Disclaimer: Harry Potter es propiedad de J.K. Rowling


Nomus: Pues siendo sincero, creo que voy a tomar tu consejo y considerar las películas como un universo alterno o algo así XD


Seguramente os estaréis preguntando porque no he publicado antes y, aunque me gustaría daros una explicación válida (algo así como un apocalipsis zombi o una invasión de alienígenas... o mejor aún un apocalipsis de zombis alienígenas provenientes de una invasión fallida... ¿alguien ve una futura peli de Hollywood con esto?) mi excusa es un poco más simple. Sencillamente no tenía ganas de escribir. Bueno, más en concreto estuve diciembre ocupado y al llegar enero las ganas de escribir eran bastante escasas. Pero bueno, ahora ya estamos en febrero y toca cogerle el ritmo de nuevo a esto.

Por cierto esto lo estoy escribiendo el 04/02, pero eso no quiere decir que lo vaya a publicar ese día... sobre todo teniendo en cuenta lo largo que es este capítulo.


Una vez que todos, a excepción de Neville y Luna que seguían ausentes, se hubiesen acomodado en sus sitios, y tras que Fleur y Viktor se hubiesen tomado la poción, Sally cogió el libro y lo abrió por el nuevo capítulo.

Beauxbatons y Durmstrang —leyó la mujer.

Fleur y Viktor miraron un poco sorprendidos el libro ante la mención de sus respectivas escuelas. Pero como sabían que ese año se celebraba en Hogwarts el Torneo de los Tres Magos, no hicieron ningún comentario al respecto.

Como si su cerebro se hubiera pasado la noche discurriendo,

—Nada de "como si se hubiese". Te has pasado la noche discurriendo —dijo Hermione.

Harry se levantó temprano a la mañana siguiente con un plan perfectamente concebido.

—Pues ya vamos mal —dijo Ron. Hermione, a su lado, asintió.

Se vistió a la pálida luz del alba, salió del dormitorio sin despertar a Ron

—Es decir que a Neville, Dean y Seamus que les jodan —señaló Will.

—Creo que se refiere...

—Ya sé a lo que se refiere, Emily. Y hablando de Neville, ¿dónde esta?

—Ni idea, aún no ha vuelto —respondió Ginny. Algo similar ocurre con Luna pensó la pelirroja.

y bajó a la sala común, en la que aún no había nadie. Allí cogió un trozo de pergamino de la mesa en la que todavía estaba su trabajo para la clase de Adivinación,

—No dejes tus cosas por el medio, Harry —le regañó Lily.

Harry asintió.

y escribió en él la siguiente carta:

Querido Sirius:

Creo que lo de que me dolía la cicatriz fue algo que me imaginé, nada más.

Sirius dio un bufido. Tendría que haberse imaginado que Harry se inventaría una excusa como esa.

Estaba medio dormido la última vez que te escribí. No tiene sentido que vengas, aquí todo va perfectamente. No te preocupes por mí, mi cabeza está bien.

—Eso podemos discutirlo, ¿verdad, Gred?

—Por supuesto, Feorge.

—Muy graciosos —respondió Harry en tono mordaz.

Harry

Salió por el hueco del retrato, subió por la escalera del castillo, que estaba sumido en el silencio (sólo lo retrasó Peeves, que intentó vaciar un jarrón grande encima de él, en medio del corredor del cuarto piso),

—Peeves siendo tan amable como siempre —murmuró Harry para él.

y finalmente llego a la lechucería, que estaba situada en la parte superior de la torre oeste.

La lechucería era un habitáculo circular con muros de piedra, bastante frío y con muchas corrientes de aire, puesto que ninguna de las ventanas tenía cristales.

—Sería un poco complicado para las lechuzas salir si hubiese cristales —señaló James.

El suelo estaba completamente cubierto de paja, excrementos de lechuza y huesos regurgitados de ratones y campañoles.

Fleur hizo una mueca al escuchar eso. Agradecía que en Beauxbatons no hubiese una lechucería. En cambio habían unos buzones a la entrada del comedor dónde los alumnos podían dejar sus cartas y estás eran mandadas mágicamente a la oficina de correos del pueblo, desde donde se mandaban a sus destinatarios vía lechuza.

Sobre las perchas, fijadas a largos palos que llegaban hasta el techo de la torre, descansaban cientos y cientos de lechuzas de todas las razas imaginables, casi todas dormidas, aunque Harry podía distinguir aquí y allá algún ojo ambarino fijo en él. Vio a Hedwig acurrucada entre una lechuza común y un cárabo, y se fue aprisa hacia ella, resbalando un poco en los excrementos esparcidos por el suelo.

Le costó bastante rato persuadirla de que abriera los ojos y, luego, de que los dirigiera hacia él en vez de caminar de un lado a otro de la percha arrastrando las garras y dándole la espalda.

—Bueno, teniendo en cuenta como la trataste anoche, sería raro que no estuviese molesta —dijo Ginny.

—Lo sé. Siento como trate a Hedwig la otra noche, en el libro.

Evidentemente, seguía dolida por la falta de gratitud mostrada por Harry la noche anterior. Al final, Harry sugirió en voz alta que tal vez estuviera demasiado cansada y que sería mejor pedirle a Ron que le prestara a Pigwidgeon, y fue entonces cuando Hedwig levantó la pata para que le atara la carta.

Ginny le dio un puñetazo a Harry en el hombre.

—¡Ah! ¿Y eso por qué?

—Por chantajear a la pobrecilla. No solo no le das nada después de hacer un trabajo, sino que encima la chantajeas.

—Tienes que encontrarlo, ¿vale? —le dijo Harry, acariciándole la espalda mientras la llevaba posada en su brazo hasta uno de los agujeros del muro—. Tienes que encontrarlo antes que los dementores.

—No te preocupes tanto, Harry. Si pude estar un año huyendo de ellos, puedo estar un poco más —dijo Sirius.

—No te confíes tanto, Sirius —le dijo Remus.

—Solamente quiero evitar que se siga preocupando —susurró Sirius a su amigo en voz baja.

Ella le pellizcó el dedo, quizá más fuerte de lo habitual, pero ululó como siempre, suavemente, como diciéndole que se quedara tranquilo.

Harry se encogió de hombros. Podía soportar un pellizco más fuerte de lo habitual si con eso conseguía el perdón de Hedwig.

Luego extendió las alas y salió al mismo tiempo que lo hacía el sol. Harry la contempló mientras se perdía de vista, sintiendo la ya habitual molestia en el estómago. Había estado demasiado seguro de que la respuesta de Sirius lo aliviaría de las preocupaciones en vez de incrementárselas.

—Bueno, si me escribes diciendo que la cicatriz te duele, es normal que quiera asegurarme de que estás bien —dijo Sirius.

—Le has dicho una mentira, Harry —le espetó Hermione en el desayuno,

—Gracias, Hermione. No nos habíamos dado cuenta —dijo Ron, sarcásticamente.

después que él les contó lo que había hecho—. No te imaginaste que la cicatriz te doliera, y lo sabes.

