Disclaimer: Los personajes de Avengers no me pertenecen.

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Todo lo que importa

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—¡Estamos a dos minutos del punto de lanzamiento, Rogers!

Tras un breve momento de sobresalto por haber sido sacado de sus pensamientos, Steve suspiró, asegurándose de que las correas de su paracaídas estuvieran bien sujetas, y levantó el pulgar para Tony Stark, indicándole que estaba listo. El joven ingeniero entonces dejó los controles de la aeronave un momento para levantarse y confirmar por sí mismo que todo estuviera bien con las armas y el paracaídas, golpeando el casco de Steve y hablando a través del intercomunicador tras confirmarlo.

—¡Recuerda que lo que estás a punto de hacer es increíblemente ilegal! —gritó para hacerse escuchar por sobre el ruido de los motores. El soldado tardó unos segundo en entenderle, y sonrió al hacerlo.

—¡¿Intentas tranquilizarme?!

—¡No te preocupes, cap! ¡El presidente me debe varios favores! —Tony rió —¡Serás un héroe otra vez para el final del día!

—¡No me preocupa! —exclamó Steve, observando las nubes negras surcando el cielo oscuro a través de la compuerta abierta de par en par, listo para saltar al vacío.

Después hubo un largo momento de silencio entre ambos, solo interrumpidos por el estridente estruendo de la aeronave. Tony Stark lo miraba fijo, con diversión, sorpresa y algo de admiración, o al menos eso sintió Steve cuando lo oyó preguntar por enésima vez:

—¡¿Estás seguro?! —exclamó, contemplando a Steve con una seriedad que éste nunca había visto en su mirada. Y aunque el soldado no podía evitar el temblor en su voz, no dudó en responder:

—¡Bucky hubiera hecho lo mismo por mí! —aseguró, poniéndose las gafas electrónicas de su traje antes de acomodarse el chaleco y asegurar sus armas otra vez —¡Te veré en el campamento en Bagram!

—¡Solo si sobrevives! —dijo Stark, y Steve le sonrió una última vez antes de llevarse una mano junto a la sien y, sin pensarlo, saltar al vacío a través de los gruesos y oscuros nubarrones.

El helado aire nocturno del desierto de Bagdad golpeó su cuerpo como una intensa e incontrolable ráfaga, empujándolo hacia arriba durante una milésima de segundo antes de permitirle ir en caída libre. A pesar del vértigo de la caída, Steve se mantuvo tranquilo y atento a las gráficas de la pantalla interior de su casco mientras seguía descendiendo con rapidez aterradora, acariciando la cuerda del paracaídas al mismo tiempo que se concentraba en el indicador de altura de sus gafas.

—¡Ahora! —gruñó para sí mismo al llegar a la altura ideal, y entonces tiró de la cuerda con fuerza, pero nada pasó —¡No, no, no, no, no! —gritó, presa del pánico cuando el indicador de altura se puso en rojo y las alarmas del casco estallaron. Steve contuvo la respiración un momento y estuvo a punto de empezar a rezar cuando el paracaídas se abrió, dándole un brusco jalón hacia arriba que lo dejó sin aire, pero a salvo de morir estrellado contra el suelo.

Gritando de felicidad, el soldado se aferró a las correas y solo entonces se preocupó por el aterrizaje, pero desde su posición solo podía ver todo negro, a pesar de que los sensores le indicaban que estaba a pocos metros del suelo. Era como ser tragado por una inmensa oscuridad, aterrador y paralizante, pero el joven Rogers no se dejó intimidar. Ya había hecho muchos aterrizajes encubierto en terreno enemigo, y aunque era la primera vez que estaba completamente sin apoyo no se permitió sentir pánico. No cuando la vida de Bucky podría estar en peligro.

No te hagas muchas ilusiones, le había dicho Tony a su burda manera durante el viaje, pero Steve no podía evitarlo. Sabía que Bucky estaba con vida, lo sentía, y nadie podía convencerlo de lo contrario. Aunque solo habían pasado veinticuatro horas desde que Stark le dio la noticia, su determinación solo crecía segundo a segundo.

Bucky Barnes estaba vivo, debía estarlo, porque si existía la más mínima posibilidad, entonces no podía haber duda. Su amigo nunca se rendiría sin pelear. Steve se concentró en esos pensamientos hasta que, abruptamente, sintió sus pies golpear el duro suelo de roca. El joven Rogers sintió el golpe en la rodilla al rodar por el suelo, pero se levantó de inmediato, quitándose el casco y usando los visores nocturnos para deshacerse del paracaídas, sacar su rifle, el escudo de Tony y leer sus coordenadas, preparándose para tomar curso, usando la brújula digital de los visores.

Cap, Cap, ¿me copias?

—Fuerte y claro, Tony —declaró en un jadeo, moviendo la pierna antes de seguir avanzando para estirarla en cuanto sintió el doloroso quejido de su rodilla bajo el peso de su equipo militar. Del otro lado del comunicador, Tony suspiró con alivio.

Qué bueno que sigues vivo o Pepper me hubiera asesinado... ¿Qué tal el aterrizaje?

—Un poco accidentado —Steve dobló y estiró la rodilla varias veces más, ahogando los quejidos de molestia para que Tony no lo escuchara jadear —Nada de qué preocuparse.

