Disclaimer: Harry Potter es propiedad de J.K. Rowling
Justo cuando Emily se disponía a leer el nuevo capítulo, Neville y Luna volvieron a la sala y ocuparon sus respectivos lugares.
—¿Dónde habéis estado? —preguntó Ginny en cuanto se sentaron.
—Oh, ya sabes... —Neville, por algún extraño motivo, estaba rojo y miraba al suelo—. Hablando y eso...
—Besándonos también —añadió Luna tranquilamente.
—Ya veo. Así que hablando y... ¡¿BESÁNDOOS?! —exclamó Ginny con los ojos abiertos como platos—. Quiero todos los putos detalles...
—¡Ginny! —exclamó la señora Weasley ante el vocabulario de su hija.
—¡Ahora! —añadió Ginny, obviando a su madre.
—Aunque seguramente la historia del señor Longbottom y la señorita Lovegood pueda ser interesante (por cierto, mi más sincera enhorabuena por su noviazgo), señorita Weasley, creo que ahora sería mejor momento de irnos centrando en la lectura —dijo Dumbledore—. Así que, si la joven señorita Black es tan amable...
—Eh, sí. El Cáliz de Fuego —leyó Emily.
—¡No me lo puedo creer! —exclamó Ron asombrado cuando los alumnos de Hogwarts, formados en fila, volvían a subir la escalinata tras la comitiva de Durmstrang—. ¡Krum, Harry! ¡Es Viktor Krum!
—Genial, Ronnie. Te has vuelto toda una fangirl —dijo Fred.
Ron se sonrojo hasta las orejas.
—¡Ron, por Dios, no es más que un jugador de quidditch! —dijo Hermione.
Eso sorprendió a Viktor. No es que fuese creído ni nada de eso, pero tenía que admitir que tras jugar en el equipo nacional de quidditch de Bulgaria, no esperaba que alguien le tratase como un simple jugador de quidditch de escuela.
Y, tenía que admitir, que eso le gustaba.
—¿Nada más que un jugador de quidditch? —repitió Ron, mirándola como si no pudiera dar crédito a sus oídos—. ¡Es uno de los mejores buscadores del mundo, Hermione! ¡Nunca me hubiera imaginado que aún fuera al colegio!
—Último año —dijo Krum.
Cuando volvían a cruzar el vestíbulo con el resto de los estudiantes de Hogwarts, de camino al Gran Comedor, Harry vio a Lee Jordan dando saltos en vertical para poder distinguir la nuca de Krum.
Viktor se tapo la nuca con la mano, como si sintiese las miradas de Lee Jordan en ella.
Unas chicas de sexto revolvían en sus bolsillos mientras caminaban.
—¡Ah, es increíble, no llevo ni una simple pluma! ¿Crees que accedería a firmarme un autógrafo en el sombrero con mi lápiz de labios?
—Mientras solo sea en el sombrero —murmuró Viktor con voz débil, mientras recordaba experiencias pasadas.
—¡Pero bueno! —bufó Hermione muy altanera al adelantar a las chicas, que habían empezado a pelearse por el lápiz de labios.
—Voy a intentar conseguir su autógrafo —dijo Ron—. No llevarás una pluma, ¿verdad, Harry?
—Pídele a esas chicas el lápiz de labios —dijo George.
—Las dejé todas en la mochila —contestó.
Se dirigieron a la mesa de Gryffindor. Ron puso mucho interés en sentarse orientado hacia la puerta de entrada, porque Krum y sus compañeros de Durmstrang seguían amontonados junto a ella sin saber dónde sentarse.
Ron soltó un gruñido y se tapó la cara con las manos, muerto de vergüenza.
—Por favor, que acabe ya el capítulo —murmuró en voz baja.
O qué Krum dejé de salir pensó.
Los alumnos de Beauxbatons se habían puesto en la mesa de Ravenclaw y observaban el Gran Comedor con expresión crítica. Tres de ellos se sujetaban aún bufandas o chales en torno a la cabeza.
—No hace tanto frío —dijo Hermione, molesta—. ¿Por qué no han traído capa?
—No imaginarían que Hogwarts sería tan frío —dijo Fleur, un poco molesta por la actitud de Hermione hacia sus compañeros de escuela.
—¡Aquí! ¡Ven a sentarte aquí! —decía Ron entre dientes—. ¡Aquí! Hermione, hazte aun lado para hacerle sitio...
—¿Qué?
—Demasiado tarde —se lamentó Ron con amargura.
Viktor Krum y sus compañeros de Durmstrang se habían colocado en la mesa de Slytherin.
—Es la más cercana a las puertas del Gran Comedor, así que es normal que se sientan por ahí, para poder salir antes —dijo Charlie.
Harry vio que Malfoy, Crabbe y Goyle parecían muy ufanos por este hecho. En el instante en que miró, Malfoy se inclinaba un poco para dirigirse a Krum.
—Sí, muy bien, hazle la pelota, Malfoy —dijo Ron de forma mordaz
—Cómo si tú no hubieses hecho lo mismo, hermanito —se burló Ginny.
—. Apuesto algo a que Krum no tarda en calarte... Seguro que tiene montones de gente lisonjeándolo todo el día...
Viktor tenía que reconocer que era cierto. Amaba el quidditch, y no se arrepentía de haberse unido al equipo nacional de Bulgaria, pero en ocasiones echaba de menos su antigua vida, cuando solamente jugaba con sus amigos para divertirse.
¿Dónde creéis que dormirán? Podríamos hacerle sitio en nuestro dormitorio, Harry... No me importaría dejarle mi cama: yo puedo dormir en una plegable.
—Ron, por tu propio bien, mejor que no sigas hablando —le dijo Bill a su hermano menor.
Hermione exhaló un sonoro resoplido.
—Parece que están mucho más contentos que los de Beauxbatons —comentó Harry.
—Estamos más acostumbrados al frío —dijo Viktor con simpleza.
Los alumnos de Durmstrang se quitaban las pesadas pieles y miraban con expresión de interés el negro techo lleno de estrellas. Dos de ellos cogían los platos y las copas de oro y los examinaban, aparentemente muy impresionados.
—Solo los cubiertos son de oro. El resto es de plata —explicó el estudiante búlgaro.
En el fondo, en la mesa de los profesores, Filch, el conserje, estaba añadiendo sillas. Como la ocasión lo merecía, llevaba puesto su frac viejo y enmohecido. Harry se sorprendió de verlo añadir cuatro sillas, dos a cada lado de Dumbledore.
—Las otras dos son para el señor Crouch y el señor Bagman —explicó Percy.
—¿Por qué ellos dos? —preguntó Ron.
—El señor Crouch es uno de los principales implicados en este proyecto. De igual forma que el señor Bagman —respondió su hermano.
—Pero sólo hay dos profesores más —se extrañó Harry—. ¿Por qué Filch pone cuatro sillas? ¿Quién más va a venir?
—¿Eh? —dijo Ron un poco ido. Seguía observando a Krum con avidez.
—Ron, de verdad, empiezas a ser un poco, bastante, creepy —dijo Will.
Habiendo entrado todos los alumnos en el Gran Comedor y una vez sentados a las mesas de sus respectivas casas, empezaron a entrar en fila los profesores, que se encaminaron a la mesa del fondo y ocuparon sus asientos.
Los últimos en la fila eran el profesor Dumbledore, el profesor Karkarov y Madame Maxime. Al ver aparecer a su directora, los alumnos de Beauxbatons se pusieron inmediatamente en pie. Algunos de los de Hogwarts se rieron. El grupo de Beauxbatons no pareció avergonzarse en absoluto, y no volvió a ocupar sus asientos hasta que Madame Maxime se hubo sentado a la izquierda de Dumbledore.
—Lo hacemos siempre que hay un banquete importante —explicó la rubia francesa.