—¿Y qué? —repuso Harry —. No quiero que vuelva a Azkaban por culpa mía.

—Ten un poco más de confianza en mí, ¿vale?

—Déjalo —le dijo Ron a Hermione bruscamente, cuando ella abrió la boca para argumentar contra Harry. Y, por una vez , Hermione le hizo caso y se quedó callada.

—Vaya, eso si que es sorprendente —dijo Fred con asombro.

—¿Seguro que no esta enferma o algo así? —preguntó George, mirando a Hermione con fingida alarma.

—Yo creo que quién esta enfermo es nuestro hermano —replicó Fred.

—Cierto, es sorprendente que se haya dado cuenta de que Harry no quería hablar del tema —añadió George.

—¿Os queréis callar? —les espetó Ron con las orejas coloradas.

Durante las dos semanas siguientes, Harry intentó no preocuparse por Sirius.

Genial. Dos semanas sin saber nada acerca de Sirius pensó Harry con cierto nerviosismo.

La verdad era que cada mañana, cuando llegaban las lechuzas, no podía dejar de mirar muy nervioso en busca de Hedwig, y por las noches, antes de ir a dormir, tampoco podía evitar representarse horribles visiones de Sirius acorralado por los dementores en alguna oscura calle de Londres;

—Con tanta preocupación al final me van a pillar y todo —murmuraba Sirius en voz baja.

pero, entre una cosa y otra, intentaba apartar sus pensamientos de su padrino. Hubiera querido poder jugar al quidditch para distraerse. Nada le iba mejor a una mente atribulada que una buena sesión de entrenamiento.

—Bueno, nada te impide coger la escoba y dar una vuelta con ella ¿no? —dijo Emily.

—Si no puedo jugar al quidditch no es lo mismo —negó Harry.

Por otro lado, las clases se estaban haciendo más difíciles y duras que nunca, en especial la de Defensa Contra las Artes Oscuras.

—Supongo que eso es bueno, ya que así no tienes que comerte tanto la cabeza —dijo Sally, aunque no sonaba muy segura.

Para su sorpresa, el profesor Moody anunció que les echaría la maldición imperius por turno, tanto para mostrarles su poder como para ver si podían resistirse a sus efectos.

—¡¿Qué vas a lanzarles la maldición imperius a los estudiantes?! —exclamó Molly escandalizada. Algunos, al igual que Molly, también parecían sorprendidos por dicha revelación.

—Sin duda es algo que Moody haría —respondió Tonks tranquilamente.

—Es mucho mejor que se acostumbren a combatir la maldición imperius, antes de que alguien se la lance a traición —dijo Moody con simpleza.

—Pero... pero usted dijo que eso estaba prohibido, profesor —le dijo una vacilante Hermione, al tiempo que Moody apartaba las mesas con un movimiento de la varita, dejando un amplio espacio en el medio del aula—. Usted dijo que usarlo contra otro ser humano estaba...

—Dumbledore quiere que os enseñe cómo es —la interrumpió Moody,

—Aunque preferiría que los estudiantes no la aprendiesen en carne propia —dijo Dumbledore.

girando hacia Hermione el ojo mágico y fijándolo sin parpadear en una mirada sobrecogedora—. Si alguno de vosotros prefiere aprenderlo del modo más duro, cuando alguien le eche la maldición para controlarlo completamente, por mí de acuerdo. Puede salir del aula.

Señaló la puerta con un dedo nudoso. Hermione se puso muy colorada, y murmuró algo de que no había querido decir que deseara irse. Harry y Ron se sonrieron el uno al otro. Sabían que Hermione preferiría beber pus de bubotubérculo antes que perderse una clase tan importante.

Hermione se sonrojo al ser atrapada tan rápidamente por sus amigos.

Moody empezó a llamar por señas a los alumnos y a echarles la maldición imperius. Harry vio cómo sus compañeros de clase, uno tras otro, hacían las cosas más extrañas bajo su influencia: Dean Thomas dio tres vueltas al aula a la pata coja cantando el himno nacional, Lavender Brown imitó una ardilla y Neville ejecutó una serie de movimientos gimnásticos muy sorprendentes, de los que hubiera sido completamente incapaz en estado normal.

Bueno, haciendo estas cosas si parece Moody pensó Tonks. ¿Tal vez esa impresión de la otra vez estaba siendo infundada?

Ninguno de ellos parecía capaz de oponer ninguna resistencia a la maldición, y se recobraban sólo cuando Moody la anulaba.

—Siendo estudiantes de catorce años sería muy difícil que resistieran a la maldición. Más siendo la primera vez —aseguró Reg.

—Potter —gruñó Moody—, ahora te toca a ti.

Harry tragó saliva, preguntándose que clase de cosas vergonzosas le haría hacer Moody.

Harry se adelantó hasta el centro del aula, en el espacio despejado de mesas. Moody levantó la varita mágica, lo apuntó con ella y dijo:

—¡Imperio!

Fue una sensación maravillosa. Harry se sintió como flotando cuando toda preocupación y todo pensamiento desaparecieron de su cabeza, no dejándole otra cosa que una felicidad vaga que no sabía de dónde procedía.

—Así que así es cómo se siente que te echen una Imperius —murmuró Arthur. Aunque en la escuela había estudiado la maldición, como nunca la había sufrido no sabía de sus efectos. Por la descripción, casi parecía el efecto de alguna droga.

Se quedó allí, inmensamente relajado, apenas consciente de que todos lo miraban.

Y luego oyó la voz de Ojoloco Moody, retumbando en alguna remota región de su vacío cerebro: Salta a la mesa... salta a la mesa...

Bueno, no es muy complicado pensó Harry. Ciertamente con su actual estado físico, podría realizar eso sin muchos problemas.

Harry, obedientemente, flexionó las rodillas, preparado a dar el salto.

Salta a la mesa...

«Pero ¿por qué?»

Otra voz susurró desde la parte de atrás de su cerebro. «Qué idiotez, la verdad», dijo la voz.

—¿Se esta... resistiendo? —preguntó Lily, sin estar muy segura.

—Eso parece —afirmó James—. Aunque aún queda por ver si consigue resistirse hasta el final o no.

Salta a la mesa...

«No, creo que no lo haré, gracias —dijo la otra voz, con un poco más de firmeza—. No, realmente no quiero...»

Durante unos segundos, Dumbledore se pregunto si esa voz no se trataba nada más ni nada menos que el pedazo del alma de Tom Riddle que residía dentro del chico Potter. Ciertamente no era la primera vez que Harry discutía con una voz dentro de su cabeza. Y si, esa voz, resultaba ser lo que Dumbledore pensaba, eso solamente quería decir que algo malo iba a suceder pronto.

¡Salta! ¡Ya!

Lo siguiente que notó Harry fue mucho dolor. Había tratado al mismo tiempo de saltar y de resistirse a saltar.

—Se ha resistido —murmuró Lily.

