Disclaimer: Los personajes de Avengers no me pertenecen.
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Esa cosa llamada celos
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Las montañas rocosas se extendían incluso más allá de adónde llegaba la vista, y el borroso horizonte parecía no tener fin. El cielo, como era habitual en esa parte del planeta, estaba despejado y sin una sola nube a la vista. A veces el desierto afgano le recordaba a sobrevolar Kansas en verano.
El teniente James Rhodes canturreó una pequeña estrofa de la popular Sweet Home Alabama, y su acompañante rió, haciendo los coros mientras preparaba el equipo para el aterrizaje.
—Base, aquí Charlie Cuatro Cuatro Dos Delta Zulu. Confirmación del punto. Repito: estamos a punto de aterrizar para la entrega. Contacto visual con el equipo de tácticas.
—Confirmado, Charlie Cuatro Cuatro Dos Delta Zulu. Se requiere reconocimiento positivo de tropas americanas.
—Recibido. Patrulla Alpha Noviembre Uno Cero Siete.
—Afirmativo. Puede iniciar el descenso. Buena suerte, Charlie.
La comunicación se cortó con un poco de estática y los pilotos se miraron un momento antes de empezar el descenso del helicóptero.
—Dios, es un maldito infierno aquí abajo— se quejó James Rodhes a través del micrófono en su casco, y su compañero rió.
—El buen Dios está de nuestro lado hoy, Rodhy. No te quejes. Mira a esos pobres patriotas con casi nueve kilos de equipamiento encima— le dijo, señalando al escuadrón de siete hombres que esperaban junto a una camioneta aparcada a un lado del desierto, bajo el tormentoso sol.
Los días secos y calurosos eran tan comunes en el Medio Oriente como los veranos húmedos en Nueva York, pero ése, en especial, era mucho más caliente de lo usual, y Rodhes imaginó que el sol debía estar quemando a esos chicos como si estuvieran sentados bajo las brasas ardientes durante una parrillada.
Así deben sentirse las hamburguesas, pensó mientras el helicóptero tocaba la tierra y las hélices se detenían poco a poco. Cuando fue seguro le dio una palmada en el muslo a su copiloto y le indicó quitarse el casco y seguirlo fuera, donde un hombre de mediana edad los esperaba, junto a dos escoltas que vigilaban los alrededores.
— ¿Capitán Slater?
— ¿Usted es el teniente Rodhes?— preguntó el hombre que parecía de más edad en el escuadrón, bajando su rifle y dando un paso hacia ellos. Rodhes estrechó su mano.
—El mismo, señor. Trajimos sus nuevos juguetes, cortesía de Industrias Stark.
—Ya era hora...— musitó el capitán, secándose el sudor de la frente con la manga de su pesado traje— Los chicos estaban poniéndose algo molestos a causa del calor... ¡Morita, Jones! Descarguen las municiones y granadas.
Un hombre de facciones orientales y otro de color bajaron sus armas también y asintieron, apresurándose a obedecer la orden y a descargar el helicóptero mientras James ayudaba, tratando de protegerse del intenso calor.
— ¿Están seguros de que estamos en una zona segura?
—Por supuesto. Mis chicos revisaron el perímetro, y estamos siendo monitoreados por radar. Era aún más peligroso recibir las armas en el campamento.
Rodhes asintió vagamente, pero algo más había llamado su atención. Junto a la camioneta había un joven, recargado en ésta con un rifle en las manos y la mirada en el horizonte, y aunque el teniente solo podía ver su perfil derecho bastó para que los recuerdos inundaran su mente.
— ¿Bucky? ¿Eres Bucky Barnes, de Brooklyn?— preguntó, dejando de descargar municiones y acercándose a él con una sonrisa.
El joven alzó la cabeza para poder verlo bajo el casco, frunciendo las cejas con escepticismo. Rodhes lo recordaba muy bien desde la única ocasión en que habían hablado, pues Barnes era un chico tan carismático y divertido que realmente era difícil olvidar, y por esa misma razón sabía que algo en él había cambiado. Tal vez no físicamente, pero había algo en sus ojos oscuros que no era igual al alegre y risueño chico recién salido de la escuela militar que había conocido.
—Así es— respondió Bucky, bajando su rifle para acercarse a él, con una mueca de intriga— ¿Te conozco?— inquirió, taimado. El otro James le mostró otra sonrisa.
—Soy James Rodhes. Rodhy. Nos conocimos en la fiesta de graduación de Tony.
James Barnes frunció el ceño un momento, curioso. No parecía recordarlo al principio, pero tras unos segundos su expresión cambió, por una mucho más relajada.
—Oh, sí. Te recuerdo... Eras el adulto responsable. El amigo de Stark que se desmayó junto al retrete. ¿Eres piloto ahora?
El teniente Rodhes sintió algo de vergüenza al recordar el penoso episodio, pero sonrió.
—Así es. Al menos por dos días más. Mi servicio termina el jueves; luego decidiré si quedarme... Y tú estás en...
—Fuerzas Especiales. Infantería— Bucky señaló una de las insignias de su uniforme y se puso de pie, haciendo su rifle a un lado para estrechar la mano de Rodhes— ¿Cómo te ha ido?
—Bien. Me alegra encontrar un rostro de casa.
—También a mí...— Bucky hizo una pausa, como si de pronto hubiera olvidado que él estaba allí; pasados unos segundos parpadeó, volviendo a enfocar la mirada en su interlocutor— Lo lamento. Asesinaron a dos de nuestro equipo hace cuatro días en una redada y, hace tres que no duermo— comentó, y el otro James notó brevemente que la sombra del casco escondía parcialmente sus profundas ojeras, aunque, en un intento por darle ánimos al muchacho, no mencionó nada—. Estuve en Brooklyn hace unas semanas.
— ¿Sí? ¿Y qué cuenta Tony?
—Estaba en la India o algo así. Pero regresaría para la boda de Potts. ¿Te acuerdas de ella?
—Por supuesto. Quería ir, pero el deber llama. Tú sabes. Tenemos otras cuatro entregas iguales solo hoy.
Bucky se quitó el casco un momento para secarse el sudor del rostro y sus ojos cansados relucieron bajo el sol; sin embargo, volvió a ponérselo de inmediato, mirándolo sin decir nada más.
— ¿Adónde se dirigen ahora?
—A trescientas millas al sur de Pakistán.
El sargento de infantería asintió y acomodó su rifle bajo el brazo, encogiéndose de hombros. Parecía más reservado y silencioso que el chico que recordaba, pero era natural si solo cuatro días atrás había sufrido un ataque que se había llevado a dos de sus compañeros, la única familia que tenían en aquel lugar.
— ¡Rodhes, tenemos que irnos!— gritó su compañero, y él asintió, indicándole con una seña que iba en camino.
—Bien. Es hora de volar por los aires— bromeó, estrechando la mano del sargento, quien en ningún momento hizo siquiera el amago de sonreír— Cuídate Bucky. Fue bueno volver a verte.
—Igual tú. Adiós— respondió el muchacho, escueto. Rodhes lo saludó una última vez con la cabeza y volteó, pero entonces él lo detuvo— ¡Rodhes!— Bucky había dejado su rifle en el camión y se acercó a él corriendo, con una mano metida en uno de los tantos bolsillos de su chaleco, buscando una carta doblada que extendió hacia él, sin rodeos— Escribí dos cartas. Para Steve Rogers. Creo que lo conoces— el hombre de color asintió, con una mueca algo obvia— Iba a enviarlas con el correo, pero entonces nos emboscaron, así que... Si pudieras entregárselas en persona cuando regreses, creo que me sentiría más seguro de dártelas a ti que volverás a casa en dos días... Una es suya. La otra él la hará llegar a su destinataria. ¿Podrías hacerme ese favor?
—Por supuesto que sí, Sargento— le sonrió una última vez, tomando las cartas y guardándolas dentro de su uniforme— De cualquier forma debo pasar a Washington, y será agradable ver a Steve otra vez...
Bucky asintió, y por primera vez intentó esbozar una sonrisa, aunque su rostro no mostró más que una mueca forzada. Era claro que estaba extremadamente cansado.
—Gracias— dijo, dándose la vuelta para regresar por su arma.
James Rodhes se subió al helicóptero, volvió a ponerse el casco, despidiéndose de Bucky y sus compañeros con la clásica seña militar. Los motores se encendieron, las hélices comenzaron a rodar y el helicóptero a elevarse mientras el escuadrón del capitán Slater cargaba las cajas de armas y municiones en el camión. Rodhes informó del despegue a su base, tomó el mando y empezó a elevador el gigante de metal, con una sonrisa que solo provocaba la satisfacción de haber podido ver a alguien de casa, que aunque no era su amigo había traído hasta él unos de los mejores recuerdos de su juventud, como lo había sido la graduación de su mejor amigo Tony Stark. Sin embargo, no se habían elevado ni veinte metros cuando los disparos comenzaron, rebotando contra la nariz de la aeronave.
Por un momento James se petrificó, pero no tardó en recobrar la compostura y tratar de elevarse con más rapidez, observando el suelo para ver el origen del ataque.
Las cajas que acababan de entregar yacían en el suelo; Bucky y sus compañeros corrían a refugiarse tras la camioneta, disparando hacia las montañas.
— ¡Sácanos de aquí, Rodhy!— gritó su copiloto, histérico. James no tuvo más alternativa que hacerlo. Su helicóptero no era de batalla, y no estaba equipado para regresar los disparos. Debían irse de allí
— ¡Base, Base! ¡Aquí Charlie Cuatro Cuatro Dos Delta Zulu solicitando refuerzos! ¡Repito! ¡Charlie Cuatro Cuatro Dos Delta Zulu! ¡Fuego abierto! ¡El escuadrón 107 está bajo ataque y necesita apoyo terrestre de inmediato! ¡Solicito...!— de pronto algo atravesó los cristales del helicóptero con un disparo limpio, y Rodhes sintió la sensación helada y luego el ardor y dolor que provocaba una bala al atravesar su piel. Y gritó, pero nunca soltó los controles.
— ¡Rhodes! ¡Demonios!
—Estoy bien— se apresuró a decir, aunque podía sentir el dolor agudo en su costado izquierdo, así como la cálida sangre brotando de su cuerpo— ¡Recupera los controles, Sanders!— ordenó, tomándose unos segundos para respirar profundamente y analizar su herida y los daños al helicóptero, que por suerte no era graves. Finalmente ahogó un siseo al presionar la herida para detener la sangre, procurando mantenerse sereno, aunque sin poder evitar respirar con dificultad— Estaré bien, pero me desangro demasiado rápido. Deberás llevarnos al campamento más cercano. Yo te asistiré— balbuceó, apretando los dientes para no gritar mientras Sanders repetía el pedido de ayuda por radio, pidiendo también el curso de la base más cercana a su posición.
El sonido de los motores y la altura cubrían el eco del tiroteo, pero cuando estuvieron a salvo lejos de las balas de rifles, James se permitió mirar un momento hacia tierra. Bucky y los suyos habían conseguido rescatar las municiones y encender el camión, y mientras los disparos seguían buscaban ponerse a salvo. Pero de repente, ante los incrédulos y horrorizados ojos de Rodhes, el camión explotó en una gran bola de fuego que se sintió aún hasta donde ellos estaban, desestabilizándolos por un momento. Luego una nube de humo lo cubrió todo, y ya no pudo seguir mirando.
Así, de la nada, más rápido que un parpadeo, Bucky y su escuadrón se habían ido.
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Querido Steve:
Sigo sin entender cuál es tu maldita obsesión con las cartas escritas a mano. ¿Acaso crees que seguimos viviendo en el siglo pasado?
Iván cree que es muy gracioso; por cierto, te envía saludos. Está de visita así que cuidará de mi apartamento por unos días mientras esté por allá para el "gran día". ¿Notaste que usé comillas? No se tú, pero yo odio las bodas. Por eso en la mía sólo estábamos el juez, Alexei, yo y cinco invitados. Pero ya dije que iría, así que supongo que tendré que resignarme y poner mi mejor cara de felicidad.
Como sea, estoy preparando todo para la boda de Pepper. Mi vuelo llegará a Nueva York a eso de las tres, así que espero que estés esperándome o te cortaré las bolas.
Literalmente voy a castrarte.
Te estaré enviando la hora exacta de mi llegada a tu celular, esa cosa pequeña y cuadrada que la gente normal usa para comunicarse en lugar de escribir con lápiz y papel.
¡Dios, Steve, tienes que modernizarte!
Te veré en tres días.
Te quiere,
Natasha.
P.D: Dale mis saludos a Sam y dile que se recupere pronto. Ya estoy ansiosa por conocerlo.
Steve terminó de leer la carta y dobló el papel con una sonrisa, guardando un breve silencio mientras acomodaba la espalda contra el respaldo de la silla en la que se encontraba sentado, haciendo una mueca.
