Disclaimer: Harry Potter es propiedad de J.K. Rowling


Respondiendo a la pregunta anterior.

-A los dos merodeadores que devolvería a la vida sería a Remus, porque el pobre hombre lo paso mal y cuando por fin puede ser feliz junto a su esposa e hijo, muere; y a James para que pueda estar con Harry (recordemos que en este caso, Lily seguiría bien muerta). Y a los dos merodeadores que dejaría muertos serían Peter, que aunque me guste su personaje cuando es un estudiante, como adulto me parece una persona despreciable; y a Sirius, que aunque también lo paso mal (al igual que Remus), su muerte, personalmente, me pareció que se la merecía. Quiero decir, ¿qué cojones hacía burlándose y riéndose de Bellatrix en medio de su duelo contra ella? Sé que eso, seguramente, encaje con el personaje de Sirius, pero sigo pensando en que fue una tontería que se pudo haber ahorrado y que, seguramente de no haberlo hecho, podría haber esquivado el hechizo que Bellatrix le arrojó y que le hizo caer a través del velo.


-Clenery: Es algo que sale en El Legado Maldito y uno de los principales motivos por el cuál, diga lo que diga la gente, yo no encuentro ese libro canónico de la saga.


Después de que Luna terminase de leer el capítulo, Alastor tomó el libro que la niña le tendía.

Maldiciones imperdonables —leyó.

—Parece que será la primera lección de Moody —comentó Bill con interés.

Los dos días siguientes pasaron sin grandes incidentes, a menos que se cuente como tal el que Neville dejara que se fundiera su sexto caldero en clase de Pociones.

Neville parpadeó, algo sorprendido.

—Sé que soy malo en Pociones... ¿pero fundir seis calderos en dos días? —exclamó, perplejo.

Algunos lo miraron, sin saber muy bien que decir.

—Creo que no se refiere a que fundiste seis calderos en dos días —dijo Luna—. Sino que en estos tres años has fundido un total de seis calderos.

—Eso tiene más sentido —admitió Hermione.

El profesor Snape, que durante el verano parecía haber acumulado rencor en cantidades nunca antes conocidas, castigó a Neville a quedarse después de clase. Al final del castigo, Neville sufría un colapso nervioso, porque el profesor Snape lo había obligado a destripar un barril de sapos cornudos.

—Podría haber sido peor —dijo Tonks, haciendo una mueca—. Al menos no es un trabajo difícil. Tedioso, pero no difícil.

—Tú sabes por qué Snape está de tan mal humor, ¿verdad? —dijo Ron a Harry, mientras observaban cómo Hermione enseñaba a Neville a llevar a cabo el encantamiento anti-grasa para quitarse de las uñas los restos de tripa de sapo.

—¿Te ha obligado a destriparlos sin guantes? —gruñó Alice.

—Sí —respondió Harry—. Por Moody.

Con lo ocurrido con Malfoy en el anterior capítulo, a nadie le extrañaba que Severus Snape estuviese de mal humor. Pero igualmente eso seguía sin ser excusa para ensañarse con cualquier estudiante.

Era comúnmente sabido que Snape ansiaba el puesto de profesor de Artes Oscuras, y era el cuarto año consecutivo que se le escapaba de las manos.

—Yo diría que más —dijo Percy.

Snape había odiado a los anteriores titulares de la asignatura y nunca se había esforzado en disimularlo. No obstante, parecía especialmente cauteloso a la hora de mostrar cualquier indicio patente de animosidad contra Ojoloco Moody.

Moody soltó un gruñido despectivo. Todavía no llegaba a comprender como es que Dumbledore confiaba en ese hombre.

Desde luego, cada vez que Harry los veía juntos (a la hora de las comidas, o cuando coincidían en los corredores), se llevaba la clara impresión de que Snape rehuía los ojos de Moody, tanto el mágico como el normal.

—Me parece que Snape le tiene algo de miedo, ¿no crees? —dijo Harry, pensativo.

Bueno, tampoco sería tan raro pensó Harry, mientras miraba de reojo el rostro de Moody. Encontrarte esa cara mirándote de forma constante no debería ser una experiencia agradable.

—¿Te imaginas que Moody convierte a Snape en un sapo cornudo —dijo Ron, con lágrimas de risa en los ojos— y lo hace botar por toda la mazmorra...?

Varios rieron levemente al imaginarse la situación. Jake hizo una extraña cara, que parecía estar entre la risa y la desaprobación. Seguramente se estaba imaginando a un sapo cornudo con el pelo de Snape, saltando por la mazmorra. Pero si recordaba el comportamiento de Moody contra Malfoy en el capítulo anterior, lo único que podía imaginarse era a un sapo golpeándose con violencia contra el suelo una y otra vez.

Los de cuarto curso de Gryffindor tenían tantas ganas de asistir a la primera clase de Moody que el jueves, después de comer, llegaron muy temprano e hicieron cola a la puerta del aula cuando la campana aún no había sonado.

—Creo que es la primera vez que estamos todos ante un aula, siendo muy temprano —dijo Harry.

La única que faltaba era Hermione, que apareció puntual.

—Me hace gracia pensar que la estudiante más aplicada del curso, es la que llega justo a tiempo —dijo James.

—Vengo de la...

—... biblioteca —adivinó Ron—. Date prisa o nos quedaremos con los peores asientos.

Y se apresuraron a ocupar tres sillas delante de la mesa del profesor.

—¿Ron llegando temprano al aula? —exclamó Fred.

—¿Ron sentándose voluntariamente delante? —exclamó George.

Mutuamente se pellizcaron.

—Duele... ¡No es un sueño! —exclamaron ambos.

Sacaron sus ejemplares de Las fuerzas oscuras: una guía para la auto-protección, y aguardaron en un silencio poco habitual. No tardaron en oír el peculiar sonido sordo y seco de los pasos de Moody provenientes del corredor antes de que entrara en el aula, tan extraño y aterrorizador como siempre.

—Buena manera de describir la presencia que suelta Moody —asintió Tonks.

Entrevieron la garra en que terminaba su pata de palo, que sobresalía por debajo de la túnica.

—Ya podéis guardar los libros —gruñó, caminando ruidosamente hacia la mesa y sentándose tras ella—. No los necesitaréis para nada.

—¿Clase práctica? Una buena manera de llamar la atención —asintió Remus, recordando que su primera clase como profesor también había sido práctica.

Volvieron a meter los libros en las mochilas. Ron estaba emocionado.

Fred y George volvieron a pellizcarse.

Ron les arrojó dos cojines.

Moody sacó una lista, sacudió la cabeza para apartar se la larga mata de pelo gris del rostro, desfigurado y lleno de cicatrices, y comenzó a pronunciar los nombres, recorriendo la lista con su ojo normal mientras el ojo mágico giraba para fijarse en cada estudiante conforme respondía a su nombre.

—Bien —dijo cuando el último de la lista hubo contestado «presente»—. He recibido carta del profesor Lupin a propósito de esta clase. Parece que ya sois bastante diestros en enfrentamientos con criaturas tenebrosas. Habéis estudiado los boggarts, los gorros rojos, los hinkypunks, los grindylows, los kappas y los hombres lobo, ¿no es eso?

—A esos últimos bastante de cerca —murmuró Hermione.

—No sé que decirte —replicó Harry, a su lado—. Yo creo que tengo más experiencia con los boggarts —murmuró, mientras recordaba sus lecciones anti-dementores.

Hubo un murmullo general de asentimiento.