—Bueno, medio resistido —corrigió Sirius.

El resultado había sido pegarse de cabeza contra la mesa,

Varios hicieron un gesto de dolor.

que se volcó, y, a juzgar por el dolor de las piernas, fracturarse las rótulas.

—No creo que sea eso. Pero igualmente debe doler una barbaridad —dijo Charlie.

—Bien, ¡por ahí va la cosa! —gruñó la voz de Moody.

—¿Estrellarse de cabeza contra mesas? —preguntó Regulus.

—Creo que se refiere a lo de resistirse —replicó Holly.

—Aunque golpearse la cabeza podría aumentar el aguante contra golpes dirigidos allí —señaló Jake.

—¿De verdad? —preguntó Eli.

Su amigo se encogió de hombros.

—Ni idea.

De pronto Harry sintió que la sensación de vacío desaparecía de su cabeza. Recordó exactamente lo que estaba ocurriendo, y el dolor de las rodillas aumentó.

—¡Mirad esto, todos vosotros... Potter se ha resistido! Se ha resistido, ¡y el condenado casi lo logra! Lo volveremos a intentar, Potter,

—¿Es necesario?

—¡ALERTA PERMANENTE, POTTER! —gritó Moody—. Si has podido resistirte, podrás lograrlo.

y todos los demás prestad atención. Miradlo a los ojos, ahí es donde podéis verlo. ¡Muy bien, Potter, de verdad que muy bien! ¡No les resultará fácil controlarte!

—Por la manera en que habla —murmuró Harry una hora más tarde, cuando salía cojeando del aula de Defensa Contra las Artes Oscuras (Moody se había empeñado en hacerle repetir cuatro veces la experiencia, hasta que logró resistirse completamente a la maldición imperius)

Harry hizo una mueca. Solo de escuchar eso, se imaginaba el dolor por el que debería estar pasando.

—, se diría que estamos a punto de ser atacados de un momento a otro.

Estaba claro que, por la mirada de Moody, el ex-auror estaba pensando justamente en eso.

—Sí, es verdad —dijo Ron, dando alternativamente un paso y un brinco: había tenido muchas más dificultades con la maldición que Harry,

Ron suspiró, aunque ya se esperaba que él no hubiese resistido la maldición tan bien como su amigo.

aunque Moody le aseguró que los efectos se habrían pasado para la hora de la comida—. Hablando de paranoias... —Ron echó una mirada nerviosa por encima del hombro para comprobar que Moody no estaba en ningún lugar en que pudiera oírlo, y prosiguió

Ron le echó una mirada nerviosa a Moody.

—, no me extraña que en el Ministerio estuvieran tan contentos de desembarazarse de él: ¿no le oíste contarle a Seamus lo que le hizo a la bruja que le gritó «¡bu!» por detrás el día de los inocentes?

—Nunca debes acercarte a alguien por la espalda, Weasley —le espetó Moody.

¿Y cuándo se supone que vamos a ponernos al tanto de la maldición imperius con todas las otras cosas que tenemos que hacer?

Todos los alumnos de cuarto habían apreciado un evidente incremento en la cantidad de trabajo para aquel trimestre. La profesora McGonagall les explicó a qué se debía, cuando la clase recibió con quejas los deberes de Transformaciones que ella acababa de ponerles.

—¡Estáis entrando en una fase muy importante de vuestra educación mágica! —declaró con ojos centelleantes—. Se acercan los exámenes para el TIMO.

—¡Pero si esos son en quinto! —protestó Ron.

—Ciertamente, Weasley. Pero es mucho mejor que os vayáis preparando desde ahora —respondió McGonagall.

—¡Pero si no tendremos el TIMO hasta el quinto curso! —objetó Dean Thomas.

—Es verdad, Thomas, pero créeme: ¡tenéis que prepararos lo más posible! La señorita Granger sigue siendo la única persona de la clase que ha logrado convertir un erizo en un alfiletero como Dios manda.

—Vaya sorpresa —dijeron Harry y Ron a la vez.

¡Permíteme recordarte que el tuyo, Thomas, aún se hace una pelota cada vez que alguien se le acerca con un alfiler!

Hermione, que se había ruborizado, trató de no parecer demasiado satisfecha de sí misma.

Sus dos mejores amigos se miraron, sabiendo que seguramente Hermione no habría podido conseguir eso. Es más, en ese momento estaba tratando de no parecer satisfecha consigo mismo.

A Harry y Ron les costó contener la risa en la siguiente clase de Adivinación cuando la profesora Trelawney les dijo que les había puesto sobresaliente en los trabajos.

Sus respectivas madres les echaron una mirada reprobatoria, pero ambos desviaron la mirada, silbando inocentemente.

Leyó pasajes enteros de sus predicciones, elogiándolos por la indiferencia con que aceptaban los horrores que les deparaba el futuro inmediato. Pero no les hizo tanta gracia cuando ella les mandó repetir el trabajo para el mes siguiente: a los dos se les había agotado el repertorio de desgracias.

—Eso os pasa por no hacer los deberes honradamente —les dijo Hermione.

El profesor Binns, el fantasma que enseñaba Historia de la Magia, les mandaba redacciones todas las semanas sobre las revueltas de los duendes en el siglo XVIII;

—Ahí no hace falta que os esforcéis mucho. Con que pongáis lo mínimo vais que chutáis —dijo Sirius.

—Sirius... —le advirtió Sally.

—¿Qué? Si les estoy diciendo que lo hagan... no bien, pero que lo hagan.

el profesor Snape los obligaba a descubrir antídotos, y se lo tomaron muy en serio porque había dado a entender que envenenaría a uno de ellos antes de Navidad para ver si el antídoto funcionaba;

—Tiene que ser broma, ¿no? —dijo Holly.

—No sé que decirte —dijo Jake. Si fuese "su" padre seguramente se lo tomaría a broma. Pero "este" padre, Jake no estaba tan seguro.

y el profesor Flitwick les había ordenado leer tres libros más como preparación a su clase de encantamientos convocadores.

—¿Pero cuantos libros hay que leer para convocar objetos? —exclamó James con cierta exasperación. Vale que no fuese un encantamiento sencillo, pero de ahí ha hacerles leer varios libros hay un trecho largo...

Hasta Hagrid los cargaba con un montón de trabajo.

—Imagino. Los escregutos no serán fáciles de cuidar —dijo Astoria.

Los escregutos de cola explosiva crecían a un ritmo sorprendente aunque nadie había descubierto todavía qué comían.

—Espero que se tarde mucho en descubrirlo —murmuró Hermione.

Hagrid estaba encantado y, como parte del proyecto, les sugirió ir a la cabaña una tarde de cada dos para observar los escregutos y tomar notas sobre su extraordinario comportamiento.

—¿Por qué me da la impresión de que no muchos están dispuestos a ir? —preguntó Ginny a nadie en particular.

—No lo haré —se negó rotundamente Malfoy cuando Hagrid les propuso aquello con el aire de un Papá Noel que sacara de su saco un nuevo juguete

—¿Puedo devolver ese juguete? —preguntó Ron.