Éste, sin embargo, permaneció en pie, y el silencio cayó sobre el Gran Comedor.
—Buenas noches, damas, caballeros, fantasmas y, muy especialmente, buenas noches a nuestros huéspedes —dijo Dumbledore, dirigiendo una sonrisa a los estudiantes extranjeros—. Es para mí un placer daros la bienvenida a Hogwarts. Deseo que vuestra estancia aquí os resulte al mismo tiempo confortable y placentera, y confío en que así sea.
Una de las chicas de Beauxbatons, que seguía aferrando la bufanda con que se envolvía la cabeza, profirió lo que inconfundiblemente era una risa despectiva.
—¡Nadie te obliga a quedarte! —susurró Hermione, irritada con ella.
Fleur tenía una extraña sensación de que esa chica era ella. Si ese era el caso, seguramente su risa despectiva sería debido al trato que recibiría por sus genes en el castillo.
—El Torneo quedará oficialmente abierto al final del banquete —explicó Dumbledore—. ¡Ahora os invito a todos a comer, a beber y a disfrutar como si estuvierais en vuestra casa!
Se sentó, y Harry vio que Karkarov se inclinaba inmediatamente hacia él y trababan conversación.
Como de costumbre, las fuentes que tenían delante se llenaron de comida. Los elfos domésticos de las cocinas parecían haber tocado todos los registros. Ante ellos tenían la mayor variedad de platos que Harry hubiera visto nunca, incluidos algunos que eran evidentemente extranjeros.
—Bueno, ya que han ido extranjeros, sería raro que no hubiese platos de otros países —dijo Arthur.
—¿Qué es esto? —dijo Ron, señalando una larga sopera llena de una especie de guiso de marisco que había al lado de un familiar pastel de carne y riñones.
Fleur reconoció el plato, aunque no estaba segura de si era lo que ella pensaba. A lo mejor era un plato búlgaro que se asemejaba.
—Bullabesa —repuso Hermione.
—Por si acaso, tuya —replicó Ron.
—Este ha sido el "tu puta madre por si acaso" del mes —bromeó Regulus con sus amigos. Holly y Jake tuvieron que aguantar la risa, mientras que Eli les echaba una mirada de desaprobación, aunque se podía entrever una sonrisa en su intento de mueca de enfado.
—Es un plato francés —explicó Hermione—. Lo probé en vacaciones, este verano no, el anterior, y es muy rica.
—Te creo sin necesidad de probarla —dijo Ron sirviéndose pastel.
—De verdad que lo esta —dijo Fleur.
El Gran Comedor parecía mucho más lleno de lo usual, aunque había tan sólo unos veinte estudiantes más que de costumbre. Quizá fuera porque sus uniformes, que eran de colores diferentes, destacaban muy claramente contra el negro de las túnicas de Hogwarts. Una vez desprendidos de sus pieles, los alumnos de Durmstrang mostraban túnicas de color rojo sangre.
A los veinte minutos de banquete, Hagrid entró furtivamente en el Gran Comedor a través de la puerta que estaba situada detrás de la mesa de los profesores. Ocupó su silla en un extremo de la mesa y saludó a Harry, Ron y Hermione con la mano vendada.
—¿Están bien los escregutos, Hagrid? —le preguntó Harry.
—Prosperando —respondió Hagrid, muy contento.
—Me encanta de que la conversación parece ser que haya sido como si estuvieseis al lado, cuando en verdad habrá sido a gritos —se rió Sirius.
—Sí, estoy se guro de que prosperan —dijo Ron en voz baja—. Parece que por fin han encontrado algo de comer que les gusta, ¿verdad? ¡Los dedos de Hagrid!
—Pues, fuera bromas. No me extrañaría para nada que esas cosas comiesen carne humana —dijo Will.
—En general, las cosas "adorables" de Hagrid comen carne humana —señaló Harry.
En aquel momento dijo una voz:
—«Pegdonad», ¿no «queguéis» bouillabaisse?
Se trataba de la misma chica de Beauxbatons que se había reído durante el discurso de Dumbledore. Al fin se había quitado la bufanda. Una larga cortina de pelo rubio plateado le caía casi hasta la cintura. Tenía los ojos muy azules y los dientes muy blancos y regulares.
Automáticamente las miradas de la gente se dirigió a Fleur.
—No sé si soy yo —respondió mientras se encogía de hombros.
Ron se puso colorado. La miró, abrió la boca para contestar, pero de ella no salió nada más que un débil gorjeo.
Pues sí que soy yo pensó la rubia. Aunque es extraño, aquí se comporta de una forma distinta a los libros.
—Puedes llevártela —le dijo Harry, acercándole a la chica la sopera.
—¿Habéis «tegminado» con ella?
—Más bien ni la han tocado —dijo Ginny.
—Yo seguro que si he comido. Me gustó cuando fui a Francia —dijo Hermione.
—Sí —repuso Ron sin aliento—. Sí, es deliciosa.
—Para la próxima mejor la pruebas —replicó Hermione con el ceño fruncido.
La chica cogió la sopera y se la llevó con cuidado a la mesa de Ravenclaw.
Ron seguía mirándola con ojos desorbitados, como si nunca hubiera visto una chica.
—Y se pasa la mayor parte del tiempo en compañía de una —rió Bill.
—Conociéndole, seguramente no habrá reparado que Hermione es una chica —rió Charlie.
Las orejas de Ron se calentaron de la vergüenza. Definitivamente este era el capítulo para dejarlo mal.
Harry se echó a reír, y el sonido de su risa pareció sacar a Ron de su ensimismamiento.
—¡Es una veela! —le dijo a Harry con voz ronca.
—Pues al parecer si era yo —dijo Fleur sin darse cuenta.
—¿Eres una veela? —preguntó Bill con cierto interés.
—Un cuarto de veela, en realidad. Mi abuela materna es una veela* —respondió Fleur, mirando a Bill. Ahora que lo veía mejor, podía ver que el chico era bastante atractivo, y que ese colmillo de dragón que tenía colgando de la oreja le sentaba bien.
—¡Por supuesto que no lo es! —repuso Hermione ásperamente—. No veo que nadie más se haya quedado mirándola con la boca abierta como un idiota.
Pero no estaba totalmente en lo cierto. Cuando la chica cruzó el Gran Comedor muchos chicos volvieron la cabeza, y algunos se quedaban sin habla, igual que Ron.
—Lo raro es que Ron no ha reaccionado de la misma forma —señaló Luna.
Ron se encogió de hombros. Sin duda encontraba muy atractiva a la rubia, y estaba seguro que esa noche soñaría con ella de forma poco inocente, pero no le despertaba ningún interés desenfrenado.
—¡Te digo que no es una chica normal! —exclamó Ron, haciéndose a un lado para verla mejor—. ¡Las de Hogwarts no están tan bien!
—Ten cuidado o al final te acabarán lloviendo ostias, Weasley —le advirtió Astoria.
—En Hogwarts las hay que están muy bien —contestó Harry, sin pensar.
Daba la casualidad de que Cho Chang estaba sentada a unas pocas sillas de distancia de la chica del pelo plateado.
—No sé quién de los dos esta peor —murmuró Hermione.
—Cuando podáis apartar la vista de ahí —dijo Hermione—, veréis quién acaba de llegar.
Señaló la mesa de los profesores, donde ya se habían ocupado los dos asientos vacíos. Ludo Bagman estaba sentado al otro lado del profesor Karkarov, en tanto que el señor Crouch, el jefe de Percy, ocupaba el asiento que había al lado de Madame Maxime.
—Cómo dije —asintió Percy.
—¿Qué hacen aquí? —preguntó Harry sorprendido.
—Son los que han organizado el Torneo de los tres magos, ¿no? —repuso Hermione—. Supongo que querían estar presentes en la inauguración.
