Disclaimer: Harry Potter es propiedad de J.K. Rowling


Respondiendo a la pregunta anterior.

-¿Aceptaría ir a Hogwarts si fuese hijo/a de Dolores Umbridge? Pues sinceramente sí... así podría matarla (eso mínimo sería Orden de Merlín de Primera Clase, ¿no?) Ahora siendo serios, sí que aceptaría ya que, al fin y al cabo, la única condición que puse es ser hijo de esa señora. No hace falta que viva con ella, así que podéis imaginaros que le sucede algo muy malo y vosotros tenéis una vida feliz lejos de ella.


Clenery: Puede ser. Muchas veces, este tipo de historias cambian levemente de un sitio a otro. Cuando yo leí la historia de Natalie por primera vez, recuerdo que decía que había sido la misma Natalie quien había escrito a Rowling. Pero, al buscar la historia para explicarla en el capítulo anterior, encontré que ponía que había sido una amiga de la madre quien había escrito a Rowling.

En realidad ese tipo de detalles podemos encontrarlos en los libros, más en concreto en La Fábula de los Tres Hermanos. Cuando Hermione se dispone a leer la historia y al principio menciona que empezaba en el crepúsculo, Ron la interrumpe diciendo que su madre siempre empezaba con que la historia ocurría a medianoche.


Tras terminar la lectura del último capítulo, Neville decidió llevar a sus padres a la sala de conversaciones para explicarles lo ocurrido en el pasado (o en futuro de ellos, según se mire). Eli, aunque ya conocía la historia de antemano, acompañó a su familia.

Estuvieron un buen rato ahí dentro y, cuando salieron, la hora de la comida casi había pasado. Alice tenía los ojos rojos y el rastro húmedo de lágrima podía verse. Sin embargo, en esos momentos, charlaba tranquilamente en voz baja con su hija, rodeando a la muchacha por los hombros con su brazo izquierdo.

Frank y Neville iban un poco más atrás, también estaban hablando entre ellos. En ese momento Frank le dijo algo a Neville, que hizo que el chico se sonrojase y le lanzase una mirada nerviosa a Luna, quién, en ese momento, estaba hablando tranquilamente con Astoria (al parecer esas dos se habían hecho buenas amigas en los últimos días).

Frank, viendo la reacción de su hijo, rió entre dientes y palmeó su hombro. Pero entonces puso una mirada seria y, agachándose levemente, le susurró algo al oído a su hijo. Este puso una cara nerviosa e intentó decir algo, pero su padre lo acalló con una mirada. Neville suspiró un par de veces, antes de asentir levemente.

Los dos se sentaron en la mesa, para poder comer.

—¿Qué te ha dicho tu padre? —le preguntó Luna a Neville.

—¿Qué?

—Quiero decir ahora. ¿Qué te ha dicho? —volvió a preguntar la rubia—. Parecías intranquilo.

Neville tardó unos segundos en responder.

—Esta noche quiero hablar cont... con vosotros —dijo Neville, señalando con la cabeza a Harry, Hermione, Ron, Ginny, Will, Emily, Regulus, Holly y Jake—. ¿Podrías avisar a las chicas por mí?

—Claro —respondió Luna.

Neville asintió con la cabeza, mientras pensaba en las palabras que su padre le había dicho antes:

"—Deberías contarle todo eso a tus amigos. Es mejor que se enteren por ti, en vez de por los libros."


Terminada la comida, se volvieron a sentar en sus sitios y Luna cogió el libro.

Ojoloco Moody —leyó.

A la mañana siguiente la tormenta se había ido a otra parte, aunque el techo del Gran Comedor seguía teniendo un aspecto muy triste. Durante el desayuno, unas nubes enormes del color gris del peltre se arremolinaban sobre las cabezas de los alumnos, mientras Harry, Ron y Hermione examinaban sus nuevos horarios. Unos asientos más allá, Fred, George y Lee Jordan discurrían métodos mágicos de envejecerse y engañar al juez para poder participar en el Torneo de los tres magos.

—Sigo pensando que no vais a lograr nada —le dijo Hermione a los gemelos Weasley.

—Eso nunca se sabe —replicaron ambos.

—Hoy no está mal: fuera toda la mañana

—Eso esta bien. Las clases me gustaban más cuando no estabas encerrado en un aula —dijo Charlie.

—¿Acaso a ti te gustaba alguna clase? —preguntó Tonks con sorpresa.

—dijo Ron pasando el dedo por la columna del lunes de su horario—. Herbología con los de Hufflepuff y Cuidado de Criaturas Mágicas... ¡Maldita sea!, seguimos teniéndola con los de Slytherin...

—¿Por qué seguir juntando esas dos casas para las clases? —preguntó Sirius.

—Y esta tarde dos horas de Adivinación —gruñó Harry,

Harry soltó un suspiro. preguntándose de que forma iría a morir ese año.

observando el horario. Adivinación era su materia menos apreciada, aparte de Pociones. La profesora Trelawney siempre estaba prediciendo la muerte de Harry, cosa que a él no le hacía ni pizca de gracia.

—Lo raro sería que te hiciese gracia —dijo su hermana.

—Tendríais que haber abandonado esa asignatura como hice yo —dijo Hermione con énfasis,

—Ese momento siempre lo tendré grabado en mi memoria —aseguró Ron.

untando mantequilla en la tostada—. De esa manera estudiaríais algo sensato como Aritmancia.

Harry y Ron se miraron. Francamente, ninguno de los dos se veía en Aritmancia.

—Estás volviendo a comer, según veo —dijo Ron, mirando a Hermione y las generosas cantidades de mermelada que añadía a su tostada, encima de la mantequilla.

—Normal. Debía estar muerta de hambre —dijo Will.

—He llegado a la conclusión de que hay mejores medios de hacer campaña por los derechos de los elfos —repuso Hermione con altivez.

—Sí... y además tenías hambre —comentó Ron, sonriendo.

—Lo que yo he dicho.

De repente oyeron sobre ellos un batir de alas, y un centenar de lechuzas entró volando a través de los ventanales abiertos. Llevaban el correo matutino. Instintivamente, Harry alzó la vista, pero no vio ni una mancha blanca entre la masa parda y gris.

—Es normal que Hedwig tardé. Siempre me estoy moviendo y, además con la tormenta que hubo ayer (en los libros), no me extrañaría nada que la lechuza se ocultase en alguna parte hasta que la tormenta pasase —dijo Sirius.