—Pero estáis atrasados, muy atrasados, en lo que se refiere a enfrentaros a maldiciones —prosiguió Moody

Los que iban a cursar cuarto ese curso y habían asistido a Hogwarts, tuvieron que admitir que las palabras de Moody tenían razón. Los dos primeros cursos habían tenido respectivamente a Quirrell y a Lockhart, y entre el estúpido tartamudeo de uno y la estupidez del otro que les obligaba a leerse sus libros, ellos prácticamente no habían aprendido casi nada. No fue hasta tercero, gracias a Remus, que pudieron tener clases de Defensa Contra las Artes Oscuras en condiciones, pero ese año se dedicaron exclusivamente a aprender sobre las criaturas tenebrosas.

Así que sí, Moody tenía mucha razón al decir que estaban muy atrasados en esa área.

—. Así que he venido para prepararos contra lo que unos magos pueden hacerles a otros. Dispongo de un curso para enseñaros a tratar con las mal...

—¿Por qué, no se va a quedar más? —dejó escapar Ron.

—Tendrá sus motivos —dijo Arthur.

—Además de que ningún profesor ha durado más de un curso desde hace décadas —señaló Bill—. Así que aunque quiera quedarse más tiempo, se acabará marchando... de una forma u otra.

Eso último lo dijo en voz baja, prefiriendo no pensar en las maneras en las que el nuevo profesor podría abandonar la escuela.

El ojo mágico de Moody giró para mirarlo. Ron se asustó, pero al cabo de un rato Moody sonrió.

Eso sorprendió a varios, que querían saber como era la sonrisa de un tipo como Moody.

Era la primera vez que Harry lo veía sonreír. El resultado de aquel gesto fue que su rostro pareció aún más desfigurado y lleno de cicatrices que nunca,

Y entonces se les pasó las ganas de saber como se veía Moody sonriendo.

pero era un alivio saber que en ocasiones podía adoptar una expresión tan amistosa como la sonrisa. Ron se tranquilizó.

—Supongo que tú eres hijo de Arthur Weasley, ¿no?

Es raro que alguien me reconozca por papá pensó Ron. Normalmente solía ser reconocido como el mejor amigo de Harry Potter o por ser el hermano pequeño de alguno de los chicos Weasley (aunque a veces también lo reconocían como el hermano mayor de Ginny).

—dijo Moody—. Hace unos días tu padre me sacó de un buen aprieto... Sí, sólo me quedaré este curso. Es un favor que le hago a Dumbledore: un curso y me vuelvo a mi retiro.

Mejor prevenir que curar —murmuró Dumbledore, sabiendo que ese curso sería algo caótico por culpa del Torneo de los Tres Magos.

Soltó una risa estridente, y luego dio una palmada con sus nudosas manos.

—Así que... vamos a ello. Maldiciones. Varían mucho en forma y en gravedad. Según el Ministerio de Magia, yo debería enseñaros las contra-maldiciones y dejarlo en eso.

Moody soltó un bufido desdeñoso.

—Eso no les servirá de mucho cuando se enfrenten a cosas más peligrosas.

No tendríais que aprender cómo son las maldiciones prohibidas hasta que estéis en sexto.

—Viendo cuál es el título del capítulo, no me esperaba otra cosa —dijo Tonks.

Se supone que hasta entonces no seréis lo bastante mayores para tratar el tema. Pero el profesor Dumbledore tiene mejor opinión de vosotros y piensa que podréis resistirlo, y yo creo que, cuanto antes sepáis a qué os enfrentáis, mejor. ¿Cómo podéis defenderos de algo que no habéis visto nunca?

—Por eso digo que es mejor enseñarles estás cosas desde el principio —gruñó Moody.

Algunos adultos se mostraron de acuerdo con él, mientras que otros estaban en desacuerdo, ya que opinaban que unos niños no tendrían que ver, ni saber, los horrores que las maldiciones imperdonables podrían causar.

Un mago que esté a punto de echaros una maldición prohibida no va a avisaros antes. No es probable que se comporte de forma caballerosa. Tenéis que estar preparados. Tenéis que estar alerta y vigilantes. Y usted, señorita Brown, tiene que guardar eso cuando yo estoy hablando.

Lavender se sobresaltó y se puso colorada. Le había estado mostrando a Parvati por debajo del pupitre su horóscopo completo.

Algunos rieron.

Daba la impresión de que el ojo mágico de Moody podía ver tanto a través de la madera maciza como por la nuca.

—Así que... ¿alguno de vosotros sabe cuáles son las maldiciones más castigadas por la ley mágica?

Varias manos se levantaron, incluyendo la de Ron y la de Hermione.

—Me sorprende que también levantes la mano, Ron —dijo Harry.

Su amigo se encogió de hombros.

—Papá me habló de una de ellas en una ocasión —contestó Ron en voz baja.

Moody señaló a Ron, aunque su ojo mágico seguía fijo en Lavender.

—Eh... —dijo Ron, titubeando— mi padre me ha hablado de una. Se llama maldición imperius, o algo parecido.

Los que habían peleado contra los mortífagos en el pasado, hicieron una mueca. Esa maldición les había llevado más de un quebradero de cabeza.

—Así es —aprobó Moody—. Tu padre la conoce bien. En otro tiempo la maldición imperius le dio al Ministerio muchos problemas.

Y no sólo al Ministerio pensó Dumbledore con una mirada apagada.

Moody se levantó con cierta dificultad sobre sus disparejos pies, abrió el cajón de la mesa y sacó de él un tarro de cristal. Dentro correteaban tres arañas grandes y negras.

Ron palideció ante la mención de las arañas.

—¿Vas a usar arañas para enseñar los efectos de las maldiciones, ¿Ojoloco? —preguntó McGonagall.

—Pues claro —asintió Moody—. ¿Qué sentido tendría explicarles los efectos si no pueden verlos por si mismos?

—No me parece muy bien que unos niños vean eso —murmuró Molly.

Harry notó que Ron, a su lado, se echaba un poco hacia atrás: Ron tenía fobia a las arañas.

Moody metió la mano en el tarro, cogió una de las arañas y se la puso sobre la palma para que todos la pudieran ver. Luego apuntó hacia ella la varita mágica y murmuró entre dientes:

—¡Imperio!

La araña se descolgó de la mano de Moody por un fino y sedoso hilo, y empezó a balancearse de atrás adelante como si estuviera en un trapecio; luego estiró las patas hasta ponerlas rectas y rígidas, y, de un salto, se soltó del hilo y cayó sobre la mesa, donde empezó a girar en círculos. Moody volvió a apuntarle con la varita, y la araña se levantó sobre dos de las patas traseras y se puso a bailar lo que sin lugar a duda era claqué.

Casi todos los jóvenes de la sala rieron al imaginarse a la araña bailando claqué, pero los adultos mantenían miradas serias, recordando las atrocidades y los horrores que habían visto hacerse con esta maldición.

—La verdad es que no lo encuentro nada gracioso —dijo Luna. Aunque su tono seguía teniendo ese tono soñador, su mirada era bastante seria.

—¿Y por qué no? —preguntó Ron con una sonrisa—. ¡Es una araña bailando claqué!

—Justamente por eso —respondió la rubia—. Si la araña lo hiciese por si misma, eso hubiese sido gracioso (aparte de sorprendente). Pero en este caso, el profesor Moody la esta obligando a comportarse de esa manera. No puede resistirse, simplemente hacer esos actos graciosos, humillándose con ellos y así poder divertir a los demás. Ahora simplemente imaginar que vosotros sois esa araña.

Los jóvenes que antes habían reído bajaron la cabeza avergonzados. Visto así, la maldición imperius ya no tenía ninguna gracia.