Cuando llegaron los postres, vieron también algunos dulces extraños. Ron examinó detenidamente una especie de crema pálida, y luego la desplazó un poco a la derecha, para que quedara bien visible desde la mesa de Ravenclaw. Pero la chica que parecía una veela debía de haber comido ya bastante, y no se acercó a pedirla.
—A lo mejor es búlgara —dijo Fleur.
Una vez limpios los platos de oro, Dumbledore volvió a levantarse. Todos en el Gran Comedor parecían emocionados y nerviosos. Con un estremecimiento, Harry se preguntó qué iba a suceder a continuación. Unos asientos más allá, Fred y George se inclinaban hacia delante, sin despegar los ojos de Dumbledore.
—Ha llegado el momento —anunció Dumbledore, sonriendo a la multitud de rostros levantados hacia él—. El Torneo de los tres magos va a dar comienzo. Me gustaría pronunciar unas palabras para explicar algunas cosas antes de que traigan el cofre...
—¿El qué? —murmuró Harry.
—Ya sabes, hijo. Una caja con una tapa para guardar cosas —respondió James.
Ron se encogió de hombros.
—Ya sabes, amigo de mi hijo. Una caja con una tapa para guardar cosas —repitió James.
—... sólo para aclarar en qué consiste el procedimiento que vamos a seguir. Pero antes, para aquellos que no los conocéis, permitidme que os presente al señor Bartemius Crouch, director del Departamento de Cooperación Mágica Internacional —hubo un asomo de aplauso cortés—, y al señor Ludo Bagman, director del Departamento de Deportes y Juegos Mágicos.
Aplaudieron mucho más a Bagman que a Crouch, tal vez a causa de su fama como golpeador de quidditch, o tal vez simplemente porque tenía un aspecto mucho más simpático. Bagman agradeció los aplausos con un jovial gesto de la mano, mientras que Bartemius Crouch no saludó ni sonrió al ser presentado.
—El señor Crouch tiene que mantener una imagen —respondió Percy con seriedad.
—Sí, la que tiene un palo metido por el culo —murmuró Sirius a sus amigos.
Al recordarlo vestido con su impecable traje en los Mundiales de quidditch, Harry pensó que no le pegaba la túnica de mago. El bigote de cepillo y la raya del pelo, tan recta, resultaban muy raros junto al pelo y la barba de Dumbledore, que eran largos y blancos.
—Los señores Bagman y Crouch han trabajado sin descanso durante los últimos meses en los preparativos del Torneo de los tres magos —continuó Dumbledore—, y estarán conmigo, con el profesor Karkarov y con Madame Maxime en el tribunal que juzgará los esfuerzos de los campeones.
A la mención de la palabra «campeones», la atención de los alumnos aumentó aún más. Quizá Dumbledore percibió el repentino silencio, por que sonrió mientras decía:
—Señor Filch, si tiene usted la bondad de traer el cofre...
—Para los que no lo sepan, un cofre es...
—Basta ya con la bromita, cariño —suspiró Lily.
Filch, que había pasado inadvertido pero permanecía atento en un apartado rincón del Gran Comedor, se acercó a Dumbledore con una gran caja de madera con joyas incrustadas.** Parecía extraordinariamente vieja. De entre los alumnos se alzaron murmullos de interés y emoción. Dennis Creevey se puso de pie sobre la silla para ver bien, pero era tan pequeño que su cabeza apenas sobresalía de las demás.
—Pues el chaval ya puede ser pequeño —dijo Will.
—Los señores Crouch y Bagman han examinado ya las instrucciones para las pruebas que los campeones tendrán que afrontar —dijo Dumbledore mientras Filch colocaba con cuidado el cofre en la mesa, ante él—, y han dispuesto todos los preparativos necesarios para ellas. Habrá tres pruebas, espaciadas en el curso escolar, que medirán a los campeones en muchos aspectos diferentes: sus habilidades mágicas, su osadía, sus dotes de deducción y, por supuesto, su capacidad para sortear el peligro.
—Suerte que solo pueden participar los mayores de diecisiete años —murmuró Lily, feliz de que su hijo, por una vez, estuviese lejos del peligro.
No hacía falta ni decir que Alan procuraba no mirar a nadie.
Ante esta última palabra, en el Gran Comedor se hizo un silencio tan absoluto que nadie parecía respirar.
—Como todos sabéis, en el Torneo compiten tres campeones —continuó Dumbledore con tranquilidad—, uno por cada colegio participante. Se puntuará la perfección con que lleven a cabo cada una de las pruebas y el campeón que después de la tercera tarea haya obtenido la puntuación más alta se alzará con la Copa de los tres magos. Los campeones serán elegidos por un juez imparcial: el cáliz de fuego.
Dumbledore sacó la varita mágica y golpeó con ella tres veces en la parte superior del cofre. La tapa se levantó lentamente con un crujido. Dumbledore introdujo una mano para sacar un gran cáliz de madera toscamente tallada. No habría llamado la atención de no ser porque estaba lleno hasta el borde de unas temblorosas llamas de color blanco azulado.
—Así que eso es el Cáliz de fuego —dijo James.
—Eso han dicho, Cornamenta —asintió Sirius.
Dumbledore cerró el cofre y con cuidado colocó el cáliz sobre la tapa, para que todos los presentes pudieran verlo bien.
—Todo el que quiera proponerse para campeón tiene que escribir su nombre y el de su colegio en un trozo de pergamino con letra bien clara, y echarlo al cáliz
—Es mucho más fácil de lo que me había imaginado —dijo Ron.
—En ocasiones las cosas más sencillas son las más eficaces, señor Weasley —dijo Dumbledore.
—explicó Dumbledore—. Los aspirantes a campeones disponen de veinticuatro horas para hacerlo. Mañana, festividad de Halloween, por la noche, el cáliz nos devolverá los nombres de los tres campeones a los que haya considerado más dignos de representar a sus colegios. Esta misma noche el cáliz quedará expuesto en el vestíbulo, accesible a todos aquellos que quieran competir.
»Para asegurarme de que ningún estudiante menor de edad sucumbe a la tentación —prosiguió Dumbledore—, trazaré una raya de edad alrededor del cáliz de fuego una vez que lo hayamos colocado en el vestíbulo.
Fred y George se miraron a escondidas. Si querían participar en el Torneo de los tres magos, deberían sortear la raya de edad de Dumbledore.
No podrá cruzar la línea nadie que no haya cumplido los diecisiete años.
Suerte que hoy es mi cumpleaños... o al menos lo es en el libro pensó Cedric.***
»Por último, quiero recalcar a todos los que estén pensando en competir que hay que meditar muy bien antes de entrar en el Torneo. Cuando el cáliz de fuego haya seleccionado a un campeón, él o ella estarán obligados a continuar en el Torneo hasta el final. Al echar vuestro nombre en el cáliz de fuego estáis firmando un contrato mágico de tipo vinculante. Una vez convertido en campeón, nadie puede arrepentirse. Así que debéis estar muy seguros antes de ofrecer vuestra candidatura. Y ahora me parece que ya es hora de ir a la cama. Buenas noches a todos.
—¡Una raya de edad! —dijo Fred Weasley con ojos chispeantes de camino hacia la puerta que daba al vestíbulo—. Bueno, creo que bastará con una poción envejecedora para burlarla.
Dumbledore rió entre dientes. A veces amaba la inocencia de los jóvenes.
Y, una vez que el nombre de alguien esté en el cáliz, ya no podrán hacer nada. Al cáliz le da igual que uno tenga diecisiete años o no.
—Más que nada porque no esta vivo —señaló Cedric.
—Pero no creo que nadie menor de diecisiete años tenga ninguna posibilidad —objetó Hermione
—Bueno, tampoco digas eso cuando vosotros tres habéis estado en situaciones peligrosas, Granger —dijo Daphne.