—. Ya tengo bastante con ver esos bichos durante las clases, gracias.

—No me creo que vaya a decir esto, pero... estoy con Malfoy —dijo Will mientras hacía una mueca—. Hagrid me cae genial (aunque no le conozca), pero de eso a ir cada dos tardes a su cabaña para ver a los escregutos... pues me temo que no.

De la cara de Hagrid desapareció la sonrisa.

—Harás lo que te digo —gruñó—, o seguiré el ejemplo del profesor Moody... Me han dicho que eres un hurón magnifico, Malfoy.

Varios rieron ante eso. En cierto modo era gratificante ver como Hagrid dejaba en su sitio a Malfoy.

Los de Gryffindor estallaron en carcajadas. Malfoy enrojeció de cólera, pero dio la impresión de que el recuerdo del castigo que le había infligido Moody era lo bastante doloroso para impedirle replicar. Harry, Ron y Hermione volvieron al castillo al final de la clase de muy buen humor: haber visto que Hagrid ponía en su sitio a Malfoy era especialmente gratificante, sobre todo porque éste había hecho todo lo posible el año anterior para que despidieran a Hagrid.

Cuando llegaron al vestíbulo, no pudieron pasar debido a la multitud de estudiantes que estaban arremolinados al pie de la escalinata de mármol, alrededor de un gran letrero. Ron, el más alto de los tres, se puso de puntillas para echar un vistazo por encima de las cabezas de la multitud, y leyó en voz alta el cartel:

TORNEO DE LOS TRES MAGOS

Los representantes de Beauxbatons y Durmstrang llegarán a las seis

en punto del viernes 30 de octubre. Las clases se interrumpirán media

hora antes.

Eso llamó la atención de los dos extranjeros. Ya se estaban preguntando cuando aparecerían ellos por allí.

—¡Estupendo! —dijo Harry—. ¡La última clase del viernes es Pociones! ¡A Snape no le dará tiempo de envenenarnos a todos!

—No cantes victoria tan rápidamente, hijo. Aún hay muchas clases de Pociones —dijo James.

—Tenías que recordármelo, ¿verdad? —suspiró Harry.

Los estudiantes deberán llevar sus libros y mochilas a los dormitorios y reunirse a la salida del castillo para recibir a nuestros huéspedes antes del banquete de bienvenida.

—Sería un poco raro recibirles mientras cargáis mochilas en vuestras espaldas —dijo Regulus.

—¡Sólo falta una semana! —dijo emocionado Ernie Macmillan, un alumno de Hufflepuff, saliendo de la aglomeración—. Me pregunto si Cedric estará enterado. Me parece que voy a decírselo...

—Seguramente lo este —dijo el susodicho—. Los prefectos solemos estar informados de estas cosas.

—¿Cedric? —dijo Ron sin comprender, mientras Ernie se iba a toda prisa.

—Diggory —explicó Harry—. Querrá participar en el Torneo.

—La verdad es que me gustaría —confesó Cedric—. Sé que suena peligroso y todo eso, pero es una oportunidad muy rara como para no tomarla.

—¿Ese idiota, campeón de Hogwarts? —gruñó Ron

Ron soltó una risotada nerviosa, mirando de reojo a Cedric. Éste, lejos de estar enfadada, estaba ligeramente divertido por como se le refería Ron. Suponía que el pelirrojo aún estaba molesto por la perdida de Gryffindor contra Hufflepuff del año pasado.

mientras se abrían camino hacia la escalera por entre la bulliciosa multitud.

—No es idiota. Lo que pasa es que no te gusta porque venció al equipo de Gryffindor en el partido de quidditch —repuso Hermione

—¡Qué va! —exclamó Ron con las orejas rojas.

—. He oído que es un estudiante realmente bueno. Y es prefecto.

Lo dijo como si eso zanjara la cuestión.

—Sólo te gusta porque es guapo —dijo Ron mordazmente.

—Perdona, a mí no me gusta la gente sólo porque sea guapa —repuso Hermione indignada.

—Lockhart —murmuró Ron.

—¿Decías algo? —le preguntó Hermione echando chispas por los ojos.

—Nada, nada.

Ron fingió que tosía, y su tos sonó algo así como: «¡Lockhart!»

Hermione golpeó a Ron el brazo.

—¡Au! Pero si no he dicho nada —se quejó el pelirrojo.

El cartel del vestíbulo causó un gran revuelo entre los habitantes del castillo.

—Si la noticia de que vienen estudiantes de dos escuelas diferentes y que se va a iniciar un torneo importante no causa revuelo, no sé que más lo haría —dijo Daphne.

Durante la semana siguiente, y fuera donde fuera Harry, no había más que un tema de conversación: el Torneo de los tres magos. Los rumores pasaban de un alumno a otro como gérmenes altamente contagiosos: quién se iba a proponer para campeón de Hogwarts, en qué consistiría el Torneo, en qué se diferenciaban de ellos los alumnos de Beauxbatons y Durmstrang... Harry notó, además, que el castillo parecía estar sometido a una limpieza especialmente concienzuda. Habían restregado algunos retratos mugrientos, para irritación de los retratados, que se acurrucaban dentro del marco murmurando cosas y muriéndose de vergüenza por el color sonrosado de su cara. Las armaduras aparecían de repente brillantes y se movían sin chirriar, y Argus Filch, el conserje, se mostraba tan feroz con cualquier estudiante que olvidara limpiarse los zapatos que aterrorizó a dos alumnas de primero hasta la histeria.

Los estudiantes de Hogwarts soltaron un suspiro. Algo les decía que esos días serían difíciles de aguantar.

Los profesores también parecían algo nerviosos.

—¡Longbottom, ten la amabilidad de no decir delante de nadie de Durmstrang que no eres capaz de llevar a cabo un sencillo encantamiento permutador! —gritó la profesora McGonagall al final de una clase especialmente difícil en la que Neville se había equivocado y le había injertado a un cactus sus propias orejas.

—Técnicamente lo ha hecho —dijo James—. Seguramente no era el objetivo de la lección, pero de llevar cabo el encantamiento, lo ha hecho.

Cuando bajaron a desayunar la mañana del 30 de octubre, descubrieron que durante la noche habían engalanado el Gran Comedor. De los muros colgaban unos enormes estandartes de seda que representaban las diferentes casas de Hogwarts: rojos con un león dorado los de Gryffindor, azules con un águila de color bronce los de Ravenclaw, amarillos con un tejón negro los de Hufflepuff, y verdes con una serpiente plateada los de Slytherin. Detrás de la mesa de los profesores, un estandarte más grande que los demás mostraba el escudo de Hogwarts: el león, el águila, el tejón y la serpiente se unían en torno a una enorme hache.

Harry, Ron y Hermione vieron a Fred y George en la mesa de Gryffindor. Una vez más, y contra lo que había sido siempre su costumbre, estaban apartados y conversaban en voz baja.

