido lo mismo con Sam días atrás; su amigo afroamericano había quedado tan afectado luego de un ataque que mató a todo su pelotón y lo hirió casi de muerte que había entrado a un grupo de ayuda en Washington, junto a otros soldados activos con diferentes tipos de estrés post-traumático; Steve iba a verlo casi todos los días, después de todo seguían siendo buenos amigos, y al mirar en sus ojos oscuros podría jurar que veía ese mismo vacío que en los de Bucky; como si la esperanza los hubiera abandonado a ambos.

Y Sam lo sabía, y por eso buscaba ayuda. Pero Bucky no era como él; si tenía un problema no estaba demostrándolo, y eso le preocupaba. Le preocupaba que Bucky siguiera creyendo que siempre debía ser el fuerte, el que debía cuidar de todo el grupo como cuando eran niños. Sin embargo, no tenía pruebas para que recibiera ayuda si él no la pedía, y quería plantearle el asunto, mas tampoco estaba convencido de lo que sus ojos creían ver.

Bucky siempre sería su héroe, después de todo. El chico que lo salvaba de las golpizas y que había sido su mejor amigo cuando a nadie más le había importado. Quería creer que por eso, tal vez, estaba preocupándose en demasía.

De repente sintió una mano fuerte y firme sobre su brazo, y al girar la mirada James le sonrió, con esa mezcla de arrogancia y diversión que siempre lo había caracterizado; palmeó su hombro dos veces y siguió conduciendo, sin hacer nada más, diciéndole con ése gesto que todo estaría bien.

Y Steve lo creyó.

Le sonrió de regreso, y luego, de reojo, contempló la silueta de Natasha, que se había dormido acurrucada como una niña sobre el asiento trasero. Y al verla así, serena y vulnerable, Steve se permitió observarla un poco más, tratando de delinear cada pequeña marca o arruga de su rostro, cada cosa perfecta y cada imperfección, no queriendo sacar jamás esa imagen de su mente. Y sin pensarlo dos veces sacó la vieja Polaroid de su madre y la fotografió, haciendo que Bucky lo mirara otra vez, y que Natasha despertara por la sorpresa del flash en su cara.

— ¿Qué haces?— inquirió, más somnolienta que enojada, sentándose erguida para mirarlo.

—Te tomó una foto mientras dormías— contestó Bucky con una media sonrisa jugueteando entre sus finos labios.

Natasha levantó una ceja; tenía el cabello revuelto en todas direcciones y unas pronunciadas ojeras, pero para Steve en ningún momento había dejado de lucir hermosa. Su amiga entornó la vista para mirar la carretera durante unos segundos y volvió a recostarse.

— ¿Cuánto falta para llegar?

—Estaremos ahí antes del amanecer— informó el sargento, sonriendo otra vez— Por cierto, ¿nadie más va a venir?

Steve desvió la vista de Natasha y soltó un largo suspiró mientras se acomodaba de nuevo con la vista hacia el camino, negando suavemente con la cabeza.

—Pepper me dio las llaves; ella y Happy deben regresar a Manhattan para resolver algunas cosas de la boda.

— ¿Y a Stark no le molestará que usemos su casa?

—Está en India, ayudando a los pobres para deducir impuestos o algo así. Verá a unos empresarios y a un chamán. O eso fue lo que Pepper me dijo, así que estará varios días por allá.

Bucky soltó una carcajada y se recargó contra la ventanilla también, recargando la cabeza en la palma de su mano.

—Tony Stark y su filantropía... Eso es muy irónico si tienes en cuenta que su compañía prácticamente provee a todo el Ejército de armamento militar— ahora los dos rieron, y después de eso hubo un breve momento de silencio que Steve aprovechó para relajarse un poco. Los suaves asientos de piel y el leve arrullo del motor estaban terminando por adormecerlo— Será divertido este viaje— siguió Bucky, risueño— Como en la noche de tu graduación, ¿recuerdas?— rió— Debimos traer a Clint, a Jane, Thor, María, y los demás. ¿Qué será de ellos?

—A Thor lo vi en California hace unos meses; renovó su contrato y está designado a una base en Qatar con su compañía— informó él, en un suspiro cansado— Había dicho algo de quedarse en el Ejército para escapar de un compromiso... Escuché que Jane ahora es una científica y que Darcy trabaja con ella cerca de Dallas. María Hill ahora trabaja para el Gobierno, pero Pepper no supo decirme en qué. Y Clint viajó a Corea a una competencia— se encogió de hombros.

—De cualquier forma estamos mejor así, solo nosotros tres, como siempre— Bucky le sonrió y golpeó su brazo con fuerza, haciendo que Steve diera un brinco y se quejara— Trabajar en una oficina te ha vuelto muy delicado, hermano.

—Cierra la boca— gruñó el aludido, aunque acompañando la sonrisa de su mejor amigo.

No tardaron mucho más en rodear el mar y entrar al complejo de casas lujosas y elegantes mansiones, apenas el sol comenzaba a despuntar el alba. Las personas más adineradas y poderosas del país solían tener sus casas de verano en los Hampton y en esa misma calle, pero al no ser temporada alta aún podía verse como la gran mayoría de las propiedades estaban vacías.

La casa de los Stark, una enorme construcción de madera y cristal, se erguía al final de la calle principal, tan silenciosa y solitaria como las demás, con su enorme jardín y playa privada en la parte trasera, siendo atravesada por los primeros rayos de sol de la mañana.

—Nat, Nat, llegamos...

La joven rusa se removió sobre el asiento y abrió los ojos con pereza mientras Steve bajaba del auto y le abría la puerta.

—Ummm... Déjame dormir, Steve. No seas fastidioso— se quejó, tratando de patearlo entre sueños. Eso le recordó a cuando iba a buscarla por las mañanas para ir a la escuela e Iván, ya rendido, le cedía la titánica tarea de levantarla de la cama a jalones. Por suerte estaba tan experimentado en esa área que fácilmente podía anticipar sus golpes.

— ¡Vamos!— Steve forcejeó con ella, tirando de sus piernas y Natasha se sujetó de la otra puerta y se negó a ceder; entonces Bucky, divertido, fue hacia el otro lado y abrió la puerta de un tirón, obligando a la chica a soltarla.

— ¡Ya llegamos!— anunció, tomando a Natasha como si fuera una muñeca para cargarla sobre su hombro derecho, ignorando sus quejas, golpes y protestas.

— ¡Bájame, Bucky! ¡Ya me desperté!

—Si te bajo vas a golpearme, así que no— refutó el muchacho, acomodándola sobre su hombro como si fuera un costal de maíz.

—Voy a causarte tanto dolor cuando baje de aquí...

—No lo dudo.

— ¡Bájame!— de imprevisto, la joven rusa movió el pie derecho y le dio un puntapié en la entrepierna, haciendo que Bucky soltara un alarido de dolor mientras la soltaba sobre la arena, cayendo de rodillas junto a ella.

—Te dije que iba a hacerte daño— dijo Natasha, estirando los músculos de su espalda con pereza— Ya deja de quejarte como ni...— no pudo terminar la frase porque Bucky atrapó sus piernas con las suyas y la hizo caer.

—A mano— dijo en un jadeo, levantándose con una mueca de dolor. Natasha tardó unos segundos en reaccionar, y al hacerlo se levantó aterradoramente de un salto, como si fuera un ninja, mirando a Bucky con ojos brillantes. Y su amigo tembló ante esa mirada; y con razón.

—No debiste hacer eso— siseó, y Bucky se hizo prudentemente hacia atrás.

—Tasha... ¡Espera!

Natasha corrió hacia él y Bucky corrió también para esquivar su furia asesina, colocando las manos delante de su cuerpo para defenderse de los golpes de karate de su amiga. La cosa empezó seria, pero cuando Bucky alzó a Natasha por la cintura y la hizo reír volvieron a estar en calma, jugando como dos niños en vez de golpearse.

Steve se quedó parado un segundo y los observó corretear.

Era curioso. Había una especie de conexión entre Bucky y Natasha que era difícil de interpretar. No se le había hecho extraño al principio, pues los dos eran muy parecidos en varios aspectos, pero había algo más, algo que no estaba ahí cuando eran adolescentes. Una química amenazante, atrayente y a la vez explosiva, que hacía que se sintiera amenazado. Y odió esa sensación.

— ¡Oigan, oigan! ¡Compórtense, niños!— intervino, poniendo una mano en el hombro de Natasha para llamar su atención. Ella dejó de forcejear con Bucky y lo miró. Entonces, sin previo aviso, Steve la levantó por los aires y corrió con ella hacia el océano.

— ¡No, no, no, no, no! ¡No te atrevas, Steve!

Steve rió, conteniendo una exclamación al sentir el agua fría mojando sus pies.

—Tú te lo buscaste— dijo, dejándola caer entre las olas, empezando a correr antes de que ella pudiera levantarse y golpearlo. Desde pequeña Natasha explotaba rápidamente e igual de rápido se calmaba. Las emociones de la joven rusa eran como gotas de agua en una superficie caliente, con el calor rápidamente evaporándose.

Por unos momentos todo fue risas y juegos. Los tres volvieron a ser los niños de antes, los mejores amigos. Tanto Steve como Bucky levantaban fácilmente a su amiga y la obligaban a volver a zambullirse entre las olas antes de que ella se parara en la arena para correrlos por toda la orilla e intentar llevarlos a lo profundo y ahogarlos. Varios minutos después, cuando el cielo casí terminaba de iluminarse para un nuevo día, caminaron directamente hacia la playa y se sentaron en la orilla, de cara al amanecer, con Natasha en medio, tan abstraída en los cálidos colores del cielo que aún después de aquel breve pero divertido momento juntos parecía completamente ausente y ajena a ellos.