Las lechuzas volaron alrededor de las mesas, buscando a las personas a las que iban dirigidas las cartas y paquetes que transportaban.

Un cárabo grande se acercó a Neville Longbottom y dejó caer un paquete sobre su regazo. A Neville casi siempre se le olvidaba algo.

—A mí también se me olvidaba alguna que otra cosa —dijo Frank—. Con mi madre siempre detrás mío, tenía que hacer el baúl siempre corriendo.

—Entiendo esa sensación —dijo Neville.

Al otro lado del Gran Comedor, el búho de Draco Malfoy se posó sobre su hombro, llevándole lo que parecía su acostumbrado suplemento de dulces y pasteles procedentes de su casa. Tratando de olvidar el nudo en el estómago provocado por la desilusión, Harry volvió a sus gachas de avena. ¿Era posible que le hubiera sucedido algo a Hedwig y que Sirius no hubiera llegado a recibir la carta?

—No te preocupes. Seguro que la he recibido, pero la respuesta se habrá atrasado debido a alguna circunstancia.

Sus preocupaciones le duraron todo el recorrido a través del embarrado camino que llevaba al Invernadero 3; pero, una vez en él, la profesora Sprout lo distrajo de ellas al mostrar a la clase las plantas más feas que Harry había visto nunca. Desde luego, no parecían tanto plantas como gruesas y negras babosas gigantes que salieran verticalmente de la tierra.

—Bubotubérculos —murmuró Neville al instante.

Todas estaban algo retorcidas, y tenían una serie de bultos grandes y brillantes que parecían llenos de líquido.

—Son bubotubérculos —les dijo con énfasis la profesora Sprout—. Hay que exprimirlas, para recoger el pus...

—Ya estoy viendo que esta clase no me gustará —murmuró Emily.

—¿El qué? —preguntó Seamus Finnigan, con asco.

—El pus, Finnigan, el pus —dijo la profesora Sprout—

—Ya nos ha quedado claro que era el pus —dijo James.

. Es extremadamente útil, así que espero que no se pierda nada. Como decía, recogeréis el pus en estas botellas. Tenéis que poneros los guantes de piel de dragón, porque el pus de un bubotubérculo puede tener efectos bastante molestos en la piel cuando no está diluido.

—Creo que nadie estaría dispuesto a meter la mano en pus de bubotubérculo —señaló Hermione.

Exprimir los bubotubérculos resultaba desagradable, pero curiosamente satisfactorio.

—Podría ser una buena forma de decirlo —dijo Alan, mientras recordaba esa clase.

Cada vez que se reventaba uno de los bultos, salía de golpe un líquido espeso de color amarillo verdoso que olía intensamente a petróleo.

—Dudo que el olor sea muy agradable —dijo Lily, haciendo una mueca.

Lo fueron introduciendo en las botellas, tal como les había indicado la profesora Sprout, y al final de la clase habían recogido varios litros.

—La señora Pomfrey se pondrá muy contenta —comentó la profesora Sprout, tapando con un corcho la última botella—. El pus de bubotubérculo es un remedio excelente para las formas más persistentes de acné. Les evitaría a los estudiantes tener que recurrir a ciertas medidas desesperadas para librarse de los granos.

—La señora Pomfrey siempre acaba enfadándose cuando llegan a la enfermería por culpa de alguna cura extraña contra el acné —recordó Sally.

—Como la pobre Eloise Migden —dijo Hannah Abbott, alumna de Hufflepuff, en voz muy baja—. Intentó quitárselos mediante una maldición.

—Esto... esta Eloise Migden no es alguien que debería conocer, ¿verdad? —dijo Ron, tímidamente.

—No creo —respondió Hermione—. Aunque va a Gryffindor, es un año mayor que nosotros.

Ron, y Harry, soltaron un suspiro de alivio. Ambos estaban hartos de encontrarse nombres de personas que, en teoría, debían de conocer.

—Entonces, ¿cómo es que tú sabes quién es? —preguntó Harry.

Hermione se encogió de hombros.

—El curso pasado escuché de casualidad a Katie Bell y a Eloise Migden hablar sobre una redacción de Transformaciones —explicó Hermione—. Así que supuse que irían al mismo curso. Lo que si me sorprende es que Hannah Abbott, quién es una Hufflepuff de un curso inferior, sepa quién es.

—Si no recuerdo mal, Hannah y Eloise son primas segundas o algo así —respondió Neville.

—Una chica bastante tonta —afirmó la profesora Sprout, moviendo la cabeza—. Pero al final la señora Pomfrey consiguió ponerle la nariz donde la tenía.

—Por una parte quiero saber dónde acabó su nariz y por otra no quiero saberlo —dijo Holly.

—¡Oh! No fue en ningún sitio raro —dijo Fred, despreocupadamente.

—Acabó en medio de su frente —añadió George.

Molly los miró, con el ceño fruncido.

—¡Fred! ¡George! Espero que, por vuestro bien, no hayáis tenido nada que ver con lo que le ocurrió a la pobre chiquilla...

—Claro que no, mamá —se defendió Fred—. Bueno, puede que nosotros le dijésemos el maleficio.

—Pero desde el principio le dijimos que no sabíamos si le funcionaría o no —señaló George.

El insistente repicar de una campana procedente del castillo resonó en los húmedos terrenos del colegio, señalando que la clase había finalizado, y el grupo de alumnos se dividió: los de Hufflepuff subieron al aula de Transformaciones, y los de Gryffindor se encaminaron en sentido contrario, bajando por la explanada, hacia la pequeña cabaña de madera de Hagrid, que se alzaba en el mismo borde del bosque prohibido.

Hagrid los estaba esperando de pie, fuera de la cabaña, con una mano puesta en el collar de Fang, su enorme perro jabalinero de color negro. En el suelo, a sus pies, había varias cajas de madera abiertas, y Fang gimoteaba y tiraba del collar, ansioso por investigar el contenido. Al acercarse, un traqueteo llegó a sus oídos, acompañado de lo que parecían pequeños estallidos.

Algunos en la sala se miraron nerviosamente. Hagrid no iba a traer nada relativamente peligroso... ¿verdad?

—¡Buenas! —saludó Hagrid, sonriendo a Harry, Ron y Hermione—. Será mejor que esperemos a los de Slytherin, que no querrán perderse esto: ¡escregutos de cola explosiva!

—En mi vida había oído hablar de ellos —dijo Charlie, confundido.