—Eso si que es raro —dijo Percy.

Ron fue hacia ellos, seguido de los demás.

—Es un peñazo de verdad —le decía George a Fred con tristeza—. Pero si no nos habla personalmente, tendremos que enviarle la carta. O metérsela en la mano. No nos puede evitar eternamente.

—¿En qué lío os habéis metido? —les preguntó Molly a sus hija.

—Ni idea. No lo sabemos, mamá —respondió George.

—¿Quién os evita? —quiso saber Ron, sentándose a su lado.

—Me gustaría que fueras tú —contestó Fred, molesto por la interrupción.

—Si os comportáis de una manera tan rara, es normal que quiera saber lo que pasa —se defendió Ron.

—¿Qué te parece un peñazo? —preguntó Ron a George.

—Tener de hermano a un imbécil entrometido como tú —respondió George.

—George —le advirtió Molly.

—¿Ya se os ha ocurrido algo para participar en el Torneo de los tres magos? —inquirió Harry—. ¿Habéis pensado alguna otra cosa para entrar?

—Le pregunté a McGonagall cómo escogían a los campeones, pero no me lo dijo

—Ese es un tema que no es de su interés, Weasley —respondió sencillamente McGonagall.

—repuso George con amargura—. Me mandó callar y seguir con la transformación del mapache.

—Me gustaría saber cuáles serán las pruebas —comentó Ron pensativo—. Porque yo creo que nosotros podríamos hacerlo, Harry. Hemos hecho antes cosas muy peligrosas.

—Eso es verdad —admitió Will.

—Aunque sería mejor si no se meten en situaciones peligrosas —suspiró Ginny.

—No delante de un tribunal —replicó Fred —. McGonagall dice que puntuarán a los campeones según cómo lleven a cabo las pruebas.

—Es que sino el Torneo no tendría mucho sentido —dijo Alice.

—¿Quiénes son los jueces? —preguntó Harry.

—Bueno, los directores de los colegios participantes deben de formar parte del tribunal —declaró Hermione, y todos se volvieron hacia ella, bastante sorprendidos

—Eso sería lo lógico, ¿no? —señaló Holly.

—, porque los tres resultaron heridos durante el torneo de mil setecientos noventa y dos, cuando se soltó un basilisco que tenían que atrapar los campeones.

—Uno ¿de dónde sacaron un basilisco? Dos ¿cómo les pareció buena idea hacer una prueba para atrapar a un basilisco?

Ella advirtió cómo la miraban y, con su acostumbrado aire de impaciencia cuando veía que nadie había leído los libros que ella conocía

—O sea, siempre —dijo Ginny.

, explicó:

—Está todo en Historia de Hogwarts. Aunque, desde luego, ese libro no es muy de fiar.

Varios miraron a Hermione con sorpresa. Escucharla blasfemando contra Historia de Hogwarts era igual de sorprendente que ver a Hagrid echándole mierda a Dumbledore a sus espaldas.

Un título más adecuado sería «Historia censurada de Hogwarts», o bien «Historia tendenciosa y selectiva de Hogwarts, que pasa por alto los aspectos menos favorecedores del colegio».

—Ya sé por dónde va eso —suspiró Harry.

—¿De qué hablas? —preguntó Ron, aunque Harry creyó saber a qué se refería.

—¡De los elfos domésticos!

—Lo suponía —murmuró Harry en voz baja.

—dijo Hermione en voz alta, lo que le confirmó a Harry que no se había equivocado—. ¡Ni una sola vez, en más de mil páginas, hace la Historia de Hogwarts una sola mención a que somos cómplices de la opresión de un centenar de esclavos!

Daphne suspiró. Granger sería muy lista, pero también era tozuda como ella sola.

Harry movió la cabeza a un lado y otro con desaprobación y se dedicó a los huevos revueltos que tenía en el plato. Su carencia de entusiasmo y la de Ron no había refrenado lo más mínimo la determinación de Hermione de luchar a favor de los elfos domésticos. Era cierto que tanto uno como otro habían puesto los dos sickles que daban derecho a una insignia de la P.E.D.D.O., pero lo habían hecho tan sólo para no molestarla. Sin embargo, habían malgastado el dinero, ya que si habían logrado algo era que Hermione se volviera más radical.

Harry y Ron se miraron, preguntándose por unos instantes como se les había ocurrido esa posibilidad.

Les había estado dando la lata desde aquel momento, primero para que se pusieran las insignias, luego para que persuadieran a otros de que hicieran lo mismo, y cada noche Hermione paseaba por la sala común de Gryffindor acorralando a la gente y haciendo sonar la hucha ante sus narices.

—¿Sois conscientes de que son criaturas mágicas que no perciben sueldo y trabajan en condiciones de esclavitud las que os cambian las sábanas, os encienden el fuego, os limpian las aulas y os preparan la comida? —les decía furiosa.

Algunos, como Neville, habían pagado sólo para que Hermione dejara de mirarlo con el entrecejo fruncido. Había quien parecía moderadamente interesado en lo que ella decía pero se negaba a asumir un papel más activo en la campaña. A muchos todo aquello les parecía una broma.

—¿Sabes, Hermione? Aunque tus intenciones sean buenas, tu comportamiento hace que la gente se eché para atrás, ¿no crees? —señaló Ginny.

—Supongo que sí —admitió Hermione.

Ron alzó los ojos al techo, donde brillaba la luz de un sol otoñal, y Fred se mostró enormemente interesado en su trozo de tocino (los gemelos se habían negado a adquirir su insignia de la P.E.D.D.O.).

Hermione les dirigió una mirada, pero no comento nada.

George, sin embargo, se aproximó a Hermione un poco.

—Escucha, Hermione, ¿has estado alguna vez en las cocinas?

—No, claro que no —dijo Hermione de manera cortante—. Se supone que los alumnos no...

—Bueno, pues nosotros sí —la interrumpió George, señalando a Fred

—Y cómo ha dicho la señorita Granger, esta estrictamente prohibido que los alumnos vayan a las cocinas —dijo McGonagall, fulminando a los gemelos con las miradas.

—Ni que fuésemos los únicos, profesora —se quejó Fred.

—Cierto. Muchos de los Hufflepuff suelen ir allí —añadió George.

—No sé de que hablan —negó Cedric mientras desviaba la mirada, ligeramente sonrojado.

—, un montón de veces, para mangar comida. Y los conocemos, y sabemos que son felices. Piensan que tienen el mejor trabajo del mundo.

—¡Eso es porque no están educados! Les han lavado el cerebro y... —comenzó a decir Hermione acaloradamente,

—Señorita Granger, le aseguró que los elfos domésticos reciben el mejor de los tratos —intervino en ese momento Dumbledore—. Y, aunque no voy a negar que no cobran ni tienen vacaciones, no es porque yo lo haya querido así. Es más, en una ocasión se lo propuse y, bueno, digamos que jamás había visto un motín de tales magnitudes... —La mirada de Dumbledore se perdió en el aire, mientras McGonagall suspiraba. Esos cuatro días habían sido un verdadero calvario.

pero las siguientes palabras quedaron ahogadas por el ruido de batir de alas encima de sus cabezas que anunciaba la llegada de las lechuzas mensajeras.