Todos se reían. Todos menos Moody.

—Os parece divertido, ¿verdad? —gruñó—. ¿Os gustaría que os lo hicieran a vosotros?

La risa dio fin casi al instante.

—Esto supone el control total —dijo Moody en voz baja, mientras la araña se hacía una bola y empezaba a rodar—. Yo podría hacerla saltar por la ventana, ahogarse, colarse por la garganta de cualquiera de vosotros...

Ron se puso más pálido y se estremeció.

Ron se estremeció.

—Hace años, muchos magos y brujas fueron controlados por medio de la maldición imperius

Muchos de los adultos asintieron con pesar.

—explicó Moody, y Harry comprendió que se refería a los tiempos en que Voldemort había sido todopoderoso—. Le dio bastante que hacer al Ministerio, que tenía que averiguar quién actuaba por voluntad propia y quién, obligado por la maldición.

—Y muchos de los que actuaron por voluntad propia, fingieron estar bajo el control de la maldición imperius —murmuró Arthur, recordando el rostro de Lucius Malfoy.

Podemos combatir la maldición imperius, y yo os enseñaré cómo, pero se necesita mucha fuerza de carácter, y no todo el mundo la tiene. Lo mejor, si se puede, es evitar caer víctima de ella. ¡ALERTA PERMANENTE! —bramó, y todos se sobresaltaron.

—¿Hacía falta gritar tanto? —se quejó Will.

—Ahora que lo pienso, ha sido mucha casualidad que justamente Moody leyese este capítulo, ¿no? —señaló Emily—. Es casi como si estuviésemos viendo en vivo una representación de su clase.

—Sí. Lo único que hace falta son las arañas —asintió Fred.

—Prefiero que las arañas se queden fuera de circulación —masculló Ron.

Moody cogió la araña trapecista y la volvió a meter en el tarro.

—¿Alguien conoce alguna más? ¿Otra maldición prohibida?

Hermione volvió a levantar la mano y también, con cierta sorpresa para Harry, lo hizo Neville.

Neville tragó saliva. Solamente se le ocurría un motivo, o mejor dicho una maldición, que le hiciese levantar la mano. Sintió como sus dos manos eran tomadas por dos más suaves y pequeñas. Una de las manos correspondía a la de Eli, quién, entendiendo lo que se proponía su hermano en el libro, le tomó la mano en señal de apoyo.

Lo que le sorprendió a Neville fue descubrir que la otra mano pertenecía a Luna. Por supuesto la chica no sabía de que iba el asunto, pero rápidamente intuyó que, fuese lo que fuese, era algo doloroso para Neville, así que también le cogió de la mano en señal de apoyo.

La única clase en la que alguna vez Neville levantaba la mano era Herbología, su favorita. El mismo parecía sorprendido de su atrevimiento.

—¿Sí? —dijo Moody, girando su ojo mágico para dirigir lo a Neville.

—Hay una... la maldición cruciatus —dijo éste con voz muy leve pero clara.

Los padres de Neville intercambiaron una mirada antes de mirar a su hijo.

Moody miró a Neville fijamente, aquella vez con los dos ojos.

—¿Tú te llamas Longbottom? —preguntó, bajando rápidamente el ojo mágico para consultar la lista.

Los que conocían el caso de los Longbottom, miraron a Neville con lástima. Este agachó la cabeza, rehuyendo esas miradas.

Neville asintió nerviosamente con la cabeza, pero Moody no hizo más preguntas. Se volvió a la clase en general y alcanzó el tarro para coger la siguiente araña y ponerla sobre la mesa, donde permaneció quieta, aparentemente demasiado asustada para moverse.

—La maldición cruciatus precisa una araña un poco más grande para que podáis apreciarla bien —explicó Moody, que apuntó con la varita mágica a la araña y dijo—: ¡Engorgio!

Varios le lanzaron miradas a Moody. No les parecía muy buena idea usar esa maldición en presencia de Neville, quién conocía de primera mano los estragos que esta podía causar.

La araña creció hasta hacerse más grande que una tarántula.

Abandonando todo disimulo, Ron apartó su silla para atrás, lo más lejos posible de la mesa del profesor.

Algunos rieron un poco, pero estaban bastante nerviosos. Tanto por saber lo que le ocurrirá a la araña, como por el reciente comportamiento de Neville.

Moody levantó otra vez la varita, señaló de nuevo a la araña y murmuró:

—¡Crucio!

La respiración de Neville empezó a acelerase sin darse cuenta.

De repente, la araña encogió las patas sobre el cuerpo. Rodó y se retorció cuanto pudo, balanceándose de un lado a otro. No profirió ningún sonido, pero era evidente que, de haber podido hacerlo, habría gritado.

Varios se estremecieron con horror. Ni siquiera podían imaginarse a alguien conocido sufriendo de esa forma y, mucho menos, a ellos mismos.

Moody no apartó la varita, y la araña comenzó a estremecerse y a sacudirse más violentamente.

—Esto es enfermizo —murmuró Regulus, que, sin darse cuenta, se había acurrucado más cerca de sus hermanos mayores.

—¡Pare! —dijo Hermione con voz estridente.

Harry la miró. Ella no se fijaba en la araña sino en Neville

Automáticamente todas las miradas se dirigieron a Neville. Casi todos estaban pálidos y temblando del miedo y el horror al ver la reacción de la araña al sufrir la maldición cruciatus. Pero eso no era nada comparado como estaba Neville.

El pobre chico temblaba tanto que, de haber sido un aparato muggle, cualquiera pensaría que estaba en modo vibración. Sus ojos brillaban con horror y estaba sudando profusamente, empapando con ello las dos manos que le sostenían quienes, a pesar de ello, se negaban a dejarle ir y le acariciaban la espalda mientras le susurraban palabras tranquilizadoras en voz baja.

—Neville... —murmuró Alice, mientras se levantaba dispuesta a ir con su hijo.

Pero antes de haber dado ni siquiera un par de pasos, Neville se levantó.

—Yo... l-lo siento —masculló, antes de salir corriendo en dirección a los dormitorios, para sorpresa de la mayoría. Frank y Alice inmediatamente se levantaron de sus sitios y fueron tras el chico.

La sala se quedó en un silencio incómodo.

—Albus —dijo Moody, mirando fijamente el libro—. En el siguiente descanso quiero hablar contigo.

Cualquiera que no conociese bien a Moody, pensarían que no le ocurría nada. Pero, los que más le conocían, inmediatamente se dieron cuenta de que había algo molestandole.

—Entendido, Alastor —asintió el director.

, y Harry, siguiendo la dirección de los ojos de su amiga, vio que las manos de Neville se aferraban al pupitre. Tenía los nudillos blancos y los ojos desorbitados de horror.

Moody levantó la varita. La araña relajó las patas pero siguió retorciéndose.

Reducio —murmuró Moody, y la araña se encogió hasta recuperar su tamaño habitual. Volvió a meterla en el tarro—. Dolor —dijo con voz suave—. No se necesitan cuchillos ni carbones encendidos para torturar a alguien si uno sabe llevar a cabo la maldición cruciatus... También esta maldición fue muy popular en otro tiempo. Bueno, ¿alguien conoce alguna otra?

Algunos tragaron saliva. No parecían muy dispuestos a conocer la última maldición, aunque ya tenían una ligera idea de cuál sería.

Harry miró a su alrededor. A juzgar por la expresión de sus compañeros, parecía que todos se preguntaban qué le iba a suceder a la última araña. La mano de Hermione tembló un poco cuando se alzó por tercera vez.