—. No hemos aprendido bastante...
—Habla por ti —replicó George—. Tú lo vas a intentar, ¿no, Harry?
—Me gusta la tranquilidad —dijo Harry. Al instante varios miraron a Harry como si a este le hubiesen crecido dos cabezas extras—. ¡¿Qué? Es verdad!
Harry pensó un momento en la insistencia de Dumbledore en que nadie se ofreciera como candidato si no había cumplido los diecisiete años, pero luego volvió a imaginarse a sí mismo ganando el Torneo de los tres magos... Se preguntó hasta qué punto se enfadaría Dumbledore si alguien por debajo de los diecisiete hallaba la manera de cruzar la raya de edad...
—Más que enfadado, estaría interesado en saber como la habrían superado —dijo Dumbledore.
—¿Dónde está? —dijo Ron, que no escuchaba una palabra de la conversación, porque escrutaba la multitud para ver dónde se encontraba Krum—. Dumbledore no ha dicho nada de dónde van a dormir los de Durmstrang, ¿verdad?
—Ni los de Beauxbatons, hermanito —señaló Ginny.
Pero su pregunta quedó respondida al instante. Habían llegado a la altura de la mesa de Slytherin, y Karkarov les metía prisa en aquel momento a sus alumnos.
—Al barco, vamos —les decía—. ¿Cómo te encuentras, Viktor? ¿Has comido bastante?
Viktor suspiró. Su director podía ser muy pesado en ocasiones.
¿Quieres que pida que te preparen un ponche en las cocinas?
Harry vio que Krum negaba con la cabeza mientras se ponía su capa de pieles.
—Profesor, a mí sí me gustaría tomar un ponche —dijo otro de los alumnos de Durmstrang.
—Debe ser Poliakov —dijo Viktor—. Le chiflan los ponches y cosas como esas —aclaró.
—No te lo he ofrecido a ti, Poliakov —contestó con brusquedad Karkarov, de cuyo rostro había desaparecido todo aire paternal—. Ya veo que has vuelto a mancharte de comida la pechera de la túnica, niño indeseable...
—Menuda manera de tratarlo —dijo Frank.
—Me recuerda a Snape —dijo Harry, pensativamente—. Adulando a un estudiante y tratando mal a otro.
Karkarov se volvió y marchó hacia la puerta por delante de sus alumnos.
Llegó a ella exactamente al mismo tiempo que Harry, Ron y Hermione, y Harry se detuvo para cederle el paso.
—Gracias —dijo Karkarov despreocupadamente, echándole una mirada.
—¿Adivinas lo que viene ahora? —le susurró Harry a Ginny en voz baja.
—La hora de "eres Harry Potter" —respondió Ginny con una risita.
—No hace gracia —se quejó el azabache, aunque él también sonreía un poco.
Y de repente Karkarov se quedó como helado.
Harry y Ginny intercambiaron una mirada divertida.
Volvió a mirar a Harry y dejó los ojos fijos en él, como si no pudiera creer lo que veía. Detrás de su director, también se detuvieron los alumnos de Durmstrang. Muy lentamente, los ojos de Karkarov fueron ascendiendo por la cara de Harry hasta llegar a la cicatriz. También sus alumnos observaban a Harry con curiosidad. Por el rabillo del ojo, Harry veía en sus caras la expresión de haber caído en la cuenta de algo. El chico que se había manchado de comida la pechera le dio un codazo a la chica que estaba a su lado y señaló sin disimulo la frente de Harry.
—Tampoco es muy disimulado —dijo Viktor.
—Ya nos hemos dado cuenta —asintió Cedric.
—Sí, es Harry Potter —dijo desde detrás de ellos una voz gruñona.
—Por si la cicatriz no estaba clara —dijo Holly.
El profesor Karkarov se dio la vuelta. Ojoloco Moody estaba allí, apoyando todo su peso en el bastón y observando con su ojo mágico, sin parpadear, al director de Durmstrang.
Ante los ojos de Harry, Karkarov palideció y le dirigió a Moody una mirada terrible, mezcla de furia y miedo.
—Por lo que tengo entendido, fue Moody quién atrapó a Karkarov cuando aún era un mortífago —explicó Sirius.
—¡Tú! —exclamó, mirando a Moody como si no diera crédito a sus ojos.
—Sí, yo —contestó Moody muy serio—. Y, a no ser que tengas algo que decirle a Potter, Karkarov, deberías salir. Estás obstruyendo el paso.
Era cierto. La mitad de los alumnos que había en el Gran Comedor aguardaban tras ellos, y se ponían de puntillas para ver qué era lo que ocasionaba el atasco.
Sin pronunciar otra palabra, el profesor Karkarov salió con sus alumnos.
Moody clavó los ojos en su espalda y, con un gesto de intenso desagrado, lo siguió con la vista hasta que se alejó.
—No tendría que haber salido de Azkaban —masculló Moody.
Como al día siguiente era sábado, lo normal habría sido que la mayoría de los alumnos bajaran tarde a desayunar.
—¿Con el tema del cáliz? Lo dudo —dijo Astoria.
Sin embargo, Harry, Ron y Hermione no fueron los únicos que se levantaron mucho antes de lo habitual en días de fiesta. Al bajar al vestíbulo vieron a unas veinte personas agrupadas allí, algunas comiendo tostadas, y todas contemplando el cáliz de fuego. Lo habían colocado en el centro del vestíbulo, encima del taburete sobre el que se ponía el Sombrero Seleccionador. En el suelo, a su alrededor, una fina línea de color dorado formaba un círculo de tres metros de radio.
—La raya de edad —dijo Regulus, aunque no hiciese falta.
—¿Ya ha dejado alguien su nombre? —le preguntó Ron algo nervioso a una de tercero.
Ginny se preguntó a quién sería. ¿Demelza? ¿Janice? ¿O tal vez Lila?
—Todos los de Durmstrang —contestó ella—. Pero de momento no he visto a ninguno de Hogwarts.
—Seguro que lo hicieron ayer después de que los demás nos acostamos —dijo Harry—. Yo lo habría hecho así si me fuera a presentar: preferiría que no me viera nadie. ¿Y si el cáliz te manda a freír espárragos?
—Sería un buen motivo —asintió Neville.
Alguien se reía detrás de Harry. Al volverse, vio a Fred, George y Lee Jordan que bajaban corriendo la escalera. Los tres parecían muy nerviosos.
—Han completado la poción —suspiró Molly, resignada.
—Ahora veremos si funciona —dijo James con cierta emoción.
—Ya está —les dijo Fred a Harry, Ron y Hermione en tono triunfal—. Acabamos de tomárnosla.
—¿El qué? —preguntó Ron.
—La poción envejecedora, cerebro de mosquito —respondió Fred.
—Una gota cada uno —explicó George, frotándose las manos con júbilo—. Sólo necesitamos ser unos meses más viejos.
—Si uno de nosotros gana, repartiremos el premio entre los tres —añadió Lee, con una amplia sonrisa.
—Eso si sois seleccionados... y si podéis poner vuestro nombre —señaló Eli.
—No estoy muy convencida de que funcione, ¿sabéis? Seguro que Dumbledore ha pensado en eso —les advirtió Hermione.
Fred, George y Lee no le hicieron caso.
—Que conste que yo les advertí —dijo Hermione.
—¿Listos? —les dijo Fred a los otros dos, temblando de emoción—. Entonces, vamos. Yo voy primero...
Harry observó, fascinado, cómo Fred se sacaba del bolsillo un pedazo de pergamino con las palabras: «Fred Weasley, Hogwarts.» Fred avanzó hasta el borde de la línea y se quedó allí, balanceándose sobre las puntas de los pies como un saltador de trampolín que se dispusiera a tirarse desde veinte metros de altura.