— ¿Qué te parece?— preguntó después de un rato, mirando a Sam, cuya atención estaba puesta en la ventana junto a su cama de hospital; éste apenas movió la cabeza y le dirigió una breve mirada de soslayo, como para indicarle que lo había oído, y luego regresó la cabeza hacia el lado opuesto, suspirando.
—Que deberías tener cuidado con tus bolas— respondió. El capitán soltó una discreta carcajada, concentrándose en las pequeñas marcas que su amigo tenía aún en el rostro, las cuales apenas se notaban en su piel oscura, pero que delataban todo por lo que había pasado.
― ¿Y cómo estás?― inquirió con cautela luego de unos minutos de incómodo silencio, colocando una mano en el hombro de su amigo. Sam dudó un momento antes de contestar, y Steve lo comprendió perfectamente.
Había pasado casi dos meses desde el accidente aéreo que había matado a todo su pelotón, dejando sólo a unos pocos con vida desangrándose en medio del desierto Afgano hasta que una patrulla pudo rescatarlos antes que los talibanes. Pero para entonces habían pasado horas, y solo Sam había sobrevivido, atrapado bajo la cola del destruido helicóptero de combate, con una pierna rota y un trozo de metal enterrado en las costillas, escuchando a sus compañeros agonizar hasta que dejaron de respirar, justo frente a sus ojos.
La guerra era cruel para todos, pero lo era mucho más cuando hería a las personas, no en el cuerpo, sino en la mente, el lugar donde era más difícil sanar. Así sentía a Sam. Las heridas de su cuerpo ya casi habían sanado por completo, pero no las de su interior.
Le generaba una gran impotencia verlo, pero lo era aún más saber que no podía hacer nada para remediarlo.
―Bien― respondió Sam, posando sus ojos oscuros en él, sonriendo tenuemente― El grupo es genial, y me ha ayudado mucho.
―Me alegra oír eso— lo apoyó Steve, apretando su hombro― Y si alguna vez quieres hablar de ello... Pues, no dudes en llamarme.
El teniente Wilson lo miró fijamente, asintió y frunció el ceño un momento, pensativo y distante.
― ¿Sabes? Lo más gracioso es que apenas puedo recordar las caras de esos chicos, pero no puedo olvidar sus gritos cuando agonizaban a mi lado sin que yo pudiera hacer nada― dijo; sus puños se cerraron sujetando las sábanas con fuerza y apretó los dientes― Los oigo en mi cabeza... Lloran y piden que los rescaten... Y yo solo estoy ahí, atrapado y oyéndolos hasta que el último de ellos deja de respirar... No pude hacer nada por ellos entonces, y tampoco puedo ahora.
Steve lo oyó en silencio, tensando la mandíbula un momento, pero tratando de ser lo más comprensivo posible. Entonces apretó el hombro de su amigo una vez más, demostrándole así su apoyo.
―Sam... Nada de esto fue tu culpa. Debes dejarlo ir― musitó, y el joven afroamericano enfocó la vista en él una vez más, soltando las sábanas y destensando la mandíbula para esbozar una fugaz sonrisa.
―Lo sé, pero eso no ayuda mucho, ¿sabes?― Sam suspiró y regresó la vista a la ventana, apretando los puños sobre las sábanas― Cuando algo así pasa no solo te alegras de seguir con vida; también te preguntas: ¿por qué yo? ¿Qué tengo de especial que esos hombres no? Muchos de esos soldados tenían familia, Steve. Una esposa e hijos esperando. Yo no tengo a nadie.
―Me tienes a mí.
Sam rió, algo sarcástico.
―Te lo agradezco, Steve. Eres un gran amigo, y sabes que de verdad te aprecio, pero no puedes pretender tú solo solucionar los problemas del mundo cuando no puedes ni siquiera decirle lo que sientes a Natasha― le soltó, sin la intención de ofender o incomodarlo, y él lo supo, ya que hablaba con la verdad y no tenía forma de refutarle.
Steve se quedó callado un momento; era obvio que Sam no esperaba una respuesta directa, por eso guardó silencio, cosa que el joven de color parecía estar esperando.
―Steve, eres un gran amigo, y un buen soldado, pero eso no quita que seas un idiota en algunas cosas.
― ¿Gracias?― respondió el hombre de cabello rubio, haciendo reír a Sam, que pareció relajarse un poco.
—Por nada... Ahora ayúdame, ¿quieres? Vamos a la sala de juegos para patear tu pálido trasero en el póker― indicó, moviéndose con algo de dificultad hasta la orilla de la cama mientras Steve le acercaba una silla de ruedas con presteza.
—A ver— el joven Rogers ayudó a Sam a levantarse de la cama, con su pierna izquierda enyesada desde el muslo hasta la punta de los dedos, para sentarse en la silla— ¿Quieres que te empuje?
—Déjame recuperar algo de dignidad, ¿quieres?— bufó Sam, con cara de horror, y Steve rió, siguiéndolo por el corredor de paredes blancas— ¿A qué hora sale tu vuelo?
—Iré en tren. Y sale en...— el capitán consultó su reloj de bolsillo y lo limpió con un dedo antes de volver a guardarlo— unas cuatro horas. Aún tengo bastante tiempo.
—Bonito reloj.
—Gracias— Steve volvió a sacar la pieza de oro y la observó con orgullo— Era de mi padre, y su padre se lo dio a él; lo había traído desde Irlanda a la Isla Ellis― comentó con orgullo― Es parte de la familia Rogers, y es muy valioso para mí.
Sam detuvo su silla y la giró hacia él para impedirle seguir caminando.
—Vaya... ¿Me lo prestas?
Steve instintivamente apretó el objeto con los dedos y le pegó a su pecho.
— ¿Para qué?— preguntó, receloso, alejando el reloj de Sam, que bufó con descontento.
— ¡Hey, no te lo voy a robar solo porque soy negro!— exclamó, medio en broma, medio fingiéndose molesto.
Steve se removió, incómodo, y torció los labios.
—No es eso... Es que...— comenzó a explicarse, de pronto demasiado nervioso. Así que Sam, aún en su silla de ruedas, aprovechó sus balbuceos para arrebatarle la pieza.
— ¡Dame ese reloj!— exclamó, y para cuando Steve se dio cuanta ya no lo tenía en la mano, y, con horror, vio como su amigo quitaba la tapa y observaba su interior.
El reloj era de auténtico oro, y se notaba muy bien cuidado. Al separar las dos tapas, de un lado las agujas doradas señalaban la hora exacta, pero al otro, tras una redonda pantalla de vidrio transparente, tenía una fotografía de una bonita chica pelirroja. La imagen parecía haber sido tomada sin que ella se diera cuenta, pero aun así lucía hermosa. A Sam no le costó nada saber quién era; Steve tenía demasiadas fotografías de Natasha como para poder identificarla con solo un vistazo rápido. Por eso sonrió, triunfante, sin importarle que el cuerpo del capitán aplastara su pierna herida al lanzarse para recuperar su reloj. Forcejearon por un segundo; Sam gruñó de dolor cuando Steve presionó su yeso para hacerle soltar el reloj pero acabó sonriendo con diversión ante el rostro avergonzado de su amigo.
—Sabía que había visto algo en la tapa— dijo, divertido, y Steve se sonrojó hasta las orejas, escuchando una carcajada de parte de Sam— ¡Que no te dé pena, Steve! Es una hermosa mujer.
—No se lo digas a nadie— pidió, sin atreverse a alzar la mirada, y Sam rió otra vez.
— ¿Y a quién quieres que se lo diga? ¿Al Loco Joe o a Harrigan El Traumado?— sonrió, señalando una de las habitaciones abiertas, donde un hombre miraba el muro y otro parecía dormir lleno de cables, haciendo que Steve lo reprendiera con la mirada.
—Deja de ponerles apodos. No es gracioso.
—Ah, eso lo dices porque no los escuchas gritar por las noches— refutó Sam, girando su silla hacia la salida— Resulta bastante entretenido cuando no nos ponen a Bob Esponja.
El joven Rogers lo reprendió con una mirada severa y acomodándose la ropa volvió a caminar muy dignamente hacia la sala de juegos, con Sam rodando su silla junto a él.
— ¿Y cuándo te quitarán el yeso?— preguntó, cambiando el tema y entrelazando las manos en la espalda para saludar a todos los compañeros de las Fuerzas Armadas que se cruzaba en el camino.
—En una semana— contestó el chico de color con despiste, girando en un pasillo— ¿Quieres venir?
—Por supuesto. Quiero ver para que lado vira tu pie ahora.
Sam soltó una carcajada.
—Ya sabes: si es a la derecha me debes veinte dólares— rió, y Steve lo acompañó.
—Por cierto, ¿te quedarás aquí o regresarás a Harlem? Podríamos volver juntos; mi madre llega la próxima semana de Grecia así que haré dos viajes.
— ¿Y que me vean paseando por el gueto con Ken? Olvídalo— el afroamericano fingió un escalofrío y los dos rieron, deteniéndose en una de las mesas de juego; había al menos media docena de jóvenes con vendajes, heridas o miembros amputados a su alrededor, y Steve procuró sonreírles a todos— No. Me quedaré aquí en el grupo, y tomaré mi rehabilitación con calma. Luego, ya veremos.
— ¿No vas a regresar al servicio?
—Aún no lo sé— Sam suspiró— Creo que Harrigan me extrañarían mucho... Si algún día despierta, claro.
Steve, lejos de regañarlo otra vez, no pudo evitar soltar una carcajada.
—Bueno, puedes quedarte y trabajar conmigo.
— ¿En una bonita oficina y oliendo a lavanda? No lo creo.
— ¡Yo no huelo a lavanda!
Sam se acercó y le indicó que se agachara para olerlo.
—No. Más bien hueles a rosas, Ken. ¿Dónde dejaste tus accesorios?
— ¡Cállate, Denzel Washington!
— ¿Denzel Washington? ¡Por favor! ¡Él no ha sido negro desde John Q!— exclamó el joven Wilson, y algunos soldados de color tras ellos no pudieron evitar reír, igual que Sam y Steve— ¿Lo ves? Ellos saben de lo que hablo. Pero ya, en serio. Creo que prefiero quedarme aquí. El centro necesita ayuda, y yo... Bueno, no tengo mucho que hacer ahora.
—Me gustaría ayudar también.
—Pues si algún día quieres volver y hablar con los chicos sería suficiente... Muchos te admiran. Yo también, excepto que soy demasiado genial para admitir que quiero ser como tú cuando crezca.
—Ah, qué honor. Pero en serio, vendré en cuanto puedas organizarlo todo. Aunque...
— ¿Qué?
—Bueno, eras de nuestros mejores pilotos, y realmente será una gran pérdida para el equipo...
Sam esbozó una sonrisa se lado y suspiró, sacando los naipes de su caja para empezar a mezclarlos.
—Te diré algo: si tu regresas al cuerpo de infantería yo regresaré contigo. Es un trato justo.
Steve rió y se cruzó de brazos.
—Me parece bien.
Sam terminó de mezclar las cartas y empezó a repartir. Pasaron unos minutos arreglando sus respectivos juegos y luego el chico de color volvió a hablar, retomando el tema que días atrás habían tratado:
—Entonces, ¿tú besaste a Natasha o ella lo hizo?
Steve, que no necesitó preguntar a qué se refería, observó su juego con atención por un momento, luego, sin darle demasiada importancia, contestó:
—Primero ella. Dos veces. Yo se lo devolví una vez, pero ahí acabó todo. Al parecer un beso no significa mucho hoy en día.
Sam alzó una ceja y movió algunos naipes de su lugar, indeciso.
—Viejo, nunca entenderé a las mujeres.
—Yo solo quisiera entender a Natasha— suspiró el muchacho rubio, tirando una carta y levantando otra— ¿Sabes? A veces se porta tan posesiva que llego a pensar que de verdad le gusto; no como amigo, sino como algo más. Luego va por ahí buscándome citas y besando a Bucky... Me confunde.
El muchacho de color lo miró por sobre su juego y soltó una risilla nasal.
—Así son ellas. No te quieren a su lado pero en cuanto llega otra mujer que se muestra interesada le saltan a la yugular como esos tiburones blancos... ¿Tienes un seis?
—No. ¿Tienes un cuatro?
—No.
—Eso es exactamente lo que Natasha hace― Steve retomó la palabra, analizando cuidadosamente su jugada― Desde niños ha espantado a todas las chicas que se me acercaban, y eso que no eran muchas.
—Es porque ya te ha marcado como de su propiedad, amigo mío... ¿Un dos?
—Ten― Steve le alcanzó una carta y frunció el ceño― Pero eso no tiene sentido. Bucky fue su novio, y ni siquiera cuando salían las chicas dejaban de asediarlo, y ella no enloquecía como lo hacía si me descubría mirando a otra chica.