—¿Sabes, cielo? Empiezo a creer que tienes razón sobre lo de darle el trabajo de profesor a Hagrid —dijo James, recordando como Lily, en el libro anterior, ya había expresado su inconformidad respecto a ese tema.

—¿Cómo? —preguntó Ron.

Hagrid señaló las cajas.

—¡Ay! —chilló Lavender Brown, dando un salto hacia atrás.

—Seguramente eso define a los escregutos a la perfección —dijo Bill.

En opinión de Harry, la interjección «ay» daba cabal idea de lo que eran los escregutos de cola explosiva. Parecían langostas deformes de unos quince centímetros de largo, sin caparazón, horriblemente pálidas y de aspecto viscoso, con patitas que les salían de sitios muy raros y sin cabeza visible. En cada caja debía de haber cien, que se movían unos encima de otros y chocaban a ciegas contra las paredes. Despedían un intenso olor a pescado podrido. De vez en cuando saltaban chispas de la cola de un escreguto que, haciendo un suave «¡fut!», salía despedido a un palmo de distancia.

—Definitivamente nunca había oído hablar de ellos —dijo Charlie.

—Puede que sea alguna especie de cruce entre especies, quizás de cangrejos de fuego con... no sé —dijo Remus—. En cualquier caso, espero que Hagrid no se le haya ocurrido empezar a cruzar especies mágicas o las consecuencias podían ser graves.

—No te preocupes por eso, Remus —dijo Dumbledore—. El Ministerio es consciente de la existencia de los escregutos de cola explosiva. En realidad están previstos que se usen como uno de los obstáculos en las pruebas del Torneo de los Tres Magos.

De repente. muchos de ellos, ya no tenían tantas ganas de participar.

—Recién nacidos —dijo con orgullo Hagrid—, para que podáis criarlos vosotros mismos. ¡He pensado que puede ser un pequeño proyecto!

—Prefiero cuidar otras cosas —dijo Ron.

—¿Entonces prefieres cuidar de acromántulas? —le preguntó Ginny.

—Por ahora me quedo con los escregutos esos —respondió Ron rápidamente.

—¿Y por qué tenemos que criarlos? —preguntó una voz fría.

Acababan de llegar los de Slytherin. El que había hablado era Draco Malfoy. Crabbe y Goyle le reían la gracia.

—Esto... ¿acaso Malfoy ha dicho algo gracioso? —preguntó Astoria, confundida.

—Déjalo, Astoria. Dudo que esos dos sepan el significado de gracia —respondió Will.

Hagrid se quedó perplejo ante la pregunta.

—Sí, ¿qué hacen? —insistió Malfoy—. ¿Para qué sirven?

Hagrid abrió la boca, según parecía haciendo un considerable esfuerzo para pensar.

—Bueno, Hagrid tiene completamente prohibido decir que son para las pruebas del torneo —explicó Dumbledore.

Hubo una pausa que duró unos segundos, al cabo de la cual dijo bruscamente:

—Eso lo sabrás en la próxima clase, Malfoy.

—Más en concreto cuando encuentre una excusa para decírtelo —añadió Jake.

Hoy sólo tienes que darles de comer. Pero tendréis que probar con diferentes cosas. Nunca he tenido escregutos, y no estoy seguro de qué les gusta. He traído huevos de hormiga, hígado de rana y trozos de culebra. Probad con un poco de cada.

—Primero el pus y ahora esto —murmuró Seamus.

—Definitivamente no era la mañana que esperaba tener —reveló Ron con un suspiro.

Nada salvo el profundo afecto que le tenían a Hagrid podría haber convencido a Harry, Ron y Hermione de coger puñados de hígado despachurrado de rana y tratar de tentar con él a los escregutos de cola explosiva.

—Pues yo creo que eso no es excusa suficiente para hacerlo —murmuró Regulus.

A Harry no se le iba de la cabeza la idea de que aquello era completamente absurdo, porque los escregutos ni siquiera parecían tener boca.

—¡Ay! —gritó Dean Thomas, unos diez minutos después—. ¡Me ha hecho daño!

—Diez minutos... No sé si eso es mucho o poco —murmuró Eli.

Hagrid, nervioso, corrió hacia él.

—¡Le ha estallado la cola y me ha quemado! —explicó Dean enfadado, mostrándole a Hagrid la mano enrojecida.

—Por lo menos no parece muy grave —dijo Molly.

—¡Ah, sí, eso puede pasar cuando explotan! —dijo Hagrid, asintiendo con la cabeza.

—Pues no quiero pensar cuando los escregutos crezcan —dijo Will—. A este paso, Hagrid se queda sin alumnos.

—¡Ay! —exclamó de nuevo Lavender Brown—. Hagrid, ¿para qué hacemos esto?

—Bueno, algunos tienen aguijón —repuso con entusiasmo Hagrid (Lavender se apresuró a retirar la mano de la caja)

—Bien hecho —dijo Sally.

. Probablemente son los machos... Las hembras tienen en la barriga una especie de cosa succionadora... creo que es para chupar sangre.

—Cojonudo... ¿Algo más? —exclamó Will.

—Ahora ya comprendo por qué estamos intentando criarlos —dijo Malfoy sarcásticamente—. ¿Quién no querría tener una mascota capaz de quemarlo, aguijonearlo y chuparle la sangre al mismo tiempo?

—Sinceramente, estoy con Malfoy en esta ocasión —dijo Emily—. Esos escregutos de cola explosiva, no parece algo que deban criar unos estudiantes. Más siendo su segundo curso de Cuidado de Criaturas Mágicas.

—El que no sean muy agradables no quiere decir que no sean útiles —replicó Hermione con brusquedad—. La sangre de dragón es increíblemente útil por sus propiedades mágicas, aunque nadie querría tener un dragón como mascota, ¿no?

Algunos rieron, recordando el primer libro.

Harry y Ron sonrieron mirando a Hagrid, quien también les dirigió disimuladamente una sonrisa tras su poblada barba. Nada le hubiera gustado más a Hagrid que tener como mascota un dragón, como sabían muy bien Harry, Ron y Hermione: cuando ellos estaban en primer curso, Hagrid había poseído durante un breve período un fiero ridgeback noruego al que llamaba Norberto. Sencillamente, Hagrid tenía debilidad por las criaturas monstruosas: cuanto más peligrosas, mejor.

—Yo no lo habría dicho mejor —asintió James.

—Bueno, al menos los escregutos son pequeños —comentó Ron una hora más tarde, mientras regresaban al castillo para comer.