Varios tragaron saliva. Aunque muchos creían que la poción iba a fracasar, aun tenían ganas de ver como iría.
Luego, observado por todos los que estaban en el vestíbulo, tomó aire y dio un paso para cruzar la línea.
Durante una fracción de segundo, Harry creyó que el truco había funcionado.
—¿Ha funcionado? —exclamó Ron con asombro.
—Durante una fracción de segundo, Ron —corrigió Hermione.
George, desde luego, también lo creyó, porque profirió un grito de triunfo y avanzó tras Fred. Pero al momento siguiente se oyó un chisporroteo, y ambos hermanos se vieron expulsados del círculo dorado como si los hubiera echado un invisible lanzador de peso. Cayeron al suelo de fría piedra a tres metros de distancia, haciéndose bastante daño, y para colmo sonó un «¡plin!» y a los dos les salió de repente la misma barba larga y blanca.
Durante unos segundos hubo un silencio. Entonces empezaron a reír con ganas, pero no tan fuerte como Fred y George.
En el vestíbulo, todos prorrumpieron en carcajadas. Incluso Fred y George se rieron al ponerse en pie y verse cada uno la barba del otro.
—Seguro que nos quedará de muerte, Georgie —rió Fred.
—Puedo dar fe de ellos, señores Weasley —comentó Dumbledore con diversión.
—Os lo advertí —dijo la voz profunda de alguien que parecía estar divirtiéndose, y todo el mundo se volvió para ver salir del Gran Comedor al profesor Dumbledore. Examinó a Fred y George con los ojos brillantes—. Os sugiero que vayáis los dos a ver a la señora Pomfrey. Está atendiendo ya a la señorita Fawcett, de Ravenclaw, y al señor Summers, de Hufflepuff, que también decidieron envejecerse un poquito. Aunque tengo que decir que me gusta más vuestra barba que la que les ha salido a ellos.
—Es que nosotros tenemos estilo, profesor —dijo George, mientras usaba la mano para apartarse un mechón de cabello de delante de la cara, aunque movió la mano demasiado rápido y se golpeó la nariz.
Fred y George salieron para la enfermería acompaña dos por Lee, que se partía de risa, y Harry, Ron y Hermione, que también se reían con ganas, entraron a desayunar.
Habían cambiado la decoración del Gran Comedor. Como era Halloween, una nube de murciélagos vivos revoloteaba por el techo encantado mientras cientos de calabazas lanzaban macabras sonrisas desde cada rincón. Se encaminaron hacia donde estaban Dean y Seamus, que hablaban sobre los estudiantes de Hogwarts que tenían diecisiete años o más y que podrían intentar participar.
—Corre por ahí el rumor de que Warrington se ha levantado temprano para echar el pergamino con su nombre —le dijo Dean a Harry—. Sí, hombre, ese tío grande de Slytherin que parece un oso perezoso...
—Que sea de Slytherin no quiere decir que lo conozca —dijo Daphne con frialdad al sentir varias miradas encima suyo.
Harry, que se había enfrentado a Warrington en quidditch, movió la cabeza en señal de disgusto.
Harry hizo una mueca. Recordaba ese tipo de sus partidos de quidditch contra Slytherin.
—¡Espero que no tengamos de campeón a nadie de Slytherin!
—Pues yo espero que no sea nadie de Gryffindor —dijo Daphne—. Porque lo más seguro es que muera en la primera prueba por culpa de la impulsividad.
—Ya lo pillo, culpa mía —dijo Harry en tono pacifico.
—Y los de Hufflepuff hablan todos de Diggory —comentó Seamus con desdén
Cedric levantó una ceja.
—Aun les escuece que derrotases a Gryffindor —dijo Hermione.
—. Pero no creo que quiera arriesgarse a perder su belleza.
—Y que eres uno de los chicos más guapos de Hogwarts —añadió Ginny.
—Ginny —dijo Ron en tono serio.
—¿Qué? Si lo es. El mismo Harry lo reconoce.
—¡Escuchad! —dijo Hermione repentinamente.
En el vestíbulo estaban lanzando vítores. Se volvieron todos en sus asientos y vieron entrar en el Gran Comedor, sonriendo con un poco de vergüenza, a Angelina Johnson.
—¡¿Angelina?! —exclamaron sus compañeros de equipo con asombro.
—¡Cierto! El cumpleaños de Angelina era en octubre —recordó George.
Era una chica negra, alta, que jugaba como cazadora en el equipo de quidditch de Gryffindor. Angelina fue hacia ellos, se sentó y dijo:
—¡Bueno, lo he hecho! ¡Acabo de echar mi nombre!
—¡No puedo creerlo! —exclamó Ron, impresionado.
—Pero ¿tienes diecisiete años? —inquirió Harry.
—Es evidente que sí —respondió Will.
—Claro que los tiene. Porque si no le habría salido barba, ¿no? —dijo Ron.
—Mi cumpleaños fue la semana pasada —explicó Angelina.
—Bueno, me alegro de que entre alguien de Gryffindor —declaró Hermione—. ¡Espero que quedes tú, Angelina!
—Gracias, Hermione —contestó Angelina sonriéndole.
—Sí, mejor tú que Diggory el hermoso —dijo Seamus, lo que arrancó miradas de rencor de unos de Hufflepuff que pasaban al lado.
Cedric no sabía si sentirse divertido o mosqueado.
—Al final se va a armar una pelea campal entre Gryffindor y Hufflepuff —dijo Jake.
—¿Qué vamos a hacer hoy? —preguntó Ron a Harry y Hermione cuando hubieron terminado el desayuno y salían del Gran Comedor.
—Aún no hemos bajado a visitar a Hagrid —comentó Harry.
—¿Estamos casi en noviembre y aún no hemos visitado a Hagrid? —dijo Harry, sintiéndose mal por su grandullón amigo.
—Bueno, es nuestro profesor. Le vemos durante las clases, ¿no? —comentó Ron.
—Bien —dijo Ron—, mientras no nos pida que donemos los dedos para que coman los escregutos...
—Empiezo a entender que aún no hayáis ido a verle —dijo Neville.
A Hermione se le iluminó súbitamente la cara.
—¡Acabo de darme cuenta de que todavía no le he pedido a Hagrid que se afilie a la P.E.D.D.O.!
Harry y Ron se miraron.
—dijo con alegría—. ¿Querréis esperarme un momento mientras subo y cojo las insignias?
—Al menos no las lleva con ella a todas partes —murmuró Ron a Harry.
—Ron, te das cuenta de que estoy sentada entre vosotros dos y me entero de todo lo que decís, ¿verdad? —señaló Hermione.
—Pero ¿qué pretende? —dijo Ron, exasperado, mientras Hermione subía por la escalinata de mármol.
—Que Hagrid se una al P.E.D.D.O —señaló Luna con amabilidad.
—Eh, Ron —le advirtió Harry—, por ahí viene tu amiga...
—Harry —se quejó Ron en un susurro ahogado.
Los estudiantes de Beauxbatons estaban entrando por la puerta principal, provenientes de los terrenos del colegio, y entre ellos llegaba la chica veela. Los que estaban alrededor del cáliz de fuego se echaron atrás para dejarlos pasar, y se los comían con los ojos.
Fleur se removió, algo incómoda. Estaba segura que cosas como esa sucederían muy a menudo en su estancia en Hogwarts.
Madame Maxime entró en el vestíbulo detrás de sus alumnos y los hizo colocarse en fila. Uno a uno, los alumnos de Beauxbatons fueron cruzando la raya de edad y depositando en las llamas de un blanco azulado sus pedazos de pergamino. Cada vez que caía un nombre al fuego, éste se volvía momentáneamente rojo y arrojaba chispas.
—¿Qué crees que harán los que no sean elegidos? —le susurró Ron a Harry mientras la chica veela dejaba caer al fuego su trozo de pergamino—. ¿Crees que volverán a su colegio, o se quedarán para presenciar el Torneo?