Steve la miró fijo, tratando de descifrar ese lugar insondable donde yacían sus pensamientos, pero, como todo con Natasha, era aún más difícil que cruzar al Atlántico en bote. Desde que se habían reencontrado no la había visto llorar ni una sola vez por su fallecido esposo, lo cual no era del todo extraño, teniendo en cuenta que Natasha nunca había sido muy expresiva en cuanto a sus sentimientos, pero su actitud fría y calculadora parecía haberse reforzado con los años que habían estado separados. No estaba triste, aunque tampoco estaba feliz, ni siquiera después de que hubiese reído con ellos. Aun así era imposible mirarla y no ver a la niña pelirroja con la que había crecido, y de la cual se había enamorado.

Bucky también la miraba, pero su mente parecía haberse vuelto un lugar aún más impenetrable que la de Natasha, y aunque eso hacía que se sintiera extraño durante cada momento de silencio, Steve trataba de comprender que ninguno era el mismo de antes, y que las circunstancias podrían haber cambiado a Bucky, pero que seguiría siendo su mejor amigo a pesar de cualquier cosa.

De pronto, se sorprendió al sentir una mano cálida y pequeña sujetando la suya. Natasha había entrelazado sus manos con él y Bucky, sin decir nada ni dejar de contemplar el colorido anaranjado del alba, pero no necesitó hacerlo.

Natasha Romanoff nunca solía decir lo que sentía con palabras, pero quienes la conocían sabían que siempre demostraba sus sentimientos con acciones como esa; sin necesidad de decir nada. Y Steve pudo sentir su dolor y tristeza a través de sus dedos, así que le regresó el gesto, transmitiéndole todo su apoyo y cariño.

Habían sido demasiado cambios drásticos en su vida en muy poco tiempo, por eso habían hecho ese largo viaje, solo por ella, y estaba feliz de que Natasha lo supiera.

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El sol encandiló los ojos de Steve mientras corría, obligándolo a detenerse y tirarse a descansar en la orilla un momento mientras se tapaba el rostro con la gorra que usaba fuera de la propiedad Stark para que nadie reconociera al famoso y aclamado Capitán América. A Natasha le causó risa verlo fatigado, con el corto cabello rubio completamente desprolijo y la camiseta empapada en sudor sobre lo ancho de su espalda y entre sus pectorales. Entonces recordó al pequeño Steve, ése niño flacucho y débil que siempre se fatigaba después de correr unos dos metros, y el cual siempre andaba tan arreglado como un testigo de Jehová en domingo y sin una gota de sudor encima; era increíble como habían cambiado las cosas para él, y lo diferente que era físicamente, pero al mismo tiempo seguía manteniendo esa inocencia que aunque a veces la desesperaba secretamente había terminado admirándola.

Ya no existían hombres como él, atentos, tímidos, dulces y sensibles. Tras Steve habían roto el molde.

Pensando en eso se recargó sobre la barandilla de madera del balcón y sopló su humeante taza de café, todavía observando a su mejor amigo tirado con las rodillas flexionadas y separadas sobre la arena, los brazos a los lados de su cuerpo y las olas bañando su lado derecho. De pronto Steve se levantó de una salto; miró hacia un lado, luego al otro y hacia atrás, como si quisiera asegurarse de estar solo. Después de unos segundos de cuidadoso escrutinio pareció darse por satisfecho, y volviendo a sentarse en la arena se quitó los tenis y los calcetines, los cuales dobló con cuidado y los acomodó juntos sobre el calzado, lo suficientemente lejos de las olas. Natasha lo vio y rió otra vez ante la meticulosidad del joven Rogers. Algunas cosas nunca cambian, se dijo, burlona, pero de pronto abrió los ojos como platos y detuvo la taza de café a centímetros de su boca, sin poder evitar que sus labios se entreabrieran con sorpresa. Steve se había quitado la camiseta sudada en un santiamén, desvelando así su fuerte y musculoso torso. Natasha se aprovechó de que su amigo no había notado su presencia para admirar su físico. Sin camiseta, se veían claramente los bien trabajados músculos de sus hombros y brazos, y su suave y ligeramente bronceada piel lampiña. La agraciada curva de su columna que bajaba a una delgada cintura que se veía demasiado delgada y fuerte para sostener los holgados pantalones deportivos de algodón que cubrían sus largas piernas. Natasha se sorprendió al descubrir que Steve paulatinamente se había convertido en uno de esos modelos de Calvin Klein o Abercrombie.

Y cuando se lanzó al mar le dio una excelente vista de los músculos de su espalda en movimiento, contrayéndose de una forma tan masculina que le provocó un extraño ardor en el vientre. Steve tenía un tatuaje en el extremo superior izquierdo de su espalda, que Natasha dedujo debía ser algo de los Marines, aunque a la distancia no podía distinguir bien el diseño; eso no lo sabía a ciencia cierta, pero se divirtió imaginando cómo lo habían convencido de tatuarse cuando le había temido a las agujas desde siempre. No podía creer que ese hombre tan masculino, fuerte, tenaz, que se hacía tatuajes y nadaba contra las olas fuera el mismo Steve al que de niños debía defender de los bravucones de la escuela, aquel debilucho enclenque que no podía ni siquiera saltar dos metros sin tropezarse con sus propios pies. En eso pensaba mientras salía de la casa de Tony con una toalla seca bajo el brazo, acercándose a la playa. Y Steven al verla empezó a nadar hacia la orilla, saliendo del agua con una sonrisa.

Se veía como un jodido dios griego, con su espalda ancha, la cintura pequeña, los marcados músculos en forma de V de su abdomen bajo y los muslos fuertes... Natasha de pronto se preguntó si la parte no visible estaría en proporción con el resto de su cuerpo, y entonces Steve alzó una mano para saludarla, y Natasha se mordió el labio inferior y le sonrió también, algo incómoda por verse "atrapada" pensando en cómo sería el pene de su mejor amigo, pasándole la toalla con una sonrisa traviesa.

― ¿Cómo está el agua?

―Un poco fría― respondió Steve, sonriendo como siempre― ¿Qué pasa?

―Nada. ¿Por qué lo preguntas?

―No sé. Me estás mirando de una forma algo incómoda.

Natasha parpadeó y luego ahogó una risilla nerviosa. ¿Por qué de pronto se sentía como si no estuviera hablando con Steve, sino con otro hombre? Uno jodidamente guapo.

Pero no, él era Steve Rogers, su dulce y algo afeminado mejor amigo, sin importar que tantos cambios hubiera sufrido su apariencia.

―No es cierto. Solo estaba mirándote porque no puedo creer como haces para desordenar tu cabello de esa forma cuando tienes tan poco― bufó, parándose de puntitas y extendiendo una mano para alcanzar su cabeza― ¿Qué no sabes lo que es el fijador?

Steve sonrió y se apartó, aprovechando su altura para librarse de ella.

―Déjame en paz. Son mis vacaciones— respondió, sonrojado, y Natasha se alivió de tener a su tonto y mojigato mejor amigo de regreso.

—Desperté de mi siesta y te habías ido— observó, cambiando el tema de conversación— Desapareciste y yo estaba aburrida. Bucky sigue roncando como un maldito poseso. No creo que lo despierte ni el fin del mundo.

El soldado rió entre dientes, y su sonrisa blanca y de dientes perfectos casi la cegó.

—Dormir es una bendición cuando estás en el ejército. Deja que Buck se despache— murmuró, recargando una mano sobre la cabeza de su amiga para después dejarla caer sobre su hombro.

Natasha ahogó un respingo de sorpresa, y frunció el ceño, pero se dejó abrazar.

—Supongo... ¿Adónde fuiste?

—Salí a correr por la playa. En Washington lo hago cada mañana, alrededor del Capitolio, y si tengo tiempo también por las tardes. Me ayuda a ejecitarme y mantenerme ocupado.

—Y luego le diste un bien merecido chapuzón a todos esos fibrosos músculos, eh...

— ¿Qué?

—Nada— respondió con rapidez, repantigándose cómodamente sobre la arena templada mientras suspiraba— ¡Estoy muy aburrida!

Steve le sonrió mientras se limpiaba los pies y volvía a entrar en sus tenis y se ponía su gorra oscura.

— ¿Qué tal una carrera?— propuso, levantándose lentamente para extenderle una mano— El último en llegar al muelle preparará la cena

—No quiero.

— ¡Vamos!

—No. Te he visto correr y eres más rápido que el maldito Correcaminos. No voy a competir contigo si sé que voy a perder, no soy estúpida.

Steve torció los labios y se cruzó de brazos.

—Cobarde.

—Ya déjalo, Steven. Tus provocaciones de niña de quince no servirán conmigo— bufó la joven rusa, levantándose de un salto para sacudirse la arena del trasero. Entonces miró tras de Steve y frunció el ceño— ¿Qué demonios es eso?

— ¿Qué cosa?— Steve giró el cuello, y al hacerlo Natasha comenzó a correr a toda velocidad hacia el muelle, dejándolo detrás— ¡Oye, eso es trampa!— exclamó, lanzándose a la carrera tras ella. Natasha era ágil, pero él lo era aún más; sin embargo, la dejó ir al frente, dándole la ventaja hasta que llegaron al muelle, donde se sentaron para disfrutar del espectáculo del atardecer.

La mayoría de los que estaban pescando ya habían empezado a recoger los bártulos, y los pocos que quedaban estaban limpiando los peces que habían obtenido y lanzando las partes sobrantes al agua. Al cabo de un rato, el océano gris metalizado empezó a teñirse de color naranja y luego de amarillo.