—Pequeños ahora. Tú espera a que crezcan y ya dirás —dijo Charlie.

—Lo son ahora —repuso Hermione, exasperada—. Cuando Hagrid haya averiguado lo que comen, me temo que pueden hacerse de dos metros.

—Bueno, no importará mucho si resulta que curan el mareo o algo, ¿no?—dijo Ron con una sonrisa pícara.

—Pues sinceramente, prefiero marearme antes que tener cerca a una de esas cosas —dijo Holly.

—Sabes bien que eso sólo lo dije para que Malfoy se callara —contestó Hermione—. Pero la verdad es que sospecho que tiene razón. Lo mejor que se podría hacer con ellos es pisarlos antes de que nos empiecen a atacar.

Hermione sacudió la cabeza de lado a lado.

—Jamás espere estar de acuerdo con Malfoy en algo —susurró para ella.

Se sentaron a la mesa de Gryffindor y se sirvieron patatas y chuletas de cordero. Hermione empezó a comer tan rápido que Harry y Ron se quedaron mirándola.

Lo mismo hicieron en la sala.

—Eh... ¿se trata de la nueva estrategia de campaña por los derechos de los elfos? —le preguntó Ron—. ¿Intentas vomitar?

—No —respondió Hermione

—¡Ah! Bueno, porque no creo que eso funcione —dijo Ron.

con toda la elegancia que le fue posible teniendo la boca llena de coles de Bruselas

—¿Se puede responder con elegancia con la boca llena de coles de Bruselas? —preguntó Harry, confundido.

—No creo —respondió Ginny—. Supongo que por eso indicando lo de "con toda la elegancia que le fue posible".

—. Sólo quiero ir a la biblioteca.

—¡Pero si es el primer día! —exclamó Bill—. Dudo que tengáis ya deberes para hacer. Y además podéis hacerlo después de las clases, no entre ellas.

—¿Qué? —exclamó Ron sin dar crédito a sus oídos—. Hermione, ¡hoy es el primer día del curso! ¡Todavía no nos han puesto deberes!

Hermione se encogió de hombros y siguió engullendo la comida como si no hubiera probado bocado en varios días. Luego se puso en pie de un salto, les dijo «¡Os veré en la cena!» y salió a toda velocidad.

Imagino que querrá saber algo sobre los elfos domésticos pensó Daphne.

Cuando sonó la campana para anunciar el comienzo de las clases de la tarde, Harry y Ron se encaminaron hacia la torre norte, en la que, al final de una estrecha escalera de caracol, una escala plateada ascendía hasta una trampilla circular que había en el techo, por la que se entraba en el aula donde vivía la profesora Trelawney.

Al acercarse a la trampilla recibieron el impacto de un familiar perfume dulzón que emanaba de la hoguera de la chimenea.

Harry hizo una mueca. Ese olor siempre conseguía adormecerlo aunque no quisiese.

Como siempre, todas las cortinas estaban corridas.

—Sinceramente, esa mujer no gana para velas —dijo James.

El aula, de forma circular, se hallaba bañada en una luz tenue y rojiza que provenía de numerosas lámparas tapadas con bufandas y pañoletas. Harry y Ron caminaron entre los sillones tapizados con tela de colores, ya ocupados, y los cojines que abarrotaban la habitación, y se sentaron a la misma mesa camilla.

—Buenos días —dijo la tenue voz de la profesora Trelawney justo a la espalda de Harry, que dio un respingo.

Harry frunció el ceño. ¿Es que esa mujer, harta de que Harry no hubiese muerto el curso pasado, intentaba darle un infarto o algo así?

Era una mujer sumamente delgada, con unas gafas enormes que hacían parecer sus ojos excesivamente grandes para la cara, y miraba a Harry con la misma trágica expresión que adoptaba cada vez que lo veía.

¿Para qué entre en Adivinación? se preguntó Harry.

"Porqué era fácil" respondió una voz en su cabeza.

—Cállate —espetó Harry.

—¿Harry? ¿Ocurre algo? —preguntó James, confundido.

Entonces Harry se dio cuenta de que había hablado en voz alta. Se sonrojo.

—Nada.

La acostumbrada abundancia de abalorios, cadenas y pulseras brillaba sobre su persona a la luz de la hoguera.

—Estás preocupado, querido mío —le dijo a Harry en tono lúgubre—. Mi ojo interior puede ver por detrás de tu valeroso rostro la atribulada alma que habita dentro. Y lamento decirte que tus preocupaciones no carecen de motivo. Veo ante ti tiempos difíciles... muy difíciles... Presiento que eso que temes realmente ocurrirá... y quizá antes de lo que crees...

No puede tener razón, ¿cierto? Al fin y al cabo es un fraude pensó Harry. Aunque ya le he visto haciendo predicciones que se han cumplido. Como la de la noche que Pettigrew se escapó o la de la taza de té de Neville en la primera clase que tuvimos...

La voz se convirtió en un susurro. Ron miró a Harry, y éste le devolvió la mirada muy fríamente.

Ron alzó sus manos en señal de paz.

La profesora Trelawney los dejó y fue a sentarse en un sillón grande de orejas ante el fuego, de cara a la clase. Lavender Brown y Parvati Patil, que admiraban intensamente a la profesora Trelawney, estaban sentadas sobre cojines muy cerca de ella.

—Queridos míos, ha llegado la hora de mirar las estrellas

—¿Astrología? —dijo Bill—. Pues buena suerte. Los centauros son los únicos que han perfeccionado ese método y no lo han compartido con ninguna especie más.

—dijo—: los movimientos de los planetas y los misteriosos prodigios que revelan tan sólo a aquellos capaces de comprender los pasos de su danza celestial. El destino humano puede descifrarse en los rayos planetarios, que se entrecruzan...

Pero los pensamientos de Harry se habían lanzado a vagar.

—Siempre me ocurre en esa aula —dijo Harry.

Aquel fuego perfumado siempre conseguía adormecerlo y atontarlo, y las divagaciones de la profesora Trelawney nunca lograban lo que se dice encandilarlo... aunque en aquel momento no podía dejar de pensar en lo que ella le acababa de decir: «Presiento que eso que temes realmente ocurrirá...»

Pero Hermione tenía razón, pensó Harry de mal talante: la profesora Trelawney no era más que un fraude. En aquel momento no había nada que él temiera, en absoluto... bueno, salvo que se tuvieran en cuenta los temores de que hubieran atrapado a Sirius. Pero ¿qué sabía la profesora Trelawney? Hacía mucho que había llegado a la conclusión de que su don adivinatorio no era nada más que aprovechar las casualidades y echarle mucho misterio a la cosa.