Bien. Ahora escucha atentamente —dijo Stark, ignorando su dolor —Debes avanzar tres kilómetros hacia el noroeste. Te estoy enviando el mapa. Ve despacio y con cuidado. Según el sondeo no hay minas en el camino, pero puede haber soldados haciendo guardia en las montañas.

—De acuerdo. Noroeste. Lo tengo —Steve se llevó una mano a la oreja, tocando el comunicador y alzando la mirada al cielo negro por reflejo —¿Sigues ahí arriba?

No iré a ningún lado, primor —respondió el millonario Stark, y Steve se permitió sonreír con alivio por un momento. De alguna forma, era tranquilizador saber que en realidad no estaba solo en aquel lugar.

—Solo procura seguir volando bajo el radar, Tony. Tengo que irme para que no puedan rastrear este canal, pero te avisaré cuando estemos listos para que nos recojas. Hasta entonces no te metas en ningún problema. Cambio y fuera.

No prometo nada, Cap. ¡Cambio y fuera!

Steve rió de lado y apagó el comunicador, concentrándose una vez más en las indicaciones de la diminuta pantalla de su visor; después avanzó por un terreno pedregoso hasta llegar a una planicie rocosa a varios kilómetros del punto de aterrizaje. Con cada paso dado la adrenalina de su sistema se disparaba más y más, y el dolor en su pierna disminuía proporcionalmente hasta desaparecer por completo, pues Steve tenía cosas más imortante en las que concentrarse ahora; como encontrar el camino en medio de tan aterradora y negra espesura.

La noche seguía extendiéndose frente a sus ojos como una masa de insondable oscuridad, sin que Steve pudiera ver nada más que alguna ocasional estrella mientras los nubarrones negros seguían su camino hacia el oeste. No había señales de nada más; ni luces ni sonidos más allá de sus pasos y su respiración. No había una luna que lo guiara, y las estrellas parecían estar escondidas tras los nubarrones negros. Todo era tan oscuro y desolado que parecía augurar algo malo, pero Steve decidió ignorar esa sensación y siguió avanzando hasta que la planicie comenzó a elevarse, y entonces al fin pudo ver el ligero fulgor de una luz lejana elevándose a la distancia, por lo que, sin perder el ritmo de su carrera, empezó a escalar para que sus músculos no se agarrotaran por el frío, y al llegar a la cima, quitándose las gafas de visión nocturna, notó que la luz comenzaba a hacerse más evidente sobre el manto negro de la noche. Y allí, tras esa colina, había un campamento enclavado a otro lado de la meseta, rodeado de rocas, muros de concreto, guardias y alambradas de púas; era obvio que debía ser un campo de prisioneros talibán.

El lugar era como una pesadilla, austero y derruido, parecía presagiar la muerte en cada rincón. Enormes luces de emergencia pendían en las esquina, creando una luz tan intensa a los ojos como la del día, y eso hizo que la visión de Steve fuera mejor, pero a pesar de eso no dejaba de lucir como un pequeño y lúgubre oasis de luz en mitad del aterrador desierto; y eso confirmó sus dudas: ese tenía ser el campamento de prisioneros del que Tony le había hablado. Steve entonces contuvo la respiración un momento al hallar su objetivo, contemplándolo fijamente mientras otra vez se llevaba la mano a la oreja, encendiendo su comunicador con urgencia.

—¡Tony, Tony, lo encontré! —dijo de inmediato, girando sus visores hacia el campamento mientras oía la estática que le indicaba que estaban oyéndolo del otro lado —¿Puedes verlo?

Claro como el agua, Rogers —Tony hizo una pausa, de seguro para usar una de esas tantas cosas tecnológicas que Steve no entendía, hablando con voz seria después —Dame un segundo, y presta mucha atención —Steve se agachó, usando los binoculares de visión térmica ahora para vigilar el movimiento del campamento talibán, atento a las palabras de Tony —Tienes al menos dos salidas viables. Hay tres soldados en la entrada. Solo dos en la segunda puerta...

—Parece que hay al menos cuatro hoyos custodiados —interrumpió el joven Rogers, frunciendo el ceño mientras enfocaba la vista en ese lugar, sabiendo que Tony podía verlas también a través de la cámara instalada en sus lentes de alta tecnología —Esas deben ser las celdas. Bucky puede estar en cualquiera de ellas, igual que otros sobrevivientes.

—...uno más custodiando el pozo de agua y al menos cuatro...

—Voy a entrar —ignorando a Tony, Steve se puso de pie y preparó su rifle de asalto y sus armas, acomodándose el escudo de Stark a su espalda.

¡¿Qué?! ¡Rogers, ni siquiera lo pienses! ¡Debes esperar a que llegue la ayuda! —reclamó el millonario, pero Steve no lo escuchó.

—No tengo tiempo que perder. Amanecerá pronto —anunció el soldado —Te habló si tengo problemas. Cambio y fuera —dijo y cortó la comunicación una vez más en medio de los gritos de Tony.