En las grandes olas que se formaban más allá del puerto Steve vio a unos pelícanos encaramados cómodamente sobre las espaldas de varias marsopas, mientras éstas se mecían sobre las olas. Sabía que el atardecer traería la primera noche de luna llena luego de su experiencia en el campo, donde debían saber qué días la noche sería clara y cuáles podrían apañarlos bajo un manto de completa oscuridad. No estaba pensando en nada en particular, sólo dejando que sus pensamientos fluyeran libremente mientras Natasha hacía los mismo, recargada en el barandal de madera, dejando que la brisa salada jugara en su cabello tan rojo como el atardecer.

— ¿Quieres oír algo verdaderamente absurdo?— dijo de repente, sorprendiendo a Steve con el tono apagado de su voz; no obstante, se encargó de mirarla fijamente para que entendiera que la estaba escuchando— Alexei me trajo aquí dos días antes de morir porque habíamos peleado... Peleábamos mucho últimamente, y ahora... En cierta forma es casi como si él siguiera aquí...

Steve alzó las cejas levemente y resistió el impulso de abrazarla, a sabiendas de que Natasha odiaba las muestras de afecto el público, sobre todo cuando la hacían ver de alguna manera vulnerable.

— ¿Y cómo era él? ¿Cómo era tu esposo?— preguntó para acabar con el incómodo silencio, aunque no le interesara ni un poco oír del hombre que de una forma u otra le había quitado a su mejor amiga. Y Natasha lo miró también, como si intentara encontrar malicia en sus palabras, cosa que no había.

— ¿Alexei? Pues era muy fuerte, decidido y apuesto. Ya sabes, esos típicos hombres rusos que desbordan masculinidad y son capaces de hacer que te mojes con una sola mirada... Ya sabes, "ahí abajo".

—Wow— silbó Steve, obviamente sonrojándose por el vocabulario soez de su amiga, pero al mismo tiempo sin poder evitar reír— Suena...— no supo cómo terminar la frase, así que se recargó contra la madera también y la dejó en el aire, a la libre interpretación de Natasha.

—No era para nada sutil— siguió diciendo, con el ceño fruncido— A decir verdad era bastante burdo, y si no fuera por su apariencia probablemente se hubiera quedado solo— rió, y Steve alzó una ceja con escepticismo— Muchos decían que éramos perfectos juntos porque éramos jóvenes y atractivos. Y tenían razón. Nos vemos jodidamente apuestos en las fotografías. Sí, lo sé. Me oigo como toda una perra superficial, pero así era lo nuestro; muy físico. Él no era muy listo, ¿sabes? Ni me hacía reír como tú o Bucky, pero con Alexei yo...me sentía segura. Digo, tal vez suene estúpido, pero...

—No es estúpido— la interrumpió rápidamente, sabiendo lo difícil que debía ser para ella hablar de su esposo fallecido— Yo... Lamento no haberlo conocido. Y lamento lo de aquel día en el ayuntamiento, sé que te lastimó que no entrase contigo.

Natasha reaccionó a sus palabras clavando sus ojos verdes y profundos en él, sin ninguna expresión reconocible. Abrió la boca para replicar de inmediato, pero a último momento se arrepintió, tardando varios segundos en más en volver a hablar.

—Admito que ese día no salió precisamente como lo había planeado, pero no. No fue eso lo que me lastimó. Sucedió mucho después, cuando tus cartas dejaron de llegar porque decidiste no seguir escribiendo. ¿Sabes? Ese día necesitaba de mis mejores amigos más que nunca, porque en las decisiones difíciles no necesitamos a alguien que esté de acuerdo con nosotros, sino a alguien que a pesar de no estarlo nos apoye— dijo, y Steve, avergonzado, por un momento, no pudo seguir sosteniéndole la mirada— Yo no quería que te enlistaras, y peleamos por eso, pero siempre te apoyé. No puedo decir que tu actitud no me lastimó, pero luego lo entendí— suspiró— Entendí que no puedes cambiar la situación, lo que puedes cambiar es cómo eliges llevarla... Yo elegí apoyarte y estar contigo mientras arriesgabas tu vida, y esperaba que tú, y Bucky, estuvieran también ahí para mí. Eso sí dolió, pero ya no quiero escucharte decir que lo sientes. Mis números están demasiado en rojo contigo como para que tengas que disculparte conmigo cada cinco minutos. Tú siempre me has perdonado por todo lo que te hice...¿Recuerdas la vez que fuimos a Jersey y te empujé sobre el hielo delgado para hacerte una broma? El brazo quebrado, la riña en la calle, el alacrán en tu almuerzo, la araña en tu cama, la suspensión porque encontraron mis cigarrillos en tu mochila... Aún no estamos a mano, Steve— le dijo, severa. Y Steve, que casi volvió a sentir el terror y el dolor de todos esos recuerdos, no pudo evitar volver a sonreírle.

—Se me había olvidado lo del alacrán— admitió, con el ceño fruncido, y Natasha rió entre dientes.

—Sí, soy una maldita perra— murmuró, quitándose las sandalias para trepar en la madera del barandal, sorprendiendo al soldado.

— ¿Qué haces?— preguntó, viéndola equilibrarse en la baranda. Natasha le sonrió.

— ¿Quieres hacer algo realmente estúpido?

— ¿Qué cosa?

La chica de Rusia se dio la vuelta e inesperadamente, sin mediar palabra, saltó al agua, y lo único que se le ocurrió a Steve fue quitarse la gorra y los tenis y correr hacia la punta del muelle.

— ¡Natasha!— gritó, saltando tras ella, no porque pensara que de ese modo Natasha lo vería como un héroe, ni porque pretendiera impresionarla. Simplemente reaccionó así. Incluso cuando se sumergió en el agua fue plenamente consciente de lo ridícula que podía parecer su reacción, pero entonces ya era demasiado tarde. Se había tirado al agua y, tras bucear unos momentos sin encontrarla, emergió a la superficie, desesperado— ¡Natasha!— gritó otra vez, buscándola con la mirada.

Y de repente Natasha salió de las aguas insuficientemente iluminadas, mientras el oleaje del océano intentaba arrastrarlos hacia el puerto, colgándose a su espalda.

— ¡Boo!— exclamó, tratando de hundirlo con su peso, pero a pesar de su aire juguetón Steve se resistió, sin poder ocultar su enojo cuando la tomó de los hombros y la puso frente a él.

— ¡¿Qué pasa contigo?!— exclamó, frustrado y todavía asustado por pensar que algo le había pasado al no hallarla de inmediato, dándose cuenta de lo brusco de su agarre. Entonces soltó a Natasha y tras golpear la superficie del agua le dio la espalda, nadando a contracorriente hacia la orilla. Al final la travesía a nado hasta la playa resultó menos ardua de lo que había temido, y de vez en cuando alzaba la vista y veía a Natasha siguiéndolo de cerca mientras gritaba su nombre. Finalmente notó arena bajo sus pies y llegó a la playa impulsado por las olas. Se quitó la camiseta empapada de un brusco tirón y se sacudió el agua del cabello con una mano, empezando a caminar por la arena de regreso al muelle, donde había dejado su calzado y el de Natasha.

—Steve— lo llamó ésta, pero seguía tan furioso por su tonta broma que no se molestó en hacerle caso— ¡Steve, solo fue una broma, no seas marica!— rió, restándole importancia al asunto, y esa para Steve fue la gota que rebalsó el vaso.

— ¡¿Una broma?! ¡Pudiste haberte roto el cuello por saltar de esa forma, Natasha!

La joven rusa se hizo hacia atrás y frunció el ceño, claramente sorprendida de que Steve le alzara la voz de esa manera. Se detuvo un momento en mitad del muelle de madera y Steve siguió avanzando con pasos pesados.

— ¡Oh, vamos! Ni siquiera está tan alto.

—Déjalo.

— ¡A Bucky no le hubiera importado!

— ¡Pues yo no soy Bucky!— le gritó, llamando la atención de las personas que transitaban por el muelle, pero poco le importó— Yo no soy Bucky— repitió, con la respiración briosa—, y no me gustan esa clase de...— Steve calló al darse cuenta de que varios ojos curiosos estaban mirándolos, y repentinamente se sonrojó, dándose la vuelta para recoger su gorra, tenis y las sandalias de Natasha, apresurándose en salir de allí, pero ya era demasiado tarde.

— ¿Que no es el Capitán América?

— ¿Aquí?

Los murmullos se empezaron a escuchar, y Steve trató en vano de volver a cubrirse el rostro con su gorra.

—Oh, no...— suspiró, derrotado, haciendo que Natasha frunciera el ceño.

— ¿Qué pasa?

—Creo que me reconocieron— suspiró una vez más, abochornado.

Steve sabía que era una figura pública, "la cara visible de los combatientes en el extranjero", pero una cosa era decidir exponer su vida sobre a un escenario montado o frente a las cámaras, pero otra muy distinta era recibir toda esa misma atención cuando volvía a ser solo el chico de Brooklyn. En ese caso odiaba la exposición y tener que interrumpir su vida a causa del trabajo. Era demasiado incómodo y comprometedor la mayoría de las veces.

Las personas, seguras de que él era él, empezaban a sacar teléfonos y cámaras, entonces Steve tomó el brazo de Natasha para continuar pero ella lo detuvo, haciéndole mirarla.

— ¿Qué pasa?

—Bésame— le soltó la muchacha pelirroja de forma inesperada, logrando que el soldado parpadeara con confusión.

— ¡¿Qué?!

Natasha rodó los ojos, sin dejar de notar a los indecisos que todavía murmuraban por lo bajo.