—Pues debe querer que solo tú seas infeliz— Sam de encogió de hombros, divertido— Eres demasiado sensible, hermano. Ella nunca te tomará en serio, pero aun así se portará como una perra loca si alguien más se te acerca. Natasha es de esas dominantes que quieren tenerlo todo bajo control, y tú has estado siempre demasiado disponible para ella... Digo, mira, se te sale el amor y los arcoiris por los ojos cada vez que la mencionas. Ellas se dan cuenta de esas cosas. Perciben tus debilidades y las muy perras las usan en tu contra.
—Vaya. Tú sí que entiendes de la vida.
—Gracias. El punto es que Natasha es la clásica "no me gustas, pero tampoco quiero que te alejes de mi lado porque me das la seguridad que el idiota de mi novio y/o amante no". Le has dado demasiado poder sobre ti. ¡Deja que la bruja loca se vaya con Bucky y ve a embriagarte a un bar y a tener sexo con todas las mujeres que te encuentres!
Steve frunció el ceño.
—Natasha no es así. Es mi mejor amiga...
—Pues mucho peor— replicó Sam, guardando un largo silencio para acomodar sus cartas— Al decir eso firmaste un certificado de posesión de tu trasero y se lo regalaste. Dime, ¿alguna vez has tenido una cita con una chica?
Steve alzó una ceja y se lo pensó un momento. Sí había salido con Pepper, aunque nunca había catalogado sus encuentros como "citas", pues eran solo salidas de amigos, así que dedujo que eso no contaba.
—No.
Sam alzó alas cejas un momento. Una sonrisa retorcida bailaba en sus gruesos labios, pero para la buena suerte de Steve no hizo ningún comentario malicioso al respecto.
—Dijiste que las cosas con Natasha siempre son demasiado complicadas, ¿no? Pues quizá ya sea hora de buscar una chica que no sea pelirroja. Si nunca va a hacerte caso deja de esperarla como un perrito faldero. Créeme, las opresivas como ella se ríen de los chicos como tú, porque sabe que haga lo que haga siempre estarás disponible para ella...
— ¿Y cuál es tu consejo?
—Demuéstrale que no es así. Tal vez la boda sea una buena oportunidad.
― ¿Oportunidad?
―Ya sabes. Para demostrarle que tu trasero no le pertenece; aunque en tu caso eso es mentira, porque estás hasta el cuello por esa chica... Diablos. Eres tan complicado a veces.
Steve frunció el ceño, pero no pudo evitar reír.
―Esto es estúpido. Y tú estás loco.
Sam lo miró por el rabillo del ojo. Aquel brillo divertido y burlón había vuelto a él.
―No lo es. Hazme caso, Ken. Ve a esa fiesta, ten sexo alocado y sucio con la primer mujer que te cruces y después dame las gracias.
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Steve abrió los ojos con atención y se balanceó discretamente sobre sus talones de atrás hacia adelante, contemplando su teléfono por segunda vez en los últimos cinco segundos.
"Te hice caso y vine directamente a la iglesia en lugar de pasar por el aeropuerto. La boda va a empezar. ¿Dónde estás?"
Escribió disimuladamente, alzando la cabeza de a ratos para concentrarla en las puertas de la Iglesia. No tardó demasiado en sentir el aparato vibrando en su bolsillo, así que se apresuró a volver a sacarlo.
"¡El estúpido avión tuvo que hacer otra escala en Los Ángeles y se retrasó aún más! Pero ya llegué a Nueva York. ¡Estoy en camino!"
Steve contuvo un resoplido y le sonrió a un ansioso Happy Hogan, que ya estaba esperando junto a Tony Stark y sus otros padrinos, todos muy elegantes y el segundo ya notablemente ebrio, aunque manteniéndose bastante firme junto al novio.
— ¡Hey, Capi!— exclamó el millonario al verlo revisar su teléfono una vez más, colgándose a sus hombros mientras se acomodaba las gafas de sol que obviamente no necesitaba estando bajo techo— Veo que al fin te decidiste por la tecnología... Lindo teléfono, pero puedo conseguirte uno mejor... Sin ridículos 'botones'. Esas cosas son de la Edad de Piedra.
—No, gracias Tony— suspiró el soldado, revisando su casilla de mensajes una vez más.
—Tú te lo pierdes. Por cierto, ¿dónde están la viudita y el grandote? Creí que los tres eran como siameses triples... Si esas cosas existen.
Steve, tratando de ignorar ése comentario, suspiró.
—Bucky está en servicio, y se supone que Natasha estaría aquí, pero su vuelo se retrasó demasiado a causa de un tornado en Kansas.
—Ya... Por cierto, ¿ahora que es viuda sí te la estás tirando? Porque yo lo haría... Y tal vez lo haga. Uno no pierde nada con intentar, ¿no?
—Tony, compórtate— masculló Steve, rojo de vergüenza e incomodidad. Tony soltó una carcajada al verlo, pero calló cuando la música cambió y las puertas volvieron a abrirse, dejando pasar a una Pepper que lucía más más hermosa que nunca, ataviada con un elegante vestido blanco, un velo cubriendo su rubia cabeza y la sonrisa más deslumbrante que Steve había visto en su vida adornando su rostro.
Por un segundo el aire se cortó, y todos la observaron, sobre todo Steve, que no pudo evitar sentirse obnubilado por la belleza de su amiga.
Pepper lo vio también y sonrió, acariciándose brevemente el vientre con ambas manos antes de que su padre la dejara en el altar junto a Happy para que comenzara la ceremonia. Y los dos se veían tan emocionados y felices que Steve no pudo evitar pensar en lo especial que debía sentirse llegar al altar con la persona que uno amara, dispuestos a unir sus vidas para siempre. Fue un momento tan especial que se preguntó si algún día él podría vivirlo también, y eso hizo que sintiera cierta melancolía al observar el lugar vacío que Natasha debía ocupar. Sin embargo, sus pensamientos fueron hacia otros rumbos cuando con su mirada encontró la de una emocionada Sharon Carter, que permanecía a la izquierda de Pepper junto a María Hill y Jane Foster, las damas de honor que lloraban a mares por la encantadora escena. Sharon se limpió una lágrima y le sonrió brevemente, pues antes de la ceremonia no habían podido saludarse, así que Steve le sonrió también, regresando la mirada hacia los novios mientras acomodaba las manos juntas frente a su cuerpo.
Cuando todo terminó con un beso la iglesia entera estalló en exclamaciones y aplausos. Harold y Virginia se tomaron de las manos y corrieron juntos hacia la salida, siendo seguidos por todos sus amigos y familia, y entonces, intempestivamente Natasha se apareció en las puertas de roble con una maleta a cuestas, a tiempo para abrazarlos antes de que salieran, y luego se quedó atrás mientras todos los invitados salían, mirando a Steve con una sonrisa torcida mientras estiraba los brazos a cada lado de su cuerpo, enseñándole su bonito y escotado vestido celeste, color que el joven Rogers sabía que odiaba, pero que sin duda le quedaba de maravilla.
—Es tarde, señorita Romanoff— la reprendió, usando el mismo tono que el señor Pym, el maestro de química, usaba cada vez que llegaban tarde a clases. Natasha apretó los labios y entornó la mirada
—Fue ése estúpido tornado— bufó, dejando su maleta junto a las bancas y caminando de forma nada femenina hacia el altar cuando el sacerdote ya se había retirado. Los dos guardaron silencio mientras Natasha se paraba en el lugar que Pepper había ocupado segundos antes, enfrentando su mirada— ¿Cómo estuvo la ceremonia?
Steve sonrió de lado y estiró las mangas de su chaqueta, mordiéndose los labios para no decirle lo hermosa que lucía.
—Bien, estuvo muy bien. Aunque las madrinas lloraron tanto que por poco se deshidratan— bromeó, intentando disipar el nerviosismo que la joven rusa siempre le provocaba.
Natasha, sin darse cuenta de nada, ahogó una carcajada.
―Lo sé. Las vi salir con los ojos hinchados, como si estuvieran saliendo de un funeral. ¿La cosa fue para tanto?
—Los dos dijeron cosas muy bonitas; supongo que eso las emocionó― Steve se encogió de hombros y suspiró, esperando el un comentario sarcástico que nunca llegó. Miró a Natasha y de repente la vio demasiado silenciosa y pensativa― ¿Qué pasa?— preguntó, parándose frente a ellal y colocando una mano en su mentón para alzarlo y mirarla a los ojos, con una sonrisa comprensiva en el rostro.
Ella lo miró y le regresó el gesto, liberándose de su agarre con suavidad.
—No es nada, es que...— su amiga rió entre dientes, irónica— Es estúpido, pero al ver todo esto... No sé. Mi boda fue en una ventanilla del ayuntamiento con unas seis o siete personas muy apuradas a mi alrededor. Y no es que me gusten todas estas cosas de niña, pero... Pepper se veía tan ilusionada y feliz al salir de la iglesia del brazo de su esposo, mientras que yo apenas sonreí cuando el juez me declaró la señora Shostakov.
—Bueno, tal vez eso fue por mi culpa― dijo Steve, un poco avergonzado― No debí decirte todo lo que te dije en un día tan importante para ti.
—No. Parte de todo eso era verdad— admitió Natasha, y él la miró, atónito— Sí quería mucho a Alexei, pero admito que nos apresuramos— sonrió con tristeza— Yo era demasiado joven, y estar con él y su familia me recordaba tanto a la mía... A la vida que hubiera tenido si mis padres no hubiesen muerto. Entonces tomé la estúpida decisión de tratar de recuperar lo que había perdido con él. Y al final me convertí en una viuda antes de los veintidós― hizo una pausa y soltó una risilla sarcástica entre dientes― ¿Quieres oír algo patético? Una vez, cuando era niña, imaginé que mi boda sería en un altar como éste, con todas las personas que me querían llorando a mi alrededor, la iglesia llena de flores y todos mis amigos junto a mí; felices por mí... Qué estupidez, ¿no?
Steve parpadeó, un poco desconcertado ante esa faceta de la joven rusa, pero acabó por sonreírle. Lo pensó un momento, y, sin intermediar palabra, tomó una de sus manos frente al altar, volviendo a mirarla a los ojos.
—No, claro que no...― amplió su sonrisa― Eso quiere decir que alguna vez, aunque fuera por un instante, fuiste una persona normal.
Natasha apretó los labios y lo golpeó con fuerza en el brazo, haciéndolo reír luego de quejarse.
― ¡No me hagas golpearte en la Casa del Señor, idiota!
― ¡Quieta, pecadora!― rió Steve, esquivando otro golpe sin soltar su mano. Cuando volvieron a quedarse callados, miró la decoración del altar con atención, concentrándose en los detalles por unos segundos.
―También yo imaginé mi boda en un lugar como éste― confesó de pronto, soltándola y caminando dos pasos para tomar una rosa blanca entre sus dedos― Encontraría a una mujer que me amara tanto como yo a ella y uniríamos nuestras vidas para siempre como Happy y Pepper. Luego tendríamos seis o siete hijos... Es que no veríamos mucha televisión― bromeó, y los dos rieron.
— ¿Y cuáles serían tus votos?― preguntó Natasha de pronto, parándose junto a él y turbándolo ligeramente con su pregunta.
— ¿Mis votos?
—Sí. Que le dirías al amor de tu vida el día de tu boda. A ti te encantan todas esas babosadas cursis.
El capitán pestañeó, tardando unos segundos en entender de lo que hablaba.
—Pues... No sé― se sonrojó, y su amiga rodó los ojos― ¿Qué dirías tú?
—Nada, eso es para maricas— refutó ella y Steve frunció el ceño— Pero quiero oírte a ti. Anda.
Steve balanceó el peso de su cuerpo de un pie al otro, y apretó los dedos, nervioso.
—Yo... No lo sé. No se me ocurre nada.
— ¿No te gusta tanto escribir cartas? Tienes alma de poeta― dramatizó Natasha, haciéndolo reír una vez más.
—Eso no tiene... Está bien. Déjame pensar...
―Vamos, Steve. Te pedí que me dijeras tus votos, no que asaltes un banco.
Él frunció el ceño, empezado a buscar las palabras correctas en su mente, sin hallar nada hasta que sus ojos se perdieron en el verde profundo de los de Natasha, y las palabras brotaron solas:
—Dicen que las verdaderas almas gemelas, aunque las separen océanos o continentes enteros, siempre terminan juntas― comenzó, mirándola fijamente―; y yo no lo creía, hasta que la vida te puso en mi camino― Natasha lo miró, alzando una ceja y asistiendo en conformidad para indicarle que siguiera― Y desde entonces se encargó de que ni el tiempo ni la distancia pudieran separarnos... Antes yo tenía miedo hasta de mi sombra, pero tú me hiciste ser valiente, porque yo quería gustarte, quería que te sintieras a salvo conmigo, aún antes de saber lo mucho que llegaría a quererte... Desde que te conocí he sabido que se puede ser feliz porque sí; porque yo respiro y tú respiras, no necesitamos oro ni joyas, porque tu sonrisa es suficiente tesoro para mí. Y con gusto me arrojaría al infierno si me garantizan que tú estarás ahí. Nada es imposible cuando estamos juntos...— dijo, y, desviando la mirada, hizo una pausa expectante— porque me he dado cuenta de que no importa qué estés haciendo, dónde te encuentres o quién estés. Eso no importa, ni cambia nada. Yo siempre, completa y honestamente, te amaré con todo mi ser...