Ahora no era tiempo de pensar en estrategias, sino de actuar, se dijo, y entonces, sigiloso, Steve se deslizó entre las rocas, todavía amparado bajo el manto de la densa y helada noche, y usó las mismas para cubrirse las espaldas y avanzar hacia la entrada más cercana. Tres guardias armados fumaban y hablaban bajo la luz amarillenta de una vieja lámpara en una de las entradas. El soldado americano escondió su cuerpo tras una pila de cantos rodados y contuvo la respiración, poniendo el silenciador de su rifle antes de tomar aire profundamente; y entonces disparó. Uno, dos, tres, cuatro disparos, y los guardias cayeron. Steve se alejó unos pasos y esperó hasta estar seguro de que los hombres estaban muertos, solo entonces tomó impulso y corrió hacia la pared, trepándola igual a como Natasha le había enseñado a trepar los muros de la escuela para seguirla en alguna de sus múltiples escapadas.

Con cuidado cayó del otro lado, moviéndose cuidadosamente hasta el soldado que custodiaba el pozo, y, tomándolo por sorpresa, puso sus brazos alrededor de su cuello e hizo presión hasta que el hombre dejó de luchar, dejándolo en la misma posición, como si solo estuviera dormido. Acto seguido, escondido detrás del pozo, observó a los guardias de los hoyos, que seguían completamente ajenos a su presencia. Al menos dos de ellos estaban dormidos, y los otros dos estaban hablando y fumando del otro lado, dejando una de las celdas sin vigilancia.

Steve se tomó un momento para improvisar un plan, y sin pensarlo demasiado corrió con pies ligeros, cubriéndose tras lo que quedaba de una pared de barro; desde allí, por una rendija que dejaba pasar la luz de una vieja lámpara, pudo distinguir una bota y una pernera camuflada, además del inconfundible hedor de un desafortunado prisionero.

—¡Psst! ¡Soldado! —susurró, y como no hubo respuesta repitió su acción hasta que dentro de la cueva hubo una pequeña conmoción, como una discusión entre cuatro o cinco personas, pero alguien rápidamente mandó a todos a callar.

Steve se sobresaltó cuando un rostro de facciones curtidas y una larga y sucia barba se apareció por la rendija, mirándolo con ojos desconfiados.

—¿Quién eres? —preguntó el hombre con voz rasposa. Steve de inmediato reconoció ese característico acento de Texas.

—Soy el capitán Steve Grant Rogers, del Cuerpo de Marines de los Estados Unidos —declaró, y dentro de la celda hubo otra conmoción, mucho más agitada que la primera vez.

—¡Van a rescatarnos!

—¡Vinieron por nosotros! —Exclamaron varios soldados con alegría, pero Steve de inmediato los calló.

—¡Shhh! Necesito que guarden silencio —susurró, recargando su rifle contra su hombro para poder acercarse más al hoyo —¿Cuántos hombres tienen ahí adentro?

—Somos 4 —respondió un soldado diferente —La mayoría del escuadrón 309 de infantería, señor —le dijo, y Steve tragó grueso. Ese no era el escuadrón de Bucky. Aún así, no dejó que eso lo desanimara. Solo respiro hondo, porque de todas formas necesitaba preguntar:

—Soldado... ¿el sargento Barnes se encuentra entre ustedes? James Buchanan Barnes, de Brooklyn.

Del otro lado hubo un breve silencio.

—Lo siento... —comenzó a decir el hombre de Texas, pero entonces una voz más joven habló:

—Ellos también trajeron al sargento Barnes aquí, señor —informó débilmente —Nos trajeron juntos. Yo lo vi. Estaba en su mismo escuadrón cuando nos atacaron.

—¿Sigue con vida? —el corazón de Steve se detuvo tras preguntar aquello. Iba a liberar a esos soldados, pero aún así necesitaba saber. Necesitaba oír que su mejor amigo seguía con vida, aunque la respuesta no parecía ser buena.

—No-No lo sé, señor. Nos separaron al llegar aquí.

—De acuerdo —calmando su pulso acelerado, y con mucho cuidado de no hacer ruido, Steve sacó dos revólveres de su chaleco y con más cuidado aún los deslizó lentamente hacia la abertura del hoyo, luego dos cuchillos y una granada, dejándolos caer con extremo cuidado de no hacer ruido —Ahora necesitaré algo de apoyo. Voy a derribar a dos de los guardias, y necesito que salgan en cuanto escuchen los disparos. ¿Están todos en condiciones de pelear?

—Iríamos contra esos malditos aún agonizando —respondió el hombre de Texas. Steve asintió con orgullo.

—Bien... Las puertas tienen cadenas, solo disparen al candado y serán libres. Debo avisar a los demás —anunció, observando hacia el resto de los hoyos en la tierra.

—¿Los demás? ¿Cuántos más vienen? —preguntó un soldado, con la alegría bañando su voz cansada. Steve chasqueó la lengua y se pasó un dedo por la mejilla, buscando las palabras más adecuadas para hablar.

—Pues siendo cuatros celdas, y si hay cuatro soldados por celda, suponiendo que todos estén en condiciones, podríamos ser trece, incluyéndome.

—¿Qué? ¡¿Es una broma?! ¡¿No eres de la unidad de rescate?!

—Todos deberemos ser nuestra propia unidad de rescate —informó, manteniendo la vista fija en su siguiente objetivo —Enseguida regreso.

Los soldados protestaron, pero, arrastrándose sobre la tierra, Steve le disparó a los guardias que hablaban, matándolos sin casi hacer ruido. Repitió el proceso anterior en la siguiente celda, solo que esta vez pudo robar las llaves y abrir las cadenas, apresurándose a sacar a los soldados, que a pesar de la confusión rápidamente se dispusieron a ayudar.