—Ya, Virgen María. Las muestras de afecto en público incomodan a las personas, así que nadie se acercara a molestarte. Bésame.

—Natasha, no creo que...— el soldado ni siquiera llegó a terminar la frase antes de que Natasha le quitara la capacidad de hablar sellando sus labios juntos, enviando todo su enojo y confusión a volar lejos.

La boca de Steve estaba abierta y la lengua se empujaba al interior. Natasha sabía a menta y algo más que Steve encontró extrañamente delicioso. No tardó mucho para que su propia lengua se enrollara en la de su amiga solo para probar ese sabor. Eso era totalmente diferente a besar a otra chica. Ninguna mujer en su limitada experiencia había sido tan agresiva, o tan abrumadora, y entonces trató de empujar a Natasha, con poco efecto. ¿Realmente la estaba empujando? Sus dedos se curvaron alrededor de los hombros de su amiga, como si colgara de un abismo, como si el mundo se hubiera girado en su eje.

Una de las manos de Natasha fue hacia la parte de atrás de su cabeza y tirando de algunas de las hebras más largas de su cabello con corte militar, le inclinó la cabeza para un mejor ángulo y afianzar el beso.

Steve era incapaz de pensar con esos labios sobre los suyos. Difícilmente fue consciente de nada, hasta que ella dejó de besarlo. «¿Cuándo había cerrado los ojos?» Los abrió solo para ver la cínica sonrisa de Natasha a un par de centímetros de su nariz.

—Eso fue lindo— ronroneó su amiga, apartándose para mirar alrededor y descubrir que todas las personas que habían estado mirándolos ahora procuraban no posar la vista sobre ellos— Y funcionó.

Le golpeó el brazo para indicarle que caminara y pasó por su lado para regresar sobre sus pasos. Entonces Steve no pudo evitar llevarse una mano a los labios, sintiendo sus mejillas arder en el proceso.

¿Qué había pasado? Natasha lo había besado, a él, de la nada y sin aviso. ¿Cuántas veces había soñado con ése momento? ¿Cuántas veces había ansiado probar los labios de Natasha? Y al fin había sucedido; tan rápido que ni siquiera había tenido tiempo de reaccionar, pero no lo había soñado.

El sabor a menta aún perduraba en su boca, y todavía podía sentir las manos de su amiga en su cabello. ¿Cómo debía reaccionar ahora? ¿Cómo debía comportarse con ella en adelante?

— ¡Steve! ¡Mueve tu perezoso trasero ahora mismo que tengo hambre!— gritó Natasha y él la miró, sin poder evitar sonreír, de felicidad, diversión o lo que fuera.

La siguió por la playa como caminando entre nubes, y esa sensación perduró incluso cuando llegaron a la casa de Tony y vieron a Bucky esperándolos en la sala, con tres cenas congeladas esperando por ellos. Y aún después de que su mejor amigo les reclamara por cerca de diez minutos el que lo hubiesen dejado sólo, aquellas mariposas en su estómago no dejaron de revolotear hasta que los tres se sentaron a la mesa, listos para comer y dar las gracias.

Cuando los ojos de Natasha se toparon con los suyos, Steve notó que algo se activaba dentro de él, igual que la primera vez que la había visto, como un interruptor que había iluminado su interior con una poderosa luz que ya nunca se apagaría.

oOo

Era increíble la facilidad con la que podía olvidarse de todo aquello que solía perturbarlo estando en compañía de sus dos mejores amigos.

Era en momentos como ése, solo con ellos, en absoluta paz y confianza, cuando Bucky Barnes sabía que no necesitaba nada más en la vida para sentirse en casa.

Esos fueron los días más felices y divertidos que había tenido en mucho tiempo, donde Steve, Natasha y él volvieron (aunque sólo fuera por un momento) a ser los mismos chicos de antes, los viejos amigos de toda la vida, sin años, guerras ni muertes en el medio. Fueron días agradables, de paseos por la playa, peleas, juegos y risas, como si el mundo exterior no existiera ni pudiera tocarlos mientras estuvieran juntos.

Para Bucky todo fue como uno de esos sueños despiertos que solían atacarlo durante las largas noches de vigía en medio del desierto, y aunque deseaba que el sueño no terminara nunca sabía que no faltaba mucho para que el espejismo desapareciera y tuviera que volver a la cruda realidad.

Como todo lo bueno en su vida, ése momento sería efímero, y se acabaría en un abrir y cerrar los ojos. El destino siempre parecía empecinado en que así fuera.

El último día de su permiso se despertaron temprano y tomaron tres bicicletas de la nueva colección de Tony para dar un paseo por las colinas. El día transcurrió como los demás; nadaron, rieron y recorrieron los muelles hasta la hora de la cena. Nadie dijo nada cuando finalmente estacionaron sus bicicletas fuera de una colorida cafetería junto al océano, pero los tres sabían que ése sería el último momento juntos. Steve aún tendría unos días de vacaciones, pero él debía regresar al servicio esa misma noche.

Entraron al establecimiento con Natasha por delante y tomaron la mesa con la vista más bonita del lugar, que daba justamente al muelle iluminado por las últimas luces de la tarde.

— ¿Hamburguesas y cervezas para los tres?— preguntó su amiga cuando la mesera se acercó con su libreta, volteando hacia ellos, que solo asintieron— Bien. Eso. Y una malteada de fresa para mí, por favor.

La joven anotó todo y les sonrió, posando sus ojos castaños en Steve, que como siempre no pareció prestarle atención a todas las miradas femeninas que atraía.

—Sí. Enseguida traeré...— la mesera empezó a dar marcha atrás, chocando contra otra mesa por no quitarle la vista de encima al capitán Rogers, que por el ruido se giró inmediatamente hacia ella, y como el caballero que era se puso de pie, listo para auxiliarla de ser necesario.

— ¿Estás bien?

— ¡S-Sí! Lo siento— rió la muchacha, nerviosa— Ahora traeré sus pedidos.

—Gracias— Steve le sonrió, y a la chica se le iluminó el rostro como si hubiera ganado la lotería.

Cuando se perdió finalmente en la cocina, luego de tropezar dos veces más con el mobiliario, Natasha soltó una pequeña carcajada.

— ¡Oh, por Dios! ¡¿Vieron eso?!

— ¿El qué?

— ¡Esa chica te estaba coqueteando, Steve!— le soltó, con una expresión triunfal en el rostro mientras Steve, por su parte, fruncía las cejas.

—Claro que no. Solo estaba siendo amable.

— ¿Amable? Apuesto lo que quieras que ahora mismo está eligiendo el nombre de sus hijos— se burló la chica pelirroja, logrando que su amigo se sonrojara hasta las orejas— ¿Sabes? Es linda. Deberías invitarla a salir.

Steve torció los labios y frunció el ceño, cruzando los brazos sobre su fuerte pecho.

—Y tú deberías dejar eso. ¿Ahora me buscarás citas?

— ¡Oh, vamos!

Bucky, que solo se limitaba a escuchar la discusión sobre la triste vida amorosa de Steve, sonrió de lado mientra recargaba los codos sobre la mesa y entrelazada los dedos para mirar un momento por la ventana, donde un pescador había dejado un enorme pez colgando de un gancho antes de entrar al lugar. Entonces, aún con el murmullo de la cafetería, le pareció que podía oír las gotas de sangre y agua que se deslizaban por la escamosa piel del animal hacia la cubeta que tenía debajo. Y de pronto se concentró solo en ese sonido, y todo lo demás a su alrededor desapareció.

Estaba solo, en un lugar frío y húmedo. Y hacía frío; demasiado frío, tanto que el metal de su rifle contra su cuerpo casi dolía. Y aquel sonido... Tip tip tip... Una y otra vez escuchaba la misma cosa, el mismo sonido de gotas cayendo sobre algo mojado. ¿A qué hora había salido la luna? ¿Por qué hacía tanto frío en ésa época del año? ¿Qué era ése maldito sonido? Bucky movió la cabeza hacia su lado derecho, y entonces lo vio; no su rostro, pero sí una mano, sobresaliendo de entre los escombros que le servían como escondite, y las gotas de sangre de deslizaban por él, cayendo en un enorme charco a sólo centímetros de sus botas.

Sangre roja y espesa. Litros de ella que caían con ése infernal sonido.

― ¿Bucky?

La voz áspera de Steve regresó su mente a la realidad, haciéndole darse cuenta de que seguía con la vista clavada en el exterior, hipnotizado desde hacía quién sabe cuánto tiempo. James parpadeó entonces, moviendo la cabeza para deshacerse de las imágenes y sonidos que inundaban sus recuerdos.

Llevó la mirada hasta el otro lado de la mesa, posándose sobre sus mejores amigos, que lo contemplaban en silencio.

— ¿Sí?

— ¿En qué estabas pensando?— preguntó Natasha, con el cabello pelirrojo cayendo como lenguas de fuego sobre sus hombros, resaltando sobre la tela del vestido blanco que llevaba puesto. Y Bucky, aún algo turbado, no pudo evitar notar lo hermosa que se veía aún sin esforzarse por verse bien.

—Creímos que te habíamos perdido— añadió Steve, con una sonrisa comprensiva. Él sólo frunció el ceño.

― ¿Qué?

―Es que te desconectaste por varios minutos... Te hablábamos y no respondiste. ¿Todo está bien?

Bucky parpadeó, sorprendido al notar que ni siquiera había notado en qué momento se había distraído en primer lugar, y luego de nuevo con los cabellos color fuego de su amiga. Siempre le sucedía cuando estaba con Natasha y se sentía un idiota por no poder controlarlo aún después de años.

―Sí, sí. Sólo... Olvídenlo.