Terminó su breve discurso, sintiendo como si un gran peso hubiera caído de sus hombros, y cuando volvió a mirar a Natasha la vio sonreír. No con petulancia o sorna como solía hacerlo, sino con una sonrisa sincera y conmovida.
Sin duda era un gran acontecimiento ver a la fría y estoica chica de la Rusia Comunista de esa forma. Parecía tan...vulnerable y frágil...
—Oh... Eso casi me hizo llorar— dijo una tercera voz desde la entrada de la iglesia, donde Tony Stark estaba mirándolos, con las gafas oscuras chuecas y la camisa desfajada, interrumpiendo su pequeño momento— Eres todo un maldito poeta, ¿y sabes, Rojita? Ustedes dos de verdad deberían casarse— señaló, divertido, tambaleándose hacia ellos para meterse tras el altar y revisar las cosas del sacerdote— Me imagino a sus hijos. Dos niños pelirrojos y gruñones, de grandes ojos azules y naricitas pequeñas y a lo Stalin como la de su madre... ¿Dónde diablos...? Ah, aquí hay una— sonrió, sacando una sotana de un gabinete oculto tras el altar, poniéndosela sobre su costoso traje— Ahora, yo los declaro marido y mujer— dijo, haciendo la seña de la Cruz— Puede besar a la novia... O sino déjame que yo la beso por ti.
—Quieto— advirtió Steve, poniéndole una mano en el pecho— ¿Dónde está Jarvis?
—Se lo presté a la feliz pareja. Pero me dejó traer mi Batimóvil, así que déjenme llevarlos a la...― Tony cerró la boca como si estuviera conteniendo el vómito y enredó los pies en la sotana, cayendo de bruces pero levantándose casi al instante con sus llaves en la mano― ¡Estoy bien! Vamos a mi auto...
—No lo creo— refutó Steve, quitándoselas— Mejor iremos en taxi— anunció, y Tony hizo pucheros como un niño pequeño, pero luego rió, llevándose una mano a la sien.
— ¡Como el Capitán América ordene, señor! Pero intenta no cruzarte con María en el camino— el joven Stark trastabilló hacia él para hablarle al oído, usando su mano como pantalla— Me odia por haberla dejado sola en España hace dos veranos, y creo que está armada.
El capitán rodó los ojos, tomando uno de los brazos de Tony para pasarlo tras su cuello.
―Está bien. Vamos.
― ¡No sabes cuánto te quiero, Capi!― exclamó el millonario mientras era llevado fuera, intentando besar al soldado, que como podía desviaba el rostro; entonces se lanzó hacia la joven rusa― ¡Y a ti también, Rojita! ¡Ven aquí! ¡Déjame bes...!― Natasha se movió justo a tiempo y Steve lo soltó, haciendo que volviera a caer de cara al suelo. Entonces los dos se miraron y después a Stark, y empezaron a reír hasta que pudieron pedir un taxi y volver a levantar a Tony, subiéndolo al vehículo amarillo a trompicones.
— ¡Oh, rayos! ¡Adoro esa canción!— exclamó el millonario cuando el auto se puso en marcha y Heaven empezó a sonar en el estéreo, señalando al taxista con ambos dedos índices— Amigo Taxista, eres-lo-máximo. Te daré cien dólares si le subes.
El hombre rápidamente le hizo caso, y Tony empezó a cantar.
— ¿Otra vez esa maldito canción?— bufó Natasha, ignorando los coros a voz ebria de Tony— Estúpido y marica Bryan Adams.
Steve rió por lo bajo mientras recordaba a Bucky. Cuando la canción terminó Tony le dio cien dólares más al taxista para que pusiera algo de AC/DC y para disgusto de Natasha empezó a cantar y mover la cabeza como desaforado hasta que llegaron al lujoso Hotel Waldorf Astoria, donde era la recepción, no sin antes pasar por un café negro para Tony y marcarle a Jarvis para que lo esperara en la entrada.
La hermosa Pepper salió a recibirlos con los brazos abiertos, regañó a Tony casi por un cuarto de hora y les dio una mesa que compartían con todas las madrinas y dos padrinos. Luego los acompañó dentro mientras conversaba animadamente con Natasha, cuya sonrisa se le borró del rostro en cuanto vio a Sharon Carter, pero a ésta se le iluminó el suyo en cuanto vio a Steve.
― ¡Steve! ¡Hola!― se levantó y corrió a abrazarlo como si hubieran sido amigos de toda la vida.
El capitán, algo sorprendido, procuró responder el saludo con alegría.
― ¡Sharon!― exclamó, con una sonrisa― ¡Vaya! Luces... Te ves muy bien.
Y era cierto. Sharon siempre había sido una chica muy atractiva, con el cabello rubio y sus enormes ojos castaños, pero el celeste del vestido de las madrinas sin duda le favorecía mucho.
―Gracias. Tú igual― le sonrió ella, seductora― Quería saludarte antes de la ceremonia pero no hubo tiempo... La tía Peggy saltará de alegría al verte. Debe estar en algún lugar con su familia... me hizo prometer que bailaría una pieza contigo por ella. Hola, Natalie.
―Es Natasha, Carter. Creo que de tanto pintarte el cabello al fin se te atrofió el cerebro.
Sharon Carter puso cara de haberse atragantado con algo y miró a Natasha con desagrado. De pronto ya no parecía tan simpática.
—Sí... En cambio a ti te sigue quedando muy bien ése color... Casi no se nota que es falso.
Natasha arqueó una ceja, y torció los labios como si hubiera tomado vinagre.
—A diferencia de ti, mi cabello sí es natural— le soltó, mirándola de arriba a abajo con desprecio— Lindo vestido, ¿te crecieron los pechos o son comprados?
—Ni una cosa ni la otra... Oye, los inviernos en Rusia sí que te han castigado... Pareces haber envejecido como diez años en lugar de cinco...
— ¿Eso crees?— inquirió Natasha, y Steve pudo presentir fácilmente el peligro, por lo que solo se hizo a un lado, emprendiendo una retirada táctica— Tú, en cambio, no has cambiado mucho, Sharon... Sigues exactamente igual a como te recordaba... Lo cual no es necesariamente un cumplido.
Darcy Lewis, antigua compañera de escuela, soltó una carcajada que Jane se apresuró a acallar, como Steve, presintiendo el inminente peligro.
— ¿Eso es colágeno?— preguntó Sharon, señalando sus labios con fingida inocencia— Te queda bien... Bueno, según el ángulo por dónde lo mires.
—Gracias. Por cierto, no me había dado cuenta de que creciste... Hacia los lados, claro.
— ¡Miau!— exclamó Tony, tambaleándose hasta llegar tras Natasha para pasar un brazo sobre sus hombros, divertido, e interrumpir aquella bizarra pelea de egos justo a tiempo— Perdóname, Carter, pero nuestra viudita ganó éste round...— rió, y Sharon Carter lo fulminó con la mirada.
— ¡Qué sorpresa! Stark ebrio y apestando a licor...
— ¡Oye, yo no estoy ebrio! Aún...— Tony rió y hábilmente tomó una botella de champagne de la mano de un mesero, apuntando a Sharon con ella— A tu salud, cariñito...
— ¡Chicos!— saltó Jane rápidamente, dirigiéndose a Natasha y Steve, apresurándose a interrumpir la nueva pelea antes de que empezará a correr sangre— ¡Qué gusto verlos! ¿Por qué no se sientan? Hay tanto por contarnos...
Natasha arrugó la nariz y miró a Sharon, que a su vez la miró también, con una expresión nada feliz.
—Gracias, Pero creo que preferimos bailar, ¿verdad, Steve?
El aludido, que había tomado algunos bocadillos de la mesa y estaba a punto de comerlos, fue literalmente arrastrado por su amiga (que en ningún momento había dejado de desafiar a la joven Carter con la mirada) hacia la pista de baile.
—Nat, no sé bailar...— protestó, aunque sin ganas— Jamás aprendí.
—Pues yo te enseño. Lo que sea por alejarnos de esa mesa o voy a sacarle los ojos a ese intento de tonta Barbie Malibú.
El soldado frunció el ceño mientras se ponía en posición, apretando los labios para no reprenderla por hablar así de Sharon, y, algo inseguro, tomó sus manos con extrema delicadeza, como si tuviera miedo de romperlas.
—Bien. ¿Yo empiezo o...?
— ¿De verdad no sabes ni lo básico?
—No...— admitió, avergonzado— Peggy, mi niñera, me iba a enseñar, pero luego tuvo que irse a la universidad, y Bucky y yo te conocimos.
—No te pongas sentimental, Steve. Sólo es un baile. Déjame ayudarte. Pon tu mano aquí— tomó su mano derecha y la puso sobre su cintura— Y dame esa otra. Ahora, trata de moverte al compás de la música— ordenó, acomodándose también— Mueve tus pies. Un paso hacia adelante y otro hacia atrás. ¿Lo tienes?
—Eso creo...— se movieron dos pasos y Steve la pisó— ¡Lo siento, lo siento!
Natasha, que ahogó una maldición entre dientes, procuró mantenerse erguida.
—Estoy bien... Yo te guiaré. Tú trata de seguirme.
Algo asustado, Steve asintió y se quedó muy quieto, esperando a que ella empezara. La cercanía del cuerpo de Natasha no ayudaba a que se concentrara, así que cuando volvieron a moverse la pisó otra vez.
— ¡Maldición!
— ¡Lo siento!— Steve enrojeció como un tomate y se alejó dos pasos. Por lo general no era tan torpe, pero todo lo sucedido en la iglesia aún lo tenía algo nervioso.
Natasha, mirándolo con frustración, le indicó que guardara silencio con una seña y se agachó ligeramente para tocarse el pie, soltando un siseo de dolor.
—No puedo creer que una figura pública como tú no sepa bailar— medio protestó, medio rió. Steve, por otro lado, se sonrojó.
—Coulson intentó que aprendiera, pero las multitudes me ponen nervioso...
—Ya, ni me lo digas... Ahora vuelvo.
— ¿Estás bien?
—Sí. Solo no acerques tus pies a los míos— le advirtió la chica, empujando a una pareja que se había atravesado en su camino. Y mientras la veía ir hacia los sanitarios Steve suspiró, pasándose una mano por la cabeza mientras extendía otra para tomar una copa de champagne de la bandeja de una mesero que pasó cerca, tomándosela de un solo trago sin pensar en las consecuencias. Y cuando el líquido burbujeante comenzó a quemarle la garganta no pudo evitar toser, al tiempo que sintió una mano en su espalda.
— ¿Estás bien?
Steve se llevó un puño al rostro para ahogar otro ataque de tos y miró a Sharon Carter, procurando sonreír.
—Sí, sí. Solo...— carraspeó, aclarándose la garganta— Estoy bien.
La muchacha lo miró con sus grandes y expresivos ojos azules, sonriéndole a través de ellos. Luego miró a su alrededor y arqueó una ceja.
— ¿Dónde dejaste a la hija de Gorbachov?
Steve frunció el ceño, tardando unos segundos en entender el chiste.
—Fue al baño. Creo que se cansó de mis pisotones— admitió con vergüenza mientras pedía otra copa con una seña. Dos guapas meseras casi se pelearon por atenderlo mientras Sharon las miraba, terminando por despedirlas con una severa mirada. Luego volvió a dirigirse a Steve, risueña.
— ¿Sabes? Para ser una figura pública es muy extraño que nadie te haya sacado a bailar antes.
—Lo intentaron. Soy muy bueno para dar excusas.
Sharon rió con un suave sonido musical. Había algo muy bonito en su risa.
— ¿De verdad?
—Era eso o enfrentar muchas demandas por intento de asesinato.
Sharon volvió a reír, contagiando a Steve esa vez. Entonces, la joven de cabello rubio le sacó la copa de las manos y dio unos pasos para dejarla sobre una mesa, extendiendo sus manos hacia Steve.
—Ven.
— ¿Adónde?
—Te voy a enseñar a bailar. Aquí y ahora.
—No creo que sea una buena idea...
— ¡Anda! ¿Que acaso no eres el ' gran Capitán América', el hombre que no le teme a nada?
—Ahora mismo solo soy el cobarde Steve Rogers.