—Sin duda parece su método —dijo Holly.

Excepto, claro está, aquella vez al final del último curso, cuando predijo que Voldemort se alzaría de nuevo.

Varios en la sala se removieron incómodos.

El mismo Dumbledore dijo que aquel trance le parecía auténtico, después de que Harry se lo describió...

—Sin duda era distinto a otras "predicciones" que había hecho —dijo Dumbledore.

—¡Harry! —susurró Ron.

—¿Qué?

Harry miró a su alrededor. Toda la clase se estaba fijando en él.

Toda la clase me ha visto quedándome dormido pensó Harry con las orejas rojas de la vergüenza.

Se sentó más tieso. Había estado a punto de dormirse, entre el calor y sus pensamientos.

—Estaba diciendo, querido mío, que tú naciste claramente bajo la torva influencia de Saturno —dijo la profesora Trelawney con una leve nota de resentimiento en la voz ante el hecho de que Harry no hubiera estado pendiente de sus palabras.

—Teniendo en cuenta que la mayor parte del tiempo esta prediciendo mi muerte, es normal que no me entusiasme mucho oír sus palabras —dijo Harry.

—Perdón, ¿nací bajo qué? —preguntó Harry.

—Saturno, querido mío, ¡el planeta Saturno! —repitió la profesora Trelawney, decididamente irritada porque Harry no parecía impresionado por esta noticia

—Es que no tengo ni idea de a que se refiere —reveló Harry.

—. Estaba diciendo que Saturno se hallaba seguramente en posición dominante en el momento de tu nacimiento: tu pelo oscuro, tu estatura exigua, las trágicas pérdidas que sufriste tan temprano en la vida... Creo que no me equivoco al pensar, querido mío, que naciste justo a mitad del invierno, ¿no es así?

—No —contestó Harry—. Nací en julio.

La sala estalló en carcajadas. Sin embargo Dumbledore tenía una sonrisa algo tensa.

¿Acaso Sybill ha detectado, de casualidad, el pedazo del alma de Voldemort que se halla dentro de Harry? pensó. No... eso debería ser imposible. Sybill no tiene esa capacidad... Seguramente ha sido fruto de la casualidad.*

Ron se apresuró a convertir su risa en una áspera tos.

Media hora después la profesora Trelawney le dio a cada alumno un complicado mapa circular, con el que intentaron averiguar la posición de cada uno de los planetas en el momento de su nacimiento. Era un trabajo pesado, que requería mucha consulta de tablas horarias y cálculo de ángulos.

—A mí me salen dos Neptunos —dijo Harry después de un rato, observando con el entrecejo fruncido su trozo de pergamino—. No puede estar bien, ¿verdad?

—Si eso es súper normal, Harry —dijo Sirius.

—Sirius, no te burles de mi niño —gruñó Lily.

—Aaaaaah —dijo Ron, imitando el tenue tono de la profesora Trelawney—, cuando aparecen en el cielo dos Neptunos es un indicio infalible de que va a nacer un enano con gafas, Harry...

Harry frunció el ceño y golpeó a Ron en el hombro, mientras el resto de la sala reía al imaginarse a un recién nacido con gafas incluidas de serie.

Seamus y Dean, que trabajaban cerca de ellos, se rieron con fuerza, aunque no lo bastante para amortiguar los emocionados chillidos de Lavender Brown.

—¿Y ahora que le pasa? —preguntó Hermione con el ceño fruncido. No es que Lavender le cállese mal, pero cuando se ponía con el tema de Adivinación, se volvía insoportable.

—¡Profesora, mire! ¡He encontrado un planeta desconocido!, ¿qué es, profesora?

—Es Urano, querida mía —le dijo la profesora Trelawney mirando el mapa.

—Un planeta súper desconocido —murmuró Lavender.

—¿Puedo echarle yo también un vistazo a tu Urano, Lavender? —preguntó Ron con sorna.

Varios estallaron en risas ante lo dicho por Ron.

—No entiendo que tiene de gracioso —dijo Emily con el ceño fruncido.

—Ya sabes —dijo su mellizo—. Urano... Ur-ano... ¡Qué parece que Ron le haya pedido a Lavender que le enseñe su ano!

—¡Oh!

—¡Yo solamente le he pedido que me enseñe dónde esta Urano! —se apresuró a decir Ron, al ver la expresión de su madre.

—No mientas. Tú ibas a lo que ibas —replicó Fred.

—Eso sí, como Lavender no lo pille y le diga que sí, yo termino la lectura aquí —dijo George.

Desgraciadamente, la profesora Trelawney lo oyó, y seguramente fue ése el motivo de que les pusiera tanto trabajo al final de la clase.

—¡Eh! ¡Qué el del chiste malo ha sido Ron, no yo! —se quejó Harry.

—Gracias por el compañerismo —dijo Ron con sarcasmo.

—Un análisis detallado de la manera en que os afectarán los movimientos planetarios durante el próximo mes, con referencias a vuestro mapa personal —dijo en un tono duro que recordaba más al de la profesora McGonagall que al suyo propio—. ¡Quiero que me lo entreguéis el próximo lunes, y no admito excusas!

—¿La excusa de que el chiste era de Ron no sirve?

—¡Harry!

—¡Rata vieja! —se quejó Ron con amargura

—Culpa tuya por hacer ese chiste, jovencito —le riñó Molly—. Y tienes suerte de que yo no me haya enterado.

mientras descendían la escalera con todos los demás de regreso al Gran Comedor, para la cena—. Eso nos llevará todo el fin de semana, ya veras.

—¡Qué va! Ponéis cuatro desgracias y ya esta —dijo James.

—¿Muchos deberes? —les preguntó muy alegre Hermione, al alcanzarlos—. ¡La profesora Vector no nos ha puesto nada!

—Seguro que nadie ha hecho un chiste sobre el ano de otra persona —dijo Ginny.

—¿El tema va a continuar mucho más o qué? —suspiró Ron.

—Bien, ¡bravo por la profesora Vector! —dijo Ron, de mal humor.

—Seguramente la profesora Vector no me hubiese castigado a mí por un chiste sobre anos que ha hecho otra persona —reflexionó Harry.

—¿Cuantas veces ha salido ya la palabra ano en todo este tiempo? —masculló Holly para ella.