—Se quedarán para presenciar el torneo, señor Weasley —respondió McGongall.
—No lo sé —dijo Harry —. Supongo que se quedarán, porque Madame Maxime tiene que estar en el tribunal, ¿no?
Cuando todos los estudiantes de Beauxbatons hubieron presentado sus nombres, Madame Maxime los hizo volver a salir del castillo.
—¿Ni siquiera desayunarán? —preguntó Molly.
—Tenemos cocinas y comedores en los carros, señora —respondió Fleur—. Imagino que podremos comer en el castillo si queremos.
—¿Dónde dormirán? —preguntó Ron, acercándose a la puerta y observándolos.
Un sonoro traqueteo anunció tras ellos la reaparición de Hermione, que llevaba consigo las insignias de la P.E.D.D.O.
—¡Démonos prisa! —dijo Ron, y bajó de un salto la escalinata de piedra, sin apartar los ojos de la chica veela, que iba con Madame Maxime por la mitad de la explanada.
—Primero Krum, luego Delacour. Weasley, eres un maldito acosador —bufó Daphne.
Ron abrió la boca para quejarse, pero su mejor amigo lo interrumpió.
—Lo pareces.
Al acercarse a la cabaña de Hagrid, al borde del bosque prohibido, el misterio de los dormitorios de los de Beauxbatons quedó disipado. El gigantesco carruaje de color azul claro en el que habían llegado estaba aparcado a unos doscientos metros de la cabaña de Hagrid, y los de Beauxbatons entraron en él de nuevo. Al lado, en un improvisado potrero, pacían los caballos de tamaño de elefantes que habían tirado del carruaje.
Harry llamó a la puerta de Hagrid, y los estruendosos ladridos de Fang respondieron al instante.
—¡Ya era hora! —exclamó Hagrid, después de abrir la puerta de golpe y verlos—. ¡Creía que no os acordabais de dónde vivo!
—Hemos estado muy ocupados, Hag... —empezó a decir Hermione, pero se detuvo de pronto, estupefacta, al ver a Hagrid.
Hagrid llevaba su mejor traje peludo de color marrón
—Oh, no —gimieron los tres amigos. Ellos habían tenido la fortuna (o más bien desgracia) de ver a Hagrid usando ese traje y... francamente, no habían palabras suficientes en este mundo para describirlo.
(francamente horrible), con una corbata a cuadros amarillos y naranja. Y eso no era lo peor: era evidente que había tratado de peinarse usando grandes cantidades de lo que parecía aceite lubricante hasta alisar el pelo formando dos coletas.
—¿Eh?
—¿Pero qué?
—¿Cómo?
Harry, Ron y Hermione soltaron esas palabras con incredulidad.
Puede que hubiera querido hacerse una coleta como la de Bill y se hubiera dado cuenta de que tenía demasiado pelo.
—Pero, ¿por qué dos? —suspiró Bill—. Puede hacérsela con una fácilmente.
A Hagrid aquel tocado le sentaba como a un santo dos pistolas.
—Creo que un santo con dos pistolas tendría más sentido que eso —dijo Will.
Durante un instante Hermione lo miró con ojos desorbitados, y luego, obviamente decidiendo no hacer ningún comentario,
—¿Pero qué quieres que diga ahí? —preguntó Hermione.
dijo:
—Eh... ¿dónde están los escregutos?
—Andan entre las calabazas —repuso Hagrid contento—. Se están poniendo grandes: ya deben de tener cerca de un metro. El único problema es que han empezado a matarse unos a otros.
—Esos escregutos cada vez pintan mejor —masculló Astoria. Lo tenía decidido, el curso siguiente no escogería Cuidado de Criaturas Mágicas como asignatura opcional.
—¡No!, ¿de verdad? —dijo Hermione, echándole a Ron una dura mirada para que se callara, porque éste, viendo el peinado de Hagrid, acababa de abrir la boca para comentar algo.
—Es que es muy raro —se defendió este.
—Ya lo sabemos, Ronald. Pero no hace falta decirlo —dijo Hermione.
—Sí —contestó Hagrid con tristeza—. Pero están bien. Los he separado en cajas, y aún quedan unos veinte.
—Menuda suerte —murmuró Jake.
—Bueno, eso es una suerte —comentó Ron. Hagrid no percibió el sarcasmo de la frase.
La cabaña de Hagrid constaba de una sola habitación, uno de cuyos rincones se hallaba ocupado por una cama gigante cubierta con un edredón de retazos multicolores. Delante de la chimenea había una mesa de madera, también de enorme tamaño, y unas sillas, sobre las que colgaban unos cuantos jamones curados y aves muertas. Se sentaron a la mesa mientras Hagrid comenzaba a preparar el té, y no tardaron en hablar sobre el Torneo de los tres magos. Hagrid parecía tan nervioso como ellos a causa del Torneo.
—Esperad y veréis —dijo, entusiasmado
—Vale, si Hagrid esta entusiasmado, significa que hay alguna criatura mágica potencialmente peligrosa en el torneo —murmuró Sally.
—Ahora tengo menos ganas de participar —le confesó Fred a su gemelo.
—. No tenéis más que esperar. Vais a ver lo que no habéis visto nunca. La primera prueba... Ah, pero se supone que no debo decir nada.
—Cómo se le da tan bien guardar secretos —murmuró McGonagall.
—¡Vamos, Hagrid! —lo animaron Harry, Ron y Hermione.
Pero él negó con la cabeza, sonriendo al mismo tiempo.
—No, no, no quiero estropearlo por vosotros. Pero os aseguro que será muy espectacular. Los campeones van a tener en qué demostrar su valía. ¡Nunca creí que viviría lo bastante para ver una nueva edición del Torneo de los tres magos!
Terminaron comiendo con Hagrid, aunque no comieron mucho: Hagrid había preparado lo que decía que era un estofado de buey, pero, cuando Hermione sacó una garra de su plato,
Hermione abrió la ojos con asombro y su tez se puso ligeramente verde.
los tres amigos perdieron gran parte del apetito. Sin embargo, lo pasaron bastante bien intentando sonsacar a Hagrid cuáles iban a ser las pruebas del Torneo, especulando qué candidatos elegiría el cáliz de fuego y preguntándose si Fred y George habrían vuelto a ser barbilampiños.
—¿Cómo que barbilampiños? —preguntó Fred.
—Pero si tenemos una estupenda barba —añadió George, mientras se pasaba las manos por la barbilla, fingiendo que acariciaba una tupida barba.
A media tarde empezó a caer una lluvia suave. Resultaba muy agradable estar sentados junto al fuego, escuchando el suave golpeteo de las gotas de lluvia contra los cristales de la ventana, viendo a Hagrid zurcir calcetines y discutir con Hermione sobre los elfos domésticos, porque él se negó tajantemente a afiliarse a la P.E.D.D.O. cuando ella le mostró las insignias.
Hermione frunció el ceño, claramente no muy feliz de que un amigo muy preciado para ella, se negase a tomar parte de su organización.
—Eso sería jugarles una mala pasada, Hermione —dijo Hagrid gravemente, enhebrando un grueso hilo amarillo en una enorme aguja de hueso—. Lo de cuidar a los humanos forma parte de su naturaleza. Es lo que les gusta, ¿te das cuenta? Los harías muy desgraciados si los apartaras de su trabajo, y si intentaras pagarles se lo tomarían como un insulto.
—Pero Harry liberó a Dobby, ¡y él se puso loco de contento!
—No sé si tomar a Dobby como ejemplo es muy buena idea —murmuró Harry.
—objetó Hermione—. ¡Y nos han dicho que ahora quiere que le paguen!