Steve les dio las armas de los talibanes muertos a dos soldados, y de nuevo se encontró con que Bucky no estaba en la siguiente celda, pero otro joven le confirmó que estaba en el campamento, y sus esperanzas de encontrarlo con vida aumentaban conforme se acercaba al último hoyo.

Con gran destreza, Steve le disparó al último guardia, pero no antes de que éste pudiera accionar la alarma del campo, poniendo a todo el mundo alerta. El capitán entonces corrió a quitar las cadenas de la última celda, usando el escudo de Tony para protegerse de la lluvia de balas que había comenzado, sorprendiéndose al ver que realmente funcionaba. En ese instante, cuando finalmente pudo romper las cadenas de la celda, cuatro pares de ojos hundidos y redondos lo observaron, primero con miedo, luego con lágrimas de alivio que Steve ignoró mientras sentía las propias picándole en los ojos. Tampoco había rastro de Bucky en la última cueva. Él no estaba en el campamento.

—¿Quién eres tú? ¿Qué está pasando allí afuera? —preguntó un hombre asiático, de pómulos bien marcados y sucios, sacándolo de su profundo pozo de tristeza. Esos hombres tal vez no eran su amigo, pero eran personas que necesitaban ser salvadas, así que Steve se tragó su dolor y siguió con el plan.

—Soy el capitán Steve Grant Rogers —dijo, lanzándoles otra de sus armas y dos granadas —Vine a sacarlos de aquí, y antes de que lo pregunten, estoy solo, así que necesitaré su ayuda.

—Cuente con eso, señor —respondió el que parecía ser mayor, tomando el arma para preparar las balas sin hacer más preguntas. Usando su escudo para protegerse, Steve disparó a dos francotiradores que se preparaban para dispararles mientras dos soldados le cubrían la espalda en sus flancos, despejando el camino para que sus compañeros salieran lo más rápido posible del hoyo y se agruparan con los demás soldados en la salida más próxima.

Todo sucedió muy rápido. Los disparos, los gritos, las alarmas; trozos de roca volaban en todas direcciones, los sonidos de las balas les zumbaban en los oídos, y de pronto todo el campo se convirtió en una zona de guerra mientras los soldados con más fuerzas contraatacaban y hacían barricadas con lo que fuera para mantener al resto a salvo. Steve vació todos sus cargadores antes de inclinarse tras una pared y tocar su oreja para encender el intercomunicador y llamar a Tony para iniciar el escape. Usó su escudo para golpear a un talibán que estaba a punto de dispararle a un grupo escondido tras unos escombros y tras recuperar la pieza de metal los ayudó a unírseles al resto para preparar el rescate.

—¡Tenemos que irnos! —gritó para hacerse oír sobre los disparos, golpeando a dos hombres más con su resistente escudo y derribándolos en el acto —¡Necesito que cubran al resto para que escape! ¡La entrada sur está despejada! ¡Tenemos que irnos antes de que lleguen sus refuerzos! ¡Tony, Tony, estamos listos! —informó a su auricular, frenando un par de balas que iban en su dirección de nuevo con su escudo.

¡En camino! ¡Ya tengo tus coordenadas! confirmó Stark desde el aire.

—¡Andando! —ordenó Steve, sacando un arma de su cintura para cubrir la retaguardia. El resto de los soldados americanos abrió la puerta sur y comenzó a correr fuera, excepto el hombre de facciones asiáticas volvió a hablar, mirando a su alrededor con preocupación.

—¡No está Bucky! —dijo, mirando todos los rostros a su alrededor.

—¡Olvídalo, Morita! ¡Se lo llevaron hace dos días! —respondió otro, molesto —¡Él ya debe estar...!

—¡¿Dijiste Bucky?! —preguntó Steve, ansioso —¡¿Sargento James Barnes?! ¡¿Bucky Barnes, de Brooklyn?!

Morita asintió débilmente, inclinándose para protegerse de los disparos que otra vez fueron en su dirección.

—¡Él estaba en nuestra celda, pero intentó escapar hace dos días, y esos malditos lo atraparon! —exclamó, y para Steve fue como si el tiempo se hubiera detenido en ese instante.

Ignorando los disparos, se acercó a Morita y lo tomó por la raída camisa.

—¡¿A dónde se llevan a los prisioneros que intentan escapar?! —exigió saber. Una bala pasó rozando su casco, pero poco le importó.

—¡Tenemos que irnos! —gritó un hombre de color, pero Steve solo endureció sus facciones, apretando su agarre al cuello de Morita.

—¡Todavía no! ¡¿A dónde se llevan a los prisioneros que intentan escapar?!

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La alarma de su reloj marcaba las 2 a.m cuando el teléfono sonó, despertando a Natasha al segundo timbre.

—¿Diga? —murmuró, agotada. Apenas había dormido un par de horas en las últimas semanas, y su deplorable estado de ánimo no ayudaba en nada. Pero todo eso quedó atrás cuando la mujer le contestó del otro lado.

¿Natasha?

—¿Señora Barnes?

La madre de Bucky rompió en llanto de inmediato, y a Natasha se le estrujó el corazón en ese momento.