Llegaron al vestíbulo, abarrotado ya de gente que hacía cola para entrar a cenar. Acababan de ponerse en la cola cuando oyeron una voz estridente a sus espaldas:

—¡Weasley! ¡Eh, Weasley!

—Adivino. Es Malfoy —suspiró Ron.

Harry, Ron y Hermione se volvieron. Malfoy,

—¡Anda! ¡Ya me puedo graduar de Adivinación!

—Creo que no funciona así, hijo —dijo Arthur, divertido.

Crabbe y Goyle estaban ante ellos, muy contentos por algún motivo.

—Que esos tres estén contentos, no me gusta para nada —murmuró Percy.

—¿Qué? —contestó Ron lacónicamente.

—¡Tu padre ha salido en el periódico, Weasley! —anunció Malfoy,

Arthur suspiró. Ya le extrañaba que no se mencionase nada en El Profeta relacionado con el incidente de Moody.

blandiendo un ejemplar de El Profeta y hablando muy alto, para que todos cuantos abarrotaban el vestíbulo pudieran oírlo—. ¡Escucha esto!

MÁS ERRORES EN EL MINISTERIO DE MAGIA

Parece que los problemas del Ministerio de Magia no se acaban, escribe Rita Skeeter, nuestra enviada especial.

—¿Esa mujer esta en todas partes o es cosa mía? —murmuró Hermione con una mueca de disgusto.

Muy cuestionados últimamente por la falta de seguridad evidenciada en los Mundiales de quidditch, y aún incapaces de explicar la desaparición de una de sus brujas, los funcionarios del Ministerio se vieron inmersos ayer en otra situación embarazosa a causa de la actuación de Arnold Weasley, del Departamento Contra el Uso Incorrecto de los Objetos Muggles.

—Y ahora resulta que mi nombre es Arnold —masculló Arn... Arthur.

Malfoy levantó la vista.

—Ni siquiera aciertan con su nombre, Weasley, pero no es de extrañar tratándose de un don nadie, ¿verdad? —dijo exultante.

—Sinceramente, me sorprende que Malfoy sepa como se llama papá —dijo Ginny.

—No te extrañe que piense que mi nombre es "Pobretón" Weasley o algo así, hija —suspiró el señor Weasley—. Que seguramente es como me llame Lucius Malfoy en su casa.

Todo el mundo escuchaba en el vestíbulo. Con un floreo de la mano, Malfoy volvió a alzar el periódico y leyó:

Arnold Weasley, que hace dos años fue castigado por la posesión de un coche volador, se vio ayer envuelto en una pelea con varios guardadores de la ley muggles (llamados «policías») a propósito de ciertos contenedores de basura muy agresivos. Parece que el señor Weasley acudió raudo en ayuda de Ojoloco Moody, el anciano ex auror que abandonó el Ministerio cuando dejó de distinguir entre un apretón de manos y un intento de asesinato.

—Te sorprendería saber cuantas personas han muerto por un simple "apretón de manos", Skeeter —gruñó el ex-auror.

No es extraño que, habiéndose personado en la muy protegida casa del señor Moody, el señor Weasley hallara que su dueño, una vez más, había hecho saltar una falsa alarma.

Los que conocían a Moody hicieron una mueca. Eso era algo típico suyo.

El señor Weasley no tuvo otro remedio que modificar varias memorias antes de escapar de la policía, pero rehusó explicar a El Profeta por qué había comprometido al Ministerio en un incidente tan poco digno y con tantas posibilidades de resultar muy embarazoso.

—¡Y viene una foto, Weasley! —añadió Malfoy, dándole la vuelta al periódico y levantándolo—. Una foto de tus padres a la puerta de su casa... ¡bueno, si esto se puede llamar casa! Tu madre tendría que perder un poco de peso, ¿no crees?

—Y su madre debería enseñarle modales —gruñó Molly.

—No hagas caso, mamá —dijo Bill.

—Si lo que diga ese crío de tres al cuarto no me preocupa nada —replicó Molly.

Ron temblaba de furia. Todo el mundo lo miraba.

—Métetelo por donde te quepa, Malfoy —dijo Harry

—Buena respuesta —asintió Sirius.

—. Vamos, Ron...

—¡Ah, Potter! Tú has pasado el verano con ellos, ¿verdad? —dijo Malfoy con aire despectivo—. Dime, ¿su madre tiene al natural ese aspecto de cerdito, o es sólo la foto?

Poco falto para que los hijos Weasley no saltasen de sus asientos y fueran a marcharse de la sala para darle una lección a Draco Malfoy. Finalmente tuvo que ser Alan quién pusiese paz.

—Perdéis el tiempo. Hasta que la lectura de los libros no termine, no podréis abandonar la sala —les recordó.

—¿Y entonces que hacemos? ¿Permitir que Malfoy insulte a nuestra madre? —gruñó Bill.

—Bueno, hay una solución que podéis usar para descargar un poco la rabia —dijo Alan, lanzándole una mirada significativa al techo.

Durante unos segundos no paso nada. Entonces un cuadro de Draco Malfoy apareció en una de las paredes. Los hermanos Weasley se desquitaron maldiciendo ese cuadro, sin saber que a varios kilómetros de distancia, cierto rubio temblaba inexplicablemente en su habitación.

Tras quince largos minutos el cuadro desapareció y los hermanos Weasley, visiblemente más relajados, se sentaron de nuevo en sus sitios.

—¿Y te has fijado en tu madre, Malfoy? —preguntó Harry. Tanto él como Hermione sujetaban a Ron por la túnica para impedir que se lanzara contra Malfoy—. Esa expresión que tiene, como si estuviera oliendo mierda, ¿la tiene siempre, o sólo cuando estás tú cerca?

—Creo que tiene esa expresión desde que se caso con Lucius Malfoy —rió Sirius.

El pálido rostro de Malfoy se puso sonrosado.

—No te atrevas a insultar a mi madre, Potter.

—Me encanta la lógica de Malfoy. No puedes insultar a su madre, pero él si puede insultar a las madres de los demás —dijo Emily, rodando los ojos.

—Pues mantén cerrada tu grasienta bocaza —le contestó Harry, dándose la vuelta.

¡BUM!

—¿Qué?

—¡Espera! ¿Te ha atacado por la espalda? —escupió James—. ¿Se puede ser más bajo?

—James, tú mejor no hables —susurró Lily, solamente para que James le oyese—. Que cuatro contra uno tampoco era muy noble.

James tuvo la decencia de parecer avergonzado.