—Sí, bien, en todas partes hay quien se desmadra. No niego que haya elfos raros a los que les gustaría ser libres, pero nunca conseguirías convencer a la mayoría. No, nada de eso, Hermione.
—Tiene bastante razón —asintió Daphne.
A Hermione no le hizo ni pizca de gracia su negativa y volvió a guardarse la caja de las insignias en el bolsillo de la capa.
Hacia las cinco y media se hacía de noche, y Ron, Harry y Hermione decidieron que era el momento de volver al castillo para el banquete de Halloween. Y, lo más importante de todo, para el anuncio de los campeones de los colegios.
—Voy con vosotros —dijo Hagrid, dejando la labor—. Esperad un segundo.
Hagrid se levantó, fue hasta la cómoda que había junto a la cama y empezó a buscar algo dentro de ella. No pusieron mucha atención hasta que un olor horrendo les llegó a las narices.
—¿Qué demonios esta haciendo Hagrid? —preguntó Harry con una mueca de disgusto.
Entre toses, Ron preguntó:
—¿Qué es eso, Hagrid?
—¿Qué, no os gusta? —dijo Hagrid, volviéndose con una botella grande en la mano.
—¿Es una loción para después del afeitado? —preguntó Hermione con un hilo de voz.
—¿Pero de verdad te crees que Hagrid se ha afeitado alguna vez en su vida? —preguntó Sirius.
—Eh... es agua de colonia —murmuró Hagrid.
—Dudo seriamente que eso sea colonia —dijo Holly,
Se había ruborizado—. Tal vez me he puesto demasiada. Voy a quitarme un poco, esperad...
Salió de la cabaña ruidosamente, y lo vieron lavarse con vigor en el barril con agua que había al otro lado de la ventana.
—¿Agua de colonia? —se preguntó Hermione sorprendida—. ¿Hagrid?
—¿Y qué me decís del traje y del peinado? —preguntó a su vez Harry en voz baja.
Algunos pocos ya habían empezado a atar cabos del motivo del extraño comportamiento de Hagrid. La pregunta era quién.
—¡Mirad! —dijo de pronto Ron, señalando algo fuera de la ventana.
Hagrid acababa de enderezarse y de volverse. Si antes se había ruborizado, aquello no había sido nada comparado con lo de aquel momento. Levantándose muy despacio para que Hagrid no se diera cuenta, Harry, Ron y Hermione echaron un vistazo por la ventana y vieron que Madame Maxime y los alumnos de Beauxbatons acababan de salir del carruaje, evidentemente para acudir, como ellos, al banquete. No oían nada de lo que decía Hagrid, pero se dirigía a Madame Maxime con una expresión embelesada que Harry sólo le había visto una vez: cuando contemplaba a Norberto, el cachorro de dragón.
—¡¿Le gusta la directora de Beauxbatons?! —exclamaron varios de ellos con asombro.
—¡Se va al castillo con ella! —exclamó Hermione, indignada—. ¡Creía que iba a ir con nosotros!
—Creo que ni siquiera se acuerda de nosotros —dijo Harry con expresión aturdida. Jamás, ni en un millón de años, se hubiese esperado ver a Hagrid enamorado.
Sin siquiera volver la vista hacia la cabaña, Hagrid caminaba pesadamente a través de los terrenos de Hogwarts al lado de Madame Maxime. Detrás de ellos iban los alumnos de Beauxbatons, casi corriendo para poder seguir las enormes zancadas de los dos gigantes.
—¡Le gusta! —dijo Ron, incrédulo—. Bueno, si terminan teniendo niños, batirán un récord mundial.
—Eso no puedo discutirlo —dijo Will.
Seguro que pesarán alrededor de una tonelada.
Salieron de la cabaña y cerraron la puerta. Fuera estaba ya sorprendentemente oscuro. Se arrebujaron bien en la capa y empezaron a subir la cuesta.
—¡Mirad, son ellos! —susurró Hermione.
El grupo de Durmstrang subía desde el lago hacia el castillo.
—Teniendo en cuenta de que esta a punto de anunciarse los campeones del Torneo de los tres magos, lo raro es que se quedasen en el barco —dijo Lily.
Viktor Krum caminaba junto a Karkarov, y los otros alumnos de Durmstrang los seguían un poco rezagados. Ron observó a Krum emocionado, pero éste no miró a ningún lado al entrar por la puerta principal, un poco por delante de Hermione, Ron y Harry.
Una vez dentro vieron que el Gran Comedor, iluminado por velas, estaba casi abarrotado. Habían quitado del vestíbulo el cáliz de fuego y lo habían puesto delante de la silla vacía de Dumbledore, sobre la mesa de los profesores. Fred y George, nuevamente lampiños,
—¡No! ¡Hemos perdido nuestras fantásticas barbas, Gred! —"lloriqueó" Fred.
—¡Es una desgracia, Feorge! —se "lamentó" George
parecían haber encajado bastante bien la decepción.
—Espero que salga Angelina —dijo Fred mientras Harry, Ron y Hermione se sentaban.
—¡Yo también! —exclamó Hermione—. ¡Bueno, pronto lo sabremos!
El banquete de Halloween les pareció mucho más largo de lo habitual. Quizá porque era su segundo banquete en dos días,
—Más bien por el anuncio que esta a punto de hacerse —dijo Tonks.
Harry no disfrutó la insólita comida tanto como la habría disfrutado cualquier otro día. Como todos cuantos se encontraban en el Gran Comedor —a juzgar por los cuellos que se giraban continuamente, las expresiones de impaciencia, las piernas que se movían nerviosas y la gente que se levantaba para ver si Dumbledore ya había terminado de comer—, Harry sólo deseaba que la cena terminara y anunciaran quiénes habían quedado seleccionados como campeones.
—Estoy convencido de que Dumbledore esta tardando más a propósito —acusó James.
—Tal vez sí. Tal vez no —replicó Dumbledore con los ojos brillantes.
Por fin, los platos de oro volvieron a su original estado inmaculado. Se produjo cierto alboroto en el salón, que se cortó casi instantáneamente cuando Dumbledore se puso en pie. Junto a él, el profesor Karkarov y Madame Maxime parecían tan tensos y expectantes como los demás. Ludo Bagman sonreía y guiñaba el ojo a varios estudiantes. El señor Crouch, en cambio, no parecía nada interesado, sino más bien aburrido.
—Bien, el cáliz está casi preparado para tomar una decisión
Varios tragaron saliva.
—anunció Dumbledore—. Según me parece, falta tan sólo un minuto.
—Un minuto —susurró Tonks con emoción. Casi se sentía que estaba allí, como una estudiante más.
Cuando pronuncie el nombre de un campeón, le ruego que venga a esta parte del Gran Comedor, pase por la mesa de los profesores y entre en la sala de al lado —indicó la puerta que había detrás de su mesa
—¿La misma sala dónde nos tuvimos que quedar en nuestro primer año antes de la selección? —preguntó Harry.
—Así es —asintió el director.
—, donde recibirá las primeras instrucciones.
Sacó la varita y ejecutó con ella un amplio movimiento en el aire. De inmediato se apagaron todas las velas salvo las que estaban dentro de las calabazas con forma de cara, y la estancia quedó casi a oscuras. No había nada en el Gran Comedor que brillara tanto como el cáliz de fuego, y el fulgor de las chispas y la blancura azulada de las llamas casi hacia daño a los ojos. Todo el mundo miraba, expectante. Algunos consultaban los relojes.
—De un instante a otro —susurró Lee Jordan, dos asientos más allá de Harry.
De pronto, las llamas del cáliz se volvieron rojas, y empezaron a salir chispas.
Todos se inclinaron hacia delante, con la emoción dibujada en sus rostros.
A continuación, brotó en el aire una lengua de fuego y arrojó un trozo carbonizado de pergamino. La sala entera ahogó un grito.