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Sin pedir demasiadas explicaciones, Coulson envió un avión al campamento que trasladó a los soldados rescatados al hospital más cercano, que estaba en Alemania. Todos los heridos y afectados arribaron a Berlín en la madrugada, siendo trasladados de inmediatos en camionetas de la embajada. Steve fue uno de los últimos en ser llevados, ya que no tenía heridas de gravedad; apenas llegó al hospital, un médico atendió sus heridas, le dio algunos medicamentos y el alta, ya que el joven Rogers se negó a permanecer en una cama, y no tenía nada más que algunos golpes no muy graves.

El general y su asistente no tardaron en comunicarse, pidiéndole que permaneciera en el hospital donde no podía alcanzarlo la prensa, y aunque poco le importaban las necesidades de la Armada en ese momento, Steve permaneció en la sala de espera, con su brazo en un cabestrillo y la mirada perdida, lejos de los flashes y los reporteros, solo esperando por horas y horas hasta que el sol comenzó a ponerse tras los muros del edificio. No sentía cansancio ni hambre, no quería ni podía irse.

La mayoría de los soldados que había rescatado también habían permanecido allí, en observación, y solo tres estaban en estado de gravedad. Steve quiso sentir empatía por ellos, pero no pudo. Desde el rescate se sentía extraño, como si todos sus sentidos estuvieran entumecidos. No quería hablar, ni levantarse de su asiento. Toda la valentía y el coraje que había demostrado al adentrarse en territorio enemigo solo con sus armas y un escudo se había desvanecido, y ahora estaba allí, sintiéndose como un cascarón vacío, ajeno a todo lo que lo rodeaba, hasta que alguien gritó su nombre.

—¡Steve!

El joven Rogers levantó la cabeza por primera vez en horas, y toda la confusión, el entumecimiento y el dolor quedaron atrás cuando Natasha corrió hacia él, abrazándolo con fuerza.

—¡Lo siento tanto, lo siento! —le dijo, llorando en su oído. Steve hundió el rostro en su rizada melena pelirroja, volviendo a sentir la misma calidez y seguridad que sentía junto a Natasha cuando ambos eran niños. Le devolvió el abrazo como pudo, y por varios minutos se negó a soltarla, como si presintiera que al hacerlo ella volvería a escaparse de su vida. Y tal vez así era.

La señora Barnes también estaba allí, esperando a que Natasha le hiciera espacio para abrazarlo también. Y cuando su mejor amiga finalmente se separó, Steve sintió la misma gratitud y calidez en los brazos de la madre de Bucky, como si estuviera abrazando a su propia madre.

—Me has devuelto la vida —le dijo la mujer, tomando su rostro pálido y ojeroso entre sus manos con inmensa gratitud antes de besarle las mejillas y abrazarlo una vez más.

Y mientras Natasha volvía a abrazarlo las puertas junto a las que había estado esperando todo el día al fin se abrieron, y un médico vestido de azul salió, dirigiéndose hacia ellos.

—¿Familiares de James Barnes? —preguntó, y Natasha se separó tan rápido que fue doloroso. La señora Barnes entonces dio un paso hacia el médico, preguntando por su hijo —La operación fue un éxito —respondió el hombre, con un inglés de marcado acento alemán —Aunque sigue algo débil debido a una fuerte deshidratación, se repondrá. Ya pueden pasar a verlo. Por aquí, por favor —indicó, haciéndose a un lado para darles paso.

—Natasha, ¿vienes? —preguntó la señora Barnes antes de avanzar. Natasha se secó las lágrimas y asintió. Steve comenzó a caminar tras ambas, pero se detuvo antes de atravesar el umbral, quedándose del otro lado mientras las puertas volvían a cerrarse frente a él.

Sus pies no respondían. Su mente quería una cosa, pero sus miembros no obedecían. Así que solo pudo quedarse en mitad de la sala, parado e inmóvil, hasta que tuvo la entereza suficiente para volver a sentarse. Por alguna razón, sintió que su presencia estaría de más en ese reencuentro, y eso fue todavía más confuso.

—Pero miren nada más al héroe de América —después de varios minutos, o tal vez una hora, alguien se acercó a él y dejó caer una mano pesada sobre su espalda. Steve sonrió sin ganas al reconocer la voz que había hablado, dejando caer sus hombros como si estuviera cargando el peso del mundo en ellos. Tony tomó el lugar a su lado, suspirando con cansancio y abriendo una soda de dieta con un molesto estruendo.

—¿Qué haces aquí? —preguntó el soldado con curiosidad.

—No me perdería los laureles por nada del mundo —Tony Stark sonrió. Lucía cansado, como todos en esa sala, pero mucho más relajado que el resto —Ya quita esa cara, Rogers. ¿Cómo está el grandote?

—La operación fue un éxito —Steve suspiró, recargando la cabeza contra la pared —Me llevé un buen susto. Estaba delirando por la fiebre y la deshidratación cuando lo encontré. Si hubiera llegado un par de horas más tarde...

—Hey, no pienses en eso. Barnes ya está fuera de peligro, ¿o no?

Steve asintió.

—Por cierto, lamento haberte metido en este problema. Bueno, habernos.