—Ni siquiera voy a cuestionar el hecho de que conozcas la existencia de la última maldición —murmuró Sally.

—¿Sí? —dijo Moody, mirándola.

Avada Kedavra —susurró ella.

Algunos, incluido Ron, le dirigieron tensas miradas.

—¡Ah! —exclamó Moody, y la boca torcida se contorsionó en otra ligera sonrisa—. Sí, la última y la peor. Avada Kedavra: la maldición asesina.

Harry tragó saliva. Avada Kedavra... la maldición que, hacía trece años, le había arrebatado a sus padres.

Metió la mano en el tarro de cristal, y, como si supiera lo que le esperaba, la tercera araña echó a correr despavorida por el fondo del tarro, tratando de escapar a los dedos de Moody, pero él la atrapó y la puso sobre la mesa. La araña correteó por la superficie.

Moody levantó la varita, y, previendo lo que iba a ocurrir, Harry sintió un repentino estremecimiento.

Lo mismo sucedió en la sala.

—¡Avada Kedavra! —gritó Moody.

Hubo un cegador destello de luz verde y un ruido como de torrente, como si algo vasto e invisible planeara por el aire.

Los que habían visto la maldición de cerca, se estremecieron.

Al instante la araña se desplomó patas arriba, sin ninguna herida, pero indudablemente muerta.

La sala se quedó completamente en silencio. Los más jóvenes miraban el libro en las manos de Moody, claramente incómodos. Nunca, en ningún momento de sus vidas, habían llegado a imaginarse que arrebatar la vida a otro ser vivo podría llegar a ser tan fácil como mostraba Moody en el libro.

Algunas de las alumnas profirieron gritos ahogados. Ron se había echado para atrás y casi se cae del asiento cuando la araña rodó hacia él.

Moody barrió con una mano la araña muerta y la dejó caer al suelo.

—No es agradable —dijo con calma—. Ni placentero. Y no hay contra-maldición. No hay manera de interceptaría. Sólo se sabe de una persona que haya sobrevivido a esta maldición, y está sentada delante de mí.

Automáticamente Harry usó su flequillo para ocultar su cicatriz en forma de rayo.

Harry sintió su cara enrojecer cuando los ojos de Moody (ambos ojos) se clavaron en los suyos. Se dio cuenta de que también lo observaban todos los demás.

Algo similar sucedía en la sala.

Harry miró la limpia pizarra como si se sintiera fascinado por ella, pero no veía nada en absoluto...

De manera que así habían muerto sus padres... exactamente igual que esa araña.

—Nosotros y cientos de personas antes —murmuró Lily—. ¿Por qué? ¿Qué necesidad había de crear un maleficio tan macabro como ese?

—Los tiempos cambian, Lily —dijo Remus, sabiamente—. Puede que en su momento, cuando esta maldición fue creada, se necesitase un caso de extrema protección, aunque eso significase matar a otra persona.

¿También habían resultado sus cuerpos intactos, sin herida ni marca visible alguna? ¿Habían visto el resplandor de luz verde y oído el torrente de muerte acercándose velozmente, antes de que la vida les fuera arrancada?

Harry se había imaginado la muerte de sus padres una y otra vez durante los últimos tres años, desde que se había enterado de que los habían asesinado, desde que había averiguado lo sucedido aquella noche: que Colagusano los había traicionado revelando su paradero a Voldemort, el cual los había ido a buscar a la casa de campo; que Voldemort había matado en primer lugar a su padre; que James Potter había intentado enfrentarse a él, mientras le gritaba a su mujer que cogiera a Harry y echara a correr... y que Voldemort había ido luego hacia Lily Potter y le había ordenado hacerse a un lado para matar a Harry; que ella le había rogado que la matara a ella y no al niño, y se había negado a dejar de servir de escudo a su hijo... y que de aquella manera Voldemort la había matado a ella también, antes de dirigir la varita contra Harry...

Lily ahogó un sollozo y ocultó su cara en el pecho de James. Odiaba oír a Harry hablar sobre sus muertes. Un chico de catorce años no tendría que estar recordando esas cosas.

Harry estaba al tanto de aquellos detalles porque había oído las voces de sus padres al enfrentarse con los dementores el curso anterior. Porque ésa era la terrible arma de los dementores: obligar a su víctima a revivir los peores recuerdos de su vida, y ahogarla, impotente, en su propia desesperación...

Moody había vuelto a hablar; desde la distancia, según le parecía a Harry. Haciendo un gran esfuerzo, volvió al presente y escuchó lo que decía el profesor.

Avada Kedavra es una maldición que sólo puede llevar a cabo un mago muy poderoso.

Eso no esta bien pensó Reg. La maldición asesina puede llevarla a cabo hasta un niño si de verdad tiene ganas de matar a alguien. ¿Por qué Moody no les dice eso? Bueno, imagino que no quiere ponerlos más nerviosos de lo que están ya.

Podríais sacar las varitas mágicas todos vosotros y apuntarme con ellas y decir las palabras, y dudo que entre todos consiguierais siquiera hacerme sangrar la nariz. Pero eso no importa, porque no os voy a enseñar a llevar a cabo esa maldición.

—Solamente le faltaba eso —murmuró Eli, quién se sentía resentida con el ex-auror por obligar a revivir una experiencia traumatica a su hermano.

Ahora bien, si no existe una contra-maldición para Avada Kedavra, ¿por qué os la he mostrado? Pues porque tenéis que saber. Tenéis que conocer lo peor. Ninguno de vosotros querrá hallarse en una situación en que tenga que enfrentarse a ella. ¡ALERTA PERMANENTE!

La mayoría se sobresaltó ante el grito de Moody.

—Otra persona tendría que haber leído este capítulo —gruñó Sirius.

—bramó, y toda la clase volvió a sobresaltarse—. Veamos... esas tres maldiciones, Avada Kedavra, cruciatus e imperius, son conocidas como las maldiciones imperdonables. El uso de cualquiera de ellas contra un ser humano está castigado con cadena perpetua en Azkaban. Quiero preveniros, quiero enseñaros a combatirlas. Tenéis que prepararos, tenéis que armaros contra ellas;

Varios se removieron incómodos en sus sitios. Eso casi parecía una clase para estar preparados durante una guerra.

pero, por encima de todo, debéis practicar la alerta permanente e incesante. Sacad las plumas y copiad lo siguiente...

Se pasaron lo que quedaba de clase tomando apuntes sobre cada una de las maldiciones imperdonables.

Ron suspiró, algo desilusionado. Él de verdad había esperado que toda la clase fuese práctica. Pero enseguida se dio cuenta de que eso era absurdo, ya que Moody les había enseñado sobre las maldiciones imperdonables.

Si la clase hubiese sido práctica, ¿qué les habría obligado ha hacer Moody? ¿Practicar las maldiciones imperdonables entre ellos? ¿O acaso les hubiese lanzado el profesor las maldiciones a los alumnos y ellos tendrían que haber encontrado el modo de evitarlas? Las dos ideas sonaban tan absurdas en la cabeza de Ron, que el pelirrojo dejó escapar una risita divertida, atrayendo la atención de Hermione, quién lo miró con curiosidad.

—Nada. Una tontería que se me ha ocurrido —respondió al ver la cara de la chica.

Así es. Ningún profesor, en su sano juicio, usaría las maldiciones imperdonables contra sus alumnos y, mucho menos, obligaría a estos a usarlo contra otros estudiantes.