Harry levantó la vista inmediatamente, y vio a Hedwig, que volaba hacia él.

—La respuesta de Sirius —dijo James, señalando lo obvio.

Hermione se calló de repente. Ella y Ron miraron nerviosos a Hedwig, que revoloteó hasta el hombro de Harry, plegó las alas y levantó la pata con cansancio.

Harry le desprendió la respuesta de Sirius de la pata y le ofreció a Hedwig los restos de su tocino, que comió agradecida. Luego, tras asegurarse de que Fred y George habían vuelto a sumergirse en nuevas discusiones sobre el Torneo de los tres magos,

Eso dejó un poco descolocado a sus hermanos. Sabían perfectamente que los gemelos jamás dejarían escapar una oportunidad para saber porque los tres amigos mantenían tanto secretismo.

Harry les leyó a Ron y a Hermione la carta de Sirius en un susurro:

Esa mentira te honra, Harry.

—Evidentemente sabría que me estabas mintiendo —dijo Sirius.

Ya he vuelto al país y estoy bien escondido. Quiero que me envíes lechuzas contándome cuanto sucede en Hogwarts. No uses a Hedwig. Emplea diferentes lechuzas, y no te preocupes por mí: cuida de ti mismo. No olvides lo que te dije de la cicatriz.

Sirius

—¿Por qué tienes que usar diferentes lechuzas? —preguntó Ron en voz baja.

—Porque Hedwig al ser blanca, atrae mucha atención —respondió Astoria—. No es el tipo de ave que suelas ver volando de un lugar a otro con frecuencia.

—Pues llevo usando a Hedwig durante años, y nunca ha pasado nada —señaló Harry.

—En ese momento no tenías nada que ocultar, así que aunque la gente se percatase de ella, no pasaba nada —replicó Hermione.

—Porque Hedwig atrae demasiado la atención —respondió Hermione de inmediato —. Es muy llamativa. Una lechuza blanca yendo y viniendo a donde quiera que se haya ocultado... Como no es un ave autóctona...

Harry enrolló la carta y se la metió en la túnica, preguntándose si se sentía más o menos preocupado que antes. Consideró que ya era algo que Sirius hubiera conseguido entrar en el país sin que lo atraparan.

—Si conseguí salir del país sin que me pillasen, puedo conseguir volver a colarme —dijo Sirius.

Tampoco podía negarse que la idea de que Sirius estuviera mucho más cerca era tranquilizadora. Por lo menos, no tendría que esperar la respuesta tanto tiempo cada vez que le escribiera.

—Gracias, Hedwig —dijo acariciándola. Ella ululó medio dormida, metió el pico un instante en la copa de zumo de naranja de Harry, y se fue, evidentemente ansiosa de echar una larga siesta en la lechucería.

Harry sonrió con cierto cariño. Desde luego Hedwig se había ganado más que un merecido descanso.

Aquel día había en el ambiente una agradable impaciencia. Nadie estuvo muy atento a las clases, porque estaban mucho más interesados en la llegada aquella noche de la gente de Beauxbatons y Durmstrang. Hasta la clase de Pociones fue más llevadera de lo usual, porque duró media hora menos.

—E igualmente creo que fue un infierno —susurró Harry a Ginny, haciendo que esta riese entre dientes.

Cuando, antes de lo acostumbrado, sonó la campana, Harry, Ron y Hermione salieron a toda prisa hacia la torre de Gryffindor, dejaron allí las mochilas y los libros tal como les habían indicado, se pusieron las capas y volvieron al vestíbulo.

Los jefes de las casas colocaban a sus alumnos en filas.

—Weasley, ponte bien el sombrero —le ordenó la profesora McGonagall a Ron—. Patil, quítate esa cosa ridícula del pelo.

Parvati frunció el entrecejo y se quitó una enorme mariposa de adorno del extremo de la trenza.

McGonagall suspiró, preguntándose si de verdad una cosa como esa se vería bien. Sinceramente, ella lo dudaba.

—Seguidme, por favor —dijo la profesora McGonagall—. Los de primero delante. Sin empujar...

—Sin empujar, ya —murmuró Tonks. Si los estudiantes se ponían en orden, sin siquiera empujarse ni una vez, ella se comía su sombrero... aunque no tuviese ninguno.

Bajaron en fila por la escalinata de la entrada y se alinearon delante del castillo. Era una noche fría y clara. Oscurecía, y una luna pálida brillaba ya sobre el bosque prohibido. Harry, de pie entre Ron y Hermione en la cuarta fila, vio a Dennis Creevey temblando de emoción entre otros alumnos de primer curso.

—Son casi las seis —anunció Ron, consultando el reloj y mirando el camino que iba a la verja de entrada—. ¿Cómo pensáis que llegarán? ¿En el tren?

—No creo que las vías se extiendas por toda Europa, Ron —dijo Bill.

—Bueno, pueden ir con otros medios hasta el tren, ¿no? —replicó Ron.

—Pues para eso que se vengan directamente —señaló Percy.

—No creo —contestó Hermione.

—¿Entonces cómo? ¿En escoba? —dijo Harry, levantando la vista al cielo estrellado.

Viktor sonrió un poco ante eso, imaginándose llegando a Hogwarts montado sobre su Saeta de Fuego.

—No creo tampoco... no desde tan lejos...

—¿En traslador? —sugirió Ron—. ¿Pueden aparecerse?

—Nadie se puede aparecer en los terrenos de Hogwarts —señaló Lily.

A lo mejor en sus países está permitido aparecerse antes de los diecisiete años.

—Pero si en el Torneo solamente pueden participar mayores de edad —señaló Will.

—Nadie puede aparecerse dentro de los terrenos de Hogwarts. ¿Cuántas veces os lo tengo que decir? —exclamó Hermione perdiendo la paciencia.

—Muchas —respondieron Harry y Ron, haciendo que la castaña los mirase con intención asesina.

Escudriñaron nerviosos los terrenos del colegio, que se oscurecían cada vez más. No se movía nada por allí. Todo estaba en calma, silencioso y exactamente igual que siempre. Harry empezaba a tener un poco de frío, y confió en que se dieran prisa. Quizá los extranjeros preparaban una llegada espectacular... Recordó lo que había dicho el señor Weasley en el cámping, antes de los Mundiales: «Siempre es igual. No podemos resistirnos a la ostentación cada vez que nos juntamos...»

Arthur asintió.

Y entonces, desde la última fila, en la que estaban todos los profesores, Dumbledore gritó:

—¡Ajá! ¡Si no me equivoco, se acercan los representantes de Beauxbatons!

Fleur se removió en su asiento, ansiosa por ver como reaccionarían los estudiantes de Hogwarts ante la llegada de su escuela.