—Nah. Hablé con el presidente. Cobré mi favor y adivina qué. ¡Otra vez eres un héroe nacional! Bueno, en realidad el cuerpo se Marines se quedará con todo el crédito. Deberás mentir y decir que fueron ellos los de la idea

—Lo sé. Coulson habló conmigo. Me sorprendió que no pareciera enojado, así que me lo esperaba. Pero eso no importa. Pensé que me darían de baja por esto. Aunque estaba dispuesto a tolerarlo. Es bueno que no sea así —suspiró Steve. Tony dejó de beber de su soda y lo miró.

—Oye, ¿estás bien? —preguntó. Steve enfrentó su mirada, listo para mentir, pero no lo hizo.

—No lo sé.

—¿No lo sabes?

—Es que... —Steve chasqueó la lengua, avergonzado —Por días, solo podía pensar en lo mucho que quería que lo de la muerte de Bucky fuera mentira, y lo es, pero ahora que lo sé... No me malentiendas, él es como mi hermano, y estoy muy feliz por haberlo encontrado, pero yo... Solo... Hay cosas que...

—Es Romanoff —suspiró Tony con comprensión —. La muerte de James te dolió, pero tu subconsciente sabía que con él muerto tus posibilidades con ella aumentarían. Pero ahora él aparece de nuevo, y entonces esas ilusiones que tu mente se había hecho, aún en contra de todos tus instintos altruistas, se fueron por el caño, ¿me equivoco?

Steve se horrorizó y ofendió por partes iguales. Él nunca había querido a Bucky muerto. Y, sin embargo, quizá había algo de verdad en las palabras de Tony. Era cruel, era malvado y egoísta, pero quizá, por un segundo, en lo más profundo de su subconsciente, había pensado que las cosas hubieran sido mucho más fáciles sin Bucky entre él y Natasha, y eso hizo que se sintiera profundamente enfermo y asqueado de sí mismo.

—No debes sentirte mal —siguió su amigo, en un suspiro —Eres humano, Cap. Nadie puede culparte por querer una oportunidad con la chica que amas.

—Pero nunca a costa de la vida de alguien más —gruñó Steve, apretando el puño de su brazo sano sobre su rodilla con ira.

Tony entonces volvió a suspirar, dándole palmadas de ánimo en la espalda.

—Eres una buena persona, Steve, y no digo eso muy seguido —el heredero Stark sonrió —Ya no pienses en eso. Solo deja que las cosas sigan su curso.

—¿Steve? —Tony y él se enderezaron cuando la señora Barnes se asomó y sonrió en su dirección, saludando a Tony con un gesto antes de volver a dirigirse al soldado —James está despierto, y pidió hablar contigo —anunció, y aunque Steve volvió a congelarse en su lugar por un segundo, rápidamente se puso de pie, siguiendo a la mujer sin siquiera dudarlo.

Natasha salía de la habitación cuando él llegó. Ella le sonrió y tomó su mano al paso, apretándola con cariño antes de seguir con su camino y dejarlo pasar.

El soldado se detuvo un momento y suspiró bajo el umbral de la puerta antes de entrar en la habitación de Bucky. Y toda la inseguridad, el miedo y el enojo consigo mismo desapareció en el instante en que su amigo le sonrió desde su cama.

Aunque se veía extremadamente enfermo y cansado, Bucky le sonrió con esa expresión de niño travieso que tenía desde pequeño. Sus ojos oscuros se iluminaron al verlo entrar, y su sonrisa se ensanchó tanto que alegró el corazón de Steve. Era como si nada hubiera pasado.

—Hey —le dijo.

—Hey —respondió Steve, parándose junto a la cama mientras se cruzaba de brazos —Vaya. Creo que los doctores lo intentaron, pero no lograron salvar tu rostro. Lo siento.

Bucky rió, de forma tan clara y alegre que reconfortó aún más al joven Rogers.

—Sí, suerte para ti. Ahora podrás quedarte con todas las chicas lindas.

—Hmp. Jamás creí que algún día escucharía al casanovas más grande de Brooklyn decir algo como eso. ¿Acaso los talibanes te lavaron el cerebro? ¿Te sientes bien?

Bucky rió otra vez, y Steve lo acompañó. Después los dos guardaron silencio por un momento, mirando ambos el final del atardecer a través del ventanal de la habitación.

—De verdad pensé que moriría allí —soltó el joven Barnes de repente, haciendo que Steve volviera a mirarlo —Esos malnacidos... Toman todo lo que eres y te rompen por dentro. Y pensé que también podrían conmigo, pero no era mi tiempo todavía —afirmó. Steve tragó grueso.

—Buck, si quieres hablar de lo que pasó allí...

—Solo muerte y torturas, nada que no hayamos visto antes —respondió Bucky, de una forma tan simple que sorprendió a Steve, aunque aún así no dijo nada. Entonces hubo otra pausa, hasta que James siguió hablando —No miento cuando digo que creí que moriría, y entonces llegas como un maldito héroe y quemas el campamento de esos malditos hijos de perra hasta los cimientos —sonrió; Steve sonrió también —¿Sabes? Siempre supe que Dios nos había puesto en el camino del otro por algo, y ahora sé porqué. Salvaste mi vida, hermano, y me trajiste de nuevo junto a Nat. No me alcanzará la vida para pagártelo.