Nadie habló hasta que sonó la campana; pero, cuando Moody dio por terminada la lección y ellos hubieron salido del aula, todos empezaron a hablar inconteniblemente. La mayoría comentaba cosas sobre las maldiciones en un tono de respeto y temor.

—¿Visteis cómo se retorcía?

—Y cuando la mató... ¡simplemente así!

—No me puedo creer que estén hablando de eso como si fuese un mero espectáculo —murmuró Sally, poniéndose ligeramente verde.

—Son niños y nunca han vivido el terror de una guerra, Sally —dijo Sirius.

—Eso no justi...

—Ya sé que no justifica —se apresuró a decir Sirius—. Pero puedo llegar a entender porque, para ellos, esto ha sido sorprendente.

Hablaban sobre la clase, pensó Harry, como si hubiera sido un espectáculo teatral, pero para él no había resultado divertida. Y, a juzgar por las apariencias, tampoco para Hermione.

Hermione asintió. Le había parecido una de las peores clases que había tenido en toda su estancia de Hogwarts. Muy informativa, sin duda, pero escalofriante.

—Daos prisa —les dijo muy tensa a Harry y Ron.

—¿No vuelves a la condenada biblioteca? —preguntó Ron.

—No —replicó Hermione, señalando a un pasillo lateral—. Neville.

Eso recordó a varios que Neville aún no había regresado a la sala. Y, al parecer, Frank y Alice seguían con él.

¿Eh? ¿Dónde esta Luna? pensó Ginny de repente al no ver a la rubia en la sala.

Neville se hallaba de pie, solo en mitad del pasillo, dirigiendo al muro de piedra que tenía delante la misma mirada horrorizada con que había seguido a Moody durante la demostración de la maldición cruciatus.

Algunos estaban un poco confundidos. Entendían que ver los efectos de la maldición cruciatus no era agradable. Pero la actitud de Neville era un poco extraña.

—Neville... —lo llamó Hermione con suavidad.

Neville la miró.

—Ah, hola —respondió con una voz mucho más aguda de lo usual—. Qué clase tan interesante, ¿verdad? Me pregunto qué habrá para cenar, porque... porque me muero de hambre, ¿vosotros no?

—Neville, ¿estás bien? —le preguntó Hermione.

—Es evidente que no —murmuró Astoria.

—Sí, sí, claro, estoy bien —farfulló Neville atropelladamente, con la voz demasiado aguda—. Una cena muy interesante... clase, quiero decir... ¿Qué habrá para cenar?

Ron le dirigió a Harry una mirada asustada.

Eso no le extrañaba nada a Ron. La verdad es que Neville se estaba comportando de una forma un tanto extraña.

—Neville, ¿qué...?

Oyeron tras ellos un retumbar sordo y seco, y al volverse vieron que el profesor Moody avanzaba hacia allí cojeando. Los cuatro se quedaron en silencio, mirándolo con aprensión, pero cuando Moody habló lo hizo con un gruñido mucho más suave que el que le habían oído hasta aquel momento.

—No te preocupes, hijo —le dijo a Neville—. ¿Por qué no me acompañas a mi despacho? Ven... tomaremos una taza de té.

Moody cerró los ojos un instante antes de dirigirle al libro una mirada pensativa.

—Alastor, ¿ocurre algo? —preguntó Dumbledore.

—Luego te explico —se limitó a responder Moody.

Neville pareció aterrorizarse aún más ante la perspectiva de tomarse un té con Moody. Ni se movió ni habló. Moody dirigió hacia Harry su ojo mágico.

—Tú estás bien, ¿no, Potter?

—Sí —contestó Harry en tono casi desafiante.

Lily quería regañar a su hijo por responderle de esa forma a un profesor. Pero, con lo ocurrido recientemente, no creía que fuese lo mejor.

El ojo azul de Moody vibró levemente en su cuenca al escudriñar a Harry. Luego dijo:

—Tenéis que saber. Puede parecer duro, pero tenéis que saber. No sirve de nada hacer como que... bueno... Vamos, Longbottom, tengo algunos libros que podrían interesarte.

Neville miró a sus amigos de forma implorante, pero ninguno dijo nada, así que no tuvo más remedio que dejarse arrastrar por Moody, que le había puesto en el hombro una de sus nudosas manos.

Harry, Hermione y Ron se sintieron algo mal por no poder hacer nada por Neville.

En ese momento Frank y Alice regresaron a la sala.

—¿Cómo esta Neville? —preguntó Eli, nada más ver a sus padres.

Ambos intercambiaron una mirada cómplice.

—Ahora mejor. Se ha quedado atrás con Luna —respondió Alice, haciendo que algunos se sorprendiesen ya que no habían reparado en la ausencia de la rubia.

Alan puso una sonrisa divertida en su rostro.

Frank, Alice, Lorcan, Lysander... parece ser que vuestros padres se van a reunir antes de lo esperado pensó.*

—Pero ¿qué pasaba? —preguntó Ron observando a Neville y Moody doblar la esquina.

—No lo sé —repuso Hermione, pensativa.

Algunos de los adultos intercambiaron miradas.

—¡Vaya clase!, ¿eh? —comentó Ron, mientras emprendían el camino hacia el Gran Comedor—. Fred y George tenían razón. Este Moody sabe de qué va la cosa, ¿a que sí? Cuando hizo la maldición Avada Kedavra, ¿te fijaste en cómo murió la araña, cómo estiró la pata?

Ginny y Hermione golpearon al instante a Ron en la cabeza.

—Mira que eres insensible, idiota —le espetó la castaña.

—¿Y yo qué he hec,,,? —Enmudeció al ver el rostro a su mejor amigo—. Yo... Harry, esto...

—No importa —negó Harry—. Puedo entender porque te ha resultado interesante.

Ron enmudeció de pronto ante la mirada de Harry, y no volvió a decir nada hasta que llegaron al Gran Comedor, cuando se atrevió a comentar que sería mejor que empezaran aquella misma noche con el trabajo para la profesora Trelawney, porque les llevaría unas cuantas horas.

—Estáis a jueves y es para el lunes. Aún tenéis tiempo de hacerlo —dijo Will.

—O, pueden ir haciendo un poco cada día —replicó Emily.

Hermione no participó en la conversación de Harry y Ron durante la cena, sino que comió a toda prisa para volver a la biblioteca.

Harry y Ron intercambiaron miradas. Sabían que a Hermione le gustaba ir a la biblioteca. Pero ese curso daba la sensación de que se pasaba más tiempo ahí que en otro sitio.

Harry y Ron fueron hacia la torre de Gryffindor, y Harry, que no había pensado en otra cosa durante toda la cena, volvió al tema de las maldiciones imperdonables.

—¿No se meterán en un aprieto Moody y Dumbledore si el Ministerio se entera de que hemos visto las maldiciones?

—En principio así sería —asintió Percy—. Pero ya que se han empleado exclusivamente como tema de estudio, seguramente acabará siendo una llamada de atención.

—preguntó, cuando se acercaban a la Señora Gorda.

—Sí, seguramente —contestó Ron —. Pero Dumbledore siempre ha hecho las cosas a su manera, ¿no?,

—Yo tampoco diría tanto, señor Weasley —dijo Dumbledore.

y me parece que Moody se ha estado metiendo en problemas desde hace años. Primero ataca y luego pregunta...

—Mucha gente ha muerto por ir demasiado confiada, chico —gruñó Moody.

Fíjate en lo de los contenedores de basura. «Tonterías...»

La Señora Gorda se hizo a un lado para dejarles paso, y ellos entraron en la sala común de Gryffindor, que estaba muy animada y llena de gente.