Para su buena suerte, la mesera se acercó con sus órdenes, y Natasha centró toda su atención en ella, tomando la mano de Steve como si fueran novios para 'marcar' el territorio. Cuando la muchacha, desilucionada, volvió a alejarse, sus amigos volvieron a su charla y empezaron a reír sobre algo relacionado con su época escolar.

Bucky comió unas cuantas papas fritas y una vez más miró las gotas rojas cayendo dentro la cubeta; entonces, al mirarse las manos contuvo la respiración, mirando, atónito, las enormes manchas de sangre que las cubrían.

―Recuerdo la primera vez que vinimos a éste lugar― rememoró el único chico rubio del grupo, haciendo que Bucky de inmediato posara los ojos en él. Y al regresarla a sus manos las vio tan blancas y limpias como siempre― Fue después de la fiesta de cumpleaños que Tony dio en nuestro primer año en secundaria...

― ¿En la que se enojó porque su padre no había llegado a tiempo y nos corrió a todos de su casa?― rememoró Natasha, divertida― Cómo olvidarlo.

Steve rió y le dio un sorbo a su cerveza.

―Sí. Y luego Jarvis nos trajo a todos al muelle en un autobús de la compañía y nos invitó una malteada como disculpa. ¿Lo recuerdas, Bucky?

El joven Barnes movió la cabeza para deshacerse de sus pensamientos anteriores y procuró sonreír.

―Sí. Y recuerdo que Tasha derramó la suya sobre el vestido de Sharon Carter― añadió Bucky, divertido― Ella era linda.

― ¿La simplona Carter? Sí, como no― respondió Natasha con ironía, haciéndolos reír.

―Me pregunto que habrá sido de ella...

―Pepper dijo que ahora trabajaba para el FBI. Creo que es agente de narcóticos o algo así.

― ¿La pequeña rubia Carter? Vaya...

― ¿Podemos dejar de hablar de Sharon Carter ahora?― bufó la única chica del grupo, cruzándose de brazos.

Steve y Bucky rieron.

―Como sea. ¿Cuántos años pasaron ya? ¿Diez? ¿Once?― Bucky frunció el ceño, fingiendo un temblor― Diablos. Sí que estamos viejos.

―Así parece...― se lamentó Steve, alzando su cerveza para darle otro pequeño sorbo.

―No puedo creer que hayas dicho eso― rió Natasha y Bucky frunció el ceño.

― ¿Qué? Tú ya eres una viuda, y Steve casi un veterano.

― ¡Oye!

― ¡Es la verdad!

― ¿Y tú qué?

― ¿Yo? Sigo siendo un galán.

Ahora fue el turno de Natasha y Steve de reír.

―Por supuesto... Debes ser la sensación entre los chicos del campamento― dijo la chica, y los tres rieron, concentrándose en sus comidas después de eso.

Bucky, un poco más animado, le dio un gran mordisco a su hamburguesa y soltó una exclamación de puro placer.

—Está es la mejor hamburguesa que he probado en siglos― argumentó, risueño― No sé si te ha pasado, Steve, pero muchas veces habría matado por encontrar una hamburguesa de buena carne en medio del desierto...― bromeó, y Natasha alzó su copa de malteada, señalándolo con ella.

—No necesitas una razón. Allá matan por cualquier cosa― soltó, a su despreocupada manera, haciendo que el capitán se ahogara, empezando a toser y golpeándose el pecho con un puño― ¿O me equivoco?

Steve se removió, incómodo, pero Bucky sonrió de lado. Por alguna razón no le molestaba bromear de esas cosas con Natasha.

Sólo con ella.

—Sí, pero nunca por una comida tan buena y asquerosamente tapa-arterias― refutó, golpeando la espalda de su amigo para deshacerse de un poco de tensión― Es por eso que amo a mi país...

Le dio otra mordida a su comida y Steve otro sorbo a su cerveza cuando la música del restaurante cambió, haciéndole engullir su cena con rapidez para esbozar una sonrisa radiante.

―No puede ser... Stevie, ¿oyes eso?

Natasha dejó de comer y frunció el ceño, alzando la vista alrededor del lugar. Steve, por su parte, sonrió una vez más.

―No es posible... ¿Acaso es...?

Bucky asintió; sonrió y esbozó su mejor mueca dramática, dejando su comida y llevándose una mano al pecho, empezando a cantar con Steve.

Oh - Thinkin' about all our younger years...

— ¡No!— protestó la joven de Rusia con molestia al oírlo cantar, pero Bucky y Steve no hicieron caso.

There was only you and me

We were young and wild and free...

Siguieron cantando, suavizando tanto el tono de sus voces que causaron que su ceñuda amiga no pudiera evitar empezar a reír a carcajadas.

—Oh, por favor. ¡Saben que odio esa estúpida canción!— pidió la joven rusa, pero sus amigos la ignoraron, y Bucky se acercó a ella cual acosador para cantar la siguiente estrofa con la misma voz suave:

Now nothin' can take you away from me

We've been down that road before

But that's over now

You keep me comin' back for more...

— ¡Bucky, basta!— protestó, desganada pero conteniendo otra risa. Y Steve se detuvo para observarlos, pero Bucky cantó aún más fuerte:

And baby, you're all that I want

When you're lyin' here in my arms

I'm findin' it hard to believe

We're in Heaven...

— ¿No te vas a callar?— preguntó su amiga, riendo mientras James pegaba sus frente y cantaba casi contra sus labios.

And love is all that I need

And I found it there in your heart

It isn't too hard to see

We're in Heaven...

Cantó una vez más, apagando el sonido de su voz hasta guardar silencio, quedándose con la mirada fija en los ojos verdes y profundos de Natasha, a la distancia justa para un beso.

―Eres detestable― bufó la chica, alejándose, divertida, para lanzarle una servilleta a la nariz, olvidando la presencia de Steve.

—Es la única que me sé. Y sé que te encanta.

— ¿Veintitrés años y sólo te sabes una canción?— se burló Natasha, haciendo que Bucky la atacara con una papa.

—Veinticuatro. Y cierra la boca o volveré a cantarla.

—Por favor no.

― ¿Qué te pasa? Heaven es una gran canción— se defendió el joven Barnes, fingiéndose ofendido.

—Y habla de una hermosa historia de amor— añadió Steve en acuerdo, y Natasha rodó los ojos.

―No es cierto. Es una canción estúpida, cantada por un tipo estúpido, y el amor es para los niños— le soltó con malicia, haciendo que Bucky frunciera las cejas oscuras con gracia.

—Ah, lo siento. Se me olvidaba que tú no tienes sentimientos.

―Cierra la boca y sal del clóset de una vez.

Natasha rió, y Bucky la miró, embelesado por ese dulce sonido que casi había olvidado.

—Te odio.

—No es cierto. Tú me amas— contraatacó la chica, lanzándole otra servilleta a la cara.

En ese momento el teléfono de Steve empezó a sonar, y éste, tras mirar el número en la pantalla, se levantó para excusarse.

―Es del trabajo. Atenderé afuera. Enseguida regreso.

―Tómate tu tiempo, Capi― se burló Natasha. Bucky la miró y sonrió.

Estando con ella era como si el tiempo no hubiera pasado, como si tantas heridas no existieran, igual que aquel mundo de pesadillas que los había separado. Y eso le gustaba.

Muy pocas cosas en su vida eran permanentes, y su amor por Natasha, igual que su amistad con Steve, era una de ellas, tan fuerte que ni el tiempo ni la distancia habían logrado debilitarlo.

Así como Steve era la persona con la que siempre podría contar, Natasha era su templo, su lugar feliz cuando el resto del mundo se volvía demasiado inseguro.

La había extraña demasiado.

—Así que...― comenzó su amiga, en tono un tanto intrigante, tras que Steve se alejara lo suficiente de la mesa― No llamas, no escribes y no te veo en años, pero milagrosamente te apareces en el funeral de mi esposo y me invitas una malteada de fresa. Eso es tener estilo― le dijo, no como reproche o con enojo, sino como era ella. Tal vez debía sorprenderle el no verla destrozada o hecha un mar de lágrimas por su pérdida, pero Bucky conocía demasiado bien a Natasha como para esperar eso; así que le dedicó otra sonrisa― Pero dime― Natasha subió los codos a la mesa y se acomodó el cabello tras las orejas, mostrándose más interesada―, así que sargento, ¿eh?

James entornó la mirada un segundo, sonriendo de lado mientras se recargaba sobre la mesa, bajando la vista.

—Pues sí. Al menos hasta que me asciendan de rango.

—Nada mal― expresó su amiga con un suave silbido― Cuéntamelo todo.

― ¿Todo de qué?

―De tu vida, idiota. La de Steve la conozco por sus cartas y llamadas, pero de ti no he sabido nada en años, y el día del funeral tampoco me dijiste mucho. ¿Dónde has estado? ¿Qué has hecho todo éste tiempo?

Bucky le dio un sorbo a su cerveza y la miró fijo, pensando en su respuesta por varios segundos.