—En realidad casi siempre era yo quién me peleaba con Snape —murmuró—. Sirius, Remus y... Peter se encargaban de que nadie interviniese. Cierto que Sirius participaba alguna que otra vez, pero...

—Mira déjalo, ¿vale?

Hubo gritos. Harry notó que algo candente le arañaba un lado de la cara, y metió la mano en la túnica para coger la varita. Pero, antes de que hubiera llegado a tocarla, oyó un segundo ¡BUM! y un grito que retumbó en todo el vestíbulo.

—¡AH, NO, TÚ NO, MUCHACHO!

—¿Quién...?

—Creo que ya sé quién es —murmuró Tonks.

Harry se volvió completamente. El profesor Moody

—¡Lo sabía!

bajaba cojeando por la escalinata de mármol. Había sacado la varita y apuntaba con ella a un hurón blanco que tiritaba sobre el suelo de losas de piedra, en el mismo lugar en que había estado Malfoy.

La sala se quedó en silencio unos segundos, antes de que varios de ellos estallasen en carcajadas.

—Eso no me lo esperaba...

—Sé lo tiene merecido, el hurón de las narices —rió otro.

Pero otros no estaban tan de acuerdo con ese método.

—La transfiguración humana no es un método que usemos para castigar, Alastor —le advirtió Dumbledore.

—Bueno, profesor. Un susto a tiempo podría evitar que ese criajo se siga comportando como si el mundo fuese suyo —se apresuró a decir Tonks en defensa de su mentor—. Además, eso no le hará ningún daño.

Un aterrorizado silencio se apoderó del vestíbulo. Salvo Moody, nadie movía un músculo. Moody se volvió para mirar a Harry. O, al menos, lo miraba con su ojo normal. El otro estaba en blanco, como dirigido hacia el interior de su cabeza.

—¿Te ha dado? —gruñó Moody. Tenía una voz baja y grave.

—No —respondió Harry—, sólo me ha rozado.

—¡DÉJALO! —gritó Moody.

—¿Qué?

—Es que el ojo de Moody puede ver a través de las cosas —reveló Tonks.

—¿Que deje... qué? —preguntó Harry, desconcertado.

—No te lo digo a ti... ¡se lo digo a él! —gruñó Moody, señalando con el pulgar, por encima del hombro, a Crabbe, que se había quedado paralizado a punto de coger el hurón blanco. Según parecía, el ojo giratorio de Moody era mágico, y podía ver lo que ocurría detrás de él.

—Y debajo de las mesas, detrás de las puertas... ¡Ese ojo podría espiar a las mujeres mientras se están cambiando! —exclamó Tonks, mientras señalaba a Moody con el dedo—. ¿Cómo sabemos que nunca has usado ese ojo para espiar a las mujeres en el vestuario?

Moody le lanzó una mirada irritada.

—¿Crees que tengo mejor cosa que hacer que no sea espiaros? —gruñó Moody.

—Ya... cierto...¿Y la ropa? ¿Puede atravesar la ropa?

—Claro que atraviesa la ropa... ¡Y no lo estoy usando ahora! Al fin y al cabo es un ojo mágico, y puedo activarlo cuando yo quiera.

Moody se acercó cojeando a Crabbe, Goyle y el hurón, que dio un chillido de terror y salió corriendo hacia las mazmorras.

—¡Me parece que no vas a ir a ningún lado! —le gritó Moody, volviendo a apuntar al hurón con la varita.

El hurón se elevó tres metros en el aire, cayó al suelo dando un golpe y rebotó.

Algunos de los que antes se habían reído de Malfoy, ahora fruncían el ceño. Vale que Malfoy fuese un capullo y se mereciese una lección o dos, pero no encontraban eso necesario.

—No me gusta la gente que ataca por la espalda —gruñó Moody, mientras el hurón botaba cada vez más alto, chillando de dolor

Ahora a nadie le hacía gracia la situación de Malfoy.

—Eso es demasiado para el crío, ¿no crees, Ojoloco? —dijo Molly.

Moody gruñó, mirando con el ceño fruncido el libro.

—. Es algo innoble, cobarde, inmundo...

El hurón se agitaba en el aire, sacudiendo desesperado las patas y la cola.

—No... vuelvas... a hacer... eso... —dijo Moody, acompasando cada palabra a los botes del hurón.

—¡Profesor Moody! —exclamó una voz horrorizada.

La profesora McGonagall bajaba por la escalinata de mármol, cargada de libros.

—Esto no le va ha hacer ninguna gracia a Minnie —susurró James a Sirius.

—Hola, profesora McGonagall —respondió Moody con toda tranquilidad, haciendo botar aún más alto al hurón.

Esto es muy raro pensó Tonks. No niego que Ojoloco sea muy duro y, que la transformación, habría sido un castigo suyo típico. Pero lo de hacerlo rebotar...

En realidad Tonks solamente había tenido a Moody como mentor en su primer año, así que en realidad no podía suponer si Moody de verdad se comportaría así o no. Pero algo le decía que el comportamiento de Ojoloco Moody en el libro era un poco raro.

—¿Qué... qué está usted haciendo? —preguntó la profe sora McGonagall, siguiendo con los ojos la trayectoria aérea del hurón.

—Enseñar —explicó Moody.

—Ens... Moody, ¿eso es un alumno? —gritó la profesora McGonagall al tiempo que dejaba caer todos los libros.

—Sí —contestó Moody.

—¡No! —vociferó la profesora McGonagall, bajando a toda prisa la escalera y sacando la varita. Al momento siguiente reapareció Malfoy con un ruido seco, hecho un ovillo en el suelo con el pelo lacio y rubio caído sobre la cara, que en ese momento tenía un color rosa muy vivo. Haciendo un gesto de dolor, se puso en pie.

Aunque a muchos Malfoy les cayese peor que una patada en el culo, en ese momento no pudieron evitar tener algo de simpatía por él.

—Eso ha sido raro —murmuró Tonks.

—¿El qué? —preguntó Remus.

—El comportamiento de Moody —dijo Tonks, mirando al hombre—. Será cosa mía, pero...

—¡Moody, nosotros jamás usamos la transformación como castigo! —dijo con voz débil la profesora McGonagall—. Supongo que el profesor Dumbledore se lo ha explicado.

Conociendo a Alastor, es lo más seguro pensó el director.

—Puede que lo haya mencionado, sí —respondió Moody, rascándose la barbilla muy tranquilo—, pero pensé que un buen susto...

—¡Lo que hacemos es dejarlos sin salir, Moody! ¡O hablamos con el jefe de la casa a la que pertenece el infractor...!