—¿Por dónde? —preguntaron muchos con impaciencia, mirando en diferentes direcciones.

—¡Por allí! —gritó uno de sexto, señalando hacia el bosque.

Una cosa larga, mucho más larga que una escoba (y, de hecho, que cien escobas), se acercaba al castillo por el cielo azul oscuro, haciéndose cada vez más grande.

—¡Es un dragón! —gritó uno de los de primero, perdiendo los estribos por completo.

Fleur levantó una ceja. ¿De verdad?

—No seas idiota... ¡es una casa volante! —le dijo Dennis Creevey.

Bueno, tiene más o menos razón pensó Fleur.

La suposición de Dennis estaba más cerca de la realidad. Cuando la gigantesca forma negra pasó por encima de las copas de los árboles del bosque prohibido casi rozándolas, y la luz que provenía del castillo la iluminó, vieron que se trataba de un carruaje colosal, de color azul pálido y del tamaño de una casa grande, que volaba hacia ellos tirado por una docena de caballos alados de color tostado pero con la crin y la cola blancas, cada uno del tamaño de un elefante.

—Son grandes —comentó Ron, innecesariamente.

—Por supuesto que son grandes. Madame Maxime viaja en ellos —replicó Fleur, hablando por primera vez desde que empezó la lectura.*

Los que no conocían a la directora de Beauxbatons, se quedaron confundidos por esa afirmación.

Las tres filas delanteras de alumnos se echaron para atrás cuando el carruaje descendió precipitadamente y aterrizó a tremenda velocidad. Entonces golpearon el suelo los cascos de los caballos, que eran más grandes que platos, me tiendo tal ruido que Neville dio un salto y pisó a un alumno de Slytherin de quinto curso.

—Pobre Neville —murmuró Ginny, imaginando que ese estudiante de Slytherin no se quedaría quieto por eso. Al menos por ahora no podía hacer nada, con todos los profesores delante.

Un segundo más tarde el carruaje se posó en tierra, rebotando sobre las enormes ruedas, mientras los caballos sacudían su enorme cabeza y movían unos grandes ojos rojos.

Antes de que la puerta del carruaje se abriera, Harry vio que llevaba un escudo: dos varitas mágicas doradas cruzadas, con tres estrellas que surgían de cada una.

Un muchacho vestido con túnica de color azul pálido saltó del carruaje al suelo, hizo una inclinación, buscó con las manos durante un momento algo en el suelo del carruaje y desplegó una escalerilla dorada. Respetuosamente, retrocedió un paso. Entonces Harry vio un zapato negro brillante, con tacón alto, que salía del interior del carruaje. Era un zapato del mismo tamaño que un trineo infantil. Al zapato le siguió, casi inmediatamente, la mujer más grande que Harry había visto nunca.

Ahora todos comprendían a lo que Fleur se refería.

Las dimensiones del carruaje y de los caballos quedaron inmediatamente explicadas. Algunos ahogaron un grito.

En toda su vida, Harry sólo había visto una persona tan gigantesca como aquella mujer, y ése era Hagrid. Le parecía que eran exactamente igual de altos, pero aun así (y tal vez porque estaba habituado a Hagrid) aquella mujer —que ahora observaba desde el pie de la escalerilla a la multitud, que a su vez la miraba atónita a ella— parecía aún más grande. Al dar unos pasos entró de lleno en la zona iluminada por la luz del vestíbulo, y ésta reveló un hermoso rostro de piel morena, unos ojos cristalinos grandes y negros, y una nariz afilada. Llevaba el pelo recogido por detrás, en la base del cuello, en un moño reluciente. Sus ropas eran de satén negro, y una multitud de cuentas de ópalo brillaban alrededor de la garganta y en sus gruesos dedos. Dumbledore comenzó a aplaudir. Los estudiantes, imitando a su director, aplaudieron también, muchos de ellos de puntillas para ver mejor a la mujer.

Sonriendo graciosamente, ella avanzó hacia Dumbledore y extendió una mano reluciente. Aunque Dumbledore era alto, apenas tuvo que inclinarse para besársela.

—Mi querida Madame Maxime —dijo—, bienvenida a Hogwarts.

—«Dumbledog» —repuso Madame Maxime, con una voz profunda—, «espego» que esté bien.

—En excelente forma, gracias —respondió Dumbledore.

—Mis alumnos —dijo Madame Maxime, señalando tras ella con gesto lánguido.

Harry, que no se había fijado en otra cosa que en Madame Maxime, notó que unos doce alumnos,

—Bueno, teniendo en cuenta de que están ahí para participar en el Torneo de los Tres Magos, sería raro que no hubiese traído consigo a varios estudiantes —dijo Frank.

chicos y chicas, todos los cuales parecían hallarse cerca de los veinte años, habían salido del carruaje y se encontraban detrás de ella. Estaban tiritando, lo que no era nada extraño dado que las túnicas que llevaban parecían de seda fina, y ninguno de ellos tenía capa.**

—Beauxbatons se haya más al sur, así que no estamos acostumbrados tanto al frío —explicó Fleur.

Algunos se habían puesto bufandas o chales por la cabeza. Por lo que alcanzaba a distinguir Harry (ya que los tapaba la enorme sombra proyectada por Madame Maxime), todos miraban el castillo de Hogwarts con aprensión.

—¿Ha llegado ya «Kagkagov»? —preguntó Madame Maxime.

—Se presentará de un momento a otro —aseguró Dumbledore—. ¿Prefieren esperar aquí para saludarlo o pasar a calentarse un poco?

—Lo segundo, me «paguece»

—Lógico —admitió Molly.

—respondió Madame Maxime—. «Pego» los caballos...

—Nuestro profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas se encargará de ellos encantado

—Eso sin dudarlo —asintió Charlie.

—declaró Dumbledore—, en cuanto vuelva de solucionar una pequeña dificultad que le ha surgido con alguna de sus otras... obligaciones.

—Con los escregutos —le susurró Ron a Harry.

Varios rieron entre dientes.

—Mis «cogceles guequieguen»... eh... una mano «podegosa»

—Hagrid puede —dijeron algunos.

—dijo Madame Maxime, como si dudara que un simple profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas fuera capaz de hacer el trabajo

—Hagrid puede —volvieron a decir.

—. Son muy «fuegtes»...

—Hagrid puede.

—Le aseguro que Hagrid podrá hacerlo —dijo Dumbledore, sonriendo.

—Así es.

—Muy bien —asintió Madame Maxime, haciendo una leve inclinación—. Y, «pog favog», dígale a ese «pgofesog Haggid» que estos caballos solamente beben whisky de malta «pugo».

—Nos han salido caros los caballitos —murmuró Jake.

—Descuide —dijo Dumbledore, inclinándose a su vez.

Allons-y!

—"Vamos" —aclaró Fleur para algunos.

—les dijo imperiosamente Madame Maxime a sus estudiantes, y los alumnos de Hogwarts se apartaron para dejarlos pasar y subir la escalinata de piedra.