—No digas eso. Tú hubieras hecho lo mismo por mí —dijo Steve, sintiendo que sus emociones volvían a tambalearse brevemente con la mención de Natasha, pero se contuvo.

Bucky, por su parte, siguió, sin escucharlo.

—Te debo la vida, Steve, y jamás voy a olvidarlo. Tengo una deuda contigo.

—No te preocupes por eso. Y solo preocúpate en recuperarte pronto. Supongo que querrás volver a casa y regresar a la universidad.

—No haré eso —Bucky frunció el ceño, sorprendiéndolo —Steve, no voy a dejar a los Marines. No puedo dejar que esos malditos ganen.

—Buck...

—Sé que a mi madre le dará algo, igual que a Natasha, pero después de la boda...

—¿Boda? —preguntó, perplejo. Bucky pestañeó un par de segundos y después sonrió.

—Iba a ser una sorpresa, pero incluso antes de que pasara todo esto decidí que no quiero una vida sin ella. Y Nat siente lo mismo, así que dijimos, ¿para qué esperar? Nos amamos, la vida es corta y es natural que queramos pasar el resto de ella juntos —le dijo, ampliando su sonrisa mientras Steve bajaba la mirada un momento, sintiéndose de pronto mareado y aturdido.

—Oh... Vaya —logró pronunciar tras unos segundos de confusión, sin saber qué más hacer —Yo... Felicidades. Es sorpresivo, pero...me siento muy feliz por ustedes.

—¿Si? Pues díselo a tu cara.

—De verdad —insistió Steve, buscando en la sonrisa de Bucky inspiración para sonreír también —Me alegro por ustedes. Solo estoy algo sorprendido. No me esperaba esa noticia.

—Pues vete acostumbrando, porque tú serás el padrino. ¿Puedes creerlo? ¡Me voy a casar con el amor de mi vida!

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Steve se despertó de su letargo con el aroma a café inundando sus fosas nasales. Alguien había puesto una taza de café caliente frente a él, y le costó algunos segundos enfocar la mirada y reconocer a Natasha como esa persona.

—¿Puedo sentarme?

—Por supuesto —afirmó, sentándose con la espalda recta y recibiendo la taza térmica que ella le ofrecía.

—Creí que ya te habrías ido. Bucky dijo que el Cuerpo de Marines enviaría un jet solo para ti.

—Todavía tengo que esperar a Coulson y ver qué quieren que le diga a la prensa cuando llegue a casa —Steve suspiró, inclinándose hacia adelante para soplar su café a pesar de que no tenía deseos de tomarlo, pero había sido un lindo gesto de Natasha el comprárselo.

—Vimos a los reporteros en la puerta cuando llegamos. Será una pesadilla en Norteamérica.

—No es nada a lo que no esté acostumbrado —Steve suspiró con cansancio, y entonces, sin pensarlo, soltó lo primero que le vino a la mente —Bucky me dijo de la boda —murmuró, apretando el vaso entre sus dedos agarrotados —Felicidades.

Natasha lo miró a los ojos; sus palabras parecieron ser como un disparador para dejar de andarse con rodeos. Así que, bajando la mirada, la muchacha suspiró, jugando nerviosamente con el dobladillo de las mangas de su sudadera.

—Steve...Yo... siento mucho las cosas que te dije —le soltó, volviendo a mirarlo a los ojos —No era en serio. Nada era en serio.

—Lo sé. Olvídalo. Bucky está vivo. Es todo lo que importa —dijo, escueto. Natasha asintió. Ambos sabían que lo mejor era no mencionar más el asunto. Y de pronto, la muchacha pelirroja se tambaleó ligeramente, llamando la atención de Steve, que dejó su vaso de café sobre la silla de al lado para sostenerla —¿Estás bien?

—Sí. Solo... creo que olvidé tomar mi medicamento —respondió Natasha, buscando en su bolso un frasco de pastillas y una botella de agua ante la atenta mirada del joven Rogers.

—¿Medicamento? ¿Estás enferma? —inquirió, preocupado. Natasha lo miró, y aunque su rostro se puso rígido, sus ojos de repente se llenaron de lágrimas que ella se negaba a soltar, preocupando aún más a Steve —Nat...

—Nadie lo sabe aún... —le dijo al fin, mirándose los pies mientras seguía retorciendo la tela de su abrigo. Steve se preocupó aún más.

—¿Qué cosa?

Natasha tomó aire profundamente, cerrando los ojos un momento.

—Que estaba en el hospital cuando la señora Barnes llamó —dijo, parca —Ni siquiera tuve tiempo de procesar la noticia cuando supe lo de Bucky.

—¿Qué noticia? ¿Qué pasó?

—Perdí a mi hijo —le soltó sin más, directa como era siempre.

—¿Qué? —Steve parpadeó, confundido. Natasha ahogó un sollozo antes de continuar:

—Después del funeral...luego de que fuiste a verme, sentí un dolor muy fuerte en el vientre, y entonces comencé a sangrar sin control, así que subí a un taxi un fui al hospital. Allí los médicos me dijeron que tenía un embarazo de casi tres meses que acababa de perder. No tuve tiempo de decirle a nadie, porque entonces pasó lo de Bucky y tú, y yo... Solo podía pensar en verlos.