—Oh, tú no eres un cobarde— dijo la chica, tirando de él de regreso hacia la pista de baile. Sharon se paró frente a él y lo ayudó a ponerse en posición— Bien. Tus manos a las 3 y las 10. ¿Lo tienes?
— ¿Estás segura...?
—Anda.
Steve suspiró, obedeciendo. Cuando tuvo los brazos en los lugares correctos Sharon se agachó y se metió entre ellos, acomodándose y enseñándole cómo debía pararse.
—Esta es la posición inicial. Ahora, ¿recuerdas el entrenamiento básico?
—Sí.
—Pues bien, ahora quiero que te muevas como si estuvieras en terreno minado, ¿de acuerdo? Con mucho cuidado, como si temieras morir...
—Lo haces ver muy fácil.
—Lo es. Mírame— le indicó, señalando sus pies— El hombre es quien usualmente guía; cuando des un paso hacia mí yo retrocederé con el mismo pie, y viceversa. Así que quiero que des un paso hacia adelante, pero recuerda que si pisas una mina te mueres.
Steve rió, deshaciéndose de un poco de tensión y moviéndose con más de soltura y confianza. Sharon no tenía técnica como Natasha, tal vez por eso era más fácil seguirla. Ella explicaba las cosas en términos sencillos y con la paciencia de una maestra de preescolar, pero además de eso su cercanía no lo ponía nervioso como la de Natasha.
Empezaron a moverse lentamente. Gracias al cielo Sharon parecía tener la habilidad de prever sus torpes movimientos porque apartaba sus pies rápidamente antes de que la pisaran, lo cual era un alivio para Steve. Sin embargo, después de unos cuantos minutos los dos estaban moviéndose a un mismo ritmo, y sus pies estaban colaborando.
— ¡Mírate! ¡Ya estás bailando!— lo felicitó Sharon, sin dejar de seguirlo, cautelosa pero firme.
— ¿De verdad?— Steve miró sus propios pies y después alrededor, sonriendo ampliamente— Es cierto... ¡Y no lastimé a nadie ésta vez!— bromeó, dando unos pasos un poco más largos y osados. La canción que bailaban terminó pero de inmediato empezó otra más movida, haciendo que Steve se confundiera un poco, pero allí estaba Sharon para volver a guiarlo. Esa vez los dos se movieron con más libertad; la joven Carter le enseñó a darle la vuelta y agregaron más pasos que ella explicaba entre cada movimiento. Era fácil seguirla, y divertido.
Luego de unos minutos y varias canciones más, Steve rió como no había hecho en mucho tiempo. No supo en qué momento había comenzado a divertirse tanto con la sobrina de Peggy, pero ella había resultado ser en verdad muy simpática y era simplemente imposible no hacerlo. Sharon y él nunca habían sido amigos realmente, tal vez por la aversión entre ésta y Natasha, pero aunque no se habían tratado mucho ella le agradaba. Era inteligente, graciosa, educada y como si eso fuera poco (aunque no era lo más importante) también era muy hermosa. Estaba seguro de que podrían haber sido buenos amigos en la preparatoria, incluso aún podían serlo, y la idea le agradó bastante.
Sin embargo, cuando la cuarta o quinta canción terminó y pusieron una más lenta para los novios, Steve notó un ligero cambio en la actitud de su compañera de baile, que al acercarse bajó la mirada y dejó de sonreír. Incluso la sintió insegura por primera vez.
Y de pronto, a mitad de la canción, Sharon lo miró fijamente, causándole algo de incomodidad.
― ¿Sharon? ¿Pasa algo?
Ella no respondió, sino que volvió a sonreírle, acercándose mucho más a su cuerpo. Steve no pudo evitar sonrojarse ante el extraño comportamiento de la chica, aunque no entendía porqué lo estaba mirando de esa forma, ni porqué se le estaba acercando de esa forma tan extraña, como si midiera cada milímetro. Y de repente dejaron de moverse, y las manos de Sharon se posaron sobre su camisa, cerrándose en torno a la tela. Y en el instante en que Steve creyó que era el momento preciso para preguntarle si algo le pasaba, alzó la vista casi sin quererlo y sus ojos se posaron al otro lado del salón, entornándose con suspicacia.
Fácilmente pudo reconocer la cabellera pelirroja de Natasha entre los demás, sentada sobre la barra mientras reía exageradamente de los comentarios que el hombre que la acompañaba hacía. Steve lo miró a él también; a la distancia parecía ser un poco mayor que ellos, alto y con un cuerpo entrenado, tal vez a causa del servicio activo o una dura rutina de gimnasio.
No le agradó ni un poco ver como ese sujeto pasaba un brazo por la cintura de su mejor amiga mientras ella seguía coqueteándole con descaro.
—Disculpa, Sharon— dijo, sin quitar la vista de Natasha y su nuevo amigo, mientras daba un paso lejos de Sharon, que lo miró como si no pudiera creer lo que hacía.
—Pero...— protestó, mas Steve había dejado de prestarle atención varios minutos atrás.
Se abrió paso entre las mesas, con la vista fija en Natasha y cada uno de sus movimientos, sin poder evitar que un fuego interno comenzara a arrasar desde sus entrañas.
—Natasha— la llamó al llegar a su lado, interrumpiendo sus risas tontas. Ella lo miró, acabándose su vaso de vodka de una sola vez.
— ¡Steve! Que bueno que estás aquí. Quiero presentarte a mi nuevo amigo...— Natasha, notablemente bebida, dejó el comentario en el aire y frunció el ceño, como si no supiera qué más decir a continuación.
—Brock Rumlow— se presentó el hombre, soltando su cintura para estrechar la mano de Steve, que, sin proponérselo, se paró muy cerca de él, enderezando los hombros y alzando la cabeza, haciéndole notar que era unos cuantos centímetros más alto y más musculoso que él.
—Un saludo firme... ¿Ejército?
—Brock es un SEAL— canturreó Natasha, colgándose al cuello del hombre como si fueran conocidos de toda la vida, mientras éste volvía a aferrarse a su cintura— Es un hombre muy rudo...
Y aquella sensación que ardía en su interior se intensificó.
—Natasha, ¿no crees que has bebido suficiente?— la regañó, quitándole el nuevo vaso que se dirigía a sus labios. La joven rusa protestó y lo fulminó con la mirada, tomando otro vaso de la barra que se bebió de una sola vez.
—Déjame en paz, Rogers. Regresa a bailar con tu amiguita la Barbie de burdel.
— ¿La rubia sexy?— preguntó Brock, mas Steve frunció el ceño, ignorándolo.
— ¿Qué tiene que ver Sharon con que estés bebiendo como una alcohólica?
—Ah, pues nada. Ella es inmaculada e inocente, ¿verdad?
—Deja de meterla en esto. Estábamos bailando muy a gusto antes de que tú empezaras a portarte como una neurótica— le soltó, mientras dirigía una rápida mirada a Rumlow, molesto— Vámonos— intentó tomarla por el brazo, pero ella se zafó.
— ¡Pues lamento haber arruinado tu perfecta noche con la bruja Carter! ¡Idiota!— dijo, y empujándolo por el hombro pasó junto a él para salir del salón dando pasos largos y pesados, no sin antes tomar la mano de su acompañante y jalarlo con ella.
Steve la miró, confundido. ¿Ahora era ella la ofendida?
— ¡Natasha!
— ¡Déjame!
— ¡Esp...! ¡Argh!
Lanzando un grito de frustración tomó la primer salida que encontró y salió directamente al jardín artificial del hotel.
¿Qué más daba si quería ir a besuquearse con ése sujeto? Natasha ya era una adulta, y sabía lo que hacía. No tenia porqué correr tras ella.
Y ése tal Rumlow, de las fuerzas especiales de naval...Vaya idiota parecía ser. A leguas se veía que solo buscaba una cosa, y si Natasha era tan tonta como para querer irse con él, ¡pues bien! No le importaba lo que hiciera, ni con quien se fuera, ni cuánto alcohol se metiera. Natasha era libre, y no tenía nada que ver con él. Y él no tenía nada que ver con ella... ¡¿Por qué demonios estaba tan enojado entonces?!
― ¿Steve?
Steve se dio la vuelta al escuchar su nombre, listo para sacar toda la rabia con el desafortunado que había osado interrumpir su momento de descargo, pero fue grande su sorpresa cuando al hacerlo se encontró con el alegre rostro de una bella mujer morena mirándolo. Le costó unos segundos reconocer aquellas maduras facciones, pero al hacerlo no dudó en sonreírle abiertamente al instante, olvidándose de su enojo por un momento.
― ¿Peggy?
Ella le sonrió, y fue casi como volver a ser un niño.
— ¡Hola, Steve!
— ¡¿Cómo estás?!
Steve la abrazó sin dudar y Peggy Carter le devolvió el gesto.
Un agradable calor lo invadió al volver a sentir aquellos brazos contra su cuerpo. Había querido mucho a Peggy; ya fuera con la ilusión del primer amor o como a un miembro más de su familia. Antes de Natasha, Steve no lograba recordar un solo momento importante en su vida en el que ella no hubiera estado. Más que su niñera había sido su amiga, casi una hermana; había curado sus heridas cuando peleaba con los bravucones de la escuela, y aunque lo regañaba, al sonreírle y decirle que todo estaría bien Steve podía creérselo; ella había llorado con él la muerte de su padre, y lo había cuidado como una madre cuando la suya debía hacer un turno extra en el hospital porque necesitaba zapatos nuevos. No era sólo una relación de niñera y niño. Peggy era como de la familia, y lo había amado y apoyado durante los años más difíciles de su infancia. Y aunque ahora ya era un hombre, aquel cariño seguía siendo tan fuerte como el primer día.
― ¡Pero mírate nada más! ¿Dónde quedó ese niñito delgaducho y con los mocos colgando que solía regalarme dibujos con brillantina, eh?
Steve rió, algo avergonzado.
—Ha pasado mucho tiempo desde que te fuiste a Boston... Hay tantas cosas que contarte.
—Lo sé— Peggy le sonrió y puso una mano en su mejilla como cuando era niño. Eso se sintió extraño, pues la última vez que Steve la había visto miraba a Peggy desde abajo, y ahora era ella quien estaba en ese lugar, pues al ser aún más baja que Natasha Steve le sacaba más de una cabeza de altura. Cuando se habían despedido, en cambio, apenas si le llegaba más arriba de la cintura. Peggy suspiró y le acomodó las solapas de su traje de gala— Veo que te has transformado en todo un militar. Te he visto en las noticias, y déjame decirte que mis hijos te adoran.
— ¿Te casaste?
—Oh, sí. Hace ocho años y contando. Conocí a mi esposo en el trabajo, tenemos dos hijos y vivimos en Boston.
—Vaya...
— ¿Y tú?
— ¿Yo?
—Sí. De tu vida profesional sé por las noticias, pero qué hay de lo demás. ¿Tienes novia? ¿Sales con alguien?
Steve se sonrojó profusamente.
—No...
—Está bien. Aún eres joven. ¿Y cómo está Bucky? Ese niño sí que era problemático, pero lo extraño. Y oí que seguían juntos en los marines. Ustedes siempre tan inseparables como pan y mantequilla, ¿no?— comentó, jocosa, haciéndole reír una vez más.
—Sí. Ahora es sargento, y está en servicio, por eso no pudo venir.
—Lástima. Me hubiera gustado verlo y presentarle a mi familia, aunque no sé si Pepper lo habría invitado. He oído que siguen sin llevarse nada bien.
—No. No sé porqué no lo han superado...
—Oh, yo sí. Pero eso no es importante— Peggy se acercó a él y lo codeó con picardía— Te vi con mi sobrina Sharon en la pista de baile... Hacen una bonita pareja.
Steve, al oírla, más que sonrojarse se sintió extrañado.
— ¿Lo crees? Sharon es muy agradable, y estábamos divirtiéndonos, pero entonces Natasha empezó a reír con ése sujeto y a coquetearle descaradamente al otro lado del salón— recordó, apretando los puños con enojo mientras desviaba la mirada. Y la mujer rió, cubriéndose los labios con la palma de la mano.
—Los celos son algo terrible, ¿no crees?
— ¿Qué?
—Celos. Estás celoso de Natasha.
―No son celos. Estoy muy molesto con ella― la corrigió Steve, firme en su posición, y luego frunció el ceño. Peggy rió otra vez.
― ¿Lo estás?― preguntó, como si no pudiera contener la risa, y Steve la miró, enarcando una de sus cejas rubias― Oh, vamos, Steve. Desde que conoces a Natasha jamás has podido enojarte con ella; y eso que era una niña aún más problemática que James. Lo que sientes son solo celos. Acéptalo.
―Claro que puedo enojarme con ella. Lo he hecho muchas veces― refutó él, arqueando las cejas con escepticismo.
Peggy soltó otra risita y movió sus rizos oscuros de una lado a otro en una negativa.
―Ya lo creo que sí, pero, ¿por cuánto? ¿Dos, tres minutos? Ella es tu debilidad, así como tú lo eras conmigo.