—¿Qué tamaño calculáis que tendrán los caballos de Durmstrang? —dijo Seamus Finnigan, inclinándose para dirigirse a Harry y Ron entre Lavender y Parvati.

—¿Por qué creen que los de Durmstrang usaran caballos? —preguntó Bill.

Algunos miraron a Viktor, esperando que este les respondiese.

—No usamos caballos —aclaró el chico.

—Si son más grandes que éstos, ni siquiera Hagrid podrá manejarlos —contestó Harry—. Y eso si no lo han atacado los escregutos. Me pregunto qué le habrá ocurrido.

—A lo mejor han escapado —dijo Ron, esperanzado.

—Lo último que nos hacía falta era tener a esas cosas libres por ahí —dijo Daphne con un escalofrío.

—¡Ah, no digas eso! —repuso Hermione, con un escalofrío—. Me imagino a todos esos sueltos por ahí...

Para entonces ya tiritaban de frío esperando la llega da de la representación de Durmstrang. La mayoría miraba al cielo esperando ver algo.

Viktor no pudo evitar reír internamente. Aunque se pasasen horas mirando al cielo, jamás les verían llegar.

Durante unos minutos, el silencio sólo fue roto por los bufidos y el piafar de los enormes caballos de Madame Maxime. Pero entonces...

—¿No oyes algo? —preguntó Ron repentinamente.

Harry escuchó. Un ruido misterioso, fuerte y extraño llegaba a ellos desde las tinieblas. Era un rumor amortiguado y un sonido de succión, como si una inmensa aspiradora pasara por el lecho de un río...

—¡El lago! —gritó Lee Jordan, señalando hacia él—. ¡Mirad el lago!

Viktor asintió. Suerte que el barco de su escuela hacía semejante ruido al emerger o jamás se habrían enterado.

Desde su posición en lo alto de la ladera, desde la que se divisaban los terrenos del colegio, tenían una buena perspectiva de la lisa superficie negra del agua.

—¿Por eso se pusieron allí, profesor? —preguntó Molly.

—Así es, Molly —respondió Dumbledore.

Y en aquellos momentos esta superficie no era lisa en absoluto. Algo se agitaba bajo el centro del lago. Aparecieron grandes burbujas, y luego se formaron unas olas que iban a morir a las embarradas orillas. Por último surgió en medio del lago un remolino, como si al fondo le hubieran quitado un tapón gigante...

—Vaya —murmuró Ron.

Del centro del remolino comenzó a salir muy despacio lo que parecía un asta negra, y luego Harry vio las jarcias...

—¡Es un mástil! —exclamó.

Lenta, majestuosamente, el barco fue surgiendo del agua, brillando a la luz de la luna. Producía una extraña impresión de cadáver, como si fuera un barco hundido y resucitado, y las pálidas luces que relucían en las portillas daban la impresión de ojos fantasmales.

—Mola —dijo Will.

—Sí —asintió Alan—. Lástima que su capitán solamente pueda estar en tierra un día de cada diez años.***

—¿Eh?

—¿Qué?

—¿Pero qué dices, puto loco?

—Cierto, que aún no se ha estrenado —murmuró Alan—. Y ese "puto loco" os lo ahorráis.

Finalmente, con un sonoro chapoteo, el barco emergió en su totalidad, balanceándose en las aguas turbulentas, y comenzó a surcar el lago hacia tierra. Un momento después oyeron la caída de un ancla arrojada al bajío y el sordo ruido de una tabla tendida hasta la orilla.

A la luz de las portillas del barco, vieron las siluetas de la gente que desembarcaba. Todos ellos, según le pareció a Harry, tenían la constitución de Crabbe y Goyle...

—Solamente son nuestras capas —aclaró Viktor.

pero luego, cuando se aproximaron más, subiendo por la explanada hacia la luz que provenía del vestíbulo, vio que su corpulencia se debía en realidad a que todos llevaban puestas unas capas de algún tipo de piel muy tupida.

—Es que hace frío en Durmstrang —dijo Viktor.

—Ya les comente que seguramente estaría muy al norte, por el tema de que usáis capas de piel como uniforme —aclaró Hermione.

El que iba delante llevaba una piel de distinto tipo: lisa y plateada como su cabello.

—¡Dumbledore! —gritó efusivamente mientras subía la ladera—. ¿Cómo estás, mi viejo compañero, cómo estás?

—¡Estupendamente, gracias, profesor Karkarov! —respondió Dumbledore.

—¿Karkarov? —espetó Sirius con disgusto.

—¿Le conoces? —preguntó Regulus a su padre.

—Más o menos. Es un mortífago, uno de los seguidores de Voldemort.****

—¡¿Mortífago?! —exclamaron varios.

—Ex-mortífago —puntualizó Dumbledore.

Karkarov tenía una voz pastosa y afectada. Cuando llegó a una zona bien iluminada, vieron que era alto y delgado como Dumbledore, pero llevaba corto el blanco cabello, y la perilla (que terminaba en un pequeño rizo) no ocultaba del todo el mentón poco pronunciado. Al llegar ante Dumbledore, le estrechó la mano.

—El viejo Hogwarts —dijo, levantando la vista hacia el castillo y sonriendo.

Tenía los dientes bastante amarillos, y Harry observó que la sonrisa no incluía los ojos, que mantenían su expresión de astucia y frialdad

—No es, para decirlo de alguna manera, la personas más afectiva del mundo —dijo Viktor.

—. Es estupendo estar aquí, es estupendo... Viktor, ve para allá, al calor... ¿No te importa, Dumbledore? Es que Viktor tiene un leve resfriado...

—¿Viktor?

Varios miraron al susodicho, quién simplemente miraba el libro en silencio.

Mientras tanto, Viktor se quejaba dentro de su mente. ¿Por qué su director tendía a estar tan encima de él? Era verdaderamente una molestia.

Karkarov indicó por señas a uno de sus estudiantes que se adelantara.

Cuando el muchacho pasó, Harry vio su nariz, prominente y curva, y las espesas cejas negras. Para reconocer aquel perfil no necesitaba el golpe que Ron le dio en el brazo, ni tampoco que le murmurara al oído:

—¡Harry...! ¡Es Krum!

—Fin del capítulo —anunció Sally.


*: Por comodidad del lector (y también del escritor) los diálogos de Fleur y Viktor los dejaré escritos con normalidad.

**: Algo curioso, teniendo en cuenta de que Beauxbatons se haya en los Pirineos franceses.

***: Referencia a la saga de películas Piratas del Caribe, más en concreto a su personaje Davy Jones.

****: Ha pasado bastante tiempo, así que no estoy seguro de si ya habían aclarado que Karkarov fue mortífago o no.


Hola gente.

Décimo octavo capítulo subido. No tengo mucho que comentar la verdad, solo que Neville y Luna aparecerán en el siguiente capítulo, pero aún no veremos el momento Neville/Luna hasta el otro capítulo.

En fin, espero que os haya gustado.

Se despide,

Grytherin18-Friki