—Entonces, ¿nos ponemos con lo de Adivinación? —propuso Harry.

—Deberíamos —respondió Ron refunfuñando.

Fueron por los libros y los mapas al dormitorio, y encontraron a Neville allí solo, sentado en la cama, leyendo.

—¿Acaso ha ido ha cenar? —murmuró Alice.

Parecía mucho más tranquilo que al final de la clase de Moody, aunque todavía no estuviera del todo normal. Tenía los ojos enrojecidos.

—¿Estás bien, Neville? —le preguntó Harry.

—Sí, sí —respondió Neville—, estoy bien, gracias. Estoy leyendo este libro que me ha dejado el profesor Moody...

Levantó el libro para que lo vieran. Se titulaba Las plantas acuáticas mágicas del Mediterráneo y sus propiedades.

—Recuerdo que Neville parecía interesado en ese libro —dijo Eli—. O al menos lo estaba el Neville de nuestro lado.

—Parece que la profesora Sprout le ha dicho al profesor Moody que soy muy bueno en Herbología —dijo Neville. Había una tenue nota de orgullo en su voz que Harry no había percibido nunca—. Pensó que me gustaría este libro.

Decirle a Neville lo que la profesora Sprout opinaba de él, pensó Harry, había sido una manera muy hábil de animarlo, porque muy raramente oía decir que fuera bueno en algo. Era un gesto del estilo de los del profesor Lupin.

—Cierto —admitió Lily. Ese tipo de cosas eran típicas en su amigo licántropo.

Los padres de Neville tenían claro que, a pesar de haberle dado ese libro y haberle elogiado, no estaban tan dispuestos a perdonar al ex-auror por lo ocurrido con su hijo.

Harry y Ron cogieron sus ejemplares de Disipar las nieblas del futuro y volvieron con ellos a la sala común, encontraron una mesa libre y se pusieron a trabajar en las predicciones para el mes siguiente. Al cabo de una hora habían hecho muy pocos progresos, aunque la mesa estaba abarrotada de trozos de pergaminos llenos de cuentas y símbolos, y Harry tenía la cabeza tan neblinosa como si se le hubiera metido dentro todo el humo procedente de la chimenea de la profesora Trelawney.

—No tengo ni idea de qué significa todo esto —declaró, observando una larga lista de cálculos.

—¿Sabes qué? —dijo Ron, que tenía el pelo de punta a causa de todas las veces que se había pasado los dedos por él llevado por la desesperación—. Creo que tendríamos que usar el método alternativo de Adivinación.

—¿El qué? ¿Inventaros la predicciones? —dijo Fred.

—Podría funcionar —contestó George, tras pensarlo un poco—. Y si hay varias desgracias, mejor que mejor.

Por supuesto ese método no era del agrado de todos, así que esas personas se dedicaron a mirar a los chicos en clara actitud desaprobatoria.

—¿Qué quieres decir? ¿Que nos lo inventemos?

—Claro —contestó Ron, que barrió de la mesa el batiburrillo de cuentas y apuntes, mojó la pluma en tinta y comenzó a escribir—. El próximo lunes —dijo, mientras escribía— es probable que me acatarre debido a la negativa influencia de la conjunción de Marte y Júpiter. —Levantó la vista hacia Harry—. Ya la conoces: pon unas cuantas desgracias y le gustará.

—Bueno, eso es imposible de negar —admitió McGonagall con una mueca.

—Bien —asintió Harry, estrujando su primer borrador del trabajo y tirándolo al fuego por encima de las cabezas de un grupo de charlatanes alumnos de primero

—¿Has pensado en ser cazador? Tengo la impresión de que se te daría bien —dijo Cedric.

—Pues la verdad es que no. Me gusta demasiado el puesto de buscador, como para pensar en cambiarme de posición.

—. Vale. El lunes tendré riesgo de... resultar quemado.

—La verdad es que sí —dijo Ron con una risita—, porque el próximo lunes volveremos a ver los escregutos.

—Mira, la primera predicción se podría acabar cumpliendo —dijo James.

—Pues yo espero que no se cumpla —murmuró Lily.

Bien, el martes yo...

—Puedes perder tu más preciada posesión —propuso Harry, echando un vistazo a Disipar las nieblas del futuro en busca de ideas.

—Muy bien. Será a causa de... eh... Mercurio. ¿Qué te parece si a ti alguien que pensabas que era amigo tuyo te apuñala por la espalda?

—Sí, eso me gusta —dijo Harry, tomando nota—. Y ocurrirá porque... Venus estará en la duodécima casa celeste.

—Y el miércoles creo que me irá muy mal en una pelea.

—¡Eh, me lo has quitado! Bueno, no pasa nada: puedo perder una apuesta.

—Sí, puedes apostar a que yo gano la pelea.

Todos, incluidas esas personas que antes habían mirado al dúo con desaprobación, se estaban riendo de las predicciones.

Continuaron inventando predicciones (que iban aumentando en gravedad)

—Quiero saber como son —se quejó Sirius—. Tú no lo sabes, ¿verdad? —preguntó a Alan.

Alan negó con la cabeza, con una sonrisa divertida.

durante otra hora, mientras se iba vaciando la sala común conforme la gente se iba a dormir. Crookshanks se les acercó, saltó con agilidad a una silla vacía y miró a Harry acusadoramente, de forma muy semejante a como lo habría hecho Hermione de haber sabido que no estaban haciendo el trabajo de un modo honrado.

—Que listo es mi gato —dijo Hermione con una sonrisa de orgullo.

—Parece que Hermione es demasiada influencia para el gato —susurró Ron a Harry.

Harry contempló la sala, intentando pensar en una desgracia que aún no hubiera puesto, y vio a Fred y George sentados uno al lado del otro contra el muro de enfrente, las cabezas casi juntas y las plumas en la mano, escudriñando un pedazo de pergamino.

Eso hizo que sus hermanos los mirasen con el ceño fruncido.

—A nosotros no nos miréis —se apresuró a decir George—. Ni siquiera sabemos porque nos comportamos así.

No era normal ver a Fred y George apartados en un rincón y trabajando en silencio. Les gustaba estar en todos los fregados y ser siempre el centro de atención. Había algo misterioso en la manera en que trabajaban sobre el trozo de pergamino, y Harry se acordó de cómo se habían puesto a escribir los dos juntos cuando habían vuelto a La Madriguera.

Entonces había pensado que debía de tratarse de otro cupón de pedido para los «Sortilegios Weasley», pero esta vez no le daba la misma impresión:

—No creo que sea eso —dijo Bill—. En casa tiene sentido que actúen así si es por algún tema relacionado con Sortilegios Weasley, para que mamá no los pille. Pero aquí no tendría sentido que actuasen a escondidas, sobre todo teniendo en cuenta de que no hay nadie que los delate.

en ese caso, seguramente habrían dejado a Lee Jordan participar en la broma. Se preguntó si no estaría más bien relacionado con el Torneo de los tres magos.

—Creo que de ser así, igualmente habríamos dejado que Lee participase —dijo Fred, pensativamente.

Miró a George y se dio cuenta de que ambos pensaban lo mismo: ¿Qué estaba ocurriendo?

Mientras Harry los observaba, George le dirigió a Fred un gesto negativo de la cabeza, tachó algo con la pluma y, en una voz muy baja que sin embargo llegó al otro lado de la sala casi vacía, le dijo:

—No... así da la impresión de que lo estamos acusando. Tenemos que tener cuidado...

Charlie silbó.

—¡Vaya! Eso parece un asunto bastante chungo.