—Pues sinceramente, ese método os ha servido para poco la verdad —señaló Sirius.

—Entonces haré eso —contestó Moody, mirando a Malfoy con desagrado.

Malfoy, que aún tenía los ojos llenos de lágrimas a causa del dolor y la humillación, miró a Moody con odio y murmuró una frase de la que se pudieron entender claramente las palabras «mi padre».

—Cómo no. Siempre es Lucius Malfoy quién debe acabar interviniendo —murmuró James.

—¿Ah, sí? —dijo Moody en voz baja, acercándose con su cojera unos pocos pasos. Los golpes de su pata de palo contra el suelo retumbaron en todo el vestíbulo—. Bien, conozco a tu padre desde hace mucho, chaval. Dile que Moody vigilará a su hijo muy de cerca... Dile eso de mi parte... Bueno, supongo que el jefe de tu casa es Snape, ¿no?

—Sí —respondió Malfoy, con resentimiento.

—Otro viejo amigo —gruñó Moody—. Hace mucho que tengo ganas de charlar con el viejo Snape... Vamos, adelante... —Y agarró a Malfoy del brazo para conducirlo de camino a las mazmorras.

La profesora McGonagall los siguió unos momentos con la vista; luego apuntó con la varita a los libros que se le habían caído, y, al moverla, éstos se levantaron de nuevo en el aire y regresaron a sus brazos.

—No me habléis —les dijo Ron a Harry y Hermione

Algunos se quedaron extrañados. ¿Qué quería decir Ron ahora?

en voz baja cuando unos minutos más tarde se sentaban a la mesa de Gryffindor, rodeados de gente que comentaba muy animadamente lo que había sucedido.

—Y eso demuestra el apreció que la gente le tiene a Malfoy —dijo Ginny con sorna.

—¿Por qué no? —preguntó Hermione sorprendida.

—Porque quiero fijar esto en mi memoria para siempre —contestó Ron, con los ojos cerrados y una expresión de inmenso bienestar en la cara—: Draco Malfoy, el increíble hurón botador...

A Ron le extrañaba que le pareciese graciosa la situación de Malfoy en los libros, cuando fuera de ellos no se lo había parecido. Pero, tras pensarlo un poco, se dio cuenta de que tenía cierto sentido. En el libro Ron acumulaba la rabia debido a los insultos que Malfoy había proferido hacia su madre, mientras que fuera de ellos Ron se había podido desfogar de ellos.

Harry y Hermione se rieron, y Hermione sirvió estofado de buey en los platos.

—Sin embargo, Malfoy podría haber quedado herido de verdad —dijo ella—. La profesora McGonagall hizo bien en detenerlo.

—¡Hermione! —dijo Ron como una furia, volviendo a abrir los ojos—. ¡No me estropees el mejor momento de mi vida!

Hermione hizo un ruido de reprobación y volvió a comer lo más aprisa que podía.

—¿Otra vez a la biblioteca?

—¡No me digas que vas a volver ahora, por la noche, a la biblioteca! —dijo Harry, observándola.

—No tengo más remedio —repuso Hermione—. Tengo mucho que hacer.

—Creía que no tenías deberes —señaló Neville.

—Pero has dicho que la profesora Vector...

—No son deberes —lo cortó ella.

—Creo que ya sé lo que quiero mirar —dijo Hermione.

Cinco minutos después, Hermione ya había dejado limpio el plato y había salido. Su sitio fue inmediatamente ocupado por Fred Weasley.

—¿Qué me decís de Moody? —exclamó—. ¿No es guay?

—No creo que puedan responderte —dijo Jake—. Lo único que han visto acerca de él es que convierte a la gente en hurones y los hace rebotar por la estancia.

—Más que guay —dijo George, sentándose enfrente de Fred.

—Superguay —afirmó Lee Jordan, el mejor amigo de los gemelos, ocupando el asiento que había al lado del de George—. Esta tarde hemos tenido clase con él —les dijo a Harry y Ron.

—¿Qué tal fue? —preguntó Harry con interés. Fred, George y Lee intercambiaron miradas muy expresivas.

—Nunca hemos tenido una clase como ésa —aseguró Fred.

—Ése sabe, tío —añadió Lee.

—¿Qué es lo que sabe? —preguntó Ron, inclinándose hacia delante.

—Sabe de verdad cómo hacerlo —dijo George con mucho énfasis.

—Empiezo a pensar que esta conversación se esta yendo por un lado un tanto extraño —murmuró Will.

—¿Hacer qué? —preguntó Harry.

—Luchar contra las Artes Oscuras —repuso Fred.

—Lo ha visto todo —explicó George.

—Sorprendente —dijo Lee.

Ron se abalanzó sobre su mochila en busca del horario.

—¡No tenemos clase con él hasta el jueves! —concluyó desilusionado.

—Fin del capítulo —anunció Luna.


*: Hay una teoría que dice que Trelawney, casualmente, notó el alma de Voldemort dentro de Harry y por eso le dice que nació en invierno. Pero, teniendo en cuenta como es su personaje, no me extrañaría lo más mínimo que lo dijese porque sí y ya. Esta teoría y otras más podéis verla en Youtube, en un vídeo que subió WatchMojo Español que se llama "¡Top 10 detalles más locos que te perdiste de Harry Potter!". Y agradezco a sebastian el fan por decirme acerca del vídeo.


Hola gente.

Décimo quinto capítulo subido.

La explicación de porque Neville vive con su abuela en vez de con sus padres no la he puesto porque básicamente eso ya sale en este libro. Además, si no recuerdo mal, ya lo expliqué en la tercera parte. Y, como habéis leído, Neville también se lo contará a sus amigos. Así que no creo que haga falta que explique lo mismo cuatro veces, ¿no?

En otro orden de noticias, ayer (25/09) salió el tercer y último tráiler de Los Crímenes de Grindelwad dónde se reveló una cosa sorprendente relacionado con un personaje que conocemos. Sinceramente mi reacción fue algo así: "Si la bruja del carrito es un ser demoníaco, yo me creo cualquier cosa ya". Así que no, no quedé muy en shock XD.

En fin, espero que os haya gustado.

Se despide,

Grytherin18-Friki

PD: Si tuvieseis que elegir: ¿a qué dos merodeadores regresaríais a la vida y a qué dos dejaríais muertos? (aunque tengo la impresión de que uno de ellos va a estar siempre en el lado de los muertos, XD)