―Pues...no hay mucho que contar en realidad. Me gradué antes que Steve en el campamento por mis estudios en West Point, y ahora soy de las Fuerzas Especiales― comenzó, observando el contenido de su botella con despiste― Mi primera asignación como infante de marina fue a Bagdad, en el frente; no me mandaron a Europa a escoltar armamento como a él. Me dieron un uniforme, un arma y me enviaron a la guerra― susurró e hizo una breve pausa― Pasé seis meses como soldado en un campamento en medio del desierto, patrullando por las noches y recorriendo varias ciudades en busca de chicos malos. Todo fue tranquilo al principio, hasta que me ascendieron a teniente y comencé a formar parte de la brigada de rescate― mientras decía eso se desfajó la camisa y la levantó, enseñándole su torso fuerte y musculoso, pero sobre todos las pequeñas heridas que tenía a los costados de él― Ésta― señaló su lado izquierdo, donde una marca blanca manchaba la perfecta piel― fue durante mi primera misión. Agosto 3, del 2005. Teníamos que sacar a unos siete u ocho soldados de una aldea llena de talibanes. Yo iba delante del grupo y un idiota nervioso me disparó creyendo que era el enemigo― bufó, y Natasha no pudo evitar reír― Lo sé. No es nada heroico en que un imbécil de tu propio bando te dispare, pero al menos el idiota tenía una pésima puntería. Ésta otra― ahora desabrochó los primero botones y se descubrió un hombro, enseñándole otra cicatriz que era apenas un roce― Cuatro de diciembre de 2006, en Pakistán. Fuimos emboscados cerca de la frontera con Irán y fue la primera vez que de verdad pensé que iba a morir... Estábamos atrapados, casi sin municiones y sin radio. Esos estúpidos salían de las ruinas y nos disparaban con artillería pesada. Yo me acobardé, y mi sargento tuvo que arrastrarme para que me moviera hasta que una bomba cayó entre sus pies y lo hizo estallar en miles de pedacitos... La herida me la hizo su fusil cuando salí despedido del resto de su cuerpo. Unos metros más cerca y hubiera perdido el brazo. Aunque nunca me hirieron de gravedad ni hubo penetración, cada vez que veo esa cicatriz es un recordatorio.

― ¿De qué?

―De que nunca debo volver a tener miedo.

Natasha asintió; no estaba asombrada, pero sí muy atenta.

―Y luego, ¿que pasó?

―Nada. Logré salir del lugar con cinco hombres más y me nombraron sargento. Fue más o menos la época cuando Steve se convirtió en un héroe nacional por salvar a esos soldados. Me dieron mi propia unidad y me enviaron a Kabul. Revalidé mi servicio y estoy allí hasta que nos asignen un nuevo campamento, el cual puede estar en cualquier lugar del mundo.

―Vaya...― Natasha revolvió su copa y bajó la mirada por un segundo, pensativa― ¿Sabes? Suena tonto, pero me molesta jamás haberte preguntado... ¿De verdad te gusta el Ejército?

Bucky parpadeó, momentáneamente desconcertado por la extraña pregunta.

―No lo sé― admitió después de un momento, frunciendo el ceño―. Supongo que no sé hacer nada más que tener un arma entre mis manos― suspiró, encogiéndose de hombros― No soy un héroe como Steve, pero se me da muy bien mi trabajo.

― ¿Y a cuántas personas has matado ya?

La nueva pregunta en sí era aún más incómoda que la anterior, pero el que fuera ella quien la hiciera causó que Bucky lo tomara como algo natural.

―No lo sé... Decenas, cientos... No llevas la cuenta cuando peleas por tu vida.

― ¿Y has matado a alguien inocente?

James la miró; el rostro de Natasha no demostraba la menor alteración, sino que seguía mostrándose apacible y comprensivo. Y entonces borró esa sonrisa permanente que había usado por años como escudo, y por primera vez su rostro se mostró en verdad perturbado.

Los recuerdos embargaron su mente otra vez. Disparos, gritos y explosiones lo aturdían, así que cerró los ojos un momento y contó hasta diez, como Steve y él hacían de niños para espantar a los "fantasmas" que vivían en su armario.

―Hubo un día, hace casi dos años― relató, taciturno― Estábamos dirigiéndonos a un campamento cerca de la frontera con Pakistán en busca de municiones para el nuestro, y tuvimos que pasar por una ciudad― empezó a recordar, perdiendo la mirada en el fondo de su botella vacía― Paramos en medio de una calle a causa de un bulto sospechoso en la tierra, esa es la rutina, y entonces éste chico salió de la nada; no era extraño que se nos acercaran niños tratando de vendernos cosas o conseguir chocolate, pero había algo en éste que de inmediato me llamó la atención. Todos los demás estaban concentrados en la supuesta bomba, así que fui el único que lo vio acercarse― rememoró, todavía sintiendo al sol abrasador sobre su piel y las gotas de sudor deslizándose desde su casco― Le grité que retrocediera en el poco árabe que había aprendido, pero seguía acercándose. Sólo estábamos él y yo. Volví a gritarle una y otra vez, y hasta saqué mi fusil, pero él no retrocedió. Y de repente aceleró el paso y empezó a correr― hizo otra pausa, moviendo los dedos como si aún tuviera el rifle entre sus manos― No pude dudar. Apunté y disparé. Directo entre sus ojos― dijo, y aún con los ojos abiertos pudo ver al niño cayendo muerto delante suyo― Era un chiquillo de no más de doce, y tenía un chaleco con más de diez kilos de explosivos para asesinarnos a mí y a mis compañeros. Así que, si tu pregunta era si alguna vez maté a alguien inocente, la respuesta es no. Yo no asesiné a ese niño. Eso lo hicieron los malditos que pusieron los explosivos en su ropa. Solo cumplí con mi deber.

Bucky desvió la mirada y trató de ocultar la humedad de sus ojos, pero su aflicción era demasiado clara, sobre todo para Natasha.

Nunca había hablado con nadie sobre ése día, tampoco con Steve, pero hacerlo con ella de alguna forma era liberador.

Natasha puso una mano en su brazo y presionó con fuerza, demostrándole todo su cariño y comprensión sin palabras tontas e innecesarias de consuelo. Ella lo entendía y no emitía juicio alguno, y James agradeció eso infinitamente, porque poder decirlo al fin en voz alta significaba para él quitarse un enorme peso de encima.

―Eres sólo otro tonto americano, pero eres mi amigo, y nada de lo que hagas hará que eso cambie. ¿Lo sabes, verdad?― le sonrió la chica de Rusia, y él le regresó el gesto con una mueca cansada, moviendo la cabeza para cambiar de página. A pesar de que los recuerdos seguían reproduciéndose en su mente como una película.

―Y, ¿qué hay de ti, chica comunista? ¿Qué has hecho en estos años?― cambió el tema. Natasha se acomodó en su lugar y levantó una ceja. Sus ojos verdes ya no se veían tristes, y eso fue un gran alivio para Bucky.

― ¿De mí? ¿Tu mamá no te contó toda mi historia?

―Sí, pero yo quiero saberla de ti.

―Pues creo que no he matado a tantos como tú aún, pero dame algo más de tiempo― bromeó, y Bucky rió― ¿Qué quieres saber?

―Todo. Yo te conté toda mi vida en menos de dos minutos.

Natasha torció los labios un momento, esperando unos segundos antes de volver a hablar.

―Pues quería ir a Juilliard al principio y mejorar mi técnica; ya me habían aceptado y todo, pero entonces conocí a Alexei a través de unos amigos de Iván. Él era un soldado. Creo que tengo un imán para ellos― dijo, irónica― Terminé la preparatoria y me casé con él. Sí, sé que fue tonto e impulsivo, pero él era como yo... Era de mi tierra, me recordaba a casa y de verdad lo quería... Sin contar que era endemoniadamente sexy.

―Yo no dije nada.

―Pero lo pensaste. Te conozco. En fin. Conseguí audicionar para el Bolshoi y me convertí en su bailarina principal en el 2007. Y hemos tenido mucho éxito... Steve fue a verme el año pasado, en la primera fila, así que ahora sólo falta que me veas tú, idiota.

Bucky soltó una risita irónica, repantigándose sobre su asiento para comenzar a jugar con su botella vacía. Después pidió otra con una seña, y esperó a que la mesera se la trajera para volver a hablar:

―Yo sí te vi bailar en Rusia. Estuve en tu primera presentación como bailarina principal― le soltó, despistado y sin mirarla. Y Natasha parpadeó, sorprendida.

―No es cierto. Tú odias el ballet.

—Sí, pero aun así fui a verte— siguió el joven Barnes, acomodándose el cuello de la camisa; Natasha abrió los ojos con sorpresa, pidiéndole que continuara con la mirada— Hace un año, en San Petersburgo. Tenía dos días libres y mi madre comentó que bailarías allí, así que pedí un par de favores y me subí a un avión. Me quedé atrás del teatro y te vi bailar con tus compañeros— confesó, encogiéndose de hombros para luego sonreír— Me sentí muy raro de estar allí, pero debo decir que valió la pena. Realmente brillabas entre todos los demás y era imposible no mirarte.

— ¿En serio? ¿Y por qué no fuiste a buscarme?— su amiga abrió los ojos con sorpresa que no se molestó en disimular.

Bucky soltó un suspiro y se encogió de hombros una vez más, algo contrariado.

—Estabas con tu esposo... No creí que... No sé, pensé que sería extraño o incómodo. Después de mi última carta...

Natasha clavó sus profundos ojos verdes en los suyos por un rato, con una expresión insondable.

—Aún tengo esa carta.

Bucky rió y estiró el brazo para entrelazar sus dedos con los de su amiga. Mientras se mantenían en silencio miró a Natasha una vez más, analizando las pequeñas heridas que tenía bajo el mentón y en la frente, igual de pensativo que ella hacía unos momentos.

― ¿Cómo fue...?― comenzó a preguntar, pero su amiga lo detuvo.

―No me preguntes por el accidente, por favor― pidió, con tan doloroso tono que Bucky rápidamente desistió.