Dumbledore cogió el trozo de pergamino y lo alejó tanto como le daba el brazo para poder leerlo a la luz de las llamas, que habían vuelto a adquirir un color blanco azulado.
—El campeón de Durmstrang
Krum prestó especial atención, aunque tenía una sospecha.
—leyó con voz alta y clara— será Viktor Krum.
—Lo imaginaba —dijo Viktor—. Se me hacía raro haber aparecido aquí sin tener ninguna clase de conexión con Potter. Pero ser seleccionado como campeón de Durmstrang, explicaría mucho.
—Eso quiere decir que la campeona de Beauxbatons seré yo —dijo Fleur—. Más o menos como suponía.
—Pero la pregunta es ¿quién será campeón de Hogwarts? —señaló Charlie, aunque, por su tono de voz, parecía tener ya una sospecha.
—¡Era de imaginar! —gritó Ron, al tiempo que una tormenta de aplausos y vítores inundaba el Gran Comedor. Harry vio a Krum levantarse de la mesa de Slytherin y caminar hacia Dumbledore. Se volvió a la derecha, recorrió la mesa de los profesores y desapareció por la puerta hacia la sala contigua.
—¡Bravo, Viktor! —bramó Karkarov, tan fuerte que todo el mundo lo oyó incluso por encima de los aplausos—. ¡Sabía que serías tú!
Viktor se preguntó si su director había metido dentro del cáliz cincuenta papeles con su nombre, solamente para que él fuese escogido.
Se apagaron los aplausos y los comentarios. La atención de todo el mundo volvía a recaer sobre el cáliz, cuyo fuego tardó unos pocos segundos en volverse nuevamente rojo. Las llamas arrojaron un segundo trozo de pergamino.
—La campeona de Beauxbatons —dijo Dumbledore— es ¡Fleur Delacour!
Fleur asintió.
—Cómo esperaba —murmuró para ella.
—¡Es ella, Ron! —gritó Harry, cuando la chica que parecía una veela se puso en pie elegantemente, sacudió la cabeza para retirarse hacia atrás la amplia cortina de pelo plateado, y caminó por entre las mesas de Hufflepuff y Ravenclaw.
—¡Mirad qué decepcionados están todos! —dijo Hermione elevando la voz por encima del alboroto, y señalando con la cabeza al resto de los alumnos de Beauxbatons.
«Decepcionados» era decir muy poco, pensó Harry. Dos de las chicas que no habían resultado elegidas habían roto a llorar, y sollozaban con la cabeza escondida entre los brazos.
—Pues sí que se lo han tomado a pecho —dijo Neville.
Cuando Fleur Delacour hubo desaparecido también por la puerta, volvió a hacerse el silencio, pero esta vez era un silencio tan tenso y lleno de emoción, que casi se palpaba. El siguiente sería el campeón de Hogwarts...
Y el cáliz de fuego volvió a tornarse rojo; saltaron chispas, la lengua de fuego se alzó, y de su punta Dumbledore retiró un nuevo pedazo de pergamino.
—El campeón de Hogwarts —anunció— es ¡Cedric Diggory!
Cedric parecía momentáneamente aturdido, antes de que en su rostro se dibujase en su rostro una expresión que parecía una mezcla de felicidad, sorpresa y preocupación.
Bueno, tenía sentido que fuese yo. Al fin y al cabo soy el único en esta sala que cumple los requisitos para participar en el torneo pensó Cedric, mientras recibía felicitaciones por todas partes.
—¡No! —dijo Ron en voz alta,
Ron bajó la cabeza, con las orejas rojas.
pero sólo lo oyó Harry: el jaleo proveniente de la mesa de al lado era demasiado estruendoso. Todos y cada uno de los alumnos de Hufflepuff se habían puesto de repente de pie, gritando y pataleando, mientras Cedric se abría camino entre ellos, con una amplia sonrisa, y marchaba hacia la sala que había tras la mesa de los profesores. Naturalmente, los aplausos dedicados a Cedric se prolongaron tanto que Dumbledore tuvo que esperar un buen rato para poder volver a dirigirse a la concurrencia.
Bueno, primer Halloween en el que no ocurre nada pensó Harry con alivio. Poco era consciente de que se arrepentiría de sus palabras en unos pocos segundos...
—¡Estupendo! —dijo Dumbledore en voz alta y muy contento cuando se apagaron los últimos aplausos—. Bueno, ya tenemos a nuestros tres campeones. Estoy seguro de que puedo confiar en que todos vosotros, incluyendo a los alumnos de Durmstrang y Beauxbatons, daréis a vuestros respectivos campeones todo el apoyo que podáis. Al animarlos, todos vosotros contribuiréis de forma muy significativa a...
Pero Dumbledore se calló de repente,
Harry tuvo un horrible presentimiento.
y fue evidente para todo el mundo por qué se había interrumpido.
El fuego del cáliz había vuelto a ponerse de color rojo.
No, no, no, NO, NO, NO pensó Harry con un pánico creciente en su interior.
A su alrededor, la gente se veía muy confundida.
Otra vez lanzaba chispas. Una larga lengua de fuego se elevó de repente en el aire y arrojó otro trozo de pergamino.
—No, no, no... —empezó Harry a murmurar, mientras sus amigos le lanzaban miradas de preocupación.
Dumbledore alargó la mano y lo cogió. Lo extendió y miró el nombre que había escrito en él.
Casi todos miraban con avidez el libro que Emily tenía en sus manos, casi como si esperasen a que el pergamino con el nombre saliese de él.
Hubo una larga pausa, durante la cual Dumbledore contempló el trozo de pergamino que tenía en las manos, mientras el resto de la sala lo observaba. Finalmente, Dumbledore se aclaró la garganta y leyó en voz alta:
—Harry Potter.
—¿Puedes repetirlo? —pidió Harry con un hilo de voz.
—Harry Potter.
—¿Otra vez?
—Harry Potter.
—¿Una vez más?
—Harry Potter.
—Bien.
Harry se levantó y salió de la habitación. Todos se quedaron en silencio, demasiado sorprendidos como para poder decir algo. Entonces, de lejos se escuchó a Harry.
—¡ME CAGO EN LA PUTA! ¡¿ES QUÉ NI UN PUTO AÑO PUEDE SER TRANQUILO?! ¡¿ES TANTO PEDIR O QUÉ?!
—Bueno, al parecer el señor Potter ya ha expresado su opinión acerca de esto de una forma un tanto... ortodoxa —dijo Dumbledore—. Señorita Black, ¿el capítulo continua?
—No. Es el final —dijo Emily.
—Muy bien. Pues mejor nos tomamos un descanso por ahora, para poder asimilar todo lo que esta ocurriendo —propuso Dumbledore.
*: No recuerdo si en los libros hablaba de su abuela en pasado, dando a entender que estaba muerta o en presente.
**: Espero no ser el único que haya recordado a Filch corriendo durante la película.
***: No sé si lo dije ya, pero me suena que, hace años, en la wiki de Harry Potter (al menos en la española) ponía que Cedric Diggory había nacido el 30/10. Ahora pone que es entre el 01/09 y el 31/10, pero para mí será el 30 (efectivamente Cedric y la señora Weasley comparten cumpleaños).
Hola a todos.
Décimo noveno capítulo subido. Siendo sinceros pensaba que el anterior capítulo lo había subido no hace mucho, así que me sorprendí bastante cuando vi que fue el ocho de febrero.
Estoy barajando varias opciones de como ir publicando. No sé si ir como ahora, es decir en un orden especifico (Conociendo el futuro, Leyendo Percy Jackson, El Campamento Mestizo lee, Los libros sobre los héroes), hacer una publicación simultanea de mis historias, haciéndolos en tandas de actualizar dos historias a la vez, etc. Bueno, ya veré como lo hago.
En fin, espero que os haya gustado.
Se despide,
Grytherin18-Friki