―Pero tú te enojabas conmigo. A veces me dabas miedo― dijo, y su antigua niñera rió nuevamente.
―No me enojaba contigo, aunque me molestaba que te metieras siempre en pleitos con niños más grandes que tú. Siempre tenías un labio partido o un ojo hinchado. Era frustrante.
Steve no pudo evitar sonreír él ante el recuerdo. Luego suspiró.
―Ahora es igual con Natasha. Ella... No sé porqué se comporta de esa forma, yéndose con cualquier sujeto con tal de molestarme, porque sé que por eso lo hace. No pudo verme a gusto con Sharon. Me molesta que sea así.
Peggy asintió, posó una mano en su mejilla y volvió a sonreírle, suspirando.
―Siempre lo supe― el soldado la miró, sin entender― Desde aquel día que llegué a tu casa y empezaste a seguirme para contarme todo sobre la niña rusa que se había mudado junto a ti. Puede que por un año o dos hubieses creído que al crecer te casarías conmigo, pero incluso antes de darte cuenta ya amabas a Natasha, y por tu enojo sé que ése sentimiento no ha cambiado— dijo, todavía sonriente.
Steve se sonrojó profundamente, y no dijo, simplemente no podía hacerlo. Además, ¿qué caso tenía negarlo cuando al parecer era tan evidente?
Suspirando se pasó una mano por el rostro, aflojando su postura.
— ¿Soy tan obvio?— preguntó, sarcástico y algo afligido.
Peggy torció los labios y asintió.
—Algo. Pero no te preocupes, las mujeres siempre somos las últimas en ver éstas cosas cuando se trata de nosotras.
—Eso no importa— suspiró, tratando de sonreír— De cualquier forma no hay nada que pueda hacer, así que..
— ¡Oh, claro que lo hay! Solo dile a Natasha lo que sientes, y si ella no te corresponde seguirás adelante porque eres fuerte. Pero créeme cuando te digo que jamás he visto a dos personas ser tan diferentes, pero a la vez perfectos juntos― eso lo sorprendió, pues era todo lo contrario a lo que siempre había creído―. Ahora eres todo un hombre, y no tienes idea de lo orgullosa que me siento de ti, y en verdad deseo que mi hijo algún día pueda ser como tú. Pero te conozco como a la palma de mi mano, y cada vez que te he visto en televisión reconozco tu rostro, mas no así esa mirada tan tierna que una vez me hizo quererte como sí fueras mi familia― dijo, haciendo una breve pausa― Has recorrido un camino demasiado largo y difícil, lo sé, y aún te resta mucho más por vivir, por eso no debes estar triste. Siempre me hiciste caso en todo lo que te dije; pues bien, ahora sólo me resta pedirte una cosa más. La más importante de todas: debes ser feliz. Busca tu felicidad y no la sueltes. Y si esa felicidad es Natasha, ¿pues qué esperas?
—No es tan fácil― repuso, profundamente conmovido― Ella no me ama.
― ¿Y cómo lo sabes?― de nuevo Peggy lo dejó sin palabras.
—Cariño, creo que es hora de irnos. Los niños están cansados― anunció el hombre que se había acercado a ellos con dos niños, uno en cada brazo, una niña y un niño más pequeño que dormían sobre su pecho, interrumpiéndolos antes de que Steve siquiera pudiera procesar lo que pasaba.
Peggy rápidamente se giró y le ayudó al hombre sosteniendo al niño, que rápidamente se amoldó a su cuerpo y siguió durmiendo.
―Oh, él es mi esposo, Jack. Cariño, él es Steve Rogers, o el Capitán América. El niño que yo cuidaba y que quería casarse conmigo― presentó con una sonrisa, y el hombre, unos centímetro más alto que él y casi igual de atlético, tenía el cabello rubio y bien peinado, así como un par de serios ojos azules, pero estrechó su mano con amabilidad, esbozando una tenue sonrisa.
―Pues me alegra que no haya sido así― sonrió― Es un placer, Capitán. Jack Thompson. Soy quien soporta a Peggy ahora.
― ¡Querrás decir que yo te soporto a ti, engreído!― refutó la mujer, con una pequeña sonrisa bailando entre sus labios mientras golpeaba a su esposo en el brazo que ahora tenía libre― No le hagas caso. Me casé con un troglodita― dijo, fingiéndose ofendida mientras su esposo reía.
―Y yo me casé con Margaret Tatcher― refutó, y Peggy volvió a golpearlo con aire juguetón.
― ¡No hagas caso de nada de lo que este hombre te diga!― rió, entonces Jack le pasó una mano por el cabello, despeinándola con aire juguetón, haciendo que su hija se removiera por lo incómoda que se sintió.
―Llevaré a ésta pequeña agitadora al auto― dijo su padre, arrullándola tras escucharla quejarse―. Te espero allá. Adiós, Steve. Fue un verdadero placer.
―El placer fue mío― sonrió él, estrechando su mano una vez más.
Peggy se acercó y le besó la mejilla como su madre solía hacerlo, pasando su mano sobre ella luego para limpiar los restos de lápiz labial y abrazarlo.
―Cuídate, Steve. ¿Sí? Y piensa en todo lo que te dije...
―Adiós, Peggy― le sonrió, viéndola darse la vuelta.
―Steve― Peggy se giró una vez más, sonriéndole una última vez― Y no olvides que lo mejor está por venir― le guiñó un ojo y se marchó con su hijo en los brazos mientras Steve aún le sonreía. Él se quedó unos minutos más deambulando por el jardín artificial, con una sonrisa que perduró en sus labios ante el recuerdo de la familia de Peggy.
Sin embargo, unos minutos después volvió a sentirse acompañado.
―Al fin te encuentro― dijo una alegre voz de mujer.
Steve se dio la vuelta y miró a la hermosa chica rubia que le había hablado.
―Hey― saludó a Sharon, tratando de no oírse muy desanimado― Tu tía acaba de irse con su familia.
―Lo sé. Ella me dijo que estabas aquí― le sonrió―. Peggy te quiere mucho, Steve.
—Lo sé, yo también la estimo― dijo, sentándose sobre una banca frente a una elegante fuente de agua.
Sharon se sentó a su lado y cruzó las piernas, acomodándose la falda con ambas manos.
— ¿Recuerdas cuando teníamos seis años y nos llevó a la playa, y fingimos que Bucky se había ahogado?
Steve parpadeó mientras intentaba rememorar la situación, y cuando lo hizo rió.
—Sí que se enojó esa vez.
—No. Más que enojarse se asustó mucho... Oye, ¿quieres ir por un café?
—Me gustaría, pero... En otra ocasión, tal vez. Quisiera ir casa y descansar un poco. No te enojes.
—Claro que no— negó Sharon, moviendo su largo y sedoso cabello rubio de un lado a otro— Lo entiendo.
Steve le sonrió y se levantó lentamente. Sharon se paró de puntas de pie y le besó la mejilla.
—Me dio mucho gusto volver a verte. Préstame tu teléfono— Steve obedeció y le dio su móvil, Sharon marcó un número e hizo sonar el suyo— Tienes mi número registrado. Llámame antes de volver a Washington, ¿sí?
—De acuerdo... Eh... ¿Sabes si Natasha sigue allá adentro?
El rostro de Sharon dejó de verse alegre de pronto, y la muchacha frunció el ceño.
―Sí. Hace un rato la vi con un hombre; estaban hablando con Tony para pedirle una habitación. Se veía muy ebria, pero creo que es algo normal en ella.
Steve abrió los ojos, sorprendido, y sin esperar un segundo caminó a toda prisa de regreso a la fiesta, ante la incrédula mirada de Sharon.
oOo
—Oye, nena, ¿estás segura de que tu amigo…?
Natasha no le dejó terminar la frase. Se abalanzó sobre él tras cerrar la puerta de la habitación que Tony les había dado y comenzó a besarlo. En un principio él se rehusó ligeramente, sin llegar a apartarla, pero pronto se dejó llevar.
—Si el Capitán nos viera ahora…— se burló, haciendo un descanso para levantarle la falda del vestido y colar la mano al ras de su ropa interior al tiempo que la arrastraba apresuradamente contra la pared.
Natasha suspiró mientras Brock la dejaba caer sobre la cama lanzando lejos los zapatos.
— ¿Quieres que le pidamos permiso?— rió, seductora, y se frotó contra él, agachándose para quitarse la ropa interior. Brock gimió— Aún con un par de tequilas encima, yo soy intocable para quien a mí me dé la gana. No para quien él lo diga.
Definitivamente, por su boca hablaba el alcohol. Y si la percepción no le fallaba también, acababa de pedirle al sujeto más cerdo que había conocido que la follase.
—Tú lo pediste, Romanoff…
Brock Rumlow se deshizo rápidamente de la parte de arriba de su traje y tras descalzarse se abalanzó sobre ella, acaparándola por completo. Su boca la ahogaba, y aquellas manos duras y fuertes apenas le dedicaron un par de caricias para levantarle el vestido sobre la cintura y buscar su sexo al tiempo que inducían a las de Natasha a ocuparse del suyo.
Ella intentó relajarse, esperando que la incómoda sensación que le producían sus dedos buscando con insistencia la entrada de su sexo desapareciese poco a poco dejando paso al placer que seguía a continuación, pero el momento parecía no llegar y el hecho de tener que frotar su pene erecto entre sus manos casi por obligación no ayudaba en absoluto.
De hecho, Natasha se maldijo a sí misma cuando tras forcejear un poco, Brock consiguió introducirle un dedo y comenzó a moverlo salvajemente de dentro hacia afuera. A pesar de ya haberlo hecho antes aquello resultó demasiado doloroso, y mientras su escasa libido caía en picada, él parecía experimentar todo lo contrario.
Unos fuertes golpes en la puerta hicieron que su "gran amante" cesase en su empeño por penetrarla con sus dedos, y Natasha contuvo el aliento.
— ¡Rumlow! ¡Sal de ahí ahora mismo!— dijo la clara y autoritaria voz del capitán Rogers. Su tono hizo que Natasha se incorporase de inmediato, tratando de vestirse lo más aprisa posible.
Escucharon cómo María y Jane le insistían para que no entrase mientras ella, demasiado ebria todavía, trataba de recolocarse el vestido sobre cama mientras Brock la miraba como si no pudiera creer lo que estaba haciendo. En ese mismo instante la puerta se abrió de golpe y el corazón de la joven rusa dio un vuelco al ver la cara de Steve.
Natasha notó que detrás de él estaban, además de María y Jane, Happy y un joven alto y de cabello negro y brillantes ojos verdes, manteniendo una distancia prudencial pero listos para contener a Steve en caso de ser necesario.
— ¿Qué demonios quieres tú aquí?— lo enfrentó su acompañante, parándose de la cama con el torso aún desnudo.
— ¡Lárgate ahora mismo!— gritó el Marine sin contemplaciones.
Rumlow, demasiado engreído, ebrio o idiota para percibir todo el peligro que el otro soldado emanaba, soltó una desagradable y burlona carcajada.
—Vete a fastidiar al otro lado, Rogers. Tu amiga fue quien me buscó, así qué...
Steve se pellizcó el puente de la nariz cerrando los ojos.
—Rumlow, si sigues hablando como poco te parto la cara… ¡Lárgate! ¡¿Qué parte no entiendes?!— todos miraron sorprendidos al muchacho de cabello rubio, pues quienes lo conocían jamás lo habían escuchado hablar de esa forma ni cuando estaba enojado.
—Brock— intervino María, que parecía conocer al sujeto— ¿De verdad quieres provocar una pelea con el Capitán América? Ya basta. Vámonos.
Brock la miró, con un gesto nada amable.
—Como sea— gruñó, recogiendo su camisa y rebasando la posición de Steve mirándolo de forma desafiante.
Natasha entonces alzó la vista, molesta y aliviada en partes iguales por aquella interrupción que la había salvado de su propia estupidez, pero cuando iba a empezar con su retahíla de insultos y maldiciones para sentirse menos humillada, Steve la miró como si lo hubiera decepcionado y la dejó sola en la habitación, yéndose junto a todos quienes lo acompañaban tras Rumlow.
La joven rusa se sentó en cama; todo le daba vueltas y las náuseas se mezclaban con el enfado, la ira y la impotencia que le provocaba pensar en lo ocurrido. Steve podía ser protector con ella hasta cierto punto, y le gustaba que lo fuera, pero aunque se había sentido aliviada cuando hizo que Rumlow saliese de allí a toda prisa, se sentía humillada como nunca, pensando en cómo se reiría de ella junto con la estirada de Carter, de lo patética que había sido al intentar acostarse con tipo que había resultado ser repugnante en todos los sentidos.