―Iba a decir cómo fue que entraste al Ballet Ruso, pero ahora vete al diablo― mintió, haciendo que Natasha se relajara y le brindara otra de sus hermosas sonrisas. Conocía a Natasha, y sabía que si había algo de lo que ella no quería hablar no se lo sacaría ni a base de torturas. Bucky respetaba eso. Su ex novia sin duda era la mujer más fuerte que había conocido en la vida.

― ¿Y ya tienes novia? ¿O te reservas el herpes para ti solo?

James Barnes frunció el ceño.

―Tasha, me ofendes― dijo, fingiéndose abochornado― ¿Qué pensará la gente si te oye hablar así de mí?

La chica soltó una carcajada divertida.

― ¡Oh, por favor! Puede que estuvieras lejos, pero hasta aquí llegaban los ecos de tus conquistas. No creas que soy idiota.

―Lo intentaré... ¡Auch!― recibió el golpe en su brazo, y no pudo evitar sonreír por la familiaridad de la escena― Se me había olvidado que tienes la mano pesada... Pues no, no salgo con nadie. Sólo tuve una novia en toda mi vida, y esa fuiste tú, querida viuda.

―Vaya, Bucky. Me halagas... Entonces, ¿fue después de mí que decidiste volverte gay?

―Cierra la boca.

Natasha soltó otra carcajada, y luego los dos guardaron un tranquilo silencio, solo disfrutando de la compañía del otro.

—Diablos... Te extrañé mucho, Tasha— le soltó de pronto, y ella dejó de reír para mirarlo pasarse una mano por el cuello tras la repentina confesión, un tanto ansioso.

—También yo te extrañé, Bucky.

—Sí, pero me refiero a que de verdad te extrañé— repuso él, volviendo a mirarla a la cara— En el desierto, cada vez que nos disparaban, cada vez que temía por mi vida, sólo podía pensar en lo mucho que deseaba volver a verte...— confesó, volteando el rostro para soltar una ligera risita nasal— Dicen que el tiempo lo cura todo, pero...— Bucky se encogió de hombros, sonriendo— No sé, creo que no quiero curarme de ti. Y ahora, con todo el asunto de tu esposo, quiero ayudarte en lo que pueda. Lo que necesites no dudes en pedírmelo.

Natasha lo miró y dejó los ojos sobre él. Bucky tenía algo... Su forma de ser, de hablar y de portarse siempre lograban que cayera como una liebre encandilada. Ya habían pasado años desde su noviazgo, pero acababa de descubrir que tampoco había terminado de olvidarlo. Bucky estaba lleno de imperfecciones que lo volvían de alguna forma perfecto, y cada vez que estaba con él era como si no necesitara ser esa persona correcta que todos (sobre todo Steve) esperaban que fuera. Sabía que podía decirle cualquier cosa y que Bucky entendería porque no era hipócrita ni se dejaba llevar por convencionalismos; porque, en el fondo, los dos eran como dos caras de la misma moneda. No podían vivir el uno sin el otro.

Se mordió el labio inferior con fuerza y suspiró, deteniéndose una vez más para mirar a esos profundos ojos oscuros que años atrás la habían atrapado. Algo en ellos le dijo que podía confiar en Bucky. Él le sonrió, y Natasha volvió a sentirse como una adolescente entre sus brazos. E inesperadamente se dio cuenta de que se había sonrojado.

— ¿De qué me perdí?— tal y como si lo hubiera llamado, Steve regresó a su lugar junto a Bucky, mirándolos a los dos.

—De nada— dijo éste, soltando la mano de Natasha para pasarlo tras su cabeza, despistado— ¿Todo bien con el trabajo?

Steve Rogers intentó esbozar una sonrisa divertida, por más que sentía como algo bullía en su interior ante la imagen que segundos atrás había presenciado. No obstante, obligándose a sí mismo a calmarse, estrechó los fulgurantes ojos azules con diversión.

—No es nada que no pueda solucionar...— aseveró en un suspiro― Pero debo regresar a Washington en cuanto pueda... ¿A qué hora te vas?

—Mi avión sale a Charleston a medianoche, y el otro saldrá en la madrugada. Otros seis meses en Pakistán.

—Bueno, tal vez pueda conseguir un vuelo nocturno a Washington y así nos ahorraremos un viaje al aeropuerto― sonrió su despreocupado amigo, observando su reloj de pulsera― Son casi las seis. ¿Nos vamos ya?

―Claro. ¿Quién pagará?

―Pues Steve es quien más gana entre nosotros, así que...― propuso Bucky, y Steve soltó un bufido.

―De acuerdo. Todo sea por nuestros combatientes en el extranjero― el capitán rodó los ojos y sacó su cartera― Pero también pediré un café para llevar, ya que me tomé una cerveza y voy a conducir.

―Te acompaño. Quiero ver la cara de tu nueva amiguita cuando te abrace y te de besos frente a ella― rió Natasha, tomando la mano de Steve para llevarlo hasta donde estaban la caja registradora mientras Bucky los observaba, divertido.

Natasha, maliciosa, al ver como todas las mujeres miraban a Steve se subió a la barra de un salto y atrajo a su amigo hasta acomodarlo entre sus piernas, como si fueran novios. Steve rió y Bucky también, entonces la chica de Rusia empezó a susurrar cosas en el oído de su amigo y ahora rieron los dos juntos, haciendo que Bucky frunciera el ceño, concentrándose en cada acción de sus amigos, en cada gesto y movimiento que los hacía lucir como dos enamorados. De pronto aquello ya no le pareció un juego; Natasha coqueteaba con Steve, y él, algo sonrojado, no hacía nada para evitarlo. ¿Por qué no la detenía cuando le acariciaba el cabello o el rostro? Sólo se quedaba quieto y miraba a Natasha, como si todo aquello realmente le gustara. En eso estaban cuando una decepcionada mesera se acercó con la cuenta y un café en un vaso térmico, y entonces Steve, sin salir de las piernas de Natasha, abochornado, tomó ambas cosas y le alcanzó el dinero mientras la chica pelirroja se colgaba de sus hombros como una colegiala enamorada, mirando a la incauta mesera con una inocencia fingida antes de besar a Steve, y que éste la besara de regreso.

Cuando los dos caminaban hacia él de la mano, Bucky sintió como si alguien le hubiera disparado en el estómago al tener una especie de regresión, recordando súbitamente cada mirada, cada roce o sonrisa desde niños, y de repente tuvo la idea, viéndolo todo más claro que el agua.

¿Cómo no había podido verlo antes?

―Listo. Ya espanté a esa chica lejos de nuestro adorable Steve― sonrió Natasha, abrazándose a su amigo rubio por la cintura, con una sonrisa pícara― ¿Nos vamos?

―Estás loca― rió el capitán, pasando una mano por sus hombros y besándole la coronilla para salir de la cafetería juntos, sin siquiera recordar que él estaba allí.

Bucky los miró, quedándose atrás con el ceño fruncido y una sola idea en mente, sintiéndose extrañamente intranquilo.

oOo

Eran casi las once cuando Bucky y Steve entraron al aeropuerto J.F. Kennedy de Nueva York, de nuevo vestidos con sus respectivos uniformes de oficial y sargento en servicio, preparados para regresar cada uno a su vida. Natasha iba delante de ellos, usando ropa deportiva y con sus suaves rizos pelirrojos atados en una coleta alta.

—Bien. Supongo que aquí nos despedimos— susurró luego de que registraran el equipaje, mirándolos para llevarse una mano a la cabeza y simular el clásico saludo militar— Háganme sentir orgullosa, perdedores.

Los dos rieron.

— ¿Cuándo regresarás a Rusia?— inquirió Steve mientras jugaba con su gorra forrada en terciopelo.

Natasha se cruzó de brazos un momento para mirarlo, y luego se acercó a él, acomodándole las insignias que adornaban su pecho.

—Me quedaré una semana más con Iván y luego volveré al teatro. Pero te veré en la boda de Pepper— le sonrió, acariciando las solapas de su chaqueta verde antes de abalanzárse a su cuello mientras Steve la sostenía por la cintura, como si no quisiera dejarla ir— Adiós, Steve... Muchas gracias por acompañarme estos días. Eres un chico muy especial— dijo, apretando un poco más su abrazo antes de separarse de un salto— ¡Ah! Casi se me olvida esto— exclamó, dándole el muñeco de trapo que era casi idéntico a él— Junior es tuyo, pero gracias por prestármelo. Significa mucho para mí.

—De nada, Nat— el joven Rogers volvió a abrazarla con fuerza, cerrando los ojos para volver a aspirar aquel dulce aroma a flores en primavera que su cabello desprendía— Te veré en unas semanas.

Los dos se quedaron en ése abrazo por varios minutos, como si esperaran a que el otro se separar primero. Natasha, en puntas de pie, recargó el mentón sobre el hombro de Steve y apretó los labios para no empezar a llorar.

—Llama o escribe, ¿quieres?

—Solo serán unos cuántos días, Nat— sonrió él, sintiendo una agradable sensación en el pecho al tener aquel pequeño y cálido cuerpo contra el suyo una vez más.

— ¡Ujum! Aquí hay alguien que se va a la guerra y tal vez ya no regrese, ¿recuerdan?— les espetó Bucky de pronto, divertido, haciendo que los dos se separaran al instante y ganándose un golpe de Natasha.

— ¡Eres un idiota, Bucky! ¡No digas esas cosas!— le reprochó la joven rusa, abrazándolo con fuerza, volviendo a sentir aquel mismo cosquilleo que solo había sentido en sus brazos.

Steve, sin proponérselo, los miró con atención. Ninguno dijo nada, pero se transmitieron todo a través de ése abrazo. Natasha no estaba conteniendo lágrimas ni Bucky estaba triste por tener que dejarla, sino que cuando finalmente se separaron, sus rostros muy cerca el uno del otro (a un paso de un beso que ninguno se atrevía a dar), los dos sonreían.