Steve abrió los ojos con sorpresa. Sabía que el bebé no podía ser suyo, no coincidían las fechas, pero aún así la noticia dolió como una puñalada. El solo ver el rostro compungido de Natasha dolía horriblemente.

—¿Bucky era el padre? —preguntó al final, en tono neutro. Natasha asintió, ahogando unas lágrimas —Pero... ¿cuándo...?

—Fue durante ese viaje a los Hampton. Una tarde, cuando tú saliste a correr Bucky y yo...—una solitaria lágrima escapó de los ojos de la chica, la cual se encargó de limpiar al instante.

Steve cerró los ojos con dolor, volteando el rostro para que ella no lo viera hacerlo.

—Pero en la boda de Pepper...

—Yo no lo sabía —continuó la chica rusa —Creí que mi periodo se había retrasado debido al estrés; ya me había pasado antes.

—¿Y Bucky lo sabe?

—No. Y no debe enterarse. No quiero darle también esta carga, pero necesitaba decírselo a alguien.

—No puedes ocultárselo por siempre. Ustedes van a casarse.

—Hay cosas que es mejor no decirlas —dijo Natasha, mirándolo fijamente, y aunque tardó varios segundos, Steve entendió que no se refería únicamente a su embarazo, sino también a lo sucedido en la boda de Pepper. Y entonces sintió el impulso de levantarse y salir de ese lugar, de enojarse y golpear algo, pero no lo hizo. Solo se quedó en su lugar, mirando fijamente la pared frente a él.

El sueño había sido lindo, pero era solamente eso: un sueño. La mejor noche de su vida solo había sido un error para Natasha, y aunque lo entendía, no podía soportarlo. Pero, ¿qué más podía hacer? Si insistía en ello perdería no a uno, sino a sus dos mejores amigos.

—Eres mi mejor amigo, Steve —siguió ella, clavando el puñal aún más profundo —Y no quiero perderte. Por eso sería mejor que..

—Entiendo —la cortó y sonrió, como tantas otras veces había hecho, pero Natasha no era fácil de engañar, y estaba seguro de que podía ver el dolor tras esa mueca. Y ella lo hizo, pero decidió continuar con su plan original y solo lo ignoró, pues ya había tomado una decisión, y no iba a arrepentirse. Así que la mujer de Rusia solo suspiró.

—Entonces... ¿Estamos bien? —musitó. Steve quiso responder que sí; darle la razón y continuar como hasta ahora, manteniendo su amistad por encima de todo. Y sin embargo, a último momento no pudo hacerlo.

—Aquel día en la calle... te dije que me gustas, pero estaba mintiendo. No me gustas; estoy enamorado de ti —soltó, sin realmente medir las consecuencias por primera vez en su vida —Lo he estado desde la primera vez que te vi, pero ya no puedo seguir con esto.

—Steve...

—No —fue todo lo que dijo el soldado, levantándose —Intentaré dar lo mejor de mí, porque de verdad deseo que tú y Bucky sean muy felices, pero eso no hace que deje de sentir esto por ti. ¿Qué puedo hacer?

Natasha guardó silencio unos segundos, sin atreverse a volver a mirarlo.

—Lo siento —murmuró. Steve negó con la cabeza.

—Despídeme de Bucky, por favor. Y dile que estaré ahí el día de su boda —musitó, dándole la espalda para empezar a alejarse. Necesitaba salir de ese hospital, poner toda la distancia posible entre él y la feliz pareja. ¿Estaba siendo egoísta? Seguro, pero hasta él tenía un límite, y ya no podía seguir poniendo buena cara a todo. Simplemente necesitaba irse.

Y cuando estaba llegando a la salida del hospital, Steve se detuvo al notar que había un grupo de hombres esperando por él, ya que todos se pusieron de pie al verlo y lo saludaron de inmediato. Y entre esos hombres el joven Rogers reconoció a Morita, al hombre de color que estaba en su misma celda y el de cabello rubio.

—Capitán, solo queremos estrechar la mano del hombre que nos salvó la vida —dijo el mayor de los tres, el de cabello rubio —Teniente Dugan, a su servicio.

—Cabo Jones —se presentó el soldado de color, saludándolo firmemente antes de también estrechar su mano —Tengo una esposa y dos hijos a los que pude volver a ver gracias a usted, señor. Mi familia nunca podrá pagarle lo que ha hecho por nosotros.

—No deben agradecerme. Solo hice mi trabajo, soldado.

—No —siguió Jones —Estábamos solos en aquel desierto, y no importa lo que diga el general para la prensa, nosotros sabíamos que estábamos solos, hasta que usted nos salvó. Es un verdadero héroe.

—Solo queríamos que supiera, que no importa qué ni dónde, le debemos la vida, y lo seguiremos a dónde usted quiera —culminó Morita, y entonces los tres soldados y los hombres tras ellos volvieron a pararse muy firmes, llevándose una mano a las sienes para saludarlo con el máximo respeto posible.

Steve miró a todos y de pronto sintió el orgullo embargarlo, no por sus acciones en sí, sino por haber ayudado a que cada uno de esos hombres volviera a casa con su familia, y entonces, más que nunca, tuvo la seguridad de que estaba en el lugar donde siempre debió estar, haciendo lo que había nacido para hacer. Y en ese instante pensó que Tony tenía razón en algo: solo debía dejar que las cosas seguieran su curso.