Trastabilló hasta el baño intentando no hacer ruido y se arrodilló frente al retrete justo a tiempo. Era extraño que acabara en un estado tan deplorable sólo por haber bebido, pues era rusa y el alcohol prácticamente estaba en sus venas, pero dedujo que el asco de lo que estuvo a punto se hacer con Rumlow bastó para revolverle el estómago. Apartó la cabeza de la taza tras vomitar y tiró de la cadena, observando el chorro de agua y sintiendo unas repentinas ganas de meter la cabeza en aquel remolino de agua fresca sin reparar en que estaba en un baño que había sido usado por miles de personas antes que ella.
—Natasha, ¿estás bien?
En ese momento la chica de Rusia dejó caer la cabeza hacia delante, deseando que llegase a inclinarse lo suficiente como para ahogarse. Pero Steve estaba allí, y él fue el culpable de que su nariz ni siquiera rozase el hueco del retrete. El joven soldado la incorporó y la sentó en la taza mientras abría el grifo del agua caliente de la bañera.
—Dúchate, anda— le dijo con cierta resignación. Por supuesto que no era la primera vez que algo como eso pasaba. Steve ya había estado junto a ella en otras borracheras fallidas, como cuando tenía quince y se había embriagado por primera vez, intentando bailar de punta en el puente de Brooklyn, pero había terminado junto a la playa, vomitando todo en un basurero, tan penosamente como ahora. A veces no entendía porqué Steve la soportaba, pero se alegraba inmensamente de que así fuera. Así que obedeció a la voz de su conciencia y tras ducharse y enjuagarse muy bien las encías regresó a la habitación, solo que Steve ya no estaba allí. La ducha le había sentado bien, sobre todo teniendo en cuenta que su cuerpo había sido lo suficientemente inteligente como para organizar un "autolavado" de estómago, y aunque su cabeza todavía no contaba con la agilidad con la que solía contar, su percepción comenzaba a adquirir cierta cordura. Recogió sus bragas del suelo de la habitación tras ponerse una bata del hotel y su arrugado vestido, topándose de bruces con Steve al darse la vuelta.
—Dame. Tony rentó todo este piso para los invitados, así que iba a enviar tu ropa a la tintorería.
Natasha no supo qué decir, de modo que hizo lo que su mejor amigo le pidió y entró en la cama sintiéndose una mezcla entre patética y desesperada, deseando que las sábanas que la cubrían la hicieran invisible al resto del mundo.
Steve volvió a dejarla sola, pero apareció poco después, ya sin su elegante chaqueta y con la camisa desfajada, como si hubiera estado preparándose para dormir.
— ¿Estás bien?— preguntó, acariciándole el cabello cariñosamente, como si fuera una niña pequeña.
— ¿Te quedas hasta que me duerma?— pidió, igual que cuando eran adolescentes, haciéndole un sitio en cama, aliviada cuando aún después de lo ocurrido Steve se quitó los zapatos y se acomodó junto a ella, y Natasha se hizo un ovillo, acomodándose para que él la abrazase pegando el pecho a su espalda. Y la tranquilidad la invadió al verse de aquella forma con él, como si los años no hubiesen pasado, sintiéndose terriblemente aliviada.
No podía pensar en nadie más que se asemejara remotamente a él, tanto en apariencia como en personalidad, y se preguntó de nuevo qué era lo que lo había atraído de ella. Eran tan diferentes como dos personas pudieran serlo. Steve era un chico dulce, amable y atento, que se había criado con una madre considerada y dulce, y que profesaba un deseo entrañable de querer ayudar a los más necesitados; en cambio ella era una bailarina neurótica y volátil, de modales toscos, con un sinfín de comentarios sarcásticos y groserías siempre en la punta de la lengua. Al rememorar cómo Steve se había portado con ella y Bucky desde que eran niños, no le costó descubrir con qué afecto y cariño aún seguía queriéndolo. Y mientras él se hallaba acostado a su lado, Natasha sintió un repentino deseo de parecerse más a él. No era la primera vez que sucedía, y odiba que eso pasara. La hacía sentirse extraña, vulnerable y confundida, y luego de casi dos botellas enteras de tequila y un mas cuantas copas de champagne la sensación solo empeoraba.
Sin embargo quería a Steve, y se sentía bien estar a su lado y dejarlo cuidarla.
—Lo siento— susurró, con los sentidos aún embotados a causa de la bebida Aun así pudo notar cómo el soldado suspiraba. Su cara estaba incluso más cerca de lo que Natasha imaginaba, y pudo percibir también el olor a licor en su aliento.
— ¿En qué pensabas, Nat?— dijo, tratando de sonar desenfadado.
"En que tú debías estar haciendo lo mismo con la bruja Carter", pensó, pero no lo dijo. No podía decirle eso a Steve. Incluso ella misma se sorprendió por el pensamiento.
—No lo sé... Supongo que en lo que se piensa en esas situaciones— contestó tras descartar por completo la opción de nombrar a Sharon Carter. Hasta solo pensar en su nombre le daba escozor.
—Pues ése Brock Rumlow no era para ti.
Natasha rió, sarcástica.
—Bueno, eso lo decidiré yo… Tú no me preguntas qué opino de tu querida "amiga" Carter.
Lo escuchó reírse.
—Porque no necesito que me lo digas. Nunca he entendido porqué no te agrada Sharon... Pero ella no es como tu amigo. Rumlow sí es un idiota. No sé ni para qué te molestas con él— rezongó en voz baja con un inconfundible tono de irritación.
Y Natasha lo notó. Notó el enfado de su amigo, y sintiéndose culpable se acomodó con la cabeza sobre su pecho, abrazándolo ella ahora al tiempo que buscaba su oído con sus labios, apoyando la cabeza suavemente sobre la de Steve.
—Porque tengo que seguir buscando…— admitió, bajito, ya sin poder controlar el calor que empezaba a subir por su vientre.
El corazón de Steve se aceleró a mil por hora, Natasha le estaba susurrando al oído y su piel se estaba erizando al tenerla tan sumamente cerca.
Tragó saliva intentando disimular su reacción y buscó algo coherente que decir mientras Natasha le hacía cosquillas en la nariz con su cabello. No lo encontró.
— ¿Bu-Buscar? ¿Qué cosa?
—Necesito a alguien a quien querer como a ti, Steve— les soltó ella; los ojos de Steve se abrieron como platos en el mismo momento en que ella susurró eso. Sí, probablemente no se refería a lo que él quería creer ni ella pensaba que él fuese siquiera a pensar en algo así, pero de cualquier forma contuvo la respiración y continuó escuchando sus palabras—. Pero no encuentro a nadie que me interese, que me haga reír o que me motive lo más mínimo como para compartir horas de conversación, juegos o solo pasar rato. ¿A ti no te pasa nunca?— el soldado no dijo nada, y Natasha entonces bufó— No, claro que no. A ti todo el mundo te adora. Siempre has sido muy bueno. Sobre todo conmigo, y eso que a veces te metía en problemas graves, como la vez que provoqué al grandulón en aquella cantina y casi te apuñala, ¿lo recuerdas?— rió— Realmente creí que estabas loco por meterte en el medio. Ni siquiera Bucky lo hubiera hecho... ¿Por qué lo hiciste?
Steve la miró y parpadeó, frunciendo el ceño luego. Pensó la respuesta por una segundo y movió la cabeza, suspirando con algo de vergüenza.
—Porque...hay personas que nos importan incluso más que nosotros mismos— dijo de repente, analizando el otro lado de la habitación en penumbras—, y por las que estaríamos dispuestos a hacer lo que fuera, incluso si eso significa tener que sacrificar tu vida, o tu propia felicidad... Tú eres esa persona para mí, Natasha. Yo haría lo que fuera por protegerte y hacerte feliz. Lo que fuera, porque eres...eres la persona más importante y asombrosa que he conocido— admitió, y Natasha lo miró; sus ojos brillaban por el alcohol o por la conmoción del momento. Él la miró también; no estaba del todo ebrio, pero la cerveza embotaba ligeramente sus sentidos, haciéndole decir cosas que sobrio nunca hubiera dicho. La joven rusa tenía los ojos húmedos por su estado de ebriedad y la conmoción que sus palabras le habían causado.
— ¿De verdad?
—Sí.
Sorpresivamente, Natasha lo abrazó, hundiendo el rostro en su pecho. Steve cerró los ojos y buscó disfrutar del pequeño contacto.
Cuando ella se separó una vez más lo miraba, sujetándole las mejillas con ambas manos para que la mirara también.
—Steve, tú siempre has sido el único que puede ver lo mejor de mí. Incluso aunque yo misma no pueda. Eres... Eres de lo mejor que me ha pasado. Y yo...— Steve volvió a enfocar los ojos en Natasha y su corazón dio un vuelco. Su mirada era distinta, y jamás se había visto más hermosa, con el cabello desarreglado y los labios rojos balbuceando cosas sin sentido. No parecía la Natasha de siempre, la chica que era ahora se veía tan vulnerable y desvalida como una chiquilla, y sin pensarlo dos veces quiso abrazarla, pero en vez de eso ella unió sus labios a los suyos.
Steve se paralizó como si de pronto regresara al desierto, sin reaccionar de ninguna forma mientras su mejor amiga intensificaba el beso, acomodándose arriba suyo sobre la cama, todavía presa de la turbación; sin embargo, su entrepierna respondió rápidamente al envite de la muchacha, despertando casi al instante en que sus labios hicieron contacto.
Todo estaba pasando demasiado rápido. ¿En verdad Natasha estaba besándolo? La respuesta llegó por si sola cuando la chica empezó a moverse con lentitud, de arriba hacia abajo, estimulando su erección tortuosamente.
Casi de forma inconsciente, Steve llevó las manos a los firmes pero suaves muslos expuestos y acarició la sedosa la piel de Natasha, sintiendo su corazón acelerándose en el proceso. La temperatura de su cuerpo comenzó a ir en ascenso otra vez cuando ella empezó a acariciar su abdomen firme y marcado, bajando sin pausas hasta llegar a sus genitales; segundos después su miembro estaba respondiendo tímidamente a las manos de su amiga, y sintió la extraña e incómoda necesidad de aliviarse.
Sin embargo, había algo mal. Una vocecilla incesante y molesta en su cabeza que se había encendido como una alarma de advertencia, y que aunque su cuerpo disfrutaba de los roces de Natasha, su mente no conseguía hacerlo. Había esperado tantos años por ése momento, y ahora, cuando finalmente la había besado no se había sentido correcto. Se sentía culpable por aprovecharse de la vulnerabilidad de su mejor amiga, y eso rápidamente se transformó en una batalla entre deseo y razón.
Pero siendo Steve Rogers el heroico y recto Capitán América, no dejaría que la lujuria lo controlase, mucho menos que lo hiciera cometer un error del que podría arrepentirse de por vida.
—Nat...— quiso usar un tono de reproche cuando al fin logró separar sus labios, pero su voz salió en forma de jadeo; no obstante Steve podía ser muy obstinado a veces, y no dejó que eso lo detuviera:— ¿Qué haces?— inquirió, fingiendo algo muy parecido al enojo, procurando mantener las manos sobre la colcha para evitar que lo traicionaran otra vez. Ella lo calló con otro beso desbordante de pasión y deseo— Natasha...— jadeó una vez más, sin poder controlarlo, luchando por reunir la fuerza suficiente para separarse de ella nuevamente y lograr recuperar la cordura― Nat, estamos ebrios... Esto no es correc...
—Steve— Natasha dejó de 'atacar' su boca; puso un dedo en sus labios y se acercó a su oreja— No hables— le susurró al oído, abriéndose la bata hasta dejarla caer a un lado de la cama.
— ¡Oh, por Dios!— susurró Steve, desviando la mirada para evitar que su cuerpo reaccionara ante la imagen, completamente abochornado— Natasha, esto no está...
—Shh...— volvió a silenciarlo, callándolo con un beso lleno de pasión y lujuria que le arrebató la poca cordura de la que disponía. Sin embargo, intentaba resistirse, aunque con cada nuevo beso la poca convicción que les quedaba iba desapareciendo.
Y no necesitó mucho más para ceder. Había esperado ese momento por tanto tiempo, y los labios de Natasha, aún embebidos en alcohol mezclado con enjuague bucal, eran lo más delicioso que había probado en su vida. Pronto sus convicciones se fueron por el retrete, y sus manos fueron liberadas de su prisión de dudas y remordimientos, comenzando a vagar libremente por la pequeña y delicada espalda de su amiga, aunque sin atreverse a subir o bajar más allá.
Sus labios se encontraron una y otra vez durante varios minutos, muy despacio al principio, disfrutando con cada sensación, y cada vez más apasionados con el transcurrir de los latidos de sus corazones. Para Steve aquello era un sueño oculto, su más grande anhelo haciéndose realidad, y con cada nuevo beso, con cada caricia de los labios de Natasha, de su lengua, un nuevo vértigo lo lanzaba más allá, a paraísos sólo imaginados en instantes de deseo y excitación.