Con Bucky siempre era así. Natasha nunca estaba triste, cansada o molesta cuando estaba con él; y al verlos tan distantes del mundo en los brazos del otro Steve casi sintió como si ni Alexei ni él mismo existieran en la mente de su amiga en ese momento.

Y eso le trajo viejos recuerdos que por mucho tiempo había intentado olvidar.

—Recuerda que te ordené no morir, sargento— dijo Natasha, poniendo sus manos alrededor del cuello de Bucky para mirarlo a los ojos. Y él le sonrió—Regresa a salvo, ¿quieres?— susurró colocando las manos en sus mejillas ahora, con afecto, cerrando los ojos como si deseara prolongar ése momento.

—No me atrevería— respondió Bucky, y de imprevisto, como un impulso, terminó de acortar la distancia y, pegándola aún más a su cuerpo, la besó. Natasha le regresó el beso de inmediato, y Steve desvió la mirada, sin atreverse a seguir mirando. No podía ver eso.

Y en silencio se dio la vuelta y empezó a caminar hacia la sala de embarque, dejándolos atrás. Sabía que aún amaba a Natasha, y dudaba que pudiera dejar de hacerlo algún día, pero amarla sólo se volvía más doloroso con los años; Natasha había sido el amor de su vida desde la primera vez que la había visto. Pero, a veces, no podía evitar preguntarse que sentido tenía amar a alguien que nunca lo miraría como más que un amigo.

Dolía. Dolía demasiado.

Y a pesar de que lo había intentado, cuando pensaba que iba a lograr olvidarla recordaba su sonrisa, sus gestos y su hermoso rostro, y toda su convicción se iba al caño. De adolescente, su madre solía decirle que un clavo sacaba a otro, pero Steve ni siquiera podía mirar a otras mujeres.

Al reír con otra sólo podía imaginarse con Natasha, razón por la que todas las demás mujeres, por más que fuera en contra de su educación, le parecían simples y poco interesantes.

Steve nunca había sido egoísta ni había deseado lo que no le pertenecía, por eso se sentía tan deshonesto esconder sus sentimientos de Natasha, y a veces no podía dejar de sentir culpa, con ella y Bucky. Su mejor amigo no lo decía, pero era claro en sus ojos que, a pesar de salir con distintas mujeres y mostrarse siempre seductor, aún seguía amándola. Y él, en cambio, muchos años atrás había decidido resignarse. Amaba a Natasha, pero un amor que debía esconder y que sólo le hacía daño no era lo que quería. Así no debía ser el amor; debía ser limpio, puro, transparente, mutuo. Steve quería pensar que eso existía, que para cada persona había otra que la complementaba y con la que no había necesidad de explicarse ni de fingir. No obstante, pese a todo, no se arrepentía de nada, de sentir lo que sentía por ella, de quererla tanto. La felicidad que le provocaba solo verla compensaba todo lo demás, era una emoción indescriptible, algo que no había sentido nunca antes con nadie más, y que sólo parecía crecer con los años, siendo muchas veces más grande que el dolor.

Amar a Natasha y sufrir por ella eran como los dos lados de una balanza que siempre se mantenía en perfecto equilibrio. A veces odiaba eso.

— ¡Hey, Steve!— Bucky se apareció por el pasillo casi desierto, cargando su equipaje sobre un hombro, ya sin Natasha, y llamó su atención arrojándole un pañuelo a la cabeza— Creí que te habías ido sin despedirte de mí...— le sonrió, tomando asiento a su lado.

Steve suspiró, poniendo su mejor cara de alegría.

—Es que... Creí que tal vez querrían privacidad, y...

— ¿Lo dices por ése beso?— Bucky frunció el entrecejo, viéndolo asentir con pereza— Solo fue un beso, Steve. No tenías que irte por eso.

—No fue por eso— repuso rápidamente— Solamente... Creí que ustedes...

— ¿Que habíamos vuelto?— Steve asintió una vez más— No. Solo quise besarla y lo hice. Además su esposo acaba de morir y no creo que esté buscando nada serio ahora... No conmigo, al menos— sonrió, y el capitán soltó un suave suspiro.

—Ah... Ella me besó también. Fue extraño.

Bucky de pronto dejó de sonreír y guardó silencio, pensativo. Finalmente, tras varios minutos de silenciosas cavilaciones, se giró hacia Steve, frunciendo el ceño con extrañeza mientras ladeaba la cabeza con gesto curioso.

― ¿Tú la amas, verdad?— le soltó, intrigado y sereno, como si comentara el clima.

Steve, que al principio parpadeó sin creer lo que sus oídos estaban oyendo, intentó ocultar su sorpresa e incomodidad por esa pregunta con una sonrisa.

― ¿Qué? ¿De qué estás...?

―Tú amas a Natasha― esa vez no fue pregunta. Steve rió una vez más.

― ¿Qué mosca te picó ahora, Buck? ¿Cómo puedes decir que...?― intentó levantarse, nervioso, pero la fuerte mano de Bucky cerrándose en torno a su antebrazo se lo impidió.

―Basta de juegos, Steve. Dime la verdad― siguió hablándole con calma, mostrándole esa sonrisa inquietante que no hacía más que ponerlo nervioso― Está bien. Puedes decírmelo. Yo lo entendería.

El joven Rogers balbuceó cosas sin sentido por un momento, sin saber cómo reaccionar o qué decir. Y por un segundo se vio tentado a soltarlo todo, decir la verdad de una vez por todas y liberarse, pero había algo en los ojos grises de Bucky, una mezcla de ira y dolor, que simplemente le desaconsejó el hacerlo. Sin contar que la mano de su amigo casi empezaba a hacerle daño.

― ¿Estás loco?― consiguió exclamar, usando su mejor tono ofendido mientras se levantaba de un salto y conseguía que Bucky lo soltara― ¿Por qué me preguntas algo como eso? ¡Natasha es casi como mi hermana! ¡¿Qué te pasa?!― le recriminó, y con cada nueva mentira casi podía escuchar a su conciencia reclamándole.

James Barnes lo miró fijo desde su asiento, y Steve sudó frío ante su análisis, pero no cedió ni un milímetro. Su mejor amigo se puso de pie, imponiendo su metro noventa de altura, y lo miró a los ojos una vez más, sin expresar absolutamente nada.

Finalmente, para sorpresa de Steve, Bucky golpeó su hombro y soltó una sonora carcajada.

― ¡Estoy jugando contigo, soldadito de plomo! ¡Debiste ver tu cara!― rió, y Steve abrió los ojos como platos.

― ¿Qué?

James volvió a sentarse y separó las rodillas, divertido.

―Solo jugaba contigo; lo siento. Pero es que te fuiste tan callado, y hoy en la cafetería los dos parecían tan compenetrados que... Olvídalo. Sé que tú nunca me harías algo así, porque sabes que Natasha es la única chica en mi vida a la que realmente he amado... Y podría perderla ante cualquiera, pero no ante ti, porque sé que eres el único al que no podría ganarle, así que, ¡que alivio! Porque contigo fuera de la jugada quizá Natasha y yo podramos volver a estar juntos― se levantó y le dio un fuerte y varonil abrazo― ¡Te quiero tanto, hermano!

Steve apenas si reaccionó ante el gesto de su amigo, como si estuviera pasándole a cualquier persona excepto a él.

―Sí― respondió, completamente apático, y la siguiente media hora fue la más larga de toda su vida, con Bucky hablando sin parar sobre sus planes con Natasha para cuando tuviera su segundo permiso, y sobre lo mucho que la amaba mientras él tenía que fingirse emocionado para no desbaratar sus propias mentiras.

Cuando el vuelo de Bucky finalmente fue anunciado los dos se levantaron juntos y se dieron las manos.

―Bueno, serán otros seis meses en el infierno― sonrió el sargento, soltando un suspiro luego.

—Si quieres puedo pedir algunos favores y enviarte a Europa o Japón— propuso Steve, encogiéndose de hombros, haciendo los pensamientos sobre Natasha a un lado, más preocupado por la seguridad de su mejor amigo ahora.

Bucky lo miró y no pudo reprimir una carcajada.

—No te vuelvas corrupto, Steve. Estaré bien.

—Solo no hagas nada estúpido que provoque que te maten.

Bucky lo miró un momento y luego lo abrazó.

―Descuida. Voy a regresar― tomó su bolsa militar y se le echó sobre el hombro derecho, caminando hacia la cabina de abordaje, pero deteniéndose antes de llegar para voltear hacia él y emular el saludo militar― Cuida de Natasha y de mamá por mí, ¿quieres? Y dale mis saludos a Sarah e Iván.

―Lo haré. Cuídate.

Bucky extendió los brazos hacia los lados de su cuerpo y sonrió, caminando en reversa.

―Siempre lo hago, hermano.

Se miraron por última vez y Steve volvió a sonreírle, saludándolo con la mano en la cabeza.

―Regrese a salvo, sargento― susurró para sí mismo, quedándose viendo la puerta por la que desapareció Bucky hasta que fue anunciado su vuelo, teniendo un mal presentimiento que no dejó de atormentarlo durante todo el vuelo de regreso a Washington.

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Continuará...

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N del A:

Hola!

Lamento la tardanza, por eso publiqué otro capítulo largo.

Realmente lamento no haber incluido el lemmon, pero no encontré la oportunidad sin sentirlo forzado... Pero a no desesperar; ahora que las cosas están un poco más acomodadas, y que ya lo he escrito, lo podré incluir en el próximo capítulo. Sin falta.

Saludos!

H.S.