—Fred, George, ¿en qué lío os habéis metido? —les preguntó Arthur.

—No lo sabemos, papá —respondieron ambos.

En ese momento George levantó la vista y se dio cuenta de que Harry los observaba. Harry sonrió y se apresuró a volver a sus predicciones. No quería que George pensara que los espiaba. Poco después, los gemelos enrollaron el pergamino, les dieron las buenas noches y se fueron a dormir.

—Evidentemente parece que sí sospechan que los estabas espiando —señaló Ginny.

Hacía unos diez minutos que Fred y George se habían marchado cuando se abrió el hueco del retrato y Hermione entró en la sala común

—¿Vuelves ahora? —preguntó Molly con el ceño fruncido—. No me sorprendería nada que el toque que queda ya hubiese pasado.

con un manojo de pergaminos en una mano y en la otra una caja cuyo contenido hacía ruido conforme ella andaba.

Algunos miraron con curiosidad a Hermione, como si la chica les fuese a decir lo que había en esa caja. Hermione rodó los ojos.

—No sé lo que hay en esas cajas. Esto sucede en el futuro, ¿recordáis?

Crookshanks arqueó la espalda, ronroneando.

—¡Hola! —saludó—, ¡acabo de terminar!

—¡Yo también! —contestó Ron con una sonrisa de triunfo, soltando la pluma.

Hermione se sentó, dejó en una butaca vacía las cosas que llevaba, y cogió las predicciones de Ron.

—No vas a tener un mes muy bueno, ¿verdad?

—Que vamos a hacerle.

—comentó con sorna, mientras Crookshanks se hacia un ovillo en su regazo.

—Bueno, al menos no me coge de sorpresa —repuso Ron bostezando.

—Me temo que te vas a ahogar dos veces —dijo Hermione.

—Bueno, puede ahogarse y que alguien lo salve a tiempo —apuntó Will.

—¿Sí? —Ron echó un vistazo a sus predicciones—. Tendré que cambiar una de ellas por ser pisoteado por un hipogrifo desbocado.

Varios se echaron a reír.

—¿No te parece que es demasiado evidente que te lo has inventado? —preguntó Hermione.

—¿Cómo puedes creer eso, Hermione? Evidentemente todo lo que hay puesto ahí son predicciones cien por cien auténticas. Incluso esa de ser pisoteado por un hipogrifo desbocado que se acaba de sacar de la manga —dijo Regulus.

—¡Cómo te atreves! —exclamó Ron, ofendiéndose de broma—. ¡Hemos trabajado como elfos domésticos!

Hermione arrugó el entrecejo.

—No es más que una forma de hablar —se apresuró a decir Ron.

Harry dejó también la pluma. Acababa de predecir su propia muerte por decapitación.

La sala volvió a reír.

—Bueno, al menos hay un lado positivo de todo esto —dijo James.

—¿Cuál? —preguntó Lily—. Porqué, aparte de hacerme reír, no se lo veo.

—Justamente es eso, Lily. Seguramente Trelawney se va a divertir con esas predicciones tan absurdas, que a lo mejor les perdona el evidente castigo que les tendría que poner —explicó James.

—¿Qué hay en la caja? —inquirió, señalando hacia ella.

—Eso queremos saber —dijo Tonks.

—Es curioso que lo preguntes —dijo Hermione,

—De curioso nada. Si me llevas una caja que hace ruidos metálicos, voy a querer saber lo que son —replicó Harry.

dirigiéndole a Ron una mirada desagradable. Levantó la tapa y les mostró el contenido.

Dentro había unas cincuenta insignias de diferentes colores, pero todas con las mismas letras: «P.E.D.D.O.»

—¿Peddo? ¿Cómo que peddo?

—Técnicamente es P.E.D.D.O? —señaló Sally.

—¿«Peddo»? —leyó Harry, cogiendo una insignia y mirándola—. ¿Qué es esto?

—No es «peddo» —repuso Hermione algo molesta —. Es pe, e, de, de, o: «Plataforma Élfica de Defensa de los Derechos Obreros.»

—¿El qué?

—¿Cómo?

—Ni siquiera sabía que eso existía.

—No había oído hablar de eso en mi vida —se extrañó Ron.

—Por supuesto que no —replicó Hermione con énfasis —. Acabo de fundarla.

—¿Acabas de fundar una organización por la cara? —preguntó Eli con asombro.

—¿De verdad? —dijo Ron, sorprendido—. ¿Con cuántos miembros cuenta?

—Bueno, si vosotros os afiliáis, con tres —respondió Hermione.

Harry y Ron se miraron. Algo les decía que no podían rechazar la invitación.

—¿Y crees que queremos ir por ahí con unas insignias en las que pone «peddo»? —dijo Ron.

—Las risas van a estar aseguradas. Y no precisamente del lado que me gustaría escuchar —dijo Harry.

—Pe, e, de, de, o —lo corrigió Hermione, enfadada—. Iba a poner «Detengamos el Vergonzante Abuso de Nuestras Compañeras las Criaturas Mágicas y Exijamos el Cambio de su Situación Legal», pero no cabía.

—Si hubieses puesto ese nombre, las siglas hubiesen sido: "D.V.A.N.C.C.M.E.C.S.L" —dijo Emily.

—Eso casi parece el nombre de una droga muy chunga —murmuró Will.

Así que ése es el encabezamiento de nuestro manifiesto. —Blandió ante ellos el manojo de pergaminos—. He estado documentándome en la biblioteca. La esclavitud de los elfos se remonta a varios siglos atrás. No comprendo cómo nadie ha hecho nada hasta ahora...

—Porqué no hace falta, Granger —respondió Daphne—. Cómo ya he dicho cientos de veces antes, el caso de Malfoy es especial. La gran mayoría de familias no maltratan a los elfos domésticos a su cargo. Además de que sería absurdo, ya que sería herir a la persona que esta haciendo las tareas de la casa.

—Hermione, métetelo en la cabeza —la interrumpió Ron—: a... ellos... les... gusta. ¡A ellos les gusta la esclavitud!

—Nuestro objetivo a corto plazo —siguió Hermione, hablando aún más alto que Ron y actuando como si no hubiera oído una palabra— es lograr para los elfos domésticos un salario digno y unas condiciones laborales justas. Los objetivos a largo plazo incluyen el cambio de la legislación sobre el uso de la varita mágica y conseguir que haya un representante elfo en el Departamento de Regulación y Control de las Criaturas Mágicas.

—Con los dos primeros puntos y con el último estoy de acuerdo —dijo Remus—. Pero no con el tercero. Al fin y al cabo, los elfos domésticos no necesitan varita precisamente. Además de que eso causaría una gran incomodidad entre los magos y los elfos domésticos.

—¿Y cómo lograremos todo eso? —preguntó Harry.

—Con mucha paciencia —respondió Jake.

—Comenzaremos buscando afiliados

—Aparte de eso.

—explicó Hermione muy contenta—. Pienso que puede estar bien pedir como cuota de afiliación dos sickles, que darán derecho a una insignia, y podemos destinar los beneficios a elaborar panfletos para nuestra campaña. Tú serás el tesorero, Ron: tengo arriba una hucha de lata para ti. Y tú, Harry, serás el secretario, así que quizá quieras escribir ahora algo de lo que estoy diciendo, como testimonio de nuestra primera sesión.

—¿Sabes qué, Granger? Apúntame, quiero formar parte de tu grupo —dijo Daphne, ganándose miradas de asombro de todos—. ¿Qué? Los puntos de su organización, o al menos casi todos, no me parecen malos. Además, y sin parecer demasiado arrogante, le vendría bien recibir el apoyo de una familia como la Greengrass.