Cuando quiso darse cuenta, Natasha descendía una de sus manos por su entrepierna nuevamente. Desabrochó el pantalón a punto de explotar y con maestría comenzó a masajear su órgano totalmente hinchado, haciendo que Steve de nuevo comenzara a suspirar, a jadear dándose cuenta de que intentaba masturbarlo.
Pero el sabor a tequila rápidamente regresó a su mente, y entonces, en contra de todos sus deseos, se separó una vez más, sujetándola por las muñecas para alejarla.
—Nat, por favor... Aún estás ebria— intentó alejarse, pero ella ejerció más presión con sus piernas alrededor de sus caderas. Luego, mirándolo a los ojos, soltó una risita y movió su cabello de un lado a otro.
— ¿No lo deseas?
—S-Sí, pero no así. No es correcto. Por favor, basta...
— ¿No me amas?
Eso lo desarmó por completo.
El sexo no siempre significaba amor, pero Steve había amado a Natasha desde que eran solo unos niños, y la habría seguido amando aún si nunca hubiera podido tocarla como lo hacía.
Natasha, aprovechando su momento de turbación, soltó una risa, se levantó un momento para jalar al soldado hacia ella y lo volvió a tirar a la cama.
—Quiero que me ames, Steve— murmuró en su oído, posicionándose sobre él para que sus sexos se rozaran; luego tomó las manos de su amigo, pegándolas al respaldo de la cama; se inclinó ligeramente y lamió los labios fruncidos de Steve— Ámame toda la noche, aunque mañana me olvides— ordenó, mordisqueándole el labio inferior.
Y él se paralizó una vez más, con su mente trabajando a toda máquina mientras el recuerdo de Bucky empezaba a torturarlo.
Ya no eran niños, ni simples adolescentes confundidos. Él amaba a Natasha, pero ¿pelearía por ella? Una parte de él decía que era muy pronto, la otra que no debía perder otra oportunidad. Y en el medio estaba Bucky, que aunque no se había privado de cuanta aventura encontrara durante esos años, aún conservaba aquel brillo delator en sus ojos oscuros cada vez que Natasha estaba cerca. Sin embargo, Steve ya había renunciado a ella por él una vez, ¿porqué debía hacerlo de nuevo cuando los dos tenían las mismas cartas? ¿Por qué debía ser él quién dejara de lado su felicidad por los demás? ¿Por qué no podía, por una vez, ser egoísta y defender sus sentimientos? Siempre debía anteponer a todo el mundo ante sí mismo; en su vida, en su carrera, en su trabajo, los demás siempre estaban primero, pero él nunca estaba primero para nadie.
Se miraron por un momento corto, Steve entonces tomó su decisión y sujetó a su amiga por el cuello, jalándola fuertemente para poder besarla. Natasha le lamió los labios de nuevo y estos se abrieron rápidamente, coló la lengua dentro de la boca del otro y comenzó a explorarlo. Steve ya no era él mismo, había cedido por completo el control de su cuerpo.
Natasha de pronto cortó el beso y se levantó de la cama, parándose frente a Steve y mostrándose ante él con todo el esplendor de su desnudez. Luego volvió a subirse sobre él en la cama, empezando a jugar con los botones de su camisa.
— ¿Q-Qué haces?— preguntó el inseguro Steve, tensándose en el acto.
La chica sonrió y se lamió los labios lujuriosamente.
— ¿Tu qué crees?— Steve se sonrojó hasta las orejas— Siempre he querido verte desnudo. Quítate la ropa.
El joven Rogers tragó grueso, intentado reunir las fuerzas suficientes para negarse, pero para cuando se dio cuenta ya había tomado los primeros botones de su camisa, y se la quitó lentamente con las manos temblándole en el proceso. Natasha bajó sobre su cuerpo y tiró de la cintura de su pantalón.
—Toda la ropa, Capitán América— susurró, besándolo.
—Eso estaba…
La joven rusa lo interrumpió empujándolo para que volviera a recostarse en la cama, relamiéndose los labios antes de comenzar a lamerle el ejercitado abdomen.
—Na...tasha— gimió el soldado, cerrando los párpados con fuerza.
Natasha comenzó a tirar la cintura del pantalón a la vez que lamía el ombligo de Steve; bajó la tela hasta las rodillas sin sacarlo de los pies, se elevó levemente y lamió su miembro sobre la ropa interior.
—Natasha...— susurró el otro joven, apenas conteniendo el temblor de sus rodillas, completamente avergonzado.
Ella terminó de bajarle la ropa interior hasta las rodillas y se quedó un segundo observando su miembro sin ninguna vergüenza.
—Es grande. MUY grande— recalcó mientras usaba las dos manos para analizarlo, relamiéndose los labios una vez más, haciendo que de nuevo Steve se sintiera sofocado.
—N-No es necesario que... ¡Ah!l
La chica comenzó a masajear su hombría con lentitud. Steve gimió audiblemente, pero se lo impidió. No quería terminar así, no ahora que tenía la oportunidad de al fin estar con ella.
—Es… Espera…— susurró, completamente apenado, poniendo sus manos en los hombros de Natasha para detenerla— Yo quiero... Es la primera vez que yo...
—Tócame— ignoró al otro, ejerciendo un poco de presión para invertir la situación y recostarse ella sobre la cama, en una pose que hizo que el miembro de Steve palpitara de deseo.
Él, ahora de rodillas sobre ella, dudó por un instante. Sin embargo, cuando Natasha lo tomó por el cuello para volver a besarlo, no lo pensó dos veces y dejó que sus manos viajaran por el abdomen de su amiga hasta llegar a sus maravilloso senos, los cuales acarició y apretó, sacando sonidos de Natasha que nunca había oído en una mujer. Instintivamente tomó sus largas piernas y las separó, acomodándose entre ellas. La besó lenta y profundamente antes de mover las caderas ahogando un gemido dentro del beso, avergonzándose al darse cuenta de que había llegado tan lejos sin saber cómo seguir a continuación. Sus manos, grandes y temblorosas, empezaron a acariciar la piel de aquellos muslos.
―Nat― jadeó, excitado.
Natasha rió por lo bajo, moviéndose tentadoramente bajo el soldado, que, algo avergonzado, detuvo sus movimientos, desviando la mirada.
—Steve, ¿qué pasa?
—Yo... Nunca...
Natasha soltó un suave suspiro y le acarició la mejilla, comprensiva.
—Está bien... De verdad— le susurró al oído, lamiéndole el lóbulo de la oreja y mordisqueándolo levemente— Será... 'Interesante'— sonrió, y Steve la miró con el ceño fruncido, sin poder resistirse cuando ella engarzó las piernas a su cintura y volvió a obligarlo a estar abajo, subiéndose a horcajadas sobre su ansioso falo— ¿Recuerdas cuando te enseñé a andar en bicicleta?— le dijo con voz seductora, jadeándole una vez más al oído. Steve asintió, aún más avergonzado— Pues ahora voy a enseñarte a follar.
El soldado frunció el ceño ante el vocabulario obsceno, pero Natasha lo jaló hacia arriba, obligándolo a sentarse en la cama, bajo su cuerpo, y no le dio tiempo; volvió a besarlo con pasión, rozando sus sexos al desnudo en el proceso y ahogando los gemidos de ambos en sus labios. Comenzó a moverse de atrás hacia adelante, tentándolo a tomarla, y las manos de Steve se posaron tímidamente en su espalda. Natasha gimió y se detuvo un momento; tomó las manos de Steve y las guió hasta sus pechos, firmes, erguidos y orgullosos, enseñándole cómo debía acariciarlos. Y mientras Steve empezaba a concentrarse en eso, con una de sus manos, la joven pelirroja sujetó su miembro y lo posó justo debajo de su entrada, dejándose caer sobre él con todo su peso, empalándose ella misma, soltando un profundo grito de satisfacción.
Steve, por su parte, separó los labios en una muda exclamación de placer ante su virginidad perdida, bajando la cabeza hasta recargarla en el hombro se su ahora amante, comenzando a besar la piel de su cuello como tantas veces había anhelado antes.
Siempre había deseado ser el primer (y el único) hombre en la vida de Natasha, pero no había sido así, y pensar que ella había pertenecido a otros le molestó, pero al mismo tiempo le era imposible enfadarse cuando la tenía sudando y gimiendo su nombre encima suyo.
Natasha marcó un ritmo lento al principio, apoyándose en sus rodillas para moverse de arriba hacia abajo, empezando a gemir bajito, presa del placer que estaba provocándose a sí misma. Steve, en cambio, se sintió ir al cielo y de regreso; el interior de Natasha era cálido y húmedo a la vez, y apretaba su miembro de una forma que le daba tanto placer como no sabía que existía, enviando oleadas de deseo a cada fibra de su ser. Mientras su ahora amante se movía sobre él, decidió que debía hacer algo, y empezó a descender con sus labios hasta uno de los rosados pezones, amamantándose de él también por instinto, consiguiendo que Natasha gimiera escandalosamente.
— ¿E-Estás bien?
— ¡Cállate y sigue!— ordenó ella, moviéndose con más rapidez para hacerlo llegar aún más profundo en su interior— Muévete hacia arriba— ordenó, besándole la línea de la mandíbula.
Steve asintió con la cabeza, sintiendo que estaba a punto de volverse loco. Las caricias de Natasha, sus manos tirando de su cabello y su centro devorándolo provocaban en él sensaciones que nunca había experimentado. Empezó a mover sus caderas hacia arriba, intentando acompañar la cadencia de su amante, haciendo que ambos se combinaran y lograran que su cuerpo se convirtiera en una gran masa de sensaciones. La joven pelirroja murmuró algo que él no pudo oír, y comenzó a aumentar la fuerza de las embestidas. Natasha gritó de placer mientras se aferraba a sus fuertes hombros.
— ¡Steve!— gritó al sentir la siguiente embestida
Steve se estremeció, orgulloso al ver lo que había logrado a pesar de su inexperiencia, y volvió a embestir con vigor, bajando sus fuertes manos hacia los firmes glúteos de la pelirroja, apretando la suave y cálida carne mientras mantenía el ritmo; Natasha se mordió los labios, sintiendo un enorme placer recorrerla.
— ¡Dios!— gimió, haciendo la cabeza hacia atrás.
Steve volvió a dar en el punto exacto y Natasha gimió audiblemente mientras su cuerpo se contorsionaba de placer.
— ¡De nuevo!— gritó, extasiada, comenzando a hablar en ruso después— ¡Dios, no pares!
Steve, más instruido ahora, empezó a ser quien marcara el ritmo, subiendo y bajando a Natasha sobre su miembro, enterrándose placenteramente en ella. La joven rusa se abrazó a él y lo besó casi con desesperación, moviéndose ansiosa, buscando mucha más fricción. Sus dedos se enredaron en los cabellos rubios de Steve, tirando histéricamente de ellos mientras se movía mucho más rápido, haciendo que aquel faro de placer llegara aún más profundo dentro de ella.
El joven soldado cerró los ojos y se abandonó completamente a esas nuevas sensaciones, grabando cada arremetida, cada beso y cada gemido en su memoria. Y de pronto Natasha tembló entre sus brazos y soltó un gutural bramido para caer, lánguida y exhausta, sobre su fuerte pecho. Steve siguió embistiéndola hasta que sintió una extraña corriente eléctrica recorrerle la espina para esparcirse por el resto de sus miembros. Sus músculos se tensaron y creyó tocar el cielo con las manos otra vez cuando se liberó dentro de aquella estrecha cavidad que lo había recibido por primera vez; a pesar de nunca haber tenido sexo no era la primera vez que eyaculaba, aunque sí con esa intensidad, llenando todo el interior de la mujer que amaba, regándola con su esencia.
— ¡Natasha!— exclamó su nombre, besándola una vez más, todavía sentado con ella encima y las piernas enredadas tras su cuerpo. Entonces abrió los ojos y la miró, despeinada, sudorosa y jadeante sobre él, y Steve no pudo evitar pensar en que se veía más hermosa que en sus sueños más eróticos, y que ansiaba ser el único que siempre pudiera verla así de vulnerable. La amaba, y en ese momento más que nunca. Ahora le pertenecía en cuerpo y alma, y mientras la besaba con ansias renovadas y volvía a acariciar la suave piel de su espalda, no pudo evitar pensar en un futuro junto a ella, una casa llena de hijos, una vida feliz y apacible juntos.
Y mientras la acomodaba para volver a empezar con aquella pasional danza, no pudo evitar pensar en que ahora sabía cómo era estar en el Cielo.
oOo
.
Continuará...
.
.
N del A:
Hola!
Como había prometido, ya llegó el lemmon y les entregué otro capítulo largo. Solo lamento los errores de ortografía.
Qué les pareció?
Lo dejaré publicado aquí y me retiraré lentamente... Jaja
Saludos!
H.S.