—Vaya, gracias por eso, Greengrass —dijo Hermione un poco aturdida.

Hubo una pausa en la que Hermione les sonrió satisfecha, y Harry permaneció callado, dividido entre la exasperación que le provocaba Hermione y la diversión que le causaba la cara de Ron, el cual parecía hallarse en un estado de aturdimiento.

Harry sonrió, imaginándose esas expresiones perfectamente.

El silencio fue roto por un leve golpeteo en la ventana.

Harry miró hacia allí e, iluminada por la luz de la luna, vio una lechuza blanca posada en el alféizar.

—¡Hedwig! —exclamó Harry, feliz de la reaparición de su lechuza.

—¡Hedwig! —gritó, y se levantó de un salto para ir al otro lado de la sala común a abrir la ventana.

Hedwig entró, cruzó la sala volando y se posó en la mesa, sobre las predicciones de Harry.

—Espero que se pueda entregar aún con huellas de lechuza por encima —dijo Harry.

—Siempre puedes reescribirla si hiciese falta —le consoló Ron—. Todavía tenemos tiempo de eso.

—¡Ya era hora! —exclamó Harry, yendo aprisa tras ella.

—¡Trae la contestación! —dijo Ron nervioso, señalando el mugriento trozo de pergamino que Hedwig llevaba atado a la pata.

—No, si te parece Sirius no le va a responder a Harry —bufó Hermione.

Harry se dio prisa en desatarlo y se sentó para leerlo. Una vez desprendida de su carga, Hedwig aleteó hasta posarse en una de sus rodillas, ululando suavemente.

—¿Qué dice? —preguntó Hermione con impaciencia.

La carta era muy corta, y parecía escrita con mucha premura. Harry la leyó en voz alta:

Harry:

Salgo ahora mismo hacia el norte.

—¡¿Qué?! —exclamaron varios.

—¿Cómo que vuelves? ¡Eso es demasiado peligroso! —exclamaron otros.

Esta noticia de que tu cicatriz te ha dolido se suma a una serie de extraños rumores que me han llegado hasta aquí.

¿Acaso son los rumores que escuché? ¿O serán otros? pensó Sirius.

Si vuelve a dolerte, ve directamente a Dumbledore. Me han dicho que ha sacado a Ojoloco de su retiro, lo que significa que al menos él está al tanto de los indicios, aunque sea el único. Estaremos pronto en contacto. Un fuerte abrazo a Ron y Hermione. Abre los ojos, Harry.

Sirius

Harry miró a Ron y Hermione, que le devolvieron la mirada.

—¿Que viene hacia el norte? —susurró Hermione—. ¿Regresa?

—Eso parece —dijo Sally, algo preocupada por Sirius.

—¿Que Dumbledore está al tanto de los indicios? —dijo Ron, perplejo—. ¿Qué pasa, Harry?

Harry acababa de pegarse con el puño en la frente, ahuyentando a Hedwig.

—¡No tendría que haberle contado nada! —exclamó con furia.

—Claro que tenías que contármelo —replicó Sirius.

—¿De qué hablas? —le preguntó Ron, sorprendido.

—¡Ha pensado que tenía que venir! —repuso Harry, dando un puñetazo en la mesa que hizo que Hedwig fuera a posarse en el respaldo de la silla de Ron, ululando indignada—. ¡Regresa porque cree que estoy en peligro!

—Te equivocas. Si regreso es porque eres mi ahijado —dijo Sirius.

—Es lo mismo.

—No, no lo es.

¡Y a mí no me pasa nada! No tengo nada para ti —le dijo en tono de regañina a Hedwig, que abría y cerraba el pico esperando una recompensa—. Si quieres comer tendrás que ir a la lechucería.

Ginny golpeó a Harry en la cabeza. Al segundo siguiente, Hermione, Emily y, sorprendentemente, Astoria también le dieron un golpe.

—¡Au! ¿Y eso por qué? —se quejó Harry.

—Por hablarle así a la pobre Hedwig —respondió Ginny con fiereza—. Ella solamente estaba haciendo su trabajo.

Harry suspiró, sabiendo que la pelirroja tenía razón y su enfado con Hedwig estaba injustificado.

Hedwig lo miró con aire ofendido y volvió a salir por la ventana abierta, pegándole en la cabeza con el ala al pasar.

—Harry... —comenzó a decir Hermione, en un tono de voz tranquilizador.

—Me voy a la cama —atajó Harry —. Hasta mañana.

En el dormitorio, Harry se puso el pijama y se metió en su cama de dosel, pero no tenía sueño.

Si Sirius volvía y lo atrapaban, sería culpa suya, de Harry. ¿Por qué demonios no se había callado? Un ratito de dolor y enseguida a contarlo... Si hubiera tenido la sensatez de guardárselo...

—Lo que si hubiese sido una insensatez es haberse guardado eso —dijo Sirius.

—Harry, lo que tienes ahí, esa cicatriz, no es algo normal —dijo Dumbledore—. Fue hecha a partir de magia oscura, así que no sabemos que tipo de reacciones puede causar de aquí al futuro. Preferiría que cuando te doliese la cicatriz, aunque sea un dolor insignificante, fueses a reportarmelo, sea la hora que sea.

Oyó a Ron entrar en el dormitorio poco después, pero no le dijo nada. Permaneció mucho tiempo contemplando el os curo dosel de la cama. El dormitorio estaba sumido en completo silencio, y, si se hubiera hallado menos agobiado por las preocupaciones, Harry se habría dado cuenta de que la ausencia de los habituales ronquidos de Neville indicaba que alguien más tampoco lograba conciliar el sueño.

—Fin del capítulo —anunció Alastor.


*: Por si acaso lo habéis olvidado, en esta historia Neville y Luna serán pareja, ya que en los libros no dice nada de que Neville se casó con Hannah Abbott ni que Luna se casó con Rolf Scamander, pues me aprovechó de eso. Y por si acaso, los Frank y Alice que aparecen mencionados aquí son los hijos de Neville y Luna, no los padres de Neville. Lo digo para que no haya confusión como en ese capítulo que subí, relacionado con el futuro dónde salían el hijo de Will y Daphne (Sirius) y Alice, y que, al parecer, muchos creían que eran los Sirius y Alice creados por Rowling. (A pesar de que en el inicio se menciona que es el año 2024).


Hola gente.

Capítulo décimo sexto subido. Este capítulo he tardado un poco más en subirlo por dos motivos. Primero porque, ya de por si, este capítulo es largo. Segundo, la parte de las maldiciones imperdonables me ha costado un poco desarrollarla y, siendo sinceros, no estoy seguro de como ha quedado al final.

Tres cosas y ya me voy (y en este capítulo no creo que haya ninguna pregunta, la verdad):

-Primero: Es muy probable que el siguiente capítulo sea de no lectura. Todo depende de como largo me salga la primera parte.

-Segundo: No sé si recordaréis que hace algo de tiempo subía un fic llamado Cosas de Hogwarts. Pues bien, es muy posible que intente retomarlo de aquí a un tiempo, ya que tengo un par de ideas que podrían funcionar.

-Tercero: También estoy planteando un fic de tres capítulos a lo sumo, llamado Petunia, la bruja. Dónde se podría ver una pequeña historia de como hubiese sido si Petunia Evans también fuese una bruja como su hermana Lily. Por ahora no tengo ningún capítulo escrito, pero la idea esta ahí.

En fin, espero que os haya gustado.

Se despide,

Grytherin18-Friki